Skorzeny, Otto – La Guerra Desconocida [j3nojj806yld]

Otto Skorzeny

La guerra desconocida

OTTO SKORZENY

LA GUERRA DESCONOCIDA MIS MEMORIAS SECRETAS El libro póstumo de un héroe de la II Guerra Mundial

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SINOPSIS El coronel Otto Skorzeny, a quien la leyenda ha considerado como el "hombre más peligroso de Europa", no es únicamente el oficial alemán que se hizo célebre con la liberación de Benito Mussolini, en 1943, es, sobre todo, el autor de una nueva estrategia que revolucionó las artes militares. A esta conclusión llegaron cuatro oficiales del Ejército aliado que estudiaron con todo detalle la actuación del coronel Otto Skorzeny y de sus "Unidades Especiales" durante la Segunda Guerra Mundial. Los cuatro rindieron homenaje a los resultados excepcionales y sorprendentes obtenidos por el que fue algo más que un "magnífico aventurero". En cualquier caso, bien puede llamarse Desconocida la guerra que Otto Skorzeny cuenta en este libro, porque él, como actor y testigo, descubre en sus memorias muchas de las incógnitas que su genio militar planteó al mundo.

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ÍNDICE PRÓLOGO ……………………………………………………………………………………………………… 6 PRIMERA PARTE ………………………………………………………………………………………… 11 1. SOBRE EL DERECHO DE LOS PUEBLOS A DISPONER DE ELLOS MISMOS ………………. 12 2. ANSCHLUSS ……………………………………………………………………………………………… 24 3. WAFFEN SS ………………………………………………………………………………………………. 34 4. ¿POR QUÉ NO DESEMBARCAMOS EN INGLATERRA Y NO FUIMOS A GIBRALTAR? . 43 5. DE LA MANCHA A LOS BALCANES ……………………………………………………………… 55 6. VERDADES IGNORADAS SOBRE LA MISIÓN DE RUDOLF HESS, EL 10 DE MAYO DE 1941 ……………………………………………………………………………………………………………. 66 7. BARBAROSSA…………………………………………………………………………………………….. 76 8. LA TRAICIÓN PERMANENTE ……………………………………………………………………….. 85 9. ¿POR QUÉ NO TOMAMOS MOSCÚ? …………………………………………………………….. 105 SEGUNDA PARTE …………………………………………………………………………………….. 124 1. LA CAPITULACIÓN SIN CONDICIONES. LA VERDAD SOBRE STALINGRADO ……… 125 2. NO TIRAR ……………………………………………………………………………………………….. 139 3. ¿POR QUÉ HITLER NO HIZO FABRICAR LA BOMBA ATÓMICA? LAS ARMAS V ….. 154 4. DEL SUBMARINO ABSOLUTO A LOS SUCEDÁNEOS ………………………………………… 168 5. DE SICILIA A REMAGEN …………………………………………………………………………… 181 6. OPERACIONES IMAGINARIAS…………………………………………………………………….. 197 TERCERA PARTE ………………………………………………………………………………………. 219 1. ORDEN DEL FÜHRER: «BUSQUE AL DUCE Y LIBÉRTELE». LA OPERACIÓN ALARIC …………………………………………………………………………………………………………………. 220 2. EN BUSCA DEL DUCE ……………………………………………………………………………….. 237 3. EL DUCE LIBERTADO ……………………………………………………………………………….. 254 4. EL 20 DE JULIO… ……………………………………………………………………………………… 273 5. OPERACIÓN PANZERFAUST………………………………………………………………………. 290 CUARTA PARTE ………………………………………………………………………………………… 339 1. VLASSOV Y BANDERA. NICOLAI CANARIS Y GEHLEN………………………………….. 340 2. FREISCHÜTZ ……………………………………………………………………………………………. 361 3. ADRIAN VON FOELKERSAM DESAPARECE. EL ÚLTIMO RAID DE WALTER GIRG . 371 4. SCHWEDT-SUR ODER. ADIÓS A VIENA ………………………………………………………. 385 5. NUREMBERG …………………………………………………………………………………………… 403 6. EL HOMBRE MÁS PELIGROSO DE EUROPA……………………………………………………. 424 EPÍLOGO ……………………………………………………………………………………………………. 433

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A los verdaderos héroes de la Segunda Guerra mundial: los simples soldados rusos y alemanes.

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Prólogo Cuatro oficiales, generales de los ejércitos aliados del Oeste, han examinado la acción del coronel Otto Skorzeny y de sus unidades de «destino especial» durante la Segunda Guerra mundial. El primero ha sido el general Robert E. Laycock (C.B., D.S.O.), Jefe de las Operaciones combinadas británicas desde 1943 a 1947, quien en el prefacio del libro de Charles Foley, «Comando Extraordinario», compara a Skorzeny con David Stirling, coronel que mandaba el «Servicio Especial Aéreo» (S.A.S.), del cual se tratará en este libro. «Por su manera de concebir las operaciones, escribe Laycock, Stirling y Skorzeny hacen pensar en esos Jugadores de ajedrez que, burlándose de las defensas del adversario, se apoderan de su reina en dos jugadas tan rápidas como inesperadas.» Afirma: «Estos dos hombres tuvieron que luchar contra la desconfianza que despertaron sus ideas.» Es verdad, si bien fue precisamente Hitler quien escogió a Otto Skorzeny para encargarle grandes operaciones que él mismo había imaginado. Pero, en el seno de los Estados mayores, Stirling y Skorzeny chocaron con la misma incomprensión por no decir con la misma hostilidad. En el prefacio de la edición americana del libro de Foley fue el general americano Telford Taylor, quien escribió: «El nombre del coronel Otto Skorzeny está asociado sobre todo a empresas donde los factores sicológicos han sido la clave del éxito… Ha vuelto a poner de relieve métodos que generalmente habían caído en desuso, ha demostrado la unidad esencial de los objetivos políticos y militares y ha obtenido —con audacia, imaginación y una gran economía de medios— resultados verdaderamente sensacionales. Teniendo en cuenta la época y las circunstancias, es equitativo decir que son únicos. Aquí está la razón por la cual su fama sobrepasa en brillo y duración a la de otros «altos aventureros» de la Segunda Guerra mundial.»

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En 1972 apareció en los Estados Unidos el libro de Charles Whiting, «Otto Skorzeny», con una introducción del general Peter Young (D.S.O., M.A.) ex-jefe de la 1.ª Brigada de comandos británicos y profesor de historia militar en la Academia real de Sandhurst. El general Young pone en paralelo la acción del jefe de las Unidades Especiales de Friedenthal y la del legendario coronel T.E. Lawrence, el autor de los «Siete Pilares de la sabiduría», quien durante la Primera Guerra mundial mandó en el Oriente Medio las fuerzas de guerrilla árabes contra los Turcos, desde 1916 a 1919. «Otto Skorzeny —escribe Peter Young— fue un jefe enérgico, inteligente e imaginativo. Si le sonrió la suerte fue porque era un verdadero líder, con el magnetismo, la originalidad, el dinamismo y el golpe de vista necesarios al gran jefe de las fuerzas especiales… Sin embargo, hace notar el general, Skorzeny demostró en el transcurso de la última batalla que libró, la de la cabeza de puente de Sscwedt-sur Oder, «que es la menos conocida», que también era un jefe de guerra convencional de primer orden. «Primero, a la cabeza de un millar de hombres —escribe— el coronel Skorzeny pudo reunir en unos días 15.000 combatientes para formar su División Scwedt. Resistió con éxito durante un mes a fuerzas infinitamente superiores.» El general Young concluye: «Sería equívoco pensar que aquello fue únicamente el feliz resultado de una improvisación. Yo creo, sin embargo, que aquí tenemos la prueba de que Skorzeny no estaba dotado solamente para el golpe brillante y sensacional, sino que era un jefe tenaz, astuto, obstinado, que merecía ampliamente ese grado de oficial general que se le rehusó de manera tan mezquina.» He conocido a uno de los mejores oficiales de Estado Mayor del general Douglas MacArthur, el mayor-general Charles A. Willoughby, del cual he traducido en 1953 el libro «Shanghai Conspfracy». Antiguo profesor de historia comparada en la Escuela de Guerra de U.S.A., Willoughby se interesó particularmente, después de la guerra, en los hechos de guerra de Skorzeny y justamente porque habían tenido lugar en escenarios de operaciones que él no había podido conocer.

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«Lo que caracteriza a las grandes operaciones del coronel Skorzeny —me dijo— es primeramente que pudo verificar él mismo y sobre el lugar la veracidad de las informaciones que le eran comunicadas. Mejor aún, esos informes los reunió él gracias a un «team» que dirigía en persona. Esto es lo ideal. En lo concerniente a la batalla del Pacífico, no nos era posible verificar las informaciones que nos llegaban de un frente de batalla que distaba cinco mil kilómetros.» «Las hazañas más conocidas de Otto Skorzeny corresponden a un gran estratega. Sacar al Dulce de Melbourne, de Singapur, de las Filipinas, de New York o de Yokyo, tendría igual resonancia.» «Yo me he preguntado a menudo si alguna vez Eisenhower y Bradley se tomaron la molestia de estudiar seriamente la ofensiva alemana de mayo de 1940, de la que, la ofensiva de las Ardenas de diciembre de 1944 era, en cierta forma, una repetición. Los resultados tácticos de la operación «Griffon» fueron felizmente mediocres, porque la brigada blindada que tuvo que improvisar Skorzeny no pasó el Mosa y tuvo que jugar un papel puramente convencional. Pero los resultados obtenidos por sus pequeños comandos son únicos en lo que se puede denominar la historia de «la guerra de imaginación.» Estos juicios son compartidos por oficiales, generales, especialistas, en las operaciones de comandos. Charles Willoughby nos explicó que él mismo tuvo que organizar tales operaciones en el Pacífico. «Hazañas de capa y espada», me decía él. En operaciones de esta naturaleza es esencial «conseguir el objetivo». Pero está la manera de hacerlo. Veremos que los servicios especiales británicos «raptaron» realmente a Rudolf Hess en mayo de 1941. Sin embargo, los procedimientos que fueron utilizados para este fin son muy diferentes a los que permitieron sacar al Duce o la captura de Burgberg en Budapest. Otto Skorzeny supo actuar con brío y esto es lo que impresionó en el campo contrarío a los jefes de comandos, como el coronel David Stirling y el comodoro de la RAF Forrest Yeo Thomas, que estimaban y admiraban a Skorzeny. El mismo les tenía en muy alta estima. Si estos hombres fueron adversarios puede decirse que no se consideraban como enemigos. Hay entre ellos una evidente solidaridad y Yeo-Thomas en Dachau testimonió a favor de Otto Skorzeny de un modo que le hizo honor. Los rusos, siempre realistas, mostraron también que hacían un gran caso al valor de un oficial como Otto Skorzeny cuando después de la guerra trataron de tenerlo a su servicio. Los americanos hicieron lo mismo sin mayor éxito. Es muy natural que el «Generaloberst» Paul Hausser, fundador de los Waffen SS, escribiese:

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«Otto Skorzeny no ha sido nunca un combatiente convencional. Su camarada y antiguo jefe de división es feliz de poder manifestarle toda su estima.» No sólo ha llevado a cabo acciones con audacia e inteligencia, sino que ha sabido encontrar soluciones en situaciones que parecían verdaderamente desesperadas.» En el capítulo II de la tercera parte encontramos la hermosa dedicatoria del mariscal Albert Kesselring al libertador del Duce. Skorzeny es uno de los soldados alemanes que durante la última guerra obtuvo distinciones más altas. Titular de la Cruz de caballero con hojas de roble, cruces de hierro de primera y segunda clase, cruz alemana en oro. Fue, igualmente, citado en la Orden del Día del Ejército en diciembre de 1944 por su participación en la batalla de las Ardenas. Es además Comendador de la Orden de la Corona de Hungría —con atribución de un título nobiliario y de una tierra— y Mussolini le condecoró con la Orden de los Cien Mosqueteros. El Duce y el Archiduque José de Habsburgo, quien ofreció a Skorzeny en Budapest un soberbio caballo blanco, le distinguieron así como una especie de D'Artagnan vienés. El archiduque se revistió simbólicamente para dicha circunstancia con el uniforme de mariscal de campo de la armada imperial y real. De naturaleza muy diferente es el largo comentario que sir Basil Liddell Hart consagra a la operación Griffon en su «Historia de la Segunda Guerra Mundial». Habla a este respecto de un éxito «fantástico». Que este episodio haya encontrado lugar en la obra a la vez tan vasta y tan condensada de uno de los mejores historiadores militares contemporáneos, prueba que sir Basil ha sabido ver la importancia histórica del papel de la imaginación en los modernos conflictos armados. La mayoría de los generales más célebres de la Segunda Guerra mundial se han limitado en sus memorias a explicar su acción pasada. Muy raros son los que, dotados de una visión sintética de la guerra, han considerado primero las verdaderas «causas» del acontecimiento. Esta visión sintética y esta concepción original que tenía Skorzeny de la acción guerrera son utilizadas aquí con un fin histórico que interesa también al porvenir. En su célebre obra «Vom Kriege», Karl von Clausewitz hace notar: «La búsqueda de las «causas» de los fenómenos y el examen de los «medios» apropiados para los fines que ellos sirven deben ir a la par en el estudio crítico de una acción.» Cuando el coronel Skorzeny cuenta sus operaciones abarca un campo mucho más vasto que el de la estrategia y el de la táctica. Su visión de los acontecimientos nos revela una nueva perspectiva de la guerra en lo que respecta, tanto a la política, la economía y la sicología, como a la logística y a la información. 9

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El general Young ignoraba ciertamente que Skorzeny leyese precisamente «Los Siete Pilares de la Sabiduría» en el momento en que su unidad se preparaba para el ataque contra la URSS. Hoy sabemos que las promesas hechas a T.E. Lawrence no fueron mantenidas. Pero al menos, en enero de 1919, en el Quai d'Orsay, el coronel Lawrence, como consejero del emir Faisal, participó en las discusiones preliminares concernientes al Tratado de Paz. Ciertamente era un «aventurero», pero un aventurero victorioso. Veremos que después de la Segunda Guerra mundial, el coronel Skorzeny tuvo un destino distinto. Encontraremos en las conversaciones, las reflexiones, los documentos que nos confió y que hemos recogido de la manera más escrupulosa, numerosos temas de meditación. Es verdaderamente un nuevo aspecto de la Segunda Guerra mundial lo que él nos da mientras que él mismo ilustra con su acción, este pensamiento de Napoleón: «En la guerra no son los hombres los que cuentan, es el hombre.»

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Primera parte

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1. Sobre el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos

Un triunvirato imaginativo: BORGUESE-DE MARCHSKORZENY. —Mi juventud en Viena.—Dramas de un pueblo alemán en un Estado austríaco.—Estudiante: los duelos.—Supresión por Baldur Von Schirach de las asociaciones de estudiantes: yo expongo más tarde a Hitler por qué deben renacer.— Ingeniero: trabajo, deporte y compromiso político en favor de una unión con Alemania.—Goebbels en Viena.—Dollfuss pone fuera de la ley a marxistas y nacionalsocialistas.—Cosas extrañas en el putsch frustrado.—Planetta arroja un tiro sobre Dollfuss que queda mortalmente herido por «dos» balas.—Viaje de bodas a Italia.—La represión. Desde hace casi treinta años, ciertos cronistas, periodistas y tele reporteros, proclaman que soy «el hombre más peligroso de Europa». He aquí el ejemplo más reciente del espantoso peligro que represento. Al finalizar noviembre de 1973 trabajaba en mi oficina en Madrid cuando al dar una ojeada a los periódicos italianos y españoles, me enteré de que yo preparaba un golpe de Estado en Roma. No me sorprendió porque, en la imaginación de numerosos periodistas, ya he organizado innumerables golpes de Estado, complots y raptos, no sólo en Europa —nobleza obliga—, sino también en África y en las Américas. Esta vez, la conspiración romana estaba dirigida por un triunvirato compuesto por el príncipe Valerio Borghese, el abogado genovés De Marchi, dirigente del M.S.I. y yo mismo. Dejando todo a un lado, tenía que proveer a la insurrección italiana de cuatro aviones Fokker. ¿De dónde podría sacarlos? Declaré a Manuel Alcalá, enviado del diario madrileño INFORMACIONES que vino a interrogarme (23-11-73):

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«Cosa extraña, cada vez que el Gobierno italiano tiene que hacer frente a graves dificultades, descubre un complot que le amenaza. No es menos curioso constatar que es la segunda vez en poco tiempo que el Gobierno italiano, al descubrir un complot, pretende que formo parte de ¿1, Hace más de un año que encontraron en casa del príncipe Borghese cartas que yo le dirigí, lo que no tiene nada de sorprendente: nos une una vieja amistad de combatientes desde 1943 «Pero esta correspondencia no tiene nada que ver con un complot o una conspiración contra el Gobierno italiano. Hace más de seis meses que no he tenido el menor contacto con Valerio Borghese; en cuanto a M. De Marchi no le he visto en mi vida e incluso ignoraba que existiese. Quiero precisar, una vez más, que, desde el fin de la guerra, no me he mezclado jamás en asuntos militar o político alguno que interese a un Estado y que rehusaría cualquier proposición que se me pudiera hacer en tal sentido.» Esta vez pude desmentir y mi mentis fue publicado. Pero poseo miles de artículos de periódicos o de revistas —la mayoría enviados por amigos— que me atribuyen las acciones y los proyectos más fantásticos, más viles o más absurdos. En el mundo entero, miles de publicaciones han multiplicado también fábulas y calumnias, a veces ayudando al juego de algún sistema político muy poderoso. Por tanto, no siempre me es posible desmentir, aunque quisiera hacerlo, y las mentiras inventadas vienen a menudo de fondos muy bajos. Además no soy so solo el que entra en este juego. Pienso en los camaradas con los que he combatido, en los bravos soldados que he mandado y que han desaparecido en la tormenta, caídos en el campo de honor o tragados para siempre en las estepas, los bosques o los campos de prisioneros en la URSS. Creo es necesario que se sepa que aquellos hombres, si fueron alistados en una sucia guerra no hicieron nunca una guerra sucia. El mismo adversario, lo veremos, les ha rendido homenaje. A pesar de los sarcasmos que están de moda, creo muy firmemente que existe el honor militar y que existirá hasta el día en que no haya más soldados y en el que la mitad del planeta haya hecho saltar la otra mitad. En el camino del progreso no hemos llegado a eso aún. Querríamos pararnos e incluso, algunas veces, volver hacia atrás. Imposible: hay que avanzar siempre. Pero siempre es posible buscar la manera de distinguir la causa del efecto, es decir, interrogar al pasado. Este libro no quiere constituir un «mentis». Es el libro de un testigo que ha tenido tiempo de reflexionar sobre los acontecimientos y sobre los hombres, sobre las situaciones y las intenciones y cuya primera mala suerte es haber sido un patriota alemán, nacido en Viena, capital de Austria-Hungría, en 1908. No sin cierta nostalgia, hablando hace un momento del imaginario triunvirato Borghese-De Marchi-Skorzeny, evocaba yo otros dos que estudiaba en mi historia romana en el Liceo de Viena en 1919: el primero entre César,

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Craso y Pompeyo, el segundo entre Octavio, Antonio y Lépido: «Triumviri Reipubllcae constituendae… Tenía diez años. Acababa de derrumbarse el imperio de los Habsburgo. Austria no era más que un Estado de seis millones de habitantes (de los cuales cerca de dos millones vivían en Viena) y 83.000 kilómetros cuadrados, privada de las industrias de Bohemia, de los territorios agrícolas de Hungría y de toda salida al mar. Estaba condenada a la miseria o a la unión con Alemania. Se habla siempre de la «violación de Austria» por Hitler en marzo de 1938. Pero como Hitler, nacido asimismo en Austria, «éramos alemanes!». Con el mismo título que los sajones, los bávaros, los suavos, los wurtemburgueses, y todos los demás miembros de la Confederación germánica de la que Austria fue excluida después de la batalla de Sadowa (1866). Durante nueve siglos y medio, Austria —Österreichs Reich del Este— fue parte del imperio alemán. Por eso, la inmensa mayoría de los austríacos era partidaria del Anschluss (unión entre ambos países). Desde 1918 a 1922, en nuestra angustia de vencidos, por una especie de instinto de conservación nos volvíamos hacia la patria. De tal manera todos los partidos militaban en favor de volver a unirse con Alemania, que el 12 de noviembre de 1918 y el 12 de marzo de 1919 se votaron dos leyes por la Asamblea Nacional austríaca declarado: «Austria se constituye en parte integrante del Reich alemán». Esta frase fue inscrita en la Constitución. El nuevo Estado se llamaba oficialmente, por otra parte: Deustsche Osterreich (Austria alemana). Los filatélicos conservan nuestros sellos emitidos en 1918 con la marca de Deutsche Osterreich y que fueron prohibidos por los vencedores. Amparándose en el «derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos», los Aliados rehusaron en Versalles y en Saint-Germain tener en cuenta la voluntad de los austríacos y no fuimos unidos al Reich. En septiembre y octubre de 1919, las repúblicas alemana y austríaca, fueron intimadas por los Aliados para que derogaran los artículos de sus Constituciones respectivas que proclamaban la unión de los dos países. El Gobierno austríaco intentó «conmover a la opinión democrática» y organizó referéndums nacionales en el Tirol y en Salzburgo (abril/mayo, 1921): 145.302 Tiroleses votaron por el Anschluss y 1.805 en contra. En Salzburgo 58.546 votos por la unión con el Reich, 877 en contra. En vano. Sin embargo, estas consultas populares no estaban «controladas por los nazis». En todas las escuelas, en el Liceo, en la Universidad, estudiábamos la historia alemana como propia de nuestra patria. En el Liceo de Viena, nuestro mejor profesor de historia era un sacerdote católico, el doctor Binder, quien exaltaba al Reich más que milenario: el emperador Otón el Grande (912-973) era

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su héroe. Todas las asociaciones escolares y universitarias, con sus tradiciones, sus campeonatos deportivos, eran austro-alemanas. Hoy aún lo son. Y, sin embargo, esta voluntad popular de unión de las Alemanias era combatida sistemáticamente. Así, en 1931, cuando el doctor Ignaz Seipel, sacerdote católico y primer ministro, consiguió concluir un acuerdo aduanero y comercial con la República de Weimar, la S.D.N. y la Corte de Justicia Internacional, declararon este acuerdo, especie de Anschluss económico, «incompatible con el artículo 85 del tratado de Saint-Germain». No obstante, los acuerdos de 1931 hacían pasar a la acción el proyecto de federación europea de Arístides Briand. Todas estas contradicciones y decisiones arbitrarias, no teniendo en cuenta para nada las realidades económicas, sociales, étnicas e históricas, tenían que desembocar en el caos y en la revolución sangrienta. La historia de Austria, desde 1918 a 1938, es un drama que tuvieron que sufrir los hombres de mi generación. Mi padre, arquitecto, oficial de reserva de artillería en el ejército imperial, había tenido la suerte de volver del frente.1 . Aunque me atraía la medicina, resolví hacerme ingeniero como él y seguí el ejemplo de mi hermano mayor. Me inscribí en 1926 en la Escuela Técnica Superior de la Universidad de Viena, donde me encontré en compañía de antiguos combatientes, mucho mayores que yo, que terminaban sus estudios, interrumpidos por las hostilidades y por la terrible crisis que las había seguido. Estos hombres que habían luchado y poseían una experiencia que nosotros no teníamos, ejercieron sobre nosotros una influencia que no fue desdeñable. De opiniones liberales, mi padre pensaba que un régimen democrático constituía un progreso con respecto a la anacrónica monarquía bicéfala. Según él, la política debía ser conducida por especialistas elegidos, altamente cualificados, de una moralidad irreprochable, sin que los ciudadanos tuviesen que mezclarse con los negocios del Gobierno. Pero este Gobierno ideal no existió ni con los social-demócratas ni con los cristiano-sociales que les sucedieron. He de confesar que su política interesaba mediocremente a los de mi generación y a mí no me apasionaba en absoluto. Lo primero que me apasionó fue la actividad de la asociación de estudiantes a la que pertenecía: la Schalagende Burschenschaft Markomannia. Estos cuerpos, como la Saxo-Borusia, la Burgundia, la Teutonia, son célebres en Alemania y en Austria desde los movimientos revolucionarios de 1848, de los cuales eran las expresiones más activas y más distinguidas. Ya se conocen las tradiciones de estas viejas asociaciones estudiantiles: los duelos a «Schalager», larga hoja de dos filos, les dan renombre. Frente a su adversario, la regla es no retroceder jamás, ni siquiera el rostro. Se baten, pues, con la cabeza hacia 1

El Ejército austro-húngaro tuvo 1.200.000 muertos en el transcurso de la primera guerra mundial.

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adelante. Escuela de valor, de sangre fría y de voluntad, según mi punto de vista. Evidentemente no éramos de los «noviolentos» y me batí catorce veces: de ahí vienen mis cicatrices. Heridas tradicionales, yo me atrevería a decir honorables, de las cuales, los periodistas que le llamaron el Señalado —como Enrique de Guisa el Acuchillado— o también «Scarface», quizás no han comprendido muy bien el sentido. Estas asociaciones tradicionales fueron suprimidas en Alemania en 1935 a petición de Baldur von Schirach, futuro «Gauleiter» de Austria, y entonces jefe de la Juventud hitleriana. No faltaron algunos que acusaron a Baldur de haberse vengado así de una expulsión pronunciada en tiempos contra él, por su asociación estudiantil por haberse negado a batirse en duelo. Sea lo que fuere, yo estaba en contra del discurso demagógico pronunciado en esta ocasión por el jefe de la Juventud evocando «una pequeña pandilla de snobs y fanfarrones que se embriagan y parlotean mientras que Alemania trabaja». Todos los miembros de las fraternidades y cuerpos de estudiantes no eran snobs ni borrachos. Ellos también trabajaban por la patria, y si me decepcionó la reforma «nacional-socialista» de Baldur, tuve la ocasión de decirlo desde 1938 —fecha en la que entró en vigor en Austria— y en 1943 a Gustavo Scheel, Reichstudentführer (jefe de los estudiantes del Reich). Él estuvo de acuerdo conmigo: los antiguos cuerpos de estudiantes debían renacer, ya que la reforma de Baldur no había aportado nada de positivo en lo que concernía a la educación de la juventud austríaca. El asunto me llegaba tan dentro que en el curso de una audiencia hablé brevemente de ello al Führer canciller al final de aquel mismo año. Le expuse que los cuerpos de estudiantes habían nacido en 1948 en todo el Reich, en el momento en que la juventud alemana afirmaba su voluntad revolucionaria y que esta tradición se había mantenido tan bien en Austria que los estudiantes de las corporaciones hacían allí durante sus vacaciones un servicio de trabajo voluntario en compañía de obreros y campesinos, con un verdadero espíritu socialista y nacional. La gran mayoría había combatido en la calle contra el Frente Rojo. No habían comprendido que se les tratase de snobs. Se tenía la impresión de que era imposible exponer ante Hitler ideas contrarias a las que él había expresado. Sin embargo, esta vez también me escuchó con la mayor atención y me dijo finalmente: «Sus razones son justas y aceptables, Skorzeny. Le agradezco que las haya expuesto con franqueza. Pero, por el momento, el duelo es de otra envergadura. Es necesario que ganemos esta guerra. Después volveremos a hablar juntos de estas cuestiones.» En la Markomannia llevábamos gorra blanca y la banda negra-blanco-oro ceñía nuestro pecho. Cada año, el primer domingo de septiembre, todas las

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asociaciones de escolares, alumnos de liceos y estudiantes se mezclaban con la muchedumbre de los vieneses, en la Helden-platz, para manifestarse oficialmente, bajo los estandartes negro-blanco-rojo, en favor de la unión con Alemania. Esa fue la única manifestación política en la que participé regularmente desde 1920 a 1934. Por el contrario, hacía mucho deporte: fútbol, y después atletismo, ski, kayak sobre nuestro hermoso Danubio, vela en nuestros lagos alpinos. Participé también en los campeonatos universitarios de tiro con pistola y me clasifiqué segundo con 56 puntos sobre 60. Mi vencedor, un estudiante de Graz, me batió por un punto, pero festejamos su victoria tan bien que tomé, vaso en mano, una brillante revancha. Más tarde puede pasar con éxito las duras pruebas del certificado superior militar: atletismo, natación, marcha forzada de 25 kilómetros con un saco de 15 kilogramos y, para terminar, tiro con carabina. El deporte de competición no me impedía en modo alguno trabajar muy seriamente en la universidad y, asimismo, ganar algún dinerillo dando clases particulares de matemáticas. En 1931 hice mi examen final para sacar el diploma de ingeniero. Las pruebas escritas duraron seis interminables días: la principal era el trazado de planos para la fabricación de un motor diesel para automóvil. Pasé el escrito y el oral con bastante fortuna. Desde aquel momento era ingeniero diplomado. Sin embargo, el porvenir que se abría ante los jóvenes austríacos, a cualquier clase social que pertenecieran, era bien oscuro. Como otras tantas familias de la burguesía austríaca, la nuestra había conocido el malestar, a veces la miseria, antes e inmediatamente después de la guerra; en tiempo de inflación la falta de alimentos, carbón y otros artículos de primera necesidad. Durante mucho tiempo, el paro forzoso se convirtió en profesión. Después de una neta mejoría durante los años 1926 a 1930, sobrevino la crisis económica mundial y Austria caía de nuevo en el marasmo en el momento en que yo buscaba trabajo. Lo encontré, pero mal pagado, antes de dirigir, por pura suerte, una importante empresa de andamiajes, la única de Austria que montaba andamios pesados. Si no disponíamos aún, evidentemente, de tubos metálicos desmontables, al menos habíamos imaginado un sistema de ensamblar nuestros soportes de madera con ayuda de tornillos. Así, por ejemplo, pudo ser felizmente reparada la cúpula de la catedral de San Esteban que amenazaba ruina. …Como era tradicional en la construcción, mis empleados y obreros eran, bien socialistas-marxistas, bien comunistas, lo cual no nos impedía, en modo alguno, trabajar en estrecha colaboración. Sin embargo, la situación político-económica empeoraba. Como vivía de empréstitos, la nación permanecía tributaria de acreedores extranjeros rapaces,

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cada vez más exigentes, de los cuales no podía o no sabía librarse el Gobierno demócrata-cristiano. La inmensa tragedia de la Segunda Guerra Mundial no puede comprenderse si no se estudia el drama de mi patria. El descuartizamiento de Austria en Saint-Germain-en-Laye dejó un vacío peligroso en el corazón de Europa. Allí no se imaginaba la amenaza comunista. Yo tenía diecinueve años cuando el «Arbeiter Zeitung», órgano de los socialistas-marxistas, lanzó su orden de movilización general en Viena. Esto era en julio de 1927 y yo vi como esa manifestación en masa degeneraba en sublevaciones sangrientas. Vi a los comunistas asaltar la prefectura de policía e incendiar el Palacio de justicia que pronto se convirtió en una inmensa hoguera. Todos los títulos de propiedad que se encontraban allí depositados fueron quemados: tal era, sin duda, uno de los objetivos de esta movilización marxista. Estas violentas batallas callejeras me parecieron de una rara estupidez, pero, ciertamente, los burgueses tuvieron mucho miedo. Los marxistas fueron los primeros que organizaron una milicia armada, la «Republikanischer Schutzbund», a la cual se opusieron pronto la «Heimwehr» del romántico príncipe Starhemberg y la «Heimschutz» del Mayor Frey. Estas dos formaciones, que hubieran debido quedarse «por encima» de los partidos, se convirtieron ellas mismas en facciones políticas. En efecto, las ambiciones de Starhemberg y de Frey no eran flacas y si sostuvieron la dictadura del canciller Dollfuss fue con la esperanza de reemplazarlo. Gracias al apoyo de Mussolini, Starhemberg soñaba con convertirse en el regente de Austria, como el almirante Horthy era regente de Hungría. Pronto se desvanecieron sus esperanzas. Finalmente, se consoló con la actriz de cine Nora Gregor, de la que estaba perdidamente enamorado. El canciller Schuschnigg, de quien decía el Duce que parecía un «sacristán melancólico», se aprovechó de ello para liquidarle políticamente en mayo de 1936. Después de las revueltas de 1927, los marxistas habían intentado, asimismo, imponer su ley en la universidad. Queríamos trabajar en paz y se fundó la «Legión académica»: yo fui su porta-estandarte en septiembre de 1927 en la época de la clásica manifestación de la Heldenplatz. Pero esta legión fue pronto sofocada, después absorbida por las milicias de Starhemberg y se convirtió en la «Heimatblock»: entonces abandoné aquel movimiento. Fue a partir de 1929 cuando el partido obrero alemán nacionalsocialista hizo reales progresos en Austria. Muchos jóvenes partidarios de la unión con Alemania consideraban con mucha simpatía este movimiento. No podía ser de otro modo. Hitler, que había servido en un regimiento bávaro durante la Gran Guerra militaba resueltamente en favor de la unión de todos los pueblos alemanes. En este punto estábamos, por así decir, todos de acuerdo y esto es lo que explica, sobre todo, el éxito del nacional-socialismo en Austria desde 1929.

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Se ha escrito que yo era un «nazi de la primera hora». Esto no es exacto. Francamente, yo dudaba de que mis compatriotas pudiesen aceptar entonces la revolución profunda que reclamaban unos agitadores cuya actitud y lenguaje espantaban. Algunos les tenían por comunistas de una especie particular. Los intereses amenazados por ellos me parecían demasiado poderosos y la organización nacionalsocialista demasiado superficial en nuestro país para afrontar a la vez a marxistas y demócratas-cristianos. Sin embargo, cuando el doctor Goebbels vino a hablar a Viena, en septiembre de 1932, el acontecimiento fue decisivo. El partido no estaba aún prohibido y la reunión, que se desarrolló en la pista de patinaje Engelmann, a cielo abierto, con un tiempo excepcionalmente caluroso, tuvo una inmensa resonancia. ¿Cuántos éramos, amontonados en aquel lugar donde, habitualmente, íbamos a patinar o a aplaudir a Karl Schaefer, mi condiscípulo y a Fritzi Burger, campeones olímpicos? Ciertamente más de 20.000. Si el servicio de orden exterior estaba asegurado por la policía austríaca, el servicio de orden interior era asunto de los S.A. en uniforme. Las banderas con la cruz gamada, los cantos, el ceremonial, daban al mitin un aspecto impresionante. El público vienés tenía la reputación de no ser cómodo y el orador oía a menudo «tacos». Pero Goebbels no fue nunca interrumpido. Los numerosos vendedores de refrescos y de sandwiches que, ordinariamente, ejercían ruidosamente su comercio, también estuvieron en silencio: por lo demás, estábamos demasiado apretados para que pudiesen circular a través de la muchedumbre. Goebbels habló durante dos horas como él sabía hacerlo en sus mejores días. Lo que me llamó particularmente la atención fue que su discurso era anti demagógico por excelencia. El análisis que hizo de la situación internacional, del estado lamentable de la Europa salida de Versalles, de las luchas estériles de los partidos, de la posición de Austria con respecto a Alemania, era sólido, perfectamente razonable, basado en hechos positivos y en una voluntad de construcción por medio del trabajo de un pueblo al fin unido. El orador tuvo un enorme éxito. Y ni un solo incidente, en el interior ni el exterior, cuando salimos de la reunión. Confieso que di mi adhesión, imitado por numerosos compatriotas, algunas semanas más tarde. El partido nacional-socialista dio en Austria un enorme salto hacia adelante. Al año siguiente, el 19 de junio de 1933, el canciller Dollfuss no encontró más que un solo medio para parar aquella progresión: lo prohibió. Este fue su primer error. De hecho, apoyándose en las milicias de Starhemberg y de Frey —que pronto dejaron de entenderse—, el desgraciado canciller instituyó una verdadera dictadura, la del pretendido «Frente patriótico». Liquidó el Parlamento y se agarró a las organizaciones de izquierda confundiendo lucha

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contra el marxismo con la caza de trabajadores. Fue horrible. Durante los atroces días de febrero de 1934, la sangre corrió a raudales en Linz, Graz y Viena. No solamente se tiraba contra los manifestantes con fusil y ametralladora, sino que, por orden de Dollfuss, se utilizaron carros de combate. La artillería, fulminó las casas obreras de la ciudad Karl Marx de Fiorisdorf donde se habían fortificado finalmente los insurgentes del «Schutzbund». Los combates duraron cuatro días y no cesaron hasta el amanecer del 15 de febrero. ¿Las víctimas? Más de 400 muertos y 2.000 heridos, de los cuales habían matado alrededor de 280 y herido gravemente a 1.300 del lado de los trabajadores. La represión de la policía no fue menos despiadada. El dictatorial Frente patriótico se separó así definitivamente de las fuerzas obreras. Socialdemócratas y nacional-socialistas, igualmente prohibidos, se ayudaron entre sí. Desde el comienzo del año precedente Hitler era el jefe del Gobierno alemán y algunos de mis camaradas creen que «ha llegado el momento»; que la revolución nacional-socialista en Austria no es más que una cuestión de semanas. No era esto lo que yo creía. Hay que tener presente que desde septiembre de 1932 a junio de 1933 mi actividad en el seno del partido nacional-socialista no fue muy considerable. En efecto, los cuadros dirigentes del partido austríacos se desbordaron un poco por las adhesiones masivas registradas después del mitin de Goebbels y, sobre todo, por el nombramiento de Adolfo Hitler como canciller del Reich. El partido temía, no sin razón, verse ahogado por las tránsfugas de otras formaciones. Por esto, a los que se adherían entonces y que venían de los más diversos horizontes políticos, se les consideraba como aspirantes que tenían que ser puestos a prueba antes de asignarles tareas conformes a sus aptitudes. Por esto, el movimiento nacional socialista austríaco se disolvió. Desde entonces yo me limité a socorrer a los camaradas arrestados o a los que se buscaba y que vivían en clandestinidad. No era siempre fácil. No es casi necesario precisar que yo tampoco dejaba de prestar mi ayuda a varios miembros del «Schutzbund», muchachos muy valientes a quienes habían amenazado con el arresto. No se trataba de defender una ideología marxista, sino de sacar del atolladero a gente estupenda que había sido arrastrada a una aventura siniestra. Uno de mis contramaestres, Oehler, comunista de buena tinta, que se batió en las barricadas, cumpliría más tarde tan valientemente su deber en Rusia, que, siendo simple soldado, sería condecorado con la cruz de hierro de primera clase. De 1934 a 1938 se asiste, pues, a una verdadera unión, bajo el signo de la clandestinidad, de los réprobos marxistas y nacional-socialistas.

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Pero muy pocas personas, entre los partidarios de la unión con Alemania, podían prever el increíble acontecimiento que se preparaba en este comienzo de julio de 1934: el putsch nacional-socialista en el curso del cual debía encontrar la muerte el canciller Dollfuss. Hoy sabemos que el 9 de abril de 1934, Hitler había dirigido a los embajadores del Reich, con puesto en el extranjero, un informe secreto (cf. «Documenta on Germán Foreign Policy, vol. II serie C-459), en el cual se precisaba: «Por el momento, es evidente que Alemania no puede arreglar el problema austríaco en el sentido del Anschluss. Hay que dejar que los asuntos austríacos sigan su curso, porque cualquier tentativa de esta naturaleza sería aprovechada por las potencias europeas de la Pequeña Entente. En estas condiciones, nos parece preferible esperar.» Los dirigentes del partido nacional-socialista austríaco clandestino no podían pretender que ignoraban estas directrices. No tardó en organizarse un complot para obligar a Dollfuss a que dimitiera. En su lugar sería nombrado canciller uno de sus hombres de confianza, el doctor von Rintelen, embajador de Austria en Roma. Todo fue improvisado. Hubo indiscreciones y el Mayor Frey fue prevenido. La historia oficial dice que Dollfuss fue herido mortalmente por uno de nuestros camaradas, Otto Planetta, en un oscuro pasillo de la cancillería donde se encontraba el dictador en compañía de Frey, del mayorgeneral Wrabel, de Karwinsky nuevo secretario de la Seguridad del Estado y del consejo Hedviscka (25 de julio 1934). Después he creído comprender que el papel del ministro Frey y la autopsia del cadáver del canciller, hecha deprisa y en circunstancias extrañas, podían permitir considerar este «tenebroso asunto» de manera diferente. Los que, contra las directrices de Berlín, querían «colocar al Reich ante el hecho consumado» obraban, ciertamente, de buena fe. Lo que ellos ignoraban es que muchos altos funcionarios jugaban un doble juego. Los jóvenes conjurados —que no tenían la intención de asesinar al canciller— ignoraban, sobre todo, que todos sus movimientos eran vigilados desde el comienzo de aquella mañana del 25 de julio por agentes de Frey. Hubiera sido, pues, fácil arrestarles antes de que tomasen por asalto la cancillería y la Casa de la Radio. Pero se les dejó actuar. Tenían orden de no hacer uso de sus armas más que en caso de absoluta necesidad y en tal caso tirar a las piernas. Fue hacia las 13 horas cuando Planetta tiró sobre una sombra en el pasillo que conducía a los archivos del palacio: tendría que haber sido prendido tres horas antes por lo menos. Mayores que yo, los putschistas eran ya activistas con galones de antigüedad antes de la disolución del partido. Yo no los he conocido personalmente. Pero lo que puedo revelar es que Planetta no cesó de afirmar 21

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que él no había disparado más que una sola vez. No obstante, el canciller recibió dos balas, de las cuales una, que se alojó en la columna vertebral, parece haber sido mortal. Cuando se denunció espontáneamente, a fin de evitar que sus compañeros fuesen ejecutados, Planetta no se hacía ninguna ilusión: sabía que sus días estaban contados. Si alguno de los camaradas presentes a su lado había tirado, Planetta, también para salvarlo, habría declarado ciertamente que había hecho fuego dos veces. Hay aquí alguna cosa muy turbia que jamás ha sido aclarada. Que no se molesten ciertos cronistas, pero yo no he participado ni en la organización del complot ni en el putsch. En efecto, acababa de casarme en mayo con una joven que conocía desde hacía ya cuatro años y que tenía diecinueve, Gretl, y nos habíamos marchado a Italia en una moto con Side-car. En el transcurso de este viaje de bodas, muy deportivo, visitamos Bolonia, Venecia, Rávena, Pisa, Florencia, Roma y los Abruzzos. En Roma, en la plaza de Venecia, oí por primera vez a Benito Mussolini que arengaba a la muchedumbre desde el balcón de la antigua embajada de Austria, confiscada en 1916. Si el Duce me hizo buena impresión, también me apercibí que viviendo entre los italianos, mis prevenciones contra Italia se desvanecían. En mis viajes después por diferentes países de Europa, hube de hacer la misma constatación: somos una gran familia y podemos fácilmente entendernos con todo el mundo, a condición de que nos respetemos mutuamente y que cada uno de nosotros conserve lo que constituye su originalidad. Europa es un arco iris de naciones cuyos colores deben permanecer distinguibles. Pero en fin, apenas había vuelto de este viaje italiano cuando me encontré en plena efervescencia política: ya había llegado a Styria, a Carintia, al Tirol, pues la radio había anunciado que el putsch había tenido éxito y que el doctor von Rintelen había sido encargado de formar un nuevo Gobierno. En realidad, Rintelen, caído en la trampa, había intentado suicidarse. En cuanto a los putschistas vieneses, después de haberles asegurado dos veces que serían conducidos sanos y salvos a la frontera bávara, habían rendido sus armas… e inmediatamente habían sido encarcelados. Las cifras de las pérdidas oficialmente publicadas fueron de 78 muertos y 165 heridos por parte del Gobierno y más de 400 muertos y 800 heridos por parte de nuestros amigos. Muchos militantes nacional-socialistas pudieron huir a Alemania. Miles de otros menos dichosos se unieron con sus camaradas y los marxistas en campos de concentración, creados desde el 23 de septiembre de 1933 por Dollfuss y a los que se llamaba púdicamente «campos de internamiento administrativo». Los de Woellensdorf y Messendorf, cerca de Graz, se han hecho tristemente célebres. Más de doscientos conjurados fueron citados en corte marcial y rápidamente

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juzgados. Unos sesenta condenados a muerte "vieron su pena conmutada por la de trabajos forzados a perpetuidad por Miklas, presidente de la República. Pero siete jefes nacional-socialistas, entre los que se encontraba Franz Holzweber, jefe del comando que se apoderó de la cancillería, Otto Planetta, Hans Domes, Franz Leeb, Ludwig Maitzen, fueron colgados en compañía de dos «jóvenes miembros del Schutzbund, Rudolf Ansbóck y Joseph Gerl, en casa de los cuales habían descubierto explosivos. La amplitud de la represión ejercida por la dictadura «autoritaria y cristiana» se revela por la ley de amnistía promulgada en julio de 1936 por el canciller Schuschnigg, sucesor de Dollfuss: 15.583 detenidos políticos fueron entonces liberados. Dos años antes los que iban al suplicio habían muerto valerosamente. Cuando subían al patíbulo todos los nacional-socialistas gritaban: «¡Viva el pueblo alemán! ¡Heil Hitler!» En este 25 de julio de 1934, en Bayreuth, Hitler asistía a una representación de «El Oro del Rhin», de Ricardo Wagner. Con estupor y cólera se entera de estos acontecimientos y al mismo tiempo se le informa que Mussolini moviliza cinco divisiones sobre el Brenner y que Yugoslavia coloca tropas en la frontera, frente a Styria y Carintia. «¡Gran Dios, protégenos de nuestros amigos!, dice a Goering. Es otro Sarajevo…» Enseguida, de acuerdo con la presidencia del Reich, envía a Viena a Franz von Papen, camarero secreto del Papa: lo esencial es que las relaciones entre Viena y Berlín no sean rotas. En efecto, se mantienen, pero la tragedia austríaca no se ha terminado desgraciadamente.

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2. Anschluss Gimnasia en el «DEUTSCHER TURNVEREIN».—SINGULAR REFERENDUM PROPUESTO POR SCHUSCHNIGG, O EL AISLADO SIN AISLADOR.—LA NOCHE DEL 11 DE MARZO DE 1938.—SEYSS-INQUART, CANCILLER.—EN EL PALACIO PRESIDENCIAL; DRAMA EVITADO ENTRE SA Y GUARDIAS FEDERALES.— Hitler visto desde lo alto de nuestros andamio«.— PALINODIAS Y PLEBISCITO TRIUNFAL.—LOS HOMBRES DEL OTRO LADO DEL MAIN. El 11 de julio de 1936, el sucesor de Dollfuss, Kurt von Schuschnigg, reconocía oficialmente que «Austria era fundamentalmente un Estado alemán». Sin embargo, él estaba en contra de la unión con Alemania y movilizaba a su policía para tratar sin piedad a todos los que manifestasen sentimientos proalemanes. La entrevista Hitler-Schuschnigg, el 12 de febrero de 1938, no dio solamente la esperanza de que se normalizaran las relaciones entre Alemania y Austria, sin que nos pareciese posible una pronta entrada en el seno de la madre patria. Se volvió a autorizar el partido nacional-socialista bajo ciertas condiciones. Pero yo me había adherido desde 1935 al «Deutscher Turnverein», asociación deportiva que existía a la vez en Alemania y en Austria. Por una casualidad me había vuelto a encontrar allí con numerosos antiguos miembros y simpatizantes del partido disuelto. Quizás es inútil precisar que los 60.000 miembros del Turnverein eran totalmente partidarios de la unión. En el interior de esta sociedad de gimnasia estábamos organizados en secciones de defensa (Wehrzüge). Yo era jefe de sección. Sabíamos muy bien, en efecto, que los comunistas y los social-demócratas se habían hecho maestros en el arte de camuflar a sus tropas. Sabíamos, sobre todo, que Moscú había dado órdenes precisas a los dirigentes austríacos: preparar un frente popular con dirección comunista y tomar en Viena la revancha de Berlín. Ciertamente que, después de su vuelta de Berchtesgaden, Schuschnigg había vuelto a manejar su gabinete y había nombrado ministro del Interior a Seyss-Inquart. Este era un brillante abogado, católico practicante que, como la mayoría de los austríacos, era partidario del Anschluss sin ser aún miembro del partido nacionalsocialista. Pero, al mismo tiempo, el canciller hacía todos sus

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esfuerzos para entenderse con los dirigentes de las asociaciones de extremo izquierda en contra nuestra. Pronto se hizo la presión de Moscú más fuerte y Schuschnigg resolvió lanzarse a una aventura que debía decidir la suerte de Austria. El miércoles 9 de marzo de 1938 sonó el trueno. En Innsbruck, el canciller anuncia para el domingo 13 de marzo un plebiscito para o contra «una Austria libre y alemana, independiente y social, cristiana y unida!». Enseguida, Berlín le acusa de «violar deliberadamente los acuerdos de Berchtesgaden, de «seguir el juego de Moscú», de querer instalar en Viena una república soviética». De hecho, como lo hace notar un historiador francés, Jacques Benoist-Méchin (cf. «Historia del Ejército alemán, tomo IV): «Se asistirá a un espectáculo extraño del cual se apresurará a sacar partido la propaganda hitleriana: aparte del Frente patriótico (Vaterländische Front), los únicos que harán abierta campaña en favor del plebiscito serán los comunistas.» Hoy sabemos que el canciller fue víctima de diversos espejismos y, sin duda, de promesas que no podían ser cumplidas. Había empezado por dar de lado a la derecha monárquica, al responder negativamente a una proposición de restauración hecha por el archiduque Otto de Habsburgo quien había firmado su manifiesto: «Otto, LR.», es decir, Imperator Rex, ni más ni menos que como Carlos V. Como resultado de esto, nueve días más tarde, el 26 de febrero, el ministro de Asuntos Exteriores, Yvon Delbos, dio al canciller de Austria, delante del Parlamento Francés, este testimonio de satisfacción: «Francia no podría desinteresarse de la suerte de Austria: hoy afirma que la independencia de Austria es un elemento indispensable del equilibrio europeo.» En sus Memorias, Franz von Papen escribirá que «fue el embajador de Francia en Viena, M. Puaux, íntimo amigo de Schuschnigg, quien concibió la idea de plebiscito». Para impedir, o al menos retardar el Anschluss al tener éxito el referéndum, el canciller cuenta, pues, con apoyos exteriores que inmediatamente le fallan. En Londres, Anthony Eden, ministro de Asuntos Exteriores, acaba de dimitir. Chamberlain, que ha sido remplazado por lord Halifax considera el proyecto de referéndum austríaco como «a hazardous business» (un negocio arriesgado). El doctor Masny, ministro de Checoslovaquia en Berlín, tenía que dar al mariscal Goering la seguridad de que el presidente Benes no tenía la intención de mezclarse en los acontecimientos austríacos. El 7 de marzo, al final de la mañana, el coronel Liebitsky, agregado militar austríaco en Roma, entrega a Mussolini copia del discurso que Schuschnigg va a pronunciar en Innsbruck. Sinceramente espantado interviene enseguida el

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Duce para que el canciller renuncie a su proyecto «que puede volverse inmediatamente contra él». A pesar de todo, Schuschnigg no tiene en cuenta este aviso. ¿Acaso recibió oficialmente seguridades en firme del lado francés? Hay que ponerlo en duda. Algunas semanas antes, el Gobierno Chautemps había obtenido una amplia confianza del Parlamento con 439 votos contra 2. Al (tía siguiente del discurso de Innsbruck, en la mañana del 10 de marzo, Camilo Chautemps toma la palabra brevemente en la Cámara. Baja de la tribuna y se marcha de la sala; sus ministros le siguen en silencio: ¡el gabinete Chautemps ha dimitido sin haber sido puesto en minorías! Al mismo tiempo que hacíamos gimnasia en el Turnverein, leíamos muchos periódicos extranjeros: el Times, el Daily Telegraph, el Frankfurter Zeitung, le Temps, la prensa suiza y, en la tarde del 10 de marzo, nos enteramos de que Schuschnigg había perdido la razón: se había aislado él mismo. Es necesario saber que el referéndum debía desarrollarse de la siguiente manera: como la última elección para la Asamblea nacional había tenido lugar en 1929, no existían listas electorales; se nos explicó que eran inútiles. El Frente patriótico, único organizador del referéndum se encargaría de todo. Primeramente, los funcionarios tendrían la obligación de votar en su oficina; todo ciudadano que estando en Viena hubiera cumplido veinticinco años, o veinticuatro si estaba en provincias, podría votar con la simple presentación de un libro de familia, de un recibo de inquilinato, de gas o de electricidad, de una cartilla de ahorros, de una tarjeta del Frente patriótico o de la Liga agraria (Landbund), etc. Los electores conocidos de los escrutadores no tendrían siquiera necesidad de muestra de identidad. ¡Se había especificado que el voto sería público y que no habría más que papeletas marcadas con SI en las oficinas de votación. Nada de aisladores. Los ciudadanos que quisieran votar negativamente tendrían que llevar una papeleta marcada con un NO y pedir a los escrutadores un sobre oficial para guardarla! En estas condiciones, una panda de unos cincuenta barbianes, comenzando temprano a darse una vuelta por las oficinas de votación y favorablemente acogidos por los amigos escrutadores, podían fácilmente dar a Schuschnigg varios miles de votos. Al mismo tiempo, la radio y la prensa gubernamental repetían: «Todo ciudadano que vote No se hará culpable de alta traición.» De modo que todos los que hubieran tenido la ingenuidad de llevar una papeleta marcada con un NO se habrían designado ellos mismos como traidores. Estos procedimientos no son muy honrados sin duda; pero a los organizadores les parecían admirables. En esta noche del 10 de marzo, Schuschnigg da la orden de movilizar a la quinta de 1935. Las milicias del Frente patriótico están en estado de alerta. Y lo

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más inquietante es que las viejas tropas del Schutzbund, ultra marxistas, han hecho su reaparición, algunas disfrazadas bajo el uniforme gris claro de las «Ostmárkische Sturmscharen», unidades de combate del Frente patriótico. Se diga lo que se quiera. Schuschnigg utiliza todos los medios y en los camiones que circulaban por Viena en esta mañana del 11 de marzo, podíamos ver a los propagandistas del Frente patriótico con el puño levantado. Sabemos que Schmitz, el burgomaestre de Viena, convocó la víspera por la noche a los responsables de las milicias de fábricas y estamos seguros de que se distribuyeron armas. Procedentes de los suburbios, venían restos de las columnas de camiones llevando en triunfo la bandera roja con la hoz y el martillo. Obreros iban levantando el puño, cantando la Internacional y gritando: «¡Por la libertad, votad SI!» «¡Abajo Hitler! ¡Viva Moscú!» Mientras tanto, aviones con divisa blanca y roja arrojaban sobre la capital toneladas de manifiestos: ¡VOTAD SI! ¿Cuál puede ser el significado de este bizarro referéndum, organizado en setenta y dos horas por un poder que no tiene base popular real alguna? Desde la víspera por la noche, discusiones cada vez más ásperas tienen lugar en la cancillería. Cambio de escena: el «Wiener Neuesten Nachrichten» publica un manifiesto del doctor Jury, adjunto de Seyss-Inquart en el Ministerio del Interior, en el que se proclama que «el referéndum es arbitrario e ilegal» e invitan al pueblo a boicotearlo. No fue posible secuestrar el periódico. ¿Qué va a ocurrir? Después de muchas vacilaciones hacia las 13 horas de ese mismo 11 de marzo, el canciller declara que modificará la fórmula del referéndum. Quiere ganar tiempo cuando, desde Berlín, el mariscal Goering exige telefónicamente la dimisión pura y sencilla del Gobierno (16,30 horas). Se sabe que hay tropas alemanas motorizadas concentradas en la frontera, Schuschnigg pregunta entonces al doctor Zehner, secretario de Estado de la Defensa, si el Ejército y la policía están dispuestos a resistir. Pronto comprende que nada podría impedir a las tropas del Reich llegar a Viena, «si no fuera, quizás, el grandísimo entusiasmo de los pueblos». Desde que se conoció la movilización de las milicias de fábricas, los jefes del Deutscher Turnverein convocaron a las secciones de defensa de la asociación. No queríamos revivir a ningún precio los sangrientos días de 1927 y de 1934. Delante de la cancillería se había concentrado al caer la tarde una enorme muchedumbre. Allí estábamos, mis camaradas y yo, angustiados o llenos de esperanza, según las noticias que atravesaban por la multitud. De repente, a las

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20 horas, fue Seyss-Inquart quien lanzó una llamada general a la calma e invitó «a las fuerzas de policía y de seguridad nacional-socialistas que velasen por mantener el orden». Con gran extrañeza me di cuenta de que un gran número de gente, comprendidos policías, llevaban el brazalete con la cruz gamada. Todos se convirtieron en buenos nacional-socialistas en cuanto supieron que el presidente de la República había aceptado la dimisión de Schuschnigg. En su lugar, el presidente Miklas rehusó en principio nombrar, a SeyssInquart, aunque era el único ministro que había quedado en funciones a petición del mismo presidente. Este presidente era un hombre venerable que tenía principios y catorce hijos. Lo que ignoraba es que dos de ellos eran miembros de las SA clandestinas! Lo que se llamó «la violación de Austria» empezó entonces, en aquella noche, con una alegre retreta con antorchas por las calles de Viena y ante la cancillería. En la Heldenplatz, la gente lloraba, reía, se abrazaba. Cuando las banderas de la cruz gamada aparecieron en los balcones de la cancillería, hacia las 23 horas, fue el delirio. Siempre obstinado, mientras que sus hijos gritaban en la plaza ¡Heil Hitler!, el presidente Miklas buscó mucho tiempo un sucesor del dimitido Schuschnigg. No quería a Seyss-Inquart, recomendado y luego impuesto por Goering, quien tenía que colocar a dos cufiados austríacos. Instalado en la cancillería, Miklas intentó sondear a una docena de personalidades que se inhibieron, entre las cuales se encontraba el doctor Skubl, secretario de Estado; el doctor Ender, antiguo jefe de un Gobierno social-cristiano, y, en fin, a Schilkawsky, inspector general de la armada, preocupado, sobre todo, por evitar un enfrentamiento fratricida. Hacia la media noche, cansado de esta lucha, Miklas nombró a Seyss-Inquart, quien, enseguida, entregó la lista de los nuevos ministros. Mis camaradas y yo estábamos aún ante la cancillería cuando SeyssInquart apareció en un balcón: una formidable ovación lo acogió y comprendimos que ya era canciller. Pronunció una corta alocución de la cual no entendimos ni una palabra por el tumulto. De repente, se hizo un gran silencio y, con la cabeza descubierta, la inmensa muchedumbre cantó el himno alemán. Jamás olvidaré aquel minuto que nos compensó de tantas penas, sacrificios y humillaciones. Leí que en aquella ocasión «los principios democráticos fueron violados». No» había sombras de una democracia en Austria. El canciller Dollfuss había liquidado el Parlamento el 15 de marzo de 1927. Schuschnigg había sido nombrado canciller por Miklas después de la trágica muerte de Dollfuss sin que los austríacos hubiesen sido consultados. Para comprender nuestra actitud son

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necesarios la buena fe y el conocimiento —aunque sea superficial— de la historia. Aún me veo, durante aquella noche memorable, en compañía de mis camaradas del Deutscher Turnverein. Desde el comienzo de la tarde estábamos alerta, vestidos con gabanes de montañés que en un apuro podía pasar por chaquetones de uniforme, calzones de jinete o pantalones de ski. No teníamos brazaletes. Éramos tan felices que no sentíamos ni el hambre ni el frío. Sin embargo, ya no había nada que hacer en la Heldenplatz y, siempre acompañado de mis camaradas, me dirigí hacia una calleja que se encontraba detrás de la cancillería. Había aparcado mi coche no lejos de allí. Pasado el primer entusiasmo, apenas podíamos creer que no estábamos soñando. ¿Era posible que Seyss-Inquart fuera verdaderamente nacional-socialista? Hasta entonces lo habíamos considerado como un hombre de enlace. ¿Cuál iba a ser la reacción de la extrema izquierda? ¿Era verdad que el Führer había dado orden a las tropas alemanas de entrar en Austria, como se oía decir? En aquel momento, de un portalón salió lentamente a la acera de la calleja una limousine negra y cuando nos habíamos colocado en fila para dejarlas pasar oí que desde lejos me llamaba un hombre que, en compañía de otras personas, salía también del palacio. El personaje vino rápidamente hacia mí y reconocí entonces a Bruno Weiss, presidente de nuestro Deutscher Turnverein. Parecía nervioso y me preguntó si disponía de un coche. «Muy bien, me dijo. Es una suerte que le encuentre aquí. ¡Necesitamos un hombre tranquilo y sensato! ¿Ha visto usted la gran limousine que acaba de salir? Bien. El presidente Miklas va dentro. Se vuelve a su palacio de la calle Reisner, ocupado por un destacamento de guardias federales. Acabamos de enterarnos que en este mismo momento un destacamento de SA de Florisdorf ha recibido la orden de dirigirse a la calle Reisner, porque el presidente federal debe ser protegido por el nuevo Gobierno. Por consiguiente, no conviene en modo alguno que haya una agarrada entre las dos formaciones. ¿Me comprende? —«Perfectamente, querido presidente. Pero yo no tengo poder…» Me paró con un gesto: «En nombre del nuevo canciller le encargo que personalmente vaya inmediatamente a la calle Reisner e intervenga con calma, pero resueltamente, para evitar todo incidente. Reúna algunos camaradas, pero tío pierda un minuto. Voy a prevenir al canciller que usted se ha encabado de esta misión. Voy a tratar de arreglar las cosas por teléfono, pero es preferible que usted esté en su sitio. En cuanto se encuentre allí telefonee a la cancillería. Andando querido. Los minutos son preciosos…»

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¡Desde luego lo eran! Afortunadamente recluté allí mismo unos diez camaradas que se apretujaron en dos o tres coches o montaron en su moto. Nos hundimos en la noche a través de la muchedumbre que se deslizaba y llegamos ante el palacio en el momento que penetraba en él el presidente. Nos precipitamos detrás de él, mientras que yo ordenaba cerrar la gran puerta de la entrada. Estaba el presidente subiendo la escalera cuando nosotros irrumpimos en el hall. Un joven teniente de la guardia federal surgió de la galería del primer piso y sacó su pistola. La confusión llegó al colmo con las exclamaciones de los guardias, de la gente del séquito presidencial y la aparición de la señora Miklas completamente enloquecida. Yo grité más fuerte que los demás: «¡Silencio, por favor!» «¡Carguen sus armas!», ordenó el teniente. Este oficial, que después se hizo mi amigo y al que tres semanas más tarde volvía a encontrar siendo capitán en la Wehrmacht, no hacía más que cumplir con su deber. Felizmente, nosotros no teníamos ni armas ni brazaletes, pero nuestra vestimenta heteróclita no hablaba nada en nuestro favor. La situación se presentaba de la manera siguiente: en pie, a lo largo de la primera galería y en lo alto de los escalones, nos apuntaban una veintena de guardias federales; en medio de la escalera se había parado el presidente y miraba a su mujer sin decir nada; un tumulto que venía de la calle se iba haciendo cada vez mayor. Los SA, que se apeaban de sus camiones, exigían que se les abriese la puerta. Yo deseé que fuera muy sólida. «¡Calma señores!, grité una vez más. Señor presidente, tenga la bondad de escucharme, por favor…» Se volvió hacia mí y me consideró con sorpresa: —«¿Quién es usted, señor, y qué quiere? —Permítame presentarme: ingeniero Skorzeny. Me ha enviado el canciller federal para que esté al lado de su persona, señor presidente. ¿Puede llamar por teléfono al canciller? Él podría certificarte que estoy aquí por orden suya. —Ciertamente. Pero, dígame, sabe usted lo que significa todo ese tumulto de ahí fuera? Yo conocía la causa del tumulto sin poder revelarla aún. Podría pensarse que los SA querían tomar por asalto el palacio presidencial: podía organizarse quizás un fusilamiento. «Le ruego tenga la bondad de excusarme señor presidente, voy a enterarme inmediatamente.» Con mi adjunto, Gerhard y nuestros camaradas del Turnverein pudimos calmar al fin a los unos y a los otros. En presencia del doctor Miklas telefoneé a la cancillería y el doctor Seyss-Inquart se puso pronto al aparato: Bruno Weiss

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había hecho lo necesario, afortunadamente, y el canciller habló algunos instantes con el presidente federal, quien volvió a pasarme el aparato. Seyss me felicitó por la prontitud de mi acción. Me rogó que me quedara en el palacio hasta nueva orden, que tomara el mando del destacamento de la guardia federal y que con ésta velara por la seguridad interior del palacio, mientras que los SA se ocuparían de la seguridad exterior. Durante tres días y tres noches cumplí escrupulosamente mi misión a satisfacción de todos: no hubo incidente alguno. Todo se terminó con un caluroso apretón de manos del canciller Seyss Inquart. Entonces yo era todavía joven y pensaba un poco ingenuamente que había entrado en la política activa no solamente por casualidad, sino además por la puerta grande. La entrada triunfal de Adolfo Hitler en Viena la vi desde muy arriba: de lo alto de uno de nuestros andamios levantado para restaurar un museo que se encuentra sobre él Ring. Mis obreros estaban aún más entusiasmados que yo y les comprendía. Era a uno de los suyos al que acogían, uno de los nuestros. Desde lo alto de nuestro andamio mirábamos a aquel hombre prodigioso. Digan lo que quieran hoy, en Viena él se había muerto de hambre. Ahora, ante nuestros ojos, venía a tomar en la Historia el lugar de los más grandes soberanos austríacos, el de los Rodolfo, Maximiliano, Carlos, Fernando, José, que habían sido emperadores de Alemania. Era imposible y, sin embargo, era verdad. Con nosotros, cientos de miles de personas gritaban que era verdad. En el cuadro del Ring, el espectáculo era digno de acontecimiento, magnífico, suntuoso, con el mar de banderas y flores, las aclamaciones sin fin, las marchas militares, las tropas alemanas aclamadas como ningún otro ejército lo había sido jamás en Austria. Hubo un instante en que la inmensa muchedumbre tuvo un movimiento de curiosidad: la guardia personal del Führer, la «SS Leibstandarte Adolf Hitler» acababa de aparecer. Su porte nos impresionó, sin que yo pudiera figurarme que un día bien cercano formaría parte de ella. Nunca he podido comprender donde habían encontrado mis compatriotas aquellas decenas de millares de banderas con la cruz gamada. Era de suponer que cada familia guardaba secretamente una o dos de ellas, en previsión de la «violación de Austria». Otras muchas cosas me sorprendieron que hoy se han ido olvidando. El 10 de marzo, el cardenal Innitzer, arzobispo de Viena, había sostenido ardientemente el referéndum de Schuschnigg declarando, por ejemplo: «¡Como ciudadanos austríacos que somos, luchamos por una Austria libre e independiente… Responderemos SI!» Ocho días más tarde, el 18 de marzo, el cardenal Innitzer, Mgr. Waitz, arzobispo de Salzburgo; Hefter, obispo de Klagenfurt; Pawlikowski, obispo de

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Graz; Gfollner, obispo de Linz, declaraban públicamente lo contrario, a saber: «que ellos consideraban era su deber, en tanto que alemanes, pronunciarse en favor del Reich alemán». Y precisaban: «Estamos igualmente convencidos que gracias a la acción del movimiento nacional-socialista, el peligro del bolchevismo destructor y ateo se apartará.» Pero, ¿qué decir de la actitud de líder social-demócrata Karl Renner, primer canciller de Austria en 1918-1919 y presidente del Consejo Nacional hasta 1933? El 3 de abril de 1938 declaraba al «ülustrierte Kronenzeitung» de Viena: «Al fin, después de veinte años, el pueblo austríaco puede dejar la vía detestable donde caminaba y volver a su punto de partida, a su declaración solemne del 12 de noviembre de 1918. El triste intervalo de medio siglo —de 1866 a 1918— se borra de nuevo ahora por el retorno a nuestra común historia milenaria… En tanto que socialdemócrata y por ello representante del derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos, en tanto que antiguo presidente de la delegación de paz austríaca en SaintGermain, votaré SI.» Aún afirma más el doctor Renner, siempre el 3 de abril, en la Neue Wiener Tageblatt: «Sería renegar de todo mi pasado de hombre de Estado austríaco alemán no acoger con el corazón desbordante de alegría el gran hecho histórico de la unidad recobrada de la nación alemana. En mi calidad de primer canciller de la República de Austria alemana votaré SI.» A estas declaraciones hizo coro Karl Seitz, viejo jefe socialdemócrata y antiguo burgomaestre de Viena. Los resultados del plebiscito del 10 de abril de 1938, que fue verdaderamente libre y secreto —todos los austríacos de buena fe pueden testimoniarlo— fueron los siguientes: Por la unión de Austria con el Reich……………. 4.284.295 Contra………………………………………………. 9.852 Papeletas nulas…………………………………….. 559 Se sabe que el doctor Seyss-Inquart, futuro Reichstatíhalter de los PaísesBajos, fue condenado a muerte en Nuremberg, que fue colgado, quemado y que sus cenizas fueron dispersadas al viento. ¿Qué ha sido del doctor Renner? En 1945 fue reelegido canciller «de una Austria independiente, por fin liberada del yugo nazi».

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¿Por qué era necesario que nos quedásemos un poco decepcionados? Algunos de los que habíamos recibido con tanto entusiasmo nos trataron con una falta de perspicacia y una condescendencia que en otras circunstancias hubiesen sido bastantes cómicas. Aureolado por el triunfo que había obtenido tres años antes en el Sarre, el Gauleiter José Bürckel era un renano al que no faltaba ni sensatez ni inteligencia política. «Camisa vieja» del partido tenía que morir en las parihuelas como prefecto de la Marcha del Oeste, en 1944. Pero todos los que atravesaron el Main después de él no se le parecían. Hubiera sido necesario enviar a Austria gente de primera categoría: desgraciadamente esto no ocurrió siempre así y el tipo de funcionamiento que heredamos muy a menudo era a la vez del instructor bávaro modelo 1.900 y el del agente de policía. Tampoco nosotros estábamos libres de defectos. Nos esforzábamos por sonreír y comprender a los que no nos comprendían. Hay que decir que la tirantez, a veces la falta de tacto del prusiano o del sajón, constituyeron los verdaderos obstáculos para una unión que deseábamos fraternal. Esto es lo que los historiadores que han escrito sobre el ANSCHLUSS y que se han cegado por el hecho político, no han sabido ver.

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3. Waffen SS Dantzig y el pacto germano-soviético.—«Si alguna vez perdemos esta guerra…»«—Movilizado en la Luftwaffe y trasladado a los Waffen SS.—Errores y confusiones.—Origen de los SS y de los Waffen SS.—La Totenkopf.—El general Paul Hausser.—Nada de «señor».—Espíritu de cuerpo e ideologías.— Combatientes europeos que no recibían órdenes de Himmler.—La encuesta de la sección histórica del Ejército israelí: un ensayo de clasificación de los combatientes de las dos guerras mundiales.—El príncipe Valerio Borghese. El 27 de septiembre de 1938, sir Neville Chamberlain dirigiéndose por las ondas de la BBC al pueblo inglés, exclamaba: «Cuán horrible, fantástico e increíble es que estemos cavando trincheras y probando máscaras anti gas, a causa de una querella que se ha producido en un país lejano, entre gente de la que no sabemos nada! ¡Y aún parece más inverosímil que esta querella, ya arreglada en principio, pueda dar lugar a una guerra!» Francamente, al verano del año siguiente yo no creía en la guerra. Los acuerdos de Murrieh nos parecían constituir el preludio de un acuerdo general de las potencias europeas que revisarían los tratados de 1919-1920, los cuales, escribía un brillante hombre de Estado francés, Anatole de Monzie, «habían creado en el corazón de Europa una media docena de Alsacia-Lorena». Me parecía imposible que los europeos, teniendo en común una cultura y una civilización tan notables no llegasen a entenderse: esto era lo que nos interesaba a todos. El asunto checo estaba arreglado: Polonia había recuperado la región de Teschen —se olvida siempre este «detalle»— y los 3.500.000 alemanes de las Sudetes se convertían de nuevo en ciudadanos del Reich. Su regreso al seno de la patria alemana había emocionado profundamente a mi padre, cuya familia era originaría de Eger, en Bohemia. Todos pensábamos que no se negaría más a los alemanes de Dantzig el derecho de ser nuestros compatriotas. Todo el mundo sabía que la patria de Hevel, de Fahrenheit, de Schopenhauer, capital de la Prusia Oriental en 1918, arrebatada al Reich al año siguiente, estaba poblada de alemanes: los 448 artículos del tratado de Versalles no podían cambiar nada de eso. Nos parecía que nuestro pueblo, dispersado,

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desgarrado, que había sufrido terriblemente desde 1918 a 1925, no podía ser considerado indefinidamente responsable de los errores cometidos por sus dirigentes desde 1914 a 1918. En agosto de 1939 pasaba yo mis vacaciones en compañía de la familia del profesor Porsche, diseñador del Volkswagen, al borde del Worthersee, en Austria, cuando la noticia de la firma del pacto germano-soviético, nos sumergió a todos en el estupor más profundo. La Historia ofrece pocos ejemplos de alianza invertida tan sensacional. Si el año precedente me hubiera dicho alguien que un día Hitler pactaría con Stalin, ciertamente no le hubiera creído. Desde luego, los dos Gobiernos explicaron que no consideraban sus ideologías como artículos de exportación. Pero pronto comprendimos lo que significaba ese pacto. En vano sugirió Mussolini el 31 de agosto que se reuniese una conferencia internacional el 5 de septiembre «a fin de examinar las cláusulas del tratado de Versalles que, según él, eran la causa de los disturbios actuales». Nadie le escuchó. El 1 de septiembre, a las 5,45 horas, la Wehrmacht entraba en Polonia. Al día siguiente, a las 12 horas, Gran Bretaña declaraba la guerra al Reich y a las 17 horas, Francia la imitaba, «a fin de preservar la independencia de Polonia». Ningún alemán se alegró. Y creo que el mariscal Goering fue el intérprete del pensamiento de cada uno de nosotros cuando dijo a Ribbentrop la noche del 31 de agosto: «Si alguna vez perdemos esta guerra, que Dios tenga piedad de nosotros!» Yo no había hecho aún mi servicio militar. A punto de pasar las últimas pruebas del certificado de piloto fui movilizado en la Luftwaffe, donde juzgaron que con treinta y un años era demasiado mayor para volar. Yo no tenía la intención en absoluto de hacer la guerra como «rastrero» en cualquier oficina. Pedí, pues, ser enviado a las Waffen SS y después de una serie de pruebas físicas y exámenes médicos muy severos, nueve camaradas y yo —sobre cien candidatos— fuimos aceptados. Me gustaría aclarar aquí un equívoco: para muchos historiadores SS es un sinónimo de policía. ¿Cómo puede imaginarse que yo haya deseado hacer la guerra en la policía? Hay en circulación innumerables libros (y todo hace suponer que habrá otros más) sobre la SS, pero todos están lejos de dar una idea clara de esta organización. Desde hace algunos años no faltan historiadores serios que admitan fue muy compleja y que sus diferentes ramas tuvieron juicios y papeles muy diferentes. Sin embargo, se confunde muchísimo aún WAFFEN SS y Sicherheitsdienst (S D), Servicio de Seguridad. No hay confusión posible y al

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primer golpe de vista podía reconocerse a un miembro del S D por su uniforme: sobre la manga izquierda se leía precisamente «Sicherheitsdienst» y sobre el escudo de armas del cuello en el lado derecho, las iniciales SS no figuraban en absoluto. Yo ofrecí en 1958 cien mil marcos a quien pudiese descubrir una foto, no trucada, donde apareciera un uniforme de miembros del S D. Esta cantidad está siempre a disposición de los eventuales buscadores. Son necesarias aquí otras precisiones. Se ha escrito siempre que fue Heinrich Himmler el fundador y el jefe de los SS. Es un doble error. Nunca dejó de ser el primer funcionario de la organización. El jefe de las Schutzstaffei (SS), desde el punto de vista político y militar, era bien evidentemente Adolfo Hitler, y era a él a quien nosotros, soldados de las Waffen SS, prestábamos juramente de fidelidad. La primera unidad armada de la SS fue la «Leibstandarte Adolf Hitler», mandada por un rudo bávaro, antiguo combatiente de carros en la Gran Guerra, Sepp (José) Dietrich. Este regimiento de parada, con correajes blancos, que habíamos visto desfilar impecablemente en Viena, constituía la guardia personal del jefe del Estado alemán. Yo conocí bien a Sepp Dietrich. No era un estratega, ¿era un fondead«»«? Luego fueron creados otros dos regimientos bajo el nombre de SS Verfügungstruppen, tropas militarizadas de activo de la SS. Al final de 1937 había tres regimientos de infantería SS, el regimiento Deutschland, único completo, el Germania y la Leibstandarte. La administración y la instrucción militar habían sido confiadas a Paul Hausser, teniente general retirado de la Reichswehr, director de la escuela de oficiales del Hanovre. Yo estaba al lado del general Hausser cuando fue gravemente herido en Borodino, ya veremos en qué circunstancias. Era un jefe de guerra de primer orden. Pero su primer mérito, según creo, fue mostrarse de una extrema severidad en el reclutamiento de los voluntarios. Estos debían presentar un certificado de penales virgen y se les hacía una encuesta de moralidad sobre su pasado. La selección concerniente no era menos seria. Resumiendo, Hausser deseaba que los Waffen SS fueran soldados de élite. El entrenamiento diario de los oficiales, suboficiales y soldados era a la vez muy duro y muy completo. La disciplina era aún más estricta que en la Wehrmacht. Los oficiales compartían enteramente la vida con sus hombres. La camaradería, la confianza y el respeto mutuos eran regla. Un detalle: hubiéramos enrojecido de vergüenza si hubiéramos cerrado con llave el armarito que contenía nuestros objetos personales. Hitler había decidido que en las Waffen SS el grado no debería ser precedido de «señor». En la Armada se respondía a un coronel: «Sí, señor coronel». Nosotros decíamos sencillamente a un general: «¡Sí, jefe de grupo!»

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Esta innovación revolucionaria tenía el mérito de abolir toda apariencia de servilismo ante el superior en graduación. Las relaciones en el seno de la jerarquía de los Waffen SS eran más sencillas, más humanas y el tipo caricaturesco del oficial prusiano, tieso, áspero, lleno de altivez, considerando a su subordinado de manera altiva a través de un monóculo, era desconocido entre nosotros. Quizás se sorprenderán de saber que en las Waffen SS la libertad de conciencia era absoluta. Se encontraban allí tanto agnósticos, protestantes, como católicos practicantes. El capellán de la brigada francesa SS «Carlomagno» era monseñor Mayol de Lupé, amigo personal de Pío XII y yo tuve en una de mis unidades a un sacerdote católico rumano sirviendo como simple soldado. Si los SA eran en su mayoría «miembros del partido nacionalsocialista, en las Waffen SS la inscripción en el partido no era ni obligatoria, ni incluso recomendada. Esto es lo que no se quiere comprender. Sin duda éramos soldados políticos, pero defendíamos una ideología por encima de la política y de los partidos. No nos privábamos de criticar ciertas concepciones del partido y las decisiones de ciertos «Gauleiters» (jefes de cantón). Que pudiesen existir el desgraciado Streicher y su periódico, nos parecía a la vez lamentable e inconveniente. Aquel periódico desdecía. No había verdaderamente nada de común entre los editoriales de «Das Reich», que escribía Goebbels las elucubraciones del «Stiirmer». Lo cual no me impide en modo alguno decir que el trato que se hizo sufrir a Streicher antes de su condena a muerte y ejecución en la horca, no engrandece a los justicieros de Nuremberg. No nos considerábamos soldados superiores a los demás; pero al menos poníamos todo nuestro corazón en servir a la Patria de la mejor manera. Otras divisiones, pertenecientes al Ejército, combatieron soberbiamente durante la larga y espantosa tragedia de la guerra —la Gross Deutschland, por ejemplo, por citar una— y sus soldados, como nosotros, miraban «de arriba a abajo». No se nos puede reprochar por ello. Que haya habido en los Waffen SS un «espíritu de cuerpo», sería vano negarlo; pero este espíritu no es un fenómeno nuevo: siempre ha existido en el seno de todos los ejércitos del mundo. Creo que existía incluso en el seno de la Guardia roja y en ciertas divisiones siberianas, tropas escogidas del Ejército soviético. Lo que hará originales a los Waffen SS es que a partir de 1942 constituyeron un verdadero cuerpo de soldados «europeos», dentro del cual sirvieron con distinción, combatientes que hay que citar en orden alfabético: albaneses, bosnianos, británicos, búlgaros, cosacos, croatas, daneses, estonianos, finlandeses, flamencos, franceses, georgianos, griegos, holandeses, húngaros, italianos, letones, lituanos, noruegos, rumanos, rusos, serbios, eslovacos, suecos,

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suizos, ucranianos, valones, armenios, bielorrusos, indios, kirghicios, tártaros, de Turkmenistán y de Uzbekistán, sirvieron, bajo sus propias banderas, en los Waffen SS. En mis unidades contaba con representantes de casi todos estos pueblos. Sólo faltaban albaneses, bosnianos, británicos, cosacos, georgianos, griegos y serbios. Hay que precisar además que, integrados en las formaciones del Ejército de Tierra (Heer), no teníamos que recibir órdenes de Himmler y desde luego no las recibíamos. El mismo «Generaloberst» Hausser lo testimonió así delante de los jueces de Nuremberg los días 5 y 6 de agosto de 1946: «Los Waffen SS no recibieron jamás orden alguna ni de Himmler ni de Heydrich, porque no tenían que recibirlas.» Los reporteros silenciaron esta rectificación. Nosotros ejecutábamos las órdenes que, a través de la jerarquía militar, nos daban los jefes de los ejércitos de los que formábamos parte. Himmler no era ni un jefe de guerra ni siquiera un combatiente, aunque haya intentado hacerlo creer al comienzo de 1945. El espíritu de cuerpo, basado en las diferencias que ha he indicado, hacía que nos considerásemos, no obstante, como una rama distinta del Ejército de Tierra (Heer) y yo mismo, como todos los antiguos Waffen SS, tengo la costumbre de emplear la expresión Ejército (Heer) para designar a las fuerzas de la Wehrmacht que no eran Waffen SS. Siendo soldados, nada teníamos que ver la «SS General», (Allgemeine SS), organización «civil». Desgraciadamente, la manía que tenía Himmler de otorgar grados honoríficos a los miembros de la SS General: diplomáticos, universitarios, industriales —el profesor Porsche, por ejemplo— etc., creó alguna confusión. En la prisión de Nuremberg, en 1946, yo había de encontrarme en compañía de dos «generales» SS: el barón Constantin von Neurath, diplomáticos de la vieja escuela, embajador de la República de Wemar en Roma, después ministro de Asuntos Exteriores y por fin protector de Bohemia-Moravia; su sucesor en la Wilhelmstrasse, Joaquín von Ribbentrop, era también «general» SS. En el seno de las Juventudes hitlerianas, los «Oberführer, Brigadeführer» abundaban igualmente y un día tuve que rogar a uno de esos «generales» que pretendía darme una orden que se alejara rápidamente de mi presencia. Se llamaba Julius Mader. Después ha hecho una buenísima carrera en propaganda y prensa de Alemania del Este, como especialistas de las elucubraciones que se publican de mí. Pero, ¿por qué este Mader olvida siempre decir que era «general» de las Juventudes hitlerianas? El verdadero creador de los Waffen SS fue, pues, el general Paul Hausser, al que llamábamos afectuosamente «Papá» Hausser, con él, Félix Steiner, un

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antiguo del «Baltikum»2 y Sepp Dietrich les dieron un estilo particular y un porte en el combate que puede ser comparado al de la guardia del emperador Napoleón. ¿Pero cómo no se dan cuenta de que este ejército, que contó con cerca de un millón de jóvenes europeos, dentro del cual cada combatiente gozaba de una igual superioridad ante la muerte, constituía una brillante mentís a las vanidosas doctrinas «nórdicas» del Reichsführer SS Heinrich Himmler? Ideas que el mismo Hitler no compartía. Asimismo he de confesar que las doctrinas del Relchsleiter Alfred Rosenberg me parecieron siempre cubiertas por la espesa niebla de los Nibelungos. Rosenberg, a quien conocí personalmente más tarde, era un hombre de buena fe al que cargaron con responsabilidades que no eran las suyas. No obstante, nunca he podido leer enteramente su libro «El mito del siglo XX» «biblia de la supremacía de la raza aria» lo llaman algunos; y, desde luego, nunca he encontrado a nadie que haya leído las setecientas páginas del Mito. Para concluir sobre este tema, puedo decir que si Himmler pensaba utilizar en el futuro a los Waffen SS como instrumentos de cierta política personal, esta política, cualquiera que hubiera podido ser, nos fue perfectamente desconocida. ¿Cómo se puede enjuiciar la acción de la Waffen SS en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial? En 1957, la sección histórica del Estado Mayor del Ejército israelí envió un cuestionario a más de mil jefes o expertos militares del mundo entero, a historiadores y a corresponsales de guerra. Se trataba de responder a las siguientes preguntas: Durante las dos guerras mundiales, ¿qué ejércitos considera usted como los mejores? ¿Qué soldados eran los más bravos? ¿Los mejor entrenados? ¿Los más hábiles? ¿Los más disciplinados? ¿Los que dieron pruebas de más iniciativa?, etc. Entre los que respondieron a este cuestionario figuraban los generales Marshall (U.S.A.), Heusinger (N.A.T.O.), G.F. Fuller (Gran Bretaña), Koenig (Francia) y el famoso crítico militar sir Basil Lidde U Hart, los escritores León Uris y Hermann Wouk, etc. La clasificación de los ejércitos que habían participado en la Primera Guerra mundial fue la siguiente: 1. Ejército alemán. 2. Ejército francés. 3. Ejército inglés. 4. Ejército turco. 2

Cuerpo de voluntarios que, después del derrumbamiento del frente alemán en los países Bálticos en„ 1918-1919, paró la primera gran oleada bolchevique que se precipitaba en Lituania, Estonia, Letonia y en Prusia misma.

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5. Ejército americano. 6. Ejército ruso. 7. Ejército austro-húngaro. 8. Ejército italiano. Por lo que concierne a la Segunda Guerra mundial, la clasificación se obtuvo fijando el máximo de puntos de 100 y el mínimo en 10. Así: 1 Wehrmacht 93 puntos . 2 Ejército japonés 86 — . 3 Ejército soviético 83 — . 4 Ejército finlandés 79 — . 5 Ejército polaco 71 — . 6 Ejército británico 62 . 7 Ejército americano 55 — . 8 Ejército francés 39 — . 9 Ejército italiano 24 — . Por lo que respecta a las fuerzas aéreas, la Luftwaffe seguida de la R.A.F. La U.S. Air Forcé, el Japón y las fuerzas aéreas de la URSS. La marina británica precede en orden a las marinas japonesa y americana. En fin, entre las unidades de «élite» están en cabeza las Waffen SIS, seguidas de los Marines de U.S.A., de los comandos británicos y de la Legión extranjera francesa. Toda clasificación de este género puede ser discutida. El quinto lugar del ejército polaco fue diversamente comentado. Me parece que el combatiente italiano de la Segunda Guerra mundial, a menudo mal armado, muy mal avituallado y mandado por jefes que no estaban siempre a la altura conveniente, no le faltó mérito en África del Norte. Las divisiones de «Camisas Negras» fueron buenas. Submarinistas y aviadores italianos realizaron verdaderas proezas individuales. Unidades italianas combatieron muy bien en el frente del Este y el regimiento de caballería Saboya tuvo en noviembre de 1942

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un comportamiento heroico en Stalingrado. Del mismo modo, los torpedos humanos de la X MAS Flotilla del príncipe Borghese y de «Teseo Tesei se significaron por sus sensacionales hazañas en el Mediterráneo. Sin duda hubiese sido necesario tenerle en cuenta. Volveré a hablar del príncipe Valerio Borghese —gentil-hombre en toda la acepción del término— al que conocí bien desde 1943, ya diré en qué circunstancias. El mismo participó en dos operaciones muy peligrosas y que fueron coronadas por el éxito, una en el puerto de Gibraltar, otra en el puerto de Alejandría. En marzo de 1945, cuando muchos de sus compatriotas habían vuelto la casaca, me dijo: «Querido Skorzeny, estamos comprometidos en el mismo combate, por una Europa libre. Puede estar seguro de que yo continuaré este combate hasta el final, pase lo que pase.» Mantuvo su palabra. Me había visitado al final de julio de 1974 en Madrid. Yo tenía que volverle a ver a primeros de septiembre. En agosto me enteré, con dolorosa sorpresa, que acababa de morir en Cádiz, en el exilio. La carrera militar del que llamaban Príncipe Negro no ha sido completamente conocida. La comenzó durante la Guerra de España como comandante del submarino IRIDE, luego, después de una preparación en Memel con los submarinistas de Doenitz, mandó el Vettor Pisani. Pero fue a bordo de su sumergible de bolsillo, Scire y, en fin, como jefe de la X Mas Flotilla, donde conoció la gloria, después de las expediciones contra Gibraltar y Alejandría. Puedo afirmar que otro ataque combinado, de gran envergadura, estaba previsto contra Gibraltar para octubre de 1943. La capitulación del Rey y de Badoglio, el arresto del Duce, dejaron todo en proyecto. La base de la Spezia, a 80 kilómetros del sudeste de Génova, fue abandonada por los superiores del capitán de fragata Borghese, quien, en efecto, continuó el combate bajo las órdenes de Mussolini libertado, hasta el final, aunque sin ilusiones. No sólo tenía al rey y a Badoglio por traidores, sino que además les consideraba muy poco inteligentes: «Se les ha hecho, me decía en 1943, hermosas promesas. Pero puede estar seguro que estas promesas no serán jamás cumplidas. Ni Roosevelt ni Churchill devolverán nunca a Italia una pulgada de nuestros territorios Africanos. Además, en esta siniestra y deshonrosa aventura, la Casa de Saboya corre gran riesgo de perder la corona. Si los combatientes europeos son vencidos, verá usted muy pronto a Italia perderse en un desorden más grande aún que el que ha conocido de 1918 a 1921.» ¿Quién tenía razón? Borghese no se reconoció vencido y al final de 1943 tomó el mando del batallón de voluntarios «Barbarigo» que combatió primero en el frente sur con la 175ªdivisión de la Wehrmacht. Muy pronto miles de jóvenes se alistaron bajo la

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bandera tricolor del príncipe, que debió crear otros batallones: Fulmine. Sagittario, Valanga, San Giorgio, Lupo, Freccia, etc. Fue yendo a la cabeza de una brigada cuando, en 1945, hizo retroceder a las bandas comunistas de Tito, que amenazaban Trieste y Udina. Es necesario precisar que el príncipe no llegó nunca a entenderse —lo contrario hubiera sido sorprendente— con el enviado especial de Himmler en Italia, el SS de gabinete Karl Wolf. Prisionero de los ingleses, Borghese fue entregado a los antifascistas italianos. Encarcelado inmediatamente, fue juzgado y después de tumultuosos debates, condenado el 17 de febrero de 1949 a 18 años de prisión. Esta condena fue exigida por los comunistas; pero el prestigio de Borghese era tal, que el demócrata cristiano De Gasperi temió manifestaciones de masas. El Príncipe Negro fue liberado «en razón de su acción patriótica en Venecia Juliana». Por lo demás, las leyes de amnistía «absolvían una parte de los actos incriminados». En suma, se le perdonaba haber servido bien a su patria. Fue a partir de 1952 cuando Borghese, en Italia, se lanzó al combate político defendiendo la tendencia de «izquierda revolucionaria», resueltamente europea, en el seno del Movimiento Social italiano, del cual había sido elegido presidente de honor. En 1968 había fundado el Comité Tricolor, el «Frente Nazionale», y presidía, desde la muerte del mariscal Graziani, la Asociación de los antiguos Combatientes de la República social italiana. Junio Valerio Borghese,3 partidario de una Italia en la que el socialismo, para triunfar verdaderamente, tenía que seguir los grandes y hermosos ejemplos de la tradición, partidario convencido de una Europa que no sería solamente la de los mercaderes y financieros, sino, sobre todo, la de los viejos pueblos que construyeron el mundo occidental, ya no está con nosotros. Sin embargo, siempre conservaremos el recuerdo de aquél que permanece como un hombre de altura, entre los más caballerosos, más valientes y más generosos de nuestros camaradas europeos.

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La nobilísima familia Borghese es originaria de Siena, pero fue en Roma donde destacó por su gusto por las artes. Reunió en el palacio donde vivía, la villa Borghese, cerca de la Porta del Popolo, una magnífica colección. El papa Paulo V Borghese (1605-1621) prohibió las penas de muerte en los procesos de brujería, terminó la basílica de San Pedro, agrandó la Biblioteca Vaticana y edificó innumerables fuentes. Se sabe que Camilo Borghese, príncipe de Sulmone, se había casado con Paulina Bonaparte, hermana de Napoleón. Cedió a Francia una gran parte de su colección de esculturas antiguas, entre otras el famoso «Gladiador» que se ve el Louvre. El cuerpo del Príncipe Negro reposa ya en la capilla familiar; entre la tumba de Paulo V y la de Camilo, esposo de Paulina.

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4. ¿Por qué no desembarcamos en Inglaterra y no fuimos a Gibraltar? La «compañía del claro de luna»«—Campaña de Francia con la división SS VERFUGUNSGSTRUPPE.—Caza del tigre en los suburbios de Burdeos—La operación Félix sobre Gibraltar.—Un «almirante con siete almas»: Canaris, jefe de L'Abwehr—Su meta: «Impedir por todos los medios que Alemania gane la guerra».— Exigencias del general Franco.—La operación Otarie.—Falsas informaciones del Jefe de L’Abwehr.—Franqueza de Winston Churchill. Fue en febrero de 1940 cuando me trasladaron a la 2ªCía. del batallón de reserva de la SS Leibstandarte Adolf Hitler, en Berlín-Lichterferde. Era aspirante a oficial ingeniero, pero tenía que hacer seis semanas de instrucción intensa en compañía de muchachos de diecisiete a dieciocho años. Todos los demás reclutas de mi edad —médicos, farmacéuticos, juristas e ingenieros— tuvimos que apretar los dientes para seguir el ritmo en el seno de la «compañía del claro de luna», que llevaba bien puesto su nombre. En efecto, su jefe tenía una predilección manifiesta por los ejercicios nocturnos y los tuvimos hasta la saciedad. Se ha escrito mucho acerca de los métodos de cuartel sobre los que hay que hacer serias reservas. Si bien es necesario que el soldado sea entrenado físicamente, que adquiera cierto automatismo que le proporcionará reflejos seguros, también estoy completamente en contra de la adiestración mecánica, a la antigua moda prusiana, es decir, al aplastamiento de la personalidad. En una guerra moderna, el soldado debe ser lo contrario de urja máquina. Desde luego, en principio, una orden no se discute nunca. Sin embargo, no es suficiente ser «tonto y disciplinado». Hay que ser capaz de tener iniciativa, comprender que una situación puede ser modificada rápidamente y que entonces puede ser necesario actuar en consecuencia. Convencido de que no había que confundir tradición y rutina, me cuidé muy bien más tarde, en mis unidades, de que fuesen detectadas las cualidades originales de cada combatiente, y asimismo, conservadas y en tanto que posible, desarrolladas. Dejé la romántica «compañía del claro de luna» por una permanencia de especialización en el batallón de reserva del regimiento de la Waffen SS

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Germania en Hamburgo-Langenhorn. A principios de mayo de 1940 pasé en Berlín los exámenes de técnico diplomado y fui nombrado aspirante a oficial. La campaña de Polonia no había durado más que dieciocho días. La URSS, que se había apoderado de la mitad de este país sin combatir. Había aplastado al fin al pequeño, pero valerosísimo ejército finlandés, mientras que la Wehrmacht precedía con acierto al cuerpo expedicionario franco-británico y ocupaba Dinamarca y Noruega (9 abril). Más tarde, Suecia permitió paso libre a las tropas alemanas y al mineral de hierro noruego. A este respecto, la indignación de algunos parece bastante cómica.4 Todos estos éxitos permitían gastar bromas fáciles a algunos de nuestros camaradas: «Tendremos que darnos prisa si queremos luchar! La guerra terminará pronto.» Todos no compartíamos este optimismo. Por mi parte estaba convencido que la guerra comenzaba. Deseaba fuese corta y que no fuesen directamente atacadas ni Francia ni Gran Bretaña: a mi parecer, el peligro más terrible no estaba en el Oeste, sino en el Este. Sin embargo, en mayo de 1940 me encontré muy requetebién en uniforme feldgrau, con el águila en el brazo izquierdo, por los caminos de Holanda, Bélgica y Francia, con el regimiento de artillería de la división SS Verfiigungstruppe. Se trataba de la futura división Reich, después Das Relch, que ya mandaba «Papá» Hausser, con sus tres regimientos de infantería motorizada —Deutschland, Germania y Der Führer— y el regimiento de artillería que comprendía tres batallones de L.F.H. (artillería ligera) y un batallón de S.F.H. (artillería pesada) al que yo estaba destinado. Nuestra división tuvo una acción muy rápida, tanto en Brabante como en Flandes y en Artois. Los días 6 y 7 de junio franqueamos el Somme después de duros combates y la «línea Weygand» crujió. 5 Como había sufrido pérdidas importantes al comenzar el combate el mes precedente, nuestra división había recibido 2.000 hombres de refuerzo. El batallón de artillería pesada fue bombardeado por la aviación aliada y, con mucha precisión, por la artillería francesa. Uno de nuestros camiones de municiones explotó y nuestro capitán fue destrozado por una mina. 4

El 17 de junio de 1940, lord Halifax, ministro británico de Asuntos Exteriores y su adjunto, el subsecretario de Estado, Richard Austin Butler, habían encargado al embajador de Suecia en Londres, Bjorn Prytz, preguntara a los alemanes «en qué condiciones podría Gran Bretaña concluir con Alemania una paz de compromiso». No fue hasta 1965 que Prytz reveló por la radio sueca la gestión británica hecha veinticinco años antes. El gobierno sueco no tenía, pues, excusa, cuando permitió a las tropas alemanas servirse de las rutas suecas. En sus «Dosiers secretos» (1967) A. Decaux precisa que en 1945 Churchill intervino para que las gestiones Halifax Butler, cerca de Prytz, no fuesen reveladas por el gobierno sueco. 5 En el libro «Sesenta días que sacudieron el Occidente», Benoist-Méchin señala que el 6 de junio el general Weygand se sorprendió muy secamente delante del general Spears de «que la 51ª división británica hubiese retrocedido sin orden, lo que había provocado se rompiera todo el dispositivo francés sobre la base Somme». Añadió: «¡Cómo quieren que conduzca las operaciones con elementos tan poco seguros!».

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El 12 de junio estábamos en Creusot, donde se encuentran las grandes fábricas Schneider. Después de haber protegido el flanco izquierdo de las divisiones blindadas que avanzaban en dirección de Dijon, recibimos la orden de bifurcar en dirección suroeste. Durante todos estos combates y en nuestro avance a través de este hermoso país que es Francia, el horrible rostro de la guerra me conmovió: ruinas, granjas abandonadas, pueblos desiertos cuyas tiendas habían sido saqueadas, cadáveres putrefactos, en fin, miserables muchedumbres de refugiados, ancianos, mujeres, niños, que huían desde Bélgica, a los que pasábamos a veces, cuando nos parábamos, dábamos víveres. Esta guerra entre occidentales era absurda y el armisticio firmado el 22 de junio con el Gobierno francés me pareció el principio de una paz duradera en Europa. Hoy busco en vano recordar una actitud de exasperación u odio por parte de las poblaciones civiles; exceptuando, quizás, la de aquella vieja mujer que en Maubeuge atravesaba lentamente delante de nuestro coche y nos mostró el puño. Y además, esto fue, sin duda, porque habíamos tocado el claxon — teníamos prisa— para que cruzase con más presteza. Fue en los suburbios de Burdeos, donde pasaba solo, al volante de mi Knbelwagen (versión alemana del jeep), donde me esperaba una extraña aventura. Comprendí que ocurría algo insólito en el sector cuando unas personas enloquecidas me hicieron señales. Empecé a frenar. Me gritaban: «¡Fiera!… Allí..! ¡Fiera!» Después todo el mundo desapareció como por encanto y no tardé en comprender: en la acera, en lo alto de una callecita, a cien metros apenas, un soberbio tigre estaba devorando el muslo de un buey que había robado de la tabla de un carnicero vecino. Paré mi coche y, con un reflejo bastante natural, llevé la mano a la funda de mi revolver con un alzamiento súbito de hombros: ¿qué podían contra tal animal las balas de revólver? Empuñé el fusil de mi chófer y maté a la desgraciada fiera, poco orgulloso de mí, pero con gran alivio por parte de los bordeleses. Supe, por el carnicero, que la fiera pertenecía a un circo; se había escapado sembrando el pánico en el barrio. El carnicero fue tan amable que me guardó la piel del tigre que un poco más tarde recuperé. Teníamos una guarnición en Dax donde utilicé varias veces los aviones franceses del aeródromo para sobrevolar las Landas y el país vasco. Íbamos a bañarnos a Biarritz y pasábamos muy a menudo la frontera, en uniforme, siempre recibidos calurosamente por nuestros camaradas del ejército español. Un poco más tarde pude saber que nuestra presencia en esta frontera no era fortuita. Nuestra división, en compañía de unidades de élite de la Wehrmacht, debía atravesar España para apoderarse de Gibraltar de acuerdo

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con las fuerzas militares españolas. Era la operación Félix» que no tuvo lugar, y que necesita algunos comentarios. Han dicho que esta operación fue preparada por el jefe de L’Abwehr (Servicio de Información y de espionaje de la Wehrmacht) el contraalmirante Wilhelm Canaris. Este personaje al que conocí personalmente en 1943-1944, y que ha desempeñado un papel de los más importantes en el desarrollo de la Segunda Guerra mundial, merece ser inmediatamente presentado. Los que le visitaban en Berlín en su villa de Grünewald, eran acogidos a la entrada por un monumental retrato de un héroe de la guerra de la independencia griega 1823), Constantin Canaris, quien empuñando una cimitarra partía de un tajo a los turcos. El jefe de Abwehr pretendía muy seriamente que este Constantin era su antepasado, en los tiempos en que su familia, originaria de Italia, se estableció en Renania a finales del siglo XVIII. También es verdad que Canaris explicaba algunos españoles que algunos de sus lejanos antepasados griegos, valientes navegantes, habían llegado en tiempos a las islas Canarias, de ahí su nombre. Nació cerca de Dortmund el 1 de enero de 1887, se hizo cadete de la marina imperial en 1905 y servía como alférez a bordo del crucero Dresden al que barrenaron en agua chilenas en marzo de 1915 para no ser echado a pique por el acorazado británico Glasgow. Canaris consiguió llegar a España a finales de 1916, en Madrid se convirtió en uno de nuestros oficiales del Servicio de Información alemán en este país hasta octubre de 1917 y terminó la guerra como teniente de submarinos. Era poco estimado, esto es lo menos que puede decirse. El 9 de mayo de 1946 delante del tribunal de Nuremberg, el gran almirante Doenitz respondiendo a una pregunta de Otto Nelte defensor del mariscal Keitel, dijo muy secamente: «Cuando estaba en la marina, el almirante Canaris era un oficial al que se le concedía poca confianza. Era muy diferente de todos nosotros. Decíamos de él que tenía siete almas.» Delante de tal tribunal," la declaración de Doenitz, que encarnaba en su más alto grado el carácter caballeroso del oficial de marina, es reveladora. Aunque se decía monárquico, Canaris sirvió a la república de Weimar con mucho celo. Hábil, adulador, tortuoso, muy intrigante, fue promovido a capitán de corbeta en 1924, de fragata en 1930 y jefe de Estado mayor de las bases del mar del Norte. En 1935 sucedió al almirante Conrad Patzig comprometido en el lúgubre asunto del 30 de junio de 1934 y en la «segunda revolución» que quería hacer Röhm a la cabeza del Abwehr.

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En vano el gran almirante Raeder, conociendo a Canaris, había intentado oponerse a este nombramiento que, por el contrario, fue acogido muy favorablemente por algunos hombres, tales como los generales Beck, jefe de Estado Mayor de la Wehrmacht, Werner von Fritsch, comandante en jefe del Ejército de Tierra, el consejero Gisevius, un antiguo elemento de la policía criminal y Weizsäcker, futuro subsecretario de Estado en Asuntos Extranjeros, la flor y nata de los oponentes al Gobierno del III Reich. Desde 1937, el Abwehr, bajo la autoridad de Canaris, se había convertido en un verdadero «nido de conspiraciones», como así lo afirmó el general Alfred Jodl, jefe de las operaciones de la O.K.W., el 3 de junio de 1946 en Nuremberg. Ante el mismo tribunal, uno de los adjuntos principales de Canaris, el coronel Erwin Lahousen declaró el 30 de noviembre de 1945: «El almirante Canaris deploraba no se hubiese podido impedir la guerra, pero, me dijo, sería una desgracia peor aún el triunfo del régimen nacional-socialista en esta guerra y esto es lo que debemos impedir por todos los medios: tales deben ser el fin supremo y la razón de nuestro combate.» Debe reconocerse que este programa fue seguido y el fin alcanzado. Para volver sobre el asunto de la operación Felix, no parece que el almirante Canaris haya tenido que convencer al general Franco de que no dejara pasar a las tropas alemanas en dirección a Gibraltar. Bs cierto que el jefe del Abwehr conocía al caudillo: «Se tuteaban», nos dicen. Pero en España se tutea uno enseguida. Canaris hizo numerosos viajes allí, dos de los cuales durante el verano de 1940, en julio y agosto y fue durante el segundo cuando el almirante vio a Franco a propósito de Gibraltar. No obstante, el 24 de julio ya se habían jugado las bazas: Gran Bretaña, Portugal y España habían firmado un acuerdo comercial tripartita, hábilmente negociado por Samuel Hoare, embajador extraordinario en Madrid. No puedo por el momento revelar mis fuentes. Sin embargo, tengo por cierto que Canaris recomendó al Caudillo exigiera a Hitler, como contrapartida a su alianza, lo que con toda certeza le rehusaría: trigo, gasolina, armamentos, municiones en cantidades enormes y, sobre todo, «la totalidad de Marruecos francés y en Argelia el departamento de Orán». Era imposible. ¿Por qué el Führer iba a dar lo que no tenía y lo que no exigió jamás a Francia? Él pensaba entonces que «una política de colaboración sin segundas intenciones y además de amistad, con este país, era muy deseable». Esa política fue trazada con el mariscal Pétain en Montoire, en el mes de octubre siguiente. Otro quizás hubiera prometido al general Franco todo lo que

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le pedía con la idea de no cumplirlo. Pero estos procedimientos no iban absoluto con el carácter de Hitler, digan lo que quieran. Por otra parte, Marruecos no era ni alemán, ni francés, ni español, siquiera inglés, sino marroquí.6 Después de la estancia de Canaris en España, el embajador del Reich Madrid, Eberhardt von Stohrer, decía claramente en un informe a Welhelmstrasse que:

en ni en la

«Incluso si el Gobierno alemán satisface las peticiones del Gobierno español, el generalísimo Franco estima que España no podrá intervenir sino después del éxito de un desembarco de los ejércitos alemanes en Inglaterra. Quiere evitar la entrada prematura en una guerra cuya duración no podrá soportar su país.» Hoy se conoce a la mayor parte de los numerosos subordinados y agentes de Canaris que trabajaban con ahínco en la derrota de su propio país. Uno de los más determinados era el coronel y futuro general Hans Oster, jefe de la sección central de la Amt Ausland Abwehr. Él fue quien en agosto de 1938 envió a Londres al joven Ewald von Kleist-Schmenzin para que pidiera al Gobierno británico ayuda y asistencia contra Hitler. En nombre de generales alemanes que preparaban un golpe de Estado — el general Beck, su sucesor como jefe de Estado Mayor del Ejército de Tierra (O.K.H.), Halder, los generales Witzleben, futuro mariscal, Stülpanagel, Brockdorff, Hoepner, etc.—, Kleist Schmenzin tuvo entrevistas con Sir Robert Vansittart y Winston Churchill. De regreso a Berlín el 28 de agosto, recibió poco después una carta muy animosa de Churchill que entregó a Canaris y el almirante se la leyó a Halder y a Witzleben. Después de lo cual el mismo Halder envió otros dos emisarios a Londres, al teniente coronel Hans Boehm. Teltelbach y a Theodor Kordt, a principios de septiembre. De hecho, los conjurados esperaban que Londres les diese luz verde para derrotar al Gobierno. Los acuerdos de Munich desconcertaron a los que se titulaban «los patriotas germanos». ¿Se trata de Hochverrat (literalmente «alta traición»)? Según el derecho alemán, Hochverrat se aplica a todo acto llevado a cabo por un ciudadano contra un régimen que él juzga nocivo para su país, pero con la sola participación de fuerzas nacionales y medios patrióticos. Este crimen, bajo la República de Weimar y el III Reich no era castigado ni con muerte ni con pena de prisión, sino con internamiento por un tiempo en una fortaleza. 6

El mariscal Lyautey que decía en 1916: «En Marruecos nos hemos encontrado frente a un imperio histórico e independiente», precisaba en un informe al presidente del Consejo, Georges Leygues, el 24 de octubre de 1920: «Siempre he sentido que, a pesar de mis instancias, no se haya admitido que se haga representar al Sultán de Marruecos en las conferencias de la paz».

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El Landesverrat expresa claramente la traición contra la patria, porque, para perjudicar a su propio gobierno, se recurre de una manera u otra a una o varias potencias extranjeras. En tiempo de guerra el Landesverrat es un acto castigado severamente y de todas formas perfectamente deshonroso. El 11 de marzo de 1939, Oster —siempre de acuerdo con Canaris—, y difícilmente podía hacer otra cosa —prevenía a los servicios secretos británicos y checo que el Ejército alemán entraría en Bohemia y Moravia el 16 de marzo a las 6 horas de la mañana, lo que permitió a los checos hacer pasar a Inglaterra por avión a sus principales especialistas en información con sus archivos. El 16 de marzo de 1948 una comisión de documentación histórica holandesa escuchó al general J.C. Sas, antiguo agregado militar holandés en Berlín. Sas reveló que el coronel Oster le había dado durante varios años cantidad de informes de primera importancia, y sobre todo las fechas exactas del ataque alemán contra Noruega y le había remitido muchas veces las de la ofensiva del Oeste. Cuando Sas confió estas informaciones a su superior, el general Reynders, éste comentó: «Ese Oster es un individuo despreciable.» Al mismo tiempo que Oster prevenía al coronel Sas, el Abwehr, el 3 de mayo de 1940, daba los mismos informes a su «honorable corresponsal» en Roma, Josef Müller, hombre muy piadoso que había contactado en el Vaticano con los representantes belga, holandés e inglés cerca de la Santa Sede. Esta organización será conocida bajo el nombre de Orquesta negra (Schwarze Kapelle) para distinguirla de la Orquesta roja (Rote Kapelle) de la que ya hablaremos. Además, Canaris y Oster tenían su agente en Suiza, Hans Bernd Gisevius, vicecónsul en Zurich, quien más tarde debía mantener excelentes relaciones con Alien Welsh Dulles, jefe de los servicios de información americanos en Europa y luego jefe de la C.I.A. Estos señores se habían organizado en Zossen, sede del Estado Mayor de los Ejércitos de tierra. Oster conservaba en Zossen documentos abrumadores, en una caja de caudales que fue abierta en septiembre de 1944, después del atentado contra Hitler. Por otra parte, a comienzos de 1945, se descubriría, en otra caja de caudales perteneciente a Canaris, doce libretas de su Diario confidencial. Su actitud fue lastimosa. Convicto de inteligencia con el enemigo y de complot contra la seguridad del Estado, se defendió pretendiendo que si, en efecto, desde 1938 se había unido con los conspiradores y los traidores era para desenmascararlos mejor ¿Pero cuándo? ¡Estábamos en abril de 1945! A un agente de enlace de Oster en Zurich, Theodor Strünck, arrestado también y acusado de traición, pudo murmurarle Canaris al ir a la ducha: «Declare contra Oster y Dohnanyi…»

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Dohnanyi era el subordinado directo de Oster. Hasta el final Canaris hizo doble juego. Incluso en un momento negó que Oster fuera jefe de su Estado Mayor! En la primera caja, con dossiers terribles para Canaris, encontraron cincuenta y dos cuadernos de partes militares transmitidos por los corresponsales del Abwehr en el extranjero. Todas estas informaciones estaban modificadas y falsificadas por los servicios de Dohnanyi, de manera que la Wehrmacht recibía del Abwehr falsas informaciones. Sucia tarea. ¿Hochverrat o Landesverrat? Seguramente puedo comprender el Hochverrat, organizado y emprendido por patriotas valerosos, astutos y capaces, con el fin de librar o salvar a su país. Cuando esta «alta traición» se comete en el momento en que la nación va a comprometerse, o bien está ya comprometida en un conflicto armado, su aspecto moral y jurídico ya es diferente. Efectivamente, la desaparición del gobierno puede entonces ayudar poderosamente al enemigo y la Hochverrat se convierte ipso facto en Landesverrat. Esta última especie de traición es, en todos los casos, indefendible y es por una clase de aberración que ha podido hablarse en este caso de «patriotismo». Quiero simplemente referir las palabras pronunciadas el 15 de noviembre de 1962 por el canciller Konrad Adenauer, en el National Press Club de Washington, ante 700 periodistas e invitados: «El Landesverrat es un crimen contra el pueblo al que se pertenece». Tal es también el parecer del gran almirante Doenitz que en su libro Zehn Jahre und zwanzig Tage (Diez años y veinte días), escribe: Los que confían secretos militares al enemigo no tienen ninguna justificación. No merecen más que desprecio» El enemigo, aunque les utiliza, nunca les respeta. Un pueblo que no considera tal traición con esta intransigente nitidez, quebranta los principios mismos de su existencia, cualquiera que sea su régimen político. Al amanecer del 15 de junio de 1815, tres días antes de Waterloo, el general francés de Bourmont se pasó a los prusianos con su Estado Mayor y con el plan de ataque francés sobre Charleroi. El mariscal von Blücher viéndole avanzar hacia él se dio la vuelta con asco, aunque le advirtieron que el general era realista y llevaba escarapela blanca: «Con o sin escarapela, dijo, un canalla será siempre un canalla.» Como la operación Félix se hacía cada vez más hipotética, nuestra división volvió a atravesar Francia para instalarse en Holanda y preparar la operación Seelowe (Otarle), es decir, el desembarco en Inglaterra. Sin embargo, a finales de julio obtuve un permiso de dos semanas que pasé en familia a orillas del

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Wórthersee, allí donde la guerra me había sorprendido. Después volví a Amersfoort, cerca de Utrecht, donde estaba la guarnición de mi regimiento. En 1943, a propósito de Seelowe, tuve una conversación con el general Jodl, Jefe del Estado Mayor de mando de la O.K.W., quien me declaró lo que sigue: La operación Otarie ha sido prevista relativamente tarde, el 2 de julio. Para comprender por qué no ha sido considerada antes hay que recordar lo que pasó el 24 de mayo de 1940, cuando el Führer ordenó a. los cuerpos acorazados 41 y 19 de Reinhardt y Guderian interrumpir su avance hacia Dunkerque y Calasis. Al día siguiente se hizo patente que ya no corríamos peligro de ser atacados y cortados por nuestro flanco izquierdo. El Führer, sin embargo, mantuvo su orden hasta el día 26 a mediodía. Creo estaba entonces persuadido de que llegaríamos a una paz de compromiso con Gran Bretaña y, consecuentemente, no deseaba humillar a esta potencia haciendo prisionero a todo el cuerpo expedicionario de lord Gort.» Hitler quería llegar a un entendimiento con las potencias europeas del Oeste y singularmente con Gran Bretaña. Los documentos de los archivos alemanes de los que se apoderaron los aliados en 1945 y que hoy son accesibles, prueban que el duque de Coburg había informado al Führer en 1936 que el rey Eduardo VIII se mostraba muy favorable a una alianza. Lejos de ser dirigida contra Francia esta alianza debía hacerse con ella. El rey Eduardo había sugerido el establecimiento de una línea telefónica directa entre el palacio de Buckingham y la cancillería del Reich. Ahora estoy persuadido que a partir del 16 de junio (cruzábamos entonces el Loira) Hitler esperaba resultados positivos de las negociaciones llevadas a cabo a través de Suiza, España, Suecia e Italia, con vistas a una paz con Gran Bretaña y que fue engañado sobre este punto. También creyó al mariscal Goering que aseguraba impediría por todos los medios el reembarque del cuerpo expedicionario británico gracias a la Luftwaffe. Así lograron repatriar los ingleses a 230.000 hombres sobre 250.000. Pero un inmenso material había sido destruido o abandonado. Cuando pronunciaba en la B.B.C. su famoso discurso del 4 de junio de 1940, Churchill exclamó: «… ¡Lucharemos en las playas, en los terrenos de desembarco, lucharemos en los campos y en las calles!» En dicho momento, revelaría un día el deán de Canterbury, el orador tapó el micro con la mano y añadió: «Y les lanzaremos botellas de cerveza a la cara, porque, verdaderamente esto es todo lo que poseemos». Más tarde y muy

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oficialmente, el Premier británico reconoció ante el Congreso de los Estados Unidos (26 diciembre 1941): «Tuvimos suerte de tener tiempo. Si después de la derrota francesa de junio de 1940 Alemania hubiera lanzado su desembarco sobre las Islas Británicas y el Japón nos hubiese declarado entonces la guerra, nadie puede decir qué desastres y qué agonías hubieran podido ser nuestro lote». Sin embargo, el «caballeroso» Canaris velaba. El 7 de julio de 1940 envió a Keitel un informe confidencial donde se decía que los alemanes si desembarcaban en Inglaterra «tendrían que vérselas con veinte divisiones de primera línea y 19 de reserva». Sin embargo, no había en aquel momento nada más que una sola división convenientemente armada y entrenada, la III», mandada por Montgomery, quien lo detalla en sus Memorias. Las evaluaciones mentirosas de Canaris explican en cierta medida las exigencias del mariscal von Brauchitsch, al cual había confiado el Führer el mando del cuerpo expedicionario: ¡quería desembarcar 41 divisiones en un ancho frente, de las cuales 6 blindadas y 3 motorizadas! Naturalmente, el gran almirante Raeder respondió con un non possumus: no tenía bastantes barcos y pedía además se le cubriese absolutamente por aire. No obstante, los preparativos de Otarle, avanzaron muy activamente. Una buena mañana, mis jefes, el comandante ingeniero Emil Schafer y el coronel Hansen que mandaba el regimiento, me ordenaron construir para el día siguiente una rampa de embarque capaz de soportar pesos móviles de 20 a 30 toneladas (tractores y piezas pesadas). Hay que pensar que creían podía ejecutarse esta orden en cinco o seis días. Hice inmediatamente el plan de trabajo y tuve la suerte de encontrar en Utrecht materiales que hice preparar en el acto. Cien hombres trabajaron toda la noche a la luz de los faros de 20 camiones y con mucha fortuna la rampa fue construida. Al amanecer, pasé el primero por este puente conduciendo el obús más pesado del regimiento. Fueron enseguida a despertar al comandante y al coronel, incrédulos. «Prefiero advertirle, Skorzeny, que si se trata de una broma va a costarle un poco cara». No se trata de una broma y multiplicamos los ejercicios de embarque y desembarque en el Helder, utilizando sobre todo chalanas del Rhin a las que se había seccionado la proa. Amenazaban resbalar cuando el mar se enfurecía. A pesar de todo nuestro entusiasmo, nos preguntábamos que pasaría si el desembarco tuviera lugar a finales de agosto, o en septiembre, cuando en La Mancha el tiempo es generalmente detestable.

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La ofensiva aérea de Goering sobre Inglaterra no había dado los resultados apetecidos. El 16 y el 17 de septiembre fuimos bombardeados de noche y de día por la R.A.F. y el 21 de septiembre una docena de navíos y un buen número de chalanas se habían ido a pique o estropeado. No teníamos que deplorar muertos ni heridos, lo cual hizo creer entonces que habíamos intentado desembarcar y no lo habíamos conseguido. Era finales de junio, en el mes de julio hubiéramos tenido que desembarcar unas quince divisiones en tres o cuatro golpes. Ello era muy posible. El cuerpo expedicionario británico estaba bloqueado en Francia por nuestros blindados y la Luftwaffe hubiera podido hacer una útil «demostración» por encima de la Mancha contra la R.A.F. y la Home Fleet. El 19 de septiembre el Führer dio la orden de dispersar la flota de desembarco y el 12 de octubre Otarie fue secretamente aplazada hasta la primavera de 1941. Fue en este momento cuando en la O.K.W. se volvió a pensar en la operación Félix sobre Gibraltar. Sin mayor éxito. Así, desde el comienzo de la guerra y en circunstancias decisivas, Canaris aparece como el más precioso aliado de los adversarios de Alemania. Es cierto que Hitler no comprendió toda la importancia estratégica del Mediterráneo. Los italianos hubieran podido apoderarse del portaviones Malta y nosotros en junio de 1940 hubiéramos podido Uegar hasta Gibraltar y hacernos dueños del peñón. Seguramente no hubiéramos tenido que soportar combates de guerrilleros como los ejércitos de Napoleón de 1808 a 1813, cuando ellos también deseaban tomar Gibraltar. Una vez el peñón en nuestro poder y el Mediterráneo bloqueado y la fisonomía de la guerra hubiese cambiado enteramente. Para abastecer a sus tropas en Egipto y en África del Norte los ingleses hubieran tenido que dar la vuelta a África por El Cabo y volver a subir por el canal de Suez. Los submarinos de Doenitz, emboscados a lo largo de la costa occidental Africana no hubieran dejado de ejercer sus destrozos y no me parece exagerado decir que los mariscales Alexander y Montgomery hubieran recibido aproximadamente el 30 por 100 de las tropas y del material que transitaron por Gibraltar. Finalmente, los desembarcos anglo-americanos en África del Norte, en Italia y en Francia hubiesen sido imposibles. Los que dicen hoy que la operación Otarie habría terminado con un fracaso en julio-agosto 1940, deberían meditar bien esta otra confesión de Churchill que el 12 de mayo de 1942 declaraba ante los oficiales de la Home Guard: «Después de la caída de Francia no éramos solamente un pueblo sin ejército. Éramos un pueblo sin armas. Si en 1940 el enemigo hubiese caído del cielo por diferentes lugares de este país, no hubiera encontrado ante él nada más que algunos 53

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puñados de hombres miserablemente armados y agrupados alrededor de los postes de proyectores». No era esto lo que afirmaba Canaris.

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5. De la Mancha a los Balcanes La operación Otarie aplazada ad calendas griegas.—Explicaciones del embajador HeweL—En ¿rancia: el arresto del presidente Laval y la operación Attila.—«De un combatiente SS no se debe ni siquiera sospechar.—LA entente con Francia base de la nueva Europa.—El embajador Abetz superado por los acontecimientos.—En los Balkanes.—«¡Stoü».—Reflexiones sobre la toma de la isla de Creta.—Belgrado.—Ni Gibraltar ni Suez ni Malta…—Vuelta a la Alta Austria. En Holanda ignorábamos que la operación Otarie había sido literalmente aplazada a calendas griegas y pensábamos desembarcar en Inglaterra en la primavera de 1941. El entrenamiento y la disciplina eran muy duros. Nuestra aviación había tomado fotos detalladas de la costa inglesa a muy baja altura. Sabíamos pues exactamente donde debía desembarcar nuestro batallón de artillería pesada y cuáles serían los obstáculos naturales que habríamos de franquear. Era de temer, nos decían, que los ingleses hicieran hogueras en su costa y extendieran por el mar capas de líquido inflamable. Yo pensaba en el misterioso fuego griego empleado por los emperadores de Constantinopla, primero por la emperatriz Teodora en el siglo VI y por Justiniano en el VII, contra los navíos rusos. Este asunto del incendio de la costa me parecía bastante fantástico: no era tan fácil incendiar por ejemplo 20 km. de costa, o sea, el área de desembarco de dos divisiones. Pero en fin, fuego griego o no, pasaríamos a través de él; pasaríamos a través de los obuses, las bombas, las ametralladoras, de toda la Home Fleet junta, de la tempestad si hiciera falta, e iríamos a Londres. No había la menor duda al respecto en nuestro espíritu. Sabíamos también que en el transcurso de este mes de octubre de 1940 nuestros submarinos habían echado a pique 63 navíos británicos, es decir, 352.407 toneladas brutas. Después del ataque de nuestros torpedos humanos contra los navíos de la flota aliada en Anzio en 1944, el gran almirante Doenitz tuvo la amabilidad de acogerme cordialísimamente en su Estado Mayor, cerca de la Wolfschanze. Me dijo que este resultado de octubre de 1940 había sido conseguido con sólo 8 UBoote (submarinos) en operación ¡Había pedido, me dijo, cien! En octubre de 1940 Doenitz mandaba solamente los submarinos. Vive aún. Jamás tuvo una palabra amarga contra su predecesor, el gran almirante Raeder:

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Doenitz tenía y tiene demasiada elegancia para entregarse a este clase de crítica. Sin embargo, si se hubiesen seguido sus consejos desde 1938, Inglaterra hubiera sido arrojada del Mediterráneo, la batalla del Atlántico hubiese tomado otro cariz y Otarle hubiera podido realizarse en septiembre de 1940. Si Alemania hubiese preparado realmente una guerra de agresión desde 19341935 en lugar de construir casas y ciudades obreras, estadios, piscinas y autopistas, la hubiera ganado. La desgracia que acababa de ocurrir a la Royal Navy ante Dakar probaba también a las tropas de asalto que los británicos no eran absolutamente invencibles en el mar. Durante tres días, del 22 al 25 de septiembre de 1940, una fuerte expedición anglo gaullista había intentado apoderarse de Dakar y de importantes stocks de oro pertenecientes a las bancas nacionales de Francia, Bélgica y Polonia. Este último detalle no es muy conocido. Digan lo que quieran, no había sombra de soldado alemán en Dakar. Pero esta vez la armada inglesa fue recibida a cañonazos. Dos acorazados fueron gravemente tocados —el Resolution torpedeado se fue dando bandazos y el Barham incendiado por una salva del moderno crucero Rfchelieu —así como un crucero. El portaviones Ark Royal, otros tres cruceros, los destructores, avisos, petroleros y transportes de tropas, tuvieron que retirarse antes de que todo el asunto se convirtiera en un desastre. El 3 de octubre Neville Chamberlain presentó su dimisión y Churchill, maltratado por la oposición, tuvo que modificar su gabinete de guerra. Pero nosotros no podíamos figurarnos que ya, finales de septiembre de 1940, Hitler había fijado sus ojos en el este. En 1944, durante las veces que estuve en el gran cuartel general, había de comprender mejor por qué el Führer no dio la orden de ataque contra Inglaterra. Ciertamente en julio-agosto los falsos informes de Canaris fueron decisivos. Pero el embajador Hewel que era el enlace entre la O.K.W y el Ministerio de Negocios Extranjeros me dijo que en aquella época Hitler no había abandonado la idea de un futuro entendimiento con Gran Bretaña: «Las dificultades del desembarco no le parecían insuperables para la primavera de 1941, me dijo Hewel. Lo que le parecía mucho más difícil era ocupar un país de 47 millones de habitantes que recibía aproximadamente la mitad de su abastecimiento del exterior y que dejaría de recibirlo. Aquí estaba, según creía él, el verdadero problema del porvenir. La familia real, Churchill y el gobierno se marcharían al Canadá con la mayor parte de la Home Fleet. ¿Hacer de Gran Bretaña una República? «¿Dónde estaba, preguntaba, Cromwell, el Lord Protector? Churchill quería persuadirse de que defendía la integridad del imperio Victoriano: «Estaríamos obligados a fortificarnos en las islas, en medio de un pueblo cada vez más hostil, teniendo hambre y frío y

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mientras que por parte de Stalin podíamos esperar lo peor». Por esto la operación Félix le parecía mucho más aconsejable que la Otarie. Lo que él podía proponer a Gran Bretaña se lo había ofrecido ya el 6 de octubre de 1939 y una vez más el 8 de octubre de 1940 en su discurso al Reichstag: la paz, la garantía del imperio británico, la cooperación con todas las naciones de Europa. Todas las demás tentativas, más o menos secretas, habían fracasado. Pero, puesto que Otarie estaba abandonada y Félix era imposible, era bien evidente que debía encontrarse la solución en el este antes de que fuera demasiado tarde. Stalin esperaba que nos lanzaríamos con Otarie en la primavera de 1941. ¡Qué ganga para él! En el transcurso del verano o al principio del otoño entraría en escena en el teatro de la guerra.» A mediados de diciembre, alerta. Los permisos de Navidad se suprimieron y el 18 de diciembre recibimos la orden de partir de Holanda hacia un destino desconocido. Por Diisseldorf, Wiesbaden, Mayence, Manheim y Karlsruhe, volvimos a Francia y a través de los Vosgos llegamos a Vesoul. Este periplo fue una pesadilla para mí: en los Vosgos cubiertos de nieve tuve que recuperar en un ir y venir incesante más de 150 coches o camiones. En Port-sur-Saóne ningún descanso. Me entero que la división SS Verfügunstruppe debe estar preparada para entrar en Marsella el 21 de diciembre con municiones, gasolina y abastecimiento. El 20 por la noche me doy cuenta que el mayor de nuestros camiones cisternas tiene dos neumáticos en muy mal estado. Me voy cerca de Langres a uno de nuestros depósitos donde, después de mucho parlamentar, bromear y discutir con un sargento guarda-minas, tuve que emplear amenazas para conseguir mis dos neumáticos. Los consigo, en fin, a cambio de un recibo extendido en buena y debida forma. Algunas horas antes de lanzarnos para franquear la línea de demarcación y penetrar en Marsella por las vías más directas, se modifican las órdenes: la salida está prevista para el 22 de diciembre después para el 23 a las 4 de la mañana. Al fin, todo se anula. La operación Attila, que consistía en ocupar toda la zona libre francesa y si fuese posible los departamentos franceses de África del Norte, no se llevó a cabo. El 13 de diciembre, en Vichy, el mariscal Pétain se había separado de su presidente del Consejo, Pierre Laval, e incluso le había hecho detener. Mal informado, el embajador Abetz que consideraba a Laval como el único que podía garantizar la política de entendimiento con Alemania, se trastornó. Sin duda, Laval había imaginado que una política de cobeligerancia con Alemania era posible y sobre todo para reconquistar los territorios de África ecuatorial que habían pasado a la disidencia.

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En la misma época, el Führer había restituido a Francia las cenizas del hijo de Napoleón, que reposaban en la cripta de la iglesia de los Capuchinos en Viena, a fin de que «El Aguilucho» fuera enterrado en los Inválidos, al lado de Su ilustre padre. Fue el almirante Darían quien representó al mariscal Pétain en esta ceremonia, porque se había afirmado al Jefe del Estado francés que, una vez en París ¡le cogeríamos prisionero! Puesto al corriente, Hitler se indignó realmente. Se trataba, en realidad de una revolución de palacio e intrigas tortuosas en Vichy. «Asunto de pura política interior», explicó el almirante Darían al Führer el 25 de diciembre. En aquel momento no pensaba yo que más tarde se me encargaría una delicada misión en Vichy, misión que afortunadamente no tendría que cumplir: apoderarme de la persona del glorioso mariscal francés. Después de este tenebroso asunto del 13 de diciembre de 1940, los permisos se restablecieron y estando en Viena con mi familia me reclamaron por telegrama. Nada más llegar tuve que presentarme al jefe de nuestra división: los de intendencia pedían un severo castigo para mí. Estaba acusado, me dijo el general Hausser, de haber amenazado a un sargento con arrasar su depósito si no me entregaba inmediatamente los neumáticos que necesitaba. «Gruppenführer, le expliqué, las doce toneladas de carburante de ese camión tenían que llegar a su destino! Cada minuto contaba… Los neumáticos estaban allí… Además firmé un recibo.» Me pareció que Hausser reprimió una sonrisa y me explicó: «Skorzeny, sepa que los guardas de almacén son gente formalista y puntillosa, inclinada a creer que los objetos que guardan son de su propiedad. Sin duda, usted se portó con la más perfecta cortesía; pero tuvo que chocar con aquel sargento por su insistencia. Estos señores de intendencia exigen para usted un castigo ejemplar. En principio, está usted pues, castigado. Ya veremos. Entretanto, le autorizo a que vuelva de permiso. Vaya». En Rusia pude darme cuenta que algunos de estos señores de intendencia eran, en efecto, puntillosos hasta el extremo. Levantamos nuestros cuarteles de invierno en la llanura de Langres; hay que destacar que nuestras relaciones con la población francesa fueron buenas. Toda incorrección era severísimamente sancionada. Quiero citar dos ejemplos de ello. Hacia el 18 de mayo de 1940 nuestro regimiento atravesó después de Hirson (Aisne) un pueblecito de cuyo nombre no tomé nota. En la acera, delante de una tienda que había reventado un obús, yacían retales de tejido. A los artilleros de una de nuestras compañías les faltó tiempo para apoderarse de uno de estos retales y hacer con ellos unas bufandas. Al día siguiente se leyó una orden de la división referida a todas las unidades:

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Han sido vistos combatientes de la división llevando bufandas de un tejido que parece de origen francés. La división no debe ignorar que recoger un objeto cualquiera, tejido o lo que sea, en la calle, es considerado como un acto de pillaje. Se pone pues, en conocimiento de los oficiales de la división que todo soldado a quién se encuentre llevando una de esas bufandas debe ser considerado como saqueador. Será inmediatamente arrestado y conducido ante la corte marcial que le juzgará por acto de pillaje. Sobre las llanuras de Langres y la Haute-Saône nos alojábamos con los habitantes y compartíamos en cierta medida la vida de las familias que nos albergaban. Se trabaron amistades. En febrero de 1941, según las convenciones del armisticio, numerosos prisioneros franceses fueron liberados y volvieron a su hogar. Ocurrió que un soldado francés llegando tarde a su casa y de improviso, sorprendió a uno de nuestros camaradas con su mujer. Esta, para escapar de la legítima ira de su marido, pretendió haber sido violada. No se le puede reprochar, sin embargo, nuestro compatriota fue arrestado, llevado ante un consejo de guerra y condenado a muerte. En vano algunos de entre los nuestros, oficiales y suboficiales, intervinieron cerca de nuestro general. Sabíamos perfectamente que no había habido violación;, se trataba de unas relaciones que databan de más de una semana. Después de habernos escuchado «Papa» Hausser respondió: «Ningún combatiente de la Waffen SS, tropa de élite, debe dar lugar a ser ni siquiera sospechoso de un acto del que pudiera enrojecer un verdadero combatiente. La sentencia será ejecutada». Lo fue. Cuando estábamos de guarnición en Holanda y en Francia nos preguntábamos sobre el porvenir de Europa. Si esta guerra tenía verdaderamente un significado político, ¿cuál era éste? Después de la Primera Guerra mundial los ejércitos franceses de ocupación no abandonaron Mayence sino hasta el 30 de junio de 1930. ¿Cuál había sido en definitiva el resultado de esta ocupación de Renania, Silesia y el Ruhr? ¿Íbamos a cometer los mismos errores? Siendo vienés, quizás comprendía más fácilmente el carácter de los franceses que el de los anglo-sajones. Me parecía que un entendimiento francoalemán debía ser, ahora, la base misma de esta Europa reconciliada que tan a menudo había sido imaginada por los verdaderos grandes hombres de nuestros dos pueblos. Me alegraba —y no era yo el único— de que Francia tuviese su gobierno propio y no estuviese situada, como los Países Bajos desde mayo de 1940, bajo el gobierno de un Reichsstatthalter. Varios millones de combatientes 59

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franceses eran prisioneros de la Wehrmacht el 25 de junio de 1940.7 De entre ellos un millón fueron liberados un mes después del armisticio; cerca de 1.900.000 salieron para Alemania y de ellos, la mitad fueron liberados regularmente hasta el 1.° de enero de 1944. La entrevista de Montoire entre el mariscal Pétain y el Führer (24 octubre 1940) me pareció un acto digno de los jefes de dos grandes pueblos, que habían cosechado bastante gloria cara a cara en los campos de batalla, para poder, en lo sucesivo, edificar juntos Europa, posible en aquel momento. Creí que se iba a firmar la paz con Francia y proponerle una gran política. Desgraciadamente, ni Ribbentrop, favorable sobre todo a Gran Bretaña, ni Abetz, antiguo profesor de dibujo social-demócrata, casado con una francesa, eran capaces de ello. Como nuestra diplomacia se había quedado en un punto muerto, Hitler se desinteresó pronto de Francia; no había de comprender el error cometido hasta el fin de 1944. Demasiado tarde. Yo me encontré en mi cautiverio, después de la guerra, con el simpatiquísimo Paul Schmidt, intérprete oficial de nuestro ministerio de Asuntos Exteriores. Había comenzado su carrera en 1923. «Durante veintidós años, me dijo, he traducido lo mejor posible el pensamiento de los gobernantes occidentales, pero no puedo afirmar haberlo comprendido siempre.» Para Gustavo Stresemann, él había sido la voz de Arístides Briand y fue a través de Schmidt que Sir John Simón, Anthony Edén, Chamberlain, Daladier, Molotov, Matsuoka y tantos otros habían dialogado con el Führer. Era verdaderamente uno de los Testigos del Apocalipsis y su experiencia de los hombres de Estado era grande. Escuchándole se comprendía que Europa había fracasado en 1919, en 1928, en 1938. Y una vez más había de hacerlo en 1940. ¡Qué desgracia el que —en lugar de usar la diplomacia y la generosidad «a poquitos»— mi país no haya usado enseguida una política de entendimiento sin segundas intenciones y no haya firmado la paz con un gobierno francés, consciente del inmenso peligro que corrían Europa y el mundo civilizado! Finalmente, fue el combatiente alemán, el combatiente europeo, el que soportó el peso de los errores de una diplomacia pretenciosa, torpe y pusilánime. Alemania del Oeste y Francia colaboran hoy activamente, aunque ningún tratado de paz, ni siquiera armisticio alguno haya sido firmado entre los gobiernos de las dos naciones —ya volveré sobre este punto— y, sin embargo, nadie considera a los dirigentes alemanes como traidores. Al contrario. Han sido necesarias decenas de millones de víctimas civiles y militares para llegar a esto ¡Cuánto más inteligente, más humanó, hubiera sido 7

Robert Moreau, comisario general para los prisioneros de guerra repatriados, indica la cifra de 3 millones en «La vida de Francia bajo la Ocupación», del Hoover Institute, tomo I, París.1957.

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entenderse en 1939, e incluso en 1940! Todo el mundo ha perdido: no solamente Alemania, sino también Francia, Inglaterra, Italia, Bélgica, Holanda. Incluso el soldado de los E.E.U.U., que ha tenido que luchar en el Vietnam y el contribuyente americano! Y nada se ha arreglado, desgraciadamente, ni en Europa ni en el mundo. Sin embargo, después de la falsa alerta de diciembre de 1940, teníamos todavía la ilusión de que no estaban perdidas todas las esperanzas de paz. Al principio de 1941 pensábamos que nuestra diplomacia multiplicaba sus esfuerzos en este sentido. Pero pronto se hizo evidente que los asuntos del Eje iban muy mal. Primeramente en África oriental, donde se habían batido los italianos. En África del Norte, después de una victoriosa ofensiva del mariscal Graziani sobre Solum y Sidi Barani en septiembre de 1940, los británicos, habiendo contraatacado en enero y febrero de 1941, se habían apoderado de Tobruk y de Benghazi. El 26 de febrero el Afrika Korps, mandado por Rommel había tenido que intervenir. El teatro de la guerra se ensanchó en Europa misma, de una manera completamente imprevista para nosotros. Sin prevenir a Hitler, el Duce había lanzado sobre Grecia ejércitos mal entrenados, mal abastecidos y mediocremente mandados. Nuestros aliados se encontraron pronto rechazados en Albania y después desbordados. Encima de esto, golpe de estado en Yugoslavia: nuestro aliado, el príncipe Pablo, regente, es derrocado el 27 de mayo de 1941. Algunos días más tarde, el general Simovitch, nuevo jefe del gobierno, firma con Stalin un pacto de amistad y de asistencia mutua! En los últimos días de marzo de 1941, la división recibe de repente la orden de desplazarse hacia el sur de Rumania y Ulm y Augsburg. Tuve permiso para pasar la noche en mi casa, en Viena y me reuní con mi unidad al día siguiente por la mañana cerca de la frontera húngara. Al pasar por Budapest fuimos festejados como si fuésemos soldados húngaros victoriosos y llegamos a la frontera rumana cerca de Gjola. El tiempo no era bueno y nuestro material empezó a sufrir de manera inquietante: las carreteras estaban en un estado lastimoso y a partir de allí fue así durante toda la campaña de los Balkanes. Atacamos el domingo 6 de abril por la mañana, después de cinco minutos de preparación de artillería, es decir, a las 5, 59 horas. Los serbios contestaron, incendiaron una de nuestras auto ametralladoras de reconocimiento y se batieron cuerpo a cuerpo detrás de un ancho foso anticarro, que no pudieron impedir franqueáramos. Yo recibí este bautismo de fuego en compañía del capitán Neugebauer, que había peleado en la Gran Guerra. Antes de las primeras salvas tenía un

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nudo en el estómago, como si tuviese que batirme con sable. Neugebauer me tendió su cantimplora de aguardiente: «Beba un traguito, me dijo. No hace calor esta mañana.» Después del foso anticarro, donde yacían muertos y heridos, continuamos combatiendo hasta que llegamos ante Pancevo, donde nos enteramos que nuestro grupo de reconocimiento divisionario, mandado por el Hauptsturmführer Klingenberg, había entrado el primero en Belgrado por sorpresa. Yo mismo fui enviado de reconocimiento, a la cabeza de dos pequeños grupos motorizados —24 hombres en total— y atravesé Werschetz, que tiene totalmente el aspecto de lo que es: una vieja ciudad de la monarquía austrohúngara. Nos íbamos acercando prudentemente a Karlsdorf cuando toda la población, entusiasmada, salió a nuestro encuentro: se trataba todavía de una antigua colonia alemana. Atravesamos el pueblo, pero habiendo sido advertidas las tropas serbias, pronto entramos en contacto, en medio de un terreno accidentado y espinoso. Aunque el nutridísimo fuego del adversario estaba mal dirigido, era de temer el cerco. Salté hacia mi grupo de la derecha que furiosamente atacado aguantaba bien y contestaba con vigor. Estábamos inmovilizados desde hacía un cuarto de hora cuando vi surgir delante de mí saliendo de la maleza, unos treinta soldados enemigos. Su actitud me pareció vacilante. Enseguida, ordené cesara el fuego y como los serbios seguían avanzando grité con toda la fuerza de mis pulmones: «¡Stop!» (¡Alto!) Sorprendidos obedecieron. Pero ahora empezaron a venir por todos los lados y no sabía qué hacer. ¿Tirar o no tirar? he aquí la cuestión. Felizmente mi segundo grupo hizo su aparición detrás de ellos, lo que incitó a los serbios a tirar sus armas y levantar los brazos. Volvimos a Karlsdorf con cinco oficiales y por lo menos sesenta soldados prisioneros. Sin embargo, nosotros mismos fuimos prisioneros en Karlsdorf durante tres horas. Delante del ayuntamiento el maestro de escuela pronunció un discurso de bienvenida y tuve que dar un apretón de manos al burgomaestre, quien solemnemente declaró que la población no había olvidado nunca a la patria alemana. Luego tuvimos que hacer los honores a la comida que nos sirvieron en la escuela y creo que ni Brueghel ni Téniers tuvieron jamás la ocasión de pintar tal festín. Me ocupé de que nuestros prisioneros tuviesen su parte. Además de los cinco oficiales serbios llevamos también al regimiento no sólo vituallas sino un cierto número de botellas a las que dieron la bienvenida. Hice al coronel Hansen un informe que le interesó en alto grado.

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Fuimos acantonados en casa de los colonos alemanes de la muy próspera región agrícola del Banat. A mí me dio alojamiento una simpática aldeana cuyo marido había sido enrolado en el ejército rumano y que sólo podía obtener permiso ¡si distribuía Bakchich a sus superiores! Lo cual me dejó pensativo. No tardé en ser llamado a la mesa de los oficiales por el coronel Hansen. «La operación de reconocimiento del otro día, me dijo, podía valerle la cruz de hierro. He preferido proponerle para el nombramiento de Untersturmführer (alférez) y mi proposición acaba de ser aceptada. Le felicito muy sinceramente y espero que mi solución le convenga?» Asentí con alegría. Algunas horas más tarde, nuevo llamamiento. Me entero acaba de llegar por la vía jerárquica mi nombramiento al grado de alférez ¡con efecto retroactivo al 30 de enero 1941! «Naturalmente, me dijo Hansen riendo, puesto que ya era usted alférez, la promoción de esta mañana hace de usted en lo sucesivo un teniente (Oberaturmführer)». Puede imaginarse mi sorpresa, luego mi alegría. Ya no me quedaba sino llenar los vasos una vez más. El 17 de abril el ejército yugoslavo había capitulado y las hostilidades habían cesado al día siguiente. Desde el 10 de abril, Croacia había proclamado su independencia. El nuevo Estado cuyo gobierno estaba presidido por el doctor Ante Pavelitch, fue inmediatamente reconocido por Alemania, Italia, Eslovaquia, Hungría, Bulgaria, Rumania, pero también por España, mientras que un poco ms tarde Suiza firmaba con el doctor Pavelitch un ventajoso acuerdo comercial (10 septiembre 1941). El 8 de abril el 12.° ejército alemán (List), con la Leibstandarte Adolf Hitler en punta, había atravesado la línea Metaxas y ocupado Salónica, donde había desembarcado un ejército británico. El grueso de las tropas británicas fue rápidamente evacuado por mar a Creta, mientras que el 29 de abril las tropas alemanas entraban en Atenas y los ejércitos griegos capitulaban a su vez. La primera gran operación paracaidista y aérea de esta guerra fue realizada del 20 al 31 de mayo en Creta. El general Student mandaba la operación. Fue llevada a buen fin por 22.000 hombres, la única división de paracaidistas, el único regimiento de planeadores que poseíamos y la 5.ªdivisión de montaña, que no estaba demasiado entrenada. De los 57.000 ingleses, australianos, neozelandeses y griegos refugiados en la isla, sólo 16.500 pudieron ser evacuados por la Royal Navy a costa de grandes pérdidas. Desgraciadamente tampoco de nuestro lado las pérdidas fueron ligeras, debidas en gran parte a los malos aterrizajes: 4.000 muertos y algo más de 2.000 heridos. Yo debía estudiar los diferentes episodios de la batalla de Creta con mucha atención en 1942-1943, para poder encontrar los medios de reducir al mínimo

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los riesgos de las operaciones que tenía que llevar a cabo por aire. Entonces me pareció evidente que no debían ser realizadas por neófitos poco entrenados, montañeros u otros. Las pérdidas sufridas en Creta impresionaron a Hitler que no aceptó fuese renovada la operación sobre Chipre, Suez y Malta. Era feliz porque se había terminado la campaña de los Balkanes con victorias relámpago. En Beyrouth, desde febrero de 1940, el general Weygand, entonces jefe de las fuerzas francesas de Levante, había comunicado a París un plan que preveía un desembarco en Salónica; e incluso «según las reacciones de la URSS», la prosecución de una eventual ofensiva en Asia Menor. El Estado Mayor francés había pensado también bombardear los pozos de petróleo de Batoum y de Bakou.8 Sin duda, el general Weygand deseaba jugar la baza decisiva como lo había sido la del mariscal Franchet d'Esperey al final de la primera guerra mundial. Sin embargo, para llevar a cabo una guerra victoriosa en el continente, el Mediterráneo era un espacio estratégico más importantes aún en 1941 que en 1805 o en 1914 y nosotros no habíamos bloqueado el Mediterráneo ni en Gibraltar ni en Suez. Nuestros aliados italianos hubieran podido, sin duda, tomar Malta por sorpresa en julio-agosto 1940; pero entonces la Luftwaffe estaba ocupada en la batalla de Inglaterra y en la operación Otarle. Luego, la posesión por los aliados de la isla —porta aviones Malta y de Gibraltar debía ser la principal causa de nuestra derrota en África del Norte. Pronto pude marchar a Belgrado por razón de servicio. Tenía curiosidad por conocer esta capital, dos veces tomada por los turcos desde 1521 y que no la abandonaron hasta 1866. Yo sabía que la ciudad había sido bombardeada. Y fue allí donde pude contemplar por primera vez el aspecto más detestable de la guerra. Nuestros Stukas y bombarderos habían transformado algunos barrios en montones de ruinas. Aún no estábamos acostumbrados al espectáculo de estas devastaciones y nos quedamos verdaderamente impresionados. Los rostros cordiales y sonrientes que nos habían acogido en Werschetz, en Karlsdorf y en Pancevo, estaban reemplazados aquí por miradas hostiles, duras. ¿A quién aprovechaba, en definitiva, toda esta desolación y toda esta angustia? Yo comprendía a aquellos desgraciados y en mi fuero interno no auguraba verdaderamente nada bueno de esta guerra para Europa. Pronto recibimos la orden de subir a la Alta Austria. Por consiguiente, tuve la alegría de encontrarse con los míos con motivo de un permiso. Mi padre estaba más emocionado de lo que quería aparentar al verme oficial. 8

Como el Estado Mayor francés había olvidado estos planes y algunos otros en Charité-sur-Loire, en junio de 1940, las autoridades alemanas se apoderaron de ellos e hicieron con los mismos una especie de libro Blanco, Los documento «secretos del Estado Mayor francés, publicado en Berlín en 1941.

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«Has avanzado bien y rápido, me dijo. Te felicito. ¡Pero no vayas a imaginarte que recibirás algún día la cruz de Caballero! Conserva la serenidad. —Ciertamente, padre. —Es un honor muy grande ser oficial. Ahora debes dar ejemplo de inteligencia y valor, sobre todo en las circunstancias más difíciles. Hijo mío, tu deber hacia la patria es cosa sagrada.» Sin duda, estas palabras pueden parecer hoy convencionales o ingenuas. Sin embargo, yo no las olvidaría nunca.

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6. Verdades ignoradas sobre la misión de Rudolf Hess, el 10 de mayo de 1941 La guerra podía terminarse en marzo de 1940.—Personalidad de Hess.—Ardiente partidario de un entendimiento con Gran Bretaña.—Representante y sucesor de Hitler.—Minuciosa preparación del raid.—Vanas gestiones del Gauleiter Bohle.—El profesor Haushofer.—No combatir en dos frentes.—La entrevista Hitler-Darlan: 11 de mayo 1941.—Precisiones americanas desde 1943.—Hess creyó comunicarse con él, duque de Hamilton: se comunicaba con los servicios secretos británicos.—El avión de Hess escoltado por dos cazas de la RAF.— Estupefacción muy real del duque de Hamilton.—Proposiciones de Hess en nombre del Führer: viéndose engañado, es víctima de una depresión nerviosa.—Incoherencia de las tesis a menudo presentadas.— ¿Descubrió finalmente Hitler la trampa, o bien Hess se marchó de total acuerdo con él?—Churchill rehúsa canjear a Hess en 1943.—En Nuremberg. Poco antes de empezar el ataque aéreo sobre Creta, después de nuestra campaña de los Balkanes, fue difundida por nuestra radio una extraña información. De este modo me enteré que, en la tarde del 11 de mayo de 1941, Rudolf Hess, segundo personaje del Estado —Goering sólo era el tercero— había escapado la víspera para Inglaterra. El comunicado oficial detallaba que, ya desde hacía algún tiempo la salud de Hess era mala «que sufría turbaciones alucinatorias» y que «este incidente no afectaba en modo alguno la guerra impuesta al pueblo alemán por Gran Bretaña». Pasado el primer momento de estupefacción, a nadie de nosotros se le pasó por la cabeza que Rudolf Hess pudiese ser un traidor. En aquella primavera de 1941, no pensábamos ni mis camaradas ni yo que la guerra sería larga, despiadada y que las poblaciones civiles sufrirían tanto, o acaso más, que nosotros los soldados. Yo no era el único que suponía que Hess se había marchado a Inglaterra, no por un movimiento de locura, como se anunciaba

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oficialmente, sino quizás para intentar poner fin a una lucha fratricida entre europeos. No habíamos salido a luchar con propósito deliberado, sino con la firme voluntad de conquistar el derecho de ser todos alemanes unidos. Desde luego, pensábamos hubiese sido preferible llegar a este resultado por la negociación, por la diplomacia. Desgraciadamente todo había fracasado. Durante la guerra, Sumner Welles, Secretario de Estado adjunto americano, enviado por Roosevelt en misión especial a Europa, había forjado ilusiones. Walles vio bastante tiempo a Chamberlain, Daladier, Mussolini, Ribbentrop, Schacht, Goering y al mismo Hitler. Ahora sabemos que era posible parar la guerra en marzo de 1940. Se dejó pasar la ocasión de organizar una conferencia mundial por la paz presidida por el presidente de los Estados Unidos. El Führer había dado su acuerdo inmediatamente. Pero, el regreso de Summer Welles, el proyecto de conferencia fue torpedeado por Cordell Hull, secretario de Estado.9 En aquel mes de mayo de 1941 ignorábamos, claro está, estos detalles. Sabíamos, sin embargo, que después de la campaña de Polonia, el 6 de octubre de 1940 el Führer había propuesto la paz. Sabíamos que su representante era un hombre de una calidad moral y de una fidelidad a toda prueba. Hess era de un carácter introvertido, de alguna manera místico, sin haber dado jamás la menor señal de cualquier desequilibrio mental. Después de todo, pensábamos, ha creído que se le ha encargado una gran misión y ha fracasado. En nuestra ignorancia no estábamos lejos de la verdad. Prisionero desde hace treinta años, condenado en Nuremberg a detención perpetua como «criminal de guerra», tiene ahora ochenta años. En la prisión de Spandau, guardado por batallones soviéticos americanos, inglés y francés, en turno rotatorio, él es el único detenido. A pesar de un consejo favorable de las potencias del Oeste, de las intervenciones en el Parlamento británico y de innumerables peticiones de las personalidades más diversas del mundo entero, el veto soviético se ha mantenido. Es uno de los más antiguos prisioneros del mundo, quizás el de mayor edad. Los Soviets no pueden olvidar que, si su misión hubiese tenido éxito, seguramente hoy no quedaría ya traza de bolchevismo en Europa. Su misión no podía salir bien. Desde hace algunos años se conocen muchas circunstancias de la odisea de Hess. Otras, esenciales, se conocen mucho menos, o nada. Primeramente, ¿quién es el prisionero solitario de Spandau? De buena familia burguesa, su madre era de origen británico. Él había nacido y había pasado parte de su infancia y de su juventud en Alejandría, educado «a la 9

Los detalles de estos tratados y el veto final de Cordell Hull Fueron revelados en abril de 1961 por el Pr. C. Tansill en un estudio publicado en los Estados Unidos, señalado y comentado por J. de Launay en su «Historia de la Diplomacia secreta, 1966».

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inglesa». Cuando estalló la Primera Guerra mundial combatió con bravura en la aviación alemana y terminó sus estudios en la universidad de Munich. Aquí se adhirió al partido obrero nacional-socialista alemán. Encerrado en la prisión con Hitler, después del putsch del 9 de noviembre de 1923, en la fortaleza de Landsberg, se convirtió en el más fiel amigo del Führer, quien le dictó una parte de Mein Kampf. Ministro del Reich en 1933 y 1935 nombrado oficialmente representante personal de Hitler, éste le designó públicamente como su sucesor en 1939. Siempre había sido partidario de un entendimiento entre Gran Bretaña y Alemania, lo cual era también el parecer del Führer. No me parece dudoso y algunos historiadores serios comienzan a admitirlo, que Hess se marchara a Inglaterra como embajador extraordinario para negociar un acuerdo en vísperas de entrar en guerra contra Stalin. Muchos historiadores pretenden que el proyecto de expedición aérea permaneció desconocido para Hitler. No obstante, el raid había sido preparado larga y minuciosamente. Unos veinte vuelos de ensayo, finalmente radiodirigidos, precedieron a la salida del ministro en un avión Messerschmitt 111, que había sido especialmente equipado bajo la dirección del ingeniero Messerschmitt en persona. Todo el mundo sabía, sin embargo, que desde 1938 y por orden del Führer, a Hess le estaba absolutamente prohibido pilotar. Contrariamente a lo que algunos han declarado, cuando el Führer se enteró que Hess habían escapado a Escocia y al castillo del duque de Hamilton no manifestó en principio sorpresa alguna. Hess había confiado a su ayudante de campo una carta que tenía que entregar al Führer y donde decía: «… Si mi misión fracasa, estoy dispuesto a ser desaprobado… Le será fácil declarar que he actuado en un momento de inconsciencia.» Yo no he visto esa carta, pero han sido citados extractos de ella, sobre todo por el historiador inglés James Leasor en su libro sobre Hess. La misma corresponde ciertamente al estado de espíritu que tenía Rudolf Hess en el momento de intentar una aventura que no era ni la de un criminal de guerra ni la de un loco, sino de un mensajero de paz. Se sabe que en 1940-1941 tuvieron lugar numerosas conversaciones concernientes a la paz en el Oeste. Las negociaciones se llevaron a cabo entre personalidades oficiales o negociaciones especiales, alemanes e ingleses, como el adjunto de lord Halifax en el Foreign Office, Richard Butler, diplomáticos neutrales, como el embajador sueco en Londres, Bjoern Prytz. Hubo también muchos otros en Suiza, en Madrid, en Lisboa y en Ankara. Uno de los más activos partidarios de la paz con Londres era Ernst Wilhelm Bohle, jefe de la comunidad alemana en el extranjero. Nacido en

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Inglaterra, educado en África del Sur, había hecho sus estudios en Cambridge y fue un propagandista muy ardiente de aquella concepción del mundo tan a menudo expresada por el Führer,10 públicamente y en privado, hasta 1941: «El imperio británico es, con la Iglesia romana, uno de los principales pilares de la civilización de Occidente». Conocí a Bohle en Nuremberg. Fue acusado en el proceso llamado «de la Wilhelmstrasse», de haber favorecido las empresas de nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores. Cosa curiosa, él que en otros tiempos era totalmente agnóstico, encontró refugio en la religión católica. Se había hecho en extremo piadoso: su celda estaba adornada con santas imágenes, lo cual se toleró después de la intervención del R.P. Sixtus O'Connor, agustino, capitán de la US Army y capellán católico de la prisión. Era un religioso abnegado, simpático a casi todos los detenidos y del cual volveré a hablar. Pero en fin, las gestiones del Gauleiter Bohle no dieron ningún resultado positivo. Parece ser que Hess se encontró con el duque de Hamilton en Berlín, con ocasión de los Juegos Olímpicos de 1936. En aquel entonces, una gran parte de la opinión británica pensaba que era necesario revisar el tratado de Versalles y reorganizar Europa, dando al pueblo alemán su lugar en el continente. Este era el pensamiento de Eduardo VIII durante su efímero reinado. Siendo duque de Windsor visitó, con la duquesa, al canciller Hitler. También fue a Berghof el viejo líder laborista David Lloyd George, no obstante ser uno de los artífices de Versalles. Los partidarios en Londres de un entendimiento con Alemania eran mucho más numerosos de lo que se piensa hoy. Sin duda, las ruidosas manifestaciones de los Camisas Negras de Sir Oswald Mosley surtieron un efecto absolutamente contrario a un entendimiento entre los pueblos británico y alemán —desde luego así lo reconoce Sir Oswald en su libro My Life, publicado en 1968. Sin embargo, hombres como los Lores Rothermere, Redesdale, Beaverbrook, Nuffield, Kemsley, el almirante Sir Barry Domvile y el duque de Hamilton pensaban que una guerra contra Alemania era contraria a los intereses del pueblo y del imperio británico. Algunos dirigentes de la oposición laborista se hacían también preguntas sobre los verdaderos fines de esta «cruzada contra los Hunos». Cuando la guerra estalló y nuestra diplomacia oficial se desvaneció prácticamente y cuando los conjurados y conspiradores tomaron la iniciativa, se hizo cada vez más difícil frenar en el Oeste la sangrienta máquina de machacar 10

En mayo de 1940, después de que Hitler ordenase el alto en el avance de sus carros, que hubiesen llegado a Dunkerque antes que el cuerpo expedicionario británico, (alto que, según Otto Skorzeny, constituyó un gravísima falta políticomilitar), Hitler hizo a sus generales la apología de la Gran Bretaña. Sir Basil Líddell Hart cuenta que después de le guerra, el mariscal von Rundsted le confió: «El 24 de mayo de 1940 Hitler nos sorprendió hablando con admiración del imperio británico, de la necesidad de su existencia, de la civilización que Inglaterra había aportado al mundo… Su conclusión fue que era necesario hacer con Inglaterra una paz con honor.

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a los pueblos. El Daily Mail ya no hizo el elogio de Hitler bajo la firma" de un «muy Honorable Par del Reino», lord Rothermere. La mentalidad británica cambió. Hess no lo ignoró, pero no podía olvidar que en Londres muchos continuaban pensando que esta guerra era absurda. El principal consejero de Rudolf Hess en favor de una eventual política de paz con Londres, era uno de sus viejos amigos, el profesor Haushofer, creador de la ciencia geopolítica y director de la revista Geopolitik, de la que Hitler era un lector asiduo. Desde finales de septiembre de 1940 el representante personal del Führer tuvo en su poder un largo memorándum del profesor Haushofer sobre las Posibilidades de llevar a cabo una paz con Inglaterra. Es probable que Hitler lo leyera y hablase de ello con Hess. Por su parte, James Leasor cita un resumen de las conversaciones Hess-Haushofer, redactado por este último. Según este texto, el profesor llamaría la atención de Rudolf Hess sobre el hecho de que, en Londres, vis a vis con los ingleses influyentes, «Ribbentrop hacía el mismo papel que Duff Cooper o Churchill a ojos de los alemanes». Según el punto de vista del profesor, quizás era posible entrar en contacto razonable con el ministro plenipotenciario O'Malley destacado en Budapest, con sir Samuel Hoare que se encontraba ya en Madrid y con lord Lothian, embajador de Gran Bretaña en Washington. Haushofer conocía a éste último desde hacía mucho tiempo. En cuanto al Führer, hubiera deseado realizar en el Oeste lo que había conseguido con éxito en el Este en agosto de 1939. Con el fin de no luchar en dos frentes, quiso sustituir el pacto que había firmado con Stalin, al menos, con un modus vivendi en el Oeste y no solamente con Gran Bretaña. En efecto, es significativo que el 11 de mayo de 1941, es decir, el mismo día que Rudolf Hess tenía que discutir, en principio, las condiciones de paz con Gran Bretaña, Hitler recibiese en Berghof al almirante Darían, jefe de gobierno del mariscal Pétain y al secretario general de la Presidencia, Jacques BenoistMéchin. Los franceses obtuvieron ciertas ventajas y la seguridad de que su país «podría representar en el Oeste un papel de importancia». Era demasiado pronto —sobre todo a causa de Italia— para firmar la paz y garantizar el imperio colonial francés. Sin embargo, Hitler tuvo un gesto y le dijo al almirante que «su paz, no sería una paz de revancha». De todo esto puede concluirse que el Führer no sólo estaba al corriente dado poder a su representante oficial para hablar en su nombre. Esto, al comienzo de todo el asunto, en efecto, largas negociaciones habían precedido a la expedición y Rudolf Hess tenía la certeza de ser recibido —si no llamado— por eminentes personalidades del otro lado del canal de La Mancha. Creo que la verdadera explicación de la expedición aérea fue dada por una revista americana en mayo de 1943. Según esta revista, fue el mismo Hitler

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quien desde el mes de enero de 1941 indagó las posibilidades de negociación directa con Gran Bretaña, con vistas a una paz duradera. Doy la cita del periódico americano, revista ilustrada mensual, que, precisémoslo, aparece siempre y cuyos artículos en mayo de 1943 estaban sometidos a la censura: La petición de Hitler no estaba dirigida al gobierno británico, sino a un grupo de británicos influyentes —entre ellos el duque de Hamilton— que habían pertenecido a la asociación anglo-alemana ya disuelta. Un diplomático de reputación internacional servía de correo. No se revela el nombre de este diplomático. De esta narración anónima resulta que aquellos británicos a quienes correspondía, dieron a estos intentos una respuesta moderada, bastante evasiva. Se discutió así durante cuatro meses, de manera prudente y mesurada», por una parte y por la otra, hasta el momento en que Hitler habiendo ofrecido llevar las negociaciones a un país neutral, los ingleses lo rechazaron. Rehúsan igualmente cuando se propone a Ernst Bohle como intermediario y ya las prensas turca y sudamericana anunciaban que se había confiado a Bohle «una importante y confidencial misión en el extranjero». Es entonces cuando Rudolf Hess entra en escena. Tiene plenos poderes, como representante del Führer, para concertar acuerdos en su nombre. El 10 de mayo de 1941 vuela hacia Escocia, a Dungavel, el castillo del duque de Hamilton, cerca del cual se encuentra un pequeño aeródromo privado. Allí lo esperan. Pero Hess, que se lanzará en paracaídas y caerá a unos 16 km. del castillo torciéndose el tobillo, no sospechaba la verdadera personalidad de la gente que le esperaba. Esto es lo que revela la revista americana el mes de mayo de 1943: El mensaje inicial de enero de 1941 había sido Interceptado por el servicio secreto británico, quien, a partir de este momento, condujo toda la correspondencia. Cuando la Raf Fighter Command descubrió al Messerschmitt de Hess, avión no identificado y que no había respondido correctamente a las instancias por radio, el oficial de servicio que mandaba el centro exclamó dirigiéndose al jefe de los cazas de la RAF con base en Escocia: «¡Por amor del cielo, dígales que no lo derriben!». Así fue como Hess tuvo derecho a una escolta de dos aviones enemigos. Apercibió uno. Si no hubiese saltado en paracaídas y hubiese aterrizado en el aeródromo privado de Hamilton el secreto hubiera podido ser guardado. Pero cayó en el campo de un campesino, David MacLean y fue conducido por éste a su granja. Dijo que se llamaba Alfred Horn y pidió que se previniese al duque. 71

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Puede imaginarse que el buen campesino escocés que con una horca en la mano vio caer del cielo a Hess, pertenecía al mismo clan que Donald MacLean, el que entregó a los Soviets importantes secretos atómicos. Se sospechó de él ya muy tarde y pasó a la URSS en 1963. He aquí una interesante indagación en perspectiva para los aficionados a anécdotas históricas. Pero ahora se trata de algo distinto. Hamilton, Wing Commander de la RAF, se encontraba en su P.C. Avisado por teléfono, declaró que no conocía a ningún Alfred Horn. Al día siguiente, cuando vio a Rudolf Hess, del cual no esperaba en modo alguno la visita, se quedó con la boca abierta. Los que esperaban a Hess en el pequeño aeródromo eran altos funcionarios del Intelligence Service y oficiales del servicio secreto que habían preparado la trampa. Tuvieron que arrancar a Hess-Horn de una media docena de miembros de la Home Guard, prevenidos por MacLean. El ejército tuvo que intervenir en el sitio local de la Home Guard y el mensajero, después de un primer interrogatorio en el cuartel de Maryhill en Glasgow, fue trasladado al hospital militar. Volvamos a tomar la narración de la revista americana: Hess había previsto largas negociaciones hasta llegar a la cima. Todo fue infinitamente más rápido. Churchill le envió a Sir Ivonne Kirkpatrick, super-espía de la Primera Guerra mundial, consejero en la embajada británica de Berlín entre las dos guerras. Debía oír las proposiciones de Hess y transmitirlas directamente al gobierno británico… Hitler ofrecía —resumo los puntos señalados por la revista en 1943—: Cese de las hostilidades en el Oeste. Evacuación de todos los países ocupados, excepto Alsacia-Lorena y Luxemburgo. Evacuación de Yugoslavia, Grecia y de la cuenca del Mediterráneo en general. A cambio, pedía benévola neutralidad de Gran Bretaña hacia la política alemana en el Este. Ningún país, beligerante o neutral, reclamaría reparaciones. Hess insistiría en la necesidad de determinar con el peligro comunista, tarea de la que Alemania, proponía encargarse ella sola y señalaba que en este caso, ella absorbería toda la producción de guerra anglo-francesa, hasta el momento en que los dos países hubiesen terminado de reconvertir su industria de guerra. Hess conversó también con lord Beaverbrook ministro de Abastecimiento, al que conocía, con lord John Simón, «y con otros miembros del gabinete de guerra». No vio a Churchill, quien previno inmediatamente a Roosevelt. La respuesta a las proposiciones de Hess fue, naturalmente, negativa. En el momento que comprendió que se habían burlado miserablemente de él desde el principio y que de hecho Gran Bretaña era la aliada de los Soviets, 72

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Hess, nos dice el autor anónimo de la revista, fue realmente víctima de una depresión nerviosa: «La mentira con respecto a su pretendida locura estuvo a punto de hacerse realidad.» Cuando se enteró de que el acorazado Bismarck, que había hundido el Hood acababa de sucumbir a su vez (27 de mayo de 1941), lloró durante todo el día. El aire fantástico y caballeroso de su expedición aérea, ha confundido, sin duda, a los numerosos comentaristas, pasando por alto aspectos que hacen sus narraciones inverosímiles. Los preparativos británicos, hábilmente camuflados en la entrevista decisiva por la paz, no se hubieran creído si no hubiese existido, entre otros, el precedente Halifax-Butler, y las proposiciones de paz hechas por el Foreign Office al ministro sueco Prytz (17 de junio de 1940). La rectitud de carácter de Hess no ha sido nunca discutida ni por sus amigos ni por sus enemigos. Nunca hubiese pronunciado el nombre de Hamilton si no hubiese tenido la certidumbre de que el duque actuaba en nombre de autoridades británicas muy altas. Por consiguiente, todos los testimonios concuerdan. Hess pidió inmediatamente que se avisase al que creía era su corresponsal y su introductor cerca de los interlocutores cualificados: Hamilton. Sería injuriar al duque de Hamilton creer y escribir que él era cómplice de los servicios secretos británicos. Su extrañeza no era fingida cuando vio a Hess, porque, en los falsos mensajes, «su escritura había sido imitada», a fin de que se la pudiese comparar con la de la correspondencia fechada antes de la guerra que pudiese existir en Berlín. Naturalmente, sería interesante conocer toda esa correspondencia. Esperemos, si bien con dudas, que algún día se publique. ¿Cómo se comprende que, si durante cuatro meses, en 1941, el duque de Hamilton y otras personalidades británicas se habían comunicado secretamente con alemanes y especialmente con Hess, no hubieran sido, después de la expedición aérea, juzgados y condenados por inteligencia con el enemigo? No ocurrió nada de eso. Por eso yo creo en la tesis de la revista americana que, en 1974, recuerda que los hechos revelados en 1943 lo fueron por un «observador de alta reputación», y de fuentes particularmente seguras.11 11

El artículo de mayo de 1943 estaba ilustrado en la revista por un dibujo que representaba «la visión de Hess»: filas de ataúdes y cadáveres alemanes y británicos. Ahora bien, Hess habló de esta visión el 10 de

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Estas revelaciones no fueron hechas en esa fecha por casualidad, a final de 1943, Churchill insistía en que el desembarco de los aliados del Oeste no tuviese lugar en Sicilia, sino en los Balkanes. Quería que esta región, al menos, «escapase a la dominación soviética» y que Yugoslavia, Hungría, Checoslovaquia y el sureste de Alemania, fuesen ocupados si era posible por las tropas angloamericanas. No era éste el parecer de Roosevelt y es interesante ver cómo Churchill, desde 1941, había intentado pactar con los Soviets atrayendo a Hess a Londres y rechazando las proposiciones alemanas. Ya veremos cómo, un poco más tarde, durante aquella primavera de 1943, Stalin hizo a Franz von Papen proposiciones de paz en Ankara. Pero entonces, si la buena fe del solitario de Spandau fue completa, es evidente que fue víctima de una maquinación del enemigo. Venido voluntariamente para proponer la paz, fue tratado por Churchill como prisionero y después como criminal de guerra. Él dijo a sir Ivonne Kirkpatrick: «Vengo en misión de paz y humanidad. Me horroriza pensar que la lucha se prolongue, y en las matanzas inútiles que ello entrañaría.» La actitud de Hitler puede comprenderse también. Es posible que, después de haber tenido conocimiento del dossier completo, concerniente a esta tentativa de apertura de paz en el Oeste, el Führer hubiera, finalmente, desconfiado. Puede ser que hubiera sido informado de algo sospechoso. Hess, menos intuitivo o más confiado, no se detuvo. El historiador Alain Decaux, en sus Dossiers secretos de la Historia (1966), presenta otra tesis. Examina ciertas actitudes de Hitler y de Goering antes, durante e inmediatamente después del raid; cita hechos y testigos que conciernen sobre todo a los servicios meteorológicos y a los servicios de escucha y de información de la radio alemana. Concluye que Rudolf Hess se marchó a Escocia con el asentimiento del Führer y que la carta que dejó había de permitir a su jefe presentar su tentativa como insensata en caso de fracasar. Escribió: En septiembre de 1943, cuando Hitler encargó a Otto Skorzeny que fuese a liberar a Mussolini, prisionero en el Gran Sasso, hizo alusión al caso de Rudolf Hess y le dijo que en caso de fracasar, la desaprobaría de la misma manera. Si bien es exacto que el Führer me advirtió que me tendría que desaprobar si fracasaba, no evocó ante mí, en momento alguno y en el transcurso de ninguna entrevista, la persona y los actos de Rudolf Hess. junio de 1941 en una conversación de dos horas y media con lord Simón, detalle que no fue conocido — salvo error por nuestra parte— hasta el 25 de marzo de 1946 en Nuremberg. Este día, el doctor Seidl, defensor de Hess, depositó en el atestado el dossier de la conversación del 10 de junio de 1941 con lord Simón. Podemos preguntarnos si el autor anónimo del sensacional artículo había obtenido, por lo menos, su información de los que rodeaban a alguno de los interlocutores de Hess. ¿Por qué publicó entonces la revista ese documento (en plena guerra) y cómo se explica que no haya tenido ni oficialmente ni oficiosamente una mayor resonancia?

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A final de junio de 1943, el general Rowecki, jefe del ejército clandestino polaco, fue hecho prisionero. Este ejército dependía directamente del Gobierno polaco en exilio, que presidía en Londres el general Sikorski, víctima algunos días más tarde de un extraño accidente de avión en Gibraltar. El sucesor del general «Grot» Rowecki, el general Bor-Komorowski, fue capturado también en los primeros días de octubre de 1944. Fue recibido por el general von Lüttwitz, jefe del 9º ejército alemán, quien le anunció que su Estado Mayor y él mismo estaban considerados como prisioneros de guerra y no como franco-tiradores. Al final de la guerra Bor-Komorowski fue entregado por las autoridades alemanas a los delegados helvéticos de la Cruz Roja Internacional. En 1955 publicó en París su Historia de un Ejército clandestino, donde revela que se trató de canjear al general Rowecki por un prisionero de categoría. «Los alemanes, escribe Bor-Komorowski, no quisieron deshacerse de Rowecki, sino a cambio de Rudolf Hess; Gran Bretaña no aceptó.» Al principio de mi estancia en Nuremberg, los 18 principales acusados se encontraban todavía detenidos junto con los testigos, en la misma ala de la prisión. Así pude ver a Rudolf Hess pasearse cada día en el patio. Las consignas de silencio eran draconianas y me fue imposible dirigirle la palabra, para demostrarle al menos toda mi simpatía. Pero no me pareció en absoluto alienado. Al contrario. Andaba encadenado a un soldado americano. En los cambios de dirección usaba del privilegio que le concedía su estatuto de «desequilibrado mental» para hacer gestos tan bruscos como imprevistos cuyo verdadero fin era desconcertar y hacer girar alrededor de él a su guardián de la manera más cómica. No se sabía muy bien cual de los dos era el prisionero. En las líneas rectas, Hess marchaba con un paso firme, con calma, con la cabeza alta, con mucha dignidad, sin ocuparse del soldado que le seguía y que parecía ser su servidor.

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7. Barbarossa Estado lamentable del material después de la campaña de los Balkanes.—¿El Golfo Pérsico o Egipto?—Lawrence y los siete pilares.—«Soldados del frente del Este…».— Qué sería hoy de Europa si Hitler no hubiese atacado a Stalin?—El Führer se engañaba y era engañado.—poder y táctica del enemigo.—Leyenda tenaz de «la sorpresa» de Stalin.—Estaba prevenido de nuestro ataque desde el mes de diciembre de 1940, época en la cual Roosevelt le entregaba ya aviones y le enviaba oficiales monitores. A comienzos de diciembre de 1940, nuestra división SS VERFUGUNGSTRUPPE había tomado el nombre de división SS Das Reich. Nuestras unidades fueron reorganizadas, y fue necesario revisar en unas semanas todo el material móvil cuyo estado era verdaderamente espantoso. Habíamos atravesado —a veces a intervalos— Alemania, Holanda, Bélgica, Francia, Austria, Hungría, Rumania y Yugoeslavia. He leído que nuestros Estados Mayores se mostraban «satisfechos» del aspecto del material móvil durante el curso de esta campaña relámpago de los Balkanes. Lo que yo puedo afirmar en mi calidad de oficial especialista responsable, es que el parque automóvil estaba en un estado lamentable. Fue, por otra parte, su naturaleza y además la usura de material las que contribuyeron a frenar nuestros movimientos en el frente del Este. Primeramente, los carros del grupo blindado que mandaba Kleist, después de haber caracoleado por las carreteras del Peloponeso tuvieron que subir hasta los Cárpatos. Después, en número de 600, afrontar a los 2.400 blindados de Boudienny. El mariscal von Rundstedt, que mandaba el grupo de Ejércitos Sur en el momento del ataque contra Rusia, declaró después de la guerra al crítico militar inglés sir Basil Liddell Hart que «sus preparativos habían sido obstaculizados por la llegada demasiado lenta de las divisiones blindadas de Kleist». Y este último confirmó: «Un gran número de carros venía del Peloponeso. Las máquinas debían ser revisadas y las mismas tripulaciones tenían necesidad de descanso.» Hay que destacar también que en 1941 cada firma automovilista alemana continuaba fabricando los diferentes vehículos de su marca como en tiempo de paz. El Führer se ocupó de nombrar un comisario para la fabricación standard, pero en el frente no constatamos ningún cambio. La multiplicidad de los

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modelos no permitió nunca constituir stocks adecuados de las principales piezas de recambio. Una división motorizada contaba con unos 2.200 vehículos de 50 tipos diferentes cuando ocho hubieran sido suficientes. Nuestro regimiento de artillería tenía más de 200 camiones de más de 15 modelos. Con lluvia, barro o heladas, era imposible incluso al mejor especialista asegurar las reparaciones. Yo me pregunto si el problema fue comprendido por nuestros Estados Mayores: la motorización implica un continuo abastecimiento de accesorios y piezas de recambio. Si la organización de los transportes había de tener un papel primordial en una guerra relámpago, una guerra ofensiva y revolucionaria, su acción no debía ser menos decisiva en el caso en que la Wehrmacht se encontrase a la defensiva. Se trataba aquí de problemas esenciales de logística. En verdad, cierto número de especialistas de esta ciencia se ocupaban ya de otra cosa distinta dentro y fuera del Ministerio de la Guerra. Tendré ocasión de volver a hablar de estos señores. Durante varias semanas trabajamos, pues, sin descanso, para poner en buen estado el material y, a mediados de junio de 1941, recibimos la orden de embarcar la división en ferrocarril. Después de haber rodeado BohemiaMoravia, nuestro convoy entró en Alta Silesia, después en Polonia. ¿Dónde íbamos? No sabíamos nada y dábamos libre curso a nuestra imaginación. Algunos aseguraban que, de acuerdo con los rusos, atravesaríamos el Cáucaso a fin de ir a apoderarnos de los pozos de petróleo del Golfo Pérsico. Otros hacían observar que estábamos concluyendo un pacto de amistad y de asistencia mutua con Turquía (17 junio 1941). En consecuencia, una vez franqueado el Cáucaso, podríamos bajar a través de Turquía y plegarnos sobre Suez y Egipto a fin de coger a los ingleses de flanco, mientras que los italianos y Rommel pasarían a la ofensiva. A ninguno de nosotros se le ocurría que íbamos a atacar la Rusia soviética y combatir así en dos frentes. Bajo el punto de vista ideológico, ni mis camaradas ni yo nos inquietábamos por la existencia de comunistas fuera del Reich. No temíamos que Alemania se hiciese comunista. Por experiencia sabíamos que para nosotros, alemanes, el marxismo-leninismo no constituía en modo alguno un progreso moral, cultural, económico y social. Habíamos escogido libremente una doctrina que juzgábamos más realista, más avanzada, a la vez socialista y nacional, que «daba paso al interés general antes que al interés particular». Pero nosotros no queríamos imponer el nacional-socialismo a nadie. Después de todo, si otros deseaban permanecer o hacerse comunistas, no veíamos en ello el menor inconveniente, a condición de que no nos impidiesen ser alemanes unidos.

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Sabíamos bien, sin embargo, que Stalin, desde agosto de 1939, había obtenido sin combatir ventajas enormes: la mitad de Polonia; los países bálticos, pura y simplemente anexionados despreciando pasados acuerdos; y en fin, la Bukovina septentrional y Bessarabia para alcanzar el petróleo rumano. Su «neutralidad» había costado cara. Sabíamos que, gracias al golpe de Estado del general Simovitch en Belgrado, la URSS había tratado de avanzar en los Balkanes. Pero acabábamos de arreglar la cuestión. Lo que no sabíamos es que en Finlandia los rusos sólo habían utilizado trastos inútiles, material viejo. No podíamos sospechar que su difícil victoria sobre el valiente ejército finlandés era sólo un bluff destinado a enmascarar un formidable poder ofensivo y defensivo del cual, M. Canaris, jefe de los servicios de información de la Wehrmacht, hubiera debido tener, sin embargo, una pequeña idea. Si bien es verdad que, sobre todo, lo que pudiera interesar verdaderamente al ejército alemán, se mostró siempre de una discreción ejemplar. Se cree lo que se espera y yo encontraba particularmente seductora la idea de una campaña en Persia, en Arabia, en Egipto. Tenía entre mis cosas Los siete Pilares de la Sabiduría del coronel Thomas Edward Lawrence, aquel singular aventurero, arqueólogo, agente secreto y campeón de la independencia de los árabes contra los turcos. Lo que él había emprendido, ¿no podía lograrse, con los árabes y los turcos, contra Inglaterra? ¿Es que era imposible hacernos dueños de esta «ruta del petróleo» —que quería cortar el general Weygand— del mismo modo que nos habíamos hecho dueños de la «ruta del hierro» en Narvik? Por el hecho de viajar en ferrocarril teníamos ratos de ocio; y la narración de Lawrence de Arabia donde la aventura y la realidad económica se encuentran tan estrechamente mezcladas, me hacía reflexionar. En contra de la rutina, éste galés había hecho una guerra de imaginación que había dado sorprendentes resultados prácticos. Las flotas británicas y francesa reunidas no habían conseguido entrar en los Dardanelos durante la Primera Guerra Mundial; pero en cierta medida, la acción de Lawrence había permitido a Inglaterra ganar la paz en esta región del mundo que tiene tan gran importancia estratégica desde el punto de vista económico, político y militar. El blitz sobre Londres y nuestra amenaza de desembarco no habían tenido más resultados que la detención de nuestras divisiones blindadas en las llanuras de Picardía, ante Dunkerque. Yo pensaba que Churchill sólo cedería si se veía obligado y forzado a ello, es decir, ¿en cuánto tiempo? ¿Habíamos podido, realmente, preparar una guerra tan grande desde 1935-1936? En nuestro tren que continuaba rodando a través del llano paisaje polaco, seguía, pues, leyendo Los Siete Pilares y había llegado el momento en que

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Lawrence, en septiembre de 1918, se apresta a hacer saltar un tren militar turco, cuando nuestro convoy hizo su entrada en la estación de Lodz. Desde allí, durante la noche, fuimos por carretera hasta el sur de Brest-Litovsk, a menos de 50 kilómetros del Boug, río fronterizo entre el gobierno general de Polonia, bajo administración alemana y el territorio soviético. Ya no era posible ninguna ilusión. El 21 de junio de 1941, a las 22 horas, fueron reunidas todas las unidades de la división. Inmóviles, escuchamos a los jefes de compañía leer esta proclama del Führer: ¡Soldados del frente de este! He tenido que guardar silencio durante meses. Pero ha llegado el momento en que puedo hablaros con el corazón abierto. Cerca de 160 divisiones soviéticas están concentradas en nuestra frontera y ya hace semanas que esta frontera se ve continuamente violada, no sólo en nuestro país, sino también en el extremo norte y en Rumania… Ha llegado el momento, soldados, de lanzarnos a una empresa que, por su extensión territorial y por las fuerzas que necesita, es la mayor que jamás haya conocido el mundo. En el norte, a orillas del Océano Ártico, nuestros camaradas, mandados por el vencedor del Narvik, actúan aliados con las divisiones finlandesas. Vosotros constituís el frente del Este. Y en fin, en Rumania, en las orillas del Prouth, del Danubio y al borde del Mar Negro, soldados alemanes y rumanos están reunidos bajo el mando del mariscal Antonesco. Si este conjunto de ejércitos, el más grande de la historia del mundo, se lanza ahora al ataque, no es sólo para terminar definitivamente con esta gran guerra ni para proteger a los países momentáneamente amenazados: es para salvar toda la cultura y toda la civilización europeas. ¡Soldados alemanes! Vais a afrontar una batalla muy dura y vuestras responsabilidades son pesadas. No olvidéis que la suerte de Europa, el futuro del Reich alemán y la existencia de nuestro pueblo, están, desde ahora, en vuestras manos. Que Dios nos asista a todos en este gran combate. Haré un solo comentario a esta proclama que preludiaba la operación Barbarossa. Tengo la profunda convicción de que si el Führer no nos hubiese dado la orden de atacar en aquel momento, los Estados europeos y la mayor parte de las sociedades humanas estarían ahora bolchevizadas. Ciertamente, esta guerra fue espantosa. La inmensa Rusia ha sufrido terriblemente y nuestros soldados se han batido heroicamente. Pero en esta lucha gigantesca fue finalmente la tierra, el pueblo, el ejército de Alemania, los que fueron sacrificados. Los combatientes europeos que no cayeron en el campo del honor, fueron, en la mayoría de los casos, cruelmente castigados. Por consiguiente, si aún existe una Europa y un Occidente, se debe a esos combatientes. Sin ellos, ya no habría actualmente más libertad en Alemania del

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Oeste y en Francia que en Polonia; la autonomía política de Gran Bretaña sería aproximadamente como la de Finlandia. Es probable que el bloque comunista comprendiese toda Europa, desde Brest a Vladivostok; África, desde Argelia hasta El Cabo; China, Japón y Australia. Stalin no habría hecho regalos a nadie. Para salvaguardar su independencia, los Estados Unidos habrían tenido que emplear, sin duda, la bomba atómica y, ¿quién puede decir en qué estado estaría el mundo ahora? Hitler se engañaba y era engañado. El conjunto de ejércitos que lanzaba al este de Europa no era «el más grande de la historia del mundo». Los ejércitos soviéticos, más numerosos, disponían de un armamento a veces superior al nuestro. Nosotros alineábamos tres millones de hombres, 3.580 carros y algo más de 1.800 aviones. Frente a nosotros encontramos inmediatamente, tan pronto escalonados en profundidad, tanto en posición de salida netamente ofensivas, como en el sur, 4.700.000 combatientes, cerca de 15.000 carros12 y, sólo en Rusia flanea, 6.000 aviones de los cuales 1.500 eran de tipo moderno. Entre los carros soviéticos, los T-34, aparecidos en Ielnpa desde el fin de julio de 1941, eran excelentes. En 1942 y 1943 vimos surgir otros monstruos desconocidos por nuestros especialistas: los KlimVorochilov de 43 y 52 toneladas; en 1944 el Stalin, de 63 toneladas. Tuvimos desde el comienzo otras sorpresas como los famosos «órganos de Stalin» y la dotación del batallón de ingeniería de las divisiones blindadas enemigas que llevaba elementos para la construcción de un puente de 60 metros de largo y sobre el que podían pasar máquinas de 60 toneladas. Cuando amaneció el domingo 22 de junio de 1941, nos lanzamos al ataque, de igual manera que el Gran Ejército de Napoleón se había lanzado el 22 de junio de 1812 contra el mismo enemigo. El plan Barbarossa (que Stalin, como vamos a ver, conocía de antemano) se articulaba de la forma siguiente: El grupo de Ejércitos del Norte, mandado por el mariscal caballero von Leeb, comprendía dos ejércitos y un grupo blindado; su objetivo era, a través de los países bálticos, Leningrado. El grupo de Ejércitos del Sur, mandado por el mariscal von Rundstedt, con sus tres ejércitos, dos ejércitos rumanos que mandaba Antonesco y su grupo blindado, tenía que penetrar en el sur de los pantanos del Pripet, atravesar Ucrania occidental y tomar Kiev.

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En un telegrama dirigido el 30 de julio de 1941 a Roosevelt, Stalin precisa que posee 24.000 carros, de los cuales más de la mitad estaban en su frente Oeste. En su «Historia de la segunda guerra mundial» Liddell Hart constata que Hitler atacó con «sólo 800 carros más que cuando la invasión de Europa occidental».

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El grupo de Ejércitos del Centro, mandado por el mariscal von Bock, era el más poderoso. Debía operar entre los pantanos del Pripet y el saco de Souvalki, en dirección a-Smolensko. Comprendía dos ejércitos y disponía de dos grupos blindados, el primero mandado por el general Hoth y el segundo por el general Heinz Guderian. La división SS Das Reich marchaba con el 2.° Panzergruppe al que ya llamábamos Heinz el Rápido. La víspera, antes de las 13 horas, todos los Estados Mayores del nuevo frente esperaban una de estas dos palabras de orden: Altona o Dortmund. La primera significaba que Barbarossa se aplazaba. Fue Dortmund. Atravesar el Boug y tomar Brest-Litovsk presentó tres particularidades. Al alba, estaba yo en mi puesto con la artillería ligera de mi nuevo batallón, el 2º, que abrió fuego a las 13,15 horas, después se acercó al río y continuó tirando. A las 5 de la mañana, desde lo alto de una encina observé Tos efectos de nuestro fuego y estuve de acuerdo con nuestros artilleros de observación, los cuales habiendo franqueado el profundo río en lanchas neumáticas volvían a dar cuenta; tirábamos al vacío. Los rusos habían retrocedido hasta ponerse fuera del alcance de nuestra artillería y se habían camuflado en las ciénagas y en los bosques de donde hubo de desalojarlos. Primera particularidad: no me parecía que el enemigo se hubiese sorprendido. Había efectuado las maniobras previstas. Segunda particularidad: no obstante, se quedó aturdido cuando ante sus ojos vio hundirse bajo las aguas del Boug los 80 carros del primer batallón del 18° regimiento blindado y reaparecer unos instantes después en la orilla rusa. Se trataba realmente de carros submarinos, puesto a punto para Otaire, y ya equipados con schnorkel, utilizado mucho más tarde en nuestros submarinos. Tercera sorpresa desagradable para nosotros. Si bien la ciudad de BrestLitowsk había de caer rápidamente, la vieja fortaleza edificada sobre la roca y que en otro tiempo fue conquistada por los Caballeros Teutónicos, resistió durante tres días. En vano intervinieron la artillería y la aviación. Subí a la fortaleza con una sección de la artillería de asalto. En sus blockhaus, sobre los que hacíamos fuego sin cesar, los tiradores de élite rusos contestaban. Nuestras pérdidas fueron muchas y vi caer alrededor mío a buenos camaradas. Los rusos combatieron heroicamente hasta el último cartucho. Lo mismo ocurrió en la estación, donde hubo que inundar los sótanos para que cesase la resistencia. En Brest-Litovsk tuvimos más de 1.000 heridos y 482 muertos, de éstos, 80 oficiales. En verdad que hicimos 7.000 prisioneros, de ellos unos cien oficiales, pero las pérdidas alemanas en Brest-Litovsk, excedían en un 50 por 100 a las que tuvimos en la totalidad del frente durante los ocho primeros días de la guerra en el Este. La terca resistencia de aquella fortaleza me dio qué pensar.

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Creo hablar por experiencia cuando digo que los rusos, a lo largo de toda esta campaña defensiva, se esforzaron en emplear una doble táctica. Unidades especiales combatían hasta el fin en posiciones preparadas con anticipación. Mientras que nosotros teníamos que retrasarnos para reducir a estas unidades —y después a formaciones de partisanos—, el grueso de los ejércitos soviéticos, mientras, evitaba el cerco. También quiero hacer notar que en su llamada del 3 de julio de 1941, Stalin recomienda el repliegue de las grandes unidades, al tiempo que ordena la política de la tierra quemada y la formación inmediata de unidades de partisanos. Estos últimos no eran reconocidos como beligerantes por las convenciones internacionales en vigor, las cuales no había firmado la Rusia soviética. Tampoco lo son hoy que la URSS ha firmado las nuevas convenciones de 1949, las cuales la favorecen desde entonces porque sus ejércitos ocupan la mitad de Europa. Desde 1945 y hasta estos últimos años, no se ha dejado de afirmar que Stalin era en 1941 completamente «leal y pacífico», preocupado únicamente en edificar el socialismo en Rusia y respetando escrupulosamente todas las cláusulas del tratado firmado por Ribbentrop en agosto de 1939. Fue «traidoramente atacado», nos dicen, completamente sorprendido y esta sorpresa fue la que permitió los éxitos alemanes. Después de la muerte de Stalin, Khrouchtchev, primer ministro soviético y primer secretario del Partido Comunista de la URSS, acusó incluso a su predecesor de haberse «dejado sorprender». Aún citan como prueba de las excelentes disposiciones de Stalin con respecto al Reich, los telegramas encontrados en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, que procedían del que entonces era nuestro embajador en Moscú, el conde von der Schulenburg. El 12 de mayo de 1941 cablegrafiaba a Ribbentrop: «La actitud del Gobierno de Stalin manifiesta una firme voluntad de aligerar la tensión actual de las relaciones germano-rusas. Stalin siempre se ha mostrado defensor del entendimiento entre el Reich y la URSS.» Un diplomático puede tener una inteligencia limitada. También puede hacer doble juego, es difícil decir cuándo se comprometió Schulenburg por este camino. Pero, se sabe, gracias a los papeles de nuestro antiguo embajador en Roma, Ulrich von Hassel, publicados en Zurich ()Von anderen Deutschland, 1946) que en 1943, Schulenburg, entonces retirado, propuso a los conjurados anti hitlerianos que franqueasen las líneas soviéticas con el fin de proponer a Stalin en nombre de un Gobierno alemán «conveniente», negociaciones de paz. Sólo pedía ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores de la nueva combinación

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ministerial. ¿Hochverrat o Landesverrat? Por supuesto, Hassel también era del complot. La operación Barbarossa no sorprendió absolutamente al dictador soviético, que desde el 6 de mayo había reemplazado a Molotov como presidente del Consejo de los comisarios del pueblo. Ya en junio de 1939, los hermanos Erich y Theo Kordt, altos funcionarios de la Wilhelmstrasse, habían prevenido a Sir Robert Vansittart (después de un acuerdo con Canaris, Oster y el general Beck) que iba a firmarse un convenio entre Alemania y la URSS. Era, pues, completamente natural que los Aliados hubiesen sido, asimismo, prevenidos muy pronto de las intenciones de Hitler respecto a la URSS. Canaris y Oster supieron bastante pronto que Hitler —como antaño Napoleón—, consideraba al ruso como al soldado de la Gran Bretaña en el continente. Yo lo he dicho, no quiso llevar a cabo Otarie en la primavera de 1941 por temor a verse atacado por la espalda por Stalin. Fue, pues, el 6 de septiembre de 1940 cuando el mariscal Keitel hizo llegar al jefe del Abwehr la siguiente nota: «En el transcurso de las próximas semanas, los efectivos serán progresivamente acrecentados en el frente oriental… Los movimientos no deberán dar en modo alguno la impresión de que preparamos una ofensiva contra Rusia, sino que tendrá lugar en dirección a los Balkanes para proteger allí nuestros intereses.» Estaba claro y la gente del Abwehr, desde septiembre de 1940, pudo, pues, tomar sus precauciones y prevenir a sus «honorables corresponsales», a los Ministerios de Asuntos Exteriores y de la Guerra, así como en el extranjero a Italia y a Suiza. Faltaban las precisiones cuando, el 5 de diciembre de 1940, el general Halder, jefe del Estado Mayor de la O.K.H. —otro conjurado—, sometió a Hitler el plan que había preparado según las indicaciones del Führer y que se convirtió el 3 de febrero de 1941 en el de la operación Barbarossa. Desde aquel mismo mes de febrero, el subsecretario de Asuntos Exteriores de USA, Summer Welles, advirtió al embajador de la URSS en Washington, Constantin Ousmansky, que Alemania tenía la intención de atacar a Rusia en la primavera. Summer Welles puso ante las narices de Ousmanbky no sólo el plan Barbarossa, sino además todo o parte del plan Oldenborg, que interesaba la utilización industrial y agrícola de las diversas regiones rusas que habían de ser ocupadas por la Wehrmacht. Este plan tenía por autor al general Thomas, jefe de Economía de Guerra en la O.K.W., él mismo colaborador de Halder, amigo de Canaris y miembro del complot contra Hitler. El ejército soviético estaba en pie de guerra desde finales de mayo de 1940. El mariscal Timochenko, que acababa de ser nombrado comisario del pueblo en la Defensa, había firmado rápidamente el plan de alerta general 0-20: aceleró sus disposiciones cuando nuestros blindados llegaron al Sena, es decir, el 9 de 83

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junio. A primeros de septiembre de 1940, la mayor parte de las divisiones en activo del Ejército Rojo y el 10° cuerpo aéreo del general, Bezougly se desplazaron del centro al oeste de la URSS. Todos los oficiales del ejército soviético que tenían un nombre con sonido alemán fueron trasladados al Este. Quiero revelar que uno de mis amigos, el coronel Adam de la U.S. Air Forcé, que después de la guerra fue agregado militar en un país del oeste de Europa, me aseguró que Roosevelt, por petición de Stalin, ayudó a este último desde diciembre de 1940. En aquellos días Adam fue enviado a la URSS con un conteiner de pilotos americanos, para enseñar allí a los rusos a pilotar los nuevos aviones americanos que se empezaba a entregar a la URSS. Adán me declaró que no se trataba en absoluto de que este entrenamiento se hiciese con vistas a una guerra eventual URSS-Japón. No. Se trataba de una guerra contra el Reich. Como se ve estamos lejos de la historia tal como aún se cuenta. En su último libro (op. cit.), Liddell Hart reconoce, desde luego, que los servicios secretos británicos estaban «notablemente informados» sobre la operación Barbarossa, «mucho tiempo antes» y que ellos «informaron a los rusos». En abril de 1941, Sir Stanfford Cripps, jefe del Partido Laborista y embajador en Gran Bretaña en Moscú, revelaba a los rusos la fecha exacta del ataque: el 22 de junio. Hitler fue incluso prevenido de que los rusos lo sabían. ¿Por quién? ¿Por Canaris? ¿Por Schulenburg? ¡Naturalmente que no! Por el agregado naval de la embajada de Alemania en Moscú, quien el 25 de abril enviaba al Ministerio de Marina en Berlín este telegrama: «Embajador inglés indica —para comienzo hostilidades Alemania— URSS fecha del 22 de junio.» Cuando un «historiador» como el alemán Gert Buchleit nos dice en su libro Hitler del Feldherr (Hitler, jefe de guerra, 1961) que el 22 de junio Stalin y Molotov «se sumieron en un profundo estupor», uno no puede más que encogerse de hombros. El mismo punto de vista sostiene en 1962 Michel Garder que escribe en Una guerra no como las demás: Se queda uno confundido por la ceguera de Stalin en este período de septiembre de 1940 a junio de 1941… El Ejército rojo no estaba preparado para recibir el choque que se preparaba, sin saberlo su jefe supremo. Esta tesis de «la sorpresa absoluta» de los rusos es la que siempre se defiende, no sólo en las publicaciones oficiales y oficiosas de los países comunistas, sino también por numerosos cronistas occidentales que no son mi comunistas ni «compañeros de viaje». Vamos a ver hasta qué punto es errónea.

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8. La traición permanente Aspectos secretos de la guerra—Orígenes de la traición permanente.—Hitler suprime las castas militares.—Sostiene las concepciones nuevas de Guderian y de Manstein contra Beck —Stülpnagel y Halder.—Canaris y «el vendedor de muerte súbita», Basil Zaharoll.—El asunto Toukhatchevsky: tres millones de rublos en billetes numerados.—Verdaderos resultados de la maquinación. Conjunto de la conjura contra el nuevo Estado alemán.—Fines quiméricos de los conjurados.— Fin realista de Churchill.—Responsabilidad de los conspiradores en la desarticulación de la guerra.— Desprecio del enemigo por los conjurados.—Los músicos profesionales de la Rote Kapeile.—Una fábula de Schellenberg.—Coro, Olga, Werther y los Tres Rojos.— Neutralidad suiza. Hasta ahora se han estudiado los diversos aspectos de la Segunda Guerra mundial de manera analítica o cronológica. Todos los conflictos armados tienen aspectos políticos, económicos, estratégicos y tácticos. Pero en lo que concierne a la guerra de que hablo, existe un aspecto secreto o mal conocido que, sin embargo, fue determinante. Se trata de acontecimientos que no se desarrollaron en el campo de batalla, pero que supusieron en el destino de las armas la pérdida de un material inmenso, la muerte o la puesta fuera de combate de cientos de miles de soldados europeos y las repercusiones más trágicas. En sus recuerdos, los valerosos Manstein y Guderian sólo han evocado este aspecto de la guerra para reprobarlo. Los historiadores más concienzudos, como Sir Basil Liddell Hart y Paul Carell, a este respecto son, a veces, elípticos o imprecisos. En cuanto a Jacques Benoist-Méchin, aún no ha terminado su notable y monumental Historia del Ejército alemán. Por consiguiente, más que cualquier otra, la Segunda Guerra mundial ha sido una guerra secreta. Tengo que evocar aquí el complot permanente contra el Estado nacionalsocialista que desembocó de una manera visible en el atentado fallido del 20 de julio de 1944, pero que se prolongó más allá del derrumbamiento del III Reich. Inmenso tema sobre el que no se ha hecho aún toda la luz —y sin duda no se hará nunca—, pero sobre el que poseemos numerosas informaciones y deformaciones de origen alemán, británico y americano, mientras que los rusos casi no han reconocido oficialmente nada más que el papel de su maestro de espías, Sorge.

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Todo comenzó en Alemania el 30 de junio de 1934. Aquel día, o más bien aquella noche, Hitler sofocó una rebelión de los SA de cuyo estado mayor era el jefe Ernst Roehm. Se trataba en realidad de un vasto complot cuyas ramificaciones nacionales e internacionales aún no se conocen bien. Roehm sólo era un instrumento. Se ha llamado a este lúgubre asunto «la Noche de los cuchillos largos». El mariscal von Hindenburg, jefe del Estado Mayor, felicitó públicamente a su Führer-canciller (1 de julio): Usted ha salvado al pueblo alemán de un grave peligro, telegrafió a Hitler. Le testimonio mi profundo agradecimiento y mi sincera estimación.» Los efectivos de los SA, cerca de tres millones, se redujeron primeramente a un millón. Después, la Wehrmacht reemplazó a la Reichswehr, por ley de 21 de mayo de 1935. Esta ley que restablecía el servicio militar obligatorio, comenzaba por estas palabras: «El servicio de las armas es un servicio de honor hacia el pueblo alemán.» De igual modo que el emperador antes de 1918, Adolfo Hitler se convirtió en el jefe supremo de la Wehrmacht. Era a él y ya no a la Constitución a quien todos los oficiales y soldados prestaban el siguiente juramento: «Juro ante Dios obedecer sin reservas a Adolfo Hitler, Führer del Reich y del pueblo alemán, jefe supremo de la Wehrmacht y me comprometo como soldado valeroso a mantener este juramento aunque fuese con peligro de mi vida.» Hubiese sido fácil a los oficiales de la Reichswehr cuya conciencia no estuviese de acuerdo con los principios del Estado nacional-socialista negarse a prestar este juramento y buscar en la vida civil otra situación. Ni uno solo rehusó. Esta unanimidad por parte de hombres para quienes la palabra de honor debía tener más importancia que la existencia, engañó mucho tiempo al Führer. La nueva ley era de una importancia social capital. Determinaba que los oficiales y los soldados cumplían juntos un servicio militar, cuando en el ejército imperial, oficiales y suboficiales de carrera eran, ante todo, funcionarios del Estado con estatuto particular. Es decir, en lugar de hacer un servicio obligatorio eran titulares de un cargo privilegiado. A partir de Hitler, desde el general al simple soldado, cada uno cumplía un deber de cara a la nación y al pueblo alemanes. Las castas dejaban de existir, revolución de la que es necesario comprender todo el alcance. La mayoría de los oficiales la aceptaron de buen grado y los jóvenes casi siempre con entusiasmo. Pero en Berlín, en el Estado Mayor general del Ejército, santuario del viejo sistema prusiano, un pequeño número de generales se obstinaron en confundir tradición con anacronismo. Si bien la mayor parte de

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aquellos profesionales comprendían el sentido profundo de la revolución nacional-socialista, otros se resistían a abandonar sus privilegios. Permanecían prisioneros de un mundo quimérico que ya no podía volver. Los problemas sociales se habían arreglado de manera satisfactoria: el hecho de que los trabajadores alemanes hubiesen obtenido no sólo importantes ventajas materiales, sino además una consideración muy a menudo inexistente hasta entonces, les dejaba perplejos. Y fue mucho peor cuando el Führer, en contra del general Beck, entonces jefe de Estado Mayor, sostuvo el criterio del general Guderian partidario del empleo audaz de los blindados. En 1937, como Guderian explicase al jefe de Estado Mayor la posibilidad de romper un frente enemigo dirigiendo la batalla por radio a bordo de un coche rápido y en la punta extrema de la unidad, Beck encogió los hombros y dijo a Guderian: «¿No ha leído usted a Schlieffen? ¿Cómo puede pretender dirigir un combate sin mesa, sin mapas y sin teléfono?» (Guderian: Recuerdos de un soldado.). Asimismo, Guderian había chocado con la hostilidad del general Otto von Stülpnagel, inspector general de las unidades motorizadas que había prohibido el empleo de los carros fuera del escalón de regimiento. «Tenía a las divisiones blindadas por utopía.» Hitler nombró a Guderian jefe de las unidades blindadas de la Wehrmacht. Su orden de movilización había hecho de él el jefe de un cuerpo de ejército de infantería de reserva! Protestó y recibió el mando del 19° cuerpo de ejército que tomó Brest-Litovsk y su ciudadela el 19 de septiembre de 1939. Cuatro días más tarde, Guderian tuvo que entregar la ciudadela al general ruso Kriwoschine. A pesar de la oposición de Halder (sucesor de Beck en la cabeza del Estado Mayor general), que tenía por «absurdo» el plan Manstein-Guderian de traspasar el Mosa a través de las Ardenas, el Führer impuso este plan, del cual ya se conoce el resultado. Que hombres como Beck y su sucesor Halder, los generales von Fritsch, von Witzleben, von Hammerstein, Heinrich y Otto von Stülpnagel, von Brockdorf, etc., tuviesen que obedecer al que algunos llamaban el «cabo bohemio», era ya para ellos extremadamente difícil. Pero que además Hitler pretendiese imponerles planes militares y que tenían éxito, dándoles así lecciones, esto ya era irritante e inadmisible. Lo que se ha llamado «el complot de los generales» no tiene otro origen. Por supuesto que cuando pasó el tiempo de las victorias otros generales u oficiales superiores se unieron a estos conspiradores militares. Así fue como en 1943-1944 la lista de los conspiradores comprendía aún a los generales Hoepner,

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Thomas, jefe del Estado Mayor económico del ejército; Wagner, primer contramaestre general de la Wehrmacht; Lindemann, jefe del Servicio de Abastecimiento; Stieff, jefe de la Oficina de Organización; von Tresckow, que fue jefe del Estado Mayor del grupo de ejércitos centro en Rusia, y su ayuda de campo Fabian von Schlabrendorff, etc. Hasta la caída del almirante Canaris (primavera, 1944), Alemania tuvo dos servicios de información, por supuesto rivales. En el seno del Reichssicherheitshauptamt (R.S.H.A.), dirigido primero por Heydrich —hasta su muerte en 30 de mayo de 1942—, después por Himmler y, por último, por Kaltenbrunner, del 30 de enero al final, el Sicherheltsdienst, o S.D. lo formaban tres departamentos. El departamento III, dirigido por Otto Ohlendorff, era el servicio de información política interior; el departamento VI, bajo Schellenberg, con sus oficinas B, C, D y E, constituía el servicio de información política extrajera y en el Abwehr, que dependía del O.K.W.; el departamento II era el servicio de información militar. Esta pluralidad de organismos cuyas atribuciones se montaban a menudo, engendraba evidentemente luchas de influencia. Por lo que yo conozco, nunca país alguno ha conseguido eliminar completamente las envidias y rivalidades entre el S.I. de las diferentes armas, entre S.I. políticos y militares. Alemania no fue una excepción. De un extremo a otro se vigilaban mutuamente. Cada uno buscaba armas contra el otro. Es imposible establecer con certeza —por falta de documentos, unos perdidos, otros no publicados— hasta dónde fueron los descubrimientos, si Heydrich, por ejemplo, tuvo en su mano pruebas de la traición del almirante y si Canaris conoció por sus «corresponsales, cerca de los Aliados los proyectos de asesinato de Heydrich en Praga. Es muy difícil definir las relaciones reales que existían entre Canaris y Heydrich. Este último no tenía la ingenuidad de un Keitel, por ejemplo, y creo que al comienzo de 1942 ya le pareció sospechoso el almirante. Los dos hombres se conocían desde 1920. Canaris era entonces oficial en el crucero-escuela Berlín, donde Heydrich era alumno oficial. Canaris sabía que el teniente Heydrich había sido excluido de la Marina en 1921 por no haberse querido casar con una joven a la que había seducido. Sabía también que la genealogía del jefe del S.D. era discutida: su madre, Sara, era quizás israelita. Por consiguiente, Canaris intentó primeramente torpedear a Heydrich, pero habiéndose revelado este último muchísimo más fuerte y muchísimo más inteligente, el minúsculo almirante, al que yo llamaba la Medusa, no se arriesgó mucho tiempo. Otto Nelte, abogado del mariscal Keitel, pudo decir en Nuremberg (8 julio 1946) que «aunque enemigo del R.S.H.A., Canaris colaboró

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de una manera asombrosamente amistosa con Himmler y Heydrich». ¿Flexibilidad o prudencia? Evidentemente, un servicio secreto es para el conspirador y el traidor el lugar soñado para camuflarse: hasta 1962 no descubrieron los ingleses que Philby, de la sección de contraespionaje M.I. 6, era agente de los servicios secretos soviéticos desde… 1934. El servicio secreto es también uno de los rodajes esenciales de un país en guerra. De 1939 a 1945, los jefes del Abwehr, Canaris y sus adjuntos Oster y Dohnanyi, dispusieron de informaciones de la más alta importancia, recogidas por cerca de 30.000 agentes ignorando prácticamente todos, que trabajaban para traidores. En el seno de esta enorme organización, oficiales y soldados cumplían su deber. Hombres del Abwehr han conseguido bellísimas hazañas. Tengo motivos para saberlo, porque hombres del regimiento (más tarde división) Brandenburg (con destino especial), que dependía de Canaris, vinieron voluntariamente a incorporarse a las unidades de la Waffen SS y a las lagdverbünde, de las cuales era yo el responsable. Oficiales del Abwehr trabajaron obstinadamente para desenmascarar a los agentes de la Orquesta roja, en la medida en que les daban medios para ello. El mismo Canaris tenía demasiada habilidad para no dar a veces a la O.K.W. informaciones que parecían, al menos en apariencia, sensacionales. En resumen —y el mariscal Keitel lo confesó finalmente— el Abwehr no aportó jamás ala O.K.W. nada de importancia, nada decisivo, y actuó en contra de la verdad y de los intereses de Alemania. Los informes de Canaris cansaron a Hitler desde finales de 1941. Al año siguiente, el Führer y después Jodl, comenzaron a hacerse preguntas con respecto a aquél. El mariscal Keitel, que había servido en 1917 en el G.C.G. como oficial de enlace con el C.G. de la Marina, defendió a Canaris con toda su buena fe: «Un almirante alemán no puede traicionar, dijo a Jodl. Lo que usted insinúa es imposible!» Yo iba a tener la experiencia de que, desgraciadamente, era muy cierto. EL ABWEHR Y SU ABSORCIÓN POR EL R.S.H.A.

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Efectivos del Amt. Mil. «B»: unos 2.000 oficiales + 10.000 hombres. Cada jefe de grupo de ejércitos tenía a su disposición en el frente un comando de reconocimiento «II», después llamado «B». cuyo efectivo era aproximadamente: 1 batallón para el grupo de ejércitos Centro-Este. 1 batallón más pequeño para los otros grupos de ejércitos. 1 compañía por ejército. 1 sección por cuerpo de ejército (Para el organigrama del R.S.H.A., ver páginas 268 269). Tuve con Canaris tres o cuatro conversaciones. No tenía ni una gran sagacidad ni una inteligencia superior, como se empeñan en presentarlo todavía. Era huidizo, viscoso, astuto, no se le podía coger. Esto es muy diferente. Ante el tribunal de Nuremberg, el doctor Otto Nelte dijo todo lo que era posible expresar en aquel momento (8 julio 1946) ante un tribunal como aquél, en respuesta a los Gisevius y a los Lahousen, testigos de la acusación: «La acción de Canaris era de primera importancia para la dirección de la guerra… Su carácter debe ser considerado no sólo como equívoco, sino como

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engañador y poco digno de fe… Es el modelo del conspirador de salón, protegido por la naturaleza misma de una actividad difícilmente controlable…» Hay que constatar que ni la vigilancia y hasta la hostilidad del departamento VI del R.S.H.A. con respecto a los jefes del Abwehr, ni las investigaciones a que dio lugar el atentado del 20 de julio de 1944, consiguieron aclarar completamente la traición de Canaris y de su adjunto el general Oster. Hubo que esperar a después de la guerra y quizás aún no se ha dicho todo. Así, por ejemplo, leo en el libro de Brian Murphy, aparecido recientemente en Londres, The Business of Spying, que Canaris se puso en contacto con el Intelligence Service antes de la guerra por mediación del célebre «vendedor de muerte súbita», Sir Basil Zaharoff. Es posible: el viejo Zaharoff debía creer que el almirante era griego. Que yo sepa, es la primera vez que se habla de este nuevo aspecto. Nuestro informador más sensacional, Elyesa Bazna, alias Cicerón, mayordomo de Sir Knatchbull-Hugessen, embajador de Gran Bretaña en Ankara, se presentó espontáneamente al doctor Moyzisch, agregado de policía en nuestra embajada y funcionario del S.D. Desde octubre de 1943 a abril de 1944, Cicerón nos proporcionó informes extraordinarios, particularmente sobre la operación Overlord: el desembarco anglo-americano en Normandía. Y Cicerón no fue creído ni por Ribbentrop ni por nuestros especialistas del Abwehr! Nadie parece extrañarse. El S.D. no fue dirigido por traidores. Sin embargo, el departamento VI sufrió por tener a la cabeza un hombre que no era ni de carácter firme ni tan hábil y clarividente como se creía. Cuando yo tomé el mando del batallón de destino especial, Friedenthal, en abril de 1943, es cuando conocí a Walter Schellenberg, entonces teniente coronel del S.D. Schellenberg era hablador. Le gustaba contar y, sobre todo, presumir ante un neófito tan poco advertido como yo, de la «magia» de los servicios secretos. En aquella época almorzábamos juntos bastante a menudo y surgió en nuestra conversación su antiguo jefe Reinhard Heydrich, asesinado el año anterior en Praga. Para hacerme comprender con un ejemplo brillante como de una idea se podía pasar a una hazaña, me contó en qué circunstancias había participado él en la «hazaña del siglo»: la destrucción, en 1937, del Gran Estado Mayor del Ejército rojo. Hoy se conocen los principales episodios de aquel extraño asunto. Heydrich se había servido de documentos que le había entregado un tal general Skobline, agente doble y adjunto, en París, del general De Miller, jefe de las fuerzas militares rusas blancas. Estos documentos que comprometían al mariscal Toukhatchevsky, reorganizador del Ejército rojo, fueron hábilmente transmitidos a Eduardo Benes. Fue, pues, por mediación del presidente checoslovaco, un aliado, que Stalin los tuvo en su poder.

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No ignoraba de dónde venían los documentos y los pagó con tres millones de rublos a Heydrich por mediación de un agente de su embajada en Berlín. Se trataba de grandes billetes de los que los rusos se habían, encargado, por supuesto, de anotar los números. Cuando los agentes secretos de Schellenberg quisieron utilizarlos en la URSS, fueron inmediatamente metidos en chirona. Pero gracias a los documentos Skobline-Heydrich, Stalin pudo montar un gran sumario y aniquilar cualquier clase de oposición en el Ejército rojo. En verdad, Stalin y Toukhatchevsky se odiaban desde hacía mucho tiempo y entre el partido y el ejército ya nada iba bien desde finales de 1935. Stalin era temido en Rusia. Se había desencadenado la represión más feroz contra los koulaks, los trotskistas, los jóvenes, los intelectuales, los industriales saboteadores, etc. Hasta los obreros de fábrica habían sido diezmados. La despiadada G.P.U. había deportado por millones a ciudadanos a los campos de trabajos forzados. Los canales desde el Mar Blanco al Báltico (225 kilómetros), el canal Moscú-Volga y otros grandes trabajos habían sido realizados por centenares de miles de rusos que refunfuñaban. Procedentes de una familia noble de la provincia de Smolensko, antiguo oficial del célebre regimiento Semenovsky de la guardia imperial, Toukhatchevsky, se había incorporado a los Rojos en 1918. Era indudablemente más popular que Stalin, que se había ridiculizado queriendo jugar a jefe de guerra ante Varsovia en 1920: apenas si puso entonces Toukhatchevsky salvar algunas unidades del Ejército rojo en pleno desastre. Stalin no le había perdonado nunca. Sabía que en 1937, la mayoría de los oficiales, sobre todo los de alta graduación, eran resueltamente hostiles al Partido Comunista. Los documentos que recibieron de Praga le permitieron liquidarlos físicamente. Los mariscales Toukhatchevsky, Egorov y Blücher y 75 de los 80 generales miembros del Consejo Superior de Defensa fueron fusilados; de 15 comandantes de ejército, 13 fueron físicamente eliminados en compañía de otros 367 generales. Desde mayo de 1937 a febrero de 1938, más de 32.000 oficiales del Ejército soviético fueron condenados a muerte. Esta gigantesca «purga» militar, después de tantas purgas políticas, engañó no sólo a Heydrich y Schellenberg, es decir, a nuestro servicio de información política persuadido de haber conseguido un éxito decisivo, sino al mismo Hitler. El Ejército rojo no se vio debilitado por ello, como aún se cree, sino, al contrario, reforzado. Los oficiales, desde el Komandarm (comandante) hasta el capitán jefe de compañía, fueron encuadrados por dos clases de comisarios políticos: los de la sección especial (Ossoby Otdiel), los O.O. y los politkoms del regimiento.

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Los oficiales liquidados fueron reemplazados en la cabeza de los ejércitos, de los cuerpos de ejército, de las divisiones, de los regimientos y de los batallones, por jóvenes oficiales políticos, comunistas seguros. Al mismo tiempo, Stalin aplicaba el programa de Toukhatchevsky. Desde el otoño de 1941, hizo del Ejército rojo un ejército nacional ruso. Los oficiales llevaron de nuevo las hombreras doradas del ex ejército imperial; fueron creadas condecoraciones nacionales: Ordenes de Koutousov y de Ouvarov. Los politkoms fueron suprimidos y… enseguida reemplazados por los zampolits. Fue de aquella asombrosa y espantosa purga de 1937 de donde salió un ejército político ruso capaz de soportar las grandes derrotas. Los generales rusos se apresuraron a obedecer en lugar de hacer complots, de sabotear, de traicionar, como se hacía demasiado a menudo en nuestro país y, a veces, en los puestos de mayor responsabilidad. En abril de 1943, la experiencia del frente me había enseñado desde hacía mucho tiempo que el gran Estado Mayor del Ejército rojo no había sido en modo alguno destruido. Desde antes de la guerra, nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores fue otro «nido de conspiradores». En Berlín, Ernst von Weizsäcker y numerosos altos funcionarios empleaban manifiestamente su tiempo en enviar emisarios, informaciones y proposiciones al extranjero. Estos diplomáticos y los jefes del Abwehr se intercambiaban sus informaciones. En las embajadas y consulados alemanes, en el extranjero, la conspiración contaba con simpatizantes o afiliados que hacían posible los encuentros entre los agregados de embajada y los agentes enemigos, bien en su país de origen, bien en Suiza, Italia, Suecia, España, Portugal y el Japón, con el fin de confiarles, lo más rápidamente posible, las informaciones políticas, económicas o militares. El antiguo embajador en Roma, Ulrich von Hassel, el de Moscú, conde von der Schienburg y el Bruselas, Bülow-Schwante, eran del complot contra el régimen; otros como Eugen Ott en Tokyo «cubrían» las actividades de espionaje y de traición de sus subordinados. El coronel Ott había pertenecido al Estado Mayor del general Kurt von Schleicher, Reichskanzler, desde el 2 de diciembre de 1932 al 29 de enero de 1933. Schleicher, que proyectaba unir el ala izquierda del partido nacional-socialista (Strasser) y los sindicatos marxistas para romper el partido, fue muerto el 30 de junio de 1934 en el transcurso de la represión. Schleicher fue el que envió a Ott a Tokyo en 1933 como «observador militar». Fue nombrado agregado en el mismo lugar y después general y embajador. Su comportamiento con Sorge en el Japón es inexplicable. En Londres, antes de la guerra, operaba el consejero de embajada Theo Kordt, de acuerdo con su hermano Erich Kordt, primero próximo colaborador

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de… |Ribbentrop! Después de declararse la guerra Theo Kordt se hizo trasladar a nuestra embajada en Berna. Lo que Heydrich bautizó como «la Orquesta negra», no fue más que una ramificación de este conjunto compuesto de agentes del Abwehr y de diplomáticos con puesto en Roma. Hablaré en otra parte del tristemente célebre Otto John, hombre de enlace entre Canaris y diversas organizaciones al servicio del enemigo. ¿Cuáles eran los fines de todos estos hombres? Pretendían no tener más que uno: impedir y después parar la guerra y con esto salvar a su país. Sólo veían un medio para lograr esto; deshacerse de Hitler. Es verdaderamente notable que no se encuentre en ningún sitio, ni en los documentos cogidos a los conjurados, ni en las obras donde ellos han tratado después de la guerra explicar y glorificar sus actos, la menor huella de una doctrina coherente, de un programa político interesante para el futuro de Alemania y de Europa, ni siquiera una visión realista de la situación tal como se presentaba en 1938, 1939 o 1944. Sus actos no cesan de contradecir sus palabras. Se presentan como patriotas desesperados de ver a su país esclavo del nacionalsocialismo y de un abominable tirano. Pero en este caso, se les ofrecen dos soluciones. La primera es de una gran sencillez, basta un solo hombre para realizarla no importa en qué momento entre 1933 y 1945: asesinar a Hitler. La segunda solución consiste en buscar cómo reemplazar a Hitler y al nacional socialismo por algo mejor. Es muy difícil sustituir a un verdadero jefe armado con una doctrina social, política y económica superior. De todo esto no hay ni sombra en nuestros conspiradores. Ninguno de ellos tuvo el coraje y la abnegación de sacrificar su vida para «abatir al tirano». Ni siquiera Stauffenberg. Depositó y cargó la bomba, después se marchó. La bomba mató o hirió a una docena de personas sin matar al Führer. No obstante, Stauffenberg, antes del 20 de julio, había hablado con Hitler tres veces: los días 6, 11 y 15 de julio de 1944. Le hubiera sido fácil abatirle. Bien es verdad que en la lista del futuro Gobierno estaba designado como general y secretario de Estado de Guerra. En cuanto al porvenir de Alemania, no parece que en él ni uno solo de los conjurados haya pensado seriamente. Razonaban como si la muerte del Führer pudiese, por sí sola, resolver todos los problemas y poner fin a todas las dificultades. No comprendían que el asesinato de Hitler no daría la paz a Alemania, sino después de una capitulación sin condiciones y que este crimen hundiría al país en la más espantosa de las guerras civiles. La única cosa que funcionaba entre los conjurados era «la amistad» de los conspiradores (aun cuando no fuesen raros los odios entre clanes o entre personas), el sistema de los intercambios de favores, protecciones y «combinas».

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El Abwehr, por ejemplo, servía de refugio a los militares o a los diplomáticos vigilados o quemados, proporcionaba pasaportes y permisos especiales a los conjurados civiles no diplomáticos, etc. El único porvenir que preparó cada uno fue el suyo propio: tal coronel se veía general, tal embajador quería llegar a ministro, tal general, jefe de Estado o «regente de Alemania», como Beck. La mayoría han pretendido haber sido defensores de la paz. ¿Cuáles fueron sus actos? El Abwehr informó secretamente al enemigo; los diplomáticos suplicaron a Inglaterra «mostrarse firme» con el «tirano» para que ellos pudiesen derribarle. Hoy está claro que Churchill no hacía la guerra ni a Hitler ni a sus «Hunos», ni al nacional-socialismo, aunque él pretendiese lo contrario. El mismo ha escrito después, en sus Memorias, que «la política inglesa es función de la nación que domina en Europa». Esta nación debe ser aniquilada. «Poco importa, precisa Churchill, que se trate de España, de la monarquía o del imperio francés, del imperio o del Reich alemán.» Se trata, dice, «del país más poderoso o que comience a serlo». Sencillamente, puede decirse hoy que Churchill se confundo, en tanto que inglés, aliándose con Stalin. Tenía que reconocerlo aún después de la guerra cuando dijo: «Hemos matado el cerdo malo.» Frase que todo inglés podía comprender. También Roosevelt se había cansado de la competencia industrial y comercial de Alemania. Por eso decidió en Casablanca, en 1943, que a Alemania le sería impuesta una «capitulación sin condiciones», decisión a la que se unieron Churchill y Stalin y que fue muy rigurosamente aplicada. Uno de los principales consejeros de Roosevelt, Morgenthau, había concebido incluso un plan que debía transformar y reducir a Alemania a «potencia agrícola». Este plan fue puesto en práctica desde 1945 a 1948, hasta que se apercibieron de que había sido dictado por un odio imbécil y que el mundo occidental tenía necesidad de Alemania. Se ha sostenido que 48.789.269 alemanes habían apoyado en plebiscito a Hitler y a su partido en 1938, bien porque habían sido contagiados de locura colectiva bien porque habían votado «obligados y forzados por la Gestapo». Esto no tiene sentido. No era todo malo, «atroz», en el nacional-socialismo. Yo nunca he pensado ni dicho que el régimen fuese perfecto. No creo pueda existir sobre la tierra un régimen político perfecto. Pero era desde el interior desde donde este régimen podía ser modificado, mejorado. No era conspirando, traicionando. Ha sido trabajando como Alemania ha salido de apuros después de Versalles y después de Yalta y no gracias a los señores Gisevius y Otto John. Algunos conjurados diplomáticos —von Hassel, Adam von Trott zu Solz, por ejemplo— no han desconocido estas realidades: las han expresado (o lo han pretendido) frente a sus interlocutores británicos. No renunciaron por ello a

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conspirar y Alien Welsh Dulles, que fue jefe de los servicios de información americanos en Suiza, cuenta que poco antes del 20 de julio de 1944 le fue comunicado (a través de Gisevius) que «la oposición alemana se había declarado dispuesta a rendir Alemania sin condiciones» tanto a las fuerzas armadas soviéticas como a las británicas y americanas», en cuanto Hitler hubiera sido eliminado. Los conjurados no tenían ninguna visión realista de la opinión alemana e imaginaban que una vez derribado Hitler, «la tropa» y «el pueblo» les seguirían. Por eso se les ve en 1944 ofrecer a los Aliados occidentales apoderarse de Hitler y de los principales jefes nacionalsocialistas en el reducto del Obersalzberg «gracias a tropas seguras». ¿Cuáles? Por eso se ve al general Hoepner, el día del atentado, «prepararse» para hacer arrestar a 300.000 personas. ¿Por quién? ¿Quién habría obedecido las órdenes del general Beck que había dimitido en agosto de 1938? Los resultados de estas traiciones fueron diferentes y difíciles de evaluar. Es imposible saber, por ejemplo, hasta qué punto los tratados «diplomáticos» anti hitlerianos con Gran Bretaña, Bélgica, Holanda y Francia animaron a los gobiernos occidentales para entrar en una guerra cuyo caos actual demuestra quizás a las personas de buena fe que era completamente absurda. Ya se sabe que hombres de Estado y generales aliados esperaban, en efecto, desde octubre de 1940, que se producirían graves trastornos y sediciones en el ejército alemán. El general en jefe de los ejércitos franceses, Maurice Gamelin, declaraba en un almuerzo oficial en el Ayuntamiento de París, en 1939, que «poco importaba que la Wehrmacht dispusiese de diez, veinte o cien divisiones, porque el ejército alemán, el día en que la guerra fuese declarada a Alemania tendría que dirigirse a Berlín para reprimir los disturbios que estallarían allí». El ministro francés de Asuntos Exteriores, Georges Bonnet, es el que cita esta conversación en su libro De Munich a la guerra. El general Gamelin conocía muy bien al general Beck, a quien había recibido antes de la guerra en compañía del comandante —y futuro general— Speidel, otro miembro activo de la conjuración. En mi opinión, la acción de estos hombres no ha servido finalmente nada más que a un sólo país, la URSS, a una sola causa, la de la IIIª Internacional. No ha detenido la guerra ni en 1938 ni en 1939 ni después, en 1940 ó 1941. Muy al contrario. Los historiadores no han sabido o no han querido medir cual fue la enorme responsabilidad de los conjurados en el estallido de la segunda tragedia mundial que, escribirá Winston Churchill, «podía haber sido evitada». En septiembre de 1939 se creía en Londres, en París y en Washington, que «el gobierno hitleriano no resistiría tres semanas». A los diplomáticos franceses

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que titubeaban, los polacos decían: «¡Ocupaos vosotros de los italianos. Nosotros nos encargaremos de los alemanes!» Se comprende que desde noviembre de 1939 los Aliados del Oeste se hayan decepcionado y se hayan vuelto desconfiados con respecto a gentes que en perfecto derecho podían tener por fanfarrones o incluso por provocadores. En lo sucesivo, para creerlos, nuestros «honorables corresponsales» tuvieron que traicionar con mayor celo aún. Se vanagloriaban de obtener para el país que traicionaban ventajas que no existían más que en su imaginación. Finalmente tuvieron que ceder todo, después de haber mentido a sus amigos y subordinados, a veces a sus superiores que se encontraban envilecidos, rebajados al nivel de un Canaris o de un Tresckow, quien, al menos, parece ser que tuvo el valor de darse muerte. Se ha constatado que los partidarios más resueltos de la guerra, Churchill y Vansittart, han expresado finalmente un desprecio aplastante por los conjurados. No podía ser de otro modo. Hoy se habla mucho de «revolución permanente». De 1937 a 1945 existió en Alemania una traición permanente y el pueblo alemán necesitó una fuerza casi sobrenatural para resistir a tantas naciones coligadas, servidas en el interior por una domesticidad tan variada. La derrota militar alemana, es decir, la capitulación sin condiciones, sólo pudo obtenerse nueve meses después del atentado del 20 de julio, punto culminante de una traición que duraba desde hacía siete años. Pero esta capitulación sin condiciones fue también la de Europa: esto es lo que no quieren admitir, y que aparece con mayor evidencia cada día. Esta traición permanente reviste un aspecto extremadamente grave: todos los conjurados militares habían prestado juramento al Führer y le traicionaron. Algunos de ellos consiguieron finalmente comprometer al prestigioso mariscal Rommel, que ignoraba las ramificaciones y los fines criminales del complot. Sobre este punto Gisevius ha dicho la verdad: Rommel reprobaba todo atentado contra Hitler y se limitó a declarar que él «no se escondería si Alemania le necesitaba». Cuando Beck escribió al mariscal von Manstein al final de 1942 para explicarle que «la guerra estaba perdida», el mariscal respondió: «Una guerra no está nunca perdida en tanto que uno mismo no la considere como perdida.» El jefe de relaciones públicas internacionales de) complot era el antiguo alcalde de Leipzig, Karl Goerdeler, quien, en plena guerra, intentó sondear a Guderian para que se uniese a los conjurados. El general respondió simplemente: «Como todo el ejército, me siento ligado por mi juramento. Le ruego, pues, no insista.»

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En el plano militar podría hablar de los resultados de diversas traiciones, resultados sangrientos, ciertamente, pero que son igualmente difíciles de valuar. ¿Cuántos soldados han muerto o fueron puestos fuera de combate, cuánto material, cuántos territorios se han perdido, por qué generales burócratas, en intendencia en transportes, en los Estados Mayores, traicionaban? No me parece exagerado suponer que si los rusos rompieron primeramente el frente del Centro en 1944 en dirección a Varsovia, fue en parte porque el jefe de Estado Mayor del grupo de ejércitos Centro era el general von Tresckow… Dentro de la traición, este último no parecía estar muy ducho, desde luego, en los rudimentos del oficio. Cuando en la tarde del 24 de mayo de 1940 Hitler decidió para sus divisiones blindadas que se adentraban en dirección a Dunkerque, el coronel von Tresckow, entonces agregado al Estado Mayor del general von Rundstedt, fue el encargado de llevar la orden de parada a las unidades acorazadas que se encontraban entre Saint-Omer y Bethune. Al amanecer del 25 de mayo parecer que el coche donde iba Tresckow fue interceptado por una patrulla británica. Inexplicablemente, el coronel huyó abandonando la cartera que contenía las órdenes. Cuando llegó a Bethune sin la orden escrita de Runstedt «se constituyó enseguida una comisión investigadora y Tresckow juró por su honor que había visto con sus propios ojos su cartera consumida por las llamas, pues su coche se había prendido fuego». En War of Wits (1955), Ladisla Faraga nos dice que no fue nada de eso. Los ingleses tuvieron en su mano «las órdenes intactas». Fueron llevadas inmediatamente al general Alexander, después a lord Gort, jefe del cuerpo expedicionario que hizo rápidamente reforzar su ala Sur y aceleró la marcha de todas sus unidades hacia Dunkerque. Para volver sobre el grupo de ejércitos Centro en el frente del Este, en 1944, no sé si se hacen cargo de la inmensa tarea de un Estado Mayor que quiere defender verdaderamente un frente semejante, en circunstancias tan angustiosas. En mi opinión, Tresckow y todo su Estado Mayor tenían allí en qué ocuparse las veinticuatro horas del día. No obstante, conjuraban. Hablando por experiencia y aunque no haya tenido nunca la responsabilidad de todo un frente, ni la de la dirección de un servicio como el del ejército interior o de intendencia, afirmo que es imposible obtener buenos resultados si no consagra uno a su tarea todas sus fuerzas y todos sus pensamientos. La existencia de estos oponentes tuvo una última consecuencia que es materialmente la más grave de todas. Tomados individualmente eran veleidosos, imprevisibles, débiles y fútiles. Pero los puestos claves que ocupaban les daban acceso a informaciones de una importancia vital para

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Alemania. Y esas informaciones, sin saberlo ellos, y a veces con su acuerdo, eran transmitidas a Moscú por profesionales serios: quiero hablar de los espías de Rote Kapelle. Desde 1923, el Gobierno soviético había establecido un doble dispositivo de espionaje y contraespionaje que funcionaba en el mundo entero. El Komintern tenía sus agentes políticos, económicos, ejecutivos, etc., así como la cuarta oficina del Ejército rojo. A partir de 1928, estos servicios de información tomaron una extensión considerable, tanto en Asia como en África, en las Américas y en Europa. Muy pronto las misiones diplomáticas y comerciales, los agregados militares, las organizaciones sindicales, etc., fueron utilizados por Moscú para cubrir sus redes de espionaje. En fin, fueron creadas en la URSS escuelas de especialistas y este esfuerzo considerable, animado por el mismo Stalin, se reveló a partir de 1936-1937 extraordinariamente productivo. Los enviados residentes, operadores, agentes de transmisión, etc., de la Orquesta Roja eran, pues, perros viejos. Hoy se conoce ya a muchos de ellos. Sin embargo, su verdadero jefe en Alemania permanece desconocido. Estaba en nuestro G.Q.G. y él es quien informaba directamente a la red suiza. De esta manera, una decisión tomada por Hitler a mediodía podía ser conocida en Moscú cinco o seis horas más tarde. Los mensajes de los que se llamaba la red Komintern, bajo la República de Weimar, se multiplicaron en el momento de entrar en guerra contra la URSS. Entre el 10 de junio y el 8 de julio de 1941, el número de estaciones de la Orquesta Roja pasó de 20 a 78. En agosto de 1942, los numerosos servicios de escucha de la Luftwaffe, de la Kriegsmarine y del Funkabwehr, registraban las emisiones de 425 emisoras sospechosas. La Kapelle había organizado el sabotaje de las estaciones de escucha y del señalamiento de sus posiciones bien introduciendo agentes comunistas como descifradores en el seno del Funkabwehr, bien proporcionando radiogoniómetros inutilizables o bien entregándolos a servicios que no sabían que hacer con ellos. Si bien los grupos de desciframiento trabajaban en marina, en aviación y en la O.K.W. desde el comienzo de las hostilidades, el servicio de criptología del Funkabwehr no estuvo dispuesto para funcionar hasta mediado de abril, de 1942. En otoño de 1941, los especialistas del Abwehr no tenían aún coches radiogoniométricos. Es de lo más cómico leer en las Memorias que Schellenberg publicó en 1956, que él persiguió a los músicos de la Orquesta Roja en compañía de Canaris y del jefe de los servicios de transmisión de la O.K.H., el general Fritz Thiele. Canaris, en efecto, tuvo que interesarse forzosamente en el asunto y no dudo ni un segundo que en esta circunstancia haya jugado doble juego. En cuanto al general Thiele, era el más calificado para desenmascarar a los agentes de una

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organización de la que probablemente era él uno de los miembros más activos. Desde luego, era difícil que Werther, qué operaba en la O.K.W., comunicase sus informaciones a Lucy en Suiza sin que él lo supiese y el doctor Wilhelm von Schramm, profesor en la Escuela Superior de Economía Política de Munich, piensa que el mismo Thiele era un agente de Rote Kapelle. El 15 de marzo de 1966 en Die Welt de Hamburgo, Walter Goerlítz llegaba a idénticas conclusiones. Thiele, que era uno de los principales conjurados del complot del 20 de julio de 1944, fue condenado a muerte el 21 de agosto de 1944 y ejecutado. Los que emitían en Berlín y Bruselas fueron conocidos desde el 24 de junio de 1940. Pero no fue hasta diciembre de 1941 cuando fueron arrestados por el S.D. los agentes del grupo de Bruselas. En Marsella, después de París, se detiene al ruso Sokolow, alias Kent y a Leopold Trepper, alias Gilbert, ya conocido por las policías polaca y francesa, cuyas redes utilizará algún tiempo la Funkabwehr (julio y noviembre, 1942). En Moscú, las informaciones de la gente de Rote Kapelle son recibidas por los especialistas que día y noche transcriben los mensajes bajo la dirección del general Fiodor Fiodorovitvh Kouznetsov, alias Direktor. En cuanto se descifran y se seleccionan, Kouznetsov los comunica a Stalin que dirige el «Consejo de defensa y de salud pública» y a la Stavka, gran Estado Mayor del Ejército Rojo. En Berlín, los corresponsales de Direktor se paralizan y protegen primeramente por su incompetencia: emiten en el vacío, no reciben Moscú, cesan sus emisiones y transmiten las informaciones a Kent, entonces en Bruselas. Moscú encarga a Sokolov que vaya a Berlín a volver a poner las estaciones en marcha y le proporciona sus direcciones. El mensaje se descifra el 14 de julio de 1942 y seguidamente se desenmascara al jefe berlinés de Orquesta Roja: es el Oberlentant de la Luftwaffe Harro Schulze-Boysen, alias Coro, sobrino segundo del almirante von Tirpitz. Trabaja para los soviets desde 1933. Sus ambiciones no son flacas: pretende la cartera de la Guerra del futuro gobierno alemán. ¿Por qué no? Con Coro se detiene a una bailarina, una pitonisa, un cineasta y a diversos espías comunistas que operaban en los Ministerios de Propaganda, Asuntos Económicos, Trabajo, Aire, Asuntos Exteriores, el Abwehr, etc. En total 81 agentes (agosto-septiembre, 1942). Los acentos de la Orquesta roja retumbaban en toda Europa: en Anvers, Amsterdam, Namur, Lieja, Lille, Lyon, Niza, Annecy, Marsella, París y también en Barcelona, Roma y Belgrado. De 1943 a 1945 yo había de enterarme de que importantes redes de R.K. existían en los territorios ocupados por la Wehrmacht, no sólo en el Oeste, sino en Copenhague, Varsovia, Atenas. Existían en Rusia detrás de nuestro frente. Una red de 60 estaciones funcionaba en el anillo del Don; otra, con 20

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estaciones, en el Kouban; otras estaciones fueron detectadas cerca de Stalino y de Vorochilovgrado, etc. La red del Don transmitía ella sola una media de 3.000 palabras por día a Moscú. La Stavka, pues, no tenía más que molestarse en escoger. Keitel, por el contrario, pudo declarar al tribunal de Nuremberg el 4 de abril de 1946: «El servicio de información de la O.K.W., dirigido por el almirante Canaris, puso a disposición del Ejército de Tierra y de mí mismo muy poco material concerniente al poder del Ejército Rojo…» Después de las detenciones de Berlín, Bruselas, Marsella y París, los primeros violines de R.K. tocaron en Suiza, en Lucerna. El jefe de orquesta residente era un israelita húngaro, Alexandre Radolfi, alias Rado o Dora, agente profesional del M.G.B., geógrafo distinguido, director de la Sociedad GeoPrensa de Ginebra y, además, parecer ser, oficial del Ejército rojo. Su hombre de enlace con el G.Q.G. de la Wehrmacht era un tal Rudolf Roessler, alias Lucy, del cual se nos contó que era bávaro, antiguo oficial de la Reichswehr y que traicionaba por «odio patriótico al nazismo». Es muy probable que Roessler fuera de origen checo, desde hacía tiempo al servicio de la Internacional Comunista. El americano Víctor Perry, en su obra Geheime Reichssache, establece que el pretendido Roessler era ya un agente de Kurt Eisner, presidente en 1919 de la República popular bávara, de siniestra memoria. Desde 1940 trabaja en el seno de los servicios especiales suizos con un checo, el coronel Sedlacek, alias Onde Tom, corresponsal de los servicios de información británicos. Lucy no espiaba por la gloria. Cobraba 7.000 francos suizos mensuales, además de las primas y los gastos. Yo leí que quería «extirpar al nazismo de Alemania»; sin embargo, después de la caída del III Reich continuó su faena en Suiza y fue detenido y condenado en 1953 a un año de prisión por espionaje a favor de la URSS. La vocación, sin duda. Murió en 1958. Pero se sabe que las informaciones que transmitía a Rado emanaban de dos grupos de oficiales superiores alemanes. El grupo Werthr operaba en la O.K.W. y en la O.K.H., el grupo Olga en el Estado Mayor de la Luftwaffe. Sabemos que Coro estaba en Berlín en el Ministerio del Aire. Si en la O.K.W. Werther era el nombre de un grupo, ¿quién era el jefe? Se ignora. Parece que fue el coronel —y futuro general— Fritz Thiele, más tarde jefe de la Oficina de Comunicaciones de la O.K.H. (Wehrmachtnachrichtenwesens) quien proporcionó a Lucy su primer material de radio permitiendo el enlace con Rado y otro agente comunista, el suizo Xavier Schnieper. Esta troïka, o grupo de los Roten Drei, empleaba unos cincuenta agentes e informadores. Estaba ligada con otros grupos, entre ellos el de Trepper en París.

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Así, al abrigo de una nación pretendidamente neutral, los Roten Drei trabajaban para el triunfo de un sistema político que había confesado tenía como fin desde 1917 el aniquilamiento de todas las potencias occidentales. También es verdad que cada uno encontraba en esto provisionalmente un beneficio: suizos, ingleses, americanos y, sobre todo, soviéticos. A partir del verano de 1940, Direktor recibió de Werther, vía Lucy y Dora, cientos de mensajes y la troïka le envió durante la guerra en el Este varias centenas por mes. Direcktor interrogaba a los Tres Rojos sobre TODO lo concerniente a la guerra: armas nuevas, abastecimiento, movimientos de tropas, creación de nuevas divisiones, personalidad de los principales jefes del Ejército, su estado de ánimo, efectos de los bombardeos aliados, acontecimientos políticos, informaciones obtenidas por el Abwehr, producción de guerra, planes de ofensiva y de defensa de la O.K.W., disensiones en el seno del alto mando, etc. Si el servicio de criptografía del Funkabwehr logró descifrar los mensajes de Kent en Bruselas y de Coro en Berlín desde finales de mayo de 1942, los de Dora guardaron su secreto mucho más tiempo. Fue un coronel finlandés el que consiguió encontrar la doble llave. Creo que aún vive en África del Sur. No dio cuenta de su descubrimiento a ningún servicio alemán, sino al representante diplomático de una nación neutral. Y también fue por mediación de un diplomático de algo rango de aquella potencia por quien fueron prevenidos los Asuntos Exteriores alemanes y alertaron a la O.K.W. Cuando al final de marzo de 1943 tomé el mando de la escuela de sabotaje de La Haya y me encontré responsable, bajo Schellenberg, del servicio VI S, ignoraba todo sobre mis nuevas responsabilidades. Tuve, pues, que conocer la actividad del departamento VI (Amt VI) y particularmente la de su servicio de información política. Fue entonces cuando me enteré de la existencia de la Orquesta Roja. Naturalmente, no podía evaluar toda su importancia. Es suficiente que diga, sin embargo, que mi impresión fue muy mala. Finalmente, fueron descifrados, varios cientos de mensajes de las diversas redes de R.K. Si el historiador no quiere, o no puede tenerlo en cuenta, da una imagen enteramente falsa de la guerra. Tomemos un simple ejemplo. He aquí cuatro mensajes de R.K. citados por el comandante V.F. Flicke (que fue durante la guerra un concienzudo oficial del Abwehr) en su libro Spionagegruppe Rote Kapelle (1949): 2 julio 41 A Direktor. N.° 34 RDO. Muy urgente. El Plan de operaciones en vigor es el plan número uno, con objetivo el Ural vía Moscú y maniobras de diversión en los flancos. Ataque principal en el centro. Rado. 3 julio 41 A Direktor. N.° 37 RDO.

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La Luftwaffe tiene actualmente 21.500 aviones de primera y segunda línea y 6.350 JU-52 de transporte en total. Rado. 27 julio 41 A Direktor. N.° 92 RDO. En caso de que el plan I se encontrara en dificultades, el plan II le reemplazaría rápidamente. Prevé un ataque sobre Arkhangelsk y Mourmansk. En caso de cambio de plan yo recibiría precisiones dentro de las 48 horas. Rado. De este modo, el 27 de julio de 1941, la Stavka había recibido ya 92 mensajes sólo de Rado y conocía el plan de ataque alemán y sus variantes. Las autoridades suizas dejaron a los Tres Rojos que informasen a Direktor hasta finales de septiembre de 1943. No detuvieron a Roessler hasta el 9 de mayo de 1944, para protegerle contra una eventual expedición aérea alemana. Pero el 8 de septiembre de 1944, los helvéticos le liberaron así como a sus principales agentes. Esto era después de las secuelas del atentado del 20 de julio. Algunos cronistas pretenden que Roessler volvió a tomar contacto con Werther desde el 16 de septiembre. Es posible. Sin embargo, Guderian acababa de ser nombrado jefe de Estado Mayor general del Ejército (O.K.H.). Muchos traidores habían sido desenmascarados e imposibilitados para seguir perjudicando. Pero era muy tarde. Demasiado tarde. Gracias al único suizo de la Orquesta, la Stavka había tenido durante treinta meses conocimiento inmediato de todos los planes de nuestro gran Estado Mayor. Stalin fue informado diariamente sobre los objetivos de las ofensivas del ejército alemán, nuestro poder de ataque, nuestros puntos estratégicos, la importancia en hombres y material de nuestras reservas, las intenciones defensivas alemanas, etcétera. Uno se pregunta cómo pudo la Wehrmacht, a pesar de esa traición permanente, conseguir las grandes victorias que, según el título del libro del mariscal von Manstein, fueron «victorias perdidas». Ahora sabemos por qué y cómo lo fueron. El doctrinario militar chino Ou-Tse afirmaba ya con razón en el siglo III antes de Jesucristo: «Un enemigo del que se conocen las intenciones está vencido a medias.» A mí me parece evidente que si el Ejército rojo, a pesar de esta gigantesca traición, estuvo fracasando durante tantísimo tiempo, fue por dos razones esenciales. La primera es que los rusos no pudieron lograr inmediatamente contrarrestar la Blitzkrieg, porque ésta se llevaba a cabo según los métodos tácticos de Guderian, Manstein y Hitler, quienes, no obstante, habían hecho sus pruebas en Polonia y en el Oeste. La guerra en el Este se hubiera ganado, a pesar de la Orquesta, de no ser por el barro y la falta de carreteras de la URSS. Y eso que los jefes militares rusos, a partir del general de división y por debajo del mismo, eran buenos, más jóvenes, más decididos que los nuestros. Además, el 103

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soldado ruso era excelente. En fin, Stalin recibió muy pronto un inmenso material de sus aliados capitalistas: en total 22.500 aviones, 13.000 carros, 700.000 camiones, 3.786.000 neumáticos, 11.000 vagones, 2.000 locomotoras, sin contar 18 millones de pares de botas, 2.500.000 toneladas de acero y cientos de miles de toneladas de aluminio, cobre, estaño, etc. En resumen, incluso prevenido de nuestras intenciones, el alto mando soviético vio primeramente a sus ejércitos maniobrados, cercados y aplastados. Finalmente, y es la segunda razón, cuando se iniciaron los bruscos cambios de decisión del Führer que permanecieron desconocidos a Werther, vamos a ver qué fue la catástrofe para los ejércitos soviéticos.

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9. ¿Por qué no tomamos Moscú? Con el Panzer-gruppe Guderian.—Heina el Rápido y el mariscal Rommel.— Franqueamos Beresina y Dnieper.—Cuerpo a cuerpo con los carros T-34.—El infierno de Ielnya.— Suerte lastimosa del campesino ruso.—Stalin no informado por la Orquesta roja: triunfo en Ucrania, 1.328.000 prisioneros.—Batalla de Borodino.—El grupo de ejércitos atascado.—Toma de Istra.—La helada.—Los cohetes de aire liquido.—Bombardeamos los suburbios de Moscú.—La orden de retirada.—Razones de nuestro fracaso.—Impericia y sabotaje.—No se gana teniendo a seis contra uno.— Richard Sorge: había conocido a la futura Mme. Ott en Munich.—Extraños fiadores: Agnes Smedley y el doctor Zeller.—Verdadera personalidad del embajador Eugen Ott.—Facilita y cubre la tarea del espía.—El dossier Liouchkov remitido a Moscú.—Por qué Stalin pudo desguarnecer casi totalmente su frente del Este.— ¿Fue Sorge canjeado como debía serlo Rudolf Abel?—Su acción y quizás su existencia, incompatibles con la leyenda del «milagro de Moscú».—Reflexiones sobre la retirada. Del 22 al 29 de junio de 1941, nos internamos con el Panzergruppe Guderian du Boug en el Beresina. Nos sostenía una excelente unidad de infantería, el regimiento (más tarde división) Gross Deutschland, pero nos encontrábamos completamente en punta. Para franquear el célebre río nos faltaban artillería y municiones y no se pudo establecer enlace con la radio: nuestras instalaciones no eran bastante potentes. Me dieron la misión de ir a buscar nuestros refuerzos que se encontraban a más de 120 kilómetros al oeste y traerlos, me fui con cinco hombres dirigiéndome con la brújula: había constatado que los mapas que poseíamos eran inexactos y quería evitar los caminos que habíamos tomado antes. Supe que, en efecto, habían sido reocupados detrás de nosotros por el enemigo. Encontré a nuestro batallón de artillería y a su jefe, el capitán Rumohr — uno de los mejores oficiales que he conocido— que dio rápidamente la orden de salida hacia el este. El 3 de julio, un batallón de Das Reich, una compañía de su batallón de artillería y un batallón de infantería, lograban formar una cabeza de puente en Brodez, a 17 kilómetros al sur de Beresino. Cuando «Papá» Hausser dio cuenta de ello al general Guderian, «Heinz el Rápido» le felicitó.

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Antes de conocer personalmente al Generaloberst Guderian en la O.K.H., le vi pasar muchas veces, cuando iba a empezar la batalla, en su coche-radio de reconocimiento, y le observé cuando discutía con el jefe de Das Reich. Era un cincuentón de talla mediana, extremadamente vivo que escucha siempre a su interlocutor con la mayor atención. Su popularidad, que era grande entre nosotros, eclipsaba completamente el renombre del mariscal von Bock, jefe del grupo de ejércitos Centro. Ciertamente, Guderian había leído y meditado las teorías proféticas de todos los especialistas de los carros, Martel, Fuller, Estienne, Liddell Hart y Der Kampfwagenkrieg (1934) del general austríaco von Eimannsberger, antes de escribir su libro, ¡Achtung! Panzer. La obra había sido acogida con escepticismo por nuestro Estado Mayor. Sin embargo, desde que Hitler vio maniobrar juntos blindados, auto ametralladoras y soldados de infantería motorizados, comprendió enseguida. Ni Beck, ni Halder, ni Keitel, ni siquiera Jodl quería creer que los rusos tenían a su disposición «más de 10.000 carros», como afirmaba Guderian, mucho mejor informado que Canaris. El 4 de agosto de 1941, en Novij-Borissov, Hitler dijo al jefe del IIº grupo blindado: «Si yo hubiese podido figurarme que la cifra de carros rusos que usted cita en su obra correspondía a la realidad, no creo hubiese emprendido esta guerra en junio último.» Es raro que un teórico militar convierta por sí mismo su sistema en acción victoriosa en el campo de batalla. Guderian fue de esos. Fue uno de los tres o cuatro jefes del ejército alemán que defendió francamente su punto de vista hasta el final frente a Hitler. No hay motivo para que algunos comparen a Guderian con Rommel. Desde luego, este último era un excelente táctico, pero nunca mandó más de cuatro o cinco divisiones del Afrika Korps y las divisiones italianas. Guderian, que en Rusia hacía maniobrar más de treinta divisiones, era a la vez estratega notable y táctico de primer orden. En el lugar de Rommel en julio de 1942, ¿hubiese forzado al destino en El-Alamein? Nadie puede decirlo. Lo que es cierto es que la caída de Alejandría nos hubiese abierto la ruta del petróleo y que Turquía se hubiese colocado entonces al lado del Eje. La guerra hubiera tomado otro giro. Hay que destacar que el África Korps y las divisiones italianas fueron también víctimas de la traición permanente: un almirante italiano, Maugeri, traicionaba tan bien que fue recompensado por los Aliados después de la guerra. Fue gracias a él que el 75 por 100 del abastecimiento destinados a los combatientes Africanos del Eje fue, finalmente, echado a pique. Paul Carell señala en su África Korps que Maugeri no era el único informador de los ingleses. «Desde Berlín, escribe, informaciones de primera importancia

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llegaban, vía Roma, a los servicios de espionaje anglo-americanos.» Las orquestas roja y negra no estaban paradas. En 1943, el mariscal Kesselring, comandante en jefe del suroeste, había de decirme que los Aliados estaban perfectamente informados sobre las fechas de salida y los itinerarios de los convoyes ítalo-alemanes con destino a África del Norte. Mucho más, el general Bayerlein, adjunto de Rommel, escribiría, en 1959, que tenía la convicción de que en el transcurso del invierno de 1941, «los planes de Rommel habían sido expedidos a los ingleses» (cf. Carell, op. cit.). Siempre es fácil explicar el fracaso de una campaña por la traición. En este caso, hay derecho a decir, sin embargo, que desde 1941, tanto en África como en Rusia, la felonía ha representado desgraciadamente un papel que no podría silenciarse. Entre Beresina y el Dniéper llovió a torrentes y tuvimos que vencer el barro, del cual fue necesario arrancar nuestro material. Reparar los numerosos vehículos averiados se hizo muy difícil y hasta imposible. Sin embargo, aún tendríamos que conocer cosas peores. A pesar del barro, de un breve, pero violento combate y una viva reacción de la aviación soviética, la división pasó el Dnieper al sur de Schkow. El 3 de julio, las pinzas de los dos grupos blindados, Hoth al norte y Guderian al sur, se habían cerrado detrás de Minsk. Resultado, según el comunicado del 8 de julio del mariscal von Bock: 287.704 prisioneros, 2.585 carros destruidos o capturados, entre ellos blindados del tipo super-pesados. Sin embargo, la campaña de Rusia no se había, de ninguna manera, «ganado en quince días», como lo escribía en su Diario (3 julio) el general Halder. Es otro error escribir, como lo hacen siempre muchos historiadores, que «las tropas soviéticas, al comenzar la campaña, tenían orden de hacerse matar en el mismo lugar». Muy al contrario, se les había dado orden de que, cuando fueran rebasadas, se retirasen lo más deprisa posible. Sólo fueron sacrificadas algunas unidades. Pero más de medio millón de combatientes soviéticos pudieron escapar en la trampa de Minsk. Hitler no lo ignoraba. El 13 de julio, después de haber rechazado una violenta contraofensiva, nos lanzamos al día siguiente al sur de Gorki y con la 10ª D.B. (Panzerdivisión) del general Schaal, dejamos atrás Proudki, en la carretera de Smolensko a Stodoliste y los días 18 y 19 de julio cogimos Ielnya en una encarnizada lucha. Luchábamos con gran entusiasmo y con la certeza de la victoria. La superioridad táctica de los Panzer marcados con una G (Guderian) era aplastante. No obstante, si el enemigo hubiese sabido emplear entonces masivamente sus carros T-34, en contraataques bien concebidos, nuestras dificultades hubieran podido ser insuperables. Nuestros cañones anti-carros que paraban en seco, los T-26 y BT, no podía hacer nada contra aquellos

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mastodontes que veíamos desembocar de los campos de trigo no segados. Alrededor de ellos y detrás corrían nuestros camaradas en mangas de camisa atacando a los monstruos con el «cocktail Molotov», simple botella llena de gasolina con el tapón atravesado por una mecha encendida. Había que lanzar el «cocktail» sobre la placa de acero caliente que protegía el motor: el carro ardía. Una simple granada desenclavijada introducida en el tubo del cañón, o una buena carga de explosivos colocada en la torreta, eran también muy eficaces. El Panzerfaust no apareció sino mucho más tarde y algunos carros rusos, en estos comienzos de la campaña, fueron completamente parados por los obuses de nuestras piezas pesadas con tiros directos. Habíamos combatido sobre un millar de kilómetros y el 24 de julio estábamos en la punta extrema de la ofensiva. Algunas unidades alemanas se encontraban en aquel momento a más de 100 kilómetros al oeste. Ielnya sobre el Diesna, a 75 kilómetros al sureste de Smolensko, era una posición estratégica de primer orden y un importante nudo ferroviario. Con la 10ª D.B. nuestra división estableció una cabeza de puente y una defensa de erizo de 8 kilómetros de radio, estando nuestro batallón en el centro-sur. Paul Carell tiene razón cuando califica de infernales los combates que se desarrollaban en Ielnya. Durante seis semanas, el mariscal Timochenko, que acababa de ser promovido a comandante en jefe del frente Oeste, intentó forzar el paso y lo hizo primero lanzando divisiones de reserva bajo el mando del futuro mariscal Constantin Rokossovski. Sólo durante el día 30 de julio trece ataques soviéticos vinieron a estrellarse contra el erizo mantenido por el regimiento Groas Deutschiand y la división Das Reich. Debió ser aquel día cuando nuestro capitán, Jochen Rumohr, viendo surgir a unos T-34 delante de la 6ª batería del 2° batallón, se montó en una moto y dirigió la defensa circulando con mucha sangre fría entre nuestras piezas y los carros enemigos. El último T-34 fue fulminado sólo a quince metros por un cañón de 105. ¡Por fin! Fue un episodio verdaderamente extraordinario. Rumohr fue nombrado mayor poco después y yo recibí la cruz de hierro de 2ª clase. A primeros de agosto fuimos relevados por dos divisiones de infantería, pero no tuvimos tiempo de llegar a nuestro lugar de descanso y tuvimos que subir de nuevo al norte del erizo, donde el enemigo atacaba masivamente con la infantería, que sufrió pérdidas espantosas. Oleada tras oleada, el enemigo venía completamente derecho a hacerse matar y siempre en el mismo lugar donde nuestras baterías quedaban apuntadas. Era incomprensible, repugnante y también irritante. ¿Por qué enviar así a millares de bravos soldados a una muerte estúpida? Comprendíamos que el soldado ruso defendiese la tierra de su patria, puesto que éramos los invasores. Pero, ¿en nombre de qué sociedad se le

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sacrificaba? Lo que habíamos visto en los pueblos y en las aldeas que habíamos atravesado nos había informado sobre el «paraíso soviético». Hombres y animales cohabitaban de una manera perfectamente degradante para el ser humano. Al norte de Kobrin visité un kolkjos: el campesino ruso no era más que un lastimoso siervo de la época de las Almas muertas de Gogol. Hoy aún es Alejandro Soljenitsyn quien tiene razón; pero lo que nosotros vimos en la URSS lo dijimos antes que Kravchenko y el valiente Soljenitsyn. Se nos reprocha haber considerado al ruso como un sub-hombre (untermensch). Es una contra-verdad. Yo empleaba mecánicos rusos prisioneros, inteligentes y desenvueltos que podían reemplazar sin ayuda, por ejemplo, los muelles rotos de nuestros coches Horch por los de los carros T-34. ¿Por qué los iba a tratar como sub-hombres? Si he sido y permanezco resueltamente anti bolchevique, no fui jamás ni soy anti-ruso. Si como algunos afirman, Hitler subestimó primero al combatiente ruso, hizo muy mal. Éramos superiores en el plan estratégico y nuestros generales eran infinitamente más maniobradores, más imaginativos. Pero desde el simple soldado al jefe del batallón, el combatiente ruso igualaba al alemán. Bravo, ingenioso, teniendo un sentido instintivo del camuflaje, era admirablemente resistente e iba en masa al encuentro de la muerte con un fatalismo impresionante. ¿Quién, pues, les consideraba como sub-hombres, sino sus propios dirigentes que les obligaban a vivir como animales en los campos y como robots en las ciudades? Ni un inglés, ni un francés, ningún europeo u occidental hubiera soportado durante un mes la suerte del campesino o del obrero ruso, cuya ignorancia era mayor de todo lo que se puede imaginar. Muchos prisioneros no creían que existiesen tranvías en las ciudades europeas del Oeste; en su opinión, sólo podía haber metro en Moscú. Desde 1929 a 1931, Stalin exterminó a 15 millones de campesinos que querían cultivar su tierra y en 1935 a cerca de 400.000 niños de doce a quince años, los besprizorni, sin que, a pesar de todo, pudiese acusarse a los nazis de estos crímenes. Lo que vimos en Rusia central, lo que íbamos a ver en Ucrania un poco más tarde, nos probaba que el pueblo ruso esperaba de nosotros una verdadera liberación. Desgraciadamente, hombres como Martin Bormann y el Gauleiter de Ucrania, Erich Koch, son los responsables de una política de ocupación absurda. En lugar de ser deportados, los pueblos rurales deberían haber sido liberados y tratados con comprensión e inteligencia. Tal era la opinión del Reichsleiter Alfred Rosenberg cuya política de sensatez fue reprimida sistemáticamente. Era de origen báltico y sus ideas sobre nuestro papel en el Este eran mucho mejores que sus consideraciones filosóficas sobre Eusebio, obispo de Cesarea, o el virtuoso Pánfilo, expuestas en su Mythus.

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De todos modos, a propósito de mis conversaciones con el general Andrei Vlassov, jefe del movimiento anti-staliniano que lleva este nombre, habré de evocar las enormes dificultades que tuvimos que padecer para obtener que los innumerables grupillos políticos rusos antisoviéticos consintiesen sencillamente en discutir entre ellos. En el infierno de Ielnya teníamos la certeza de combatir no sólo para Alemania, sino también para Europa. La división, sin embargo, estaba al límite de sus fuerzas. Víctima, como tantos otros, de disentería aguda, yo no había querido ser hospitalizado. Fue una gran suerte, a finales de agosto Das Reich fue enviada a descansar al sector de Roslawl: hombres y máquinas lo necesitaban mucho. En el mismo momento Hitler tomaba una decisión que fue y es aún muy discutida. La ofensiva en dirección a Moscú se interrumpía bruscamente: debía desarrollarse al sur, en dirección de Kiev y no sólo para apoderarnos del trigo de Ucrania y de la cuenca industrial del Donetz, sino también porque los prisioneros hechos en Ielnya señalaban grandes concentraciones de fuerza destinadas a defender su capital. «El arte militar, escribía Napoleón, consiste en tener un poder superior al del enemigo en el punto en que se ataque o en el que se es atacado.» Los generales alemanes y los historiadores que, después de la guerra, han criticado severamente la brusca decisión del Führer, tomada durante la noche del 20 al 21 de agosto, de atacar al sur mientras que el mariscal von Rundstedt atacaría hacia el norte, parece que ignoran la acción de la Rote Kapelle en Suiza. Examinemos el asunto en detalle. El 10 de agosto Werther comunicó a Lucy los detalles del plan de ataque de la mayor parte del grupo de ejércitos del mariscal von Bock: objetivo directo, Moscú. Es la instrucción número 34 de la O.K.W., fechada el mismo (tía que Rudo transmite enseguida a Direktor. Stalin, Chapotchnikov jefe de Estado Mayor del Ejército rojo y Timochenko, comandante del frente del Oeste, toman, en consecuencia, sus disposiciones y Stalin, haciendo llamar al general Eremenko, especialista de carros, le ordena el 12 de agosto que fortifique el sector de Moscú y espere allí a Guderian. Pero el 18 de agosto, Halder, jefe de Estado Mayor de la O.K.H., propuso a Hitler que el asalto contra Moscú no se dé de frente, sino por Briansk, que Guderian finja que se dirige plenamente al sur y plegándose bruscamente a su izquierda suba por Briansk hacia Moscú. Direktor fue prevenido de esta modificación de la instrucción número 34. Por eso en sus Memorias Eremenko precisa que en la mañana del 24 de agosto «el camarada Chapotchnikov me había informado que el ataque sobre Briansk tendría lugar al día siguiente». En consecuencia, Eremenko había amontonado

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allí lo esencial de sus fuerzas «para sostener un choque que venía del oeste, como el Estado Mayor general nos lo había ordenado», escribe. No obstante, el 21 de agosto, Hitler, sin prevenir a Halder, decidió que el 2º grupo blindado de Guderian no atacara ni Briansk ni Moscú, sino que se marchara al sur, a Kiev como objetivo y que gozaría de una gran independencia de maniobra. Lucy no fue prevenido a tiempo y, por consiguiente, tampoco Moscú. El 23 de agosto Guderian defiende su punto de vista ante Hitler: Moscú directamente. «Hitler me dejó hablar sin interrumpirme, escribe el general, pero no pude convencerle.» Era Kiev y Ucrania. El general obedeció. No puedo ver en la decisión repentina de Hitler la actitud de «un incapaz, un aficionado», como escribe en su libro un antiguo oficial del Abwehr, Gert Buchheit. Fue precisamente esta decisión la que engañó al enemigo. Permitió el aniquilamiento de unos quince ejércitos soviéticos, así como la conquista de inmensos territorios industriales y agrícolas. El descanso de Das Reich fue de corta duración y la división participó al este de Kiev en las grandes batallas de cerco conducidas por el general Guderian viniendo del norte y del general von Kleist que subía del sur: 665.000 prisioneros, 884 carros, 3.718 cañones capturados a 15 de septiembre. El mismo día, Stalin pedía a Churchill «de 20 a 25 divisiones que podían desembarcar en Arkhangelsk». Combatimos en Priluki y en Rommy, donde, en 1.708, el románico e intrépido Carlos XII de Suecia estableció su cuartel general. Después fue la primera fase de la operación Typhon, que tenía por objetivo la toma de Moscú. La división volvió, pues, a subir hacia el norte, por Gomel, hasta Roslawl, donde llegamos a finales de septiembre. No es exagerado afirmar que hasta entonces nuestros enemigos más tenaces y más despiadados habían sido el terreno y el clima. Durante el verano, el polvo y la arena habían roído nuestros motores y taponado los filtros. Guderian, que había pedido 600 motores de recambio, recibió la mitad, y Das Reich tampoco fue más favorecido. Del 3 al 20 de septiembre la lluvia cayó y él barro reemplazó al polvo. Cuando llegamos al Desna, pude darme por satisfecho de poder sacar del cieno unos cien camiones de los nuestros. Después de las grandes batallas del cerco de Ucrania, subir de nuevo hacia el norte fue un verdadero calvario. A primeros de octubre nos oblicuamos al nordeste, hasta Iouknow y Gshatsk. Nos dimos cuenta de que las consignas de Stalin se habían seguido: de los bosques que atravesaba el camino surgieron ya tropas de partisanos. Se trataba de pequeñas unidades que habían escapado de nuestros cercos y a las cuales se habían unido prisioneros evadidos. ¡La evasión era tan fácil! Apenas

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podíamos distraer uno de nuestros soldados para vigilar 500 prisioneros. Ocupábamos dos o tres pueblos sobre veinte y los otros servían de refugio a partisanos cuyos jefes sabían hacerse obedecer por la población de grado o por fuerza. En Gshatsk tuvimos que combatir en dos frentes: de cara al oeste para impedir al enemigo cercado forzar el paso y retirarse y frente al este contra las divisiones que enviaba Tomochenko por aquella «autopista» de Moscú a Smolensko. Aquel año fue muy precoz el invierno. Durante la noche del 6 al 7 de octubre cayó la primera nieve. Me vino a la memoria que Napoleón, que había franqueado el Niemen el 22 de junio, había entrado en Moscú el 14 de septiembre de 1812 y había tenido que abandonar la capital incendiada el 19 de octubre con más de 100.000 hombres para emprender la terrible retirada. Viendo esta nieve que en la mañana del 7 de octubre de 1941 daba al paisaje un aspecto siniestro, tuve un funesto presentimiento que mi optimismo natural echó fuera rápidamente. Éramos definitivamente dueños de la encrucijada de Gshatsk: Moscú no estaba más que a unos 160 kilómetros por la autopista. ¡La autopista! Esta palabra evoca una ancha calzada, de cemento, asfaltada, pavimentada o empedrada. En realidad se trataba de lo que nosotros llamaríamos un ancho camino de tierra. Pero en fin, más al sur, la doble batalla Viazma-Briansk (30 septiembre 14 octubre) se había terminado con el aplastamiento de 9 ejércitos soviéticos. Los generales Guderian, Hoth, von Arnim, von Manteuffel y Model, habían hecho 663.000 prisioneros y destruido o cogido 1.242 carros y 5.142 cañones. Y el 16 de octubre atacamos la primera línea de defensa de Moscú delante de Borodino. Aquí fue dónde, el 7 de septiembre de 1812, Napoleón ganó a Koutuzov, el príncipe Bragation, Ouvarov Barclay de Tolly, y Raíevsky, la batalla que le abrió las puertas de Moscú. Das Reich atacó con la brigada Hauenschild de la 10.ªdivisión blindada, el 7.° regimiento de carros, un batallón de la 90.ªde artillería motorizada y el 10.° batallón de motocicletas. Entre la «autopista» y la vieja carretera postal un poco más al norte, el dispositivo enemigo comprendía campos de minas, barreras de alambrada y de obstáculos anticarro, zanjas, blockhaus defendidos por la infantería de fortaleza que disponía de lanzallamas con resorte eléctrico, una temible artillería, órganos de Stalin y una aviación de protección. Sin embargo, una malísima sorpresa nos esperaba; en Borodino, por primera vez, tuvimos que combatir contra las tropas siberianas: mocetones muy bien equipados, con gran capote, gorro de piel, botas de cuero y fusil automático. Era la 32.ªdivisión

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de cazadores de Vladivostok acompañados de dos nuevas brigadas de carros T 34 y Klim Vorochilov. Entre las batallas más encarnizadas en las que tuve el honor de participar, fue ciertamente ésta una de las más mortíferas. Duró dos días. Vi caer a muchos buenos camaradas y cerca de mí a «Papa» Hausser gravemente herido y que perdió un ojo. Pero toda la artillería colocada bajo el mando del coronel Weidling hizo una abertura en las filas por la que se precipitaron nuestros granaderos de asalto y el cerrojo de la primera línea de defensa de Moscú saltó. El 19 de octubre entramos en Mojafek: Moscú estaba a menos de 100 kilómetros. Después de Mojaísk sólo encontramos una resistencia cada vez más débil. Así que estábamos persuadidos de que entraríamos en Moscú a primeros de noviembre. Fue entonces cuando sobrevino la catástrofe. A partir del domingo 19 de octubre una lluvia de diluvio se abatió sobre el grupo de los ejércitos del Centro que, en tres días, se atascó. Recibí la misión de ir a recuperar camiones en la «autopista». El espectáculo era horrible: sobre decenas de kilómetros y en tres filas, millares de vehículos estaban atascados por el cieno, a veces hasta el capot. Nada de gasolina ni municiones. El abastecimiento tuvo que ser efectuado por medio de aviones: una media de 200 toneladas por división. El embotellamiento repercutió en varias centenas de kilómetros y así fue como perdimos tres preciosas semanas y un inmenso material. En Decisive battles of the Occidental World, el general inglés J.F. Fuller escribirá en 1958: No fue tanto la resistencia rusa, por firme que haya sido, la que salvó a Moscú, sino más bien el naufragio de los transportes alemanes en el barro sobre el conjunto del frente. A fuerza de una encarnizada labor y en plena batalla tuvimos que construir una calzada de leños de 15 kilómetros. A pesar de los contraataques de los siberianos y de los T 34 atravesamos el Moskowa por encima de Rousa: queríamos llegar los primeros a la plaza Roja.» «¡Pronto la helada!» pensábamos. Heló durante la noche del 6 al 7 de noviembre. Poco a poco se restableció el abastecimiento. Recibimos municiones, gasolina, algo de alimento y algunos cigarrillos. Los heridos pudieron ser evacuados y la ofensiva final se organizó. Teníamos que entrar en Moscú vía Istra; me dieron la misión de proteger un importante acueducto y asegurar su funcionamiento. La iglesia de Istra estaba entonces intacta: a través de la niebla veíamos relumbrar los brillos de sus campanas. La pequeña ciudad era el baluarte central de la segunda línea de defensa de la capital. A pesar de nuestras pérdidas la moral era elevada: entraríamos en Moscú! Nos lanzamos para el primer asalto. Pero el 19 de noviembre la temperatura bajó bruscamente a —20°. No teníamos aceite antihielo y se hizo muy difícil hacer girar los motores. Sin embargo, los días 26 y 27 de noviembre, el teniente 113

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coronel von der Chevallerie, con los 24 carros que le quedaban de la 10.ªD.B. y el batallón motociclista de Das Reich mandado por el mayor Klingenberg —que ya había entrado el primero en Belgrado— se apoderaron de Istra defendida por otra división de élite, la 78.ªde tiradores siberianos. Al día siguiente la aviación rusa arrasó la ciudad. A nuestra izquierda, por delante, se encontraba Khimki, la puerta de Moscú, a 8 kilómetros de la ciudad propiamente dicha. El 30 de noviembre un reconocimiento motociclista del 62 batallón de pioneros que pertenecía al cuerpo blindado Hoepner entró sin tirar un tiro en Khimki y sembró el pánico. No se supo aprovechar la ocasión. Nuestros motoristas, inexplicablemente, se retiraron. Aquí se encuentra otro episodio muy misterioso de la ofensiva de Moscú que se ha pasado en silencio por todos los historiadores. A fin de responder a los terribles cohetes de los órganos de Stalin, habíamos empleado cohetes de un tipo nuevo cargados de aire líquido. Tenían el aspecto de gruesas bombas de avión y por lo que yo pude juzgar su eficacia era aterradora. Como resultado de esto notamos un clarísimo aplacamiento de la resistencia. Frente a nuestras líneas, el enemigo disponía de potentes altavoces de los que se servía para su propaganda que en aquel tiempo era más que mediocre. Por este medio, algunos días después del primer empleo de aquellos cohetes con airé líquido de grueso calibre, los soviéticos nos hicieron saber que si continuábamos utilizándolos contestarían utilizando los gases de combate. En nuestro sector no se emplearon más los cohetes de aire líquido y no creo se usaran en otros lugares del frente. El 2 de diciembre seguíamos avanzando y llegamos a Nikolalev, a 15 kilómetros de la capital. Cuando el tiempo estaba claro veía con mis gemelos, los campanarios de Moscú. Nuestras baterías bombardeaban los suburbios. Pero ya no teníamos tractores para nuestras piezas. Chevallerie no disponía más que de 10 carros aptos para combatir y la temperatura bajó a —30º! Del 9 de octubre al 5 de diciembre Das Reich, la 10.ªdivisión blindada y las otras formaciones del 40 cuerpo blindado habían perdido ya 7.582 oficiales, suboficiales y soldados, es decir, el 40 por 100 de su efectivo teórico. Seis días más tarde, como teníamos que luchar día y noche contra una nueva división de siberianos que se infiltraban a nuestra derecha, las pérdidas de nuestra división sobrepasaban el 75 por 100. Aquel día nos enteramos de que Alemania e Italia habían declarado la guerra a los E.E.U.U., lo cual surtió un deplorable efecto sobre la moral de algunos de nuestros camaradas. Lo importante era saber cuál sería en aquel momento la actitud del Japón, nuestro aliado, frente a la URSS. Pero la

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presencia de los siberianos que, en el frente, no cesaban de llegar desde hacía un mes, no anunciaba nada bueno. Al día siguiente, 12 diciembre, recibimos la orden de replegarnos sobre la línea Volokolamsk-Mojaísk. ¿Por qué no pudimos tomar Moscú? Muchos historiadores se han hecho esta pregunta y la han respondido diversamente. Nuestra división fue una de las que se vieron frustradas muy cerca de la meta y las razones de nuestro fracaso se me aparecen hoy claramente. Voy a tratar de resumirlas lo más brevemente posible. Desde febrero de 1938, el mando supremo del Ejército de tierra era ejercido por el mariscal Walter von Brauchitsch, descendiente de una familia de oficiales prusianos. Era un buen general de la vieja escuela que en 1941 había sobrepasado los sesenta años. Sin duda, hubiera sido necesario para ese puesto un jefe más joven, cuyo espíritu hubiera podido compenetrarse más fácilmente con los principios de la guerra revolucionaria emprendida bajo el impulso del Führer. Pero en fin, el mariscal había sido siempre un hombre de Estado Mayor y, sin duda, una logística mejor estudiada por parte de sus especialistas hubiera evitado a la Wehrmacht inmensos daños. Hemos visto que el mismo país se defendía con mucha rudeza. Nuestros coches, nuestros camiones, nuestros cañones a tracción, nuestros carros, se atascaron en los caminos arenosos transformados en cloacas. A las catastróficas lluvias torrenciales de septiembre-octubre sucedieron temperaturas de —25° a —40°, contra las cuales no pudieron defenderse máquinas ni hombres convenientemente. Nosotros los Waffen SS tampoco éramos privilegiados. Dependiendo de la Wehrmacht, nos correspondían las mismas raciones y los mismos equipos que a los demás soldados. Sin embargo, desde las primeras nieves, la intendencia de nuestra división había reclamado a la retaguardia nuestra dotación reglamentaria de invierno y a mediados de noviembre, como a nuestros camaradas de la 10.ªD.B, nos entregaron nuestra ropa de abrigo. Habíamos estudiado también el equipo de nuestros bravos siberianos prisioneros en Borodino; les habíamos interrogado y sabíamos, por ejemplo, que sí no teníamos botas de fieltro, nuestro calzado o botas de cuero no tenían que llevar clavos y sobre todo, no debían apretar el pie. Todos los que esquían conocen estos detalles, ignorados por nuestros especialistas de equipamiento militar. Quiero citar algunos otros hechos insólitos. A finales de octubre vimos llegar con estupefacción una división blindada, la 5.ª, que en principio estaba destinada al Afrika Korps, con sus camiones y carros pintados de amarillo arena y sus hombres ¡con ropa de verano! Desde su

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primer combate la 5.ªD.B. fue arrollada y nuestra división tuvo que intervenir para restablecer la situación. Con los oficiales de esta 5.ªD.B. encontrábamos muy extraño que Goebbels se hubiese dirigido en noviembre de 1941 a la nación alemana para que los ciudadanos diesen sus skis, su ropa de abrigo, etcétera, con destino al frente del Este. Comprendíamos lo que significaba la tardía llamada de Goebbels: el Estado Mayor de Brauchitsch no se había ocupado de lo que le concernía estando prevista la operación Barbarossa desde hacía un año e incluso, si no hubiéramos tenido que entrar en Moscú, el equipo de invierno hubiera sido indispensable. Durante los primeros días de la retirada hice distribuir los stocks de ropa de abrigo que un oficial de intendencia había almacenado en una granja y no quería darla sin una orden superior, a unos desgraciados soldados que no tenían más que su capote encima de su guerrera. Aquel oficial iba a destruir, por orden, esta ropa, que salvó ciertamente la vida de muchos de mis camaradas del ejército de tierra. Desde el mes de abril, la organización económica del Ejército y la intendencia, sabiendo que en Rusia nevaba y helaba en invierno hubieran debido actuar en consecuencia. Pero, el Jefe de Estado Mayor económico del Ejército no era otro que el general Georg Thomas, uno de los conjurados del 20 de julio de 1944. Inmediatamente subordinado al mariscal Keitel en la O.K.W., Thomas tenía como deber prever a todas las necesidades del ejército en cuanto a abastecimiento, equipamiento, material móvil, armas, municiones, etcétera, de acuerdo con Goering (que hacía el papel de un presidente de consejo de administración del plan de cuatro años) y con los ministros del Armamento, Todt y después Speer. Por ejemplo, Thomas prevenía a la O.K.W. en marzo, que 3.000 cañones y sus municiones estarían dispuestos a principios de mayo. De acuerdo con los planes de la O.K.W., cañones y municiones debían ser entonces repartidos y encaminados hacia los frentes por los servicios del general Olbricht —al cual fue adjunto en 1944 el coronel von Stauffenberg y ellos mismos subordinados al general Fromm, jefe del ejército interior Bendlerstrasse en Berlín. Toda información inexacta transmitida a la O.K.W. bien por los servicios de Thomas bien por los de Olbricht, todo retraso no anunciado en la producción o conducción, tenían, naturalmente, las más graves consecuencias, a la vez que para la O.K.W., para la preparación de las operaciones para el frente. Sin embargo, a pesar del barro, del hielo y de la ausencia de carreteras, a pesar de la traición y la impericia de algunos jefes, del desorden de nuestra logística, a pesar del valor del soldado ruso, hubiésemos tomado Moscú a primeros de diciembre de 1941 sin la intervención de los siberianos.

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Nuestro grupo de ejércitos Centro no recibió ni una sola división de refuerzo en diciembre. En el mismo tiempo Stalin lanzaba contra nosotros 30 divisiones de tiradores, 33 brigadas, 6 divisiones blindadas y 3 divisiones de caballería, la división Das Reich tuvo que habérselas desde el 17 de octubre, en Borodino, con la 32 división de tiradores siberianos y después, a primeros de diciembre, con la 78 D.T.S., perfectamente equipada y sostenida también, como la 32 en Borodino, por una nueva división blindada y no hablo de las demás unidades del Ejército Rojo que luchaban tan fieramente como los siberianos. Hay que añadir que en noviembre y diciembre nuestra aviación, ya insuficiente, no logró desarticular la red ferroviaria del Transiberiano, gracias al cual las divisiones siberianas pudieron socorrer a una capital que, considerada como pérdida en octubre, había sido abandonada por el gobierno soviético. Para llegar hasta unos veinte kilómetros de Moscú nuestra división tuvo que combatir a un enemigo que en octubre tenía una superioridad numérica de tres o cuatro contra uno en hombres, de cinco contra uno en artillería gracias a los órganos de Stalin y a finales de diciembre de cinco a seis contra uno en hombres y de ocho a diez contra uno en material, municiones y carburante. Stalin tenía en el Este un inmenso frente que estaba amenazado por los japoneses signatarios del pacto anti-Komintern. De Vladivostok al estrecho de Behring pasando por Amgu, Okhotsk, hay más de 9.000 kilómetros y cerca de 3.000 kilómetros de fronteras terrestres desde el lago Baikal a Vladivostok. En 12.000 kilómetros la URSS podía ser tomada de flanco por el sur o por el este. Recordemos que en agosto de 1938 había tenido lugar un serio combate en las orillas del lago Khassan entre los ejércitos soviético y japonés. En mayo de 1939 el ejército japonés había invadido la república popular mongola. El Ejército rojo había intervenido dándose la batalla del río Kalkha. Los ejércitos japoneses ocupaban no sólo Corea y una gran parte de China avanzando hacia el golfo de Bengala en la carretera de Birmania, sino que también acampaban en Manchuria en la orilla derecha del río Amour: ciudades como Khabarovsk, Vladivostok y Nakhoda eran para los soviets muy difícilmente defendibles. El 1.° de junio de 1941, el Reich, Italia, Rumania, Eslovaquia y Croacia habían reconocido al gobierno projaponés de Nankin. En este inmenso frente, unas cuarenta divisiones japonesas amenazaban pues a la URSS. Podían ser rápidamente reforzadas. ¿Cuál iba a ser la estrategia japonesa? ¿Iba a atacar el Japón al norte y ocupar el Transiberiano, a pesar del acuerdo de neutralidad soviético-japonés firmado el 13 de abril de 1941 en Moscú? ¿Iba a atacar al sur? Al comienzo del verano 1941 Stalin lo ignoraba. Aquí entra en escena un personaje que permanece aún muy misterioso: el maestro espía soviético Richard Sorge.

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Yo no conocí, naturalmente, a Sorge, alias Johnson, Ramsay, Smith, etc. Pero uno de mis amigos, Dennis MacEvoy, uno de los redactores jefes del Reader's Digest, periodista en Tokio antes de la guerra frecuentó mucho a Sorge, que era como se va a ver, uno de sus «colegas», sin que MacEvoy sospechase lo más mínimo de su verdadera misión. Las obras más completas sobre Richard Sorge se han publicado en 1952 por el general Charles A. Willoughby, que fue el jefe de los servicios de información del general Douglas MacArthur, con su Shangai Conspiracy (La Conspiración de Shangao) y por F. Deakin y G. Storry: The Case of Richard Sorge (1966). Los libros y artículos concernientes a «las hazañas del camarada Sorge», impresos en la URSS en 1964, constituyen apologías. Un estudio serio del asunto Sorge reserva sorpresas. Richard Sorge nació el 4 de octubre de 1895 cerca de Bakou, de padre alemán, ingeniero de una de nuestras empresas petrolíferas, y de madre rusa, Nina Kobeleff, dieciséis años más joven que su marido. Enrolado voluntario en el ejército alemán en 1914, dos veces herido, Richard Sorge terminó sus estudios de ciencias políticas en 1920, en la universidad de Hamburgo. Desde 1922 se convirtió en un especialista propagandista del partido comunista alemán. Dos años más tarde salió para Moscú. Allí siguió hasta 1927 los cursos de las escuelas especiales. De agente del Komintern se convirtió en un especialista de la 4.ªagencia (información) del Ejército rojo. En 1929 se encuentran sus huellas en Alemania. Fue, sin duda, en esta época cuando conoció, en Munich, a la futura esposa de Eugenio Ott, embajador del III Reich en el Japón. Casada entonces con un arquitecto debía de profesar opiniones de extrema izquierda y el general Willoughby escribió en su libro: «Algunos piensan que ella habría pertenecido al partido comunista.» Enviado a Shangai en 1930, Sorge fue llamado a Moscú tres años más tarde por la 4.ªAgencia, quien le encargo una importante misión, precisamente en Tokyo. Curiosamente, Sorge hizo primero una estancia de dos meses en Alemania donde Hitler era ya canciller: Sorge necesita un pretexto. Una espía soviética, Agnes Smedly, corresponsal en Shangai del Frankfurter Zeitung le recomienda a este periódico que le acredita en Tokyo. Pero Sorge necesita ser introducido cerca del hombre que ha sido enviado allí como observador militar en 1932, el teniente coronel Eugen Ott. ¿Quién va a dar esta calurosa recomendación a Sorge? Fue el doctor Zeller, director político de la Táglische Rundschau. Zeller tiene opiniones tan «progresistas» que su diario será suprimido a finales de 1933. Presenta a Sorge a su amigo Ott como «totalmente digno de confianza, tanto en el plano personal como en el político». Lo cual debería alertar a los cronistas, porque sabemos que el teniente coronel Ott había pertenecido al Estado Mayor del general von Schleicher. Había sido enviado a

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Tokyo como medida de protección después del fracaso de la combinación político-militar montada por el efímero canciller von Schleicher con la extrema izquierda a finales de 1932. No creo que Sorge fuese recomendado por casualidad a Ott. Se ha pretendido que Sorge hizo toda su carrera de agente secreto gracias a una intriga sentimental con Mme. Ott. Es muy posible que esta intriga haya existido, pero no explica, como afirman, que Eugen Ott y Sorge se hayan «convertido en íntimos». Por tanto, fue Eugen Ott, nombrado sucesivamente coronel y primer agregado militar, después, en abril de 1936 embajador de Alemania en Tokyo y finalmente general, el que hizo toda la carrera de Sorge y le facilitó la labor. No sólo «Ramsay» fue admitido como miembro de la sección de Tokyo del partido nacional-socialista (1.ªoctubre 1934), sino que el embajador le hizo oficialmente su agregado de prensa en 1939. Desde el otoño de 1934 Sorge acompañó a Ott en una tournée por Manchukuo. En 1936, cuando aún no formaba parte del personal de la embajada, Sorge ponía en clave algunos telegramas firmados Ott y dirigidos a Berlín! Cuando tuvo que marcharse a Hong-Kong para entregar microfilms a un agente soviético, el nuevo embajador le confió la valija diplomática, gracias a lo cual «Ramsay» pudo pasar todos los documentos destinados a la 4.ªAgencia. En 1938 la embajada confió a Sorge el dossier de un importante tránsfuga soviético, el general Liouchkov, quien, en el momento de la purga Toukhatchevsky entregó a los japoneses todo el dispositivo militar soviético en Siberia y en Ucrania, los códigos secretos, los nombres de los principales oponentes militares de Stalin en Siberia, etc. Los japoneses previnieron a Ott. Canaris envió enseguida a Tokyo al coronel Greüling, quien resumió las informaciones de Liouchkov en un memorándum de cien páginas Sorge se enteró de esto y comunicó lo esencial a Moscú. Después de la detención de Sorge el 18 de octubre de 1941, el embajador Ott envió a Berlín informes intentando primeramente hacer de «Ramsay» una víctima inocente de los servicios especiales japoneses y después minimizar el papel que representaba en la embajada. Nadie puede creer razonablemente que Ott ignorase quien era realmente Sorge. Sin embargo, nadie expresa claramente esta evidencia, que no escapó a los servicios especiales japoneses. Naturalmente, Sorge se guardó muy bien de poner en evidencia a Ott que no fue reemplazado como embajador en Tokyo por el doctor Heinrich Stahmer hasta noviembre de 1943, Ott y su mujer no volvieron a Alemania: se marcharon a Pekín donde esperaron el final de la guerra. Desde el mes de abril de 1939 hasta el 14 de octubre de 1941, el operador de Sorge, Max Klausen, envió por radio clandestina a la 4.ªAgencia 65.421

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palabras. Pero Sorge disponía también de correos para sus microfilms y, finalmente, existía un enlace entre su red y la embajada soviética en Tokyo. No empleaba menos de treinta japoneses. Su principal agente era Ozaki Hozumi, consejero e íntimo amigo del príncipe Konoye, presidente del consejo de ministros en 1939, 1940 y 1941. Gracias a las indiscreciones de Eugen Ott «Ramsay» advirtió el 5 de marzo de 1941 a su 4.ªAgencia que el ataque contra la URSS tendría lugar «principalmente en dirección a Moscú» a mediados de junio. El 15 de mayo, en otro mensaje descifrado por los japoneses, Sorge daba la fecha del 20 de junio. Inmediatamente después del consejo imperial que tuvo lugar el 2 de julio de 1941, Ozaki previno a Sorge que el gobierno japonés estaba decidido a intervenir en el Sur. El 14 de agosto, Ozaki reveló al corresponsal de la 4.ª Agencia que «todo proyecto de guerra contra la URSS» estaba «prácticamente abandonado». Supo asimismo lo esencial de lo que se había decidido en la conferencia del alto mando japonés que tuvo lugar del 20 al 23 de agosto. Ozaki estaba también informado de todo el tráfico militar por los ferrocarriles de Manchuria. Pudo afirmar a Sorge el 27 de septiembre que «el Japón preparaba una ofensiva de gran envergadura» en el Sur, en dirección a Singapur, HongKong y las Filipinas: tendría lugar a finales de noviembre o primeros de diciembre. Todo peligro de guerra contra la URSS estaba definitivamente descartado. Fue entonces cuando Stalin, prevenido, mandó al grueso de las tropas siberianas que se trasladasen al oeste —más de medio millón de hombres— y Moscú se salvó. Sorge envió aún varias confirmaciones, la última por radio el 4 de octubre de 1941, después de una conferencia con Ozaki y Klausen. Después de ocho años de espionaje en Tokyo, juzgó su misión terminada y temía ser descubierto. El 13 de octubre, un miembro de la red, Miyagi, faltó a una cita: estaba detenido. Sorge tendría que haberlo sospechado. El 15 de octubre el radio Klausen fue a su casa y «Ramsay» redactó un mensaje pidiendo el regreso a Moscú de los residentes de la red. Demasiado tarde. Sorge fue detenido el 18 de octubre por la mañana, en su casa y conducido en pijama y zapatillas a la prisión de Sugamo. Encima de su mesa los policías encontraron el borrador del mensaje que Klausen habría debido enviar el 15 por la noche a Direktor. En casa de Klausen se descubrió el mismo mensaje puesto en clave a medias. Todo había terminado. ¿Fue Sorge agente doble? En las confesiones que hizo a los investigadores japoneses después de su detención, pretendió que en 1940-1941 había recibido la autorización de Moscú para dar ciertas informaciones confidenciales a los alemanes. Schellenberg en sus Memorias pretende que «Ramsay» en 1940

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informaba al director von Ritgen, jefe de la agencia oficial de prensa D.N.B. y que él, Schellenberg, estaba al corriente. Conviene hacer notar que Walter Schellenberg, prisionero de los ingleses en 1945, fue condenado por el tribunal de Nuremberg a… cuatro años de reclusión. Murió en Roma en 1952 y The Schellenberg Memoirs no aparecieron hasta 1956. Parece evidente que este documento ha sido cuidadosamente expurgado; algunos pasajes parecen apócrifos. En la Agencia VI del S.D. se sabía que Sorge había estado en relaciones, en 1933, con Stennes, uno de los jefes superiores de los S.A., muy izquierdista, amigo de los hermanos Gregor y Otto Strasser y que se había refugiado en China. Es extraño que nadie haya hecho una deducción que se imponía: Schleicher, Ott y su mujer, Stennes, Zeller (del cual no habla Schellenberg) y Sorge. En 1941, el servicio de información político alemán llamó del Japón a su representante Franz Huber, que no parece haberse preocupado de Sorge y le reemplazó por el inspector-jefe Meisinger que, nos dice Schellenberg «había representado un papel siniestro el 30 de junio 1934», e incluso después. Josef Meisinger, que debía ser condenado a muerte y ejecutado en Polonia después de la guerra, llegó a Tokyo en mayo de 1941. Sabía muy probablemente que Sorge no era muy de fiar. Pero la Tokko, policía especial japonesa, detuvo a Sorge y a Ozaki cuando Meisinger estaba en Shangaí investigando sobre un agente del Abwehr —¡otro más!!—, Ivar Lissner, corresponsal del Volláscher Beobachter (el diario de Alfredo Rosenberg) y… agente soviético. Lissner, detenido por la policía militar japonesa el 5 de junio de 1943, no sería puesto en libertad, lo mismo que Max Klausen, el radio de Sorge, por orden de las autoridades americanas, hasta agosto de 1945. Ozaki y Sorge fueron juzgados —por un tribunal regular japonés— a puerta cerrada en septiembre de 1943 y condenados a morir colgados el 7 de noviembre de 1944. Se sabe cierto que Ozaki está bien muerto. Por lo que respecta a Sorge, cabe la duda. Su detención, su condena y más aún su ejecución molestaban a los japoneses en sus negociaciones con los Soviets. En octubre de 1931 el gobierno de Nankin había expulsado simplemente a un veterano de la información asiática, Noulens y a sus cómplices los había condenado a muerte por espionaje. Sorge trabajaba entonces en Shangaí, paralelamente a la red Noulens. En un informe a Ribbentrop, el nuevo embajador alemán Stahmer afirmó que Sorge había sido intercambiado por un grupo de agentes del ejército de Kouan-Tong, prisioneros de los rusos. El cambio, según Hans Meissner (cf. The Man with three faces, 1957) habría tenido lugar en noviembre de 1944 en territorio portugués, en Macao, adonde Sorge habría sido conducido por el

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general japonés Doihara. No es imposible. Richard Sorge era un agente de primera importancia, de la categoría de Rudolf Abel, otro maestro espía que, desenmascarado por casualidad en los E.E.U.U., fue canjeado en Berlín el 10 de febrero de 1962 por Francis Gary Powers, el desgraciado piloto del avión-espía U-2. La vida de Sorge en Tokyo, me dijo Dennis MacEvoy, era muy disoluta. Bebía mucho, sus buenos y sus malos caprichos se contaban por decenas; aunque estuvo casado en la URSS y en los EEUU. Tuvo unas relaciones duraderas con una japonesa, Hanako-Tshii, que se cree fue quien encontró e identificó su cuerpo. Durante veinte años nadie dijo una palabra de Sorge en la URSS. El 5 de noviembre de 1964 el gobierno soviético rindió un brillante homenaje al maestro espía: se le hizo, a título póstumo, un héroe de la Unión Soviética, se dio su nombre a una calle de Moscú y a un petróleo, al año siguiente se emitió un sello con su efigie. También es verdad que, en aquella época ya se habían publicado en el Japón, en los EEUU, y en Europa unas veinte obras sobre «Ramsay», cuyo papel decisivo comenzaba a ser conocido detrás del telón de hierro. Se rehabilitaron en la misma ocasión dos de los jefes de Sorge, el general Berzine y el coronel Borovitch, fusilados por orden de Stalin. Era la «desestalinización». Si Sorge fue verdaderamente canjeado, pudo ser que Stalin le dejara vivir en un lugar apartado convenientemente vigilado. Sin embargo, el hombre era peligroso. Su acción y la de su red habían permitido a los siberianos acudir mientras que nosotros estábamos inmovilizados por el barro y el hielo. Si estas hazañas se hubiesen conocido en Rusia habría destruido el mito del «milagro de Moscú» al que Stalin debía tanto. Aún hoy la existencia de la Orquesta roja es prácticamente desconocida en la URSS. Podía temerse que la retirada a finales de diciembre de 1941 y primeros de enero de 1942 tomase proporciones catastróficas y se terminase con el aniquilamiento de nuestro ejército de tierra. En 1812, después de la salida relámpago de Napoleón alertado por el complot del general Malet y la defección del príncipe Murat, el Gran Ejército se había liquidado. Si esto no ocurrió a la Wehrmacht se debe a Hitler y únicamente a él. En lugar de dar la orden general de retirada, lo hizo de manera que las unidades más expuestas al cerco pudiesen librarse mientras que otras tenían que «resistir fanáticamente en sus posiciones». Algunas ciudades fueron erigidas en fortalezas: Schlüsselburg, Novgorod, Rjev-Viazama, Briansk, Orel, Kharkov, Tangarov; sobre estos «erizos» vinieron a estrellarse las dimisiones de Koniev y de Zukov. Los generales rusos no pudieron hacer nuevamente a la inversa la

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maniobra de Hoth y de Guderian detrás de Smolensko, a pesar, de las operaciones aéreas. Sus pérdidas fueron muy grandes. Hubo que esperar a 1970 para que Lideell Hart, casi el único entre los historiadores de la Segunda Guerra mundial, reconociese que Hitler había tenido razón de no escuchar a los generales partidarios de una retirada general de la línea Pskov al norte, Mohilev Gomel al centro y el Dnieper. Nada hay más contagioso que el pánico y durante esta retirada pude darme cuenta de que algunos oficiales superiores habían perdido completamente la cabeza. Un coronel gesticulando me prohibió que me fuese con mis camiones a Volokolamsk como tenía orden de hacer, bajo el pretexto de que él sabía que los rusos estaban ya allí. Era falso. Yo volví a Volokólamsk, que se encuentra a unos sesenta kilómetros al noroeste de Istra: allí no habían visto el menor soldado ruso y la división Das Reich organizó en aquel lugar una sólida posición defensiva. Liddell Hart escribe: (op cit) Ahora está claro que la prohibición de Hitler de todo repliegue importante restauró entonces la confianza de las tropas alemanas y probablemente impidió su derrumbamiento.

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Segunda parte

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1. La capitulación sin condiciones. La verdad sobre Stalingrado Evacuado.—En la escuela de aplicación de blindados.—Regreso a Berlin al batallón de instrucción de la división de los Waffen SS Leibstandarte Adolf Hitler.— Roosevelt exige una «unconditional surrender».—Verdaderas razones de esta decisión.—Las negociaciones secretas de Estocolmo y de Ankara.—Confidencias de Franz von Papen, después de la guerra, en Madrid.—En Ankara, sin avisar a Hitler ni a Ribbentrop, maniobra para que los americanos estén prevenidos de las aperturas rusas.—Reacciones negativas en el Ministerio de Asuntos Extranjeros Alemanes.—Los rusos se ven engañados. Se pierde una gran ocasión de paz.—La capitulación del 6.° ejército en Stalingrado.—Causas de la tragedia.—El Plan Azul estaba desde noviembre sobre la mesa de Stalin.—Timochenko aplastado.—Stalin pregunta a la Orquesta roja: «¿Dónde está von Paulus?».—Sin gasolina durante dieciocho días.—«La cita de Stalingrado»: once ejércitos contra uno.—«El ejército» del coronel Wenck salva a 500.000 hombres.—Llamada a la rebelión del general von Seydlitz, adjunto de von Paulus.—Según Gisevius, von Paulus no dio la señal según la cual «el mariscal von Kluge debía ordenar el putsch en el Este».—Fracaso de la operación Zorro plateado.— Reflexiones sobre la guerra.— Acepto el mando del batallón Friedenthal «con destino especial». Al séptimo mes de esta terrible campaña de Rusia, había visto caer a tantos bravos camaradas alrededor de mí que pensaba me había escapado por muy poco. Me había encontrado bajo una salva de órganos de Stalin en noviembre de 1941, cerca de Mojaísk, y había tenido la suerte de ser retirado con una fuerte conmoción y una herida en la cabeza. En verdad, no me había repuesto nunca, desde luego, de la crisis de disentería aguda que tanto me había debilitado en Roslawl. Durante la retirada, las crisis de cólicos hepáticos se sucedieron y pronto, sólo las inyecciones calmantes me permitían tenerme en pie. Desde el comienzo de 1942 tuve que ser evacuado a Smolensko e inmediatamente a Viena. Verdaderamente tenía mal estado de salud. Querían operarme. Una estancia en el hospital de Karlsbad me evitó provisionalmente el bisturí: tuve que ser operado más tarde, en 1946, cuando estaba prisionero.

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En 1942, durante mi permiso de convaleciente, tuve la dicha de poder volver a ver a mi padre, una semana antes de su muerte. Para él y para mí esto fue muy reconfortante. «Estoy persuadido, me dijo, que los ejércitos europeos vencerán a los soviets. Pronto llegará un día en que las potencias occidentales comprenderán que les interesa terminar con el bolchevismo. Así conocerá el mundo una larga paz y vuestra generación será más feliz que la nuestra.» Muchos que pensaban como él se engañaron; al menos mi padre murió con todas sus ilusiones. Mi boletín de salida del hospital precisaba que yo era G.y.H. (utilizable en guarnición en el territorio nacional) y fui enviado como oficial ingeniero al batallón de reserva de la división de los Waffen SS de la Leibstandarte Adolf Hitler en Berlín. Allí me aburrí tremendamente durante seis meses. Me hacía el efecto de que era un emboscado y pronto encontré un medio de salir: fui voluntario para seguir los cursos de la escuela de aplicación de los blindados. Después de haber pasado algunos tests, fui traspasado como oficial ingeniero a la división de los Waffen SS Totenkopf, que, de motorizada, debía ser transformada en división blindada. Desgraciadamente no estaba completamente curado. Tuve una recaída durante el invierno 1942-1943. Se dieron cuenta que yo era G.y.H. y volvieron a enviarme al batallón de instrucción de Berlín. Desde luego eran necesarios oficiales ingenieros en las unidades de instrucción. No obstante, yo pensaba que me era posible servir más útilmente. No era sólo el fastidio de ser nada más que un buen funcionario que hacía escrupulosamente su cometido lo que me atormentaba. Dos acontecimientos casi simultáneos habían hecho reflexionar a todos los alemanes preocupados por el porvenir de su patria. En Casablanca, Roosevelt acababa de decidir (enero 1943) la presencia de Winston Churchill, que los Aliados exigirían del Eje y primeramente de Alemania, una capitulación sin condiciones. Es cierto que Roosevelt no podía servir mejor a la propaganda de Goebbels que pronunciando las palabras de «unconditional surrender». No exigían que Hitler y el nacional-socialismo desapareciesen, lo que hubiese sido lógico si se hubiese hecho la guerra política e ideológica que se pretendía en nombre de las grandes democracias; Roosevelt exigía que tirásemos las armas dando por sentado que el único gran vencedor en aquel momento sería Stalin: no podía ser de otra manera. Era entregar al bolchevismo no sólo Alemania, sino Europa. De hecho, esta decisión aberrante de Roosevelt disimulaba un verdadero pánico. Desde noviembre de 1942 se habían realizado contactos en Estocolmo

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entre un alto funcionario alemán de los territorios que ocupábamos en el Este, Peter Kleist, y un conocido de la embajada soviética en Suecia —dirigida por la activísima Mme Kollontaí—, el industrial sueco Edgar Klauss, en realidad portavoz de Stalin. La paz podía ser firmada entre Berlín y Moscú en ocho días, sobre la base de las fronteras de agosto de 1939. Perfectamente al corriente de las gestiones suecas, Roosevelt temía, por encima de todo, una nueva entente entre Berlín y Moscú. Su «unconditional surrender» fue ante todo un bluff, destinado a persuadir a Stalin de que, ocurriera lo que fuese los EEUU continuarían la guerra. Yo me enteraría más tarde en Nuremberg, de boca de Sailer, consejero de nuestra embajada en Ankara, que las conversaciones encaminadas a encontrar un arbitraje en el Este —que por lo demás continuaban en Estocolmo— se habían reanudado en Turquía, a finales de abril de 1943, por nuestro embajador Franz von Papen. El mismo debía darme a este respecto precisiones muy interesantes. Después de su liberación en 1949, el antiguo Relchskanzaler fue invitado por el ministro de Asuntos Exteriores español a pronunciar una conferencia en el Ateneo, célebre círculo cultural cuyas tradiciones liberales son muy conocidas. El organizador de esta conferencia era un eminente diplomático amigo mío, el marqués de Prat de Nantouillet. Tuve la ocasión de almorzar y cenar en compañía del conferenciante y tener con él una larga conversación con respecto a aquel «negocio de Ankara» aún muy mal conocido. Fue la Embajada de la URSS quién había dado los primeros pasos por mediación del ministro de Asuntos Exteriores turco. Luego, von Papen hizo saber al ministro turco que la paz en el Este no le parecía imposible «si se hiciesen proposiciones razonables». «Lo que yo preveía y deseaba, me dijo Franz von Papen, ocurrió. Los turcos se apresuraron a poner en antecedentes de mi respuesta Al mismo tiempo, a los rusos y a los americanos. El embajador de E.E.U.U. salió inmediatamente para Washington. A su vuelta fue a ver a los de Asuntos Exteriores turcos, los cuales me comunicaron luego el punto de vista del Secretario de Estado y de la Casa Blanca: «Alemania debía saber que los E.E.U.U. estaban dispuestos a firmar con ella una paz separada, veinticuatro horas antes que la URSS. Fue una pena que Franz von Papen —y me permití hacérselo observar— quisiera llevar solo estas conversaciones, sin prevenir a Ribbentrop ni a Hitler. La reacción de Ribbentrop fue extremadamente violenta y el Führer vio en las conversaciones de Ankara (después de las de Estocolmo) la prueba de que la URSS estaba cansada. Si Franz von Papen hubiese prevenido inmediatamente a Hitler de las aperturas rusas en lugar de dar la alerta a los americanos, es posible, incluso

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probable, que aquellas hubiesen desembocado al menos en una suspensión de las hostilidades. Ni Alemania ni Rusia tenían interés en desangrarse. En abril de 1943 el mismo Stalin temía que el desembarco aliado no se hiciese en Sicilia (10 julio 1943) sino en los Balcanes, como lo deseaba Churchill. Un alto en las hostilidades en el Este —y, en el curso de nuestra conversación «en petit comité» se lo dije muy francamente a Papen— hubiese hecho imposible todo desembarco en Sicilia y más tarde en Francia. Un acuerdo en el Oeste hubiera resultado fatal. «Quizás tenga usted razón, me dijo el antiguo canciller. Pero, créame, ¡Ribbentrop hubiera estropeado todo!» Franz von Papen era ciertamente un diplomático muy superior a Ribbentrop. Sin embargo, en aquella ocasión todo se estropeó primeramente porque Papen quiso hacerlo por su cuenta, jugar doble juego y tratar con el Oeste, desde luego por convicción, pero también porque fue Ribbentrop quien, en agosto de 1939, en Moscú, había firmado el pacto con Stalin. El apuntaba alto. Sin duda alguna, hubiese reemplazado a Ribbentrop en Asuntos Extranjeros si las aperturas rusas, inmediatamente conocidas del Führer, hubiesen terminado bien. Pero creo que el antiguo canciller apuntaba mucho más alto. Puestos inmediatamente al corriente del doble juego de Papen, Stalin y Molotov no imaginaron ni por un segundo que los americanos habían sido prevenidos sin el acuerdo formal del Führer. Se vieron engañados y dieron entonces, pero entonces solamente, seguridades a los americanos. En su discurso del 1.° de mayo de 1943, Stalin, a su vez, se declaró partidario de una «capitulación sin condiciones»: «No es posible paz alguna separada, dijo éste «gran demócrata», con los bandidos fascistas.» El general Franco y su ministro de Asuntos Exteriores, Jordana, propusieron entonces su mediación en el Oeste. El 11 de mayo de 1943 el Jefe del Foreign Office, Anthony Edén, rechazó oficialmente todo compromiso: la suerte de una decena de naciones estaba sellada. Se ha pretendido, pero es poco probable, que un nuevo acuerdo germanosoviético en el Este hubiera reforzado las secciones europeas de la Internacional comunista. Al contrario. Sus cuadros y sus «compañeros de viaje» se habían comprometido demasiado en una propaganda y una acción antialemana para que se arrastrara generalmente un nuevo trastorno. Como antaño en el seno del Reich, en Italia, Portugal, Hungría, España y ya en Francia y en Bélgica en 19361939, los militantes obreros se hubiesen unido a los movimientos de síntesis política, social y nacional, con perspectivas europeas. El socialismo europeo antimarxista hubiera podido así tomar posiciones.

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Todo ocurrió, tanto en Estocolmo como en Ankara, sin que Ribbentrop fuese prevenido de antemano de aquellos contactos y conversaciones. Las de Ankara son muy poco conocidas; las gestiones de Kleist si lo son (Cf. Peter Kleist: Zwischen Hltder and Stalin, Bonn, 1950.). La acción de Ribbentrop fue desde 1939 esencialmente negativa. Fue una desgracia para Alemania y para Europa que no hayamos tenido al lado de Hitler un diplomático de clase, convenientemente informado de la mentalidad inglesa. Yo creo muy firmemente y no soy el único, que Gran Bretaña declaró esta guerra contra sus intereses vitales. Pero no se trata de eso. Ribbentrop persuadió a Hitler de que los ingleses no harían la guerra para impedir que los alemanes de Dantzing fuesen alemanes; hay derecho para decir que en 1943, aún, se perdió una gran ocasión de hacer la paz. Los consejeros de Roosevelt le habían afirmado, como se lo habían afirmado a Churchill, que la amenaza de «capitulación sin condiciones», unida a los bombardeos terroristas, que habían confesado tenían como fin «arrasar todas las ciudades alemanas de más de cien mil habitantes», apresurarían el fin de la guerra. Esto era conocer mal al pueblo alemán. Condenado a muerte, quiso morir de pie. Pero es cierto que las resoluciones de Roosevelt y de Churchill prolongaron la guerra un año por lo menos. Al comienzo de 1943 yo ignoraba, naturalmente, todos los tratados secretos en curso. Como yo, la mayoría de los soldados sólo retuvieron la expresión unconditional surrender. Un pueblo altivo y un alemán bajo las armas sólo podían considerarla con desprecio. Al mismo tiempo nos habíamos enterado de la capitulación de los restos del 6.° ejército que mandaba el general von Paulus en Stalingrado. Se rindió con su Estado Mayor el 31 de enero de 1943. Los últimos soldados del 11.° cuerpo mandado por el general Strecker combatieron hasta sus últimos cartuchos. Muchos oficiales se suicidaron. Un poco antes de las 9 de la mañana del 2 de febrero, la O.K.H. recibió este radiotelegrama: «El 11.° cuerpo de ejército y sus diez divisiones han cumplido su deber. Heil Hitler. General Strecker.» Todo el mundo no había cumplido su deber en el 6.° ejército, que cayó en una trampa como vamos a verlo. Antes es necesario considerar que existe una leyenda de Stalingrado, como en 1812 existió una leyenda de la Beresina, donde las pérdidas francesas fueron exageradas. Se ha pretendido que habían sido hechos prisioneros en Stalingrado alrededor de 400.000 oficiales y soldados alemanes y aliados; después esta cifra ha sido reducida a 330.000 por Eremenko y finalmente a 300.000. La realidad, por trágica que sea, es diferente.

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Según un «estado de situación» recibió el 22 de diciembre por la O.K.H., el número exacto de los combatientes cercados el 18 de diciembre de 1942 era de 230.000 alemanes y aliados, de estos 13.000 rumanos. Pero, del 19 al 24 de enero de 1943, pudieron ser evacuados por el aire 42.000 heridos, enfermos y especialistas. Del 10 al 29 de enero 16.800 combatientes fueron cogidos por los soviéticos y en el momento de la capitulación (31 enero-3 febrero), 91.000 fueron capturados. Los rusos hicieron pues 107.800 prisioneros en total, de los cuales cerca de 6.000 habían vuelto a Alemania en 1964 (cf. P. Carell, op. cit.). Los 80.200 que faltan, perecieron en Stalingrado antes, durante y después de la capitulación. En el saco estaban prisioneros 19.300 oficiales y soldados del Ejército rojo, que liberó la capitulación. O sea, tres veces más que los prisioneros alemanes repatriados después de diez años de cautividad. Es cierto que el Führer ha cometido también graves errores durante esta guerra. Sin embargo, la mayoría de los historiadores han afirmado, sin razón que él fue el único responsable de la tragedia de Stalingrado por haber rehusado dar al general von Paulus la orden de retirada en noviembre de 1942. Primeramente hay que saber que Hitler había recibido la seguridad de que von Paulus podía ser avituallado por el aire, lo cual se comprobó era imposible y costó la vida a numerosos combatientes y también la del general Jeschonnek, Jefe de Estado Mayor de la Luftwaffe que se suicidó. Al comienzo de aquel año 1943, ni el pueblo ni el soldado alemán podían figurarse las verdaderas razones de aquella derrota. Todos pensábamos que la suerte de las armas había sido contraria a Friedrich von Paulus y para nosotros se trataba de una batalla perdida después de tantas victorias. Nos engañábamos. En realidad, se trataba del gran giro de la guerra. Fue en 1944, después de unas conversaciones con el general Walter Wenck, del que me ocuparé a continuación, cuando yo empecé a comprender: se nos ocultaba lo principal y el proceso de Nuremberg debía aportar a este tema algunas revelaciones. Hablé entonces de los misterios de Stalingrado con el general de ejército Johannes von Blaskowitz, antes de su suicidio. Más tarde, el capitán Radl y yo, desde noviembre de 1947 a febrero de 1948, pasamos una temporada en Villa Alaska, sede de la Comisión americana de Descubrimientos históricos, dirigida por el coronel Potter. Este último nos había pedido que escribiésemos, para los archivos del ejército U.S., la narración del rapto del Duce. Yo aprendí mucho durante mi estancia en villa Alaska. El Generaloberst Gotthard Heinrici se encontraba allí. En 1943, estaba a la cabeza del 4.° ejército, es decir, de diez divisiones diezmadas, había conseguido sostener un frente de 150 kilómetros —de Orcha a Rogatchev— y romper el asalto de treinta y siete divisiones soviéticas.

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En Villa Alaska, comentando las operaciones de Stalingrado, Heinrici juzgaba que la evolución de la situación en todo el frente entre el Don y el Volga presentaba desde el principio de septiembre de 1942 numerosas anomalías, inexplicables si el enemigo no hubiese estado precisamente informado muy de antemano de las intenciones de nuestro Estado Mayor. Además, ciertas indecisiones de von Paulus que, a finales de agosto de 1942, no se unió con el general Hoth, jefe del 4.° ejército blindado, como había recibido la orden, eran, al menos, sorprendentes. Ahora sabemos que dos de los principales adjuntos de von Paulus, los generales von Seydlitz y von Daniels, eran miembros de la conjuración que tenía como fin asesinar a Hitler. Como veremos, eran von Paulus y Kluge los que tenían que dar la señal de la insurrección militar. Ni uno ni otro tuvieron valor; pero tampoco actuaron como generales decididos a alcanzar la victoria. También sabemos que la Stavka fue prevenida desde finales de noviembre de 1941 por la R.K. de la intención del Führer de atacar en la primavera de 1942 en dirección al Cáucaso para apoderarse de las reservas y de los pozos de petróleo en Batoum, en el mar Negro y en Bakou en el Caspio. Así, sólo el día 21 de noviembre de 1941, la Stavka recibió de Gilbert (Trepper en París) el aviso de que «los alemanes reunían barcos en los puertos búlgaros con vistas a una operación contra el Cáucaso»; por Antón (Holanda) supo que unidades combatientes de la Luftwaffe se habían marchado de Grecia para ir a Crimea; y por Coro (Schulze-Boysen en Berlín) recibió las siguientes precisiones: «El plan HI con objetivo Cáucaso, previsto en origen para noviembre, no entrará en vigor hasta la primavera próxima. Progresión prevista de la ofensiva: Losowja Balakleja Tschugtyew Belgorod Achtyrka Krasnograd. Alto mando en Kharkov. Siguen precisiones.» Nuestra orden de batalla fue después regularmente comunicada al enemigo en todos sus detalles. La totalidad del plan III, convertido en Plan Azul, fue desde luego confiado abiertamente al enemigo, con todos los mapas, el 19 de junio de 1942, por el comandante Reichel, oficial del Estado Mayor de la 23.ªdivisión blindada, que se pasó al enemigo con un avión Fieseler-Storch. Todos nuestros planes estaban pues sobre la mesa de Timochenko. No hay ninguna duda al respecto y Paul Carell, Erich Kern y W. F. Flicke, ex-oficial del Funk-Abwehr, lo reconocen. Fue por eso por lo que Timochenko se empeñó, desde el 12 de mayo de 1942, en montar sobre Kharkov una fuerte ofensiva que debía terminarse precisamente con el cerco del 6.° ejército, mandado por el general von Paulus. Esta ofensiva fracasó lamentablemente. Timochenko perdió 60.000 muertos o heridos y 239.000 prisioneros; 2.026 cañones y 1.250 carros fueron destruidos o capturados después de una serie de maniobras combinadas entre los generales

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Kleist y von Mackensen. Timochenko fue entonces relevado de su mando del frente Sur-Oeste y, cuando el mariscal von Bock, jefe del grupo de ejércitos B y el mariscal List jefe del grupo de ejércitos A, pasaron a la ofensiva, fue para los rusos el caos. Desde el punto de vista estratégico, la Stavka tuvo razón en ordenar por todas partes el repliegue rápido de sus unidades. El plan de Stalin, en respuesta al nuestro que tenía ante sus ojos, eran sencillo: decidió atraer al grupo de ejércitos A (List) lo más lejos posible del Sur caucasiano, mientras que el grupo de ejércitos B (Bock), encargado de avanzar por el este a Stalingrado, sería fijado allí. Al mismo tiempo, se organizarían sobre las orillas izquierdas del Don y del Volga irresistibles masas de hombres y material. Cuando el grupo List estuviese profundamente comprometido en el Cáucaso, estas masas se pondrían en movimiento en dirección a Rostov, aniquilarían al 6.° ejército del grupo B y cortarían la retiradas a los ejércitos de List, privados de todo abastecimiento y que no tendrían tiempo de subir bastante deprisa en una distancia tan considerable. Esa fue la catástrofe que estuvo a punto de producirse y que se hubiera producido si el alto mando soviético hubiese sido más maniobrero. ¿Qué ocurrió en consecuencia? El primer ejército blindado de Kleist tomó Rostov donde desembocaba el oleoducto que venía del Cáucaso. Después de esto, los ejércitos de List se internaron hacia el sur, tomaron Krasnodar, Novorossiisk, los pozos de petróleo de Maíkop (producción anual: 2.600.000 toneladas), Pyatigorsk, llegando a Ordjonikidze, en la carretera de Tiflis y también una vía férrea desconocida que unía Bakou con Astrakhan. Según el Plan Azul, el papel del 6.° ejército (del grupo B) que mandaba von Paulus, era esencialmente proteger el flanco izquierdo del grupo de ejércitos List. El general Halder, jefe del Estado Mayor de la O.K.H., que en 1940 había hecho nombrar a von Paulus contramaestre del ejército, le confió la misión de marchar a Stalingrado, «neutralizar» la ciudad y «destruir las pocas concentraciones enemigas señaladas al norte de la gran curva del Don». Primeramente, los repliegues ordenados por la Stavka delante de nuestro 6.° ejército degeneraron en desastre y grandes ocasiones se perdieron. Sí, por ejemplo, se hubiese destacado más pronto el general Hoth del 4.° ejército blindado el grupo List para subir al norte de Stalingrado, todo el asunto se hubiese terminado con una catástrofe para los rojos. Pero Hoth subió demasiado tarde de Kotelnikovo. En Junio de 1942, el 6.° ejército del general von Paulus continuaba pues su carrera perseguida en dirección de Stalingrado y había avanzado ya 300 kilómetros sin librar seriamente batalla.

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Fue el general Gordov quien, provisionalmente, reemplazó a Timochenko. Había ejecutado las órdenes de la Stavka. A primeros de julio había colocado al 62 ejército, mandado entonces por Kolpaktchi y después por Lopatine, en la región de Kalatch (donde von Paulus debía atravesar el Don) en compañía de los 63 y 64 ejércitos, mandados por Kouznetzov y Choumilov. Según el plan previsto, otros ejércitos llegaron después en ayuda para encerrar a von Paulus: los 4.° y 1.° blindados de Kroutchenkine y de Moskalenko, el 5.° de Popov, el 21.° de Tschistjakov, el 24.° de Galardina, el 65.° de Batov, el 66.° de Shadov, los 51.° 57.°, 64.°, el 2.° de servicio (Malinowski), el 5.° blindado, el 28.° de Guerasimenko, el 4.° cuerpo mecanizado, etc., se apresuraron hacia la «Cita de Stalingrado». Pero entonces ocurrió un acontecimiento totalmente imprevisto por la Stavka: ¡el 6.° ejército de von Paulus no apareció! En Moscú hubo inquietud y pronto pánico. Se temía que Hitler, una vez más, hubiese modificado sus planes sin que Werther se hubiese informado. ¿Dónde estaba Paulus? Es significativo que, para saberlo, el gran Estado Mayor del Ejército rojo no se haya confiado ni a su aviación ni a sus grupos especiales de reconocimiento: Direktor interrogó a Rado. Se supo, gracias a él y a Werther que el 6.° ejército estaba inmovilizado… ¡por falta de carburante! Esta falta de gasolina duró dieciocho días, durante los cuales la defensa de Stalingrado fue, por supuesto, reforzada y confiada al general Emerenko. Se ve que la Stavka no tenía verdaderamente nada que temer de nuestros especialistas en logística. La historia verídica de la batalla en Stalingrado, que duró del 20 de julio de 1942 al 2 de febrero de 1943, queda por escribir: esperemos que lo sea algún día. Ni las Memorias de los mariscales. Tchouikov y Eremenko, ni la obra de la B.C. Talpoukhov, La gran Victoria del Ejército soviético en Stalingrado (1953) son de gran utilidad: son sobre todo, del estilo de Epinal. Desde luego, ni una palabra de la Orquesta roja. El heroísmo de los defensores de Stalingrado en las grandes fábricas «Barricada roja», «Djeijinsky», «Octubre rojo», durante los meses de septiembre y octubre, es ciertamente digno de la mayor admiración. La ciudad se extiende en una longitud de sesenta kilómetros y el soldado ruso se batió admirablemente por toda ella. Pero, contra toda evidencia, Eremenko pretende que el 6.° ejército alemán y los rumanos, los húngaros los italianos que luchaban con él tenían superioridad en número y en material, cuando una decena de Ejércitos soviéticos, la 16.ªflota de Rudenko, unidades especiales entrenadas para combates en calle, una inmensa artillería, una poderosa defensa contra aviones, brigadas de ingeniería, etc., daban ya a los rusos en noviembre de 1942 una superioridad de 4 a 5 contra 1, Entre los jefes militares soviéticos más

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conocidos, seis mariscales hicieron su carrera en Stalingrado: Voronov, Tchouikov, Tolboukhine, Rokossovsky, Malinowski y A.I. Eremenko. ¿Por qué Hitler y la O.K.W., viendo que von Paulus no salía del atolladero no le dieron a finales de octubre una orden de repliegue? Primeramente, porque el jefe de nuestro 6º ejército les había comunicado que tomaría la ciudad: telegrafió el 25 de octubre a Hitler que la tomaría por asalto «el 10 de noviembre lo más tarde». Carell escribe (op. cit.): Una información de la O.K.W, cuyo origen es todavía hoy desconocido, confirmó al Führer en sus juicios optimistas: los rusos, a partir del 9 de septiembre no poseían ninguna reserva operacional de importancia. Por tanto, ya a finales de noviembre, el Führer no podía dar orden de repliegue a Paulus: su ejército hacía frente entonces a 11 ejércitos soviéticos, que se hubiesen precipitado sobre Rostov con 4.500 carros, para cortar la retirada a nuestros ejércitos del Cáucaso: medio millón de hombres. El 9 de noviembre de 1942, Direktor preguntó a Dora el dispositivo exacto de defensa del 6º ejército. Diez días más tarde, los soviets atacaron fuerte en los lugares más débiles. Al noroeste del Stalingrado cercado, encontraron un enorme agujero y fueron a meterse por él. Fue mi amigo Wenck, entonces general, quien les cerró el camino con una brigada formada de improviso, reclutada allí mismo entre los obreros de la Luftwaffe, los empleados ferrocarril, los obreros del Servicio del Trabajo, los secretarios, Rumanos del tercer ejército, cosacos, ucranianos, caucasianos voluntarios, los que estaban de permiso y los guardias. Con el teniente coronel von Oppeln-Bronikovski, equipó un pequeño cuerpo «blindado»: 6 carros recuperados, 12 coches blindados, unos veinte camiones, un 88 de DCA a tracción. Tal fue el ejército Wenck que, a finales de noviembre, mantuvo día y noche 170 kilómetros de frente, con municiones recuperadas y gasolina robada. Fue gracias al grupo Wenck, al fin socorrido por elementos del 17° cuerpo del general Hollidt, que pudo ser rellenada la brecha que se abría entre el Tchir y el Don, y que el mariscal von Manstein, cuando acudió, pudiese volver a tomar las colinas de la orilla suroeste del Tchir, y después organizar una línea de resistencia que permitiese a las divisiones que subían del Cáucaso no quedarse al fondo de la red. Citaré el ejemplo de Wenck y sus voluntarios y no el del general Walter von Seydlitz-Kurzbach, adjunto de von Paulus y jefe del 51 cuerpo de ejército. Contra las órdenes de la O.K.W., Seydlitz les dejó colgados el 24 de noviembre. Por este movimiento, su 94° D.I. se hizo matar enteramente, lo que no impidió a este general, heredero de un nombre ilustre, hacer una llamada a la rebelión. He aquí una parte del manifiesto redactado el 25 de noviembre: …Si la O.K.W. no modifica su orden de mantenernos en posición de erizo, nos quedará el deber imprescriptible de actuar según nuestra conciencia hacia el ejército y el pueblo alemán y volver a tomar nuestra libertad de acción. 134

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Volveríamos a encontrarnos a Seydlitz y von Paulus (nombrado mariscal por Hitler, que ignoraba todas estas traiciones) detrás de los micrófonos de Radio Moscú, «actuando según su conciencia». En el proceso de Nuremberg, von Paulus compareció como testigo «libre» de la acusación soviética. Abrumó al mariscal Keitel y al general Jodl y pretendió no saber nada de la operación Barbarossa de la que había preparado el plan cuando era contramaestre en la O.K.H. En la audiencia del 25 de abril de 1946 se oyó al «testigo Gisevius» declarar al tribunal: «Después del fracaso de nuestros esfuerzos para convencer a los generales victoriosos de hacer un putsch, tratamos aún de hacerlo cuando comprendieron que íbamos a la catástrofe… Emprendimos los preparativos en vista del momento, que habíamos previsto con una exactitud casi matemática, en que el ejército Paulus se vería obligado a capitular, a fin de organizar al menos un putsch militar. Se me llamó a Suiza para tomar parte en todas las discusiones y en todos los preparativos. Puedo certificar que aquéllos preparativos fueron, esta vez, muy lanzados. Habíamos tomado contacto en el Este con los mariscales y en el Oeste con Witzleben. Pero las cosas ocurrieron de nuevo diferentemente, porque el Feldmarschall von Paulus capituló en lugar de darnos la señal según la cual, en los términos del plan establecido, el mariscal von Kluge debía comenzar el putsch en el Este.» Todo el mundo sabe que el «testigo Gisevius» estaba en Suiza al servicio del «enemigo, empleado de M. Dulles, jefe de los servicios secretos americanos. Se declaración huelga de todo comentario. Ignorando todas las fealdades horribles de la traición, yo estaba firmemente convencido al comienzo de este año 1943 que Alemania no perdería esta guerra. Sabía también que tenían que llegar las pruebas más duras. Cuando estaba hospitalizado y durante mis estancias en Viena y en Berlín, había escuchado atentamente las reflexiones de oficiales y soldados que volvían del frente. Yo había reflexionado mucho en las campañas del Oeste, de los Balkanes y de Rusia, en las cuales había participado con la división Das Relch. Además, no había dejado de escribirme con el coronel Hansen, jefe de mi antiguo regimiento de artillería. Ciertamente los rusos habían sido sorprendidos a pesar de todas las informaciones que poseían, por la Blítzkrieg, por el empleo de las grandes unidades acorazadas que penetraban profundamente en su dispositivo. También es cierto que habíamos hecho varios millones de prisioneros, y éstos constituían por sí solos un problema que la ausencia de cultivos —excepto en Ucrania—, de medios de transporte y de stocks de abastecimiento, había hecho insoluble. No podíamos guardar

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prisioneros si ellos no aceptaban. Ya al comienzo de 1943, decenas de miles de ellos se habían evadido fácilmente y muchos se habían incorporado a las unidades soviéticas que habían escapado de los cercos. De este modo se constituían importantes formaciones de partisanos, como ya lo había recomendado Stalin en su llamada del 3 de julio de 1941. En aquellas inmensas extensiones sin carreteras, nuestras formaciones de carros no podían obtener los mismos resultados que en Polonia, en Holanda o en Francia. La combinación ofensiva de todas nuestras armas, aviación artillería, blindados, infantería, no podía tener la misma eficacia, dado que nuestros fines y nuestros medios eran conocidos del enemigo y que, como en tiempo de Napoleón, nuestras grandes unidades eran hostigadas en sus flancos y por detrás por contraofensivas montadas a propósito y por las unidades de partisanos que la inmensidad misma del país hacía imposible capturar. Sabíamos también que los rusos recibían de los americanos un material enorme ya que, detrás de los Urales grandes «combináis» industriales eran inaccesibles. Si hubiésemos conquistado el Ruhr soviético, entre el Dniéper y el Donetz, la 2ª y 3ª divisiones de montaña y el 9ºregimiento de infantería de la división Waffen SS, Cabeza de Muerto bajo las órdenes del bravo general Dietl, no hubieran podido desgraciadamente conseguir la operación Zorro plateado en el norte. El ferrocarril de Mourmansk, arteria vital para el avituallamiento de los ejércitos soviéticos, no hubiese podido ser cortado. Después de combates encarnizados en la tundra, el tercer ejército finlandés chocó con fuerzas muy superiores y tuvo que detener su ofensiva a unos 20 kilómetros de la estación de Salla Loukhi. Más al norte, Dietl llegó a menos de 50 kilómetros de Mourmansk y él también tuvo que dar la orden, de retirada el 20 de septiembre de 1941. Los navíos de los 19 primeros convoys de los aliados occidentales que fueron desembarcando en Mourmansk contenían 520.000 camiones y vehículos diversos, 4.048 carros y 3.052 aviones. Yo ignoraba también esto. Pero lo que sí sentía muy vivamente es que ya no hacíamos una guerra revolucionaria: hacíamos una vieja guerra. No necesitábamos conocer los detestables intríngulis del siniestro asunto de Stalingrado, cuyo resultado no se ocultó al pueblo alemán, para comprender que el enemigo había aprendido mucho, que sabía tanto o más que nosotros. Por mi parte, estaba persuadido de que, para tomar la iniciativa nos era necesario, como en 1939-1940, emplear otros métodos, decididos, sorprendentes. Era la concepción misma de esta guerra la que era necesario reconsiderar y al mismo tiempo buscar, descubrir, poner a punto armas nuevas que pudiesen ser adaptadas a acciones concertadas. Pero comprendía que yo tenía demasiada imaginación. No era más que un tenientillo desconocido. Y si hubiese tenido la ocasión de exponer estas ideas

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subversivas a un general con los galones rojos del Estado Mayor, sin duda le hubiese hecho sonreír. Fue después de mi segunda recaída y de mi llamada a Berlín cuando comencé a moverme mucho para evadirme de la vida de guarnición. Escribí al comandante Rumohr y al coronel Hansen pidiéndoles su apoyo acerca de «Papá» Hausser. Hice visitas. Mi dossier estaba en la Führungshauptaint de los Waffen SS., es decir, en nuestro Estado Mayor, cuyo jefe era el general Hans Jüttner. Este antiguo oficial de la Reichswehr, muerto en 1973, era un hombre notable. En el plan militar, el único qué nos interesaba. Se le consideraba como infinitamente superior a Himmler. Yo le había expuesto francamente la viva esperanza que tenía —sintiéndome está vez completamente restablecido— de servir en una unidad de combate donde pudiese dar prueba de mayor iniciativa que en un cuartel berlinés. —Muy bien, me dijo. El coronel Hansen ya me ha hablado de usted. Le llamaré dentro de poco. Después de mi segunda visita comprendí que el general se había tomado el trabajo de estudiar cuidadosamente mis hojas de servicio, que sabía no sólo lo que había pasado en el momento en que preparábamos Otarle, sino también en Ielnya, en Ucrania, en Borodino, en Rousa y al comienzo de la retirada ante Moscú. No ignoraba nada de mis informes proponiendo el ancho engranaje detrás de nuestros camiones… —Era verdaderamente menos cinco en Ielnya, me dijo. Se desenvolvió usted bien. En el infierno de Ielnya creímos que nuestro oficial de tiro, el capitán Scheuffele, quien, un poco retrasado de la línea de frente, mandaba el fuego de las 24 piezas en batería detrás de él, estaba herido o se había vuelto loco: había dejado de tirar. Pude difícilmente llegar hasta su agujero que encontré rodeado de botellitas de vodka vacías: el capitán estaba borracho. Hastiado de tener que ordenar cada tres horas el tiro de las 24 piezas sobre las mismas masas de rusos que iban a la muerte a través de los cadáveres de los ataques precedentes, había bebido. Le reemplacé y he de confesar que, para poder aguantarlo, bebí yo también después del tercer ataque. Pero los tropeles soviéticos fueron detenidos cada vez. Una pesadilla. Creo que lo que interesó sobremanera al Estado Mayor de la Waffen SS es que yo sabía igualmente conducir y reparar los últimos tipos de carros alemanes, los carros americanos y los robustos T-34 rusos, en los que a veces había que pasar las velocidades a golpes de martillo, pilotar un avión, evolucionar en el agua, tirar bastante bien con fusil y revólver, mandar un tiro de artillería, dirigir una unidad de reconocimiento, construir un puente, escribir un informe claro, etcétera…

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—Usted es, me dijo Jüttner riendo, el único oficial que conozco que haya sido nombrado alférez y teniente con diez minutos de intervalo. Bonita promoción. Comprendí que «Papá» Hausser, el coronel Hansen y el comandante Rumohr me habían «recomendado» seriamente. La conversación era cordial. Prudentemente, primero, expuse, pues, algunos intentos poco ortodoxos sobre la guerra más audaz que éramos capaces de hacer. El general asintió vivamente y tuve de repente la impresión de que tenía, como su suele decir, «una idea entre ceja y ceja». No me engañaba. Jüttner me hizo llamar unos días más tarde. Tenía que escoger, me dijo, «un oficial que poseyese a la vez experiencia del frente y un buen bagaje técnico», para mandar y organizar una unidad «de destino especial». Escuché con atención y con pocas frases precisas me expuso las tareas que se esperaban de cierto batallón que se encontraba acampado en un parque de Friedenthal, cerca de Berlín y de cierta escuela instalada cerca de la Haya, en Seehof. «Aquí se trata, concluyó el general Jüttner, de una concepción de la guerra sin duda enteramente nueva para usted, y no quiero ocultarle que es un puesto de gran responsabilidad. Después de nuestra conversación del otro día, tengo la convicción de que usted es el oficial que necesitamos. Naturalmente, debe reflexionar sobre esta proposición y es usted libre de rechazarla. —«Todo está reflexionado, le dije. Acepto:» Fue así como fui nombrado al mismo tiempo capitán, jefe del batallón z.b.V. Friedenthal y de la escuela de Seehof. Me levanté para despedirme y dar las gracias al general. Él sonrió: «Ha aceptado usted inmediatamente. Muy bien. Perfecto. Sin embargo, creo es necesario que eche usted una ojeada a Friedenthal y a Seehof. Podría ser que por circunstancias independientes de su voluntad se presentasen ciertas dificultades imprevisibles. A su regreso venga, pues, a decirme su impresión, y si usted lo desea, querido, consideraremos entonces su aceptación como definitiva.» Era evidente que Jüttner, conociendo las «dificultades imprevisibles» que tendría que vencer» quería darme la posibilidad de abandonar la partida. Era un general tan prudente como cortés.

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2. No tirar El batallón Friedenthal «con destino especial».—Donde se comprende que el historiador que se equivoca tiene excusas.— Por qué W. Schellenberg no podía darme órdenes.—Orígenes de la división Brandebourg.—Mis primeros oficiales: el «chino» Hunke y el Jurista Radl.—Rechazo ser nombrado coronel del S.D.—Lord Mountbatten, su sucesor el general Laycock y los British Commandos.—«Fair play» de la B.B.C.—MÍ entrevista en Londres con el «comandante Fantasma», David Stirling, antiguo Jefe del Special Air Service.—Hazañas en África. Londres decide eliminar al general Erwin Rommel.—La noche de Beda Littoria: comentarios de Sir Winston Churchill, leyendas y realidades.—lecciones del fracaso del Scottish Commando.—El inaccesible Reducto del Lobo y sus tres círculos.— Por qué no tirábamos.—Sobre una conclusión de Clausewitz. Friedenthal, que se encuentra a unos veinte kilómetros al norte de Berlín, era un antiguo lugar donde se citaban para la caza los Hohenzollern. En un vasto parque alrededor de dos pabellones donde se reunían antiguamente los invitados del emperador, se instaló en la primavera de 1943 un campamento de barracas prefabricadas donde acamparon primeramente una compañía de infantería, la mitad de otra y la cuarta parte de una compañía de transporte. La totalidad, que se denominaba Sonderverband z.b.V Friedenthal, estaba mandada por un oficial holandés de los Waffen SS y un Estado Mayor verdaderamente fantástico. De los servicios de archivo, documentación, organización y transmisión, más vale no decir nada. De los 300 hombres, aproximadamente, que encontré en Friedenthal, el 85 por 100 eran alemanes, el 15 por 100 holandeses, flamencos, Volkdeutsche rumanos o húngaros. Todos eran voluntarios perteneciendo como yo —insisto en ello—, a los Waffen SS. Ya he demostrado en la primera parte de este libro (capítulo 3), que los Waffen SS no eran, en modo alguno, como se pretende tan a menudo, «policías al servicio de Himmler», sino soldados. Necesito dar aquí, una vez más, algunas precisiones. Cuando Hitler nombró a Heinrich Himmler Reichsführer de las Schutzstaffel, tropas de protección o SS, era el 16 de junio de 1929. Himmler mandaba entonces a 280 hombres. Después apareció en 1933 la SS general, o Allgemeine SS. El uniforme negro sentaba muy bien y tuvo el mayor éxito entre

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los jóvenes de actividades más diversas: estudiantes, diplomáticos, médicos, abogados, funcionarios, militantes nacional-socialistas, que querían distinguirse de los S.A. de camisa parda, aquellos «combatientes de la acera». El 17 de junio de 1936, el Führer cometió el grave error de nombrar a Himmler director general de la policía alemana, al mismo tiempo que le dejaba como Reichsführer de las SS. De esto resultó toda una serie de equívocos, que transforma una buena parte de la historia del III Reich en verdadero rompecabezas. Comprendo que el historiador de buena fe haya confundido y confunda aún tan a menudo a los seis departamentos del R.S.H.A. entre sí —Oficina Superior de la Seguridad del Reich— dirigidos originariamente por Reinhard Heydrich, él mismo subordinado a Himmler. Se encontrará su organigrama sumario en las páginas…/… De hecho, los departamentos (Amts) I al VI no tenían nada que ver los unos con los otros. Los dos primeros (I y II) eran servicios administrativos. El IV —la Gestapo o policía secreta de Estado— dirigido por el Obergruppenführer Heinrich Müller, tenía como misión conocer, en principio, los crímenes políticos cometidos por ciudadanos alemanes y actuaba independientemente del departamento V, o Kripo (policía criminal), que se ocupaba de los crímenes de derecho común. La separación era tal que cuando una investigación comenzaba por la Kripo, revelaba los bajos políticos de un crimen aparentemente de derecho común —o inversamente— los dos organismos seguían paralelamente dos investigaciones distintas. El Amt III del Ohlendorff y el Amt VI de Walter Schellenberg se hacían pareja. Ellos dos constituían un servicio de información política, interior (Amt III) y exterior (Amt VI), pero trabajaban independientemente uno de otro. La idea de cubrir por una «oficina superior» todos estos servicios distintos, pero que tenían que asegurar todos ellos la seguridad del Estado y de los ciudadanos, respondía evidentemente al deseo de centralizar las informaciones que estuvieran ligadas a la seguridad de la nación. Pero en cuanto a dirigir efectivamente estos seis servicios a la vez, ningún hombre hubiera podido hacerlo: la tarea sobrepasaba las fuerzas humanas. En un conjunto tan vasto y finalmente muy desigual, la iniciativa individual tenía libre juego. Una fuerte personalidad, o que dispusiera de apoyos exteriores —como Nebe y Müller, que se pasaban generalmente por encima de su superior jerárquico inmediato para dirigirse directamente a Himmler— se convertía allí en su propio dueño. El Amt VI comprendía, asimismo, varias secciones, llamadas A, B, C, etc., a las cuales fue añadida en abril de 1943 la sección S (por Schule = escuela), de la que me hicieron jefe. Yo hubiera estado, pues, bajo las órdenes de Schellenberg ni no hubiera sido miembro de los Waffen SS, arma militar, a la cual

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Schellenberg no tenía calidad para dar órdenes. Ya veremos algunas consecuencias de este estado de hecho. Como servicio de información político para el extranjero, el Amt VI de Schellenberg correspondía —por no decir que hacía competencia— al servicio de información militar del almirante Canaris. Un organigrama simplificado (página…) debe permitir al lector orientarse. El Abwehr dependía directamente, bajo el almirante Canaris, de la O.K.W. y del mariscal Keitel. Sin embargo, se confunde a menudo el Amt VI Ausland y el Amt Ausland Abwehr, porque en la primavera de 1944 los servicios de información políticos y militares fueron unificados bajo la autoridad general de Himmler. El Abwehr de antes de 1944 comprendía un departamento central, Z (Canaris, Oster), cubriendo los departamentos I, II y III. El departamento I (informaciones militares) estaba dirigido por el general Hans Piekenbrock — que tuvo bajo sus órdenes al coronel Lahousen, de triste recuerdo— y el departamento III (contraespionaje) por el general von Bentivegni. Estos dos hombres, así como Lahousen habrían de colaborar muy activamente para cubrir el dossier de la acusación en Nuremberg. Lahousen fue citado como «testigo libre» (igual que von Paulus); Piekenbrock y Bentivegni no comparecieron. Pero el 11 de febrero de 1946, el general Zorya, procurador soviético, dio lectura al tribunal de las deposiciones acusatorias, firmadas en Moscú por estos dos generales y fechadas una el 12 de diciembre y la otra el 28 de diciembre de 1945. Fueron libertados por los rusos en 1955. Desde luego es sorprendente que Piekenbrock y Bentivegni se entregasen a los soviéticos. Sus colegas del Abwehr y todos los jefes de las organizaciones similares (por ejemplo, los de los Fremde Heere West y Ost) evacuaron sus servicios y sus archivos al Oeste y se entregaron a los Aliados occidentales. El Abwehr tuvo muy pronto su unidad «con destino especial». Era, a finales de 1939, el batallón z.b.V. 800, ligado al Abwehr II (departamento de sabotaje y subversión). Se puede afirmar que en aquel momento el mando y una parte del Estado Mayor del Batallón 800 estaban, en efecto, en disposición muy especial. Así es que en noviembre de 1939, su comandante, el mayor Helmuth Grosscurth, tenía como tarea esencial preparar el plan de putsch contra el Führer y el Gobierno alemán. Hubo unas palabras entre Canaris, Oster, Goerdeler, Grosscurth y el inevitable Gisevius, como consecuencia de las cuales Halder, jefe de Estado Mayor de la O.K.H., estaba que bufaba y cambió a Grosscurth. El batallón z.b. V800, se convirtió luego en el regimiento, después división de Brandebourg. Quiero hacer hincapié en que todos los combatientes de la Brandebourg cumplieron concienzudamente y audazmente su deber ignorando

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todo lo que tramaban por encima de ellos los Canaris, Oster. Lahousen, Grosscurth y otros como Bentivegni. Hablaré de nuevo de la Brandebourg. En cuanto a la Sonderverband z.b.V. Friedenthal, fue constituida de conformidad con una orden del general de los Waffen SS Hans Jüttner, el único que tenía autoridad para crear y organizar unidades combatientes SS. Mandada por mí como oficial de los Waffen SS, no tuve en principio derecho a reclutar miembros voluntarios nada más que entre los Waffen SS. Pero, algunos meses más tarde, tuve permiso (de Jüttner) para reclutar soldados y oficiales de todas las armas, con tal de que fuesen voluntarios. Además, esta unidad —y todas las que fueron creadas después, siempre por orden de Jüttner— estaban «a disposición especial», lo que significa que podían ser requeridas —para operaciones militares especiales— por los jefes de cualquier arma. Nos convertimos en unidad del ejército con el que combatíamos y recibíamos órdenes directamente de dicho ejército o de aquel grupo de ejércitos. Los planes de la operación se ponían luego a punto por mi Estado Mayor (cuando tuve uno) o, con mi acuerdo, por el Estado Mayor de la unidad que nos empleaba. Personalmente, para Schellenberg no me ocupé nada más que de la operación Franz, porque ya estaba encauzada a mi llegada. Pero a partir de julio de 1943 recibí siempre mis órdenes directamente del Gran Estado Mayor o del mismo Hitler. En Friedenthal, en abril de 1943, me enteré del programa de instrucción y entrenamiento que, a primera vista, me pareció muy incompleto. Estaban comenzando a preparar la operación Franz. Aunque neófito, comprendí, al ver todo lo que aquella exigía, que era necesario, en efecto, modificar la instrucción y el entrenamiento y que me hacía falta disponer de un batallón completo con un material bueno de verdad. Me habían pedido que reorganizara «a toda velocidad», lo cual era más fácil de decir que de hacer. Pasaba mis noches estudiando los aspectos de mi nueva misión y mis días buscando hombres capaces y material. Entre los primeros oficiales que se me unieron quiero citar a dos que me fueron de una ayuda preciosa. El teniente de los Waffen SS Werner Hunke me fue enviado como «especialista de China». Había nacido, efectivamente, en este país, pero lo había dejado a la edad de dos años. No sabía hablar ni el cantonés ni ninguna lengua china y no conocía más de la China que lo que es posible descubrir en un atlas. Por supuesto, le llamábamos «el Chino». Karl Radl, teniente de los Waffen SS, era como yo, austríaco. Se convirtió en mi ayudante de campo. Era —y es todavía— un mocetón recio, de anchos hombros, un «echado para adelante» que, ciertamente, no carecía de sutileza. Cuando estalló la guerra acababa de terminar los estudios de leyes y se iba a

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dedicar a la alta administración. Su arte de la dialéctica, la habilidad con que sabía interpretar a nuestro favor los papeles resueltamente desfavorables de la intendencia, dar la vuelta a las prohibiciones, redactar peticiones en apariencia anodinas y de las que, finalmente, sacábamos un gran provecho, nos fueron de una gran ayuda. Porque, desde luego, encontraban interesantes nuestros proyectos, pero desgraciadamente, no era posible «dada la situación» dar prioridad a nuestras peticiones. Después de haber equipado a Friedenthal más o menos bien, me fui a la escuela especial de La Haya. En una villa muy de comienzos de siglo, también rodeada de un gran parque, encontré alrededor de 25 alumnos trabajando bajo la dirección del Standartenführer (coronel) Knolle, del servicio de seguridad (S.D). Yo era, pues, en principio, su inferior, aunque los grados de los S.D. no tenían su correspondencia en los Waffen SS. De hecho, los S.D. eran más bien funcionarios que combatientes. Sin embargo, mi situación en La Haya hubiese sido algo delicada si Knolle no me hubiese tranquilizado inmediatamente: estaba encantado con quedarse en su puesto siendo mi subordinado. Conocía su trabajo: escuchas, transmisiones por radio, claves, escribir en cifras, descifrar, etc. Se quedó como director de la escuela. De los casi 25 alumnos, una decena pertenecían a los Waffen SS, uno era del Irán y estaba destinado a la operación Franz; los otros eran agentes del S.D. Esta situación me pareció muy molesta. Los agentes del Servicio de seguridad eran pagados por los servicios de Schellenberg y mucho más que a los voluntarios de los Waffen SS, que sólo ganaban, naturalmente, su sueldo. Schellenberg me propuso entrar en el S.D. con el grado que tenía Knolle. Standartenführer, lo que, dijo, «allanaría todas estas pequeñas dificultades». Decliné la proposición con bastante sequedad: prefería el grado de capitán en los Waffen SS al de «coronel» del S.D. No insistió. Fui a ver al general Jüttner y le notifiqué mi aceptación definitiva. Inmediatamente di la orden de que en La Haya nuestros Waffen SS fuesen separados de los otros alumnos y que los servicios y las claves fuesen distintos. Finalmente, la proporción de nuestros cazadores especiales en los cursillos fue del 90 por 100 contra el 10 por 100 de los S.D. o agentes civiles voluntarios, pagados y entrenados para diferentes misiones del S.D. del cual yo no me ocupaba. Yo sólo quería para mí, soldados europeos voluntarios y que viniesen si era posible de los Waffen SS. Como yo, estos jóvenes deseaban alejar definitivamente el bolchevismo de la vieja Europa y, del mismo modo, servir a su patria. Dirán que estábamos en un error. Es posible. Pero si desde 1941 a 1945 no hubiéramos combatido contra los ejércitos de Stalin, hoy ya no existiría Europa.

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Queríamos defender la tierra de Europa, la tierra de Alemania, no como «nazis», sino como patriotas y como soldados. Al Führer le habría llamado la atención, desde 1941, las acciones de guerra realizadas por los que se denominaban generalmente British Commandos, que estaban equipados y organizados inmejorablemente. Todo el mundo sabe que el jefe de las «operaciones combinadas» británicas fue, de 1941 a 1943, lord Mountbatten. Además, fue su sucesor, el general Robert Laycock, jefe de las «operaciones combinadas» desde 1943 a 1947, quien escribió el prefacio del libro de mi amigo Charles Foley, Commando extraordinary, aparecido en Londres en 1945 y al año siguiente en New York. La edición americana estaba precedida de un interesante prefacio del general Telford Taylor. El libro de Foley quiere demostrar el espíritu con que actuó la unidad que tomó cuerpo, modestamente, en Friedenthal. Es el primer escritor, ciudadano de una de las naciones aliadas del Oeste, que se ha tomado la molestia de venir a verme a Madrid, charlar conmigo y consultar los documentos que puse a su disposición. Tiene razón cuando dice que fueron los estragos hechos, sobre todo en África, por los comandos británicos y en particular por el Special Air Service del intrepidísimo coronel David Stirling, los que nos pusieron primeramente en alerta. En África del Norte, a finales de 1941, los comandos especiales de Stirling destruyeron en tres meses «más aparatos alemanes en tierra que cualquier escuadrilla de la R.A.F.». El legendario sobrenombre que le dieron era significativo: se le llamaba «Major Phantom», el comandante Fantasma. Durante el día se escondía en el desierto con su comando, para aparecer y atacar por la noche, a veces a varias centenas de kilómetros detrás de nuestras líneas y luego desaparecía como por arte de magia. En 1956, la televisión británica (B.B.C) rodó diez películas, de una hora cada una, sobre los «diez combatientes que habían realizados durante la Segunda Guerra mundial las hazañas más sensacionales. Los diez episodios habían sido escogidos por el general Robert Laycock y uno de ellos me lo dedicaron.13 El coronel Stirling me escribió entonces expresando el deseo de conocerme. Yo también tenía muchos deseos de conocerle. Nos vimos con ocasión de mi paso por Londres, en el mismo aeródromo y nuestra conversación duró varias horas. Dije, sinceramente, a David Stirling, que los comandos especiales británicos eran mejores, en general, que los nuestros.

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El coronel Skorzeny fue incluso el único alemán que figuró en este programa. Como preguntasen algunos periodistas al general Laycock por qué había escogido a un oficial alemán —y especialmente al coronel Skorzeny— para esta serie de films, él respondió sencillamente: «La bravura no tiene fronteras».

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Desde luego, los británicos habían organizado estas unidades mucho antes que nosotros. «El jefe de vuestras "operaciones combinadas", le dije, fue desde 1941 a 1943 lord Mountbatten, miembro de la familia real: esto pudo tener cierta importancia; y fue el general Laycock quien le sucedió.» Añadí que los comandos ingleses, superiormente equipados y entrenados, muy bien mandados, habían obtenido buenísimos resultados en África, en Europa y en Asia. Stirling estuvo de acuerdo, pero añadió que los objetivos apuntados por mis unidades habían sido políticamente mucho más importantes. Las dos únicas operaciones británicas de gran envergadura emprendidas contra Rommel, no tuvieron éxito (por otra parte, Stirling sólo había participado en la segunda). Le dije que no se podía ganar siempre y le confesé que fue precisamente estudiando el desarrollo de la primera operación contra el jefe del Afrika Korps como yo pude sacar ciertas conclusiones que expondré al final de este capítulo. Encontré a Davis Stirling como un hombre de una rectitud ejemplar, en extremo simpático y de una viva inteligencia. Hablando con el corazón abierto con antiguos adversarios que han corrido los mismos peligros, es como se comprende la increíble locura que fue para el Occidente la Segunda Guerra mundial. Ardiente patriota —y lo había probado— el coronel Stirling era también un europeo consciente, afligido de ver ya a África, donde él había luchado tanto, deslizarse hacia el desorden sangriento. Más tarde, fue uno de los que militaron en primera fila en favor de Rhodesia y de otros valerosos combatientes de la R.A.F, Ian Smith. Las hazañas de las U.S. Army Special Forces fueron evidentemente más tardías. Los comandos americanos paracaidistas o anfibios dispusieron generalmente de medios poderosos. Los batallones de los raiders del teniente coronel de los marines, Merrit A. Edson, se significaron por su ímpetu y su decisión en la difícil guerra del Pacífico. Ciertamente, teníamos en África del Norte comandos de la Brandeburg, que, mucho más atrás de las líneas británicas, hicieron igualmente saltar puentes, depósitos de municiones y abastecimientos y sabotearon las vías férreas. Muchas de sus hazañas son desconocidas. El regimiento de instrucción de los Brandeburgueses, mandado por el mayor Friedrich-Wilhelm Heinz, estaba también acampado cerca de Berlín y yo estudié su programa de entrenamiento con atención. Los Brandeburgueses no eran los únicos que se señalaron por su audacia en África; los paracaidistas del batallón mandado por el mayor Burckhardt no

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les cedieron en mérito. Tengo también que evocar a dos magníficos aventureros, el mayor italiano Roberto, conde Vimercati San Severino y el capitán alemán Theo Blaich: llegaron a un Heinkel 111 con abastecimiento en dos etapas, y consiguieron bombardear Fort-Lamy. Fue un verdadero pánico en enero de 1942 sobre el Tchad…, a 2.500 kilómetros de nuestros aeródromos. Podría consagrarse una obra especial a la fantástica incursión que verificó en la primavera de 1942 el comando de la operación Condor del conde Almaszy, descendiente de una antigua familia húngara, conspirador monárquico, corredor de automóvil y explorador. En coches ingleses capturados, el comando hizo un raid en el desierto de 3.000 kilómetros. La meta era llegar a El Cairo y organizar allí una central de información en provecho del general Rommel. Los dos agentes del Abwehr que llegaron a destino, Eppler y Sandstett fueron enseguida detenidos por los británicos. En El Cairo habían sido ayudados por oficiales revolucionarios del ejército egipcio y, entre ellos, el futuro jefe del Gobierno egipcio, Gamal Abdel Nasser. Sin embargo, lo que retenía sobre todo mi atención, eran los métodos de entrenamiento y los procedimientos de ejecución de nuestros adversarios rusos y británicos. Era natural que la tentativa hecha en noviembre de 1941 para matar o hacer prisionero a Erwin Rommel me interesase como primer jefe. No había sido concebida como un importantísimo ataque de comando, sino más bien inserta en un conjunto táctico comprendiendo tres elementos que podían decidir una brillante victoria. Después de la ofensiva frustrada del general Wavell (operación Battleaxe) y el aniquilamiento de unos cien carros ingleses (17 de junio de 1941), Rommel tenía la intención de empezar la ofensiva sobre Tobrouk en 1941. Hoy sabemos que sus planes y las fuerzas de que disponía eran conocidos del enemigo. El nuevo comandante en jefe británico, sir Claude Auchinleck, decidió pasar a la ofensiva antes que Ronimel y lanzar, bajo el mando de Sir Alan Cunningham, 6 divisiones, entre ellas dos blindadas y una brigada motorizada, en dirección de Tobrouk. Era la operación Crusader, prevista para el 18 de noviembre de 1941. Churchill afirma en sus Memorias que el enemigo era superior en todas las armas excepto en aviación. Liddell Hart demuestra en su Historia que los británicos disponían de 710 carros, entre los que se encontraban los nuevos y rápidos carros americanos Stuart, sin contar 500 carros de reserva que fueron lanzados a la batalla. Enfrente se encontraban 174 carros alemanes y 146 italianos «de tipo antiguo». Los británicos tenían 690 aviones contra 120 alemanes y 200 italianos. Por eso pudo declarar Churchill en un discurso radiodifundido por la B.B.C el 18 de noviembre: «El ejército británico del desierto va a escribir una nueva página de la Historia comparable a la de Waterloo.»

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No fue nada de eso. Al contrario, Rommel contraatacó de manera quizás demasiado audaz. Finalmente tuvo que retirarse, pero no sin destruir aún 66 carros enemigos delante de El Hassiat, el 22 de diciembre. Cuando hizo una nueva ofensiva al comienzo de 1942, avanzó 400 kilómetros. La eliminación del general Rommel y de su Estado Mayor la víspera de esta ofensiva (por consiguiente, el 17 de noviembre) fue decidida a alto nivel, en Londres, a fin de completar el plan general de la ofensiva Crusader. Esto fue lo que me interesó: los británicos habían introducido en un plan ofensivo convencional un elemento de imaginación particularmente audaz y que hubiera podido ser decisivo. La expedición combinada contra Rommel fue cuidadosamente puesta a punto por los servicios del almirante Sir Roger Keyes, por el propio hijo del almirante, el teniente coronel Geoffrey Keyes y… por Robert Laycock en persona, entonces coronel. Unos cien combatientes habían sido cuidadosamente entrenados. Keyes escogió a 53 de ellos que debían ser repartidos en tres grupos bajo el mando de Laycock. Este último vigilaría personalmente el regreso del comando, en compañía de un sargento y dos hombres que constituían el primer grupo. El segundo, que comprendía seis hombres mandados por el teniente Cook, tenía que operar en el exterior del Q.G. dejando la central eléctrica sin funcionamiento, cortando los hilos telefónicos y telegráficos. El tercero tenía que penetrar en el interior del edificio. Keyes lo mandaba llevando como adjunto al capitán Campbell que hablaba perfectamente alemán y árabe. Los agentes británicos habían hecho llegar a Londres fotos y planos del edificio central de Beda Littoria y de las villas y depósitos de los alrededores. Han sido publicadas numerosas narraciones del raid, en Inglaterra, Francia y en los Estados Unidos que son pura fantasía: «El Estado Mayor de Rommel hubiera muerto en gran parte… Cuatro coroneles ciertamente matados… Un espantoso pánico se hubiera apoderado de los alemanes, etc.» Yo pude reconstituir en 1943 una gran parte de los hechos reales gracias a los informes que llegaron al Fremde Heere West (servicio de información del grupo de ejército Oeste), a los documentos comunicados por la Brandebourg y a nuestros servicios de escucha. Después, Peter Young, en una ilustrada, Commando (New York, 1969), y Paul Carell en su Afrika Korps, han dado los detalles de la expedición. Si Young sigue a veces la narración anterior de Hilary St. George Saunders, The green Beret, Carell publica las relaciones corroborantes de los testigos directos, sobre todo las del mayor Poeschel, las del comandante-médico Junge y las del ayudante Lentzen, de modo que se pueden resumir así las peripecias de este audaz golpe de mano:

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Young y Carell enmudecen sobre este punto; yo opino, sin embargo, que es muy probable que el comando no perdiese solamente veinte hombres al desembarcar de los dos submarinos, Torbay y Talisman en la playa de Hamma, en la costa cirenaica (noche del 13 al 14 de noviembre). Un importante material tuvo que ser tragado por las olas y, sin duda, los explosivos. Pienso que estaban destinados a hacer saltar la parte de la prefectura donde creían se encontraba Rommel. Sin embargo, la operación no podía aplazarse a causa de la ofensiva Cunningham, fijada para el 18 de noviembre. Los planes tuvieron que ser modificados —sólo 29 hombres sobre 53 habían podido llegar a la orilla— y hay que hacer honor a Laycock, Keyes y a sus compañeros de haber actuado a pesar de todo. El grupo Cook (exterior) y el grupo mandado por el teniente coronel Keyes, con Campbell como adjunto, se escondieron en una gruta, después en un bosque de cipreses hasta el 17 de noviembre a las 18 horas. Nos abastecieron, nos dice Young, una banda de «bandidos» árabes, armados con fusiles italianos, cuyo jefe llevaba alrededor de la cabeza una especie de turbante escarlata. Sin duda se trataba de guías del capitán J. E. Haselden, oficial del Desert Long Range Group, que estaba en la cita en la playa de Hamma. En el momento en que el comando se deslizaba silenciosamente hacia su objetivo —en la noche del 17 al 18 de noviembre— estalló sobre Beda Littoria una tormenta de rara violencia. Llovió a torrentes. La tempestad, que fue tan contraria a los ingleses durante el desembarco, les fue ahora favorable. Young habla del encuentro con un soldado italiano, acompañado de un árabe, a los que Campbell consiguió engañar presentando a sus hombres como una «patrulla alemana». Es bastante poco verosímil. El comando no tenía aspecto alguno de ello. Por fin llegaron, con la cara ennegrecida con humo, ante la prefectura. Con la tormenta nadie les ha descubierto. Cook y los suyos pudieron inutilizar el generador eléctrico y cortar los hilos telefónicos sin ser molestados. Los acontecimientos se desarrollaron luego como si, en las tinieblas, Keyes, Campbell y sus hombres fueran misteriosamente guiados hasta la habitación donde Rommel trabajaba o dormía. Todo fracasa desde los primeros segundos del ataque, a la entrada de la prefectura, donde un ordenanza, a quien el sargento Terry pretende apuñalar, se defiende tan vigorosamente que no es siquiera herido. Hay lucha. Keyes y Campbell, presentes, tienen confianza en Terry; no encienden su linterna y no tienen tiempo de intervenir. Los dos luchadores, en su agarrada, chocan contra la puerta de una oficina que da sobre el vestíbulo. El ordenanza pide ayuda. La puerta se abre y el ayudante Lentzen, empuñando el revólver hace fuego a ciegas tocando a Keyes en la cadera. Este último, rápidamente, lanza por encima de Lentzen dos granadas en la habitación.

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¿Quién se encuentra en este despacho? Keyes lo ignora. Las granadas explotan no haciendo más que una sola víctima, el sargento Kovasic, muerto en el acto. En este instante, el teniente Kaufholz aparece en lo alto de la escalera del primer piso. Al resplandor de las explosiones de las granadas, apercibe a Keyes, tira inmediatamente y le impacta con una bala revólver en pleno corazón. Una ráfaga de ametralladora de Campbell le abate. Aunque mortalmente herido, el teniente vuelve a tirar y destroza el tobillo a su asesino. Fuera se oye otra ráfaga de ametralladora. Es un hombre del comando que acaba de matar al teniente Jaeger: las granadas han hundido una pared y demolido su ventana. Jaeger, que despierta sobresaltado, salta fuera en pijama creyendo, sin duda, que era un bombardeo. En el vestíbulo, los hombres de Keyes sabiendo que sus dos jefes están fuera de combate y persuadidos de que son atacados por el exterior, inician la retirada matando a su paso al soldado Boxhammer, que había acudido en las tinieblas. En verdad, a partir del momento en que Lentzen hizo fuego y en que Keyes lanzó sus granadas, todo el asunto estaba perdido; ya había bastante para alertar a un batallón. Del lado alemán, cuatro muertos: los tenientes Kaufhofz y Jaeger, el sargento Kovasic y el soldado Boxhammer. Del lado británico, de los dos jefes, uno ha sido muerto, Keyes, el otro, Campbell, está gravemente herido; tendrían que haberle amputado, pero el médico militar alemán, el doctor Junge, consiguió salvarle la pierna. Y luego los desaparecidos en el mar. El coronel Laycock dio la orden a los miembros del comando de dispersarse, porque la tempestad no permitía el reembarque y empezaba la persecución contra ellos. Todos fueron hechos prisioneros, excepto Laycock y Terry, que pudieron reunirse con las líneas británicas después de, escribe Churchill, «cinco semanas de aventuras desesperadas». Los treinta miembros del comando no fueron tratados como franco-tiradores, sino como prisioneros de guerra. Fueron rendidos honores militares al coronel Keyes14 y a los cuatro muertos alemanes. Fueron enterrados en el pequeño cementerio de Beda Littoria. Durante el ataque, ¿qué hacía el general Rommel? Winston Churchill se limita a escribir: «Una de las casas del cuartel general (de Rommel) fue invadida y un cierto número de alemanes fueron muertos; pero Rommel no estaba allí.— » En efecto, el jefe del Afrika Korps, habiendo salido de la Cirenaica desde finales de agosto, había establecido su cuartel general en Gambut, entre Tobrout y Bardia. En Beda Littoria estaba simplemente el cuartel general de intendencia 14

El teniente coronel Geoffrey Keyes fue condecorado con la Victoria Cross a título póstumo.

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del Afrika Korps, dirigido por el mayor Poeschel, el capitán Waitz y algunos oficiales. ¿Cómo pudieron ser engañados los servicios secretos británicos hasta tal punto? Disponían, sin embargo, en África del Norte de una red de agentes muy bien informados. La primera lección que saqué de este fracaso británico fue ésta: El jefe de una expedición de este género debe verificar por sí mismo, en tanto le sea posible, si las informaciones que son la base la acción son exactas. Tomé entonces la resolución de no emprender jamás acción semejante sin poseer los máximos informes de diferentes fuentes. Y en tanto como posible, debería tener mis propias informaciones. Ya se verá cómo procedía. La segunda lección me confirmó en una convicción que he tenido siempre: si la sorpresa total es la condición misma del éxito, debe tener un efecto relativamente duradero que, también lo veremos, debe ser valorado cuidadosamente. Si el Scottish Confinando no podía eliminar a Rommel, le quedaba al menos la posibilidad de dejar inutilizado el servicio de intendencia, a condición de actuar en silencio. El intercambio de tiros, la explosión de las dos granadas desde los primeros instantes de la acción, le condenaban de antemano al fracaso. Si se hubiera tratado de un cuartel general de ejército, el Scottish Commando ni siquiera hubiera podido huir: las unidades de guardia hubiesen intervenido. Ciertamente, no se trataba de una misión de sabotaje. El raid fue efectuado de tal manera que me parece dudoso que se pensara realmente capturar a Rommel. A los dos únicos asaltantes que se libraron —muy difícilmente— les habría costado mucho llevarse con ellos al general. Se trataba muy probablemente de matarlo. Esto explica, sin duda, el espíritu con que fue llevado inmediatamente el ataque. Bien mandada, con los medios de que disponían los comandos ingleses, hubiera podido salir bien una operación sobre el verdadero cuartel general de Rommel. El jefe de las fuerzas alemanas de África corría el riesgo de ser muerto, herido quizás gravemente. Hubiese sido mucho más difícil, desde luego, llevárselo. Incluso-si el general hubiese salido indemne del asunto, algunos de sus adjuntos habrían podido ser puestos fuera de combate. El funcionamiento de su Estado Mayor podía haberse perturbado gravemente y sus transmisiones interrumpidas en plena ofensiva enemiga. Un éxito incluso parcial del Scottish Commando, hubiera tenido ciertamente uña repercusión nefasta en la moral de nuestros soldados, no sólo en África, sino en todos los teatros de la guerra, comprendido el frente del Esté. Tenía que sacar otra lección concerniente a la defensa de nuestros propios Estados Mayores, a veces tan mal protegidos que yo me temía lo peor. Nuestros

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intendentes de Beda Littoria se tenían que haber preocupado de guardarse mejor: el ordenanza que tuvo que defender su vida contra un enemigo que quería apuñalarlo no tenía ni siquiera revólver. Veremos cómo una segunda operación —ésta de gran envergadura— fue montada contra Rommel en Tobrouk por los comandos especiales británicos, en agosto de 1942. En Friedenthal yo había tomado serias precauciones. El parque ya estaba rodeado de muros de cuatro metros de alto y los sistemas d alerta fueron puestos a punto muy pronto. Por la noche tenían lugar regularmente las rondas y nuestros mejores guardianes eran unos perros especialmente adiestrados. El Reducto del Lobo (Wolfechanze), Gran Cuartel General del Führer, se encontraba cerca de Rastenburg en Prusia Oriental, en pleno bosque. El Generaloberst Jodl pudo justamente opinar que este Reducto «tenía a la vez algo de cuartel, claustro y campo de concentración». Su situación geográfica facilitaba las medidas de seguridad, de forma que éstas hacían ilusorio todo ataque de comando. La Wolfschanze se encontraba en el centro de tres vastos círculos de alambradas y de enrejados de una altura de cinco metros en el primer círculo. Para penetrar en el interior había que presentar al oficial del primer puesto de control su salvoconducto y sus papeles, que eran cuidadosamente verificados. Se telefoneaba al puesto de guardia del segundo reciento quien confirmaba que la persona era verdaderamente esperada y por quién; después de esto, el visitante firmaba en un registro donde estaban consignados su nombre, su grado y el objetivo de su visita. La hora de su entrada y la de su salida estaban precisamente al minuto: así fue como se sospechó de Stauffenberg el 20 de julio de 1944, después de su partida precipitada. Siempre entre bosques y después de haber atravesado una vía férrea, se le controlaba, asimismo, por el puesto del segundo recinto, cuya barrera se levantaba. Entonces se penetraba en el tercer círculo, una especie de gran parque en el que había diseminados unos edificios sobre cuyos tejados se veían macizos de arbustos. Todo el paisaje, visto desde el cielo, era una engañifa; inmensas redes de camuflaje dejaban pasar la cima de los árboles más elevados. Era la zona especial número uno, donde incluso los oficiales del Estado Mayor de mando de la Wehrmachat no tenían libre acceso, «exceptuando el general Warlimont», precisará el general Jodl ante el tribunal de Nuremberg (3 junio 1946). En el interior de los dos primeros círculos, así como al exterior del primero, circulaban patrullas día y noche. Hitler no estaba protegido, como se ha escrito, por «unidades de la policía de Himmler», sino por un regimiento del ejército, cuyo coronel era, antes de la guerra, Erwin Rommel, a quien el Führer

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conocía muy bien por esta razón y en quien tenía plena confianza. Yo creo que si el Scottish Cominando al completo hubiese atacado verdaderamente el cuartel general de Rommel en noviembre de 1941, la tarea para los hombres del coronel Laycock, cualquiera que pudiera ser su valor y la excelencia de su material, hubiera sido de las más rudas. En cuanto a Hitler, no se interesaba en absoluto antes del 20 de julio de 1944 de las medidas concernientes a su propia seguridad. Las sufría, me dijo el coronel von Below, agregado permanente de la Luftwaffe cerca de él, «por deber ante el pueblo y el ejército del Reich». Estoy persuadido de que no llevó nunca chaqueta «antibalas» ni «gorra blindada», como se ha escrito. Pero cuando el 20 de julio los generales Schmundt y Korten y el coronel Brandt fueron heridos mortalmente a su lado, exigió que se tomaran medidas severas. Por ejemplo, todo oficial llamado al cuartel general tenía de dejar su pistola en el puesto de guardia del «primer círculo».15 Fui llamado nueve veces al Reducto del Lobo e incluso lo sobrevolé: estaba tan admirablemente camuflado contra los raids aéreos que sólo se distinguían árboles. El trayecto en auto recorría unas carreteras, naturalmente guardadas, que serpenteaban de tal manera que yo mismo no hubiera podido fijar el lugar donde se encontraba el Gran Cuartel General en aquel bosque de cerca de siete u ocho kilómetros. El Berghof, residencia de Hitler en Baviera, se podía descubrir por aire. Pero, al igual que alrededor de la Wolfschanze, la Flak (D.C.A.) era temible. La aviación enemiga atacó masivamente el Berghof en dos ocasiones con pérdidas de 50 por 100. El atentado del 20 de julio difícilmente podía ser evitado. Hitler conocía personalmente a Stauffenberg, con el cual había tenido ya varias conversaciones con respecto a la organización de nuevas divisiones de Volksgrenadier. Nadie podía suponer que la cartera dejada bajo la mesa de la conferencia por el coronel contenía una bomba. Hemos visto por qué razones el general Rommel no podía ser muerto ni herido y aún menos «raptado» en Beda Littoria. Fue precisamente estudiando este raid como yo tomé una resolución muy firme, la de enseñar a los combatientes de los que yo era el jefe en las misiones especiales que me habían confiado, a no disparar sino en caso de necesidad absoluta. Ciertamente, todos sabíamos tirar y con las armas más diversas. Pero no había que hacerlo. Y descubrí un buen medio, que comprobé, para impedir a mis soldados que hiciesen fuego, y fue ir delante el primero y no tirar yo mismo. Esta actitud tuvo siempre como efecto dar a los que me seguían una 15

Después de la liberación del Duce, las formalidades de paso del comandante Skorzeny a través de los dos primeros círculos fueron simplificadas al extremo. Los oficiales de guardia que le conocían, no le preguntaban nunca si iba armado y sabían quién le esperaba en el tercer círculo.

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sangre fría y una confianza extraordinarias, que sirvieron mucho para que salieran bien, sin efusión de sangre, la liberación de Benito Mussolini y la operación Panzerfaust. Marchando el primero, en cabeza, en el curso de estas dos operaciones, yo no disparé ni un solo tiro. Las tropas que tenía bajo mi mando directo y que avanzaban detrás de mí tenían orden de tirar sólo si yo tiraba primero. Obedecieron y no tiraron. Esto es lo que produjo al coronel Stirling un profundo asombro. Naturalmente es mucho más fácil progresar tirando y el entrenamiento de algunas tropas especiales se basa en la potencia y la concentración de fuego contra el enemigo. Quiero hacer observar que hubiese sido por mi parte sicológicamente erróneo considerar a italianos y húngaros como enemigos. Tal actitud hubiese sido contraria, incluso, al espíritu de las misiones que se me habían asignado. Pero de hecho, eran adversarios si no enemigos y ellos tenían orden de tirar sobre nosotros. Es verdaderamente desconcertante para un enemigo, ya sorprendido por el acontecimiento, ver avanzar hacia él un adversario que acaba de hacer una aparición insólita, aterradora y que, lógicamente, no puede estar allí. No puede creer en la realidad que tiene ante sus ojos y este fenómeno prolonga la duración de la sorpresa, tan necesaria para el éxito. Pero si un solo tiro se escapa por parte del asaltante, el instinto de conservación se despierta en el asaltado y contesta por simple reflejo. Nada es más contagioso que el fuego. Se ha visto un frente de unidades abrir fuego bruscamente, por la noche, porque un centinela ha tirado sobre una sombra. No tirar. El momento más difícil es aquél en que se llega al contacto con el enemigo. Una táctica semejante exige por parte de los hombres a quienes se manda unos nervios sólidos y una confianza mutua a toda prueba. Pocos teóricos tienen idea más claras sobre la guerra que Karl von Clausewitz. En Von Kriege (libro I, cap. 1), demuestra que «el desarme del adversario es el fin mismo del acto de la guerra». Examina después en qué condiciones puede ser alcanzado este fin. Pero me atrevo a decir que, como el valeroso Stirling, no había imaginado que pueda desarmarse a un adversario no tirando.

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3. ¿Por qué Hitler no hizo fabricar la bomba atómica? Las armas V En plan Lindemann (30 marzo 1942): cincuenta y dos ciudades alemanas de más de cien mil habitantes deben ser arrasadas—Errores del mariscal Goering.—Avance de los sabios alemanes en el dominio de la física nuclear.—Rumores fantásticos concernientes a armas secretas y absolutas.—Raids sobre la fábrica de agua pesada de Noruega.—Hitler enfermo y en cama me recibe: «El arma radioactiva significaría el fin de la humanidad civilizada».—Fabricación de la bomba atómica por correspondencia.— Tesis del físico Philipp von Lenard.— El tanum y Speer.—La operación Reichenberg: se me ocurre hacer pilotar el V-l.—Planes y prototipos de Heinkel.—Escepticismo del mariscal Milch.—Fracasos.—Hanna Reitsch me explica su razón.—Consigue pilotar la bomba volante: «Un preciosísimo avión!».—El cohete V-2.—Hitler nombra a Wernher von Braun profesor.—Profecías del Führer.—Cohetes derivados de los V-2 y aviones a reacción.—La operación Paperclip: pillaje y botín de los vencedores.—Opiniones de W. Churchill y del general Eisenhower. Es natural que el soldado que, combatiendo por su patria, comprende que la misma Europa está en peligro mortal, quiera conseguir la victoria. En Friedenthal, al comienzo de aquella primavera de 1943, cuando yo examinaba un mapa general de las operaciones, veía que el frente del Este se sostenía. Sin embargo, sabía por experiencia cuán temible era el ejército ruso por su masa, su valor y el fantástico material que recibía de los EE.UU., de Gran Bretaña y del Canadá. En África del Norte, el avance del mariscal Rommel había sido detenido a menos de 100 kilómetros de Alejandría, en julio de 1942. El 8 de noviembre, los americanos habían desembarcado en Casablanca, Argelia, Orán, etc. y las tropas del Eje, obligadas a combatir en dos frentes acababan de sucumbir por la ley del número. En fin, las ciudades alemanas eran el blanco que habían tomado los aviones británicos y americanos. Desde el mes de mayo de 1942, miles de bombarderos habían sembrado la ruina y la muerte sobre Colonia, después Essen Duisburg, Hamburgo, Manheim, Dortmund y tantas otras ciudades abiertas. No atacaban solamente a nuestras fábricas: los «tapices de bombas»,

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asesinaban a mujeres y niños por decenas de miles. Hamburgo, en julio de 1943, ardió como una antorcha después de haber recibido cerca de 9.000 toneladas de bombas explosivas e incendiarias. Esperaban así que «el pueblo alemán se sublevaría contra su Gobierno» y que una revolución de tipo bolchevique obligaría a Alemania a capitular: tal era la opinión que F. Lindemann, consejero sicológico de la Bomber Command de la R.A.F. había dado en un informe a Churchill, el 30 de marzo de 1942. Cincuenta y dos ciudades alemanas de más de 100.000 habitantes tenían que ser arrasadas. El mariscal Goering había cometido el mismo error sicológico ordenando el blitz sobre Londres en 1940. Sin embargo, el número total de las víctimas británicas por bombardeos de la Luftwaffe, de los V-l y V-2 durante toda la guerra, es conocido: 60.227 muertos y 87.900 heridos. Dar una cifra del número de víctimas de los raid aéreos anglo-americanos sobre Alemania es imposible. Los bombardeos de Hamburgo únicamente causaron 53. 000 muertos y 160.000 heridos. Oficialmente, el número de muertos de los bombardeos de Dresde ha sido evaluado entre 250.000 y 300.000, sobre una población de unos 630.000 habitantes. Dieciocho kilómetros cuadros ardieron completamente. Cuando este gigantesco horno, de donde se elevaban llamas de ocho a diez metros, se apagó, no fue posible identificar más que 40.000 cadáveres, sobre todo gracias a las alianzas. Había en Dresde a finales de febrero de 1945, 420.000 refugiados, mujeres y niños, la mayor parte llegados del Este. Pienso que en los que se refiere a la guerra aérea, las responsabilidades del mariscal Goering son graves. Creyó la guerra ganada en 1940. Sus ilusiones impidieron que tuviéramos aviones de reacción un año antes; porque ya en 1939 nuestros especialistas trabajaban en los turborreactores. Cuando aparecieron nuestros aviones a reacción, fue una sorpresa muy desagradable para los bombarderos y cazadores enemigos. Conocí al Reichsmarschall como jefe de la Luftwaffe en su cuartel general y como soldado en el campo de batalla en Schwedt-sur-Oder. En Nuremberg ocupaba una celda enfrente de la suya, antes de que acusados y testigos hubiesen sido alojados en alas separadas. Debía dar a los vencedores el ejemplo del valor, de la sensatez, de la lógica y de su espíritu. Abrumar la memoria de un hombre que no puede justificarse no es mi costumbre. Sin embargo, el Reichmarschall, de 1941 a 1945, costó muy caro al pueblo alemán y a Europa. Hay que decirlo. En Friedenthal, delante de mí, el mapa hablaba. Desde luego, yo no era titulado de Estado Mayor, pero comprendía su lenguaje: repetía que aún podíamos salir victoriosos del conflicto empleando dos métodos complementarios: había que hacer una guerra ingeniosa y una guerra de ingenieros. El enorme potencial técnico de la nación debía ser utilizado a fondo

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y animado por concepciones militares, políticas y diplomáticas, al servicio de una estrategia y de una táctica más temeraria. Sin duda, parecerá extraño al historiador futuro que Alemania no haya construido la bomba atómica, cuando tenía para ello las posibilidades teóricas y prácticas desde 1938. Fue, efectivamente, a finales de este año cuando el profesor Otto Hahn y Strassmann hicieron la prueba química de la fisión del átomo. Hahn habría de recibir el premio Nobel de química de 1944. Trabajaba en el Instituto Kaiser Wilhelm de Berlín y de Dahlem con Werner Heisenberg y un equipo de investigadores de primerísimo orden. Pero Heisenberg tenía como asistente a Carl Friedrich von Weizsäcker, hijo del diplomático Ernst von Weizsäcker, viejo conjurado que ya conocemos. Frisch, que se refugió pronto en Inglaterra después de haber trabajado en Alemania, fue el primero que hizo (enero, 1939) la prueba física de la fisión atómica.. Su tía, Lise Meitner, que había sido una de las colaboradoras del profesor Otto Hahn, se quedó refugiada durante la guerra en Estocolmo. Había también en Alemania otro Instituto que prosiguió muy pronto los trabajos sobre el átomo. Estaba colocado bajo la dirección de un joven y brillante físico, Manfred von Ardenne (que trabajaría después de la guerra en Rusia y en Alemania del Este) y funcionaba, me parece, en Hamburgo. Joseph Goebbels se interesó mucho en sus trabajos. Después de la guerra, muchos físicos alemanes declararon que habían hecho todo lo posible para que Alemania no pudiese fabricar la bomba atómica, lo que, en mi opinión, les honraría completamente si fuese verdad. Pero también en este terreno se toman lastimosas libertades contra la realidad. Desde 1939, le atraían mucho a Hitler las fantásticas posibilidades resultantes de la fisión del átomo. Yo sé que en el otoño de 1940 tuvo con el doctor Todt, ministro del Armamento, una larga conversación a este respecto. Jamás cambió su opinión: pensaba que la utilización de la potencia atómica para fines guerreros significaría el fin de la humanidad. Hoy sabemos también que había leído, no sólo la conferencia pronunciada por Heisenberg en 1942 en el Institnt Kaiser Wilhelm en Berlín, sobre «la desintegración del átomo y la construcción del reactor nuclear con uranio y cyclotron», sino muchos otros documentos referidos a las investigaciones hechas en este terreno antes de 1940. Albert Speer, cuyas notas aparecieron en un volumen en 1969, fue obligado a reconocer que Hitler no estaba «encantado con la perspectiva de ver, estando él en el poder, al planeta transformado en un astro devorado por las llamas». Conclusión que sacó de las poquísimas conversaciones que tuvo, dice, con el Führer «sobre la posibilidad de construir una bomba atómica». Y es que, lo repito, la cuestión estaba zanjada de una vez

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para todas en el espíritu de Adolf Hitler y quiero citar aquí un testimonio personal. En octubre de 1944 fui convocado al Gran Cuartel General. La ofensiva de las Ardenas estaba en preparación y el Führer quería darme las primeras directrices para la operación Griffon. En aquel momento se hablaba mucho de «armas secretas» alemanas y la propaganda del doctor Goebbels no era extraña allí. Corrían rumores extraños sobre la puesta a punto, e incluso la existencia, de armas fantásticas y absolutas. Estos rumores, como siempre, eran difundidos por gente «informada en las mejores fuentes», sin que fuese posible verificar en cuáles. Yo, desde luego, tenía otra cosa que hacer. Pero, en fin, sabía que no se trataba de armas químicas. Afortunadamente, éstas no fueron empleadas por ninguno de los beligerantes durante este atroz y demencial conflicto mundial. Se trataba de un proyectil de defensa antiaérea que, estallando en medio de una ola de bombarderos enemigos, provocarían, sobre una impresionante extensión, el cero absoluto, o sea, una temperatura de —273°, con efectos naturalmente desastrosos para los aviones. Pero, sobre todo, se hablaba de otra arma, terrible, basada ésta en la radioactividad artificial. Sin ser un técnico de la física nuclear sabía que era posible disponer un artefacto explosivo basado en la liberación de la energía atómica del uranio. Lo que había atraído mi atención sobre esto había sido el raid de sabotaje operado contra la fábrica de agua pesada de Noruega al comienzo de 1943 y el bombardeo que la había causado más graves daños al otoño siguiente. Además, uno de nuestros barcos que transportaba agua pesada había sido echado a pique. Cuando llegué al Gran Cuartel General me dijeron que Hitler estaba enfermo, acostado, pero que, sin embargo, deseaba hablar inmediatamente conmigo. Creo haber sido uno de los pocos visitantes, si no el único, que el Führer haya recibido en la cama. Le encontré muy cambiado, adelgazado, pero la razón siempre precisa. Me rogó le excusara por recibirme así, me hizo sentar y me expuso rápidamente los fines estratégicos y tácticos de la ofensiva de las Ardenas y su concepción de la operación Griffon. Tenía delante de mí a un hombre despojado, tanto como pueda serlo, de un decoro y de un aparato que, parece ser, le conferían su personalidad. A medida que hablaba, con su voz un poco ronca, pero mesurada, perfectamente tranquila, emanaba de él un poder de persuasión realmente poco común. Me afirmó que, a pesar de todas las felonías e impericias, el ejército alemán alcanzaría finalmente la victoria. La ofensiva saldría bien y además, «armas de una técnica nueva, verdaderamente revolucionaria, iban a sorprender completamente al enemigo».

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Se me vino enseguida a la mente todo junto, lo que sabía sobre Noruega, los discursos y artículos del doctor Goebbels y lo que acababa de decirme el Führer. Espontáneamente y sin hacer preguntas, por supuesto, hablé de los rumores que corrían sobre la radioactividad artificial y su utilización eventual. Hitler fijó en mí su mirada brillante y febril: «¿No sabe usted, Skorzeny, me dijo, que si la energía liberada por una radioactividad artificial se utilizase como arma sería el fin del planeta?» —Los efectos podrían ser terroríficos… —¡Lo serían! Admitamos que esa radioactividad pudiese ser controlada, después empleada como arma: los efectos serían espantosos. Cuando el doctor Todt estaba a mi lado, leí que un solo artefacto de ese género cuya radioactividad fuese en principio controlada, prendería, en teoría, una potencia de destrozo comparable a la de los grandes meteoritos caídos en Arizona y Siberia, cerca del lago Baikal. Es decir, que toda especie de vida, no sólo humana, sino animal y vegetal, sería aniquilada en un radio de unos cuarenta kilómetros. Sería el Apocalipsis. ¿Y cómo guardar un secreto así? Imposible. ¡No! Ninguna nación, ningún grupo de hombres civilizados puede, en conciencia, tomar tales responsabilidades. Por la respuesta en represalia, desaparecerían ellos mismos fatalmente. Únicamente, quizás, pueblos como los del alto Amazonas o de las selvas de Sumatra tendrían alguna probabilidad de sobrevivir.» Estas reflexiones que me hizo, de paso, el Führer, duraron apenas más de un minuto. Pero este minuto contó para mí cuando en agosto de 1945, al principio de mi cautividad, me enteré que dos bombas atómicas habían sido lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Prisionero, fui agobiado sin cesar por la misma pregunta, que me hacían los oficiales americanos de todos los grados: «¿Cómo ha raptado usted a Hitler a finales de abril y dónde le ha conducido?» Veo de nuevo la cara asustada de aquel oficial americano cuando, cansado, le respondí: «Adolfo Hitler ha muerto; pero tenía razón cuando decía que usted y yo seríamos de los que nos habíamos podido escapar de la Amazonia.» Quizás se creyó en una buena pista, o pensó que la fatiga me nublaba el sentido: me hizo traer una taza de café. En una interesante obra que constituye la crónica oficial de la Organización de las investigaciones atómicas en Gran Bretaña de 1939 a 1945, Britain and Atómic Energy (1964), Margaret Gowing precisa que, entre los pioneros de las bombas que fueron lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, se encuentran refugiados venidos de Alemania y entre ellos, Peirls, Frisch, Rotblat,

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etc., así como Klaus Fuchs, que sería más tarde condenado por haber descubierto a la URSS secretos atómicos. Míster Gowing escribe también que, a partir de 1941, los especialistas del átomo que trabajaron en Inglaterra «estudiaron metódicamente las actividades de los sabios alemanes más conocidos», y esto gracias a la colaboración del Intelligence Service. Estos trabajos fueron, dice, «utilizados ventajosamente por el hecho de que muchos de los sabios que trabajaban en Inglaterra eran refugiados que habían venido a Alemania». En cuanto a los grandes especialistas americanos, Oppenheimer y Szilard, ellos mismos habían sido formados en Alemania, en la universidad de Góttingen. De completo acuerdo con Mrs. Margaret Gowing, está permitido decir que una buena parte de la bomba atómica fue construida por correspondencia. Sabemos que los corresponsales no faltaban. Fue W. Churchill quien, en julio de 1945, en Postdam, fue encargado de anunciar a Stalin que una bomba atómica iba a ser lanzada sobre Hiroshima. En sus Memorias, Churchill subraya que el dictador soviético acogió la noticia con indiferencia y añade: «No tenía evidentemente idea alguna de lo que acababa de revelársele.» Sin embargo, Stalin, gracias a Fuchs, sabía tanto, si no más, sobre la bomba A que el mismo Churchill. La actitud de Hitler era, creo yo, dictada ante todo por una especie de instinto, de rebelión contra el hombre que quiere destruirse a sí mismo. Su temperamento de artista —que ya no es negado por nadie— no podía acomodarse a una doctrina que tuviese por finalidad el triunfo destructor de la materia desencadenada. Había sido influenciado, sobre todo, por el famoso físico Philipp von Lenard, laureado con el premio Nobel, con el cual sostenía las relaciones más amistosas. Se sabe que muy pronto Lenard había manifestado una viva simpatía por los programas del partido nacional-socialista, lo que le causó algunas «molestias» después de la guerra, antes de que muriese en 1947. Lenard sostenía que la radioactividad deliberadamente provocada en nuestro globo con un fin de aniquilamiento, era la mayor locura del hombre: un verdadero suicidio de la humanidad. Mucho antes que Oppenheimer hubiese expresado esta opinión, él decía también que Albert Einstein —al que había conocido en el Kaiser Wilhelm Instituí— vivía con una reputación discutible. Sin embargo, aunque el Führer había ordenado a nuestros especialistas que no orientaran sus investigaciones en el sentido de la destrucción, la física nuclear no era de modo alguno «descuidada» en Alemania, en la medida en que nuestros sabios tenían la posibilidad de continuar sus trabajos. Así fue como

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varias centenas de especialistas, que se habían incorporado al ejército, fueron llamados en 1942 y movilizados en sus laboratorios. Hitler, que había sido víctima del gas asfixiante durante la Primera Guerra mundial, prohibió siempre la guerra química. Pero temía que nos fuera impuesta. Nuestros químicos habían descubierto un nuevo gas contra el cual, ya se sabe hoy, toda clase de defensa hubiese sido imposible: el tanum. Sólo Speer pretende que él quiso emplearlo, pero contra la orden del mismo Hitler, en febrero de 1945. Debo decir que las declaraciones de Speer con respecto a esta veleidad homicida me dejaron un poco incrédulo. Lo que no podía dejarnos incrédulos eran las asombrosas realizaciones que hicieron los V-l y los V-2. Se ha establecido una lastimosa confusión entre estas dos armas y son necesarias aquí algunas precisiones!) La V-l, o «bomba volante» —su nombre oficial era Fl-103 por Fieseler 103— era una especie de avión a reacción sin piloto. Velocidad: 640 km/h.; alcance de tiro: alrededor de 500 km.; peso: 2.500 kg., de los cuales una tonelada de explosivo alojado en el morro. Trayectoria predeterminada a la salida por un giroscopio autónomo (dirección y altitud). A la distancia prevista, el motor se paraba y la bomba volante caía en picado hacia la tierra. De ahí su imprecisión. El viento la hacía derivar y era posible interceptarla sin que ella pudiese, naturalmente, reaccionar. La gran ventaja que ofrecía en 1944 era que su carburante y su construcción eran baratos. Fue también muy cierto el efecto sicológico. La V-l fue realizada por la Luftwaffe y particularmente por el D.F.S. (DeutscheForschungsantah für Segelfiug: centro de investigaeión para planeadores), así como por las fábricas Fieseler. Si los ensayos tuvieron lugar en Peenemünde fue porque en esta base del Báltico había un equipo adecuado. Los artefactos, fabricados en serie por Volkswagen, se lanzaban desde una rampa muy sencilla, con raíles y generalmente en haces de tres. Habiendo tenido la ocasión de visitar Peenemünde y de asistir allí al lanzamiento de una V-l, entré en el avión con un coronel ingeniero, especialista de estas bombas volantes. «¿Por qué, le dije, no sería posible pilotar una V-l?» La misma noche de aquel día de verano de 1944, nos pusimos a trabajar con dos ingenieros de las fábricas Fieseler y del Ministerio del Aire. Nos encontrábamos en una villa, al borde de un lago, el Wannsee y una decena de ingenieros comenzaron a trazar planos sobre la mesa de billar y hasta en el parquet: había que encontrar el medio de alojar en el V-l un piloto con un asiento eyectable y un paracaídas. Por la mañana se había encontrado la solución. No quedaba más que realizar un prototipo. Benévolo, el mariscal Milch, secretario de Estado en el

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Ministerio del Aire para las cuestiones de armamento, me dio la autorización de «seguir adelante»… a condición de que una comisión del Ministerio del Aire no tuviera inconveniente en ello. Esta comisión fue presidida por un venerable almirante, de barba florida, que nos habló, sobre todo, del arca de Noé. Tuvimos la suerte, después de dos o tres sesiones, de franquear este primer obstáculo, porque la comisión me había objetado: ¿De dónde cogerá usted sus obreros, sus contramaestres e ingenieros para construir este nuevo prototipo? ¡No tenemos mano de obra!» Respondí que cerca de Friedenthal se encontraba una fábrica Heinkel que estaba lejos de funcionar a tope y que el profesor Heinkel mismo me había ofrecido espontáneamente tres ingenieros y unos quince jefes mecánicos. «Muy bien, me respondió el Arca de Noé. Pero no pueden trabajar ustedes sino con V-l existentes. ¿Y no sabe usted que no tenemos? —Esto no es lo que me ha dicho el profesor Porsche, que cuenta entre mis amigos. Justamente acaba de comunicarme su extrañeza: tiene en sus fábricas algunos cientos de V-l completamente terminados y que nadie ha encargado: puedo asegurarle que me cedería con mucho gusto una docena.» «Sobre todo, ¡nada de historias!», pensó el Arca. Muy pronto, pues, dispuse de dos pequeños talleres en Heinkel. Hice instalar mesas, camas y todo el mundo —ingenieros, contramaestres, obreros— trabajó de un tirón, con buen humor, a veces más de catorce horas al día, para realizar lo que habíamos bautizado como la operación Reichenberg. Cuando vi de nuevo al mariscal Milch, me acogió sonriendo: «Y bien, Skorzeny, ¿estará usted contento, espero? —Ciertamente, señor mariscal, a pesar de haber perdido dos o tres semanas. —¡Tres semanas! ¡Pero eso no es nada para un proyecto semejante! ¡Un V-l pilotado! Si me saca usted su prototipo dentro de cuatro o cinco meses, tendrá usted derecho a todas mis felicitaciones. —Espero mostrarle el primero dentro de cinco o seis semanas, señor mariscal. Me consideró severamente, pensando, desde luego, que bromeaba. Después sonrió y movió la cabeza: «Creo que tiene usted muchas ilusiones, querido. Hay que tenerlas. Pero no demasiado. Volveremos a hablar de su artefacto dentro de cuatro o cinco meses. ¡Y buena suerte! En el fondo, en la fábrica de Heinkel, donde yo pasaba cada día algunas horas, se hacía artesanía con entusiasmo. Pero se conseguía. Quince días más tarde me hice anunciar al mariscal Milch y le declaré que los dos nos habíamos equivocado: tenía tres V-l dispuestos para volar.

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Estupefacto, el mariscal me dio autorización para hacer pruebas en el aeródromo de Gatow. Habían sido designados dos pilotos de ensayo. Sus dos artefactos, en lugar de ser lanzados por una rampa, se soltaron de un Heinkel 111 a 2.000 metros de altura. Los dos se aplastaron al aterrizar. Yo estaba abrumado. El mariscal Milch fue bastante seco y después de decirme que iba a nombrarse una comisión para determinar las causas de los dos accidentes, me rogó suspendiera todos los ensayos. Fue entonces cuando me llamó Hanna Reitsch, la ya legendaria aviadora, que vivía en la Loftwaffe Haas desde el grave accidente que le había roto casi todos los huesos y del que se había repuesto a fuerza de voluntad. Me reveló que ella había tenido la misma idea que yo: las V-l podían ser pilotadas. Pero ella había recibido la orden formal de no intentarlo. No era necesario, me dijo, esperar los resultados de las averiguaciones de la comisión para conocer las causas de los dos accidentes: los dos pilotos habían pilotado siempre aviones a hélice; nuestro prototipo, más ligero que la V-l normal, alcanzaba la velocidad de 700 kms/h. y se habían desconcertado completamente al aterrizar. Hanna se declaró dispuesta a rehacer la experiencia y lo mismo dos de sus camaradas que, como ella, habían pilotado aviones a reacción. Lo rechacé rotundamente alegando que ya habían dado las órdenes y que no pondrían ningún Heinkel abandonar nuestra disposición en Gatow. Alzó los hombros y me dijo riendo: «Yo le creía más audaz. Siempre se puede volar cuando se quiere. Mis camaradas han visitado sus talleres y examinado sus primeros V-l. Estoy segura, sabe, que tenemos razón: son aviones estupendos. Volveremos a hablar de ello juntos, usted, mis dos camaradas y yo. Hasta mañana. He de confesar que pasé la noche en blanco. Era posible un tercer accidente. ¿Tenía yo derecho a lanzar a la fabulosa mujer pájaro, con la que soñaban tantos jóvenes alemanes, a semejante aventura? Al día siguiente, Hanna y sus dos camaradas supieron mostrarse tan convincentes que acepté engatusar al comandante del aeródromo. Después de haberle explicado con aire despreocupado que acababa precisamente de recibir el permiso de proseguir la operación Reichemberg, le pedí «su opinión perspicaz» sobre cierto número de problemas y le encargué a dos de mis oficiales que no se apartaran ni a un paso de él, que le acompañaran a la mesa de oficiales y que vigilaran para que no fuese a telefonear al Estado Mayor del mariscal Milch bajo ningún pretexto. Mentiría si dijese que no tenía el corazón oprimido cuando vi al Heinkel soltar el V-l pilotado por Hanna. Había corrido, sin dudar, todos los riesgos sabiendo que iba a tocar tierra a más de 180 kms./h. Sin embargo (hoy aún soy incapaz de decir por qué), en el fondo de mí mismo estaba seguro de que iba a

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conseguirlo. Y lo consiguió: aterrizó «como una flor» y comenzó de nuevo. La felicité de todo corazón: «¡Pero si es un avión maravilloso!, me dijo. Van a hacerse gracias a él cosas muy buenas, ¡ya lo verá!» Sus dos camaradas volaron también en el V-l y aterrizaron sin dificultad. Pero no pudimos ver ninguna de las buenas cosas que esperábamos. Cuando fue conocida la hazaña de Hanna y de sus dos camaradas, tuvimos la autorización de construir otros cinco prototipos, gracias a los cuales pudieron entrenarse treinta pilotos seleccionados. Aceptamos a otros sesenta voluntarios (sobre varios cientos) de la Luftwaffe en Friedenthal: en fin, algunas misiones particularmente audaces se hacían posibles. Desgraciadamente, los 500 metros cúbicos de carburante especial que yo había pedido al principio del verano de 1944 no nos fueron jamás entregados. Los pilotos de los V-l se quedaron hasta el final en mis unidades y la mayor parte de ellos se significaron en ellas por su sangre fría y su coraje. Lo que yo vi después de la guerra, fue un film americano que pretendía representar los episodios más patéticos de la operación Reichenberg: la actriz que hacía el papel de Hanna subía a una V-l inclinado sobre la rampa y se encontraba catapultada en las dunas que bordeaban un mar nórdico. Hanna, que fue sospechosa también de haber raptado al Führer de un Berlín en llamas en los últimos días de abril de 1945, no ha sido perdonada por la desgracia. Vive en Frankfurt del Main, donde la he visitado algunas veces. Su confianza en la patria alemana y en una Europa libre y reconciliada no la ha abandonado nunca. Cuando se me ocurre recordar su hazaña, se ríe y exclama siempre con el mismo entusiasmo: «Verdaderamente era un avión muy hermoso. ¡Si siquiera lo hubiésemos tenido seis u ocho meses antes!» La V-2 no era un avión, sino un cohete que, al final, medía 14,03 de alto, 3,564 de diámetro en la base y 1651 metros en el morro; peso: 12 toneladas y media a la salida, con 70 por 100 de carburante (alcohol metílico y oxígeno líquido); alcance: alrededor de 600 kilómetros; velocidad: cerca de 5.300 km/h. (Mach 4). Una tonelada de explosivo. El inventor de la V-2 fue un ingeniero de treinta años, animador de un equipo muy dinámico de jóvenes especialistas, Wernher von Braun, quien después de la guerra tomó la ciudadanía americana. Es mundialmente conocido. Braun trabajaba en Peenemünde en el centro experimental del ejército dirigido por el coronel Walter Doernberger, oficial distinguido y además como se dice en francés, «un tipo chic». El primer ensayo concluyente de la V-2 (sin carga explosiva, evidentemente) tuvo lugar en Peenemünde el 3 de octubre de

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1942 y el cohete alcanzó su meta a más de 190 kilómetros de distancia, después de haber atravesado 80 kilómetros de capa atmosférica. Hitler se interesó personalmente por los ensayos de Peenemünde. Nombró a Dóernberger general e hizo dar al joven ingeniero el título de profesor. Convocó a los dos juntos en el Gran Cuartel General a primeros de julio de 1943. Speer tuvo que decir lo que hoy sabe todo el mundo: el Führer comprendió la significación revolucionaria del cohete V-2 y declaró después de haber hablado con Wernher von Braun: «Este joven profesor acaba de enfocar un cohete cuyo principio revoluciona todas las leyes conocidas de la balística. Va a llegar a ser posible alcanzar a nuestros adversarios más allá de los océanos y de inmensas extensiones. Pero creo que este joven sabio tiene razón cuando piensa que será posible, gracias a cohetes más potentes, explorar la nada que rodea la tierra y quizás ciertos planetas de nuestro sistema. Creo que podrán revelarse grandes misterios gracias a Braun.» Yo conocí personalmente al profesor Braun durante la guerra y después sostuve con él correspondencia. Es un hombre extremadamente simpático, dotado no sólo de extensos conocimientos, sino de una imaginación muy viva. Siendo aún un ingeniero muy joven, ya era un especialista de los cohetes trabajando de 1933 a 1936 en el centro experimental de Kummersdorf y soñando ya con la navegación en el espacio por medio de cohetes y viajes a la Luna. Peenemünde se encuentra en la isla de Usedom, en la desembocadura del Oder, sobre el Báltico, en la frontera actual de Alemania Oriental y Polonia. Algunas semanas después de que Hitler recibiese a Wernher von Braun, la isla fue bombardeada por la noche y las instalaciones arrasadas: 800 muertos. Nuestros «honorables corresponsales» de Suiza y, desde luego, no gente extraña. Los investigadores del centro se dispersaron y se construyó en Baviera, en Kochel, un «túnel de viento» donde el aire sobrepasaba la velocidad de 4.800 kms/h. Era superior a la velocidad máxima considerada hasta entonces para estas clases de tests por los especialistas enemigos más temerarios. Los V-2 como los V-l, fueron construidos según el principio de la «industria dividida» efectuado el montaje final por equipos de obreros alemanes. Werner von Braun y sus jóvenes colaboradores tenían una mira amplia y me atrevo a decir que lejana. Muy lejos. Al comienzo de 1944, Braun hizo declaraciones que parecían salir entonces de una novela a lo Julio Verne, o de lo que hoy se denomina ciencia-ficción, pero que no eran más que un anticipo de lo que se realizó gracias a él. Es de todos sabido que su concepción de los

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cohetes con pisos, derivados del V-2, debía hacer posible el lanzamiento de los satélites artificiales y la exploración de la Luna. La astronáutica le debe mucho. Aquellas declaraciones aparecieron en un periódico alemán, ilustradas con dibujos que daban una idea de la concepción y del arreglo de los cohetes; fueron inmediatamente repetidas por la prensa neutral. Himmler hizo arrestar e interrogar a Braun. Una semana más tarde, el Führer puso fin a esta situación al menos paradójica. El programa de las máquinas V-2 preveía un cohete susceptible de bombardear New York o Moscú. Este cohete, prácticamente preparado a finales de marzo de 1945, habría podido ser construido a partir de junio. Pero los soviéticos se acercan. El general Doernberger, Wernher von Braun, su hermano Magnus, el coronel Axter, los ingenieros Lindenberg, Tessmann y Huzel, que pudieron salvar una buena parte de sus documentos, se refugiaron en Baviera. Se marchan a la 44 división americana y pronto firman un contrato que les vincula a la U.S. Army y se van a los EE.UU. en septiembre. Ciento veintisiete grandes especialistas alemanes están reunidos y vigilados estrechamente al otro lado del Atlántico, ya que se teme que los soviets los rapten. Wernher von Braun volverá a Alemania en 1947 para casarse, en zona americana, con su prima María von Quistorp. La ceremonia y la comida de boda tiene lugar bajo la vigilancia de imponentes fuerzas de la M.P. El joven matrimonio se marcha a los Estados Unidos, donde Braun toma, en 1955, la nacionalidad americana. Es nombrado, entonces, director de la Army Ballistic Missile Agency, destacado como director de la National Aeronautics and Space Administration (N.A.S.A). De este modo, fue el realizador del proyecto Apollo, que terminó el 21 de julio de 1969 con el alunizaje de los primeros seres humanos: Armstrong y Aldrin. Ahora. Braun piensa que es posible enviar hombres a Marte: «Simple cuestión de dinero.» Entretanto, quiere realizar la «navecilla espacial» (Space Shuttle), especie de aerobús capaz de volar con energía en la atmósfera y sin energía en el espacio. Ya los «cohetes meteorológicos» que adelantan a los ciclones y permiten conocer su marcha, han salvado más de 50.000 vidas humanas. Estos cohetes son mucho más útiles, en mi opinión, que los misiles intercontinentales, portadores de muerte atómica o bacteriológica, que amenazan hoy a toda la humanidad. No sabría citar todas las armas nuevas concebidas por los especialistas alemanes a partir de 1941-1942. Un prototipo del Natter, o Bachem 8-348-A-l, que debía ser teledirigido desde tierra sobre los bombarderos enemigos, llevando a bordo un piloto encargado de tirar dos salvas de una docena de cohetes antiaéreos, se aplastó sobre el suelo en su primer ensayo bajo

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condiciones reales simuladas. El teniente Lothar Sieber pereció. El aparato era una combinación de V-l y V-2 y el teniente Sieber debe considerarse como el primer piloto del mundo que haya sido proyectado en vertical por cohetes auxiliares a reacción, como lo son hoy los astronautas americanos y rusos. Los cohetes antiaéreos derivados del V-l son muy numerosos: la Wasserfall (caída de agua) o C-2, misil tierra-aire con cabeza investigadora, era una versión reducida del V-2 con cuatro aletas. Salida en vertical. Se dirigía hacia la parte más caliente de su objetivo. Su velocidad de 2.900 kms/h. era sobrepasada por la del cohete Typhon que llegaba a 4.500 kms/h. y debía servir para constituir barreras antiaéreas. Pueden citarse aún la Hija del Rhin, de dos pisos, y al Lirio de Fuego o F-55, la Genciana con dos reactores, corta, robusta, etc. Se sabe, o más bien no se sabe, que el primer avión a reacción alemán, el He-178, voló desde finales del mes de agosto de 1939. El profesor Heinkel trabajaba en él desde hacía tres años ya. El Messerschmitt-262, cazador a reacción armado con cuatro cañones de 30 mm. alcanzaba la velocidad de 950 kms/h. El bombardero Arado-234 hacía 900 kms/h., subiendo a 11.000 metros, con un radio de acción de 1.600 kilómetros. En abril de 1945, los constructores del bombardero Henschel 0-122, dotado de un turborreactor mejorado (1.000 kms/h., radio de acción superior a 2.000 kilómetros) hicieron saltar al prototipo. Los peritos británicos se apoderaron de los planos y de los escombros del aparato y se quedaron maravillados. Veremos que las armas que fueron, o debían haber sido empleadas sobre y bajo el agua no eran menos ingeniosas, menos revolucionarias y adelantadas a las realizaciones científicas occidentales que las que habían sido concebidas para combatir en el aire. Quiero insistir en este hecho que quizás no es muy conocido: la operación dirigida conjuntamente en el Oeste y en el Este contra Alemania, que fue la más fructuosa, tuvo lugar cuando nuestros ejércitos hubieron capitulado sin condición. Esta operación consistió en buscar, para apoderarse de ellos, todas las patentes y proyectos de invención alemana. En el Oeste se tituló operación Paperclip, del nombre del ganchito que sirve para sujetar unidas hojas mecanografiadas o manuscritas. Al mismo tiempo que se desmantelaban todas las fábricas que no habían sido destruidas por los bombardeos liberadores, fue un pillaje en regla y ciertamente la más hermosa feria de apresamiento de la Historia. Comparados con los mozos de mudanzas de 1945-1950, los ocupantes franceses, ingleses y demás de 1919 y 1925, no eran más que aprendices. Nuestras patentes y nuestros proyectos se marcharon al Este y al Oeste por camiones, trenes, barcos y aviones. A menudo, después, los especialistas alemanes prisioneros fueron a

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entresacar ellos mismos estos documentos y dar las explicaciones necesarias a los técnicos de los vencedores. No es exagerado decir que después de 1945 la economía del Oeste tuvo durante largos años ventajosas modificaciones en todos los dominios industriales, gracias a Paperclip, Los americanos han reconocido, sin la menor dificultad, que los beneficios realizados por este medio habían cubierto varias veces el coste de la guerra. ¿Y la guerra misma? Citemos primero esta salida de Churchill, declarada en el transcurso de una conferencia dada en los Estados Unidos en 1952: «En las alforjas de Hitler fue donde encontramos los últimos secretos que nos permitieron terminar victoriosamente la guerra en Asia.» En cuanto a Eisenhower, debía constatar después de la guerra: «Si los alemanes hubiesen dispuesto de las nuevas armas V-l y V-2 seis meses antes, la invasión hubiera sido imposible.»

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4. Del submarino absoluto a los sucedáneos El gran almirante Raeder, Jefe tradicional.—Concepciones revolucionarias de Karl Doenitz, el Manstein y el Guderian del mar.—Designado por el Führer como jefe de Estado.—Su gobierno no ha capitulado ni dimitido: la capitulación fue únicamente militar.—Los torpedos humanos y los Sprengboote teledirigidos.—Buenos resultados y sinsabores con los torpedos convencionales.—Hazaña de Prien.—Recuerdos en la bahía de Scapa Fiow.—Barrenamiento de la flota francesa en Tolón.— Papel de Canaris.— Tres torpedos contra el Nelson: no explotan y ¡Churchill se encontraba a bordo!— Torpedos acústicos y térmicos.—Submarinos de bolsillo.—El Schnorkel y el «submarino absoluto», tipo Walter XXI.—Nuevos misiles aeromarinos.—El Fritz echa a pique al Roma.—Churchill rinde homenaje a los submarinos alemanes.—La batalla del Atlántico.—Del Bloque continental (1806) a los ersatz.—Reflexiones sobre la actual crisis energética. En el manual de instrucción de la U.S. Air Forcé, destinado a los pilotos entrenados para combatir contra los submarinos, se leían a finales de 1943 estas líneas, cuya importancia no escapó al gran almirante Doenitz: Cuando un submarino echa a pique dos buques de carga de 6.000 toneladas y un petrolero de 3.000, he aquí la lista de lo que perdemos: 42 carros de asalto, 8 cañones de 152 mm., 88 cañones de 87,6 mm., 40 piezas anticarro de 40 mm., 24 autos blindados, 50 ametralladoras pesadas Bren con cureña autopropulsora, 5.210 toneladas de municiones, 6.000 fusiles, 428 toneladas de material para carros, 2.000 toneladas de aprovisionamiento y 1.000 containers de gasolina. Contrariamente al gran almirante Erich Raeder, quien creía aún en 1942 en el papel importante de los cruceros de batalla, Karl Doenitz, capitán de fragata en 1935, era un convencido partidario del arma submarina. Habiendo estudiado las ideas de los especialistas internacionales, había ideado una doctrina de ataque a los convoys y navíos enemigos con patrullas de submarinos guiados y cubiertos por la aviación. En vano trató de convencer a Raeder del acierto de esta concepción revolucionaria. Nombrado jefe de la flota submarina alemana en 1936, tuvo que poner una sordina a sus

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pretensiones. En aquel momento, el gran almirante le señaló que las relaciones entre Gran Bretaña y el Reich eran buenas y que el Führer juzgaba una guerra entre los dos pueblos «absolutamente fuera de lugar». El resultado fue que Doenitz, en el momento que Inglaterra nos declaró la guerra, en septiembre de 1939, no disponía más que de 26 submarinos «completamente operacionales» sobre 55. Sin embargo, el U-29 (Lt. V. Schubart) echó a pique, en septiembre de 1940, al portaviones Courageous. En octubre de 1939, el U-47, a las órdenes del teniente de navío Prien, penetró en la misma rada de Scapa Flow y envió al fondo al acorazado Royal Oak, de 29.000 toneladas. Ya hablaré de esta magnífica hazaña a propósito de nuestros primeros torpedos. Erich Raeder era un jefe tradicional que ya servía en la flota imperial en 1894: Doenitz tenía entonces… tres años. Fue una lástima para mi país que Raeder no comprendiera desde septiembre de 1939 que una de las armas más eficaces contra Inglaterra era el submarino. Manstein y Guderian pudieron exponer libremente a Hitler sus conceptos de la utilización de los blindados. Doenitz no tuvo la posibilidad de defender al «submarino total» y la táctica de las patrullas ante el Führer de 1936 a 1940. Desde luego, la perspectiva de una guerra con Gran Bretaña repugnaba al canciller. Tuvo que rendirse a la evidencia, por tanto. Pero en mayo de 1941, después del raid de Hess: no era posible ninguna entente con Churchill. El submarino se convertía, pues, en un arma estratégica de primera importancia. Al comienzo de 1942, durante la primera fase de la batalla del Atlántico, Doenitz hubiera necesitado alrededor de 250 submarinos. Mandaba 91, de éstos, 23 se encontraban en el Mediterráneo, 13 en misiones diversas, 33 en reparación y 10 en camino hacia su sector de operación. Sólo combatían 12 sumergibles; la táctica imaginada por Doenitz exigía cincuenta. A finales de diciembre de 1942, al no haber entablado combate nuestros grandes navíos de superficie contra un gran convoy angloamericano de abastecimiento de la URSS, potentemente escoltado, el convoy P.Q. 18, Hitler se extrañó y pidió explicaciones. Liddell Hart (op. cit.) escribe a este respecto: «Advertido por radio, Raeder retuvo prudentemente sus mayores barcos que, sin embargo, hubieran podido intentar la suerte de vencer a la escolta.» Después de esto, el Führer declaró que si los acorazados no servían para nada, mejor valía desarmarlos. Raeder ofreció su dimisión que fue aceptada y Doenitz fue nombrado en su lugar. Pero era muy tarde: 30 de enero de 1943. Nunca tuvo Doenitz bastantes submarinos para aplicar su táctica de las patrullas como deseaba. Hay que añadir que se quejó con alguna amargura, en su libro Zehn Jahre und zwanzig Tage (Diez años y veinte días) de la falta de colaboración del mariscal Goering, jefe de la Luftwaffe, con la marina de guerra.

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Diré en qué circunstancia tuve el honor y el placer de conocer al gran almirante que tenía empeño en testimoniarme su estima. Era un hombre recto, leal, infinitamente simpático, tan buen estratega como táctico. Se puede decir que fue el Manstein y el Guderian del mar. Fue, sobre todo, gracias a su actitud llena de juicio y abnegación que, a principios de mayo de 1945, millones de soldados y de civiles alemanes y europeos escaparon del cautiverio y de la matanza. Aún diré más. En Nuremberg, como comandante supremo de la Marina, encarnó el honor de la Wehrmacht y consiguió salvarlo, al menos, a los ojos de los acusadores occidentales. Como tantos otros, fue calumniado. Los vencedores le imputaron matanzas deliberadas: las de las tripulaciones de los navíos torpedeados. Su defensor, el doctor Otto Kranzbühler, pudo probar que la marina de guerra, alemana se había ajustado estrictamente al derecho internacional. También es verdad que el testimonio escrito del jefe de la flota de los Estados Unidos, el almirante ehester W. Nimitz, fue, en este sentido, decisivo. El gran almirante había sido designado por el Führer como su sucesor en la cabeza del Estado alemán el 30 de abril de 1945. Fue en pleno desastre y, sin embargo, no vaciló. Después de haber formado un nuevo Gobierno en Plön, el 2 de mayo, tuvo que aceptar el 8 de mayo que las fuerzas armadas del Reich capitulasen. Los vencedores le pidieron que «concediera plenos derechos a los representantes de las tres armas, encargados de insertar su rúbrica en el acta de capitulación». Dio los plenos poderes, pero no firmó ninguna capitulación de Estado a Estado y el nuevo Gobierno alemán no dimitió. Más tarde, y por orden expresa de los soviets, sus miembros fueron pura y simplemente llevados a prisión. Como había permanecido jefe del Estado alemán después del 8 de mayo, Doenitz continuó siendo reconocido como tal por los vencedores durante dos semanas. Le fueron rendidos los honores correspondientes, no sólo a su graduación, sino también a su dignidad. El Estado alemán continuó, pues, existiendo después del 8 de mayo. Representaba la unidad nacional legal y Doenitz no firmó renuncia alguna a este respecto, ni en su nombre ni en nombre de su Gobierno. Un documento que yo he visto, redactado por juristas internacionales, confirma este hecho. Doenitz no dimitió jamás. Sólo cedió a la fuerza, cuando fue detenido, el 23 de mayo de 1945. En Nuremberg, fue condenado a diez años de prisión: de ahí el título de su libro. De hecho, a partir del comienzo de 1943, lo que Josef Goebbels llamaba la «fortaleza Europa» estaba mortalmente amenazado en el oeste, en el sur y en el

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este. El gran almirante Doenitz tenía que defenderse en el mar contra las dos flotas más temibles del mundo. A fin de compensar en parte esta superioridad masiva, fueron concebidas nuevas armas, fabricadas y a veces empleadas, como veremos, con éxito por los voluntarios de la marina y los combatientes de mis unidades especiales. Así fue como tuve el placer de conocer al almirante Heye, jefe de las KleinkampfverbMnde (unidades de combate menor) de la Kriegsmarine y de colaborar con él. Era un marino en toda la acepción del término y un táctico de una extrema ingeniosidad. En el frente del mar, en el dominio de las armas sorprendentes, tengo forzosamente que constatar que al comienzo de 1943 no poseíamos prácticamente nada. Yo vi nacer los torpedos pilotados de los tipos Neger, Molch y Marder. Fueron tres versiones de un doble torpedo. En el agua, por debajo del torpedo pilotado, se encontraba otro cargado con 600 a 700 kilos de dinamita. El piloto del torpedo superior los disparaba con golpe certero después de acercarse lo máximo posible a su objetivo. Después viraba y se arreglaba como podía, sobre todo deo juvante. Que quede bien claro, de una vez para siempre, que todos los hombres que cumplían tales misiones eran voluntarios. El Sprengboot era una canoa de asalto de cerca de 3,5 metros de largo, alcanzando una Velocidad de 60 kms/h. —que entonces era bastante raro— y llevaba en la proa 500 kilogramos de plástico explosivo. Se empleaba en troíka, es decir, tres canoas participaban en el ataque teniendo cada una de ellas un piloto a bordo. Dos Sprengboote cargados, precedían a un tercero donde se encontraba el jefe de la expedición. Muy bajo, de 30 a 40 centímetros aproximadamente sobre el agua, el trío señalaba directamente su posición de salida. A buena distancia del blanco, el jefe daba la señal de ataque y las tres fuera-borda se lanzaban a toda velocidad. A un kilómetro aproximadamente de la meta, los dos pilotos de la Sprengboote cargadas salían disparados con su asiento, mientras que el comandante de la expedición teledirigía los artefactos hacia el objetivo y después recogía, si podía, a los dos pilotos arrojados. Pero si tocaban al objetivo en el centro, oblicuamente, los artefactos no estallaban inmediatamente: el morro explosivo de las canoas se desprendía simplemente y se deslizaba a lo largo del casco hasta 6 ó 7 metros por debajo de la línea de flotación. Únicamente entonces era cuando se producía la explosión, mucho más eficaz, porque no ocasionaba solamente una vía de agua. Una absorción de aire brutal no creaba bajo el centro del buque. Este vacío — solamente la proa y la popa se quedaban sostenidas por el agua— causaba la ruptura del buque por la mitad. La primera unidad que empleó con un brillante éxito las «pequeñas armas» fue la flotilla X Mas, entonces mandada por el capitán de navío príncipe

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Borghese, que ya conocemos. La F.X. Mas atacó audazmente a los buques enemigos en los mismos puertos de Alejandría y de Gibraltar e infligió grandes pérdidas a la flota británica. Al comienzo de la guerra, el detonador de nuestros torpedos era accionado por el campo magnético del blanco. El detonador y los controles de dirección y profundidad eran imprecisos. Cuando Prien pudo penetrar en la rada de Scapa Flow, fue durante la noche del 13 al 14 de octubre de 1939, en plena aurora boreal, lo que era más bien molesto. Se ignora que el U-47 lanzó primero sobre el Royal Oak cuatro torpedos, de los cuales tres fallaron a causa de uno de aquellos «extraños» defectos de construcción. El acorazado fue tocado en proa y el enemigo lo creyó efecto de una bomba de aviación. Con mucha sangre fría, Prien hizo recargar los tubos y lanzo un segundo haz de tres torpedos que explotaron al fin. El Royal Oak se partió en dos y zozobrando por babor fue tragado en unos minutos. Para comprender la importancia simbólica que tomó a nuestros ojos la hazaña de Prien, tenemos que trasladarnos al 21 de junio de 1919. Después del armisticio de noviembre de 1918, la flota alemana de alta mar había sido internada en esta misma bahía de Scapa Flow. No se consideraba como vencida. En la batalla de Skagerrak —o de Jutlandia— sus 21 grandes buques habían afrontado a los 38 acorazados británicos: las pérdidas enemigas habían sido de 115.000 toneladas y las nuestras de 61.000. El 20 de junio de 1919, el almirante von Reuter, que mandaba nuestros buques internados, se enteró de que la flota de alta mar debía ser entregada intacta a Inglaterra, de lo contrario se volvería a declarar contra Alemania el estado de guerra. De pleno acuerdo con los oficiales y las tripulaciones, Reuter ordenó que nuestros 21 acorazados y cruceros y nuestras 10 flotillas de torpederos se barrenaran. Yo tenía entonces once años y el suicidio de estos hermosos y arrogantes buques me había impresionado profundamente. Supe que el Friedrich der Grosse, que había llevado en la batalla de Skagerrak el pabellón del almirante Sheer era el primero que se había ido a pique. Por eso comprendí el dolor que sentiría el almirante de Laborde cuando el 26 de noviembre de 1942 dio la orden de barrenar la flota francesa internada en el puerto de Tolon. Allí es donde desembocó aquella política de colaboración europea preconizada en 1940 por nuestra diplomacia: ¡al fondo del agua! ¿Y cómo iban a suponer que un marino —como fue el almirante de Laborde o el almirante von Reuter— iban a entregar sus buques? El almirante francés Gensoul había rehusado entregar sus acorazados a Gran Bretaña en Mers-elKebir en julio de 1940. ¿Cómo imaginaban que Laborde, no pudiendo aparejar iba dejar a los alemanes e italianos apoderarse de los navíos en la rada de Tolón? Quizás un día se aclare el papel que jugaron entonces los servicios de

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información del almirantazgo italiano, de pleno acuerdo con el Abwehr de Canaris. El Abwehr se significó aún por una ineficacia total a propósito de la operación Torch, desembarco americano-inglés en África del Norte. Esto es lo que constata Doenitz en Diez años y veinte días (pág. 270 de la edición alemana). Añade: «Los servicios de información y de contraespionaje, dirigidos por el almirante Canaris, no dieron jamás, durante toda la guerra, una sola información útil a la jefatura de mando de nuestra flota submarina.» En el transcurso de Torch, la flota francesa no internada del Atlántico y del Mediterráneo hizo frente, como tenía orden, a la flota de invasión. Los marinos ingleses no tenían mucha simpatía a los franceses desde que éstos habían tirado, en Mers-el-Kebir contra sus buques desarmados. Los franceses perdieron en estos combates el crucero Primauguet y el moderno Jean Bart fue gravemente tocado. Los torpederos Typhon, Tornade, Tramontane, Frondeur, Fougueux, Epervier, Boulonnais y Brestois se fueron a pique, así como 15 submarinos y otros 9 buques de guerra. Las pérdidas de la aviación francesa fueron también muy grandes. Todos estos sacrificios fueron en vano, porque nuestra diplomacia no supo comprender a los europeos, partidarios de una nueva concepción de Europa. Esta concepción, verdaderamente constructiva, positiva, del continente, hubiese hecho inútil esta guerra fratricida. Nuestros dirigentes descuidaron el arma sicológica, que es quizás la más poderosa de todas. Finalmente, el almirante Darían, que se encontraba en Argelia en 1942, viró y se colocó al lado de los Aliados del Oeste, antes de ser asesinado. Volvamos a los primeros episodios de la guerra en el mar y al 30 de octubre de 1939. Aquel día, el teniente de navío Zahn, que mandaba el submarino U-56, fue víctima de una mala suerte poco ordinaria. Mar adentro de las Oreadas atacó al crucero de batalla Nelson. Con una increíble audacia, Zahn se introdujo en medio de los 12 destructores de escolta. Estaba tan próximo a su objetivo que la tripulación del submarino oyó el impacto de los tres torpedos al tocar el flanco del acorazado. ¡Ni uno sólo explotó! Y Churchill, entonces primer lord del Almirantazgo, se encontraba a bordo del crucero. ¿Se imaginan esta noticia a primeros de noviembre de 1940?: «El Nelson echado a pique, perdidos cuerpos y bienes, con Churchill a bordo.» Churchill conocía la suerte de lord Kitchener, que desapareció en el Hampshire, echado a pique mar adentro de las Oreadas el 5 de junio de 1919, cuando iba a Rusia. Si los tres torpedos lanzados por el U-56 hubiesen explotado la suerte del mundo hubiera cambiado, estoy persuadido de ello. Incluso si el Premier no se hubiera ahogado, un baño helado le hubiese incitado, sin duda, a reflexionar sobre los verdaderos intereses del Imperio y del pueblo británico.

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Los torpedos acústicos funcionaban mucho mejor. No eran de invención alemana como se ha dicho, pero nuestros especialistas los perfeccionaron. Les dieron una grandísima velocidad y les proveyeron de cabezas investigadoras refinadas. Nosotros empleamos también torpedos sensibles a las radiaciones térmicas que se dirigían a gran velocidad hacia el lugar más caliente del blanco, es decir, a la sala de máquinas. Estas armas nuevas hicieron correr un gravísimo peligro a los aliados del Oeste. En su libro Germán Secret Weapons Blueprint for Mars (1969), el joven ingeniero Brian J. Ford revela que el servicio secreto británico fue informado de la existencia y fabricación de los nuevos torpedos y que se descubrieron montones. Por ejemplo, en los convoyes, los buques llevaban remolcadas boyas sonoras que atraían sobre ellas los torpedos acústicos. Fueron puestos en servicio diversos tipos de submarinos de bolsillo, desde el Haj, aplastado como una sardina y el Biber, hasta el Seehund, el mejor, maniobrado por dos hombres. Todos estaban provistos de Schnorkel —como los carros blindados anfibios que veíamos atravesar tranquilamente el Boug el 22 de junio de 1941. El Seehund estaba además equipado, como el Molch y el Marder, con un purificador de aire. Con estos sumergibles de bolsillo, dotados de un periscopio perfeccionado, era posible incidir —con los dos torpedos alojados en los flancos del casco— en un blanco mucho más alejado que con los «torpedos humanos». El Schnorkel, que permitía a los submarinos sumergidos recibir del exterior bastante aire para su motor y tripulación, es una invención holandesa. Pero el profesor Walter mejoró grandemente el sistema e inventó un motor a hidrógeno y oxígeno. La explosión producía agua que se empleaba para las necesidades de a bordo. Desde 1937, Doenitz se había esforzado en adelantar el proyecto del submarino Walter, verdaderamente revolucionario. Es incomprensible que no hayan podido hasta el año 1942 el profesor Walter, los ingenieros Schürer, Bráking y Oelfken, hacer adoptar al fin el sistema del «aspirador» (Schnorkel). Hubo que esperar después más de dos años para que fuesen construidos una centena de sumergibles de los tipos Walter XXI y XXIII y entrasen finalmente en servicio. A partir de mayo de 1944, los submarinos de tipo antiguo recibieron también su Schnorkel mejorado. Nuestros sumergibles que habían sufrido particularmente los efectos de la aviación enemiga, ya no tuvieron que salir a la superficie en condiciones críticas. Los XXI, que alcanzaban la velocidad de 17,5 nudos sumergidos, tenían un radio de acción considerable pudiendo ir a Argentina sin salir a superficie ni embarcar combustible. Se sumergían hasta 300 metros.

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En Yalta, en febrero de 1945, americanos e ingleses insistieron para que Stalin diese la orden de intentar una ofensiva de gran estilo sobre Prusia Oriental y Dantzig, donde se construían el 30 por 100 de los Walter XXI, porque «la aviación y los buques de superficie aliados podían combatir muy difícilmente a estos nuevos submarinos, susceptibles a convertirse en un serio peligro para nuestra navegación en el Atlántico Norte.» El mismo Winston Churchill habría de decir. «Si los nuevos submarinos alemanes hubiesen entrado antes en batalla, hubiesen podido, gracias a su gran velocidad sumergidos, revolucionar completamente la guerra submarina, como lo había anunciado Doenitz.» Puesto en servicio en número suficiente desde 1942 —y era posible— el submarino Walter hubiese estorbado considerablemente el abastecimiento de Gran Bretaña y el de la URSS, así como los desembarcos enemigos en África del Norte y en las costas italianas y francesas. Los Misiles BV-143 y BV-246 de carburante sólido eran una derivación de los cohetes V-2. Tenían que ser lanzados desde un avión. Al llegar a tres metros sobre el nivel de las olas, tomaban la horizontal y salían en dirección al blanco, dirigidos por cabezas investigadoras acústicas o sensibles a los rayos infrarrojos. Entre los demás misiles aeromarítimos, hay que citar las cinco o seis versiones del SD-1400 con aletas, o Fritz, capaz de perforar los blindajes más potentes. En septiembre de 1943, el crucero de batalla italiano Roma, que iba a África del Norte para rendirse a los ingleses, fue echado a pique por un Fritz lanzado desde un Dornier-217. El HS-293, lanzado desde un bombardero y radiodirigido al blanco, echó a pique, en 1943, numerosos barcos enemigos; el HS-294 medía 6,5 metros de largo —contra 4 metros del HS-293— y fue utilizado según los mismos principios al año siguiente. De bomba volante se metamorfoseó en torpedo de cabeza investigadora perdiendo sus aletas al entrar en el agua. Los cohetes HS-295, HS-296 y HS-298, de aleación ligera, eran radiodirigidos por el navegante del bombardero que los lanzaba. Su alcance era de ocho kilómetros. Medían 2,5 metros de largo y sólo pesaban alrededor de 125 kilogramos. Después de algunos perfeccionamientos se pensó utilizarlos como misiles aire-aire contra las oleadas de bombarderos enemigos. Todo conduce a creer que hubiesen sido muy eficaces, pero ya era el final y no se pudo fabricarlos en serie. Sin duda, se comprende mejor, ahora, mi gran interés en querer utilizar la V-l como un avión pilotado. En medio de un haz de V-l normales que pasa por encima de la Mancha, dos bombas volantes se sueltan bruscamente y caen en picado sobre dos grandes buques. Antes de que los aparatos y su carga

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explosiva alcancen su fin, los pilotos salen despedidos —al contrario de los pilotos japoneses kamikaze. Porque yo he pensado siempre que había que dar a todo combatiente probabilidades de salvarse. El V-l pilotado y quizás hubiera podido ayudar de modo no despreciable a los submarinos del gran almirante. Se trató de adaptar el motor de reacción de la V-l a un artefacto acuático bastante pomposamente bautizado como Tornado. Era una especie de gran torpedo teledirigido —como nuestro carro enano el Goliath—, con 600 kilogramos de explosivos en el morro. Este Tornado debía literalmente volar sobre las olas; pero su velocidad no pasó nunca de los 65 kms/hl y su estabilidad, con mar encrespada, se reveló muy mediocre, aunque el torpedo estaba sometido por dos flotadores de hidroavión. Por lo que respecta a todas estas armas nuevas, se impone una conclusión. No fue el ingenio lo que faltó. Fue el tiempo. El error fundamental de Adolfo Hitler fue creer en una guerra limitada en el tiempo y en el espacio. Nunca hombre de Estado fue más completamente engañado por su diplomacia. No se le ocurrió nunca cuando entró en Polonia para que Dantzig, ciudad alemana, fuese reconocida alemana, que lo que comenzaba era la Segunda Guerra mundial. Alemania, en contra de lo que aún pueda pretenderse, nunca preparó tal guerra. Cuando tuvimos la ocasión de luchar en dos o tres frentes para que la patria pudiese sobrevivir, el pueblo alemán cumplió su deber. Karl Doenitz concluye así su libro: «La abnegación y la lealtad son, en mi opinión, las bases necesarias para la salud moral, para la reunificación y para que nuestro pueblo se vuelva a levantar.» El mismo, dio, el ejemplo de la audacia y de la abnegación. Winston Churchill en persona rindió homenaje «al indomable valor de las tripulaciones de los submarinos alemanes». En el transcurso de los seis primeros meses de 1942, de 4.147.406 toneladas de armamento y avituallamiento de la coalición enemiga, nuestros submarinos echaron a pique más de tres millones y sólo durante el mes de noviembre de 1942 enviaron 729.000 toneladas al fondo. El número de los barcos echados a pique sobrepasaba al de los buques construidos o por construir. A pesar de una poderosa cobertura aérea y una protección creciente y sin cesar de los convoys atlánticos, en los veinte primeros días de marzo de 1943, los Aliados del Oeste perdieron aún 627.000 toneladas, lanzadas a pique por nuestros submarinos. Liddell Hart (op. clt.) pudo escribir: «Finalmente, la ofensiva submarina alemana pudo hacerse fracasar… Sin embargo, se da uno cuenta de que Gran Bretaña rozó la derrota en marzo de 1943.» Todas estas cifras provienen de estadísticas de almirantazgos británicos-y americanos.

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Es fácil, naturalmente, demostrar a posteriori, cómo hubiera podido Alemania ganar la guerra. La mejor manera de no perderla era, evidentemente no hacerla, no haberla comenzado aquel viernes 1 de septiembre de 1939. Sin embargo, y se tome como se quiera, no es posible sostener, como quisieron hacer en Nuremberg, que «Alemania, desde 1933, urdió un complot contra la paz internacional y preparó una guerra mundial de la que ella únicamente tiene la responsabilidad». Evoco estas acusaciones con mucha serenidad. Las mismas palabras fueron pronunciadas en Versalles el 7 de mayo de 1919 por el premier británico David Lloyd George, quien, en septiembre de 1939, fue a hacer una visita al Führer para decirle expresamente que era «uno de los grandes hombres de la Historia». Si el III Reich hubiera preparado deliberadamente desde 1933 una guerra mundial, la hubiese ganado. Las mejores armas de las que acabo de hablar hubieran estado dispuestas en 1936-1937. Es probable que tres años más tarde hubiésemos podido utilizar los cohetes intercontinentales. Es tan verosímil que los expertos americanos de la revista Military Affairs constataron en 1946 que si la producción de guerra alemana se estimaba en 20 en 1939, sería de 35 en 1940, 51 en 1942, 80 en 1943 y 120 en 1944, a pesar de los raids de terror de la aviación enemiga. Por muy graves que pudieran ser y que fuesen las responsabilidades y las faltas de Adolfo Hitler, es absurdo escribir «que maquinó y organizó desde 1930 una guerra mundial», que fue de ella «el preparador y el favorecedor». Alemania se encontró comprometida simultáneamente en una guerra contra las naciones más ricas del mundo y las más poderosas en material y en hombres. La estrategia y la táctica del enemigo se basaron siempre en el pleno conocimiento de los planes de nuestro Gran Estado Mayor y en una concepción esencialmente materialista de la guerra. Pero la sicología y la diplomacia enemigas fueron también armas muy caras. Por eso, las victorias relámpago se convirtieron, según la expresión del mariscal von Manstein, en «victorias perdidas». Todavía pudimos, a pesar de todo, ganar en 1942, o quedar en tablas en 1943 e incluso al principio de 1944. Pero nuestros tres grandes programas de armamento no fueron conducidos ni con bastante audacia ni, sobre todo, con la convicción necesaria. En los puestos elevados de la administración técnica de la Wehrmacht se encontraban demasiados especialistas de la vieja escuela, incapaces de repensar la guerra revolucionaria que debíamos hacer gracias a las nuevas armas. Por eso, ni las V-l, ni las V-2, ni el submarino Walter, pudieron desempeñar el papel decisivo que hubiera debido ser el suyo, frente a la táctica de masa empleada por enemigos cuya potencia económica e industrial eran diez veces superior a la nuestra.

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Así, a partir de 1943, Alemania fue, poco a poco, sumergida en el Este por la marea sin fin de las divisiones soviéticas, armadas, equipadas y abastecidas por el «enemigo de clase». En el oeste y en el sur, fue el martillo pilón el que consiguió la victoria. Teníamos que capitular sin condiciones y sucumbimos bajo la enorme masa de robots y máquinas que avanzaban por el camino que les habían abierto en Europa decenas de miles de toneladas de bombas. Winston Churchill ha explicado muy francamente que el III Reich debía ser abatido porque amenazaba el poder económico de Gran Bretaña. Así fueron ya abatidos Estados que se habían hecho molestos en el curso de la Historia, tales como Austria, Francia y el imperio de los Hohenzollern. ¿Ha comprendido Churchill que si Alemania desapareciese de Europa se quebraría el equilibrio de las potencias mundiales? ¿Que el imperio británico no lo resistiría? Sin duda creyó que él era otro Pitt. Pero Pitt y sus sucesores tenían todas las razones para abatir al emperador Napoleón. Entonces era para Gran Bretaña una cuestión de vida o muerte. Fue precisamente desde Berlín donde Napoleón firmó el 22 de noviembre de 1806 el decreto estableciendo el bloqueo continental: «Las islas británicas quedan declaradas en estado de bloqueo. Queda prohibido todo comercio y toda correspondencia con estas islas.» Este decreto, que debía poner fin «a la tiranía comercial de Inglaterra», obligó a Napoleón a combatir otras tres coaliciones con los aliados de Londres. Sin embargo, el bloqueo continental tuvo un efecto que los dirigentes británicos no habían previsto. Europa, cerrada a las mercancías importadas por la flota inglesa, tuvo que fabricar ella misma lo que ya no podía comprar. Su resultado, a partir de 1807, fue un desarrollo industrial sin precedentes en el continente. El mismo fenómeno se produjo en Alemania después de la Primera Guerra mundial. Del mismo modo que en 1799, el general Bonaparte había encontrado vacías las arcas de la República francesa, en enero de 1933 las reservas del Reichsbank en oro y divisas extranjeras eran nulas. El Führer lo dijo entonces bien claramente: la única solución era inventar, trabajar, producir para vivir y para exportar. Así aparecieron, sobre todo a partir de 1935-1936, productos nuevos, que han entrado en el vocabulario mundial bajo el nombre de ersatz (sucedáneos). Nuestros químicos se distinguieron en todos los dominios industriales. Se fabricaron también productos alimenticios sintéticos, al principio con gran diversión de la prensa extranjera. No sólo permitió el ersatz, de 1933 a 1940, numerosas realizaciones en la industria, la edificación de casas modernas para los trabajadores, la construcción de autopistas, coches populares, creación de tejidos nuevos, etc.,

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sino que se convirtió durante la guerra en una de las armas gracias a las cuales la patria pudo defenderse y vivir tanto tiempo. Partiendo de la hulla, Alemania fabricó, no sólo carburante, sino también productos alimenticios, mantequilla, azúcar, miel. El Buna era un buen caucho sintético. Las industrias del tratamiento de la celulosa tomaron un volumen considerable. Se inventó el plexiglás; se reemplazó el bronce y el latón por materias plásticas. Pronto llegó el éxito del rayón y cantidad de otros tejidos sintéticos. Desde luego, no voy a decir que el Leberwurst fabricado partiendo de los residuos de la celulosa podía compararse al jamón de Mayence o al foiegras de las Landas, pero estábamos bien contentos de comerlo para saciar nuestra hambre. Después de la guerra dejaron de burlarse de nuestros hombres de ciencia en este terreno: se apresuraron a utilizarlos y a sacarles provecho. La Segunda —y hay que esperar, la última— Guerra Mundial ha sido monstruosa en cuento a que no ha librado ni a los combatientes ni a las poblaciones civiles. Repito que tengo la íntima convicción de que podía y debía haber sido evitada. Al menos es excelente que se pongan al servicio de la paz y del mayor bienestar de la humanidad los descubrimientos útiles que han nacido de la angustia y de la defensa de uno de los viejos pueblos de la vieja Europa, amenazado una vez más con perecer. Hoy, Europa está cortada en tres o en cuatro. Los países europeos que se encuentran absolutamente fuera del yugo de los soviets han conocido a partir de diciembre de 1973 una crisis energética de una extrema gravedad, basada en la penuria del petróleo. La gasolina, el keroseno, el gasoil, el fuel, escasearon como consecuencia de las medidas restrictivas tomadas por los países árabes en guerra contra Israel. Pero no hay prácticamente industria que no utilice el petróleo, como fuente de energía o como materia prima. Esta crisis tuvo, pues, un eco inmediato en las industrias derivadas: colorantes, plásticos, detergentes, pinturas, fibras sintéticas, caucho, abonos, etc. Vino el enloquecimiento y casi el pánico. En importantes ramas industriales la desorganización fue total, tanto en Alemania del Oeste como en Francia, Holanda, Suecia, Italia, Bélgica, etc. En Gran Bretaña, algunas fábricas sólo funcionaron tres días por semana. Puede decirse que la acción de la Europa del Mercado Común fue en esta ocasión bastante poco gloriosa y que las grandes naciones occidentales no dieron pruebas de una solidaridad muy edificante. Se declaró entonces que había que buscar y descubrir huevas fuentes de energía, inventar nuevas técnicas. Es una excelente idea que los europeos no han cesado de poner en práctica desde hace siglos.

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La mejor fuente de energía, de todos modos, no es la materia. Es la voluntad de hombres sinceros que ponen al servicio de la comunidad nacional y occidental su cerebro, su corazón y todas sus fuerzas.

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5. De Sicilia a Remagen Fábula macabra en una playa andaluza.—Canaria saca en conclusión que el desembarco anglo-americano tendrá lugar en Cerdeña y en Grecia.—«Husky» utiliza la mafia.—Torpedos humanos en Anzio.—Donde se me prohíbe poner en duda la invulnerabilidad del Muro del Atlántico.—Una serie de coincidencias sorprendentes permite el éxito de Overlord.—El hombre que por poco hace saltar Gibraltar, hace saltar el puente de Nimega. Fracaso de Market Garden.—El puente de Basilea debe ser destruido si…—Los combates de Traite en el Danubio.—Se fuerza el bloqueo de Budapest.—El teniente Schreiber y sus nadadores de combate en el puente de Remagen.—Por qué había de continuar la lucha en el Oeste como en el Este.—Acciones y reflexiones del mariscal Montgomery.— Hitler: «He dado anteayer órdenes que deben parecer insensatas.»—De lord Byron a Winston Churchill. Aunque no pudieron utilizar las V-l pilotadas, los voluntarios de Friedenthal se significaron en el agua. Las operaciones en las que participaron se desarrollaron en circunstancias angustiosas y dramáticas. La principal tuvo lugar en Anzio, puerto de Italia central, a 50 kilómetros al sur de Roma. Para comprender lo que ocurrió en Anzio a primeros de 1944, tenemos que volver al mes de noviembre de 1942, al momento en que las fuerzas de desembarco de la operación Torch se encontraron en África del Norte con una firme resistencia de las fuerzas francesas mandadas por el general Nogués y el almirante Darían. Los americanos, sin embargo, tuvieron la suerte de tener en Argelia un negociador de primer orden, el cónsul general Murphy, quien consiguió «retornar» al general (y futuro mariscal) Juin, al que habíamos liberado. A su vez, el almirante se dejó convencer por Murphy y después asesinar por un joven fanático francés, Bonnier de la Chapelle, al cual un sacerdote le dio al mismo tiempo un revólver y la absolución (24 diciembre 1942). El asesino fue pasado por las armas después de un juicio breve con gran descanso para Churchill y para el general De Gaulle. Según los informes del Abwehr, la flota americano-británica debía desembarcar enseguida «en Córcega o en el sur de Francia» (cf. Paul Carell: África Korps). Obligados a luchar a dos frentes en África, las tropas del Eje resistieron aún seis meses.

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El general Arnim había sucedido a Rommel; el 13 de mayo de 1943 las dos últimas unidades combatientes del Eje: la división Jóvenes Fascistas y la 164 ligera del A.K. tuvieron que rendirse en el sur tunecino al 8º ejército británico. Estas dos unidades ya no tenían víveres ni municiones. Con Túnez y el gran puerto de Bizerta, los Aliados tenían ya una base maravillosa para dar el salto en el «vientre blando» de Europa. Hitler comprendió el peligro siciliano. Ofreció a Mussolini cinco divisiones. Según el testimonio del general Westphal, entonces jefe de Estado Mayor del mariscal Kesselring, recogido por Liddell Hart, «el Duce afirmó que no necesitaba más que tres divisiones». Dos de ellas improvisarían gracias a los jóvenes reclutas italianos movilizados para ir a defender la cabeza de puente de Túnez. A finales de junio, dos divisiones alemanas, una la Panzer Hermana Goering, fueron enviadas a Sicilia bajo el mando del general italiano Guzzoli. Pero cuando el 7º ejército U.S. (Patton) y el 8º ejército británico (Montgomery) desembarcaron en Sicilia el 20 de julio de 1943, la isla estaba mediocremente defendida por una decena de divisiones italianas —de las cuales seis sólo existían en teoría— y tres alemanas. Una vez más, la dirección del Abwehr había engañado, desde luego, al O.K.W. dando a Keitel la seguridad de que el desembarco en Europa tendría lugar no en Córcega ni en Francia, sino en Cerdeña o en Grecia. Los agentes de Canaris en España tenían «la prueba» de ello a consecuencia de una operación que los servicios especiales británicos habían montado laboriosamente desde abril de 1943. Mar adentro, ante una playa andaluza, un submarino inglés había soltado un cadáver que procedía directamente de una morgue londinense, pero al que había provisto de falsos papeles identificándolo como oficial inglés. Cuando las corrientes marinas favorables empujaron el cadáver sobre la arena española, hicieron que los servicios de información alemanes fuesen prevenidos. En la cartera del muerto habían puesto la copia de un mensaje dirigido por el general sir Archibald Nye —uno de los jefes del Estado Mayor imperial— al general Alexander, haciendo claras alusiones a un próximo desembarco en Grecia y en Cerdeña. Esta fábula macabra no tuvo quizás la importancia que algunos de sus organizadores quisieron darle hace dos o tres años en una emisión televisada y en un largometraje. Lo principal era que el Abwehr la creyese, y eso sucedió. Efectivamente, se enviaron refuerzos a Grecia y a Cerdeña y lo que Montgomery en sus Memorias llama muy pomposamente «la campaña de Sicilia», sólo duró del 10 de julio al 17 de agosto de 1943. Si bien algunas unidades italianas combatieron con valor, las otras, mal armadas y mal mandadas, se rindieron rápidamente.

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El papel de algunos jefes de la mafia llegados de más allá del Atlántico en los furgones americanos no ha sido tampoco tan importante como lo afirman ciertos cronistas. Pero, en fin, es casi cierto que, solicitado por ciertos servicios secretos americanos, el jefe del hampa neoyorkina, «Lucky» Luciano, que purgaba entonces una pena de treinta años de prisión, ganó a la mafia de Sicilia para la «buena causa». Luciano fue puesto en libertad en febrero de 1946 «por servicios excepcionales». Desde el punto de vista estratégico y táctico, Sicilia presentaba para los invasores unas ventajas de las que fueron incapaces de sacar partido. Tres operaciones aéreas, el apoyo de la artillería pesada de los cruceros y una poderosa cobertura aérea no pudieron impedir al mariscal Kesselring que retirase de aquella trampa más de 60.000 italianos y 40.000 alemanes. Sin embargo, Montgomery que disponía de formidables medios, hubiera podido cerrar la red dirigiendo su esfuerzo, a principios de agosto, sobre Mesina: no fue hasta el 15 de este mismo mes cuando hizo desembarcar una brigadacomando en Scaletta. Era demasiado tarde para bloquear el estrecho. La operación Husky —ocupación de Sicilia— hubiera podido tener para la Wehrmacht consecuencias catastróficas. El general Jodl me confiaría más tarde que el Führer había juzgado muy pronto a Sicilia como difícilmente defendible por el Duce. Esta isla no era ni fascista ni antifascista: era ante todo siciliana. Durante el siglo último había sido la presa de revoluciones y de contrarevoluciones que abrían las prisiones y los presidios de donde sacaban a malhechores que pronto eran considerados como héroes. El santo y seña popular difundido en toda la isla fue en julio-agosto 1943: Sicilia al Siciliani, «Sicilia para los Sicilianos». Guando Hitler vio a Mussolini en Feltra el 19 de julio de 1943, notó que el Duce estaba indeciso. Hacia el mediodía, durante la entrevista, un ayuda de campo pasó una nota a Mussolini, el cual, con voz desesperada, anunció: «En este mismo momento el enemigo bombardea violentamente los barrios obreros de Roma.» Los bombarderos Liberator hicieron aquel día en Roma 1.430 muertos y más de 6.000 heridos. Entre los allegados al Duce ya no se trataba de defender Sicilia. Era el miedo. El general Ambrosio tomando aparte a Mussolini formuló su ultimátum en voz baja: «Duce, usted es amigo del Führer. Debe decirle que nosotros hemos de pensar en nuestros propios asuntos. ¡Italia tiene que salir de la guerra en quince días! Mussolini no hizo detener a Ambrosio. En el aeródromo de Trevise se limitó a repetir a Hitler que se despedía: «Führer, nuestra causa es común. ¡Juntos venceremos!» Estoy persuadido que él lo creía todavía y que algunos de sus fieles compartían esta convicción. No eran muy numerosos. 183

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Los días 3 y 8 de septiembre de 1943, el 8.° ejército de Montgomery y el 5.° ejército U.S. de Clark pusieron su pie en la misma Italia, en Reggio y en Salerno. Fue todo lo contrario de un éxito. Montgomery y Liddell Hart reconocieron que los dos ejércitos «sufrieron grandes pérdidas» y que fueron arrastrándose, amenazados desde noviembre «por un catástrofe logística». Después no pudieron forzar la línea Hitler —llamada también línea Gustavo— pasando por Monte Cassino donde los americanos arrasaron inútilmente la célebre abadía. Cuna de la Orden de los benedictinos, el monasterio, fundado por San Benito en el año 529, encerraba inmensas riquezas, una preciosa biblioteca y una hermosa galería de cuadros. Felizmente, los tesoros de la abadía habían sido puestos a cubierto algunos meses antes por las tropas alemanas. Además el mariscal Kesselring había dado orden de que se salvaran los grandes tesoros artísticos italianos «incluso al precio de una ventaja táctica», escribe el general conde von Senger und Etterlin en su libro Krieg in Europa (Colonia 1963). El 22 de enero de 1944 los americanos emprendieron su operación Shingle y el general John P. Lucas desembarcó su 6.° cuerpo en Anzio. Shingle permitiría a los anglo-americanos coger al ejército alemán de flanco —Anzio estaba más allá de la línea Gustavo— y entrar en Roma. El general Clark creyó que entraría triunfante en la Ciudad Eterna en noviembre de 1943, después en febrero de 1944. Se equivocó. Roma cayó el 4 de junio. Clark no ocupó Florencia hasta finales de agosto y no pasó más allá de Bolonia hasta marzo de 1945.16 Fueron los «torpedos humanos» del tipo Neger los que fueron utilizados en Anzio por los voluntarios de la Kriegsmarine y de Friedenthal contra los buques enemigos. La operación tuvo lugar algunas semanas después de haberse conseguido la Shingie. Al alba, se echaron al agua un poco al norte de la cabeza de puente, veinte torpedos pilotados. Bajo su cúpula de plexiglás, los pilotos se dirigen hacia los objetivos asignados. Aún no es de día cuando desenganchan el mecanismo liberando al torpedo inferior cargado, después viran para seguir hacia el norte. Veinte explosiones retumban. Veamos los resultados: un crucero gravemente tocado, un torpedero a pique, así como diferentes transportes. Treinta mil toneladas enviadas al fondo o dañadas. Siete torpedos vuelven directamente a su base al norte de Anzio; seis pilotos obligados a desembarcar en el interior de la cabeza de puente, se unirán a nuestras líneas al día siguiente; siete pilotos sobre veinte se dan por desaparecidos. 16

En una obra aparecida en Londres en 1974 (Sidgwick & Jackson) y titulada «D-Day» con prefacio del almirante conde Mountbatten, los autores, W. Tute, J. Costello y T. Hughues, reconocen: «Una invasión que rozó el fracaso. Los anglo-americanos, clavados en el suelo hasta mayo, inmovilizan en el Mediterráneo las embarcaciones de desembarco previstas para el Día D y retrasan hasta el mes de agosto el desembarco proyectado en el Mediodía de Francia».

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Después ya no pudo aprovecharse el efecto de la sorpresa porque el enemigo estaba prevenido. Pero los Neger y los Marder empleados en el Mediterráneo o en La Mancha se descubrían sobre todo gracias a su cúpula. Después de haber observado la velocidad y la dirección de las corrientes, un gran número de cúpulas salían a flote para que su presencia fuese detectada por una parte de los objetivos fijados. El enemigo hacía un fuego de infierno sobre lo que creía eran torpedos y, sin embargo, estos llegaban por el lado opuesto. El gran almirante Doenitz quiso conocer a los trece que pudieron escapar de Anzio: recibieron de su mano condecoraciones que se habían ganado bien. Había pedido que yo estuviese presente con los cuatro hombres de Friedenthal que habían participado en el asalto. Tuve a la vez el honor y el placer de conversar entonces con el que debía ser el último jefe de lo que yo llamaré el Estado de los alemanes que querían unirse. Un poco más tarde, en abril 1944, considerando las fotografías aéreas de los puertos del Sureste de Inglaterra, comprendimos que se acercaba la invasión. Comparando estas vistas con las que habían sido tomadas unas semanas antes, descubrimos algo nuevo que me interesó mucho: largas filas de rectángulos que parecían estanques. No necesitamos mucho tiempo para unir las piezas del puzle y comprender que aquello se trataba de instalaciones portuarias prefabricadas. Estos puertos artificiales obligarían a los invasores a desembarcar en vastas extensiones. Las playas de Normandía me parecían particularmente propicias para tales operaciones. El almirante Heye me comunicó las conclusiones de los expertos de la Marina que señalaban diez lugares posibles de desembarque, numerados del 1 al 10 según el grado de probabilidad. El desembarco tuvo lugar en los tres primeros puntos, en Calvados y en La Mancha. En Friedenthal me puse a trabajar con mi pequeño Estado Mayor y preparamos un plan que, por vía jerárquica, fue propuesto al alto mando del Oeste, cuyo jefe era el mariscal von Rundstedt. Se constituirían unidades especiales encuadradas por los voluntarios de mis Jadverbánde. Esperarían a los invasores en una decena de puentes de las costas de La Mancha y del Atlántico, en estado de alerta permanente y tendrían por misión, una vez efectuado el desembarco, descubrir los Estados Mayores enemigos, paralizarlos por acciones de comando contra sus oficiales y sus medios de comunicación. Nuestro plan volvió a bajar lentamente, siempre por vía jerárquica. El alto mando del Oeste se había enterado, decía una nota adjunta y lo encontraba muy pertinente. Es preferible que cite la conclusión del documento: …Sin embargo, es evidente que los preparativos requeridos para su plan no podrían tenerse en absoluto secreto y nuestras tropas estacionadas en esos sectores del litoral podrían conocer su objeto.

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Siendo susceptible cualquier preparativo de esta naturaleza de hacer desconfiar a nuestras tropas de la perfecta invulnerabilidad del Muro del Atlántico, conviene rechazar totalmente su plan. Firmado: Ilegible. Liddell Hart, el general Emile Wanty en su Arte de la Guerra (t. III), y algunos otros, reconocen que Hitler pensaba que el desembarco se efectuaría en Cotentin. Por eso había ordenado a los mariscales von Rundstedt y Rommel «vigilar Normandía». El mariscal Rommel no pudo vigilar Normandía el 6 de junio de 1944, día del desembarco. Se había marchado justamente la víspera de La Roche-Guyon para pasar el día con su familia. No volvió a su Cuartel General hasta la tarde del día siguiente. No obstante, el 1.° de junio, el coronel Helmuth Mayer, jefe de los servicios de información del 15 ejército, que guardaba el litoral desde Rotterdam hasta el este de Caen, captó y descifró el mensaje Verlaine, enviado en dos veces y que prevenía a ciertos grupos de la resistencia francesa de la inminencia del desembarco: Los largos sollozos De los violines Del otoño Mecen mi corazón Con una languidez Monótona Mayer previno rápidamente al Jefe del 15 Ejército, el general Hans von Salmuth, quien a su vez previno al mariscal von Rundstedt. El único que no fue prevenido fue el principal interesado, el general Dollmann, jefe del 7.° ejército que guardaba el litoral a partir de Caen. Desde luego, el 6 de junio ninguno de los Jefes de cuerpo de este ejército estaba en su puesto: todos habían sido convocados en Caen «para conferencia y maniobras de cuadros» se dijo. Sólo estaba en su puesto el jefe de Estado Mayor de Dollmann, el general Max Pensel. El 6 de junio, a las 2, 15 horas de la mañana, telefoneó al Estado Mayor del mariscal von Rundstedt que el enemigo había desembarcado. Media hora más tarde el mariscal le llamó para hacerle saber que no creía se tratase de una «operación de envergadura». Es verdad que Rundstedt había previsto que el desembarco tendría lugar entre el Havre y Calas. Se volvió a dormir. Su jefe de Estado Mayor, el general Günther Blumentritt —más tarde jefe de Estado Mayor de Kluge— estaba al corriente de la conjuración del 20 de julio de 1944 y, sin duda, le habría sostenido activamente si hubiesen matado al Führer. En cuanto al mismo Hitler, no fue prevenido hasta «muy tarde por la mañana». Jodl, jefe del Estado Mayor de mando de la Wehrmacht, creyó desde luego a Rundstedt y pensó que en Normandía el enemigo «disfrazaba». Hitler y Jodl ignoraban que Rommel no estaba en su puesto y que algunos días antes se había dado la orden a las escuadrillas de la Lufwaffe que tenían que defender 186

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las costas del Oeste, que abandonaran sus aeródromos para replegarse al interior. Frente a cientos de aviones enemigos, dos cazas alemanes salieron al aire en la madrugada del 6 de junio: el primero estaba pilotado por el coronel Joseph Priller, el segundo por el sargento Wodarczky. El 7.° ejército disponía de una sola división blindada, la 21, que estaba en Caen. Sin haber recibido orden alguna, aquella contraatacó en dirección Courseulles-sur-Mer, pasando a través de las líneas británicas, donde fue el caos. Pero, al no tener ningún apoyo, la 21 D.B. tuvo que dar media vuelta. La SS Panzerdivision Leibstandarte Adolf Hitler, mandaba por Sepp Dietrich, que se encontraba en Beverloo (Bélgica), la 12 SS Panzerdivision Hitleijugend, que estaba en Lisieux, la 17 Panzergrenadier SS, acampada en Saunmur y Niort, la Panzer Lehr-Division (división de instrucción) que se encontraba en Mans y en Orleans, fueron avisadas demasiado tarde o no lo fueron. Fue un gravísimo error del Estado Mayor de Rundstedt retener en la región parisiense dos fuertes divisiones blindadas, la 2.ª(general von Lüttwitz) y la 116 (general von Schwerin) que el 6 de junio se encontraban en Amiens y al este de Rouen. La 116 D.B. se encontraba todavía a mediados de julio cerca de… Dieppe! En su libro, Heinz Guderian hace la pregunta de si «el retraso y la dispersión de la intervención de las reservas no tuvieron razones políticas». A propósito de esto, cita un artículo publicado en 1950 en la revista irlandesa An Cosantoir por el general von Geyr. Este afirma que el mariscal Rommel «guardó sus divisiones de reserva en expectativa del complot de 20 de julio contra Hitler». Las unidades blindadas que hubiesen podido rechazar al invasor por mar no fueron las únicas que se quedaron inactivas. Dos semanas después del desembarco, cuando la batalla era más encarnizada en Normandía, siete divisiones de infantería se encontraban armadas al norte del Sena esperando a un enemigo imaginario. Muchos historiadores afirman aún que la operación Overlord era «irresistible». No es esta mi opinión, la primera V-l no cayó en Inglaterra hasta el 12 de junio de 1944: era demasiado tarde. Pero a propósito del desembarco, el general Wanty puede hablar de una concurrencia de circunstancias «y de coincidencias casi increíbles». Liddell Hart dice claramente que Montgomery se toma extrañas libertades con la realidad en sus Memorias. De hecho, escribe Sir Basil, «al comienzo del desembarco, el margen que separaba el éxito del fracaso era mínimo». Hubiera sido suficiente que los grandes jefes militares alemanes hubiesen estado en su puesto y hubiesen querido verdaderamente luchar. No fue este el caso. Explicaré por qué. Tengo que anticipar una vez más, a fin de resumir las principales acciones ejecutadas por los combatientes de Friedenthal sobre y bajo el agua. Habíamos

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convenido, de común acuerdo con el almirante Heye, que la Marina se encargaría de las operaciones en el mar, mientras que mis especialistas operarían en los ríos y en los lagos. Yo había participado en el entrenamiento de nuestros hombres rana, tanto en Viena, en el Diana Bad, entonces cerrado al público, como en el Bad Toelz en la escuela de oficiales de los Waffen SS, en el Tirol y en Venecia, donde estábamos instalados en un claustro abandonado de una isla de la laguna. Nuestro entrenamiento estaba muy adelantado. Habíamos experimentado diversas técnicas y primero la que había permitido a Valerio Borghese hacer saltar tres petroleros en la rada de Gibraltar el 19 de septiembre de 1941. Hazaña de hombres torpedos. Pero los hombres-rana, vestidos ya con trajes de caucho estancos, provistos de un aparato respiratorio y de aletas no se servían solamente de estas clases de aparatos que hemos descrito. En la banda estabilizadora de los buques enemigos, a 4 ó 5 metros por debajo de la línea de flotación, fijaban, por medio de ventosas especiales, bombas de efecto retardado. El jefe de mis hombres-rana era el capitán Wimmel que había dejado la división Brandebourg por Friedenthal. Era un oficial de una audacia y una sangre fría verdaderamente excepcionales. En 1940-1941 estaba a la cabeza de un comando especial que operaba también en la zona de Gibraltar. Echó a pique unos cuantos buques británicos y con la ayuda de trabajadores españoles consiguió introducir en los subterráneos del Peñón donde se encontraban los depósitos de municiones, una potente bomba retardada. Camuflaron el artefacto en una envuelta de hierro laminado y tenía el aspecto del obús de una de las grandes piezas de artillería inglesa. Su explosión hubiera determinado la de miles de obuses de grueso calibre para el mayor daño de la fortaleza. Wimmel jamás supo exactamente por qué no hizo saltar Gibraltar. Lo que sí es cierto es que en el último momento, uno de los hombres que había ayudado a transportar el artefacto habló. ¿Fue solicitada su elocuencia o recompensada? Es muy probable. Los intereses en juego eran enormes. La tentativa tuvo lugar el 5 de diciembre de 1940 y naturalmente no fue cuestión de renovarla. Coincidía con un viaje que hizo a Madrid Janus-Canaris (4-8 diciembre 1940) donde conversó largamente con el general Franco (7 diciembre) «sin lograr convencerle de entrar en guerra al lado de Alemania». Hay que reconocer que el Führer no pudo escoger peor embajador. Fue Montgomery el que imaginó la mayor operación aérea de la guerra: la Market Garden. El 17 de septiembre de 1944, tres cuerpos de ejército británicos franquean el canal Mosa-Escalda en dirección de Grave, Nimega y Arnhem. Si la sorpresa fue completa, la superioridad del enemigo no lo fue menos. Sin embargo, —Montgomery lo reconoce— había subestimado el valor

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combativo de la 2.ªSS Panzerkorps del general Wilhelm Bittrich que volvía de Normandía. Este cuerpo opuso una resistencia terrible al adversario. Las tropas aerotransportadas del mariscal Montgomery que combatían en Arnhem, al norte de Nimega tuvieron que ser pronto socorridas. Para atravesar el Waal, brazo meridional del Rhin, las unidades de refuerzo tenían que tomar el gran puente de Nimega. Todos los ataques de bombarderos alemanes contra este puente habían fracasado porque la defensa antiaérea era allí terrible. Sin embargo, era necesario que saltase. Encargué a Wimmel de esta difícil misión que debía valerle la cruz de caballero. He aquí como lo consiguió. Después de un reconocimiento nocturno, en solitario, que no estaba exento de riesgos —el enemigo había establecido una cabeza de puente de cerca de 7 kilómetros por cada lado de la construcción— condujo un comando de doce nadadores de combate que remolcaron durante la noche siguiente cuatro minas-torpedos sostenidas por cajones que servían de flotadores. Con ayuda de cadenas fijaron sus artefactos a los pilares del puente designados por Wimmel, cargaron los detonadores retardados y abrieron las válvulas de los cajones neumáticos. El comando tenía diez minutos y diez segundos para alejarse. El puente saltó en el momento en que una decena de carros y camiones enemigos se encontraban sobre él. Unos instantes más tarde las dos orillas se iluminaron y los proyectores enemigos escudriñaron la corriente del Waal. Nuestros hombres fueron finalmente descubiertos y tres de ellos heridos por balas de ametralladora. Sus camaradas les sostuvieron en el agua. Todos pudieron volver a nuestras líneas aunque difícilmente y en un estado de total agotamiento. La operación Market Garden, destinada a conquistar el Ruhr se saldó con un fracaso. Hicimos cerca de 10.000 prisioneros después de cuatro días y cuatro noches de combates encarnizados. Quiero hacer observar que fue el servicio de salud alemán el que evacuó a los civiles de Arnhem apisonados por los bombarderos británicos. Igualmente, hubo una tregua para la evacuación de los heridos militares. El jefe médico de la 9.ªdivisión SS, Egon Skalba, el coronel médico Warrack de la 1.ªdivisión aerotransportada británica y sus enfermeros curaron allí mismo, o evacuaron a los heridos, muy numerosos por parte de los británicos. Esta operación humanitaria se desarrolló en las líneas alemanas. Sin la superioridad aplastante de la artillería, de la infantería y sobre todo de la aviación anglo-americana, Market Garden hubiese costado mucho más caro aún a Montgòmery, que en sus Memorias habla de la «epopeya de Arnhem». Concluye: «Desde entonces será para un soldado un gran honor poder decir: Combatí en Arnhem.»

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Los anglo-americanos fueron inmovilizados ante Nimega hasta el 8 de febrero de 1945 (cerca de cinco meses). Entonces y a pesar de sus formidables medios, sus operaciones combinadas Veritable y Grenade fracasaron a su vez. Grenade, que tenía por objetivo tomar la presa del Roer, se inició demasiado tarde: ya habíamos hecho saltar las compuertas y la región quedó inundada durante dos semanas. Señalaré para recuerdo, que en septiembre de 1944 la O.K.W. temió por un momento que los Aliados, al ver la rigidez de nuestro frente quisieron violar la neutralidad suiza y se precipitaran por el agujero de Basilea. Yo había tomado, pues, las medidas necesarias para que el puente de esta ciudad, sobre el Rhin, fuese destruido si las tropas americano-inglesas penetraban en el territorio de la Confederación helvética. Medida puramente defensiva que debía dar a la O.K.W. el tiempo de preparar la defensa de esta frontera, completamente desguarnecida de tropas. Todo el mundo sabía entonces que la pretendida «neutralidad» suiza consistía en dar toda clase de facilidades a los agentes de información enemigos de Alemania: soviéticos, americanos, británicos, checos y también a los alemanes que conspiraban o espiaban contra su patria, como Roessler y Gisevius. En Suiza, Alien W. Dulles, jefe de misión del Office of Strategic Service (O.S.S.), estaba en su casa. Sus servicios operaban abiertamente, por completo, y no estaban más inquietos que el numeroso personal de la Orquesta Roja. En el organigrama de las unidades que dependían de Friedenthal, se indica el Jagdkommando Donau (Danubio), que mandaban, desde Viena, Wimmel, al que ya conocemos y el alférez Schreiber. Desde el comienzo del otoño de 1944, nuestros camaradas protagonizaban en Rumania una audaz guerrilla fluvial. Nadie ignora que con sus 2.800 kilómetros de largo, el Danubio es uno de los grandes ríos de Europa, con una anchura ya de 400 metros en Viena, 950 en Budapest y de 1.500 después de las «Puertas de Hierro» rumanas. Yo había agrupado todas las operaciones danubianas bajo el nombre clave de Forelle (Trucha) y mentiría si dijese que no estaba orgulloso de defender este viejo río, cerca del cual, cuando niño, había pasado días tan dichosos. Los Rojos sólo estaban aún en Rumania y nosotros atacábamos a menudo sus convoyes. Nuestros nadadores de asalto se significaron gracias a sus vedettes explosivas y a sus minas flotantes. Las preciosas chalanas-cisternas del enemigo eran echadas también a pique por nuestra flotilla de yates privados, camuflados, provistos de blindajes hechos al azar, armados con cañones de 20 mm, con ametralladoras y a los que se habían mejorado los motores. En el transcurso de las diferentes expediciones de Trucha, echamos a pique a los estalinianos cerca de 13.000 toneladas de capacidad bruta.

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Todos los grandes ríos tienen una vida propia, pero el Danubio constituye un mundo aparte. Los viejos capitanes marineros que espontáneamente se habían puesto al servicio de nuestra flotilla corsaria, lo conocían a la perfección. De día, disimulaban sus embarcaciones en un brazo de agua o en la ensenada de cualquier islote y comenzaban sus expediciones bien caída la noche. A primeros de diciembre de 1944, cuando por orden del Führer me preparaba para salir hacia el frente del Oeste, supe que los defensores de Budapest libraban combates desesperados para evitar un cerco que se hizo total después de la toma de Szekesfehervar por las tropas de Malinovsky. Se había hecho imposible el abastecimiento por aire de los sitiados y el Estado Mayor de mando de la Wehrmacht me pidió que enviara a Budapest medicamentos y municiones por el Danubio. Al mismo tiempo me enteré que mi antiguo capitán, ascendido a general, Jochen Rumohr, era el que dirigía la defensa de la ciudad. Di la orden de utilizar el más espacioso y rápido de nuestros yates, que llevó otro barco de remolque. Se atiborró completamente, con las mamparas quitadas, de 500 toneladas de víveres, medicamentos, municiones y barriles de gasolina. La operación, que yo sólo pude seguir por mensajes radiados, tuvo lugar durante la noche de San Silvestre de 1944. Los dos barcos, que tenían que franquear una doble línea soviética, forzaron el primer bloqueo y después del primer empeño se encontraron por la mañana temprano entre las dos líneas, a 17 kilómetros de Budapest. Allí navegando entre la niebla de invierno por un brazo secundario del río, el piloto vio bruscamente surgir delante de él los escombros de un puente que había saltado. Llegó justo a tiempo de evitar el obstáculo, pero naufragó. Dos hombres del comando, utilizando la canoa rápida de a bordo tuvieron la suerte de penetrar en Budapest y avisar a los sitiados. Durante cuatro días y cuatro noches, la mayor parte del abastecimiento comenzando por los medicamentos, descargando y recargando de noche en pequeñas embarcaciones, pudo ser transportado a Budapest completamente cercada. Desde el primer día, el yate naufragado había atraído la atención de una patrulla enemiga. El caso había sido previsto. Un voluntario ruso, comprobado antistaliniano, era miembro de la tripulación. Explicó al jefe de la patrulla que «el barco estaba en misión especial muy secreta». Mostró falsos papeles redactados en ruso y distribuyó botellas de verdadero alcohol y paquetes de verdaderos cigarrillos. Los otros se alejaron. Fue imposible sacar el barco a flote; No se podía soñar en remontar el curso del Danubio en canoa. Los hombres de Trucha se unieron pues a los defensores de Budapest y compartieron la suerte trágica de los sitiados.

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Herido, mi amigo Rumohr se suicidó a fin de no caer vivo en manos del enemigo. De 10.000 soldados alemanes encerrados en la capital y aún capaces de combatir, alrededor de 270 pudieron unirse a nuestras líneas. Erich Kern, de la Deutsche Wochen Zeitung de Hanover, habla de este último comando de Trucha. Sin duda, él se ha encontrado con algunos de los que se salvaron y fueron llevados cautivos a la URSS. A mediados de marzo fui llamado al Gran Cuartel General donde el general Jodl me ordenó que hiciera saltar el puente Ludendorff sobre el Rhin, en Remagen. Una vez minado, tenía que haber sido destruido el 7 de marzo después del paso de nuestra artillería pesada que se replegaba. Un detonador no funcionó y sólo quedó demolido a medias. Debían haberme avisado rápidamente. Pero el mariscal Goering afirmó que su aviación se encargaría del asunto. Como en Nimega, nuestros bombarderos en picado fracasaron ante una poderosísima defensa antiaérea. El 10 de marzo, 20.000 americanos habían pasado ya el Rhin sobre el puente Ludendorff. Se confió entonces la demolición a los artilleros del obús KarJ-Howitzer tirando proyectiles de 540 mm. Arrojó cinco o seis y tuvo que ser retirado para repararlo. Desde Holanda se lanzó un haz de V-2 sin mayor éxito. A la desesperada, se nos llamó. Hice notar al general Jodl que esta misión presentaba grandes dificultades. La cabeza de puente enemiga era mucho más extensa que la de Nimega: 16 kilómetros. Había que recorrerlos a nado, con un agua que no sobrepasaba los 7 u 8º. La operación fue realizada el 17 de marzo por nadadores de combate de Danubio Jagdkommando, llegados de Viena por avión para la operación. Estaban mandados por el alférez Schreiber, oficial cuya audacia igualaba a su temeridad. En una noche glacial, nuestros camaradas que bajaban el Rhin con los torpedos flotantes ya empleados en Nimega, tardaron cerca de hora y media en llegar a Remagen. Schreiber pudo constatar entonces que teníamos razón de prever lo peor: el enemigo había construido ya otros dos puentes de barcos. El comando cumplió su misión. El puente Ludendorff se abismó en el río: 28 soldados americanos perecieron. Schreiber decidió hacer saltar también el puente de barcos construido río arriba, pero nuestros nadadores de combate fueron entonces descubiertos gracias a los rayos C.D.L. (Canal Defense Lights) cuya fuente es indetectable. Schreiber perdió tres hombres, dos de ellos paralizados por el río. Los demás, completamente agotados, fueron capturados por los americanos. Creo que el soldado tiene que tener fe y que su deber es obedecer. La misión del comando Schreiber puede parecer hoy absurda. Sin embargo, después de haber manifestado al general Jodl las dificultades de esta misión, yo

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no dudé en pedir voluntarios para cumplirla. El alférez Schreiber y sus nadadores de combate la cumplieron lo mejor posible. Comprendíamos, no obstante, que era infinitamente preferible para Alemania que el avance de los ejércitos americano-británicos fuese más rápido que el de los ejércitos estalinianos. Sin embargo, se pierde siempre de vista que no podíamos cesar el combate en el Oeste: la capitulación tenía que ser incondicional en todos los frentes y todas las unidades debían cesar rápidamente todo movimiento tanto en el Este como en el Oeste. En marzo de 1945, millones de soldados y civiles alemanes hubiesen encontrado la muerte, porque ni en el Oeste ni, sobre todo, en el Este, era capaz el enemigo de abrigar —y aún menos de abastecer— a millones de prisioneros y refugiados. Era, pues, necesario continuar combatiendo en el Este y en el Oeste, a fin de ganar tiempo y defender los territorios amenazados por los ejércitos rojos, de tal manera que el repliegue hacia el Oeste fuese posible. Nuestras tropas y las poblaciones civiles pudieron aún moverse del Este al Oeste hasta el 9 de mayo a las 0 horas. Después de lo cual sólo escaparon del cautiverio soviético con fraude. Si tal hubiese sido la situación dos meses antes, millones de personas hubiesen muerto donde estaban, de frío y de hambre y los ejércitos de Weichs, Schoerner y Rendulic hubiesen sido deportados al este en su casi totalidad. El gran almirante Doenitz señala que del 23 de enero al 8 de mayo de 1945, sólo la Marina alemana evacuó de Courlande, de Prusia oriental, de Pomerania y del Mecklembourg, 2.404.477 personas, en su mayoría mujeres y niños, a la zona occidental. En Remagen, un detonador no funciona y 20.000, después 35.000 soldados americanos atraviesan el Rhin. ¿Qué hacen después? Esperan. Los carros del general Hodges al norte y los del tercer ejército del general Patton, al sur, tenían que unirse cerca de Coblenza, pero no antes de que se desencadenase la ofensiva del mariscal Montgomery a quien Eisenhower había confiado el mando principal de las fuerzas aliadas. La abertura de Remagen no fue, pues, explotada. Montgomery no se lanzó para franquear el Rhin mucho más al norte que el 24 de marzo, a la cabeza del 21 grupo de ejércitos que comprendía tres: el primer ejército canadiense, el 2.° ejército británico y el 9.° americano. O sea, 26 divisiones, dos de ellas aerotransportadas, contra 5 divisiones alemanas que fueron sumergidas, aplastadas bajo los obuses de 3.000 cañones y de las bombas arrojadas por oleadas sucesivas de los Liberator. Cuando, por fuerza, el Rhin fue franqueado, Montgomery se paró cerca de Wessel el 28 de marzo. Se tiene la impresión, si no la certeza, que desde primeros de Marzo, Montgomery al norte, Bradley y Patton al sur, tenían la

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orden de esperar a que los ejércitos de Joukov, de Koniev y de Malinovsky se hubiesen abierto paso en el Este. En sus Memorias, Montgomery se queja amargamente de haber sido «frenado» por Eisenhower. Demuestra brillantemente que a los americanobritánicos les había sido posible «apoderarse de Viena, Praga y Berlín antes que a los rusos». Él es quien lo subraya. Concluye muy justamente: «los americanos no comprendían que ganar estratégicamente la guerra tenía poco valor si la perdíamos políticamente.» Por su parte, Patton, que no disponía, desde luego, de medios tan poderosos como Montgomery, deplora la extremada lentitud del mariscal inglés. En efecto, uno puede preguntarse por qué este último esperó la noche del 23 al 24 de marzo para tomar la ofensiva sobre el Rhin, por qué se paró el 28 de marzo una vez atravesado el río. Enfrente la oposición era prácticamente nula. Hasta el punto de que las pérdidas del 9.° ejército U.S. del genral William Simpson, quien, precisa Liddell Hart «suministraba la mitad de la infantería de asalto del 21 grupo de ejércitos» fueron apenas 40 muertos. Consideremos ahora la realidad del frente oriental. Permítase a un antiguo combatiente del frente del Este hacer una observación. Se ha criticado mucho la obstinación del Führer en no querer ordenar los «repliegues elásticos» que sus generales le proponían en el este desde diciembre de 1941. Es cierto que Hitler cometió graves errores de apreciación, fundamentalmente, porque estaba mal informado. Un general que manda una división o un cuerpo de ejército en línea tiene casi siempre la lastimosa costumbre de minimizar sus pérdidas. Cuando su informe llega al Estado Mayor superior todavía es modificado en sentido favorable. Quiero dar aquí un ejemplo de ello. Durante el verano de 1944, mi viejo amigo H.U. Rudel, nuestro mejor piloto de Stukas (2.700 vuelos victoriosos) fue recibido por Hitler, después por Goering, quien tenía orden expresa del Führer de prohibir a Rudel que continuara volando. El coronel venía directamente del frente del Este y Goering, antes de hacerle conocer la decisión del Führer —que Rudel no quiso, desde luego, tener en cuenta— le anunció una buena noticia»: «En su sector, le dijo, hemos montado una bonita contraofensiva que será apoyada por 300 carros. En cabeza, atacará la 14 división con 60 carros…» Pero Rudel había conversado la ante-víspera con el general que mandaba aquella división. Este le había confesado que ya no poseía un solo carro en estado de combatir. Goering, informado de este detalle, no lo creyó y telefoneó para informarse. Pronto se enteró de que el coronel decía la verdad y que en lugar de los 300 carros anunciados sólo pedían ponerse en línea unos cuarenta. La «ofensiva» fue anulada.

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Yo fui testigo de una escena semejante en septiembre de 1944. Pasé tres días en el Gran Cuartel General (O.K.W.) donde asistí diariamente —para información— a las dos conferencias de estado mayor llamadas «situación de mediodía» y «situación de las veintidós horas». Los dos primeros días, los oficiales de Estado Mayor habían preparado el mapa con indicación de las unidades disponibles en el Sureste y vi a Hitler conducir el Kriegspiel teniendo cuidadosamente en cuenta las indicaciones que le habían suministrado. Cuando se trataba de una parte del frente que no interesaba a los oficiales convocados, estos se retiraban a la antecámara y esperaban a que se les llamase. Así fue como asistí involuntariamente el primer día a una discusión entre dos oficiales que llevaban la banda amaranto, credencial de Estado Mayor. «Tú sabes muy bien, decía uno, que de las tres divisiones señaladas al nordeste, dos se reducen al efectivo de un regimiento, o casi, y que si la tercera quiere poner en línea dos batallones le costará. Esto no puede marchar… —Esto seguramente no marchará, decía el otro y ni tú ni yo podemos hacer nada!» Me alejé para no oír más. El tercer día el Führer hizo preguntas precisas y un tanto embarazosas sobre estas divisiones fantasmas y comprendí que le habían engañado. ¡Así, exclamó, las directivas enviadas anteayer se basaban en la existencia de divisiones que ahora me entero que no existen! ¡Los que están en el frente deben pensar que las órdenes que he dado son insensatas! ¿Por qué mentirme así, señores? ¿Por qué? ¡Quiero, exijo que se me diga la verdad, porque es la vida misma de bravos soldados la que está en juego!» Hitler no mordió la alfombra, no se subió a las cortinas. Había solamente en su voz ronca tanta indignación como desesperación. Además, es cierto que si hubiese ordenado en el Este todos los repliegues que sugerían sus generales, no sólo ya no habría hoy Alemania, sino que los ejércitos soviéticos ocuparían toda Europa. Desde el 20 de julio de 1944 el soldado alemán se sabía traicionado. Hemos visto y veremos hasta qué punto lo estaba. En el Oeste, en marzo del 45, la Wehrmacht había perdido toda voluntad ofensiva y no era precisamente el espantoso espectáculo de las ruinas de nuestras ciudades lo que podía infundirle valor. Nuestros obreros tuvieron más coraje, tanto en el Ruhr como en Silesia: el enemigo los encontró en su puesto de trabajo. Pero en fin, nadie puede negar que el pueblo alemán, comprometido en una guerra contra las naciones más poderosas del mundo, luchó con valor durante más de cinco años. Siempre a primeros de marzo de 1945, Winston Churchill, acompañado de los mariscales Brooke y Montgomery, atravesó en coche la frontera holandesa y

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entró en Alemania. Bajó especialmente del auto para ir a orinar en la línea Sigfried, que terminaba allí invitando a los dos mariscales que le imitasen. Lo ejecutaron. Se prohibió a los fotógrafos que filmaran este hecho —que no añade nada a la gloria del vizconde de El Alamein—, pero John Toland, que lo describe en The Last 100 Days, me aseguró que es auténtico. Lo cual me trae a la memoria una reflexión de Lord Byron a propósito del carcelero de Napoleón en Santa Elena: «Cuando pase usted delante de la tumba de Hudson Lowe, no olvide hacer pis encima.»

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6. Operaciones imaginarias Objetivos de la operación Franz en Irán.—Encuentro al verdadero «hombre de la pistola de oro».—Roosevelt, Churchill y Stalin en Teherán.—La falta de información impide una expedición a la Conferencia.—La novela de la pretendida operación Largo salto.—Utilización que hicieron de ella los soviets: encierran en un cuarto a Roosevelt y aíslan a W. Churchill.—Testimonios de Averell Arriman, Sir Kenneth Strong y lord Moran.—Operación Ulm: objetivo Magnitogorsk.—Zeppelin: organización no es operación.—Una peligrosa utopía: el Werwolf.—Nueva operación imaginaria de Himmler: después de Magnitogorsk, New York.—Hadj Amin El-Hussein, gran mufti de Palestina, personaje de las Mil y una Noche.—El oleoducto Irak-Mediterráneo.—El lobo no aúlla en Vichy.—En persecución del mariscal Tito: por qué fracasó Rosselspring.— Hacemos a Churchill prisionero y el mayor Beck hace negocios con los partisanos.—Las falsas Libras Esterlinas: uso que hicimos de ellas en Italia.—El tesoro de los SS.—¡Mussolini en Suecia!—Lección de ametralladora en un parque. La operación Franz que yo encontré encauzada cuando tomé el mando del batallón Friedenthal, no era imaginaria. Se trataba de enviar al Irán consejeros militares e instructores susceptibles de encuadrar a los guerreros kashgai's y a los de otras tribus montañesas que habían pasado a la disidencia después de la abdicación forzada de Reza Shan Pahlevi en favor de su hijo Mohammed Reza. En aquella época las tropas soviéticas habían ocupado el Norte del país, mientras que cuatro o cinco divisiones británicos subiendo del golfo Pérsico, se habían adueñado del Sur. Los ferrocarriles que existían en esta inmensa región de 1.648.000 kilómetros cuadrados servían para el abastecimiento de los rusos por Abadan, Teherán, Tabriz y las líneas férreas del Cáucaso subiendo a través de la URSS por Tiflis o Bakú. Pronto tuvieron los iranios que soportar una nueva ocupación, la de los americanos, que fue la menos dura. Pero se puede decir que ni las tropas soviéticas ni los ocupantes británicos eran apreciados allí. Hubo motines en diciembre de 1942, disturbios en febrero de 1943 y la represalia fue sangrienta. Nuestro objetivo no era fomentar motines en las grandes ciudades como Teherán (750.000 habitantes), Tabri (220.000) o Ispahan (200.000), sino responder a la llamada de los jefes Kashgais, muy capaces de conducir una guerrilla que detendría en Persia una cantidad de divisiones enemigas y podría

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cortar líneas de comunicación vitales por las que entraban en la URSS materias primas tan importantes como el petróleo, el nickel y el manganeso, así como material anglo-americano.17 El año anterior, el grupo de ejército List por poco fracasa en el Cáucaso. Los austríacos y los bávaros de la 4.ªdivisión de montaña, con escasos víveres, habían tenido que detenerse en la vertiente meridional, a 20 km de Soukhoum. Al menos, el pabellón de guerra del Reich había flotado sobre la doble cima del Elbrouz (5.663 metros) que los capitanes Groth y Goemmerler, el ayudante-jefe Kuemmler y los escaladores de las 1.ªy 4.ªdivisiones de montaña habían alcanzado. Confieso que esta victoria puramente simbólica, lograda por mis compatriotas el 21 de agosto de 1942, me emocionó y todos los alpinistas me comprenderán. Ahora ya no se trataba del Elbrouz, sino del Elbourz, macizo montañoso entre el Caspio y la llanura de Irán, al pie del cual se extiende Teherán. Primeramente, mandamos con paracaídas un grupo de dos oficiales y tres suboficiales de mi unidad acompañados de un persa. Utilizamos un gran Junkers-290 de la escuadrilla 200 de la Luftwaffe, que despegó con dificultad de un aeropuerto de Crimea. La pista era demasiado corta; hubo que reducir la carga que debían de llevar consigo nuestros emisarios. Pero tuvimos cuidado de no olvidar fusiles y pistolas Walter con las culatas damasquinadas en plata y oro para los jefes persas. Los paracaidistas tomaron tierra una noche muy obscura, cerca de un gran lago salado al sureste de Teherán. Después de 14 horas de espera nos enteramos por radio que nuestros enviados estaban a salvo. Yo me limitaba a entrenar los grupos operacionales, pues la dirección de Franz se había confiado al doctor Graefe, uno de los jefes de sección del departamento VI (Ausland). Por mi parte temía que, en aquel mismo lugar, tuvieran que vérselas los especialistas a los que entrenaba con una partida demasiado fuerte: los servicios especiales combinados rusos y británicos. Confieso que me era desagradable preparar combatientes para enviarlos a la niebla. Siempre me he hecho cargo de todas mis responsabilidades y debo decir que, si hubiese podido prever todas las intrigas, mezquindades y enredos de la burocracia que conocí durante los primeros meses en Friedenthal, sin duda, no hubiera aceptado este puesto. Para Franz, que se prosiguió con alternativas diversas, no estábamos equipados desgraciadamente para enviar allí todos los hombres y material 17

Es difícil no evocar aquí la misión, cuyo jefe era Gardane, que Napoleón envió en 1807 a Teherán cerca del shah Feth Alí. Gardane y el comandante Verdier reorganizaron las tropas del Sha —60.000 soldados de infantería mediocres, pero 140.000 magníficos jinetes. Después de Constantinopla, Teherán debía ser la segunda etapa importante del gran ejercicio de Oriente con destino a las Indias. Napoleón garantizaba al Sha la restitución de Georgia, rusa desde 1801. Sin el oro y las intrigas de sir Hartford Jones que, también él subió del golfo Pérsico e hizo fracasar a Gardane en 1809. ¡Staíin quizá hubiese nacido en Persia!

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deseables y nos faltaban Junkers-290 de gran radio de acción. Una avería de uno de estos aviones impidió que un grupo de siete de nuestros consejeros militares fuese a su vez lanzado en paracaídas. Fue una suerte, porque, poco tiempo después supimos que nuestra central de Teherán había «ardido». Sólo uno de los agentes de Schellenberg había podido huir de la catástrofe y llegar a Turquía desde donde nos prevenía. Las acciones paracaidistas cesaron y, como consecuencia, nuestros enviados fueron perseguidos hasta por los rebeldes. Uno de nuestros oficiales se suicidó para no caer en manos de los soviéticos. Otros, capturados cuando trataban de llegar a Turquía no regresaron a Alemania hasta 1948. Sin embargo, la operación Franz tuvo en alerta a algunas divisiones enemigas rusas y británicas que temían una rebelión generalizada de las tribus disidentes. Los iranios que habían combatido contra las tropas soviéticas fueron perseguidos sin piedad. Muchos fueron condenados a muerte. En 1956, en Düsseldorf, en el hotel Breitenbacherhof, tuve la alegría de encontrar por casualidad a uno de los jefes de los Kashagais que había podido refugiarse en Roma. Aún tenía la pistola con culata de oro que le envié:18 «Una de las pocas cosas que he podido salvar, con mi vida», me dijo. En los primeros días de noviembre de 1943 fui llamado al Cuartel General del Führer, donde me enteré que, sin duda, iba a haber una reunión «cumbre» en Teherán a finales del mismo mes: Stalin, Roosevelt y Churchill se encontrarían allí durante tres o cuatro días. Quizás nos dio la información el ayuda de cámara de Sir Hugh Knatchbull-Hugessen, embajador de Gran Bretaña en Ankara: el yugoslavo Elyesa Bazna, alias Cicerón. Creo también que la imaginación de Walter Schellenberg se inflamó al pensar que podía ser intentada una operación contra «los Tres Grandes» enemigos de Alemania. Desde luego la idea de una expedición relámpago sobre Teherán parecía infinitamente seductora. ¿Podía salir bien? ¿Cómo? Eran necesarias informaciones exactas. Nuestro «corresponsal» en Teherán, un capitán del Abwehr, me comunicó informes por radio vía Estambul: el resultado fue más bien flaco. Lo que era cierto es que la capital del Irán se encontraba completamente entre las manos de tres potencias enemigas cuyos servicios especiales, políticos y militares, estaban extenuados. Un golpe de mano en Teherán hubiese exigido de 150 a 200 18

Se piensa aquí en el título de la novela de Ian Fleming El hombre de la pistola de oro. El creador de 007 que perteneció durante la guerra al servicio especial de Su Majestad (como también Graham Greene y John Le Carré) declaró que había estudiado «todas las operaciones de Otto Skorzeny» comenzando, afirmarla, «por la de Creta», donde Skorzeny no puso jamás los pies. El adversario de 007 en Moonraker, otra novela de Fleming, es reputado como perteneciente a las unidades de Friedenthal. El número de novelas de aventuras y de espionaje donde el coronel Skorzeny y sus hombres tienen un papel extravagante es, desde hace unos veinte años, considerable.

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combatientes minuciosamente preparados, aviones, vehículos especiales, un perfecto conocimiento de los lugares y del dispositivo de seguridad de los adversarios. Yo no sabía prácticamente nada y no había por consiguiente la menor probabilidad de éxito. Tal proyecto era utópico. Di mi opinión al Führer: él la compartió por completo. A finales de agosto de 1965 la prensa mundial siguió con complacencia los elementos de una novela policíaca publicada por la revista soviética Ogornick. He aquí lo esencial de aquella mediocre narración: En Teherán, los malvados nazis desean asesinar o raptar a Stalin Roosevelt y Churchill. Se me confía la operación: el jefe de mi terrible comando es un joven Sturmbannführer de nombre Paul von Ortel —que nunca existió—. Sin embargo, el camarada Lavrenty Beria, jefe supremo de las diversas policías soviéticas, vigila: todos los nazis de Irán son desenmascarados y exterminados en los últimos días de noviembre de 1943. ¡Ya era hora! En diciembre de 1968 La Tribuna de Ginebra publica otra novela, la de un verdadero demócrata, el buen espía soviético Ilya Svetlov, «admitido en el partido nacional-socialista con la recomendación de Rudolf Hess» (sic!) bajo el nombre de Walter Schultz. Se hizo arrojar en paracaídas en Teherán y después de extraordinarias peripecias hizo fracasar el atentado contra Los Tres Grandes, que se llamaba «operación Ferner Sprung» (Largo Salto). Dos años más tarde el International Herald Tribune (17 —11 —1970) vuelve a seguir la novelesca narración concerniente a Svetlov-Schultz y publica mi fotografía con esta leyenda: «El ex-coronel SS Otto Skorzeny, que hubiera debido ejecutar el proyecto del G.Q.G. alemán», aunque ni La Tribuna de Ginebra ni ningún otro periódico hubiesen hablado de mí a propósito de Ferner Sprung. Finalmente, a primeros de febrero de 1968, apareció en Francia el libro de Laszlo Havas, Asesinato en la cima. El autor se tomó la molestia de pedirme información y he de decir que en lo que a mí respecta, al menos, su narración es honrada: yo juzgué la operación completamente imposible y él lo dice. No se puede exigir a los historiadores y cronistas que se interesan desde hace una docena de años por estas cuestiones que sean modernos Jenofontes. Sin embargo, es necesario preguntarse por qué la prensa mundial copió con tanto cuidado las elucubraciones de la revista soviética Ogornick. El único estudio serio sobre la pretendida operación Largo Salto se publicó el 6 de enero de 1969 por el Sunday Time. El semanario londinense llama la atención primero sobre que, sir Alexander Cadogan, subsecretario de Estado en el Foreign Office en noviembre de 1943, especifica en sus Memorias que en ocasión de la conferencia de Teherán «los rusos pretendieron haber descubierto un complot». Su escepticismo es evidente.

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Interrogado por el reportero del Sunday Times, Avereell Harriman, embajador U.S. en Teherán en la misma época, precisa: «Molotov me declaró que había muchos alemanes en la región —(¡adulador!)— y que era posible un complot. Después de la conferencia vi de nuevo a Molotov y le pregunté si había habido realmente compito. El me aseguró que se habían tomado precauciones en razón a ciertos rumores. Pero nunca me dijo que verdaderamente había existido conjuración.» Sir Kenneth Strong —que más tarde debía dirigir todos los servicios del S.R. británico— es el que me parece tener la idea más justa en lo que concierne al imaginario Long Jump.: «Supongo que los rusos utilizaron este «complot» para persuadir a Roosevelt de que se alojara en una villa situada en el mismo recinto de la embajada soviética de Teherán; y pueden estar seguros que estaba repleta de micro§.» Lord Moran, médico de Churchill, acompañaba al Premier en Teherán. En sus Memorias y con el título «Cómo encontró Stalin un aliado», Morán explica que en la fecha del 28 de noviembre de 1943, la legación americana donde debía hospedarse el presidente de los U.S.A. estaba bastante alejada de las embajadas británicas y soviética, que eran medianeras. Al evocar Molotov la posibilidad de un atentado contra Roosevelt, el presidente se instaló en una villa contigua a la embajada de la URSS. «Seguramente estaría bien guardado, escribe el médico, porque los criados son todos miembros del N.K.V:D. que dirige Beria (…). «Churchill, concluye lord Moran, protestó con cólera cuando uno de nosotros manifestó su escepticismo con respecto al pretendido complot alemán. Winston era el único que creía en el complot. Stalin no se preocupaba en absoluto de la seguridad del presidente. Quería tenerlo a la vista e impedirle conspirar con el Premier». Sabemos que Stalin fue a hacer una visita a Roosevelt en cuanto éste se instaló. Fue entonces cuando el presidente americano aseguró al dictador que esperaba que Malasia, Birmania «y las demás colonias británicas» aprenderían pronto «el arte de gobernarse por sí mismas». Sin embargo, Roosevelt recomendó a su compadre que no discutiese aún de la India con Churchill… Lord Moran se enteró de estos detalles por Harry Hopkins, consejero y confidente de Roosevelt. Algunos periodistas que, casi siempre por miedo, se especializan en la apología de la URSS y del N.K.V.D., deberían leer las Memorias de lord Moran. La operación Largo Salto sólo ha existido en la imaginación de los cronistas que trabucan la verdad o «compañeros de viaje» del bolchevismo. En Teherán, Stalin consiguió aislar a Churchill quien tuvo que aceptar todo de sus dos interlocutores.

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El 3 de julio de 1958, lord Halifax toma el té con lord Moran y le cuenta esta anécdota: siendo embajador de Gran Bretaña en Washington, numerosos senadores republicanos le rogaron que cenase con ellos. Uno de estos le dijo: «Todos los que están en esta sala consideran a M. Roosevelt como un dictador peor que Hitler o Mussolini.» En Postdam, en julio de 1945, Churchill dijo a su médico: «He suplicado de rodillas a los americanos que no den a los rusos una parte tan grande de Alemania. Pero el Presidente ha cedido. Preguntaré a Stalin: «¿Quiere usted el mundo entero?». Para terminar con lo de Largo Salto diré que Moscú Direktor fue sin duda, prevenido por la Orquesta roja suiza de mi visita al O.K.W. Se supo también probablemente que yo había juzgado irrealizable la expedición a Teherán; pero la ocasión era muy hermosa para «encerrar en un cuarto» a Roosevelt fingiendo protegerlo y Churchill se encontraba al mismo tiempo aislado. En fin, es natural que la imaginaria operación Largo Salto se haya vuelto a lanzar en el momento en que, desde 1965 a 1968, diversos escándalos perturbaban las altas cimas de la información occidental, con epidemia de suicidios y revelaciones de un antiguo funcionario de los servicios secretos franceses, Philippe Thyraud de Vosjoli, sobre la red soviética Saphir. Este asunto Saphir fue tan grave que el presidente Kennedy escribió personalmente al general De Gaulle para ponerle en guardia. Era pues oportuno recordar entonces que el buen Beria y los servicios especiales de los soviets habían impedido a pesar de todo el «asesinato en la cumbre» y salvado la vida del campeón de las democracias, Franklin Delano Roosevelt. El líder demócrata no fue reelegido —por tercera vez— Presidente de los Estados Unidos, el 5 de noviembre de 1940, sino después de haber prometido solemnemente durante toda su campaña electoral «que no enviaría un solo soldado americano a ultramar»! La operación Ulm, concebida por el Reichsführer SS Himmler no era mucho más sencilla. Se trataba de destruir los altos hornos de Magnitogorsk, así como dos o tres de las centrales eléctricas que abastecían de energía a los grandes complejos metalúrgicos y químicos de la región. Nunca había tenido ocasión de visitar Magnitogorsk, que se encuentra en el Ural central. Los servicios de información mejor equipados concernientes a la lejana industria pesada soviética eran los de la Luftwaffe, que habían podido tomar fotos sensacionales durante los años 1940-1941, cuando nuestra superioridad aérea era indiscutible. Por otra parte, desde 1942, la sección VI-C del R.S.H.A. y el servicio correspondiente del Abwehr perseguían paralelamente con los servicios de la Luftwaffe y el Fremde Heere Ost (servicio de información Este del Ejército de

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Tierra) cuyo jefe era el coronel Gehlen, una vasta investigación designada con el nombre clave Zeppelin. De 5 millones de prisioneros rusos y después de una primera selección, fueron interrogados 100.000 ingenieros, arquitectos, profesores, intelectuales, obreros especializados, etc. suministraron una impresionante cantidad de informaciones con las que se pudo, finalmente, sacar una imagen un poco más realista de la inmensa Rusia y de la mentalidad de pueblos con caracteres étnicos más diversos. Por lo que respecta a Magnitogorsk, pude gracias a Zeppelin,19 reconstituir los planos de la ciudad y de los principales complejos industriales. Conocí los sistemas de protección que estaban en vigor allí. Por ejemplo, me enteré que en Magnitogorsk los perros guardianes desempeñaban un gran papel por la noche. Pero no estaba preparado para tanto: me era imposible ir rápidamente a destruir lo que fuera en el Ural. Walter Schellenberg cuando leyó el telegrama conminatorio de Himmler me preguntó y le dije francamente que Ulm era señal de utopía pura y sencilla. Que redactaría un informe en dicho sentido. «No se le ocurra, me dijo y permítame darle un consejo fruto de una experiencia que ya he probado. Cuanto más fantástico o absurdo le parezca un proyecto que venga de arriba, con más entusiasmo ha de acogerlo y descubrirle genio, después de lo cual se agitará usted mucho en el vacío durante cuatro o cinco meses, justos el tiempo para que baje de arriba otro proyecto aún más extravagante que el que han olvidado. Pronto tendrá usted la reputación de un hombre que no se detiene ante nada y con el que se puede contar y además sin dificultades porque, no emprendiendo nada difícil, no puede usted conocer el fracaso.» No es extraño que Schellenberg haya hecho, a la sombra de Himmler, una brillantísima carrera. En noviembre de 1944, la víspera de la ofensiva de las Ardenas, en el momento en que me encontraba agobiado de trabajo día y noche, fui llamado por Himmler a su nuevo Cuartel General de Hohenlychen. Nos sentamos alrededor de una gran mesa redonda, Himmler, el doctor Kaltenbrunner, los generales Schellenberg, Prützmann y yo. ¿De qué se trataba? En el este, Riga había caído el 13 de octubre y los ejércitos soviéticos, después de haber tomado Belgrado el 21 de octubre invadieron la Transilvania rumana y bombardearon los suburbios de Budapest. El territorio del Reich estaba amenazado.

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Parece que los redactores de las Memorias, de Schellenberg, han confundido Ulm y Zeppelin. En efecto, se habla de una operación Zeppelin destinada «a dar severos golpes a la industria rusa» especialmente en Magnitogorsk y Kouybichev Chelyabinsk, es verdad, «gracias a V-l aerotransportados, con alcance de objetivos, con bombarderos de gran radio de acción». Este proyecto, pues, no hubiera podido ser concebido antes de junio de 1944, mientras que la operación Ulm debía ser realizada por el batallón Friedenthal un año antes.

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Se trata, explicó Himmler, de crear y organizar un movimiento de resistencia en Alemania que Martin Bormann, me parece, disfrazó con el extraño nombre de Werwolf (duende). ¿Qué vengo a hacer yo aquí? Abro mis oídos y miro alrededor de mí. Todo el mundo está muy serio y Schellenberg siguiendo su costumbre, opina enérgicamente como el jefe. Yo no puedo creer en la eficacia de este Werwolf por la sencilla razón de que todo movimiento de resistencia debe ser organizado en vastas extensiones, tener fines políticos realistas y constructivos proclamados y, sobre todo, ser sostenido y apoyado con poderosos medios. Era posible concebir una estrategia del Werwolf en los Balcanes, en Irán, en Rusia, en China, etc., y sacar beneficios tácticos seguros. Pero no en un país como Alemania con ferrocarriles, autopistas y carreteras donde no se podía esperar socorros del exterior. En 1945, esperar ayuda anglo-americana contra los soviets era perfectamente ilusorio. Desde luego, durante un tiempo limitado, hubiéramos podido utilizar un movimiento semejante en las montañas y los bosques del «reducto alpino» si este último baluarte hubiese sido organizado para permitir la continuación de la lucha con un fin político: el paso de nuestros soldados y de las poblaciones civiles del este al oeste. Fuera de esto fatalmente el Werwolf hubiera desencadenado sangrientas represalias por parte de los ejércitos de ocupación enemigos, sin que el país pudiese sacar el menor beneficio de tal resistencia. Una guerra subversiva de este tipo sólo podía tener significado si se desarrollaba en el espacio y en el tiempo combinando la acción guerrera propiamente dicha con una revolución de los pueblos europeos sometidos ya bajo el yugo soviético o amenazados directamente de bolchevización. Yo no creía en Werwolf y pedí insistentemente a Himmler que el campo de actividad de mis unidades se fijase fuera de los diversos frentes alemanes. Consintió y fue el general de los Waffen SS, Prützmann, quien, teóricamente, fue encargado de organizar este movimiento. Se sabe que, prácticamente y como era de prever, la acción de Werwolf fue nula. Todo alemán razonable tiene que alegrarse de ello. Es una suerte que se pueda clasificar a Duende entre las operaciones imaginarias. En el transcurso de la misma conferencia, se trató de las armas nuevas y, bastante imprudentemente, señalé que, según el almirante Heye, se creía posible proveer a algunos submarinos con una rampa de lanzamiento de V-l. Al oír estas palabras Himmler saltó de su sillón y se precipitó hacia el mapa que cubría una buena parte de la pared: «Pero entonces, exclamó, hay que bombardear, machacar, New York!»

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Schellenberg opina con un entusiasmo creciente: (verdaderamente es un notable comediante). Detrás de sus lentes, los ojos del Reichsführer se salen de su órbita: «¡Es necesario, continúa, que los americanos sufran también el peso de esta guerra! ¡Debemos prevenir inmediatamente al Führer y telefonear al gran almirante! Créame, el efecto sicológico será enorme. ¡Estoy persuadido de que los americanos no soportarán ser atacados en su propio territorio! Su moral quedará a cero. ¡Qué piensan ustedes?». Schellenberg aprobó vivamente en silencio. El rostro del doctor Kaltenbrunner se quedó impasible; en cuanto al general Prützmann contaba sus duendes. Me es difícil tomar la palabra delante de mis superiores en graduación. Ahora, Himmler parece enteramente absorbido en el estudio del mapa de los Estados Unidos. Sin duda, busca blancos. Por encima de sus dossiers Prützmann me hace pequeño signo y Kaltenbrunner me echa una ojeada elocuente. Yo rompo el silencio para hacer observar al Reichsführer que el tiro del V-l ya poco preciso, corre el riesgo de no serlo totalmente si el artefacto es lanzado desde un submarino balanceado por la marejada. «El gobierno americano, digo, proclama que Alemania amenaza a los Estados Unidos: un bombardeo de Nueva York por dos o tres V-l permitiría triunfar a la propaganda de Roosevelt. Creo que los efectos sicológicos serían deplorables para nosotros bajo todos los puntos de vista, porque estoy persuadido de que el pueblo americano, lejos de abandonarse al pánico reaccionaría como la población británica cuando el blitz sobre Londres en 1940. Francamente, no veo la ventaja que podríamos sacar de tal operación. Sería necesario que un solo V-l pudiese alcanzar con golpes certero un objetivo importante, después que nuestra radio hubiese anunciado: «Tal día y a tal hora, tal objetivo será destruido.» Ernst Kaltebrunner me ayudó rápidamente: «En efecto, sería más prudente, dijo esperar a que los técnicos hagan esos artefactos más precisos.» Himmler nos miró indeciso. Después se calmó, se sentó y declaró que esperaba le tuvieran al corriente de los progresos realizados en la preparación de las armas V. Se sabe que el territorio de los Estados Unidos no fue jamás bombardeado por las armas V, ni desde luego, por ningún avión alemán. Desgraciadamente, dicho territorio ya no está al abrigo de la destrucción. Hoy puede ser destruida la mitad del planeta en media hora. El progreso no se detiene. Uno de los personajes más asombrosos que he conocido es Hadj Amin el Hussein, el gran mufti de Palestina que murió en julio de 1974. Nacido en Jerusalén en 1895, sabio doctor coránico, luchó con el ejército turco durante la

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Primera Guerra Mundial. Desde 1920 en que lord Balfour admitió el principio del Hogar judío en Palestina, abrazó con fanatismo la causa árabe, lo que le valió una condena de diez años de prisión por los ingleses. Refugiado en Tras Jordania, fue elegido gran muftí y presidente del Supremo Consejo musulmán, lo que le permitió entrar triunfalmente en Jerusalén. El Alto Comisario británico en Palestina trató de transigir con él sin éxito. En 1929, Hadj Amin proclamó el Djihad, la guerra santa, contra la colonización sionista, porque era a la vez jefe político y religioso. Amenazado otra vez de ser detenido, huyó al Líbano donde los franceses, prudentes, le dieron un residencia muy vigilada en Beyruth. Su amigo Rachid Alí desencadena allí en 1941 un golpe de Estado, que pudimos sostener nosotros gracias a un derecho temporal de escala, concedido a nuestros aviones en Siria, país que estaba todavía bajo mandato francés, a pesar de los meritorios esfuerzos del Intelligence Service. Pero Rachid Alí fracasa y una vez más el gran mufti tuvo que huir. Se afeitó la barba y se puso un traje «príncipe de Gales». Fue a Rodas en 1942 y después a Tirana. Finalmente, se refugió en Alemania donde fue recibido por el Führer. Tenía mucho estilo. Con su barba de nieve, sus ojos de un azul muy vivo y su fez blanco, parecía lo que era: un personaje de las Mil y una Noches. Nos apoyaba todo lo que podía y, ciertamente, el África Korps de Rommel se benefició de la enorme influencia que él tenía en África del Norte. En 1946, a su regreso de Alemania, se instaló en Egipto, fue reelegido presidente del Supremo Consejo musulmán y su opinión fue muy escuchada en las conferencias musulmanas de Karachi (1951) y de Bandung (1955). Gracias a él hubiéramos podido realizar grandes operaciones en el Próximo Oriente. Teníamos preparadas tres. La primera consistía en dejar inutilizado el doble oleoducto Irak Mediterráneo. En muchas ocasiones equipos árabes habían hecho saltar esta arteria vital que conducía el petróleo a las grandes refinerías de Haifa y de Trípoli. Pero el oleoducto se reparaba rápidamente. Había que empezar de nuevo. El ideal era inutilizar por completo una estación de bombeo, al menos: entonces se necesitarían dos o tres meses para ponerla de nuevo en marcha. Nuestros ingenieros habían inventado unía pequeña mina flotante que se podía introducir en el oleoducto; pero este artefacto sólo habría destruido las compuertas. Arrojar en un valle encajonado donde se alineaban paralelamente los dos conductos, bombas térmicas que hicieran recoger las tuberías dejándolas fuera de uso para la circulación del bruto, terminaría con el mismo resultado: sería suficiente cambiar algunos tubos. Era aún mejor solución un raid sobre una estación de bombeo. Estaban todas flanqueadas por un pequeño aeródromo destinado a los aviones de

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vigilancia del conducto y por un blockhaus de defensa. Era, pues, posible enviar un comando nocturno con los planeadores sobre una de ellas. Un amigo de Hanna Reitsch, el profesor Georgi, gran especialista del vuelo a vela, había concebido un nuevo planeador que podía transportar una docena de combatientes con su armamento y susceptible de soportar una velocidad de tracción de aproximadamente 400 km/h. En Ainring, cerca de Passau, estudiamos el problema de la recuperación de estos planeadores pesados… es decir, de los hombres de nuestros comandos. La lentitud de nuestros progresos me hizo pensar en utilizar aviones de transporte americanos abatidos, o que hubieran tenido que posarse en territorio alemán y que los mecánicos de la Luftwaffe hubieran reparado. Al fin, me advirtieron que estaban dispuestos media docena de estos aparatos. Tenían que despegar para Creta o Grecia desde donde podrían actuar sobre el Prójimo Oriente y volver. Disponíamos de buenas fotos aéreas de las estaciones de bombeo y de sus aeródromos de «vigilancia». Las pistas parecían un poco cortas, pero se nos dijo que habían sido alargadas. Escogimos nuestro blanco; decidí que seis aviones cuatrimotores aterrizasen allí y que nuestros hombres serían cubiertos desde los aviones por cañones ligeros y ametralladoras pesadas. Teníamos un dispositivo especial que nos permitiría destruir la antena del blockhaus para impedir que la radio diese la alerta. Desgraciadamente, en el momento en que íbamos a despegar, nuestros DC-4 y DC-6 fueron destruidos en tierra por un raid enemigo en el aeródromo militar de Munich. La operación contra la línea conductora Irak-Mediterráneo tuvo que ser abandonada. Igual ocurrió con la que habíamos preparado para bloquear el canal de Suez, vigilado por uno de nuestros aviones a reacción. Se trataba de escoger el día en que se encontrarían en el canal, ya preparados para el combate, siete u ocho buques. A una señal del avión-vigía, nuestros hombres-rana echarían a pique el primero y el último barco y los que pudiesen entre estos dos. Nuestros nadadores de combate serían depositados por un planeador en el Sinaí y después recuperados. Cuando ya estuvo a punto el sistema de recuperación de los planeadores —los aliados emplearon uno de la misma clase para Market Garden— ya no había más carburante disponible para estas misiones. La expedición que habíamos proyectado contra algunos puntos neurálgicos de las instalaciones petrolíferas de Bakú tuvo que aplazarse sine die, siempre por las mismas razones: falta de medios materiales y, sobre todo, medios de transporte. Las esclusas de algunos puertos de la costa Sur de Inglaterra también eran particularmente vulnerables. Hacía falta solamente transportar allí nuestros

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torpedos humanos por medio de planeadores especiales de los que no pudimos disponer. Entre todas las operaciones imaginarias, me alegra particularmente no haber tenido que ejecutar El lobo aúlla. A finales de noviembre de 1943 recibí la orden del O.K.W. de marcharme a Vichy vía París con una compañía del batallón Friedenthal y esperar órdenes. En París me puse en contacto con el Kommandateur en la plaza de la Opera y en el Hotel Continental de la calle Rivoli. Verdaderamente, me quedé admirado de la cantidad de oficiales de todas las armas que frecuentaban aquellos lugares; pero había muchos más y superiores en el hotel Majestic, sede del Militarbefehlshaber en Francia. Por fin supe de lo que se trataba. El 9 de noviembre, en el Comité francés de liberación nacional con sede en Argel, el general de brigada De Gaulle había desbancado a su superior, el general del ejército Giraud y se había nombrado presidente del Comité. Inmediatamente después había llamado a dos comunistas, Midol y Fajon, a formar parte del Comité como Ministros. Unos informes que parecían pasablemente serios permitían creer que se estaba produciendo en Vichy una «operación Badoglio». Según otras informaciones, el mariscal Pétain, jefe del Estado francés iba a ser raptado por un comando anglogaulista de paracaidistas, gracias a la complicidad de personalidades que rodeaban al mariscal. Me fui a Vichy dispuesto a cualquier eventualidad. Tenía a mi disposición seis compañías de infantería, el batallón de mis tropas especiales y dos batallones de la división de los Waffen SS Hohenstaufen que coloqué, alrededor de la ciudad, al norte en el aeródromo, del lado de Vesse en el oeste, de Cusset al este y de Hauterive al sur: en total 2.000 hombres que podían echar el cerrojo a la ciudad en poquísimo tiempo. Ordené reconocimientos hasta en el bosque de Randan, muy próximo, y a simple vista no se veía un solo paracaidista. Yo no tenía ninguna información ni del S.D. ni del Abwehr. De civil, con Folkersam, mi jefe de Estado Mayor, sonsacamos algunas informaciones contradictorias. Pude darme cuenta de que el malestar que reinaba en Vichy era grave, pero los problemáticos paracaidistas gaulistas no eran la causa. La célebre entrevista de Montoire (octubre 1940) no había dado los resultados esperados por Alemania y Francia, con la que, como ya he dicho, debía haberse firmado la paz desde hacía mucho tiempo. Ocupábamos el país desde hacía tres años. Como cada vez nos era menos favorable la suerte de las armas, habían nacido movimientos de resistencia, casi siempre dominados por los comunistas, cuyos jefes, sin embargo, habían recomendado fraternizar con nuestros soldados desde julio a octubre de 1940. El Führer se interesaba tan poco en los asuntos franceses que ignoraba en noviembre de 1943 que el embajador Abetz no estaba ya en su puesto en París desde diciembre del año anterior.

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Después de colocar mi dispositivo alrededor de Vichy y al no recibir ninguna orden, volví a París donde me enteré por la Wolfochanze que tenía que regresar inmediatamente a Auverna y esperar allí la señal clave de Le Loup Hurle. Después, debía velar por la seguridad de la persona del Jefe del Estado francés y por la de su médico, el doctor Ménétrel. Respondería de su existencia y recibiría otras instrucciones cuando el lobo hubiese aullado. En Vichy, el mariscal Pétain residía en el hotel del Parque, en el tercer piso, y su guardia personal a quien yo vi rendirle honores, tenía un bello aspecto. Era probable que la agarrada, si tuviese lugar, sería seria. Pero lo que más me inquietaba era la hora en la que el lobo podía aullar. Deseaba que no aullase durante la noche. Si 2.000 ó 3.000 paracaidistas enemigos se descolgaban en Vochy a las 2 horas de la mañana, esperaba que el mariscal, que estaría al corriente del raid, estaría vestido, bien con el uniforme o con un traje civil. Debo decir que tenía un gran respeto por este viejo soldado, a quien los políticos habían llamado en su socorro cuando todo estaba perdido. Tenía entonces ochenta y siete años y estaba bien derecho con su uniforme azul horizonte. Viéndole, no podía por menos de pensar en el mariscal von Hindenburg, pues él también había soportado sobre sus hombros el peso de la derrota después de la Primera Guerra mundial. Felipe Pétain tenía ochenta y nueve años cuando fue condenado a muerte. Me alegro mucho de que el lobo no aullase. Abandonamos Vichy para marcharnos de permiso de Navidad. Confieso que me hubiese encantado hacer prisionero a un mariscal completamente diferente: Tito. La genealogía del actual Jefe del Estado yugoslavo es tema de controversia. Mi difunto amigo Alexandre Botzaris afirmaba que la abuela croata de Tito es una ficción. Oficialmente, Joseph F. Broz, nacido en Kumrovec en 1892, tendría pues 82 años. Cerrajero de oficio, participó en la Primera Guerra mundial en el ejército austro-húngaro, fue ascendido a sargento en 1915 y hecho prisionero por los rusos en los Cárpatos. Después combatiría con los bolcheviques en la región de Omsk. Según sus biógrafos oficiales, militaría finalmente en el seno del partido comunista yugoslavo bajo el nombre de Walter. ¿Es el mismo Broz que después de haber estado cinco años en prisión, militó en Viena en 1934, permaneció en las escuelas moscovitas especiales de 1935 a 1936 y se puso a la cabeza del movimiento de resistencia pro-soviético en Yugoslavia en 1941-1942? Es posible. En la primavera de 1944 recibí la orden del O.K.W. de descubrir y destruir el Cuartel General de Tito, que ya había suplantado al general Mihailovitch en el ánimo de Churchill. También es verdad que Mihailovitch, ministro de la Guerra del joven rey Pedro II¹de Yugoslavia desterrado en Londres, se había

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asustado de los progresos del comunismo y sus Tchetniks no habían dudado en combatir a las tropas de Tito con las tropas húngaras, los Croatas de Ante Pavelitch e incluso con nuestros propios soldados. ¿Dónde se escondía Tito? Yo no sabía nada. En Yugoslavia abundan las regiones montañosas y llenas de bosques que se prestan maravillosamente a la actividad de los maquis. Las informaciones que me comunicaban los servicios competentes del Abwehr y del S.D. eran vagas, a veces contradictorias. De Belgrado me marché, pues, a Zagreb (Agram) donde organicé mi propio servicio de información. Lo confié a tres hábiles oficiales, encargados de dirigir tres redes distintas. Los agentes de cada red debían operar independientemente unos de otros y decidí no emprender nada sin haber obtenido tres informaciones concordantes. Entonces actuaríamos con la prontitud y la discreción necesarias. Había que tener cuidado de no llamar la atención de un adversario astuto y que tenía en juego a media docena de nuestras divisiones. Yo había acampado en la Fruska Gora —cadena de montañas paralela al valle del Danubio— un batallón de instrucción de mis cazadores especiales cuyo entrenamiento no dejaba nada que desear; estaba todos los días en operación contra los titocistas. Un convoy militar hubiera puesto en alerta a los vigías del mariscal; por eso recorrí aquellas regiones en un auto civil acompañado de dos suboficiales. Cuando remontando el valle del Save por carreteras imposibles llegamos a Brcko y después a Zagreb, los jefes de las guarniciones alemanas se quedaron admirados de vernos sanos y salvos: los caminos que habíamos tomado estaban controlados por los partisanos. A decir verdad, nos habíamos encontrado algunos grupos de paisanos barbudos, con el fusil en bandolera y habíamos quitado el seguro de nuestras metralletas, pero esta brava gente nos había saludado cordialmente al pasar. Comprendí enseguida que los grupos de campesinos que habíamos encontrado eran partisanos. Si no quisieron atacarnos es porque pensaban que no valíamos la pena. Yo había cometido una gravísima imprudencia: Skorzeny raptado por Tito, ¡qué hermoso título para el Daily Mirror en mayo de 1944! Volví a Berlín para enterarme al final de la primavera —por las diferentes fuentes concordantes— que Tito y su Estado Mayor se encontraba cerca de Drvar, en Bosnia occidental. Rápidamente envié a mi Jefe de Estado Mayor, el capitán Adrian von Fölkersam, que previniese al general que mandaba el 10.° cuerpo de ejército que se encontraba en aquella zona, que íbamos a poner en movimiento la operación Rösselsprung (salto del caballo, en el ajedrez) contra Tito. Ya estaba para salir, a fin de ir a dirigir el asunto en el propio terreno, cuando Fölkersam llegó bruscamente a Friedenthal:

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«Algo no va bien, me confió. El general me ha recibido muy fríamente. Me parece difícil contar con él para Rösselsprung.» Un mensaje por radio de nuestra oficina de Zagreb nos dio bien pronto la explicación de esta… hostilidad: «10.° cuerpo prepara raid contra Cuartel General Tito. Operación fijada al 2 junio 1944.» Era doblemente estúpido. Si el general me lo hubiese anunciado, me hubiese puesto con mucho gusto a sus órdenes, dejándole el beneficio de la operación e incluso con las espaldas bastante anchas para tomar todas las responsabilidades en caso de fracaso. Pero había algo más grave: sí yo sabía que el golpe de mano iba a ser ejecutado el 2 de junio, Tito lo sabía también. Previne rápidamente al 10.° cuerpo y envié un mensajero al Estado Mayor de Banja Luka para suplicarle que arreglara la cuestión. No hizo nada. El raid tuvo lugar el día fijado, e importantes fuerzas alemanas se enfrentaron con unidades de partisanos en alerta. Un batallón de paracaidistas Waffen SS quedó aislado en el valle de Drvar donde hubo que enviar refuerzos por medio de los planeadores; un batallón de la división Brandebourg tuvo que cubrir la retirada de nuestros soldados atacados por todas partes. Este batallón estaba mandado por el bravo teniente coronel Walther, que fue herido y se convirtió en enero de 1945 en mi jefe de estado mayor en lugar de Fdlkersam. Asimismo, los batallones de paracaidistas de los Waffen SS y el batallón de la Brandebourg pasaron bajo mi mando en septiembre de 1944. Los valientes Brandeburgueses formaron conmigo el Jagdverband Sudeste, mientras que otros, croatas, mandados por el Mayor alemán Otto Beck, fueron incorporados al Jagdverband italiano. Volveremos a hablar del Mayor Beck. Broz, por supuesto, había emprendido la huida. Sólo se encontró en su Cuartel General a dos infortunados oficiales británicos de los que, sin duda, se había querido desembarazar y un soberbio y flamante uniforme nuevo. Tito se había nombrado a sí mismo mariscal el 29 de noviembre de 1943: estaba vestido como correspondía. Un poco más tarde me enteré que se había refugiado en la isla de Vis, pero el asunto del 20 de julio de 1944 me impidió organizar un Rosselsprang en el Adriático. Se ha olvidado un poco que la represión empezó en Yugoslavia en abril de 1945. El 11 de noviembre del mismo año Tito proclamó la República Socialista Federal, declaró destronada la dinastía de los Karageorges y confiscó todos los bienes de la Corona. Hará ejecutar al general Mihailovitch y a su estado Mayor el 17 de julio de 1946, asesinar a docenas de miles de croatas y serbios y detener a 3.670.000 defensores del antiguo régimen, de los cuales muchos morirán en prisión o en la mazmorra. Al rey Pedro II, le escribiría Churchill, simplemente, en agosto de 1945:

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«Me entero que ocurren en Yugoslavia muchas cosas que deploro y que, desgraciadamente, no está en mi mano impedir.» Esta será la oración fúnebre de los que habían luchado contra el comunismo en Yugoslavia. Es poco probable que el régimen balcánico-leninista de Tito le sobreviva mucho tiempo. Séame permitido evocar aquí un recuerdo personal. El mundo es pequeño. Después de la guerra, encontré por casualidad en Mallorca a uno de los dos oficiales británicos que Broz había abandonado amablemente al emprender la huida. Estaba, como yo, invitado en el barco de un amigo común y simpatizamos enseguida, porque había pertenecido a las unidades S.A.S. de David Stirling. Había participado en el raid del «Mayor Fantasma» contra Benghazi —raid que fracasó aunque fue ejecutado en parte bajo el uniforme enemigo—, después había sido miembro de un comando secreto británico en Persia antes de haber sido destacado en misión militar al lado de Tito. Mi antiguo adversario, que se ha hecho mi amigo —y general de brigada—, me dijo que durante su permanencia en el Cuartel General del «mariscal» había comprendido claramente que si Tito triunfaba el comunismo y el terror triunfarían también. Había mandado, pues, mensaje tras mensaje a Londres en este sentido. Sin ningún éxito. «La situación me parecía tan peligrosa, me dijo, y tan contraria a lo que yo juzgaba el interés británico en los Balcanes, que me marché a Gibraltar —y no fue fácil— al comienzo del año 1943, con el fin de telefonear desde allí a nuestro Premier, al que tuve al aparato, le describí un cuadro muy realista del porvenir que Tito preparaba a Yugoslavia. Churchill me dejó hablar y cuando hube terminado me preguntó: «¿Cuáles son sus proyectos personales para después de la guerra?» Desconcertado, le respondí que tenía la intención de retirarme a la propiedad que poseía en Escocia. «Entonces, interrogó, si comprendo bien, ¿no tiene usted la intención de vivir en Yugoslavia? —No, sir, of course not!» Y le oí responderme: «Then why should yon care a damn what happens to Yougoslavia after the war!» (Entonces, ¡que puñetas le puede a usted importar lo que pasará en Yugoslavia después de la guerra!)» Los servicios de información americanos (C.I.C.) me atribuyeron la operación contra el Cuartel G. de Tito pensando que mandaba ya el batallón de paracaidistas de los Waffen SS. Mis cazadores especiales, sin embargo, hicieron la vida dura a las valientes tropas de Tito. En la Fruska Gora tuvimos por algún tiempo el mismo médico civil —un serbio— que los partisanos, porque el médico militar adjunto a nuestra unidad no se había incorporado aún a su puesto. Esta particularidad facilitaba el intercambio de los prisioneros heridos.

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Nos tomamos una pequeña revancha haciendo prisioneros a varios oficiales de enlace británicos, entre los cuales se encontraba el propio hijo del Premier británico, Randolph Churchill. Lo que resulta más divertido de este hecho es que nuestros cazadores estaban perfectamente equipados gracias al avituallamiento enviado a Tito por Winston. Todo el mérito se debe al Mayor Beck. Era un hombre magnífico que, durante la Primera Guerra mundial y como simple suboficial, había sido condecorado con la Grosse Goldene Tapferkeitamedaille (Gran Cruz de oro al valor). Pero Otto Beck, gran conocedor de las costumbres balcánicas, era también ingenioso. Demasiado tarde, habían puesto a nuestra disposición billetes falsos de 5 y 10 libras esterlinas, gracias a los cuales los intermediarios del mayor compraban a los partisanos camiones enteros de armas, municiones y material diverso que desembarcaban regularmente de los submarinos y de pequeños barcos británicos en ciertas ensenadas del litoral adriático. Se los entregaban directamente a los cazadores que pagaban con libras falsas que después los partisanos, encantados, cambiaban por miles de dinars. Este tráfico duró varios meses con satisfacción general hasta el momento en que el Estado Mayor de Tito recibió el soplo. Hubo una batalla en el momento de una entrega y los intercambios tuvieron que cesar. Aquellos billetes habían sido fabricados por falsificadores profesionales internados durante la guerra en un campo de concentración, a los que habían liberado para ese trabajo. Un tal Walter Hagen, en un libro titulado Unternehmen Bernhardt, pretende describir todo el asunto. Hagen es el seudónimo de Wilhelm Hoettl, uno de los colaboradores de Schellenberg en el Amt VI (Ausland) de la oficina de Seguridad del Reich (R.S.H.A.). En el proceso de Nuremberg supo despacharse representando dócilmente el papel de ese personaje que la magistratura de Francia llama «testigo de estrado». Era desde hacía mucho tiempo un virtuoso del doble juego. Hoy se sabe que desde 1943, Hoettl tenía un pequeño enlace con la Orquesta negra del Vaticano y que, más tarde, entró en contacto en Suiza con Alien Welsh Dulles, futuro jefe de la C.I.A. Estamos de nuevo ante la «magia» del informe. Después de la guerra, el doctor Hjalmar Schacht me dijo que la fabricación de las libras falsas no había sido conocida por el Reichsbanck. Sin embargo, algunos de aquellos billetes se enviaron para ser examinados a la Unión de Bancos Suizos, con una carta falsa del Reichsbanck, significando que se creía que aquellos efectos bancarios estaban falsificados. Después de un minucioso examen los suizos respondieron que los billetes eran auténticos y que el Banco de Inglaterra certificaba que las series y las fechas de emisión eran las de los billetes en circulación.

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El jefe distribuidor de los billetes falsificados era un débil hombre de negocios, Friedrich Schwend, al que se había dado un grado honorífico en las SS General y el que, por supuesto, cobraba su pequeña comisión. Creo que Schwend escondió, o destruyó, después de la guerra, la mayor parte del Stock de falsas libras que tenía a su disposición y supongo que los servicios especiales británicos se ocuparon muy seriamente del asunto. Schwend que, ciertamente, no perdió dinero en todas estas operaciones financieras, gozaba ya, desde luego, de una bonita fortuna personal. Se refugió.., en el Perú, allí vivió y quizás vive aún suntuosamente. La «conciencia humana» no se ha sublevado en modo alguno. Nunca ha sido entregado para extradición y menos aún juzgado. Mejor para él. No le envidio. En Lima tuvo graves disgustos domésticos. Su hija, casada con un peruano que la engañaba, mató al infiel de un tiro de revólver. Este crimen pasional tuvo una enojosa resonancia. Pero, como dice Cicerón, —el verdadero— en un célebre discurso contra Verres, in multis esse numnis (tener sus cofres llenos de escudos) arregla muchas cosas. En cuanto al falso Cicerón, fue pagado con libras falsas cuando sus informaciones valían oro. En 1954, Bazna escribió al canciller Adenauer para quejarse de «esta gran injusticia» y pedir una modesta ayuda de 2.100.000 marcos contra los 12 millones que poseía bloqueados en un banco helvético. Desgraciadamente, el canciller de Alemania no hizo caso a la petición de Cicerón. Walter Schellenberg me reveló cuando preparábamos nuestros comandos para la operación del Oriente, «que las cosas podrían, sin duda, arreglarse» y «que nosotros no éramos tan pobres». Así supe que existían libras esterlinas falsas y que el oficial pagador del Amt VI confió cerca de 5.000 —digo cinco mil— a Karl Radl cuando se trató de encontrar al Duce e ir a liberarlo. Radl tenía los billetes en un maletín cerrado con llave. Yo había recomendado que se usase este dinero con cautela. Además exigí cuentas muy estrictas al doctor Berger al que había encargado de distribuir los cheques a los diez oficiales de información que se había puesto a mi disposición. He de decir que el doctor Berger no consideró siempre estos billetes como verdaderos, que se mostró muy espléndido y no pudo justificar detalladamente ciertos gastos. Tuve que enfadarme, explicar que esas libras esterlinas, desde el momento en que se nos habían confiado no podían ser consideradas como billetes de la Santa Farsa. Finalmente, pudimos devolver afortunadamente la mayor parte del depósito al tesorero pagador del Amt VI. ¿Es necesario precisar que ni Karl Radl ni yo tocamos este dinero y que pagamos todos nuestros gastos personales con nuestro sueldo? Algunos dirán que fuimos estúpidos. Sin embargo, no lo entendimos así nosotros. Las libras esterlinas falsas constituían para nosotros un arma que debía permitirnos

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vencer al adversario. Éramos soldados y jamás se nos había pasado por la cabeza pellizcar al paso alguna cantidad. En Yugoslavia permití sin escrúpulo alguno que utilizasen las libras falsas. Cuantas más armas comprábamos menos tenían los partisanos para matar a nuestros camaradas y para hacerse matar por ellos mismos. Después de la guerra fueron muchos los cronistas y periodistas que aseguraron haberme visto cerca del lago austríaco de Tóplitz, «jefe de Estado Mayor de un comando especial encargado de recuperar el tesoro de los SS hundido en el fondo de ese lago». Naturalmente, unos treinta cofres reposando a 30 a 40 metros de profundidad (50 a 70 metros según otros) contendrían, entre otras cosas, «millones de libras esterlinas falsificadas». Todo es posible. Durante la guerra, Töplitz era un centro de experiencia y entrenamiento de la marina de guerra y puede ser que haya en el fondo del lago cajones de contengan billetes de banco, documentos, etc. No sé nada, nunca me he ocupado de ese asunto. En 1963, un tal Max Gruber, ex SS, decía él, testimonió que estaba presente cuando se arrojaron las cajas en 1945, que me habían visto entonces al borde del lago, etc. Interrogado por una comisión investigadora del Gobierno austríaco, Gruber tuvo que reconocer: 1.°) que nunca había sido SS; 2.°) que nunca había puesto los pies en Töplitz antes de ser conducido allí por los miembros de la comisión; 3.°) que nunca había visto sumergir las cajas en el lago, y 4.°) precisó que había mezclado mi nombre en este asunto «¡para que se le creyese!» Le inculparon de falso testimonio. De hecho, la comisión investigadora austríaca hizo sacar las cajas de ese lago, sin que se sepa aún hoy lo que contenían. Lo más triste es que un joven buceador de Munich, de diecinueve años, Egner, se ahogó en Töplitz en noviembre de 1963. Desde entonces, toda nueva operación se ha prohibido muy juiciosamente por el Gobierno austríaco. El reportaje más sensacional sobre este tema fue publicado por el periódico sueco Vügen Framat (30 noviembre 1963). Un tal Palmquinst «confiesa» allí que, bajo mi dirección, él retiró del lago —adónde iba cada noche en avión desde Estocolmo— numerosas cajas del «tesoro». Sacó lingotes de oro que guarda en su casa en un cofre. El mismo Palmquist presentó al reportero del Vagra Framat al redactor de otro periódico sueco, el Aftonbladet, pretendiendo que era… Benito Mussolini, con el rostro «rehecho» por un cirujano que yo había pagado personalmente con el dinero del «tesoro» de

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Töplitz, por supuesto. Este dinero me habría permitido incluso conducir al Duce a Suecia y hacerle el principal redactor del Aftonbladet. Podría citar muchos otros ejemplos de fábulas horribles al respecto. Dejémoslo así. Es evidente que desde hace quince años, un cierto número de personas han sacado provecho del pretendido «tesoro» de Töplitz explotando sin vergüenza la credulidad humana. Yo creo muy firmemente que el tesoro de la Waffen SS existe: es el valor y la abnegación con que nuestros camaradas lucharon durante esta terrible guerra. Se puede colocar la falsa moneda en el arsenal de las armas no convencionales. Pero nuestros falsificadores no habían tenido el privilegio de inventarla. No hacían más que imitar a los ingleses que, de 1794 a 1979 habían inundado Francia de falso papel-moneda, bajo el pretexto de subvencionar la guerra civil de La Vandée. De 1927 a 1932 Stalin dio la orden de fabricar varias decenas de millones de dólares en billetes falsos del Federal Reserve Bank de los U.S.A. Los billetes pasaron, sobre todo, a China, La Habana, Montreal, San Francisco, Belgrado, e incluso, a Berlín. Aquí es donde primero se apercibieron de que numerosos billetes de cien dólares eran falsos y que habían sido fabricados en la URSS. El Berliner Tageblatt, del 23 de enero de 1930, y después en New York Times, del 24 de febrero de 1933, llegaron a las mismas conclusiones: los falsos dólares venían de Rusia y se habían puesto en circulación por agentes soviéticos conocidos, lo que evidentemente era un error. Verdaderamente es una pena que no hayamos podido comprar en 1941 cargamentos de fusiles automáticos rusos. Este arma, muy manejable, que ya tiraba ráfagas de diez balas, probaba con qué cuidado habían preparado la guerra los Soviets. Daba al soldado de infantería ruso una potencia de fuego superior. También los ingleses poseían armas a la vez perfeccionadas y sencillas, y la primera la metralleta Sten, a la que era posible adaptar un silenciador. Desde que tomé el mando del batallón con destino especial, me interesé con mucha más facilidad por estas armas que recibíamos directamente de Londres. En Holanda habíamos descubierto varias redes de resistencia cuya actividad era nula, pero que permitieron a nuestros servicios especiales sostener un interesante diálogo radiofónico con el enemigo. Así fue como pude pedir a Londres un revólver con silenciador. Lo tuve quince días después por mediación del capitán holandés de un buque sueco, algo agente doble, por lo que creí entender. Todos los comandos británicos disponían en 1943 de este revólver 7.65 silencioso. Yo estaba en La Haya cuando me entregaron el arma. Abrí la ventana del despacho donde nos encontrábamos y tiré sobre una

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compañía de patos que evolucionaba en el Gracht. Apenas se oyó un silbido y los que pasaban no levantaron siquiera la cabeza. Fui el primer combatiente alemán armado con metralleta Sten con silenciador. Era evidente que un comando llevaba mucha ventaja si sus hombres, obligados a hacer fuego, podían tirar en silencio. De igual modo, en el frente, una patrulla que dispusiese de tales armas podía realizar golpes de mano sensacionales con un mínimo de pérdidas. La Sten presentaba muchas ventajas con respecto a la metralleta alemana incluso sin silenciador por muchas razones: se tardaba tres veces menos de tiempo de fabricarla, costaba cuatro veces menos cara que la nuestra, más precisa también es verdad. La Sten podía caer en el agua, en la nieve, en el barro y continuaba tirando; la nuestra se encasquillaba. ¿Por qué no fabricar la Sten silenciosa en serie? Traté de persuadir a dos oficiales superiores del Wirtschaftsund Rüstungs Amt, cuyo jefe era el general Georg Thomas. Les rogué que cenasen en Friedenthal y hablamos de una fabricación en serie de la Sten: se mostraron reticentes. Estábamos en primavera, hacía buen tiempo y después de cenar propuse a mis invitados ir a dar una vuelta por el parque. Aceptaron. Andamos un momento y, de repente, me paré y les cogí del brazo: «Perdónenme, señores, les dije, pero están ustedes muertos. Probablemente yo también.» Se sobresaltaron en la oscuridad. «¿Muertos? ¿Estamos muertos?» Detrás de nosotros uno de mis hombres encendió una lámpara eléctrica: sostenía la Sten silenciosa y mostró en el suelo los cartuchos vacíos. Había tirado una carga al aire. Ciertamente, estos técnicos del servicio de armamento se impresionaron por su muerte teórica y silenciosa. Pero esta lección de ametralladora en un parque no sirvió para nada. He aquí la respuesta que recibí de los colaboradores del general Thomas, jefe de los Servicios del Armamento y de Negocios Económicos del O.K.W.: «Es posible que en principio tenga usted razón. Sin embargo, usted mismo lo reconoce, la ametralladora Sten no es un modelo de precisión. Por tanto, nuestro Führer ha dicho y repetido que el soldado alemán tenía derecho a las mejores armas bajo todos los puntos de vista y no podemos tomar la responsabilidad de recomendar la fabricación de la ametralladora —aunque sea silenciosa— menos precisa que la que ya tenemos y que es de fabricación alemana. ¡Heil Hitler!» Hemos visto que el general Thomas no dudaba, sin embargo, en tomar ciertas responsabilidades cuyo carácter de gravedad no podría escapar a nadie.

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Evocar las exigencias de Hitler en materia de armamento para rehusar darnos armas que presentaban ventajas ciertas fue una de las formas de sabotaje empleadas con mayor éxito.

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Tercera parte

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1. Orden del Führer: «Busque al Duce y libértele». La operación Alaric La elección de Hitler.—Su poder de persuasión.—Sus recomendaciones.— Conversaciones con el general Student e Himmler.—Las ilusiones del Reichsführer.— «Usted no es el hombre que hace falta.»—Ilusiones del mariscal Kesselring.— Objetivos de Alarico.—Evasión de Edda-Mussolini, de Ciano y de sus hijos.—Increíble duplicidad del rey y de Badaglio.— Razones del profundo desaliento del pueblo italiano.—Stalin, ¡primo de Víctor Manuel!—Traición, miedo y huida del clan real.—Canaris entra en escena.—Fábula del arrestó del Papa. Dificultades de nuestras investigaciones.— Mussolini en la isla de Ponza.—Debiendo de ser entregado a los ingleses, es buscado por los americanos, que quieren capturarle.—Discurso de Churchill, a puerta cerrada, en la Cámara de los Comunes. Éramos seis, alineados a lo largo de la pared del gran cuarto. Seis oficiales. Un teniente coronel y un comandante del ejército, dos tenientes-coroneles de la Luftwaffe, un mayor de los Waffen SS y yo, que siendo el de más baja graduación, era el último de la fila. La habitación estaba iluminada por una luz indirecta que suprimía las sombras. Delante de nosotros, una larga mesa cubierta de mapas de estado mayor y de lápices de colores; una chimenea; cerca de dos grandes ventanales un escritorio y, la pared de enfrente, un pequeño cuadro enmarcado en plata: La Violette, de Durero. A mi izquierda se abrió una puerta. Entró él y pasó lentamente delante de nosotros, saludándonos brevemente con la mano abierta, gesto que se nos había hecho familiar a cada uno de nosotros por las fotografías. Primero nos miró unos instantes sin decir nada. Yo, era la tercera vez que le veía. La primera, había sido en febrero de 1936, en los juegos olímpicos de invierno, en Garmisch Partenkirchen; la segunda, estaba con mis obreros en lo alto del andamiaje, sobre el Ring vienés, cuando él hizo su entrada triunfal en marzo de 1938. Algunos pasos me separaban de él ahora. Llevaba una camisa blanca y una corbata negra bajo la chaqueta feldgraw. Sobre su pecho, la cruz de hierro de primera clase ganada en agosto de 1918 y la insignia de plata de los combatientes heridos tres veces. Su ayudante de campo, Otto Günsche, le dijo

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primero el nombre del teniente-coronel que estaba en el extremo derecho, después se presentaron sucesivamente mis otros cuatro compañeros. Cuando Hitler estuvo frente a mí, me estrechó la mano y ni un instante su mirada abandonó la mía. Me incliné y me presenté en cinco frases. Retrocedió, entonces, algunos pasos, nos observó breves momentos y preguntó: «¿Quién de entre ustedes conoce Italia?» Siguieron algunos segundos de silencio. «Yo he ido —dije— dos veces hasta Nápoles en motocicleta, mein Führer.» Silencio; y, de repente, la segunda pregunta: «¿Qué piensan de Italia?» El teniente-coronel del Ejército respondió que Italia era nuestra aliada militar e ideológica. Los oficiales de la Luftwaffe evocaron el eje Berlín-Roma y mi vecino habló del pacto anti-Komintern. Cuando Hitler estuvo frente a mí, dije solamente: «Mein Führer, yo soy austríaco.» Al oír estas palabras, se quedó completamente inmóvil y su mirada quedó fija en la mía; pero yo no pestañeé. ¿Esperaba él alguna frase más, o el silencio? Seguí callado. Había dicho todo en tres palabras: el Tyrol del Sur, nuestra lucha para encontrar la madre patria, el Anschluss. El silencio se prolongó y sentí que algo iba a suceder. «Tengo que hablar con usted, capitán Skorzeny», dijo Hitler con voz pausada. Se volvió hacia su ayuda de campo y añadió: «Los otros oficiales pueden retirarse.» Le saludó. Otto Günsche salió y nos quedamos solos. Eran, aproximadamente, las 20 horas 30 minutos, de ese 25 de julio de 1943, cuando, en la gran sala del Wolfsschanze, el Führer me dio a conocer la misión que había decidido confiarme. Sus palabras fueron, aproximadamente, las siguientes: «Mussolini fue traicionado ayer. Su rey le ha hecho arrestar. El Duce no es solamente mi aliado, es también mi amigo. Es la imagen misma de la antigua Roma y yo no puedo dejar a este gran hombre a merced de esas gentes. ¡Mussolini no desconfió de nada! Estoy seguro de que el nuevo Gobierno italiano va a cambiar de opinión y de que entregará al Duce a los angloamericanos. Después de haberlo traicionado, le venderán. Debe de impedir que se lleve a cabo semejante felonía.» Estábamos los dos de pie. Paseaba a lo largo y a lo ancho del cuarto y parecía dialogar consigo mismo. Se paró delante de mí y de nuevo me miró fijamente.

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«Hay que enterarse del lugar donde el Duce está prisionero y liberarle. Esto es lo que espero de usted, capitán Skorzeny. Le he elegido porque tengo la convicción de que puede lograrlo. Debe lograr esta operación, actualmente la más importante de esta guerra. Naturalmente, el secreto debe ser absoluto, si no, es el fracaso. Sólo cinco personas estarán informadas. Se quedará usted en la Luftwaffe, a disposición del general Student, el cual, dentro de un rato, le pondrá al corriente de ciertos detalles. No quiero que Italia llegue a constituir una trampa para mis soldados, y hay que hacer lo imposible para que todos estos falsos amigos no puedan continuar su sucio juego. Le encargó personalmente descubrir lo más pronto posible el sitio donde se encuentra cautivo Mussolini y sacarle de allí sano y salvo. Bien entendido, usted escogerá sus hombres. Le ruego que actúe rápido, muy rápido: debe comprender que de ello depende la existencia misma del Duce.» «¡Jawohl, mein Führer!» Así, pues, no se trataba de Franz, ni de Ulm, tal y como yo había pensado cuando iba a la Guarida del Lobo. Tuve un pensamiento rápido para mis camaradas, que en Berlín, y en Friedenthal, debían de estar alerta. «Otra cosa, que es quizás la más importante, continuó el Führer. Ni las autoridades militares alemanas en Italia, ni nuestra embajada en Roma deben conocer el objeto de su misión. Entiéndame bien: siendo falsa la idea que unos y otros se hacen de la situación en Italia, es de temer que actúen de forma errónea. Así, pues, secreto absoluto. Confío plenamente en usted, capitán Skorzeny: desde ahora, es usted responsable ante mí. Volveremos a vernos. Deseo de todo corazón que tenga usted suerte.» Me estrechó la mano. Prometí hacer cuanto pudiese. Se ha escrito mucho sobre la mirada de Hitler. Se ha dicho que era fascinante, hipnótica, magnética. Lo que puedo asegurar es que el Führer estaba dotado de un poder de persuasión realmente extraordinario. No era solamente su mirada la que era capaz de convencer. Sus palabras, su actitud, en fin, de toda su persona se desprendía una tuerza sorprendente. Esta entrevista no había durado más que veinte minutos y, sin embargo, me parecía que el escueto relato de los acontecimientos evocados por Hitler, se había prolongado durante horas. El Führer no me conocía más que a los otros cinco oficiales convocados. ¿Por qué me había elegido? «Porque tengo la convicción de que usted lo logrará», me había dicho. Esto me lo volvería a repetir dos veces más. ¿Por qué esta convicción y por qué yo mismo, inmediatamente después de haberlo visto, estaba convencido de que lo lograríamos? No sé. Estos fenómenos pertenecen a la «psicología desconocida». Son inexplicables. Sólo se puede constatar su existencia.

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Tenía hambre, y estaba a punto de ir a tomar unos bocadillos en el salón de té, cuando me previno Cünsche de que el general Student me estaba esperando en un cuarto contiguo. Este era un hombre jovial que había sido herido gravemente en 1941 en Rotterdam: una profunda cicatriz que le cruzaba la frente lo atestiguaba. Me acogió cordialmente y le puse al corriente de las órdenes que acababa de recibir del Führer. En ese momento, y con gran sorpresa por mi parte, el Reichsführer de los SS, Himmler, se hizo anunciar. Era la primera vez que le vía y debo decir que no le encontré simpático en absoluto. Su apretón de manos era flojo y su mirada huidiza tras sus lentes. Se entendía muy bien con el general Student, y aunque se encontraba extremadamente nervioso, supo al principio mostrarse amable y me repitió lo que el Führer me había dicho. «Pero no se trata solamente de Mussolini, explicó. Debe usted conocer todo lo que sucede, ya que allí no existe sino la traición. El complot organizado desde hace más de cuatro meses es muy grande. Tiene ramificaciones que llegan hasta Madrid, Ankara, Lisboa. El rey y el príncipe Umberto son los jefes de esta conjura y el Führer no cree ni una palabra de la proclamación del mariscal Badoglio: Italia será fiel a la palabra dada.» Himmler comenzó un discurso sobre la política italiana que yo seguí con creciente dificultad. Dudaba de todo, dijo, desde el 18 de enero de 1942, fecha en la que el general Ambrosio, comandante del 2.° Ejército, había sido nombrado jefe de Estado Mayor remplazando al general Roatta. Desde abril de este año, Abrosio preparaba el arresto del Duce, plenamente de acuerdo con el general Castellano. El gran consejo fascista, había sido transformado en emboscada bajo la orden del rey, por Diño Grandi, el conde Ciano, De Vecchi y Bottai. «¡Pero todas las cartas no han sido jugadas!, exclamó el Reichsführer. Según las últimas estadísticas, el partido nacional fascista cuenta con 4.700.000 miembros y el movimiento Dopolavoro cinco millones. ¡Existe la milicia fascista! ¡Las organizaciones de jóvenes! ¡Se puede y se debe sostener un país con semejantes fuerzas!» Himmler se hacía muchas ilusiones. Ignoraba que la milicia fascista acababa de ser pura y simplemente incorporada al ejército, y que a los dos días, el 28 de julio, el partido fascista sería prohibido. Himmler añadió que Cérica, general de los carabineros, era dudoso; resultaba imposible confiar en el general Carboni cuyas tropas están movilizadas en Koma. Felizmente, bajo la insistencia del mariscal Kesselring, la capital sería declarada «ciudad abierta». Bien es verdad que esto no la protegería en absoluto contra los bombardeos «aliados». Pero Himmler continuaba su discurso: el general Galbiati, que había querido defender a

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Mussolini delante del gran consejo, era un incapaz. Lo mismo Farinacci. La prueba: el orden del día Grandi había sido votado por 19 votos contra siete y una abstención. Polverelli, ministro de la Prensa, era una nulidad, etc… Pero el peor de ellos era Umberto. El rey y él debían de ser arrestados, lo mismo que Badoglio y otros cuantos más. «¿Sabe usted por lo menos quién es el ministro de Asuntos Exteriores?», preguntó Himmler. Confesé humildemente mi ignorancia. El Reichsführer se encogió de hombros: «¡Guariglia, el que era embajador en Ankara! ¡Creo que está claro!» Para mí, no estaba claro en absoluto. ¿Quién debía arrestar al rey y al príncipe heredero? El Führer me había dado una orden concreta refiriéndose al Duce. Pero muy pronto nos vimos sumergidos bajo una avalancha de nombres de generales de almirantes y de ministros. Himmler era inagotable. A pesar de tener buena memoria, saqué un cuadernillo del bolsillo para tomar algunas notas. «¿Se ha vuelto usted loco? —gritó el Reichsführer. Todo lo que le estoy contando es rigurosamente secreto.» Se encogió de hombros y toma al general Student como testigo de esta equivocación imperdonable. Son cerca de las 23 horas y pido la autorización para telefonear a Berlín, a fin de avisar a mi unidad. En el pasillo, mientras espero la comunicación, enciendo un pitillo. En ese momento Himmler, que sale del despacho de Student, me ve fumando y me increpa: «¡Es increíble! ¿No posee usted la voluntad suficiente para no fumar aquí? ¡Siempre esas colillas que apestan! Ya veo que no es usted el hombre que hace falta en este asunto.» No respondo y se va furioso. «Ha hecho usted bien en tomárselo así, me dice Otto Günsche. Cuando el Reichsführer está nervioso, toda discusión es inútil.» Amablemente Günsche me ofrece su propia habitación para dormir. Pero no se trata de dormir. Pido un despacho y una secretaria, lo que me conceden enseguida. En ese momento, el general Student me llama: seré su oficial y marcharé con él directamente a Roma, en avión a las ocho de la mañana (27 de julio). Al fin consigo comunicar por teléfono con el teniente Radl. Le prevengo de la imposibilidad de dormir esta noche y le transmito las órdenes: que escoja unos treinta de nuestros voluntarios y los mejores oficiales y suboficiales. Deben de ser provisionalmente transformados en paracaidistas y tener los papeles necesarios. Tienen que encontrarse a las seis de la mañana en el aeródromo de Staaken, dispuestos para embarcar. Destino secreto. Será comunicado a los pilotos en vuelo. Diez oficiales en servicio de información

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deben partir al mismo tiempo. ¡Que Radl trate de conseguir buenos muchachos! Otras instrucciones seguirán por teletipo. Siguieron. A partir de medianoche, desde Berlín, Karl Radl organizó la expedición. Cuando supo que yo había hablado personalmente con el Führer y que nos había encargado una importante misión, se quedó, me dijo, sin respiración. Cené unos bocadillos, bebí unas tazas de café y me quedé trabajando hasta las tres de la mañana. No debía volver a ver a Radl y a sus voluntarios hasta el 29 de julio en Pratica di Mare, a su descenso del avión. No olvidábamos nada, ni siquiera, entre los accesorios, las sotanas y los sombreros de cura. Ya he dicho antes que era Radl quien llevaba la maleta del «tesoro». Radl había anulado solamente una orden (procedente del Reichsführer en persona) que especificaba que nuestros hombres debían teñirse los cabellos de negro, lo cual hubiese constituido la mejor forma de hacerse notar. Llegados el 27 de julio hacia las 12 horas 30 minutos, salimos el general Student y yo hacia Frascati, a 20 kilómetros al sudeste de Koma, lugar donde el mariscal Alberto Kesselring, comandante en jefe del frente Sur-Oeste, tenía su cuartel general. Esa misma noche, tuve que acompañar al general Student a una recepción del mariscal, en la que fui presentado por el general como oficial suyo. Enseguida me daría cuenta que el Führer tenía razón: el mariscal Kesselring estaba entonces convencido de que el nuevo Gobierno real continuaría la guerra a nuestro lado, tal y como le había asegurado formalmente el mariscal Badoglio, comprometiendo, incluso, su palabra de soldado. El mariscal de campo Kesselring es uno de los oficiales generales más simpáticos que he conocido. Después de la cena, me encontré con un grupo de jóvenes oficiales que habían discutido sobre el arresto del Duce con algunos oficiales italianos de rango superior. Estos últimos juraron su ignorancia acerca del lugar donde se hallaba Mussolini, afirmando que ni el mismo mariscal Badoglio sabía probablemente nada. Manifesté con franqueza mi escepticismo, sin darme cuenta que el mariscal de campo estaba justamente detrás de mí. «Capitán, me dijo con mucha firmeza, creo en la sinceridad de nuestros camaradas italianos, y le agradecería que adoptase cara al futuro una actitud menos suspicaz. No tenemos ninguna razón para poner en duda la palabra de un oficial italiano que sirve a su rey. El Ejército italiano es nuestro aliado fiel y puede usted tener la seguridad de que continuará la guerra a nuestro lado hasta el final. El gran defecto de algunos hombres de honor es el de creer, a veces, que todo el mundo debe parecerse a ellos. Sin responder me incliné delante del mariscal. Este no conservó largo tiempo sus ilusiones: el 3 de septiembre de

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1943, en Siracusa, el general Catellanos firmaba con el general Walter BedellSmith un acta de capitulación. El 29 de julio por la noche, volví a encontrar a Radl y a nuestros hombres. Dejando a nuestros neo-paracaidistas acantonados en Pratica-di-Mare, me lleve a Radl a Frascati. Las ciudades célebres de allí son: Borghese, Aldobrandini, Monti, Bracciano, Túsculum… Fue en la ciudad de Tusculum II, barrio vecino de la ciudad, construido en mitad de la pendiente de la colina, donde establecimos nuestro alojamiento. Radl y yo ocupábamos una habitación al lado del general Student. Pude, al fin, revelar a mi ayudante que de lo que se trataba era, primeramente, de descubrir el lugar donde el Duce se hallaba prisionero y después, de ponerle en libertad cuanto antes: esa era la orden que había recibido personalmente del mismo Hitler. Pero, durante la noche del 26 al 27 de julio, una orden de la O.K.W., comunicada al general Student, nos precisaba que eventualmente deberíamos ocuparnos de las personas del rey, del príncipe heredero Umberto, del nuevo ministro de Asuntos Exteriores Guariglia, del conde Ciano, de Diño Grandi, de Acquarone ministro y consejero real y, además, de otras personalidades de Bottai, ex miembro del gran consejo fascista. Los paracaidistas del grupo Student deberían encargarse de arrestar a almirantes y generales, y, si mi memoria es fiel, el general Student hubiera tenido la penosa misión de hacer saber a Su Majestad Víctor-Manuel III que estaba prisionero. Así debería ser la operación Alarico, la cual no sería llevada a la práctica si no en caso de traición inminente del Gobierno Badoglio. Dentro del Gran Consejo, uno de los más encarnizados conspiradores contra el jefe del fascismo había sido Galeazzo Ciano, casado con Edda Mussolini, hija mayor del Duce, y de la cual tenía tres hijos. Mussolini había nombrado al conde Ciano ministro de Asuntos Exteriores. Sin embargo, el 5 de febrero de 1943, el mismo Mussolini se había hecho cargo de este Ministerio, nombrando a su yerno embajador en el Vaticano. Después del arresto de su suegro, Ciano había sido recibido por el rey, el cual le pidió que siguiera en su puesto. Pero Badoglio, que le odiaba, dio orden de vigilarle, con intención de enviarle a la isla de Ponza, de la cual posteriormente hablaremos. Edda Ciano avisó entonces a un personaje singular, al que he conocido, llamado Eugenio Dollmann. Este vivía en Roma con su madre desde hacía tiempo y pasaba por ser un gran experto de arte. Bien recibido en ciertos salones, muy cortés con las damas, aunque según decían era poco sensible a su encanto, este equívoco personaje, al cual habían nombrado general de las SS, era, en realidad, el corresponsal mundano de Himmler. El Führer había decidido que era necesario «salvar a la hija y a los nietos de Mussolini» y asegurarse de la persona de Ciano. Fue, pues, uno de nuestros agregados de embajada del Reich en Roma, el mayor Kappel, quien organizó

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«la evasión», con la ayuda del capitán Groebl, especialista del S.D. en Italia, y del capitán SS Priebke, el cual encontró la muerte posteriormente, luchando contra los partisanos de Tito. Sin razón, algunos pretenden que yo participé en este asunto del 27 de agosto. Creo que no presentó grandes dificultades. El mariscal Kesselring puso un Junkers-52 a disposición de los fugitivos que aterrizaron sanos y salvos en Muchic. No volvería yo a encontrar a Ciano si no más tarde para ser testigo de una entrevista muy penosa entre el Duce y su yerno. Este último habíase llevado consigo numerosos documentos que no fueron sino en parte publicados. Más tarde, el barón von Steengraccht, secretario de Estado de Asuntos exteriores, me diría que el «Diario» de Ciano había sido revisado y corregido: el conde había suprimido, o añadido, según el tiempo y las circunstancias, a fin de atribuirse finalmente un papel convenientemente antihitleriano. Sin embargo, yo me encuentro muy satisfecho de haber enviado a cuatro de nuestros camaradas de Friedenthal, con una camioneta a Rocca delle Camínate. Allí se encontraban Donna Rachele, esposa del Duce, y los dos jóvenes Mussolini, Annamaría y Romano, que fueron conducidos en avión a Munich donde se reunieron con su marido y su padre. Hablaré de Donna Rachele —la cual no amaba nada a su yerno— en el capítulo siguiente. Pero compadezco a los futuros historiadores que deberán descubrir la verdad en tantas Memorias y Recuerdos publicados después de la segunda tragedia mundial. Alarico (No sé quién puso el nombre del rey de los visigodos a la operación imaginada por Himmler. Este Alarico, que amenazó Constantinopla después de la muerte de Teodosio él Grande (395) y que conquistó Roma a principios del siglo V, había llegado a ser, sin duda, un personaje simbólico en el espíritu atormentado del Reichsführer. Vista desde la Guarida del Lobo, la operación Alarico, podía parecer seductora. Desde Frascati y desde Roma, teniendo en cuenta las fuerzas de las que disponíamos, se mostraba difícilmente realizable acarreándonos problemas políticos que no estábamos suficientemente capacitados para resolver.) no nos gustaba en absoluto. Si yo tenía a mi disposición unos cincuenta oficiales y soldados, nuestros cazadores especiales no era sino 40. Los 10 restantes, que en su mayoría ostentaban una graduación superior a la mía, eran oficiales de la Amt VI de Schellenberg y debían ponernos sobre la pista de Mussolini. Pero ¿cómo podríamos actuar nosotros si la prisión del Duce era descubierta en el mismo instante en que estaríamos obligados a arrestar a una quincena de personalidades políticas, «con todas las consideraciones debidas a su rango? El objetivo de Alarico era el de prever una traición que tuvo efectivamente lugar. ¿Cómo saber, en el seno de una situación verdaderamente florentina, que un aliado que ya no es tal —aunque pretende seguir siéndole— va a traicionar 227

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abiertamente? La O.K.W. debería ciertamente decidir, pero ¿cómo podría evaluarse con certeza, en la Guarida del Lobo, el momento preciso en el cual el aliado iba a convertirse en enemigo? Después de la proclamación del general Eisenhower «exhortando al pueblo italiano a sublevarse contra el ejército alemán, y ofreciendo el apoyo de los Aliados para liberar Italia» (29 de julio de 1943), recibimos una nueva lista de personas sospechosas: 70 en total. Esta lista me fue comunicada por el general Student y confirmada por el comandante Kappler, agregado de embajada y «corresponsal» de Schellenberg con el embalador Georg von Mackensen, quien debía ser reemplazado poco después por Rudolf-Rahn. Las credenciales de éste último fueron admitidas el 8 de septiembre por Víctor Manuel, siempre decidido «a continuar la lucha con nosotros hasta la victoria». A las 19 horas 30 minutos de ese mismo día 8 de septiembre, Badoglio se veía obligado a dar a conocer por radio la noticia de que el gobierno real había capitulado el 3 de septiembre en Siracusa. Ese 3 de septiembre, Badoglio en el transcurso de una patética conversación con el embajador Rahn, le había dicho: «No comprendo la desconfianza del rey hacia mí. Me siento ofendido y apenado. ¿Cree usted que un viejo soldado como yo puede ignorar la palabra de honor que hemos dado al Führer? ¡Jamás —puede usted estar seguro— renegaremos de ella!». En ese momento, por orden suya, su propio jefe de Estado mayor, Castellanos acababa de traicionarla. La historia no conoce otro ejemplo más sorprendente de duplicidad. Es necesario hacer constar que el pueblo italiano no hizo sino menospreciar esta actitud. Más tarde, en las barriadas obreras de las ciudades italianos ocupadas por los aliados, los chavales, embadurnando al mariscal Badoglio del color amarillo de los traidores, cantaron a grito pelado: Badoglio colore di olio… El rey y su séquito vivían en Roma, en Villa Saboya, que era un enorme palacio rodeado de jardines y protegido por un batallón de la guardia real. El general Student había previsto que dos o tres de sus compañías rodeasen la plaza asaltándola en el instante en el que los planeadores de un potente comando aterrizasen en los jardines. Durante los primeros días de agosto, yo temía que semejante operación resultase sangrienta, y que nuestros aliados los tomasen como pretexto para romper abiertamente una alianza que pretendían seguir manteniendo. Teniendo que ocuparme personalmente de la persona del príncipe Umberto, encontraba preferible actuar con delicadeza. Esto no era fácil. El

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príncipe heredero, ocupaba, en pleno centro de la capital, el palacio del Quirinal, inmenso edificio de unas 2.000 habitaciones. Yo sabía ya que Umberto y la princesa María José de Bélgica ocupaban cuartos separados, pero ignoraba dónde se encontraban estos. Era imposible descubrir un plano reciente; unas fotos aéreas tomadas «por error» resultaron malas, ya que una nube cubría justamente el palacio. Además, el primer piso del Quirinal está unido al palacio Colonna, casi tan grande como el anterior, por una galería que haría falta ocupar primero. Naturalmente, el Quirinal estaba también protegido por un batallón de carabineros. Una operación de fuerza, debía pues degenerar en batalla sangrienta. Me parecía más indicado organizar un pequeño comando nocturno que, con la ayuda de escaleras, se introduciría en el palacio, por la ventana de un salón que ya habíamos visto antes. Es fácilmente concebible que por todas estas razones, Alarico no nos entusiasmara. Habíamos descubierto con Radl, 14 dossiers, conteniendo los 14 planos de las residencias de las personalidades que había que neutralizar antes del día D de la traición abierta. Por la mañana, Radl y yo estábamos preparados con el uniforme de «paracaidistas» para desayunar en la mesa de oficiales de estado mayor. Después nos vestimos de civil para pasear por Roma, bien a pie, bien en un turismo puesto a nuestra disposición. Hacía un calor increíble. Como pagábamos nuestra comida del mediodía de nuestro sueldo, no podíamos comer en restaurantes caros sino raras veces. Comprendíamos más o menos el italiano y lo hablábamos un poco. Por lo cual, la mentalidad de la gente humilde que tratábamos era para nosotros menos extraña. El pueblo italiano estaba cansado de una guerra comenzada hacía 8 años, en 1935, con la difícil conquista de Abisinia. El grupo expedicionario de África Oriental constaba de 500.000 soldados y 100.000 obreros, pontoneros, bomberos, albañiles, que construirían carreteras y ciudades desaparecidas hoy ya. Desde 1937 a 1940, había sido necesario organizar y equipar estos territorios lejanos de los cuales era emperador, el rey Víctor-Manuel. Cuando el 10 de junio de 1940, el Duce había cometido la falta de declarar la guerra a Gran Bretaña y a Francia, el rey emperador había proclamado; «Confío al jefe de gobierno, Duce del fascismo, primer mariscal del imperio, el mando de las tropas en todos los frentes». Desde 1940, las tropas italianas, mal equipadas, mal alimentadas, mandadas por generales generalmente incapaces, no habían conocido más que catástrofes, en Etiopía, en la frontera francesa, en Grecia, en Albania, en Cirenaica, en Libia, en Somalia, en Eritrea, en Sudán y en Rusia en las orillas del Don. Tres años de derrotas, de enormes pérdidas — muertos, heridos, prisioneros, desaparecidos en lejanos países— y acusaciones generalmente injustas. ¿Cuántos pobres soldados italianos, que no podían hacer la pelota al ayudante de compañía, veían su turno de permiso suprimido «por

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razón de servicio»? El pueblo italiano ha estado desmoralizado por una serie de derrotas que no podía superar. Es un pueblo colectivamente capaz de grandes cosas durante los períodos de paz; durante la guerra, estas grandes cosas, el italiano las realiza individualmente. El mismo Benito Mussolini no era hombre de guerra. Cualesquiera que hayan podido ser sus errores, fue traicioneramente arrestado bajo la orden de un rey que después de la victoria de Etiopía, le había ofrecido a él y a sus descendientes el título de príncipe. «He rehusado, me diría el Duce, también el título de Duque. He respondido al rey: «Mis antepasados eran campesinos, Majestad y esto es para mi honor suficiente.» El 9 de enero de 1944, el mismo rey otorgará a José Stalin el collar de la Annonciade, que hizo al dictador soviético «primo» de Víctor-Manuel III. Stalin debió reírse mucho. La operación Alarico, llamada por algunos cronistas operación Student, no tuvo jamás lugar. El gobierno real, habiéndose entregado incondicionalmente y en secreto el 3 de septiembre a los Angloamericanos, pensaba tener tiempo hasta el 9 para desaparecer. Pero la rendición fue conocida el 8 por la tarde por Radio-Argel. El gobierno real se refugió en el ministerio de Gobierno, y después, en un cuartel de carabineros. Badoglio, medio muerto de miedo, fue el primero en dejar Roma, el 9 de septiembre hacia las 3 de la madrugada. El rey, su séquito y la mayoría de los generales le siguieron una hora más tarde. Finalmente, todos se volvieron a encontrar en las Pouilles, en Barí, «para desempeñar libremente sus deberes». La traición había tenido lugar y el nuevo gobierno podía librarse de lo que quería. Lo que a mí me importaba era descubrir el lugar donde el Duce estaba prisionero. A partir de este momento, el gobierno real italiano, era un gobierno enemigo. Así estaba más claro. De manera bastante ingenua, lo reconozco, había preguntado yo al general Student si nuestro servicio de información militar, el cual debía de disponer en Italia de numerosos agentes, no podía sernos de alguna utilidad. Ignoraba que el almirante Canaris había rehusado oficialmente «espiar a un aliado» y pretendía no tener agentes en Italia. Sin embargo, la Abwehr enviaba regularmente a la O.K.W., informes sobre la situación italiana los cuales eran comunicados hasta el escalafón de división, a los generales que estaban al mando de las unidades. A principios de agosto me fue comunicado uno de estos informes, en el cual, textualmente, se precisaba que «el cambio de gobierno en Italia era la garantía de un aumento de esfuerzos por parte de nuestra aliada para proseguir la lucha al lado de Alemania». Radl se mostró igual de escéptico que yo, y

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también supe que el mariscal Kesserling no estaba ya tan seguro de la buena fe de Badoglio. El 17 de agosto caía Messina. Aproximadamente por estas fechas, supe que el jefe de la Abwehr, el almirante Canaris, acompañado de Lahousen, se había entrevistado en Venecia con el jefe de los servicios de información militar italianos, el general Cesare Ame. La entrevista había tenido lugar en el Hotel Danieli, el 2 de agosto y al día siguiente en el Lido. Radl y yo, llegamos a la conclusión de que el informe de Canaris, había sido redactado de mutuo acuerdo con Ame. En el próximo capítulo, explicaré como descubrimos nosotros el lugar dónde Mussolini se hallaba prisionero: en la punta noreste de la Sardaña, en la isla de la Maddalena. Habíamos prevenido a la O.K.W. y debíamos liberarle el 28 de agosto. Muy de mañana el 27 de agosto salía Benito Mussolini a bordo de un hidroavión de la Cruz Roja hacia un destino desconocido. «Mala suerte», pensé. Volví a Roma y me entrevisté con el Comandante Kappler el 29 de agosto. Me enteré que durante mi ausencia, el ministro de Asuntos exteriores Guariglia, había hecho el embajador von Mackensen la siguiente comunicación: El gobierno italiano posee pruebas formales según las cuales un comando alemán prepara en Roma un golpe de Estado para el 28 de agosto, con el fin de instaurar una dictadura en Italia, con la colaboración de antiguos fascistas «Estas tropas alemanas se proponen, además, secuestrar un gran número de personas, como Su Santidad Pío XII, Su Majestad, el príncipe heredero, los ministros actuales, jefes militares de alta graduación y otras personalidades, a fin de conducirles vivos o muertos a Alemania. El gobierno de Su Majestad que, desde el arresto de Mussolini, hace y continuará haciendo todos sus esfuerzos para proseguir victoriosamente la lucha al lado de Alemania, no puede sino deplorar profundamente esta actitud. El gobierno italiano quiere asegurar al gobierno alemán su firme voluntad de aplastar en germen toda tentativa de este género. Puedo afirmar que no fue nunca cuestión de «secuestrar al rey, al príncipe heredero…», etc… «a fin de conducirlos vivos o muertos a Alemania». Las órdenes eran firmes: estas personalidades debían ser arrestadas «con todas las consideraciones debidas a su rango». En ningún caso deberían ser heridos, y aún menos ejecutados. En cuanto al arresto de Pío XII, tal cuestión no se trató nunca, en ningún momento. No oí jamás hablar de ello, ni en el G.Q.G., ni en Roma, ni en ninguna parte. Este ridículo cuento fue, sin embargo, recogido después de la guerra, por otra criatura de Himmler, el general de las SS Generale Wolff, especie de mayordomo del Reichsführer, que tuvo Dollmann como ayuda de campo en 1945. Este último, después de la guerra, se ha convertido en portero de un hotel

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de Munich, trabajo ciertamente muy honorable, pero que hay que poder hacerlo. Yo solamente sé que en otoño de 1943, la Santa Sede publicó un comunicado oficial alabando de manera especial la conducta de los soldados alemanes en Roma. Este documento fue evocado el 22 de mayo de 1946, ante el Tribunal de Nuremberg, por uno de los defensores de los acusados, el doctor Laternser. Sin embargo, pudo leerse en el diario de las tropas de ocupación americanas en Alemania, Stars and Stripes, este telegrama de la agencia Associated Press fechado en Nuremberg el 29 de enero de 1946: La reacción del Führer, cuando conoció el hundimiento del esfuerzo de guerra italiano, fue de dar la orden de «asesinar o suprimir» al Papa, arrancar de su trono al rey Víctor Manuel y liberar a Mussolini a cualquier precio. El Duce fue liberado, como estaba previsto, en el transcurso de una hazaña de alpinismo. Pero el almirante Canaris, genio del contraespionaje alemán, hizo fracasar el plan contra el Papa y el rey, ya que durante un dramático desayuno en Venecia, consiguió advertir a agentes antifascistas italianos del golpe que se preparaba. He aquí como se escribe la historia. Lo que es cierto, es que la monarquía italiana no ha podido resistir tanta duplicidad. El Duce debía decírmelo: «Hubiera debido expulsar al rey después de la conquista de Abisinia y haber instaurado una república.» Badoglio tuvo que dimitir el 5 de junio de 1944. El rey abdicó a favor de Umberto cuyo reinado no duró más que algunas semanas. El 2 de junio de 1946 fue proclamada la República italiana después de un plesbicito: 12.717.925 votos para la república y 10.719.284 para Umberto. Pero yo creo sinceramente que la Casa de Saboya se derrumbó el 25 de julio de 1943, cuando Víctor-Manuel, vestido de mariscal, hizo arrestar al Duce después de haberlo abrazado fraternalmente. El ministro Guariglia precisaba en su nota de protesta que veteranos fascistas colaboraban en nuestras empresas. Vimos a muy pocos de ellos. Los verdaderos fascistas habían sido diezmados en el transcurso de las batallas, ya que habían combatido. Los que quedaban se hallaban en el frente, en divisiones de los Camisas negras. El ejemplo de la mayoría de los miembros del Gran Consejo que habían abandonado a su antiguo jefe en la tormenta había sido seguido. Muchos criticaban a Benito Mussolini con la misma fuerza con la que antes habían militado en el seno de las organizaciones fascistas. Ya no se trataba de saber, si en 1922, el fascismo había sacado a Italia del caos y dado firmeza a un trono que se tambaleaba. No se discutía sobre los aspectos morales y sociales de la doctrina fascista, ni sobre un sistema corporativo que hacía posible el trabajo en común entre obreros, técnicos y patrones. Todo esto, como podíamos darnos 232

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cuenta no tenía ya ninguna importancia. Lo que si importaba y mucho, era el salvar sus bienes, sus intereses, y sus personas. El enemigo había tomado en el suelo de la patria: convenía pasar lo más deprisa posible del clan de los vencidos al de los vencedores. Ciertamente, como ya he dicho, el Duce no había tenido ninguna razón para entrar en esta guerra. Pero en 1939 muy pocos dirigentes fascistas se habían declarado contra la guerra, y menos aún en 1936. A éste respecto, es necesario repetir que el Diario de Ciano ha sido «retocado». En cuanto al resto, la unconditional surrender, la capitulación sin condiciones» fue impuesta al gobierno real italiano. La lectura de las Memorias de Montgomery es a éste respecto muy instructiva. Entre los militantes y dirigentes fascistas que seguían siendo fieles, algunos se escondían, otros eran acosados o asesinados por «justicieros» que saciaban así sus viejos rencores. El 23 de agosto, Ettore Muti, antiguo secretario general del partido fascista, preso en su domicilio, fue llevado a Fregene y asesinado. Fue entonces cuando Ciano tuvo realmente miedo. Scorza, perteneciente al gran consejo, y ya en libertad, parecía, según dijeron a Radl haber sido maltratado. Él no sabía nada o no quería decir nada. Era un hombre acabado. En cuanto a Farinacci, cuyo orden del día en el gran consejo no había obtenido más que un solo voto, el suyo, estaba en Alemania donde vio al Führer, a Goering, a Goebbles, a Ribbentrop, a Himmler y a otros cuantos. Era entre la juventud italiana donde podía encontrarse aún más valentía cívica, más fidelidad, y abnegación. Nosotros habíamos sabido que unos grupos de jóvenes oficiales querían liberar a Mussolini. Pero eran conocidos, vigilados, espiados y hubiéramos cometido una grave imprudencia entrando en contacto directo con ellos. Lo que yo temía, era que intentasen liberar al Duce y lo hiciesen de tal manera que el asunto fuese un fracaso. Era de temer que entonces el rey, el príncipe heredero o Badoglio entregasen inmediatamente a Mussolini a los ingleses o a los americanos. No teníamos tiempo que perder y Alarico nos lo había hecho ya perder mucho. En su COMMANDO EXTRAORDINARY; Charles Foley escribe con mucha razón: Skorzeny… a quien el embrollo político italiano apartaba de su objetivo principal, la liberación de Mussolini, supo que este último había sido arrestado a la salida de Villa Saboya el 25 de julio hacia las 17 horas y llevado no se sabía donde. Los más diversos rumores corrían a este respecto y Skorzeny pudo inmediatamente constatar que el gobierno Badoglio hacía correr las informaciones más contradictorias para dificultad la búsqueda. Los pretendidos informes secretos, atribuidos a generales, embajadores e incluso a ciertas personalidades del Vaticano, no eran sino invenciones: Mussolini estaba en una casa de reposo… seguía detenido en Roma… se sabía de fuente segura que había sido llevado en avión a Portugal. 233

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El que realmente había salido en avión para Lisboa no era otro sino Grandi. Fue gracias a la carta de un carabinero enamorado, a su novia, por lo que nosotros supimos que el Duce estaba detenido en la isla de Ponza, en la cual el ardiente carabinero, estaba en guarnición. Más tarde, Mussolini me dijo que la población de la isla, el alcalde, el médico y el farmacéutico a la cabeza le habían hecho una emotiva acogida. Pasó allí una semana entera, encerrado en una casita cerca del mar. Estaba rigurosamente vigilado, me diría él. Espiado día y noche. Los carabineros alejaban a la población civil e incluso ellos mismos eran relevados a menudo, para que no pudieran simpatizar demasiado conmigo. La alimentación era mala, pero secretamente, se me enviaba fruta. Los policías hacían guardias nocturnas alrededor de la casa, con perros especialmente amaestrados. Mis pensamientos eran para Italia, para los que continuaban luchando, para mi familia y para todos los que yo amaba y también para la ingratitud de los hombres. Estaba seguro que vosotros no me abandonaríais, pero ¿cómo podríais encontrar mi huella? Desde la casita una pequeña escalera descendía hacia el mar Tirreno cuyo oleaje alcanzaba los últimos peldaños. El 29 de julio me pareció un día muy largo: cumplía yo sesenta años. Oteaba el horizonte esperando ver aparecer a lo lejos un barco enemigo.» ¿A qué aliado del Oeste hubiera sido entregado el Duce: a los ingleses o a los americanos? La cuestión está aún en controversia. El 8 de septiembre, hacia las 18 horas, Radio-Argel anunció que «el ex-Duce Mussolini, sería entregado a los Ingleses. «Existía desacuerdo entre el príncipe Umberto y Badoglio. Según se dijo, el primero temía que llegara a existir una cierta correspondencia Churchill Mussolini. La tendencia anglófila predominaba, sin duda, alguna en el seno del clan real, y es lo que explica quizás también un hecho desconocido hasta el momento: los americanos buscaban también el lugar dónde el Duce estaba prisionero. Después de la guerra, tuve el placer de conocer a un Americano muy simpático, Johnny Ringling North, propietario del circo más grande del mundo. Me contó que «por orden del alto mando», su hermano Henry, capitán de comando en la armada U.S.A., había recibido la misión, el 9 ó 10 de septiembre de 1943, de adueñarse de la persona del Duce, que estaba detenido en la isla de Ponza, según los servicios de información U.S. Pronto encontré a Henry Ringling North en persona, el cual era tan simpático como su hermano y me contó su aventura con todos los detalles: «Desembarqué en Ponza, me dijo, el 11 de septiembre de 1943 al frente de mi comando. Los italianos habían llegado a ser grandes amigos nuestros, y yo esperaba que todo transcurriera pronto y bien. Pero con gran sorpresa por mi

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parte los carabineros asombrados y suspicaces, me hicieron saber que el Duce no se encontraba allí, desde el día 7 de agosto por la mañana. Durante la noche del 7 al 8 y hacia las tres de la madrugada había salido a bordo del viejo torpedero francés Pauthére, hacia un destino desconocido. —Hacia la isla de la Maddalena, donde además ya no se hallaba… —¡Yo no tenía ni idea! Al principio incrédulo, tuve que rendirme a la evidencia. Puede usted adivinar lo que pensaba yo entonces acerca de nuestros servicios de información. En resumen, pasé la noche en la isla con mi comando esperando órdenes. Al día siguiente, el estado mayor de los carabineros fue informado de que el comando del cual usted era el jefe, acababa de libertar a Mussolini, prisionero en el Gran Sasso. Enseguida fuimos considerados como sospechosos. Los carabineros de Ponza, informados, sin duda, por sus superiores, de que yo podía muy bien ser el jefe de soldados alemanes disfrazados de Americanos, no podían suponer que nosotros hubiésemos llegado aún más tarde que los carabineros de Offenbach. Yo mismo me encontré pues durante algunas horas prisionero en la isla.» Esta graciosa situación, inverosímil, sostenida como un diálogo de sordos a la italiana y que hubieran podido imaginar Plauto o Goldini, se esclareció finalmente. Henry Ringling, que tenía mucho sentido del humor, me describió ingeniosamente ciertas peripecias extraordinariamente cómicas. Si yo hubiera dado fe a las informaciones obsequiosamente transmitidas por Canaris a la O.K.W., una aventura semejante me hubiera acontecido también. Pero Radl y yo teníamos ya la convicción de que el almirante no era demasiado franco. En cuanto a los servicios de información U.S. funcionaban aún de una manera muy imprecisa y con un retraso considerable. Los temores de Mussolini estaban muy justificados. Varias veces, el general Castellano ha negado que el gobierno real haya tenido nunca la intención de entregar a Mussolini a sus amigos, y Badoglio ha hecho idénticas declaraciones. Hoy se sabe, sin embargo, que el Duce debía verdaderamente ser entregado. Desde el 21 de septiembre de 1943 ya Winston Churchill había precisado en el transcurso de un debate a puerta cerrada en la Cámara de los Comunes: La rendición sin condiciones supone, evidentemente, la entrega de los criminales de guerra a los vencedores. Pero una cláusula especial había sido igualmente prevista, relativa a la persona de Mussolini. No nos ha sido posible, sin embargo, el divulgar esta cláusula antes del desembarco y del armisticio: hacerlo, hubiera sido dar a conocer las intenciones del gobierno italiano al enemigo que se entrometía en todos los asuntos del Estado y conservaba las riendas del mando… tenemos todos los motivos para creer que Mussolini estaba en lugar seguro y bien guardado; el mismo gobierno Badoglio estaba muy interesado en hacerle imposible la evasión. Según se afirma, Mussolini estaba persuadido de que sería entregado a los Aliados. Esta era, ciertamente, nuestra intención 235

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y la hubiéramos realizado si no se hubiesen presentado diversos contratiempos. Las medidas tomadas por el gobierno Badoglio con respecto a Mussolini eran minuciosamente estudiadas y desde todo punto excelentes; no había previsto, sin embargo, un descenso de paracaidistas como el efectuado por los alemanes en el Gran Sasso. Hay que resaltar que Hitler había enviado a Mussolini las obras de Nietzsche y algunos opúsculos a fin de distraer su cautiverio: estaba, pues, perfectamente al corriente del lugar y de las condiciones de su detención. La empresa fue en extremo audaz y realizada sin escatimar ningún medio. Está, pues, comprobado que la guerra moderna lleva en sí numerosas posibilidades de este tipo. No creo que haya negligencia o traición por parte del gobierno Badaglio, el cual había jugado su última carta. Los carabineros de guardia habían recibido la orden de matar a Mussolini a la menor tentativa hecha por parte de los alemanes para liberarle. Un gran número de paracaidistas alemanes desembarcados en el Gran Sasso les imposibilitaron el cumplimiento de su misión tomándoles como responsables de la salud y del buen trato del prisionero.20 Churchill tampoco dio a conocer esta cláusula del armisticio después del 8 de septiembre. Se equivoca cuando pretende que el Führer conocía la prisión del Duce: las obras de Nietzche ofrecidas a Mussolini por el Führer con ocasión de su sesenta aniversario, fueron entregadas por el gobierno Badaglio. En fin ya veremos como no hubo, en el Sasso, ningún «descenso de paracaidistas» de grandes proporciones. De hecho el cautiverio del Duce acabó cuando 18 soldados que no eran paracaidistas, cayeron del cielo y pasaron a la acción en el interior del hotel del Campo Imperatore. Ahora veremos cómo.

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El documento ha sido publicado, sobre todo, por J. de la Launaj en Les Demiers Jours du fascisme (París 1968) y por André Brissaud en La Tragedie de Verone (París 1971) Brissaud cita este pasaje de una carta de Roosevelt a Churchill, fechada el 26 de julio de 1943: «Pienso que es necesario obtener la entrega del gran jefe de los demonios (Mussolini) y la de sus principales cómplices.» Launay y Brissaud citan igualmente el testimonio del capitán Hottl, del cual Otto Skorzeny ha hablado ya en el capítulo «Operaciones imaginarias (libro II). La obra de Hottl, escrita bajo el seudónimo de W. Hagen, Unternehmen Bernhardt contiene numerosas inexactitudes. Primeramente Hottl se toma por la sección VI E del servicio extranjero de Schellenberg. Estaba dirigido por el comandante Wilhelm Bruno Wanneck. Hagen-Hottl no hizo en Italia sino dos cortas estancias relacionadas con la marcha de Ciano y de su familia. No conoce la expedición del Gran Sasso sino de oídas. La liberación del Duce costó, según él, 50.000 falsas libras esterlinas. ¡Hottl añade simplemente un cero a la derecha de la cifra de la suma confiada a Radl y de la cual la mayor parte fue devuelta a la administración del departamento VI. En 1943, 50.000 libras eran una gran cantidad. El gastar mucho dinero para obtener informaciones hubiera sido el medio más seguro de dar la alerta a las diversas policías italianas. En fin, Hottl-Hagen reprocha a Otto Skorzeny «el haber aterrizado el primero», lo que es el colmo, ¡y de haber cometido gran cantidad de errores que hubieran podido hacer fracasar la misión, pero, sin embargo, pretende hacer propuesto a Skorzeny para la cruz de Caballero! Nadie más que Hagen poseía cualidades para proponer tal cosa, y sucede que Otto Skorzeny fue condecorado el mismo día de la liberación del Duce en Viena, hacia media noche, bajo la orden personal del Führer, quien igualmente le informó por teléfono.

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2. En busca del Duce —Pitonisas y Abwehr— Warger, el abstemio, se hace el borracho.—Me zambullo con un Heinkel: tres costillas rotas.—Mussolini en la isla de la Madalena.—La O.K.W. nos ordena buscarle ¡«en un islote cerca de la isla de Elba»!—Consigo convencer a Hitler.—«Si fracasa, Skorzeny, estaré obligado a desaprobarle».—Cuatro días perdidos: El Duce no está ya en la isla de la Madalena.—Informaciones corroboradas: El Duce está en el Gran Sasso.—Operación decidida: el estado-mayor de Student, prevé un 80 por 100 de pérdidas técnicas.—Confusión de las fuerzas armadas italianas.— Llamamiento de Roosevelt y "de Churchill a la insurrección, la cual se evita gracias a la sabiduría del mariscal Kesselring.—Un incidente desagradable.—De parte del general Student, comunico al mayor Mors el plan y el objetivo de la operación.—El capitán Mandel pone fuera de peligro a Donna Rachele, a Anna María y a Romano Mussolini.—El plan.—Pesadilla del general Soleti.—Student: «estoy seguro que cada uno cumplirá con su deber».—Bombardeo y despegue a la hora H. Gobernar se dice que es prever o adivinar. El Reichsführer Himmler creía en los Adivinos. Puedo asegurar que Hitler no creía en ellos. He leído que el presidente Poincaré consultaba en secreto a Mme. Fraya, una gran vidente que la célebre Mme. de Thébes, aconsejaba a Edouard Daladier, y que Winston Churchill hacia mucho caso a un «mago Ludwig von Wohl, refugiado austríaco. Es posible que este Wohl haya dado sobre todo a los astros un lenguaje estaliniano. En cualquier caso, Himmler consultó adivinos y astrólogos para que le revelasen el lugar donde se hallaba prisionero el Duce. Ignoro los procedimientos adivinatorios, que en tal circunstancia fueron al servicio del Reichsführer. Lo que si es cierto, es que en Italia, ni los posos de café, ni el tarot, ni la bola de cristal, nos fueron de ninguna utilidad. El 10 u 11 de agosto averiguamos que Mussolini había salido en un barco de guerra de la isla de Ponza hacia destino desconocido. El general Student me comunicó entonces por medio de un telegrama de la O.K.W., que el Duce estaba detenido en el Puerto de la Spezia a bordo del crucero Italia. Un telegrama de Himmler precisaba que debíamos prepararnos cuanto antes, para liberar a Mussolini. Me parecía imposible conseguir un barco para atacar careciendo de buenos cómplices a bordo. Hechas ciertas averiguaciones, la información de la

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O.K.W. de Himmler apareció como totalmente falsa. ¿El astrólogo, Canaris, o los dos? Según escribe Radl hacia el 15 de agosto, una serie de informaciones concordantes nos permitieron descubrir una pista interesante en el norte de Cerdeña. Averiguamos que algunos militantes fascistas se encontraban detenidos en el islote di Pocco y que estaba preparado un campo de concentración en la isla vecina de Caprera. En fin, de fuente digna de crédito, supimos que la guarnición de la isla de la Madalena, enclavada en la punta noreste de la Cerdeña, había sido repentinamente reforzada. Nos informaba el capitán de fragata Hunaeus, quien nos servía de enlace con el mando italiano del puerto de Santa Madalena. Discutimos el asunto con el general Student y convinimos en que el capitán Skorzeny se desplazaría allí para enterarse de todo, acompañado por el único de nuestros oficiales que hablaba italiano a la perfección, el sub-teniente Warger… Otto Skorzeny decidió que Warger comería en las tascas de Santa Madalena y se haría pasar por borracho. Desgraciadamente, por una especie de fatalidad, de todos los voluntarios de Friedenthal, el único abstemio era el sub-teniente Warger. Skorzeny y yo pusimos manos a la obra para enseñarle a beber; antiespumante, grappa, chianti, en grandes dosis. Le ayudamos un poco para darles ánimos. Se mostró, al principio, extraordinariamente rebelde a los efectos de toda clase de bebidas alcohólicas. Pero el deber ante todo. En Santa Madalena, Warger debía representar a la perfección su papel de marinero bebido. Warger y yo, cogimos un Heinkel-111 en Ciampino, cerca de Roma, el 18 de agosto, rodamos hacia el aeródromo de Vieno Fiorita, en Cerdeña. Hunaeus había dejado allí su coche, y a través de una carretera de montaña, pronto recorrimos los 80 km. hasta Palau. Allí el comandante de los dos batallones la D.C.A. alemán, me hizo saber que Mussolini había sido llevado enfermo al Convento-hospital del Santa-María, pequeño pueblo situado en la carretera por la que acabábamos de pasar. Yo no había visto a ningún carabinero en el cruce, lo cual parecía extraño. Hunaeus había oído hablar de una tal villa Weber o Webber, situada en las afueras de la Madalena. Desde hacía algunos días se encontraba amarrado en una caleta, un hidroavión blanco de la Cruz Roja. Sin poner totalmente al corriente de mi misión al capitán Hunaeus, obtuve de él que alojase a Warger disfrazado de marinero y le hiciese pasar por intérprete suyo. Cuando volví a Vieno Fiorita pedí al piloto que sobrevolásemos la Madalena. Quería obtener una visión de conjunto de la isla y de la costa de Cerdeña, y sacar algunas fotos. Me instalé en la carlinga de proa y estaba acabando mis observaciones cuando oí la voz del ametrallador de cola: ¡«Cuidado! ¡Dos cazas inglesas detrás!». Con el dedo puesto en el gatillo del cañón, esperé el ataque. En ese momento, se paró el motor izquierdo y el avión entró en picado. Chocamos violentamente con el agua. Perdí el conocimiento por unos instantes, pero pude luego zambullirme para recuperar

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mi máquina fotográfica y mi cartera, mientras que el piloto y su compañero conseguían sacar el bote neumático. Pudimos salvar a los otros dos miembros de la tripulación antes de que el Heinkel se hundiese. Nos encaramamos a un escollo, del cual horas más tarde, nos recogió un crucero auxiliar de la D.C.A. italiana. Yo estaba herido en el brazo derecho y tenía tres costillas rotas. El comandante del crucero se portó muy bien, pero yo no llegué hasta las 23 horas a Bonifacio, en Córcega, isla entonces ocupada por unidades italianas y perdí aún bastante tiempo para llegar a Bastia, en el norte de la isla, y hablar con el general de nuestra brigada de los Waffen SS. El Heinkel no había sido derribado por el caza inglés, sino que no había podido resistir la gasolina italiana que el piloto había puesto en Vieno Fiorita, en contra de mis consejos: ¡algunos días más tarde, un análisis demostró que la gasolina contenía un 30 por 100 de agua! En Frascati me esperaba Radl. Al no tener noticias mías, habíase presentado el día 18 al anochecer en el G.Q.G. del general Student donde un coronel le dijo: «¿Sabe que Skorzeny ha caído a} agua?» Sorpresa de Radl. ¿Por qué no ha sido inmediatamente avisado? El coronel encoge los hombros y Radl le pregunta: «¿Qué significa caído al agua? ¿Quiere usted decir que el Heinkel-111 ha caído al mar…? ¿Pero dónde? ¿Cuándo? ¿El capitán y la tripulación se han salvado? No saben nada. Es poco probable que yo haya sobrevivido ya que de cada cien Heinkel-111 que caen al mar sólo una tripulación se salva. Enseguida Radl pidió una entrevista con el general Student quien carecía de más noticias. ¿Y si la O.K.W. diese la orden de realizar Alarico? Entonces —declara el general— será necesario que «todo salga perfectamente». Sólo el 20 de agosto se entera Radl de que hemos logrado salvarnos. Al día siguiente estoy de vuelta en Frescati, donde me informa Kappler, que Edda Ciano, recién llegada a Alemania ha escrito a su padre a la isla de la Madalena. Se decide en principio una expedición, de mutuo acuerdo con Student y con nuestra marina, y teniendo en cuenta el mensaje de Warger que naturalmente se había quedado en su puesto para vigilar la villa Weber: ha visto a Mussolini. El 23 de agosto, salimos Radl y yo a bordo de otro Heinkel-111, de Practica di mare hacia Vieno Fiorita, desde donde llegamos enseguida a la Madalena. Warger había apostado con un hortelano a que Mussolini había muerto. A fin de ganar la apuesta, el verdulero le había hecho ver desde lejos, al Duce sobre la terraza de la villa. Le contamos a Hunaeus el secreto —bajo nuestra responsabilidad— y volvemos a Frascati para preparar la expedición con el consentimiento de Student y la colaboración de la Kriegsmarine. Es entonces cuando recibimos de la O.K.W. el siguiente telegrama:

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Según informe comunicado por Abwehr, Duce prisionero sobre islote, cerca isla de Elba. Capitán Skorzeny debe inmediatamente preparar operación aérea. Señalar final de los preparativos a O.K.W. que fijará fecha de acción. A continuación de este sorprendente telegrama, pido acompañar al general Student al Cuartel General de Hitler, donde había sido llamado a fin de explicar al mismo Führer, si era posible que el Duce estuviese en la Madalena y no en otro sitio. Volví a encontrarme en la Guarida del Lobo, en la misma sala donde algunas semanas antes, el Führer me había dado la orden de encontrar y liberar a su amigo. Pero alrededor de la gran mesa, se hallaban también presentes los principales dirigentes del Reich: a la derecha de Hitler, el mariscal Keitel y el general Jodl; a su izquierda, el ministro de Asuntos Exteriores von Ribbentrop, Himmler, el general Student, el gran almirante Doenitz y el mariscal Goering. Tomé asiento entre este último y el general Jodl. Inmediatamente el general Student me concedió la palabra. Al comenzar el informe, confieso que tenía un poco de miedo, pero conociendo a fondo todo el asunto como lo conocía, expliqué de la forma más clara y sencilla posible, de qué manera habíamos llegado a la conclusión de que el Duce se encontraba verdaderamente en villa Weber en Santa Madalena. Tuve que citar los sufrimientos de nuestros abstemio Warger. Goering y Doenitz sonrieron y si la mirada de Himmler continuó de hielo tras sus lentes, la del Führer tuvo un pequeño destello irónico. Se levantó y me estrechó la mano: «¡Le creo capitán Skorzeny! La operación concerniente al islote cerca de Elba está abandonada. Veamos su plan con respecto a la isla de la Madalena.» Eché una mirada a mi reloj de pulsera y me di cuenta de que había hablado durante media hora. Expuse entonces el plan que había preparado y que pude explicar mejor por medio de croquis. Hitler, Goering y Jodl me interrumpieron para hacerme unas preguntas: en ese momento sentí que yo había ganado. El plan preparado con Radl y la Kriegsmarine consistía en actuar al alba, esto nos ayudaría a tener éxito. La víspera, del ataque bajo pretexto de una visita de cortesía, una flotilla de lanchas rápidas armadas con dos torpedos y dos cañones de 20 mm. anclaría en el puerto de Santa Madalena. Seguiría allí al día siguiente cuando, y de improviso vendrían a reunirse con ella, dragadores de minas, situados en Palau —frente a la Madalena— llevando a bordo a los hombres de mi comando y a los combatientes SS de la brigada de Córcega. Desembarcaríamos en formación cerrada, cubiertos por las lanchas, pero dando la impresión de una tropa en maniobra o en visita, ya que se trataba de llegar lo más cerca posible de villa Weber sin derramamiento de sangre. Después actuaríamos según las circunstancias, ya que la villa estaba noche y día 240

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guardada por más de 150 hombres, entre carabineros y policías —necesitaba las lanchas rápidas del capitán de fragata Max Schulz que estaba al mando de la división Mediterránea de contra-torpederos, algunos dragaminas y una compañía de la brigada Waffen SS de Córcega. Nuestras baterías de D.C.A. de Córcega y Cerdeña, debían apoyarnos. Una reacción tardía de la D.C.A. italiana era de temer. Los cables telefónicos, que unían la villa a un cuartel donde se encontraban de guarnición 200 oficiales-alumnos de la Marina Real Italiana, serían cortados naturalmente. Un destacamento inutilizaría los dos cazas italianos que acompañaban al hidroavión de la Cruz Roja en cada uno de sus vuelos. El Führer aprobó este proyecto. El gran-almirante Doenitz debería de dar las órdenes necesarias las unidades de la Kriegsmarine y la operación entera estaba confiada a mi mando. Hitler me tomó aparte: «Una palabra aún Capitán Skorzeny, es posible que en el preciso momento en que le dé la orden para realizar esta operación, el nuevo gobierno italiano, siga siendo, oficialmente al menos, nuestro aliado. En este caso, si fracasa, y con gran pesar por mi parte, me veré en la obligación de desaprobarle. Habrá usted actuado bajo su propia responsabilidad, engañando a sus superiores, y deberá sufrir las consecuencias. Pienso que comprende usted porque me sentiré obligado, muy a pesar mío, a censurarle en el caso de que llegue a fracasar». Comprendía muy bien y se lo dije. Después de haber respondido algunas preguntas del gran-almirante y asegurado a Goering que había comprobado que el Heinkel-111 podía utilizarse también como submarino», lo que le divirtió mucho, iba a retirarme cuando se me acercó el Führer. Me estrechó con calor la mano y me miró a los ojos. «Usted lo logrará finalmente, Skorzeny —me dijo—. Estoy seguro». Yo no debía lograrlo el 28 de agosto en Santa Madalena, ni felizmente tampoco, emprender realmente la operación, habiéndome enterado a tiempo el 27 de agosto por la noche —que el Duce había salido muy de mañana, a bordo del hidroavión de la Cruz Roja. Como ya he dicho, a nuestro regreso de Santa Madalena a Roma, el 29 de agosto, nos enteramos de la nota de protesta entregada a Mackensen por Guariglia, precisando que los alemanes preparaban un golpe de Estado para el 28. Esta era la fecha en la cual habíamos previsto liberar al Duce, y no la de Alarico que no fue jamás fijada. El informe de Canaris, concerniente «a la fidelidad infalible al Eje del gobierno real, nos había parecido, sobre todo, ridículo. Cuando supimos que el Duce había salido de Ponza, un telegrama de la O.K.W. nos había dirigido hacia la Spezia, al crucero Italia, a bordo del cual debía de hallarse Mussolini: esto era

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falso. De nuevo encontrada la pista, esta nos había conducido a Santa Madalena. La O.K.W. había afirmado entonces que el Duce se hallaba detenido en un peñón cerca de la isla de Elba. También esto era falso. Habíamos perdido unos días decisivos. Yo había conseguido persuadir al Führer de que realmente Mussolini se encontraba en Santa Madalena, desde donde, como por casualidad, se le había hecho salir la víspera de una tentativa, cuya fecha no era conocida sino por muy poca gente y que había sido recientemente fijada. ¿De dónde salían los informes? Supimos por Kappler, que el general Ame, jefe del S.R. italiano antiguo amigo conocido del almirante Canaris, tenía fama desde hacía tiempo de ser un buen antisfascista. También descubrimos que el jefe de información de la marina real, el almirante Maugeri, que acompañaba al Duce a bordo de la corbeta Persefone desde Gaeta a la isla de Ponza, era un buen amigo de Ame y de Canaris. Maugeri recibió después de la guerra una condecoración americana en pago a sus buenos y desleales servicios. También pudimos darnos cuenta de que alrededor del general Student las cosas no iban muy bien. Nos había sorprendido mucho el constatar que en el estado mayor de un cuerpo elitista no faltaban los derrotistas. Desde nuestra llegada a Frascati, un mayor nos había preguntado irónicamente si no sabíamos que la guerra estaba ya perdida, y después del chasco de la Madalena podríamos constatar bastantes veces, que no ponían ninguna buena voluntad en ayudarnos. Parecían considerarnos como a unos insensatos persiguiendo un objetivo quimérico. Hablamos de ello al general Student. Con gran sorpresa nuestra este no ignoraba nada del curioso estado de ánimo de algunos de sus colaboradores. No obstante nos dijo que no podía prescindir de ellos. «La formación de un paracaidista —nos dijo— exige un entrenamiento especial y técnico. No se puede improvisar un oficial y la gente de la que están hablando y que conozco mejor que ustedes han saltado en Narvik, Ebben Emael, en Rotterdam y en Creta. Y estoy seguro de que siguen sirviendo correctamente». —Entonces fue cuando Radl, que era muy sincero, habló: «Permítame general, el hacer constar que un oficial no puede servir eficazmente en una guerra, si ya da ésta por perdida. Es una mentalidad que no comprendemos ni comprenderemos jamás». Hice lo posible para que la conversación tomase otro rumbo. Debía acompañar al general Student a Vigna del Valle, sobre el lago Bracciano, al norte de Roma. Allí encontré casualmente la pista del hidroavión de la Cruz Roja, llegado el 27 de agosto de la Madalena. Después de descartar una buena cantidad de pistas falsas, que conducían a Hospitales, a Perusa, al lago Trasimeno… informaciones concordantes nos

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probaron que el Duce había desembarcado del hidroavión en Vigna del Valle y había sido llevado en una ambulancia al macizo del Gran-Sasso. El mensaje de radio de un tal general Cueli, inspector general de policía, captado por los servicios de Kappler, nos demostró finalmente que la pista verdadera era la que conducía del lago Bracciano al Gran Sasso. Este general era el jefe de las fuerzas militares y de la policía que guardaban al Duce en un hotel-refugio para esquiadores, construido recientemente, a 2.112 metros de altitud, el Albergo Campo Imperatore. El acceso hasta él, sólo podía hacerse por teleférico. Nos hacían falta fotos aéreas. El general Student ordenó a su oficial de información, el capitán Langguth, que utilizase un avión de reconocimiento aéreo, dotado de una doble cámara de fotos automática. Pero el aparato se encontraba en Nancy y la toma de fotografías fue retrasada del 6 al 8 de septiembre. El piloto solamente sabía que debíamos de sobrevolar Rimini, Ancóne y Pescara hasta Rávena, y volver por la misma ruta que pasa por encima de los Abruzos y del Gran Sasso (2.900 metros de altitud). Langguth tenía que sacar las fotos. Apenas estuvimos a bordo, nos explicó que las cámaras automáticas no funcionaban y que no había habido tiempo para repararlas. Radl y yo nos miramos asombrados. De manera desenvuelta, Langguth, nos enseñó el manejo de un pesado aparato de fotos en el que había que dar vuelta a una manivela para hacer avanzar el carrete. No tenía intención de hacer él las fotos. Bien que mal, a la ida tuve que sacar yo las fotos. El avión volaba a 5.000 metros de altura, a 370 km/h. y con una temperatura de —8º. Yo estaba en mangas de camisa, el torso medio sacado de la cabina por la escotilla del suelo de la Carlinga trasera, mientras que Radl, sentado sobre mis piernas, me impedía caer al espacio. Para hacerme entrar en la carlinga el copiloto tuvo que ayudar a Radl, que no podía levantarse. A la vuelta fue él quien tomó mi puesto. Acabamos el viaje completamente helados. Las fotos así obtenidas nos engañaron en cuanto al relieve del aérea de aterrizaje que pensábamos utilizar sobre el Campo Imperatore. Fue además una suerte para nuestra empresa, que la doble cámara gracias a la que se obtenían fotos stereoscópicas, no funcionase. El general Student se hubiera dado cuenta, de que el terreno era tan inclinado como un trampolín de Ski, y estaba sembrado de rocas; seguramente hubiera prohibido la operación. Sin quererlo, el capitán Langguth nos hizo un favor. A partir del 8 de septiembre por la noche, hicimos nuestros planes con Radl. El medio normal de acceso al albergue-refugio era un teleférico que salía de Assergi. Unido telefónicamente, estaba vigilado por arriba y por abajo. Podía

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ser inmovilizado o totalmente inutilizado en los dos extremos. En estas condiciones, el efecto sorpresa necesario, era imposible. Escaladores lanzados al asalto de las pendientes abruptas de la montaña hubieran sido inmediatamente descubiertos. Ni en teleférico ni a pie, podíamos tener éxito. Dudábamos, además de que hubiesen sido dadas órdenes para que el Duce fuera ejecutado, en caso de que sus guardias juzgasen que íbamos a liberarle: al menos sobre este punto Winston Churchill dijo la verdad, en septiembre de 1943 en la Cámara de los Comunes. Una operación de paracaidistas hubiese presentado los mismos inconvenientes graves, y con el aire enrarecido y las corrientes aéreas, las caídas hubiesen sido rápidas e imprecisas. El empleo de helicópteros, parecía imponerse, pero el centro de Erfürt, no tenía ninguno para dejarnos. Quedaba pues la operación aérea, que estudiamos inmediatamente con Karl Radl y después, con el general Student y su estado-mayor el coronel Trettner, el mayor Colani y el capitán Langguth, que nos ocultaron su escepticismo. Propusimos el aterrizaje sobre la «pradera» del Campo Imperatore, con 12 planeadores DFS-230, En cada planeador irían nueve hombres más el piloto. Así podríamos disponer en principio de 108 combatientes. Pero Student y su estado-mayor me hicieron ver que a más de 2.000 metros, el enrarecimiento del aire, hacía muy peligroso el aterrizaje de los planeadores. Una actuación semejante no había sido jamás intentada. Nos predijeron un 80 por 100 de pérdidas técnicas. Es decir, que debíamos lanzarnos a la lucha contra más de 200 carabineros, disponiendo naturalmente de ametralladoras, armas automáticas, granadas, etc… con solamente unos 20 hombres válidos. Student juzgaba muy difícil el asunto. Además sería necesario que los pilotos de los planeadores evitasen el aterrizaje en vertical. «Sería —me dijo el general— un verdadero suicidio y prohíbo formalmente un aterrizaje semejante.» Los carabineros constituían un grupo de voluntarios disciplinados. Su estado de ánimo —que nosotros no ignorábamos— era muy diferente del ejército italiano y la mayoría de los oficiales deseaban dar garantías al nuevo régimen. Estaba seguro de que si tuviesen tiempo y posibilidades combatirían. Hacía falta pues que la sorpresa fuese total y que en menos de cinco minutos, el Duce se encontrase en seguridad entre nosotros. Además el Führer me había dado una orden y yo quería cumplirla lo mejor y más pronto posible. Y no quería que otra vez, los italianos nos escamoteasen el ilustre prisionero. El 80 por 100 de pérdidas técnicas me parecía una evaluación extraordinariamente pesimista, ya que ningún planeador había aterrizado a esta altitud. ¿Cómo podía cifrarse de una manera tan precisa las probables pérdidas? Tras una larga discusión con el jefe de

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estado mayor y con el capitán Langguth —que había saltado en Ebben Emael— declaré: «Estoy dispuesto señores a ejecutar cualquier otro plan que sea mejor que el nuestro». Finalmente el general Student dio su consentimiento a la operación que yo proponía, con la condición expresa de que los planeadores efectuasen un aterrizaje en desliz, sobre el terreno situado delante del hotel-refugio. Mientras hacíamos nuestros planes, la confusión más grande reinaba en Roma. A la alegría popular provocada por el anuncio del armisticio separado la noche del 8 de septiembre de 1943, habían seguido las manifestaciones hostiles de los unos, las huidas desesperadas de los otros y el desconcierto de las fuerzas armadas. En la ciudad, declarada abierta y abandonada por el poder real las alertas eran cotidianas. Los ingleses y los americanos no ahorraban bombas. Felizmente ni las divisiones italianas ni la población civil habían obedecido las órdenes de Badoglio, quien antes de su huida en la madrugada del 9 de septiembre, había encargado el ejército, «resistir enérgicamente a toda tentativa de agresión» por nuestra parte. La radio aliada, y el 11 de septiembre, Roosevelt y Churchill en persona, incitaron al pueblo italiano a sublevarse contra nosotros. ¿Eran conscientes estos dos hombres de Estado de la responsabilidad que asumían? Era una llamada, sin disfrazarla la insurrección armada de tipo comunista. Pero la población civil no siguió a los dirigentes marxistas que habían recibido armas del general Carboni. Bajo una orden personal mía, a partir del 8 de septiembre, los voluntarios de Friedenthal —presuntos paracaidistas— formaron una pequeña unidad mandada por el alférez Menzel y Schwerdt, quien en Arida reforzó el batallón de paracaidistas del mayor Mors. En la mañana del día 9 una operación con paracaidistas en aviones Ju-52, falló por muy poco. El mando supremo italiano había huido ya. Los paracaidistas de la división Student, fueron aislados y rodeados por las tropas italianas; pero todo se arregló rápidamente ya que los paracaidistas» alemanes supieron enseñar los dientes. Consiguieron salir del asunto con honores de guerra y en posesión de sus armas y llegar a su acuartelamiento. ¿Por qué los soldados italianos, cansados de combatir contra los ingleses y los americanos, habían, de repente, luchado ferozmente contra nosotros? La mayoría estaban hartos ya de la guerra. El mariscal Kesselring fue lo suficientemente hábil como para desarmar a las desconcertadas divisiones italianas, unas después de otras y los oficiales del rey que querían combatirnos, fueron mediocremente obedecidos. Breves escaramuzas tuvieron lugar en Roma, y a unos veinte kilómetros al Sudeste, en Albano y en Alicia. En esta última ciudad, nuestros falsos paracaidistas, no encontraron Egeria, sino a dos baterías de artillería italiana, que fueron

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rápidamente desarmadas. Los hombres de Menzel iban a pie. Se adueñaron, pues, de camiones y de coches en excelente estado, con los cuales regresaron a su acantonamiento de Frascati. Este episodio fue el comienzo de un incidente desagradable, del cual más tarde diré dos palabras. Al día siguiente, 10 de septiembre, Kesselring recibía la rendición de todas las tropas de Roma y de la región, mientras que a los jefes de unidades de carabineros y de la policía municipal se les hacía responsables del mantenimiento del orden. Así pudieron ser evitadas sangrientas luchas callejeras, desórdenes espantosos y, sin duda, algunas destrucciones y pillajes. No estoy seguro de que no hubiera tenido lugar la insurrección romana de haberse hallado otro comandante en jefe en el puesto de Kesselring. El mariscal no me hizo reproches por haberle escondido el objetivo de mi misión cuando el general Student me presentó a él como oficial del cuerpo de paracaidistas. Supo que yo no había hecho sino obedecer órdenes del Führer y cuando le volví a ver después de la liberación del Duce, me felicitó de una manera que me emocionó mucho. Albert Kesselring fue, a mi juicio, uno de los mejores generales que tuvimos. Con un pequeño número de fuerzas en hombres y en material, a pesar del hostigamiento, cada vez mayor de los francotiradores, defendió Italia Central y Septentrional desde julio de 1943 al 7 de mayo de 1945. Condenado a muerte según las leyes de Nuremberg, estuvo en prisión hasta 1952; es natural: pertenecía al campo de los vencidos. Cuando en 1953 apareció su libro Soldat bin znm letzten Tag (Soldado hasta el último día). Me lo envió con una dedicatoria, que hoy en día me consuela de muchas pequeñeces e injusticias.21 Permítaseme el reproducirla aquí: «También usted, querido Skorzeny encontrara en este libro muchos hechos dignos de no ser olvidados: todo lo que hemos vivido juntos, sellado por el recuerdo común del cautiverio. Todavía unas palabras más, que parecen haber sido escritas para usted en persona: «La verdadera alegría del Hombre, está en la acción». Alberto Kesselring Generalfeldmarschall a D. Diciembre de 1953 A partir del 3 de septiembre me trasladé con mis voluntarios de Práctica di Mari a Frascati, donde les dejé acantonados en tiendas de campaña en el parque de un establecimiento religioso, el Colegio Nobile Mandragona. El batallón de instrucción mandado por el mayor Mors ocupaba el mismo acantonamiento, un poco más arriba, también en el parque. El 11 de septiembre por la mañana, 21

En su libro, el mariscal Kesselring evoca naturalmente la liberación del Duce ordenada por Hitler. A este respecto escribe (pág. 233 de la edición alemana)… «Para esta operación fueron designados el Generaloberst Student, y como agente ejecutivo, el Stürmbanführér Skorzeny».

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mientras estábamos trabajando Radl y yo en el Q.G. de Student, un motociclista enviado por Menzel y Schwerdt me comunicó un mensaje sorprendente. Un capitán de paracaidistas acababa de ser enviado al acantonamiento de nuestros voluntarios: el comandante Mors exigía que le fuesen entregados «inmediatamente y sin demora» todos los vehículos de los que nuestros cuarenta muchachos se habían apoderado el 9 y 10 de septiembre. Volví a enviar al motociclista con unas palabras: «No entreguéis nada. Ya llego». Ciertamente debía de tratarse de un malentendido. En el jardín del monasterio encontré un capitán de paracaidistas, oficial de una cortesía perfecta, que se expresó en estos términos: «He sido enviado por el comandante Mors quien ha dado la orden siguiente: «La unidad de paracaidistas que después de haber desarmado a las baterías italianas de artillería se ha apoderado de sus camiones y automóviles, debe restituir inmediatamente todos estos vehículos. De no hacerse esta restitución inmediatamente, el comandante Mors ordenará a una compañía de su batallón, que los recupere y si es necesario para ello, empleando la fuerza». Tal es la orden del comandante. Debo añadir, querido camarada que ya he hecho observar al mayor, que es extremadamente nervioso, que yo no estaba de acuerdo ni con el procedimiento ni con el tono. Le transmito pues, pura y simplemente, la orden que acaba de darme mi superior. —Querido amigo —dije al capitán— este asunto no tiene sentido. Usted me comunica un ultimátum: voy a hacer lo que usted haría en mi lugar. Pero entre nosotros, ¿no hay posibilidad de arreglar este asunto y calmar a su jefe? —Desgraciadamente creo que no. Yo me limito a transmitirle… —Verdaderamente, no sé si reír o llorar. Vaya pues a decir a su jefe que me ha comunicado su petición, lo cual encuentro irrazonable y poco amistosa; y que le espero personalmente en el acantonamiento de mi unidad. Prevéngale que si quiere los vehículos con los que regresaron mis hombres, deberá conseguirlos por la fuerza». Cuando se marchó a dar cuenta de lo que pasaba, di algunas órdenes. En un abrir y cerrar de ojos, nuestros voluntarios estuvieron colocados en semicírculo delante de los vehículos, en posición de combate, con las armas escondidas pero preparadas para ser puestas en batería, si esto llegaba a ser necesario. Había enviado rápidamente un enlace a Radl, pidiéndole informase al general Student del incidente, precisándole que yo esperaba al mayor Mors de un momento a otro. El general envió rápidamente a su ayudante de órdenes, el capitán Metshuer, quien pidió al mayor que permaneciese tranquilo. Nuestros voluntarios regresaron a sus tiendas y yo me dirigí apresuradamente hacia el estado-mayor.

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Fue hacia el mediodía de ese mismo día cuando el general Student, que había tomado un decisión definitiva concerniente a la operación Gran-Sasso, me dijo que confiaba la toma del valle al batallón Mors y me pidió que hiciese una visita al mayor. Responsable de la ejecución de una orden que el Führer me había dado personalmente, tenía yo que explicar al comandante cual debía ser su papel y el de su batallón. Después del incidente de la mañana, la posición del general Student era un poco delicada. La mía no lo era menos. Me hice anunciar a Mors y le vi en su tienda en compañía de Schwerdt, uno de mis alféreces. La entrevista fue perfectamente correcta. Expresé al mayor, el plan que Radl y yo habíamos puesto a punto con el estado mayor de la división, y que el general Student había finalmente aceptado. Noventa hombres de la 2.ªcompañía de su batallón, actuarían como ya había sido decidido, bajo mi mando y el del teniente von Berlepsch en el Campo Imperatore, mientras que él, con el resto de su unidad, iría a través de carreteras secundarias al valle situado al pie del Gran Sasso. Allí se ocuparía de cerrar la entrada y cortar las líneas telegráficas y telefónicas; después, subiendo hasta Assergi, ocuparía la estación de base del teleférico. Esta ocupación debía de ser llevada a cabo a la misma hora, y en el mismo instante en que los primeros planeadores aterrizasen sobre el Campo Imperatore. Era necesario una sincronización perfecta para evitar que fuese dada la alarma, bien por la estación inferior o por lo superior. La ocupación del aeródromo de Águila, de momento estaba considerada como posterior. Fue entonces, y solamente entonces, cuando el mayor Mors conoció el objetivo de la empresa: liberar a Mussolini. No se trataba solamente de salvar al Duce, sino también a su mujer Donna Rachelle y a sus dos hijos pequeños, Romano de 16 años y Anna María de 14. Del 26 de julio al 2 de agosto, Donna Rachelle había estado severamente vigilada en Roma. La villa que en 1930 puso el príncipe Torlonia a disposición del Duce, se hallaba rodeada por 300 soldados con auto ametralladora. Desde el 3 de agosto, Donna Rachelle se encontraba con Romano y Anna María en su casa de Rocca delle Camínate en Roma. Me sentía bastante preocupado por ellos, aunque la casa estaba vigilada por carabineros. Un raid de «justicieros» era siempre posible y los carabineros no hubieran podido, quizás, oponer una seria resistencia. Yo sabía que Donna Rachelle era muy valiente y muy querida en la región. No obstante me diría en Munich, que pasó mucho miedo por sus hijos, cuando conoció el asesinato de Ettore Muti, antiguo y fiel compañero de su marido. Yo había logrado prevenirla: Debían de salir lo menos posible, y tener confianza. En cierto modo eran rehenes del gobierno Badoglio.

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El 9 de septiembre, Vittorio Mussolini, Pavolini, Ricci, Farinacci y Preziosi declararon a la radio de Munich que se había constituido un gobierno nacionalfascista que trabajaban en nombre del Duce». Se hizo evidente entonces que donna Rachele y sus hijos corrían lo más graves peligros. A las órdenes del capitán Mandel, confié a cuatro de mis voluntarios, la misión de ir a sacar de allá arriba a donna Rachele, a Romano y Anna María y de conducirlos hasta Forli, desde donde llegarían a Munich en avión. Pasamos algunos días angustiosos, ya que esta liberación no podía preceder la del Duce, sin alertar al Gobierno Badoglio. Todas estas operaciones debían ser sincronizadas. Mandel salió en camioneta, llegó a Rocca delle Camínate el 12 al mediodía y cumplió felizmente su misión. El plan definitivo de la operación en el Gran Sasso era el siguiente: Jefe de la operación en el Campo Imperatore: Capitán Otto Skorzeny. Jefe de la operación en el valle: Mayor Harald Mors. Día D: Domingo 12 de septiembre de 1943. 1. ° En el Valle: El Mayor Mors se encargará de que sean ocupados los cruces de las carreteras desde Aguila a Bazzano y desde Pescomaggiore a Paganica, de la carretera hasta Assergi. Tomará toda clase de precauciones para evitar un eventual ataque sobre el Valle de las tropas italianas provenientes de Aguila. Hará que sea ocupada, encima de Assergi, la estación de base del teleférico. Hora H de esta ocupación: las 14 horas. 2. ° En el Gran Sasso —Campo Imperatore. Hora H: Las 6 de la mañana. En ese momento es cuando más débiles son las corrientes aéreas. (La hora H tuvo que ser atrasada, ya que los planeadores que venían de Francia traían retraso). Fue trasladada a las 13 horas. Medios y efectivos: 12 planeadores D.F.S.—230, remolcados por 12 aviones Henschel y un aparato explorador que llevará a bordo al Capitán Langguth. Cada planeador lleva 9 hombres más el piloto. Orden de despegue y de aterrizaje de los planeadores: a la cadencia teórica de un planeador por minuto. Planeadores número 1 y 2: Llevan a bordo hombres de la 2.ªcompañía de paracaidistas, bajo las órdenes del teniente von Berlepsch, quien se situará en el planeador número 5. Nada más desembarcar deben poner en batería sus cuatro ametralladoras. Están armados de 14 fusiles especiales y deben cubrir al equipo de asalto de los planeadores número 3 y 4. Planeadores número 3: En él se encuentra el Capitán Skorzeny en compañía de un general italiano (que será el general de caballería Soleti al mando de los carabineros), de los alférez Schwerdt y Warger y de 5 suboficiales Waffen SS de

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Friedenthal. Se abalanzan contra el hotel y llegan hasta el Duce neutralizando a sus guardianes y protegiéndole. Planeador número 4: Con el teniente Karl Radl, adjunto del capitán Skorzeny, el teniente Menzel y 7 Waffen SS de Friedenthal. Nada más desembarcar, deben asaltar el hotel a fin de sostener al capitán Skorzeny y a su grupo. Planeador número 5: Paracaidistas de la 2.ªcompañía bajo el mando de Berlepsch. Misión: reforzar los dos grupos de cazas especiales de Friedenthal, dentro del hotel. Planeador número 6: Paracaidistas de la 2.ªcompañía. Misión: adueñarse de las estación superior del teleférico y del túnel que lo une directamente con el hotel. Planeadores números 7, 8, 9 y 10: Paracaidistas de la 2.ªcompañía. Misión: Acabar de rodear el hotel y neutralizar cualquier resistencia. Planeadores 11 y 12: Paracaidistas de la 2.ªcompañía. A bordo se encuentran las armas pesadas: 2 ametralladoras pesadas, 2 obuses medianos, 2 cañones ligeros. Estos grupos toman inmediatamente posición de combate. —Primer aterrizaje previsto a la Hora H: las 14 horas. —Prohibición absoluta para todos de hacer fuego, antes de que el Capitán Skorzeny haya tirado primero. Una vez que el capitán Skorzeny hay entrado al hotel, la decisión de abrir fuego desde el exterior pertenecerá al teniente von Berlepsch. La tarde del 11, reuní a mis hombres y les dije: «Queridos camaradas, durante más de seis semanas, habéis estado esperando sin saber el que. Hubierais preferido estar en otro sitio combatiendo. Yo también. Ahora puedo revelaros que mañana vamos a emprender una acción que ha sido ordenada por el Führer en persona. El asunto se muestra difícil. Es posible que muchos de nosotros dejemos allí la piel, pero debemos lograr ésta operación cueste lo que cueste. Estaré con vosotros y si juntos apretamos los dientes, lo lograremos. Que los voluntarios den un paso hacia delante.» Avanzaron todos un paso, hubo que escoger 17, lo cual no fue fácil. Doce de los restantes, bajo el mando del teniente Bramfeld que en 1936, había formado parte de nuestro equipo de pentatlón moderno en los juegos olímpicos, acompañaron al batallón Mors, que salió por carretera en la noche del sábado 11 al domingo 12. A la mañana siguiente, hacia las 5 horas, mi comando al completo estaba en el aeródromo de Práctica di Mare. Las malas noticias vienes juntos generalmente: la primera era un mensaje de Radio-Túnez. Este puesto anunciaba que los navíos italianos de guerra, que habían zarpado de la Spezia

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habían llegado a Túnez. En uno de ellos se encontraba «Mussolini, prisionero de guerra en suelo Africano». Pero yo sabía que de estos navíos, únicamente había salido de la Spezia la víspera —el gran acorazado Roma que fue hundido por una bomba teledirigida llamada Fritz— El Duce, por tanto, no podía encontrarse ya cautivo en Túnez o en Bizerta. —Segunda mala noticia: nuestros planeadores no se encontrarían en el lugar antes de cuatro o cinco horas, y además el general Soleti con el que Radl y Warger debían reunirse a las 7 horas 30 minutos delante del Ministerio de Gobierno en Roma, aún no había llegado a las 8 horas 30 minutos. Felizmente algo más tarde apareció. Fue mientras el general y el teniente Radl comían juntos en el aeródromo, cuando nuestros 12 planeadores aterrizaron. Pero hay que dejar aquí la palabra a Radl: «A través de la ventana, el general observó como los 12 D F S-230 aterrizaban delante de nosotros. —«Muy interesante y muy ingeniosos estos aviones sin motor ¿no le parece a usted? —Si mi general. El DFS-230 es un aparato excelente. Excelentísima machina. El general hizo una mueca de disgusto y me preguntó distraídamente: —«Usted es paracaidista y, sin duda, ha subido ya a menudo sobre estos artefactos». Yo no era paracaidista y el planeador no era mi especialidad. El general ignoraba que, el mismo, iba a ocupar su puesto, con el capitán Skorzeny, en el planeador número 3. Había que tranquilizarlo: —¡«Muy a menudo, mi general»), se tiene una impresión sumamente agradable, y no sólo porque el ruido del motor no dificulta el placer de la conversación, sino porque ahí arriba, tiene uno la impresión de ser un hombre pájaro. Uomo Ucello. ¿De verdad? ¿Sabe usted para que están destinados estos aparatos? Eché un vistazo a mi reloj. El momento temido había llegado. «Naturalmente mi general. Vamos a partir dentro de un rato a bordo de estos planeadores para aterrizar en el macizo del Gran-Sasso y libertar al Duce». El general Soleti me consideró al principio con incredulidad, creyendo que se trataba de una broma pesada por mi parte. —«¡Supongo que está usted bromeando! El Duce se encuentra prisionero a más de 2.000 metros de altitud, en un lugar donde no hay sino rocas. ¿Cómo quiere usted llegar allí? Imposible, amigo mío: sería una empresa estúpida, un suicidio ni más ni menos. ¡Una verdadera carnicería! Y usted pretende que yo, Soleti…»

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Cuando al fin comprendió, por mediación de Warger, que él participaría en «esta extravagante empresa», se sublevó, cayó en la más profunda desesperación, enfermó y tuvimos que llamar urgentemente al doctor Brunner»… Francamente, comprendo la actitud tan reticente del general Soleti. Era un jinete excelente y no dudo de que hubiera realizado un brillante papel a la cabeza de una carga de caballería. Pero nuestra empresa le parecía descabellada. Después de una conversación con el mayor Kappler— quien se mostró muy firme— y de un pequeño discurso del general Student, había tenido que aceptar, de buen o mal grado, el acompañarnos, «para ahorrar un derramamiento inútil de sangre». No podía elegir: La mañana del 12, Radl y Warger no se separaron de él ni una pulgada. Antes de despedirnos, el general Student reunió en uno de los despachos de la administración del aeródromo a los pilotos y a los oficiales de la expedición: «Señores —dijo— dentro de un rato van ustedes a emprender una acción verdaderamente extraordinaria. Todos los que se encuentran presentes, han sido escogidos entre nuestros mejores pilotos y oficiales entrenados para superar los mayores peligros. En los anales militares esta empresa sobresaltará como algo fuera de lo común, no solamente porque las dificultades que va a vencer son enormes, sino porque la significación política es de un alcance considerable. Antes de que el capitán Skorzeny les dé las últimas indicaciones, quiero desearles éxito y decirles que estoy seguro de que cada uno de ustedes cumplirá con su deber». Sobre un croquis a gran escala del Campo Imperatore que estaba adosado a la pared, expliqué a cada piloto, a cada jefe de grupo, el papel que tendrían que desempeñar. Habiendo estudiado el ataque de la fortaleza de Ebben, Emael el 10 de mayo de 1940, sabía que entre el momento en que los primeros paracaidistas y zapadores especiales habían caído del cielo sobre la cúpula de la fortaleza, y el momento en que los Belgas habían abierto fuego, habían transcurrido tres minutos.22 Pensaba que, con los hombres de mi planeador —el número 3— podríamos disponer de cuatro minutos para llegar hasta el Duce, antes de que disparasen sobre nosotros. Entonces nos hallaríamos cubiertos por las tripulaciones de los planeadores números 1 y 2, mientras que Radl, Menzel y los hombres del planeador número 4 acudían en nuestra ayuda. Pero tal y como dicen los italianos, hubo ciertos «imponderables» de los cuales el primero fue un bombardeo de nuestro pequeño aeródromo por 22

Benoist-Mechin en su libro Soixante Jours quiebranterent 1 Occident, 1956 (Sesenta días que sacudieron a Occidente), indica que «el plan de conquista de Ebben Emael había sido puesto a punto por Hitler en persona».

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algunos aviones ingleses, alrededor de un cuarto de hora antes del embarque. Cuando salí del refugio constaté que por una suerte inusitada, ninguno de nuestros aparatos había sido tocado. Sólo algunas bombas habían estropeado la pista. A la hora H: 13 horas, la expedición despegó y el avión-guía de Langguth en cabeza, puso rumbo al noroeste, hacia el macizo del Gran Sasso.

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3. El Duce libertado — ¡El avión guía y los planeadores 1 y 2 regresan a Practica di Mare!—Ordeno el aterrizaje en vertical.—El asalto.—«¡Yo sabía que mi amigo Adolfo Hitler no me dejaría mucho tiempo prisionero!».—Rendición de los carabineros.—La hazaña de Guerlach.— ¡La Cruz de Caballero!—Con la familia Mussolini en Munich.—Neo-fascismo.—La entrevista Mussolini-Ciano.—En el gran cuartel general.—El té de medianoche.—El diario de Mussolini.—El Duce prisionero nuevamente, pero… ¡de los alemanes!— Entrevista con el almirante Canaris.—Consecuencias del raid: Adrián von Foelkersam entre nosotros.—18 de abril del 1945: ¡se retira al Duce su guardia de Waffen SS! «No podemos hacer nada…» En un planeador DFS-230, no se ve nada. Su armadura de acero está recubierta de lienzo. Sabía que nuestro convoy, después de haberse elevado a través de grandes nubes algodonosas que lo disimulaban, había subido hasta los 3.500 metros de altitud. A través de los tragaluces de plástico, el sol resplandeciente me dejaba ver a algunos de mis hombres, que habiendo comido sus víveres de reserva, se encontraban enfermos; en cuanto a la cara del general Soleti, sentado delante de mí, tomaba el tinte verde-gris de su uniforme. El piloto del Henschel que nos remolcaba, informaba por radio al piloto de nuestro planeador, el teniente Meir-Wehmer. A su vez, este último me detallaba la posición del convoy, del cual podía así seguir la ruta. Sobre mis piernas tenía un mapa detallado hecho según las fotos que Radl y yo habíamos sacado el 8 de septiembre, con la máquina de Langguth. Las palabras del general Student me vinieron a la memoria: «Estoy seguro de que cada uno de vosotros cumplirá con su deber». En este momento, Meier-Wehmer me informó que el piloto del Henschel acababa de prevenirle que el avión de Langguth y los planeadores número 1 y 2 no estaban ya delante de nosotros. ¡Más tarde supe, que esos aparatos habían sencillamente regresado a Práctica di Mare! Esto significaba que el grupo de asalto no estaría ya protegido y que era necesario que aterrizase yo en primer lugar. Ignoraba además que en el despegue otros dos aviones habían zozobrado sobre embudos de bombas. Creía, pues, que aún tenía a 9 planeadores detrás del mío, y no tenía más que 7. Grité a Meier-Wehmer: ¡Tomo el mando de aterrizaje!». Enseguida, con mi

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puñal de paracaidista, corté en el lienzo, debajo de mí, dos aberturas a través de las que pude orientarme y dar indicaciones a los dos pilotos: primero a Meier, que las transmitía a la «locomotora» que tiraba de nosotros. También vi, delante a la izquierda, la pequeña ciudad de Aguila de los Abruzzos y el minúsculo aeródromo; después, un poco más arriba, sobre la carretera que subía serpenteando hacia la parte baja del teleférico, la columna Mors que subiendo hacia Assergir, levantaba pequeñas nubes de polvo. Abajo todo iba bien. Era casi la hora H. Grité: «Poneos los cascos». Acababa de vislumbrar el hotel, un poco más adelante. Después: «¡Largad el cable de remolque!» Momentos después, Meier, que estuvo perfecto, giró deliberadamente en descenso, y pude darme cuenta de que la suave pradera sobre la que pensábamos aterrizar en desliz— tal y como Student había ordenado— no era sino una pequeña plataforma inclinada hacia el precipicio, y sembrada de grandes rocas. Grité enseguida: «¡Aterrizaje en vertical, lo más cerca posible detrás del hotel!». Los otros planeadores, que estaban detrás debieron aterrizar de la misma manera. Poco después, Radl puesto al corriente de esta maniobra por el piloto del aparato número 4, me confesaría que pensó que yo había perdido la razón. A pesar del paracaídas de freno, tocamos tierra a saltos con un estruendo espantoso. Al fin, el planeador se quedó inmóvil, destrozado casi por completo, a unos quince metros del hotel. Todo sucedió entonces muy deprisa. Salté rápidamente, con el arma en la mano, seguido de mis 7 camaradas de la Waffen SS, y del teniente Meier. Un centinela nos mira completamente asombrado. A mi derecha una puerta: me precipito por ella. Un operador está tranquilamente sentado delante de su aparato de radio, que está transmitiendo. De una patada, le tiró de su silla, se cae. Con la culata de la metralleta, destrozó el aparato. Más tarde me enteré de que la radio transmitía un mensaje del general Cueli. La habitación no tiene salida Salimos y rodeamos corriendo la fachada trasera del hotel, para hallar una puerta de entrada; no hay. Al final hay una terraza. El sargento Himmel me ayuda a subir. Un momento de respiro, salto y esta vez me encuentro delante del hotel. Siempre corriendo, levanto los ojos: reconozco la silueta característica de Mussolini, en una ventana. Chillo con todas mis fuerzas: «¡Duce, aléjese de la ventana!». Estamos delante de la entrada principal del hotel donde dos ametralladoras están en batería; La volcamos y empujamos a los hombres que están allí. Oigo detrás de mí: «¡Mani in alto!». Me abalanzo en medio de los carabineros que se empujan en la entrada abriéndome paso sin miramientos. Nos hallamos cuerpo a cuerpo.

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¡La escalera! En medio del tumulto doy golpes y logro subir las escaleras de tres en tres. He visto al Duce en el primer piso. A la derecha, la segunda puerta. El Duce está ahí, entre dos oficiales italianos y un personaje vestido de civil. Empujo a los tres contra la pared y el teniente Schwerdt se los lleva rápidamente hacia fuera. Los cabos Holzer y Benz aparecen entonces en la ventana: han escalado directamente por la fachada, gracias al cable del pararrayos. Se ha acabado. El Duce está sano y salvo, bajo nuestra salvaguardia. Cuatro minutos apenas. Ni un disparo. No tengo tiempo de decir ni una palabra al Duce. A través de la ventana abierta, veo correr a Radl y a su grupo: su planeador ha aterrizado delante del hotel. El arma en la escalera, llegan en tromba hasta la entrada, donde los carabineros intentan volver a poner las ametralladoras en batería. Grito a Radl: «¡Todo va bien aquí. Ocuparos de abajo!». A lo lejos se oyen dos o tres tiros: los centinelas italianos se despiertan. Salgo y en el pasillo preguntó por el comandante de la guarnición. Inmediatamente. Ahora, es necesario desarmar cuanto antes los carabineros. Su jefe no estaba lejos: aquí está. Es un coronel. «Cualquier tipo de resistencia es inútil —le digo en francés— Exijo una rendición inmediata. —Debo reflexionar… Hablar con el general Soleti. —Le concedo un minuto. ¡Váyase!». En ese momento llega Radl, que ha podido pasar. Delante de la puerta, dejo a dos de nuestros hombres y entro en el cuarto de Mussolini, donde aún se encuentra Schwerdt. «Duce —le digo— el Führer nos ha dado la orden de ponerle en libertad». Me estrecha las manos, me abraza y me dice: «¡Sabía que mi amigo Adolfo Hitler no me dejaría mucho tiempo prisionero de estas gentes!». Benito Mussolini está muy emocionado; sus ojos negros brillan y confieso que éste fue uno de los grandes momentos de mi vida. El minuto ha transcurrido y el coronel ha reflexionado. Se rinde, me acerca un vaso de vino, y caballerosamente me dijo: «¡Por el vencedor!». Bebo a su salud y paso el vaso a Radl que está sediento y lo apura de un trago. Una vez fuera del planeador destrozado, el general Soleti se había vuelto a animar. No había podido seguirnos naturalmente en nuestra carrera ni en la escalada de la terraza. Sin embargo, se había encontrado con el grupo de Radl del planeador número cuatro y no queriendo que le disparasen encima, había gritado, tal y como yo había ordenado a mis hombres.

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«¡Maní in alto!» Ahora Mussolini se hallaba bajo nuestra protección y una sábana colgada en la ventana de su cuarto, hacía de bandera blanca. Viendo la sábana, el teniente von Berlepsch, respetando mis órdenes estrictamente, se ha limitado a rodear el hostal con sus hombres. Desde la ventana, le ordeno que proceda a desarmar a los numerosos guardianes del Duce. Y añado: «¡Con suavidad, pero deprisa!» Berlepsch saluda y fija su monóculo. Ha comprendido. Tal y como pide el general Soleti, al que Mussolini conoce muy bien, los oficiales guardan su revólver. El Duce me dice que el teniente de los carabineros Faviola, que había sido gravemente herido en Tobrouk, se había portado muy bien con él, lo mismo que todos los demás oficiales y carabineros. El 11 de septiembre, Faviola le había confiscado, no obstante, los objetos cortantes que poseía: navajas, cuchillas de afeitar, etc… Mussolini había decidido no caer vivo en las manos de sus enemigos. Me entero de que hemos hecho prisioneros a un general. En ese momento me presentan al personaje vestido de civil que se hallaba en la habitación del Duce en compañía del capitán Faviola y de otro oficial. ¡Es el mismo general Cueli! Lo supe más tarde: ese mismo día ese hombre tenía la misión de preparar la entrega del Duce a los Aliados. Decido que Soleti y Cueli, vayan también a Roma. Se les confiará el equipaje del Duce que les entregará Radl. Solamente uno de nuestros planeadores se ha estrellado en la pendiente rocosa, y lamentamos diez heridos, que son atendidos inmediatamente, lo mismo por el doctor Brunner que por los enfermeros italianos. Ninguno se encuentra en estado grave. Sin duda hemos tenido suerte; estamos muy lejos «del 80 por 100 de pérdidas técnicas» tan obstinadamente predichas por el estado mayor de los paracaidistas. Las pérdidas «psicológicas» han sido más considerables. En el valle, la toma de la estación inferior del teleférico ha dado lugar a un rápido encontronazo y los italianos han sufrido ligeras pérdidas. Pero las dos estaciones del teleférico se hallan en nuestras manos. Por teléfono el mayor Mórs me pregunta si puede subir. Accedo. No obstante, mi misión no está aún terminada. Hay que pensar en cómo trasladar al Duce hasta Roma. Yo había previsto tres posibilidades. La primera consistía en adueñarse del aeródromo de Aquila de los Abruzzos, sobre él que aterrizarían tres Heinkel-111. Acompañaría a Mussolini en uno de esos aviones que iría protegido por los otros dos. Hago dar por nuestro coche-radio, estacionado en el valle, la información convenida: «Operación lograda». Fijo para las 16 horas el ataque al aeródromo por los paracaidistas, pero cuando intento conseguir de Roma la confirmación

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de la llegada de los tres Heinkel, me es imposible obtener contacto, nunca he comprendido el por qué. Segunda posibilidad: Un Fiesler-Storch debía posarse cerca de Assergi y de la estación de base del teleférico. Desgraciadamente, el piloto de este avión —al cual, con mis gemelos, yo había visto tomar tierra bien que mal— me hace saber por teléfono que ha roto piezas importantes. Queda la tercera posibilidad. El capitán Gerlach, piloto personal de Student, debía aterrizar con otro Fiesler-Storch sobre el mismo Campo Imperatore. Rápidamente, carabineros y paracaidistas limpian una pequeña franja de terreno, ya que Gerlach está dando vueltas por encima de nuestras cabezas, esperando que suba el cohete verde: «¡Aterrice!» Aterriza estupendamente, con la admiración de todos. Pero va a tener que emprender el regreso con el Duce —y conmigo—. Había recibido una orden del Führer. El despegue presentaba graves dificultades: si dejaba a Benito Mussolini solo con Gerlach y le ocurría cualquier cosa al Duce, no me quedaría más que meterme una bala en la cabeza. Dirían que no había querido compartir los riesgos que tomaban Mussolini y el valiente Gerlach. Habiendo decidido poner en ejecución el plan C, hice saber al Duce que partiríamos en avión dentro de media hora. Aviador él mismo, objetó que ningún aparato podía aterrizar en el Campo Imperatore, después admitió que un Fiesler-Storch podía lograrlo con un buen piloto. Del despegue, no dijo una sola palabra, y se lo agradecía mucho. Hubiera querido ir a Rocca delle Caminante, pero no insistió cuando le hice saber que su mujer, donna Rachele, Romano y Annamaría ya no se encontraban allí, sino que debían de hallarse en Munich. En el momento en que salía del hotel, después de haber confiado a Radl sus maletas, llegó el mayor Mors, acompañado por dos de sus tenientes. Me pidió que le presentase al Duce, lo que hice encantado. Este fue el momento que escogió el corresponsal de guerra de la división Student, von Kayser, que había subido al Campo Imperatore con Mors en el teleférico, para sacar fotos. Quiero señalar, que si bien la presencia de una división italiana cerca de Aquila, me era conocida, ignoraba si se había desplazado hasta Assergi. La presencia del Duce en el valle, el recorrido de la estación de base del teleférico hasta Assergi y de esta aldea hasta el aeródromo de Aquila a través de Camarda y Bazzano, no hubiera sido posible sin grandes riesgos. Yo había destruido el aparato de radio (gracias al cual Cueli enviaba sus mensajes), pero cabía la posibilidad de que el jefe de la división italiana, inquieto de no poder contactar con el Campo Imperatore, tomase alguna iniciativa desagradable. Era necesario que el Duce estuviese en seguridad lo antes posible. Sin embargo, la ejecución

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del plan C presentaba peligros muy grandes. Dejemos también aquí la palabra de Radl (Op. Cit.): «Cuando vemos a GerKach, Mussolini y Skorzeny apretujados en el interior del pequeño aparato, la angustia nos sobrecoge a todos. El avión desciende por la pendiente a lo largo de la «pista», de la cual han retirado las piedras. Pero hacia las dos terceras partes del recorrido, está atravesada por un foso de evacuación de aguas. Gerlach quiere evitarlo. Intenta despegar; el Storch salta, en efecto, el obstáculo, pero se inclina de repente hacia la Izquierda y parece que va a capotar. Salta por encima los últimos metros y desaparece en el precipicio. Mis piernas no me sostienen más, tengo la impresión de que han sido segadas. Me encuentro sentado encima de una de las maletas del Duce, pero gracias a Dios nadie ha visto nada. Es la reacción, después de la intensa actividad y la sobreexcitación de estos últimos días. Siento que todo ha sido inútil; el Duce va a perecer al bordo del avión. Pienso, entonces, en matarme. Observamos el avión que cae al fondo del valle. Silencio de muerte, entre nosotros. No se le ve más. Pero se oye el motor. De repente, al otro lado de la garganta, volvemos a ver al Storch que vuela. ¡Vuela allí en dirección a Roma!» Hace algunos años, en el aeródromo internacional de Roma, un comandante de carabineros pidió serme presentado. Él había estado en el Gran Sasso, detrás de una de las ametralladoras que defendían la entrada del hotel. «¡Ah!», me dijo él —allá arriba me dio usted un estupendo culatazo en el estómago, mi coronel… —Créame que lo siento mucho. —¡Pero yo prefería eso a una bala en la cabeza! —¿Sin rencor? —¡Sin rencor mi coronel. Después, con los camaradas, estuve ayudando a quitar las piedras para que el pequeño avión pudiese aterrizar y despegar después, con el Duce y usted a bordo! Nos estrechamos la mano. En el avión, inclinado sobre el ala derecha, que pica en el abismo, he esperado el choque cerrando los ojos un pequeño instante. Los vuelvo a abrir, sintiendo que Gerlach endereza lentamente su Cigüeña: volamos a unos treinta metros de las rocas, y el avión se desliza hacia la salida del valle de Arezzano. No puedo evitar el poner mi mano sobre el hombro del Duce, quien, tan pálido como Gerlach y como yo mismo, vuelve la cabeza y sonríe. Ha sido completamente consciente del peligro, sin pronunciar ni una palabra. Ahora él me habla, a medida que sobrevolamos a muy baja altitud por razones de seguridad, una aldea, un pueblo que él me nombra evocando recuerdos. Bruscamente me doy cuenta de que habla un alemán excelente. Muy pronto a nuestra derecha aparece la Ciudad Eterna. Gerlach aterriza sobre la rueda derecha y la de cola, ya que la izquierda se ha estropeado en el

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despegue. El capitán Metschner está ahí. Saluda al Duce en nombre del capitán Student, nos felicita a Gerlach y a mí, y nos acompaña hasta los tres Heinkel-111 que debían haber venido a recogernos a Aquila. Presento al Duce la tripulación de nuestro avión y al doctor Ruether, médico de la 2.ªdivisión de paracaidistas. Pronto volamos en dirección a Viena, en plena tormenta. Nuestras aventuras no han terminado aún. En vano, intentará nuestra radio conseguir contacto con Viena. La visibilidad es casi nula. Yo he tomado asiento al lado del piloto y juntos evaluamos una y otra vez la situación. Cae la noche y el nivel de gasolina baja. No debemos estar ya lejos y descendemos prudentemente; no podemos, sin embargo, arriesgarnos a un aterrizaje de suerte con el Duce a bordo. De repente, a la caída de la noche, a través de las nubes, vislumbro una gran extensión de agua; me parece reconocer el lago de Neusield. Seguimos descendiendo; es el lago, en efecto. El piloto, por consejo mío, pone rumbo hacia el norte y es de noche cuando aterrizamos en el aeródromo de Aspern. Allí, me entero en la torre de control, que no hemos podido establecer contacto con Aspern «porque es domingo y porque el servicio de radio es muy reducido». Cuando, algunas semanas más tarde, el doctor Goebbels me habla de «guerra total», le citaré algunos ejemplos, y particularmente éste. El Duce fue conducido finalmente al hotel Imperial de Viena, donde le había sido reservado un apartamento. No tenía pijama, y tuvimos, a propósito de esta prenda de vestir, que él juzgaba inútil en todas las circunstancias, una conversación muy animada. Me sentía feliz de encontrar un hombre, y muy diferente del que yo había visto entre sus guardianes, al abrir la puerta del cuarto del hotel de Campo Imperatore. Tuvo aún algunas cariñosas palabras para todos nosotros y me retiré. Comenzaba entonces a sentir la fatiga acumulada en el transcurso de los últimos cinco días. Pero no tenía aún derecho a encontrarme cansado. Sonó el teléfono: era Himmler. Estaba muy meloso y después de haberme felicitado me dijo: «¿Pero usted es vienés, si no me equivoco? ¿Cómo es que la señora Skorzeny no está a su lado? ¡Envíela usted un coche enseguida…! ¡Es lo más natural! Desde luego usted se queda con el Duce. Tiene que acompañarle mañana a Munich y después al cuartel general. Muy gustosamente acepté la sugestión del Reichsführer. El general SS Querner, que nos había acompañado desde el aeródromo al Hotel Imperial, me anunció poco antes de media-noche que un coronel del Ejército, jefe de estadomayor de la región militar de Viena, deseaba verme. El coronel se presentó enseguida muy militarmente y con gran sorpresa por mi parte pronunció solemnemente: «Capitán Skorzeny, en nombre de los poderes que me han sido

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otorgados por orden del Führer, jefe supremo de la Wehrmacht, tengo el honor de concederle la cruz de caballero de la Cruz de Hierro.» Se quitó su propia corbata y la puso alrededor de mi cuello mal afeitado, sobre la chaqueta de mi traje ligeramente andrajoso. Sentí entonces que mi padre no viviese: hubiese sido aún más feliz que yo. Enseguida se produjo una especie de torbellino de felicitaciones, apretones de mano, nuevas preguntas. El teléfono sonaba y yo no prestaba ni atención, hasta que el general Querner me dijo: «El Führer quiere hablar con usted personalmente.» Cogí el auricular. La voz de Hitler me llegó muy clara: «No solamente ha realizado con éxito una gran hazaña de la que no se conoce otro ejemplo en la historia militar, Skorzeny, sino que además me ha devuelto a mi amigo Mussolini. Sabía que si alguien podía lograrlo, ese alguien era usted. Le he promovido al grado de Stürmbanführér (comandante) de los Waffen SS y concedido la cruz de caballero. Sé que la lleva ya, puesto que he ordenado el entregársela inmediatamente…» Tuvo aún algunas palabras de gratitud, y se notaba lo contento que estaba, también él, de que el Duce estuviese sano y salvo. Los mariscales Goering y Keitel siguieron al Duce y me felicitaron a su vez. Tuve empeño en decir a todos que la liberación del Duce no hubiera sido posible sin la obstinación, la valentía y el ingenio de todos los que habían participado en la empresa; y cité a los tenientes Karl Radl, Meier-Wehner, piloto del planeador número tres y al capitán Gerlach. Momentos después, tuve la gran alegría de conocer que el capitán Mandel había tenido éxito, y que donna Rachele, Annamaría y Romano se hallaban sanos y salvos en Munich. En mi vida he tenido tres golpes de suerte. El primero fue el de ser elegido por Adolfo Hitler para liberar al Duce. El segundo el no dejar mi vida en el empeño, y el tercero de haberlo realizado con éxito. Al día siguiente, acompañé a Mussolini desde Viena a Munich, a bordo de un confortable Junkers, en el cual un Duce sorprendentemente rejuvenecido me explicó sus proyectos. Eran grandiosos. Su nuevo movimiento, el partido republicano fascista, debía regenerar la nación italiana. La casa de Saboya, no solamente no había sostenido en absoluto la revolución fascista, sino que la había saboteado. El rey, que ignoraba su oficio y sus cortesanos, no había cesado de combatirle a él, Mussolini, en secreto, y finalmente le habían traicionado. Era José Mazzini quien tenía razón. «Cuando llegué a Gaeta —añade Mussolini—, el 27 de julio hacia la medianoche, creí que iba a conducirme a la famosa fortaleza y pedí como un

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honor el ocupar la celda en la que el héroe del Rissorgimiento había sido encerrado en 1870.23 Pero me condujeron a Ponza. Fue muy emotivo su encuentro con donna Rachele y sus dos hijos pequeños, en el aeropuerto de Riem, cerca de Munich. Nos quedamos hasta el 15 de septiembre en el palacio de los huéspedes del Gobierno de Munich. Mussolini insistió para que me quedase allí, y participase en las comidas en familia, y tuvimos aún grandes conversaciones. No se hacía ilusiones y sabía que al estado republicano fascista le esperaban grandes dificultades. Sin embargo, la doctrina neo-fascista, que el Duce esbozó delante de mí en grandes líneas, iba mucho más allá del fascismo nacional, «realista» e «imperial». Constituía, en primer lugar, una llamada a la unidad europea. Esta unidad no podía ser realizada por la hegemonía de una sola nación, o de un grupo de naciones, sino mediante la voluntad de todos. La nueva doctrina iba dirigida a federar las naciones liberadas, en el exterior, de la plutocracia internacional, y en el interior, del capitalismo de combate. Los países europeos debían de llegar a un entendimiento para, juntos, explotar y hacer valer las inmensas riquezas del continente Africano, en beneficio de los pueblos de África y Europa. Mussolini me dijo que había meditado mucho sobre esta idea de EuroÁfrica. Esta no podía realizarse sino por la reorganización del viejo continente, por encima de los nacionalismos egoístas y limitados; sin esto, los pueblos europeos, a pesar de su cultura común, serían incapaces de sobrevivir. La era de las guerras fratricidas había terminado. Era necesario unirse o perecer. En noviembre de 1943, en el primer congreso del partido republicano fascista, el Duce debía precisar su pensamiento en este sentido. Puedo afirmar, pues, que el neo-fascismo —tan diferente del fascismo «realista»— no es una invención del Führer, como ciertos historiadores han pretendido. Después de su arresto (25 de julio) el Duce había tenido tiempo para meditar, lo mismo en Ponza que en la isla de la Madalena y en el Campo Imperatore. De él, he retenido esta frase: «No nos sentimos italianos porque somos europeos, pero es con la medida en que somos verdaderamente italianos que nos encontramos europeos.» Pretender que Edda Mussolini es la hija del Duce y de un agente comunista, Angélica Balabanova, es ridículo. Edda nació en 1 de septiembre de 1910, cuando Mussolini y Rachele Guidi no estaban casados. Según su propio testimonio, Angélica Balabanova no conoció a Edda sino en 1914, cuando Mussolini, entonces socialistarevolucionario, era director del Avanti.

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Entre los huéspedes ilustres de la fortaleza de Gaeta, hay que citar también a Pío IX, echado del Quirinal el 24 de noviembre de 1848, después del asesinato de su ministro Rossi, por la revolución triunfante. A finales de este año de 1974, dos oficiales alemanes, siguen aún detenidos en Gaeta como criminales de guerra: el coronel Kappler, que ya conocemos, y Reder, un comandante de los Waffen SS.

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En el Transcurso de la tarde del lunes 13 de septiembre de 1943, Edda Ciano suplicó a su padre que recibiese al que tan a las claras había traicionado al Duce, antes, durante y después del gran consejo fascista. La señora Ciano pretendía que se había tratado de un «trágico malentendido» y que Galeazzo estaba dispuesto a explicarse. No había obrado sino imprudentemente, etc… Donna Rachele rehusó obstinadamente volver a ver su yerno, le odiaba y decía que con él «la desgracia había entrado en la familia». No obstante, el Duce accedió a los ruegos de su hija. Recibió a Ciano, exigiendo que yo estuviese presente. Temía que donna Rachele apareciese de un momento a otro y diese libre curso a sus resentimientos. La entrevista fue breve. Ciano felicitó al Duce, deseándole lo mejor e intentó justificarse. Su actitud fue realmente tan lastimosa que yo me encontraba molesto. Mussolini estuvo muy frío, y la entrevista finalizó en breves momentos. Acompañé a Ciano, temiendo aún ver aparecer a donna Rachele. Cuando se fue, el Duce me dijo que tenía la obligación de hacer juzgar a aquellos que tan mal se habían portado con él: los jefes. «¡Pero entonces Duce, ¿no va usted a estar obligado a llevar delante de un tribunal al hombre que acaba de marcharse?» —Desgraciadamente así es —me dijo gravemente Mussolini—. No me hago ilusiones respecto al resultado del proceso. A pesar de lo que pueda costarme y de la tristeza de Edda, debo actuar así: ¡Cuando pienso que el gran reproche que me hizo Scorza durante la noche siniestra fue de no haber sido bastante tiránico! Se atrevió a decirme en el gran consejo: ¡Ha sido usted el hombre más desobedecido del siglo! «¡El, Scorza!» Llegamos al Q.G. del Führer el 15 de septiembre por la tarde. El Führer, que esperaba al Duce en el aeródromo, le hizo una calurosa acogida muy emotiva. De hecho, la «República Social Italiana», que iba a nacer no tenía más base, que la amistad entre estos dos hombres, y la lealtad de algunas decenas de miles de militantes. Más que en 1921, el comunismo era peligroso para Italia, ya que esta vez se presentaba como aliado de las grandes democracias. El Führer me había pedido que le hiciese un informe detallado de la expedición. Mi relato duró dos horas. Ignoraba todavía que había sido de los planeadores números unos y dos y de los que habían volcado al despegar en Practica di Mare. Creía perdidos los cuatro aparatos y lealmente tuve que dar cuenta que al parecer habíamos tenido un 30 por 100 de desaparecidos. La radio alemana anunció «30 por 100 de pérdidas» y hubo quien enseguida me reprochó el haber «exagerado nuestras pérdidas para demostrar lo peligrosa que había sido la operación». Al día siguiente, el 16 de septiembre, Herman Goering, recién llegado en un tren especial, me cuestionó largamente a su vez. Me otorgó la insignia de

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Oro de la Luftwaffe, no sin antes recalcar con dureza que yo había tomado una grave responsabilidad acompañando Duce en el aparato de Gerlach, aunque comprendía, según me dijo, que yo hubiese querido correr los mismos riesgos que Mussolini, en el cumplimiento de una orden personal del Führer. Aproveché para pedir al mariscal del Reich, que propusiese al capitán Gerlach y al teniente Meier-Wehner, para la Ritterkreuz. Estas dos cruces fueron concedidas por Hitler, al cual yo había pedido ya, la víspera, recompensas para Karl Radl, nombrado capitán y para mis voluntarios. Poco después, tuve que volver a hacer el relato destallado de la expedición delante de unos quince generales del G.Q.G. Goering y Jodl se hallaban en fila. Si algunos esperaban una conferencia de estilo «gran estado-mayor» se quedaron decepcionados, sin duda alguna. Relaté los acontecimientos tal como habían tenido lugar, tal como los habíamos vivido, con nuestras esperanzas, nuestros errores, pero también con nuestra voluntad de conseguirlo a pesar de todo. Al día siguiente, el coronel Strewe, jefe de las fuerzas de seguridad de la Guarida del Lobo, me expresó su Inquietud; ¿Pensaba yo que el Q.G. estaba suficientemente protegido contra un raid enemigo? No pude sino responderle: «El G.Q.C. se encuentra estupendamente escondido. Sus vías de acceso están muy protegidas. No obstante, siempre cabe la posibilidad de un ataque por parte del enemigo. Los cuartes generales pueden ser atacados por el enemigo, como cualquier otro objetivo militar.» «Asistí al té de medianoche. «En medio de dos de sus secretarias, Johana Wolf y Traudl Jung, Hitler bebía té en un vaso colocado dentro de un portavasos de plata. Esa noche, dialogué, sobre todo, con el embajador Hewel, que representaba a Ribbentrop en el G.Q.G.» «Naturalmente —me había dicho Hitler—, en adelante, cuando esté usted con nosotros, será siempre nuestro invitado, Skorzeny. Estaré siempre encantado de volverle a ver.» Di la gracias al Führer, pero en adelante me abstuve de asistir a ese «té de medianoche» que se prolongaba a menudo hasta las tres o cuatro de la madrugada «Era allí donde muchos hacían carrera, gracias a las adulaciones y a las intrigas, por poco que tuvieran las mismas opiniones que el Reichsleiter Martín Bormann, siempre presente. Los Libros Documento publicados después de la guerra, pretenden reproducir las conversaciones sostenidas en el transcurso de algunos de estos «tés de medianoche». Sin que Hitler se enterase, dos colaboradores de Bormann, los doctores Henry Pickert y Heinrich Heim, habían sido encargados de rememorar las palabras del Führer. El doctor Heim ha especificado que él las dictaba de memoria, no habiendo anotado sino rara vez algunas palabras claves que garabateaba en una hoja puesta sobre sus

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rodillas. Bormann modificaba la versión que le entregaban —siempre a espaldas del Führer— y, por otro lado, los editores han retocado el texto de estos libros, que no estaban naturalmente destinados a la publicación. Esos documentos deben ser, pues, considerados con la mayor circunspección por los historiadores. El Reichsleiter, terriblemente anticlerical, pone a Hitler como ateo, y otras personas como militante anticatólico, cuando resulta que nunca el Führer, educado en el catolicismo, abjuró de esta religión. Muy al contrario. Pensaba y decía que los dos principales pilares de la civilización occidental eran la Iglesia Romana y el Imperio Británico. Tengo la debilidad de pensar hoy, que quizás hice mal en no asistir cada vez que me hubiera sido posible al té de medianoche. Así hubiera podido alertar al Führer sobre ciertas realidades que desconocía. Se ha dicho que no era posible tener una opinión distinta a la de él. Es falso. Aceptaba gustosamente la discusión si su interlocutor, perfectamente informado de los problemas que se debatían, proponía una solución razonable. Fue a partir de 1943, cuando fue decayendo físicamente, bajo el «tratamiento» al que le sometía el doctor Morell, temible charlatán respaldado por Bormann. Yo ignoraba hasta la existencia de este último, jefe de la cancillería del partido, cuando me invitó a cenar. Llegué con algunos minutos de retraso, lo cual no fue del agrado del Reichsführer Himmler igualmente presente. Antes de que pudiese presentar excusas por mi retraso, Himmler me hizo algunas reflexiones agri-dulces. Es en vano que hoy intente acordarme de alguna de las insignificantes frases de Bormann. Por su parte, Himmler no estaba muy hablador. En resumen, ambiente muy tenso. Joachim von Ribbentrop, al que había visto en el transcurso de la tarde, no estaba tampoco muy alegre. Me recibió con mucho protocolo y sentado sobre una especie de trono me ofreció cigarrillos turcos marcados con sus siglas. Pude darme cuenta de que nuestro ministro de Asuntos Exteriores estaba bastante mal informado sobre lo que había sucedido en Italia durante los últimos meses. En la Guarida del Lobo, cuando me despedí del Duce, me hizo prometerle que iría pronto a verle a Italia. Pero no pude ir a Gargnano, situado en la orilla oeste del lago de Garda, antes de mediados de junio de 1944, y fue a causa de Ribbentrop. Cerca de Fracati estaban esperándome sus voluntarios. Había preparado su regreso motorizado por el lago de Garda y el Tyrol y me hallaba aún en Insbruck cuando recibí una comunicación de oficiales del servicio de Schellenberg acerca de los generales Soleti y Cueli. Mussolini consideraba al primero muy sospechoso y así me lo había dicho. Por el contrario, habiendo sido tratado correctamente por Cueli, el duce había confiado su equipaje a Radl, quien se lo había entregado a los dos generales italianos. Estos habían cogido sitio en el segundo Fiesler-Storch, finalmente reparado, y habían llegado a

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Munich. Habiendo entregado al Duce su equipaje, regresaban a Italia y se encontraban en Insbruck. De forma Rutinaria, sus propios equipajes fueron examinados y me dijeron que habían descubierto en ellos ciertos papeles que parecían pertenecer a Mussolini. Me di cuenta enseguida que se trataba sencillamente del Diario del Duce. ¿Por qué esos documentos no le habían sido restituidos? En esta aventura, mi papel había terminado. Previne, pues, inmediatamente a los servicios de Ribbentrop, que esos documentos le serían enviados a fin de que Asuntos Exteriores se los restituyese al Duce, que continuaba siendo huésped de Hitler. Naturalmente, era necesario informarle de que su Diario había sido encontrado en los equipajes de los generales cuando en su viaje de regreso se disponían a franquear la frontera. Desde Roma a Fracati, donde mis voluntarios me hicieron un entusiasta recibimiento, subimos todos juntos hasta el lago de Garda, donde se encontraba el Q.G. de la 1.ªdivisión blindada de la Waffen SS al mando de la cual estaba mj antiguo general, Paul Hausser. El recibimiento que nos hicieron nuestros camaradas nos recompensó ampliamente de todos nuestros sufrimientos. Con ellos olvidamos las pequeñeces, las mezquindades, las intrigas. Fue allí cuando recibí, como regalo del Duce, un estupendo cabriolé deportivo Lancia. No pude darle las gracias sino a mediados de junio de 1944. En efecto, la Wilhelmstrasse conservó el Diario recuperado en Innsbruck durante más de ocho meses y tuve que insistir numerosas veces para que me entregasen el documento. Es probable que la diplomacia de Ribbentrop fuese juzgada severamente. Fui a Gargnano en junio de 1944 acompañado del capitán Radl. Mussolini nos recibió calurosamente en villa Feltrinelli, pero antes de llegar hasta él, habíamos tenido que escuchar las numerosas recomendaciones del embajador Rahn y de sus servicios, sobre lo que era conveniente decir o callar. Nos fue muy penoso el constatar que alrededor de la villa, había muy pocos soldados italianos. Por el contrario, abundaban los agentes del S.D. La vigilancia estaba asegurada por un batallón de Waffen SS, ¡como si Mussolini no pudiese encontrar un millar de soldados italianos para defenderle! ¿Habíamos sacado al Duce de su prisión del Gran Sasso para verle en otra? Todo el mundo podía desgraciadamente constatarlo: Mussolini no estaba en libertad! Sentí que una gran tristeza se adueñaba de mí. Fue todavía peor cuando nos recibió en su pequeño despacho; Radl y yo le encontramos envejecido, cansado. Detrás de su mesa, en esa habitación oscura, parecía un viejo león sin melena. Una vez más, la tomó contra la Casa de Saboya y deploró que el duque de Aosta muriese cautivo (mayo de 1942) en Nairobi.

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«Me he equivocado —nos dijo—, porque me engañaban. Era necesario y es necesario realizar una profunda revolución social. Tengo la alegría de ver hoy adherirse al fascismo republicano a socialistas honrados y leales que antes habían rehusado seguirme. Por ejemplo, el antiguo jefe comunista Nicolás Bombacci y Cario Silvestri.24 Los traidores creen salvarse. Se pierden. Han creído que nuestros enemigos les recompensarían de su traición, mientras que ya están siendo tratados como guiñapos. Tres veces ha tenido Badoglio que dimitir. El rey ha abdicado en favor de su hijo. Ciertamente, poco le importaba a Umberto reconocerse leninista mientras pudiera seguir siendo rey. Pero será barrido por Ercoli, llegado directamente de Moscú.25 Estas gentes de la Casa de Saboya están convencidos de que felizmente han conservado su corona. Quiero, Skorzeny, hacer ahora una profecía: ¡Suceda lo que suceda, esa corona está perdida para siempre!» Cuando le entregué su Diario, rogándole aceptase mis disculpas por un retraso «del cual no era yo responsable», el Duce me dijo que «estaba seguro de ello» y cambiando de conversación nos habló de los esfuerzos de la Italia republicana en favor del Eje y de la victoria. Pero el entusiasmo, la convicción que ponía él en sus frases nueve meses antes, había desaparecido. Parecía estar convenciéndose a sí mismo. Le pedí que tuviese a bien dedicar unas fotos suyas para todos los que habían tomado parte en la expedición del Gran Sasso, lo que hizo gustosamente. Yo tenía ya la del Führer con estas palabras: «A mi querido Skorzeny, en agradecimiento y en recuerdo del 12 de septiembre de 1943 —Adolfo Hitler—.» La dedicatoria del Duce decía así: A mi amigo Otto Skorzeny quien me ha salvado la vida. Lucharemos por la misma causa: ¡La de una Europa unida y libre! A partir de octubre de 1943, el Duce me envió para todos los paracaidistas que habían aterrizado en el Campo Imperatore y para mis 16 Waffen SS, relojes de oro de pulsera que llevaban grabados en la caja, la famosa M. Los oficiales recibieron cada uno de ellos un cronómetro. El Duce me ofreció, junto con el reloj de pulsera y el cronómetro, un reloj de bolsillo de oro con la M en rubíes y la fecha: 12-9-1943, grabada en la caja. Me fue sustraído en 1945 por los americanos. 24

Bombacci había roto con Moscú en 1927. Se adhirió al fascismo republicano y fue asesinado por los partisanos. Periodista, Silvestri había sido arrestado en 1924 por haber escrito que Mussolini había dado la orden de asesinar al diputado socialista Matteoti. Después Silvestri tuvo la prueba de que Mussolini no tenía nada que ver con ese crimen. El Duce le recibió en Gargnano y los dos hombres reconciliados se abrazaron. 25 A partir del 2 de abril de 1944, el líder comunista Ercoli había hecho en Radio-Bari una llamada al pueblo italiano, incitando a la «lucha contra el fascismo, al lado de las grandes democracias» y haciendo la apología de «los gloriosos ejércitos sovr íicos, libertadores de Europa».

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¡Muchos otros recuerdos desaparecieron en la tormenta! Las fotos, el puñal de honor de la milicia fascista, así como la medalla de la Orden de los Cien Mosqueteros, que no fue otorgada más que a cien combatientes. Unos amigos me han enviado después una réplica de esta medalla. Durante ese día, tuve el placer de charlar ampliamente con el príncipe Borghese. «¡Qué locura —me dijo— cometen los aliados occidentales haciendo el juego a Stalin! Si, por desgracia, Alemania fuese derrotada, Europa misma sería, herida de muerte! Churchill, Roosevelt, ingleses y americanos, lo sentirían amargamente un día, y suceda lo que suceda, también sentirán el haberse aliado al comunismo en guerra. Lucharemos con ustedes el final, porque somos a la vez patriotas italianos y europeos conscientes!» Junto con Radl, tomábamos nuestras comidas en familias en villa Feltrinelli, la casa del Duce. Un mentor de Asuntos Exteriores alemanes que nos acompañaba, se esforzaba en llevar la conversación hacia cauces tranquilos. Pero el Duce, que conocía a fondo la historia de Europa y, sobre todo, la de Alemania, se divertía mucho. Hablando de Federico el Grande «dotado en grado sumo de talentos a la vez políticos y militares» no hizo solamente su propia autocrítica. Nuestro mentor estuvo sobre ascuas cuando Mussolini citó la extraordinaria virtud diplomática desplegada por Federico el Grande de 1749 a 1786. Sentíase que el presente interesaba apenas al Duce. No era ya un jefe de Estado, sino un filósofo, un historiador, el teórico con visión de futuro de una nueva síntesis entre tradición y revolución socialismo y nacionalismo, en provecho de una Europa reconciliada. Cuando nos despedimos de él, me pidió que volviese a verle a menudo. Tomó mi mano entre las suyas. Ignoraba yo que era la última vez que le veía. «Ese raid sobre el macizo del Gran Sasso tuvo una gran repercusión mundial», explica Charles Foley en «Commando extraordinary». La prensa de los Aliados del Oeste hizo absolutamente «fair play». No sé quien tuvo la ridícula idea de enviar una compañía de propaganda (P.K.), a hacer una película en el Campo Imperatore, pretendiendo representar nuestra acción real, y que desde todos los puntos de vista, era muy mediocre. Sólo el macizo del Gran Sasso, desde sus 2.914 metros de altitud, representaba su papel con convicción. Hubiera preferido que la prensa alemana e italiana imprimiese menos extravagancias, sin publicar mi foto, lo que más tarde representaría una gran molestia para mí. La radio había declarado que nuestras pérdidas habían sido grandes y en Friedenthal, recibimos enseguida donativos «para nuestros numerosos heridos y para las familias de los difuntos». Los donativos en dinero

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y demás fueron distribuidos equitativamente entre los paracaidistas heridos de la Luftwaffe. A mediados de octubre, Radl y yo hablamos cerca de una hora por radio y pudimos explicar que felizmente no había habido muertos y que nuestros diez heridos, iban restableciéndose. Lo que nos emocionó profundamente fue la correspondencia que recibí. Millares de soldados y de obreros europeos me escribieron, y la liberación del Duce fue incluso conocida y festejada por nuestros prisioneros en algunos campos soviéticos. El efecto psicológico tuvo también gran repercusión entre nuestros combatientes. Once oficiales de la división Brandebourg pidieron su traslado a Friedenthal. Fue a propósito de esto que tuve mi primera entrevista con Canaris y que comprendí la falsedad de su carácter. Este hombre tenía algo de la medusa, a la que se puede atravesar con el dedo sin resultado visible una vez retirado el dedo, y de la anguila viscosa y huidiza. Me pregunto hoy, por qué tendría Canaris en su despacho el retrato de Hitler: los de Roosevelt, Churchill o Stalin, hubieran sido más adecuados. La discusión duró muchas horas. De vez en cuando, aparecía el coronel Lahousen, declarando que tal oficial era indispensable en la Brandebourg. Al cabo de tres horas de conversación, Canaris me espetó: «Bueno, está bien… Autorizo los traslados… ¡Pero no! Espere no es posible, estoy pensando en algo que… etc… Hubo que volver a empezar y solamente al cabo de cuatro horas el almirante, muy contra su voluntad, cedió. Entre los oficiales de la Brandebourg trasladados a Friedenthal se hallaba el teniente Adrián von Foelkersam, descendiente de una antigua familia báltica. Su abuelo, almirante de la flota zarista, había mandado una escuadra durante la guerra ruso-japonesa. Hablaba normalmente el ruso, el francés y el inglés. Estudiante de ciencias económicas en la Universidad de Berlín, había participado ya con la Brandebourg en audaces hazañas: raids tras las líneas soviéticas, ataque a un estado-mayor divisional del Ejército Rojo a principios de 1942, etc… Poco después haría de él mi jefe de estado mayor. Foelkersam me confió que en la división Brandebourg sucedían cosas extrañas. La gente que hablaba francés o árabe era enviada a Rusia, los que hablaban inglés o ruso a los Balkanes, etc… Se había enterado de que, por extraña coincidencia, unos comandos eran esperados al mismo tiempo, en el Oriente Próximo, en los EE.UU. (Operación Pastorius) y en otros lugares. Habiendo sido reagrupados algunas unidades de la Brandebourg, los jóvenes oficiales tenían menos iniciativa y Canaris había decidido incluso emplear la Brandebourg como simple unidad divisional de la Wehrmacht, cuando los Brandeburgeses podían y debían ser utilizados para misiones especiales.

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Si Foelkersam y los oficiales provenientes de la Brandebourg tuvieron que alistarse en los Waffen SS para entrar con nosotros, los generales Jodl y Jütner me autorizaron a continuación a recibir entre mis cazadores, a combatientes de los tres Ejércitos. A partir del 5 de agosto de 1943, la Sonderverband z.y.V. Friedenthal se convirtió en el SS JMgerbataillon 502 con compañía de mando y compañías motorizadas. Poco después, el SS JMgerbataillon se convirtió en el Jagdverband Mille, al cual se añadieron muy pronto otros cuatro batallones, las escuelas de combate, etc… A finales de septiembre de 1944, bajo las órdenes del general Guderian, entonces jefe de estado-mayor general (O.K.H.) nueve unidades de la división Grandebourg fueron trasladados a los Waffen SS y colocados bajo mi mando. Batallones y compañías fueron siempre empleados por separado en frentes diferentes. Así pude bastante pronto librarme casi por completo de Schellenberg y recibir sólo órdenes de la O.K.W., del general Jodl, y generalmente del mismo Führer. «Después de la operación del Gran Sasso —escribe Foley—, Friedenthal se convirtió en el lugar de reunión de todos los temerarios y aventureros de guerra. Skorzeny tuvo bajo sus órdenes a combatientes de los ejércitos de tierra, mar y aire. Estuvo un período con el agua al cuello por todos los voluntarios que deseaban combatir bajo esta nueva bandera: los peleones, los «duros» que se morían de ganas por distinguirse en el transcurso de brillantes hazañas… Centenares de fotos tomadas en Friedenthal muestran a Skorzeny entrenando a sus hombres. Se conoce a sus oficiales por el aspecto cansado: Skorzeny les hacía trafagar, los entrenaba sin cesar a fin de que fuesen capaces de superar las dificultades previstas y también las que no lo eran.» El 28 de abril de 1945 me encontraba en un tren militar, cerca de Salzburgo. Había instalado mi P.C. en dos vagones especiales que había hecho venir no sin dificultades, desde Berlín. Mi misión consistía en organizar el famoso reducto alpino, en estrecha conexión con el mariscal Schoernar. Disponía de buenas transmisiones, con teletipos, teléfonos y diez aparatos de radio. Así podía establecer comunicación con todos los frentes. Fue el servicio de escuchas quien me dio la alerta en el transcurso de la tarde. La radio italiana anunciaba que Benito Mussolini, capturado por los partisanos, había sido fusilado. Pensé que eso era imposible. Si el Duce no estaba ya en este mundo, él mismo se había matado. Estaba convencido de ello. Sabía que en Gargnano, Mussolini se hallaba resguardado por un batallón de Waffen SS. Era inimaginable pensar que una unidad de guerrilleros de maquis, fuesen cuales fuesen los efectos, hubiese atacado con éxito un batallón de Waffen SS en su acantonamiento. Es cierto que yo ignoraba entonces los manejos llevados a cabo por Wolf y su ayudante Dollmann con Dulles, en su puesto de Berna ¡El Duce no estaba al corriente de nada! Pero Himmler sí. 270

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Conseguí establecer contacto con el mayor Beck, jefe de mi JagverbandItalia, quien, por su parte, había tratado vanamente de contactar conmigo. Me reveló lo que había averiguado demasiado tarde: el Duce había salido de Garnano el 18 de abril para ir a Milán. Fue entonces cuando alguien retiró el batallón de la Waffen SS que velaba por la seguridad del Duce, para enviarlo al frente. «¿Pero quién es el cerdo que ha dado una orden semejante?, pregunté al doctor Beck.» —No sé nada, me dijo. Nos hemos enterado que el batallón debía ser remplazado por una compañía de la Luftwaffe. Ignoro si la orden ha sido cumplida. A continuación he sabido que el Duce había dejado Milán la noche del 25 al 26 de abril para subir hacia el norte después de una entrevista con el cardenal Schuster y uno de los jefes de la Resistencia, el general Cardona,26 rehusó rendirse. —¿Dice usted que hacia el norte? ¿Suiza o Austria? —Acabo de enterarme de que se había parado en Como, en la prefectura, para esperar a una gran columna de milicianos a las órdenes de Pavolini y resistir en las montañas de Valtelina… Lo que sí es seguro, es que no quedaba ni un soldado de la Waffen SS con él. Era demasiado tarde. No podíamos hacer nada… ¡Nada. La Valtelina! Hubiéramos estado muy cerca el uno del otro si los 5.000 hombres de Pavolini hubiesen existido, y si hubiéramos podido hacer en los Alpes, el último combate. ¡Así, pues, nuestros Waffen SS habían sido utilizados para guardar al Duce prisionero y no para defenderle! Jamás el mariscal Kesselring hubiera tolerado una tal villanía; pero estaba en Bad Nauheim, encargado del mando en jefe del frente del Oeste, remplazando a Rundstedt. El resto ya se conoce: Mussolini abandonado de todos. Las palabras del verdugo, el comunista Audisio-Valerio, un antiguo de las brigadas internaciones de la guerra de España: «¡Duce, vengo a salvarle!» Prudente, el verdugo se informa: «¿No estará armado?» Se han atrevido a escribir que Mussolini no había muerto valientemente. Gracias al testimonio del chófer de Audisio, se sabe hoy que las últimas palabras del Duce fueron: 26

Este general Cardona era hijo de un antiguo comandante en jefe de las tropas italianas que habían sido derrotadas por los austrohúngaros en Caporetto en octubrenoviembre de 1917. Orlando, presidente del consejo italiano había declarado al mariscal Foch que Cardona estaba «firmemente decidido a luchar hasta el final, aunque tuvieran que retroceder hasta Sicilia». A lo que Foch respondió: «No se trata de eso. Es en Piave donde habrá que resistir.» (G. Mariscal Foch Memorias, tomo II.) En 1922, el Duce había hecho todo lo posible para que el honor del viejo Cardona quedase intacto.

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«¡Dispara al corazón!» El mundo entero ha visto las fotografías de la Plaza Loreto, en Milán. En cuanto a las visitas que Churchill hizo a Dongo y a Poltrassio, en el lago de Como, durante los meses de junio y agosto de 1945, siguen siendo para mí muy misteriosas. Si un hombre de estado de la talla de Churchill teme verdaderamente que un enemigo asesinado haya dejado «documentos comprometedores», no va él mismo, ni siquiera «de vacaciones» para recuperarlos. Envía a alguien. A no ser que estos documentos —o si se quiere, esta correspondencia— tengan un carácter tan especial que no pueda ser descubierta ni leída por terceros.

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4. El 20 de julio… Un atentado con bomba ha sido cometido contra el Führer…».—Schellender, detrás de su escritorio-ametrallador.—Putsch imaginario de los SS: Bolbrinker, jefe de estado mayor de la inspección de las fuerzas blindadas, duda.—Un ataque evitado.— Incredulidad del general Student.—Las órdenes de Goering.—Voy a Bendlerstrasse.— «¡El Führer ha muerto!»: dudas del mayor Remer.—Estando con Goebbels, habla con Hitler por teléfono.—Impotencia e inconsciencia de los conspiradores.—Olbricht y Stauffenberg jefes del complot.—El contra-putsch de los coroneles Pridun, von der Heyde, etc…—Suicidio de Beck; el general Fromm suprime algunos testigos.—El extraño relato de Speer.—Precisiones del general Remer.—Mi acción Bendlerstrasse: primero anular Walkyria.—El juego de la oca de Stauffenberg.—Canaris arrestado.— ¡Hitler temía que Stauffenberg estuviese herido.— Suicidios de los mariscales Rommel y von Kluge.—La orquesta roja y el 20 de julio.—Guderian: «el atentado ha ejercido sobre la moral del Führer, efectos funestos».—Continuar la lucha. «¡Stürmbanführér Skorzeny! ¡Stürmbanführér Skorzeny!» A lo largo del rápido de Viena, sobre el andén de la estación berlinesa de Lichterfelde-Este, un oficial corre gritando mi nombre. No hace ni cinco minutos que Radl y yo acabamos de instalarnos, en el coche-cama que tenemos reservado. Vamos a Viena para constituir un comando con nuestros mejores nadadores de asalto, con vistas a sorprender a Tito, que como sabemos, se encuentra refugiado en la isla de Vis. Bajo la ventanilla del compartimiento y llamo al oficial que continúa corriendo y ha pasado ya nuestro vagón. Reconozco a un teniente del estadomayor del general Jütner, que hace de enlace con el AMT VI de Schellenberg. Casi sin aliento, apenas tiene tiempo para gritarme que me esperan con urgencia en mi despacho de Berlín. Radl ya está pasando mi maleta por la ventanilla. Digo a mi ayudante que vaya solo a Viena y que procure hacer todo lo mejor que pueda. Arranca el tren y salto casi en marcha. Estamos a 20 de julio de 1944. Son las 18,10 horas. Nos hemos enterado, en el transcurso de la tarde, que el Führer ha escapado de un atentado. Pero la gravedad del asunto no será conocida en parte, gracias a la radio, sino a las 18,45. Ignoro que desde las 13 horas Himmler y Müller, jefe de la Gestapo, han enviado expertos a la Guarida del Lobo y que

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toda la policía del Reich se encuentra en estado de alerta desde las 14 horas. Es en el andén mismo de la estación, donde me entero que ha habido muertos, heridos y que la situación en Berlín es muy confusa. Desde el despacho militar de la estación, telefoneo inmediatamente a Foelkersam, que se encuentra en Friedenthal. Tenemos allí a las cuatro compañías del SS Jágerbataillon 502. Ordeno a Foelkersam poner el batallón en estado de alerta. Después de lo cual voy a Berlín-Schmaregendof, a Berkaerstrasse, donde se encuentran mis servicios administrativos. A las 18,45, la radio interrumpe sus emisiones y anuncia un comunicado especial. Es el siguiente: Hoy un atentado con bomba ha sido cometido contra el Führer. A su alrededor, han sido gravemente heridos el general Schmundt, el coronel Brand y el taquígrafo Berger. Han resultado con heridas leves: los generales Jodl, Kosten, Buhle, Bodenschatz, Heusinger y Scherff, los almirantes Voss y von Puttkamer, el capitán del navío Assman y el teniente-coronel Borgmann. El Führer ha resultado con ligeras quemaduras y contusiones. Ha reemprendido inmediatamente sus actividades, y, como estaba previsto, ha mantenido con el Duce una larga conversación. Poco después del atentado, el Reichsmarschall Goering se ha personado cerca del Führer. Doy vueltas al sentido de este comunicado. ¿Quién ha dado el golpe? ¿Ha logrado el enemigo penetrar en la misma Guarida del Lobo? Diez meses antes, le decía al coronel Strewe que el gran estado-mayor no estaba al abrigo de un ataque-sorpresa por parte de adversarios inteligentes y decididos. Sin embargo, los más extraños rumores corren por los despachos de la Backaerstrasse donde uno se cruza con funcionarios armados hasta los dientes y manejando su metralleta con tanta torpeza que se me pone carne de gallina. En este veo al Oberführer Schellenberg. Desde el 18 de febrero de 1944, los servicios alemanes de información militares y políticos, han sido unificados. Algunos agentes de Canaris han traicionado demasiado abiertamente y él mismo ha sido destituido. Sin embargo, Keitel le ha nombrado jefe del estado mayor especial para la economía de la guerra, cuya sede se encuentra en Eiche, cerca de Postdam. Es Schellenberg quien ha heredado la Abwehr que ahora se llama Amt Mil, a la vez que continúa como jefe del departamento VI del R.S.H.A. Tiene un tinte verdoso. En su escritorio, un revólver. En sus Memorias apócrifas, se dice que se trata de un escritorio-ametrallador de pedal: una leve presión con el pie y el visitante cae fulminado. No he observado nunca nada parecido en el despacho de Schellenberg; pero dejémoslo. —«Que vengan, me dice, que sabré defenderme. No me cogerán fácilmente.»

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—¿Hay alguien que le odie tanto? —Skorzeny, la situación es grave. He mandado distribuir metralletas a todo el personal masculino. Nos defenderemos hasta el fin. —Escuche —le digo—, lo que ha ordenado me parece muy imprudente. Esta gente no tiene ni idea de cómo manejar un arma de fuego y van a matarse entre ellos. Acabo de enviar al sótano a uno de sus alférez, que llevaba la metralleta como si se tratase de una sombrilla.» Schellenberg me explica entonces, que el centro de la conspiración se encuentra, al parecer, en Bendlerstrasse, en la sede del alto mando de la Wehrmacht interior, y me pregunta si puedo llamar a una de mis compañías para asegurar «nuestra» protección. —«¡Naturalmente que sí! Soy muy distraído, hubiera debido pensar en ello enseguida. ¿Podría saber quién es el enemigo? —Le digo que todo se cuece allí en Bendlerstrasse. Es un complot. No retrocederán ante nada. —¿De qué se trata? ¿Quién conspira y contra quién? —Parece ser que se está preparando un putsch y que hay fuerzas blindadas por las calles. ¡Se da cuenta Skorzeny, fuerzas blindadas! —Tranquilícese, mi general. Mientras espero a que lleguen mis hombres, voy a informarle.» Serían alrededor de las 19 horas. Por teléfono pido a Foelkersam que envíe inmediatamente a Bakaerstrasse a la primera compañía, bajo el mando del capitán Fucker, quien no deberá obedecer más órdenes que las mías. Foelkersam y el aspirante Ostafel deben venir inmediatamente a reunirse conmigo: es lo que hacen en un tiempo record. Foelkersam se queda en Berkaestrasse y yo salgo con Ostafel a dar una vuelta por el distrito gubernamental. Todo está perfectamente tranquilo. —«Hasta el momento, es un pequeño Putsch —digo a Ostafel—. Vamos a ver los tanques. No tenía sino amigos entre los oficiales del Panzerkorps y conocía al coronel Bolbrinker, jefe de estado-mayor de la inspección de las fuerzas blindadas que se encontraban en Ferbellinerplatz. Allí, tengo enseguida la impresión de que hay algo sucio. Dos tanques se encuentran en posición sobre la gran avenida. Saludo a los oficiales; me dejan pasar y encuentro a Bolbrinker —que me recibe enseguida— de manera vacilante. Obedeciendo una orden de la Benklerstrasse debe enviar enseguida cuerpos blindados de reconocimiento del lado de Lankwitz y del cuartel de Lichterfelde donde se encuentra acantonada la Leibstandante Adolfo Hitler. No comprende nada —me dice el coronel—. ¿Ha oído la radio hace un rato? ¡Un atentado contra nuestro Führer…! ¿No es increíble? El coronel

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Glásemer, comandante de la escuela de fuerzas blindadas de Krampnitz, no vuelve de Bendlerstrasse. Parece ser que hay una rebelión de las tropas SS que preparan un golpe de fuerza. ¿Qué piensa de todo esto? —Mi coronel, yo mismo tengo el honor de pertenecer a los Waffen SS y no creo en absoluto en un complot de mis camaradas contra el Führer. Lo que creo, de momento, es que cierta gente está haciendo lo posible por desencadenar una verdadera guerra civil.» El coronel se sobresalta. «¿Una guerra civil? ¿Cómo es posible?» Hago notar entonces a Bolbrinker que, si las unidades blindadas que, por orden suya, han dejado Wünsdórf en dirección a Berlín, se ponen en marcha hacia Lichterfelde, la reacción de la Lelbstandarte puede ser muy fuerte. Es lo que hay que evitar a cualquier precio. Esta orden es insensata. El coronel se muestra de acuerdo y me dice que esos carros de combate no se han puesto aún en marcha: se encuentran concentrados en los alrededores de la Ferbellinerplatz. Propongo entonces al coronel el ir a Lichterfelde con dos de sus oficiales. Acepta, partimos inmediatamente, recomendando al pasar a los jefes de los tanques no moverse hasta nueva orden. Poco después, el general Bolbrinker dará órdenes formales para que las unidades blindadas no obedezcan, sino las directivas del general Guderian, inspector general del cuerpo. Nos lanzamos en coche hacia Lichterfelde mi antiguo cuartel donde mantengo una conversación con el coronel —pronto general de la Leibstandante W. Mohnke. Somos para él como enviados por la providencia. El doctor Goebbels le ha dado la alerta hacia las 19 horas, previniéndole que ciertos alemanes del Ejército, afirmando que el Führer había muerto, se esforzaban en tomar el poder y enviaban órdenes. Los del Putsch pretendían, además, que los SS intentaban un golpe de fuerza. Por todo esto es por lo que el coronel ha colocado los cañones y las ametralladoras en batería. Sus hombres están en su puesto de combate. Nos explicamos. «Queridos camaradas, dice Wohnke, es estupendo que hayan venido. Ya que si los carros de combate, se hubieran acercado, el asunto hubiera sido cruento.» Insisto, ya que es posible que uno o dos tanques desperdigados se presenten en el cuartel. Los Waffen SS no responderán a ninguna provocación de este tipo. Estamos de acuerdo. Dejo con Mohnke a uno de los oficiales de enlace de Bolbrinker; el otro regresa a dar cuenta a su jefe. Son entonces las 21 horas, aproximadamente. Me enteraría más tarde que el coronel Glasemer, retenido como prisionero por los conspiradores, había logrado salir de la Bendlerstrasse y dar la alerta a su vez a la inspección de fuerzas blindadas, que no se movieron más.

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Desde el cuartel de la Leibstandarte, telefoneo a Foelkersam. La 1.ªcompañía motorizada de Friedenthal ha llegado ya. Ordeno a Foelksam que la tenga dispuesta para cualquier eventualidad delante del edificio de la Berkaestrasse. Mi ayudante me informa de que un dispositivo de alerta había sido puesto en marcha, poco antes de las 16 horas, por el estado-mayor del ejército del interior. Desde el 15 de julio un ejercicio de alerta había sido igualmente puesto en marcha por el estado-mayor de la 3.ªregión militar, la de Berlín. Se trataba de tomar medidas severas en caso de una supuesta intervención de tropas aéreas sobre la capital. Pero las órdenes dadas en la Bendlerstrasse, desde las 17 horas, no conciernen a un simple ejercicio: se trata de una verdadera movilización interior, con vistas a un putsch. ¿Quién está detrás de todo esto? Me parece evidente que el atentado contra el Führer está ligado al embrollo en el que nos encontramos. Durante la noche me enteraré de que, en efecto, los conspiradores han intentado camuflar su acción gracias a la operación Walkyria, previniendo medidas de urgencia en caso de irrupción de las fuerzas enemigas o de una revuelta generalizada de los trabajadores extranjeros, que pudiese pone en peligro la seguridad interior del Estado. Me enteraré, también, de que «ejercicio» del 15 de julio fue el resultado de un error de los conspiradores: creían que el atentado tendría lugar ese día. Después de mi conversación con Foelkersam, decido ir a Wansee, donde se encuentra el estado mayor del general Student, que no ha recibido todavía ninguna señal de alarma. Telefoneo. El general está en su casa y me espera. Son más de las 21 horas cuando, dejando Wansee con un oficial de estadomayor de los paracaidistas, me presento en el domicilio de Student, una pequeña villa de Lichterfelde. En la terraza, cerca de una lámpara cuya luz ha sido cuidadosamente escondida, se encuentra el general, en batín, consultando unos dossiers. A su lado, la señora Student está cosiendo. La acogida del general es muy amable. Le hago notar que estamos allí por razones de servicio; la mujer de Student desaparece enseguida y doy cuenta al general, de forma sucinta, de todo lo que sé de los acontecimientos. Incrédulo, sacude la cabeza. —«¡Pero, mi querido Skorzeny!, todo esto parece una novela de aventuras. ¿Una tentativa de Putsch? ¿Un complot militar? ¡Es completamente imposible! Se trata de simples malentendidos, eso es todo!» En esto suena el teléfono, es el Reichsmarschall Hermann Goering que notifica a Student que el atentado contra el Führer ha sido cometido al parecer por un oficial de estado-mayor del ejército del interior, que ha creído verdaderamente que Hitler había muerto. Tras lo cual, la Bendlerstrasse ha dado órdenes de las que algunas han comenzado ya a ejecutarse. Sólo las órdenes provenientes de la O.K.W. deben ser en adelante tomadas en consideración. Goering recomienda «sangre fría» a fin de que no se produzca

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ningún incidente. El Führer está ileso y hablará personalmente por la noche al pueblo alemán. El General se ha puesto muy pálido. Se vuelve hacia mí y me dice: «Tenía usted razón.» Señala a Goering mi gestión y mi presencia allí, cuelga y dice: «¡Es verdaderamente increíble ¿Por poco que se reflexione, parece ser que la situación es grave. Voy a poner a mis tropas inmediatamente en estado de alerta, prohibiéndolas el obedecer otras órdenes que no sean las mías. —Mi general —le digo—, todo está ya preparado en cuanto a los carros de combate y a los Waffen SS. Si le parece bien, sugiero que aseguremos un enlace entre usted, mi general, el coronel Bolbrinker, y el coronel Mohnke. —Perfecto. Estaremos en contacto.» Me despido del general y regreso rápidamente a Berkaestrasse. Es algo más de las 22 horas. Foelkersam me hace saber que al parecer se ha formado un nuevo Gobierno y que ciertas órdenes provenientes del ejército del interior han sido transmitidas, efectivamente, en este sentido, desde las 16,30 horas a los comandantes de las regiones militares alemanas de los territorios ocupados y en el trente. ¡Se creía muerto al Führer! Se trata a la vez, pues, de alta y baja traición. Foelkersam, Fueker, Ostafel y yo estamos asqueados. La Wehrmacht lucha en tres frentes contra los ejércitos más poderosos del mundo. ¡En el frente del Este, Rumania se encuentra amenazada, el Ejército Rojo ha invadido los países bálticos y en el frente central ha dejado ya atrás Pinok Bialystok y amenaza Brest-Litowsk! En el frente Oeste, los aliados occidentales dueños del mar y del cielo, ensanchando su cabeza de puente, tienen ya cogidos el puerto de Cherburgo y Saint-Lo, que no es sino ruinas. En Italia, han dejado atrás Arezzo y están llegando a Pissa. No se trata ya de «la puñalada por la espalda» de Alemania, sino de la ráfaga de metralleta. Es entonces cuando me llaman por teléfono —probablemente por iniciativa del mariscal Goering— del G.Q.G., y recibo la orden de regresar inmediatamente a Bendlerstrasse «con todas mis tropas», a fin de reforzar el batallón de guardia de la división Gross Deutschland mandado por el mayor Remer que se encuentra allí ya. Aclaro que no tengo en Berkaestrasse más que una compañía. Debo ponerme en marcha con esta unidad y esperar órdenes. Son las 23 horas 50 minutos, aproximadamente. Rodamos lo más rápido posible entre inmuebles destruidos por los raids de terror enemigos y que dan a la noche un lúgubre aspecto. Pero más siniestros aún son nuestros pensamientos. Mi ancho Kühelwagen avanza en cabeza del convoy: unos veinte camiones. Foelkersam ha tomado asiento a mi lado y creo que es él quien expresa en voz alta lo que todos pensamos: «¡Cuando pienso en todos los camaradas que han muerto por culpa de todos estos cretinos…!»

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Llegamos. Enciendo y apago los faros rápidamente. Un coche está delante de nosotros; otro, que acaba de salir por la entrada clausurada del recinto de Bendlerblosk, se acercan en dirección contraria y van a cruzarse. Los dos coches se paran. Doy orden al convoy de pararse, ya que es imposible pasar. Las linternas brillan intermitentemente. Espero unos momentos y bajo después a ver lo que sucede. En el coche que llega, reconozco al doctor Ernst Kaltanbrunner, que ha sucedido a Heydrich a la cabeza del R.S.H.A. Servicio Superior de Seguridad del Reich. En el coche que se va encuentro a un general. Más tarde sabré que se trata del jefe de la Wehrmacht interior, Fromm. Me quedo a distancia y oigo decir a Kaltenbrunner: «Me encuentro cansado y voy a mi casa, donde puede avisárseme en cualquier momento.» Luego veremos que el general Fromm no iba a su casa, sino a la del doctor Goebbels. Los dos hombres se estrechan la mano. La vía está libre. ¡Vámonos! Hago avanzar a mi convoy y agitando mi linterna, grito: «¡Mayor Remer!» El comandante Hans Otto Remer, jefe del batallón de guardia de la división Gross Deutschland, ha sido herido ocho veces desde el comienzo de la guerra. Hace apenas unas semanas que el Führer le ha concedido la cruz de caballero. Es a las 16 horas 30 minutos que recibe de los conspiradores la orden de emprender Walquiria. En el estado-mayor de la plaza de Berlín, el general von Kortzfleisch, al mando de la región de Berlín-Branderburgo, se encuentra ausente, detenido por los conspiradores en la Bendlertrasse. El general von Hase, comandante de la plaza, declara a Remer que Hitler ha muerto probablemente, y que los SS quieren hacerse cargo del Poder. En consecuencia, el batallón de guardia debe bloquear el distrito del Gobierno y encargarse de la seguridad del estado-mayor del Ejército del interior en Bendlersstrasse. Remer se sorprende: «Me permito hacerle ver, mi general, que es el Reichsmarchall Goering quien debe entonces reemplazar al Führer según la Constitución.» Hase responde evasivamente. Remer se retira y envía a casa del doctor Goebbels a uno de sus amigos, el teniente de reserva doctor Hans Hagen, quien herido en Francia, es ahora periodista —colabora en Das Reich— y conferenciante. Los cronistas olvidan precisar que el doctor Goebbels no es solamente ministro de Propaganda: sigue siendo Gauleiter de BerlínBranderburgo. Hans Hagen ve a Goebbels hacia las 17 horas 45 minutos. El ministro de la Propaganda le declara que Hase ha mentido. Avisa enseguida a la O.K.W. al burgomaestre Steeg y después a la Leibstandarte y al general Jütner. Esto es lo que explica que hayan tenido tiempo de prevenirme en la estación de

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Lichterfelde-Este. En fin, siempre por intermedio de Hagen, Goebbels hace venir a Remer. No, el Führer no ha muerto. La mejor prueba de ello es que el mismo, Remer, va a hablar con él. Son las 18 horas 45 minutos cuando el mayor coge el aparato que le tiende Goebbels. Oye a Hitler decirle: «Mayor Remer, ¿reconoce mi voz…?» A partir de ése momento, los conspiradores están perdidos. El coronel, conde von Stauffenberg, podrá repetir que la bomba colocada por él en una cartera debajo de la mesa de la conferencia en Rastenburg ha matado al Führer, que antes de huir ha visto a distancia respetuosa, la barraca donde tenía lugar la conferencia, saltar por los aires a las 12 horas 42 minutos, no será creído. Ha mentido incluso a su regreso a Bendleratrasse, diciendo «que el mismo ha visto a Hitler transportado en camilla, muerto». Lo que caracteriza esta especie de rebelión del Ejército interno alemán contra su jefe supremo, es que los conspiradores de la Bendlerstrasse, el mariscal von Witzleben, los generales Beck Olbricht, Hoepner, von Hase, el mariscal Fromm, los coroneles von Stauffenberg, Mertz von Quinnheim, Jäger, etc…, no encontrarán ni oficial, ni un sargento, ni un soldado de infantería ni de artillería, ni de los cuerpos blindados, ni un aviador, ni un marino para ponerse a su lado. Se ha dicho y se repite, que el complot de la Bendiersstrasse fue reducido por la fuerza. ¡Qué error! Veamos un poco. Abajo, en transmisiones, el alférez Roehrig y el sargento Tegeder se han dado cuenta de la traición desde las 5 de la tarde y las órdenes de los putchsistas han sido retrasadas, transmitidas de manera incoherente a partir de las seis de esa misma tarde. Roehrig llegará incluso a adueñarse de las transmisiones hacia las ocho y prevendrá al capital Schlee, uno de los oficiales de Remer. Este último ha instalado su P.C. en casa del doctor Goebbels, en la Hermán Goeringstrasse. Está informado por Schlee de las órdenes dadas por Olbricht, Hoepner y Stauffenberg. Ahora estamos seguros de que los servicios de Olbrich están en el centro de la conspiración. Pero mientras avisaba yo a los coroneles Bolbrinker y Mohnke y al general Student, dentro del enorme edificio de la Bendlerstrasse, numerosos oficiales han reaccionado, pidiendo explicaciones a los conspiradores, primeramente, Olbricht y Stauffenberg se ven obligados a desarmar y encerrar al general Fromm. Este último, al corriente del complot, estaba dispuesto a encubrir a los conspiradores si tenían éxito. Pero habiendo hablado por teléfono con el mariscal Keitel poco antes de las cinco de la tarde se ha enterado de que el Führer, lejos de estar muerto se hallaba conferenciado con Mussolini y el mariscal Graziani. Fromm rehúsa, pues, encubrir a sus subordinados. Desarmado y encerrado en compañía de los generales Kunze, Strekker y Specht,

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Fromm es remplazado por el ex general Hoepner, ¡destituido desde diciembre de 1941! ¡No podía hacerse peor elección! Es un austríaco, el teniente-coronel Pridum, quien organiza el contraputsch en compañía de los coroneles von der. Heyde, Kuban y Herber. Pero faltan armas. El comandante Fliessbach va al depósito de Toepchin, cerca de Wünslorf, y puede traer en camión, aunque con tardanza, armas y municiones: metralletas y granadas que no serán distribuidas, sino después de las nueve. El coronel von Heyde, rodeado de unos veinte oficiales y sargentos, entra, pues, en el despacho de Olbricht y le invita a rendirse. Sigue un breve tiroteo, durante el cual Claus von Stauffenberg resulta herido. Fromm, liberado por otro grupo, declara a los generales, Beck, Olbricht al ex general Hoepner, a Stauffenberg y a sus cómplices, en estado de arresto. El mariscal von Witzleben y Gisevius se han eclipsado. Beck que intenta suicidarse, falla dos veces. Un ayudante se ve obligado a darle el golpe de gracia. Drama lamentable. Fromm, que se había retirado a su despacho anuncia: «Acabo de reunir una corte marcial que ha condenado a muerte al general Olbricht, al coronel von Quirnheim, a este coronel de cuyo nombre no me acuerdo (y señala a Stauffenberg) y a este teniente (es el teniente von Haeften, ayudante de campo de Stauffenberg). La «sentencia» es inmediatamente ejecutada, en el patio del inmueble a la luz de los faros de los coches, por un pelotón de sargentos del Ejército del interior. Son las 11 horas 15 minutos, aproximadamente. El general Fromm acaba de suprimir testigos molestos. Aquí hay que citar un relato y un documento. Según el relato de Speer, antiguo ministro del Armamento, «la sublevación hubiera sido aplastada (sic) por la brigada de carros de combate del coronel Bolbrinker». El, Speer, habría marchado hacia la Bendlerstrasse en coche «para oponerse a las ejecuciones poco después de medianoche». Escribe: Bolbrfnker y Remer estaban conmigo. En el centro de Berlín, sumida en la más completa oscuridad, la Bendlerstrasse estaba iluminada por proyectores: cuadro irreal y fantástico. Este cuadro al parecer «producía el mismo efecto teatral que un decorado de cine». El coche de Speer es parado por un SS en la esquina de la Tiergantenstrasse. Entonces, bajo los árboles, ve a Skorzeny, el libertador de Mussolini, hablando a Kaltenbrunner, jefe de la Gestapo. Es Müller el jefe de la policía secreta de Estado, pero al parecer había que meter a la Gestapo de por medio. Además «nuestras oscuras siluetas parecían tan fantasmales como nuestro comportamiento». ¡Diablo! De repente, he aquí «que una sombra majestuosa se destaca en el fondo iluminado de la Bendlerstrasse». Es el general Fromm, «solo, muy uniformado». 281

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Se dirige a Speer con una voz «lastimera» y le anuncia la muerte de Olbricht, de Stauffenberg, etc. Hay tantas cosas inverosímiles de ese relato, que debo al menos señalar unas cuantas. Los carros de combate del coronel Bolbrinker no han aplastado absolutamente nada y se sabe el porqué. La Bendlerstrasse no estaba iluminada por ningún proyector. No me acuerdo de haber visto a Speer, en ningún momento esa noche, y justo en el momento en que él pretende que hable, yo no había llegado todavía, y por su parte el general Fromm no había salido aún del Bendlersblok. No creo, además, que el coronel Bolbrinker estuviese sentado con el mayor Remer en el Lancia de Speer. En fin, yo tenía otras cosas que hacer para estar discutiendo en la calle con el presunto «jefe de la Gestapo», el doctor Kaltenbrunner. Es cierto que hacia las cinco y media de la tarde, Müller, el jefe verdadero de la Gestapo, había enviado por orden de Hitler una especie de comisión requisitoria al Bendlerblok. Esta comisión, de la que el doctor Piffrader era el jefe, está compuesta por… cuatro hombres: dos funcionarios de la Gestapo, y dos sargentos. El doctor Piffrader debía interrogar al general Olbricht y a su jefe de estado mayor, el conde von Stauffenberg, para enterarse de la causa por la que este último había dejado Rostenbourg tan precipitadamente. Himmler, que se hallaba a esta misma hora en el G.Q.G., sabía que el plan Walquiria había sido ya puesto en marcha por el Ejército del interior, y no puedo comprender por qué Müller, que también debía estar el corriente, envió solamente a cuatro de sus hombres. Fueron encarcelados inmediatamente por Olbricht, y el doctor Kaltenbrunner, jefe del R.S.H.A., fue personalmente a buscarlos. Kaltenbrunner debía ignorar todavía que el conde von Helldorf, jefe de la policía de Berlín, y Arthur Nebe, jefe de la policía criminal, o Kripo, formaban parte ellos mismos del complot. Speer pretende en su libro que fue al Bendlerblok para oponerse a las ejecuciones. Además de no estar cualificado para ello, es querer, en 1969 «haber resistido» en 1944. He preguntado a Hans Remer, hoy general retirado, lo que pensaba del relato de Speer. Aquí está lo que me ha respondido el 20 de abril de 1974 —es el documento: Speer vino a Bendlerstrasse porque le pedí que me condujese lo más rápidamente posible, de mi P.C., instalado en la villa de Goebbels. Yo acababa de enterarme que unas ejecuciones habían tenido lugar en el Bendlerblok. Como no tenía allí mi coche y quería impedir otras ejecuciones, pedí a Speer que me llevase allí. Partimos rápidamente con su deportivo blanco Lancia. Podría decir que no fue sino mi chófer, aunque se trataba de un chófer eminente. Nadie nos hizo parar. En la entrada encontré a Frontín rodeado de algunos de sus oficiales. Fue, a juicio mío, poco después de la ejecución de Stauffenberg y de los otros tres. Fromm me reconoció y me dijo: «¡Por fin, un leal oficial de la Gross Deutschland! ¿Qué sabe de la situación?» —He recibido del Führer todos los poderes 282

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para afianzar la seguridad del Gobierno y soy el responsable del restablecimiento del orden.» Pedí a Fromm que se fuese a casa de Goebbels. Me acuerdo que Speer y Fromm estuvieron hablando entre sí, pero ignoro si se fueron juntos a casa de Goebbels y cómo lo hicieron. Sin embargo, cuando fui una hora después, me sorprendió ver en la antecámara hombres de la S.D. hurgando en el abrigo de Fromm que estaba allí colgado. Naturalmente la Bendlerstrasse estaba totalmente a oscuras. Después de haber hablado con Fromm, subí al primer piso para informarme. Cuando volví a bajar, estuve hablando con el jefe de la compañía de guardia, el capitán Schlee. Fue en ese momento cuando le vi a usted Skorzeny y nos pusimos de acuerdo para obrar. Volví solo a casa de Goebbels, donde enseguida vi a Himmler al que expuse mi informe. En efecto, Remer y yo acordamos asegurar la protección del edificio, él en la parte exterior y yo en la interior, lo cual hice inmediatamente. Había venido a menudo a la Bendlerstrasse por razones de servicio. Acompañado por Foelkersam, Ostajel y otros dos de mis oficiales, subo al primer piso, donde están los despachos de Olbricht y de Stauffenberg. El ajetreo es aún muy grande. Oficiales armados hasta los dientes, surgen por todas partes. Calmo los ánimos y me informo de los acontecimientos de la tarde por los coroneles Herber y Pridun, a los que ya conozco. Voy al despacho de Stauffenberg. Un capitán de la Luftwaffe, a quien también reconozco, viene a informarme que es el jefe de transmisiones y a pedirme órdenes. Le digo que anule las directivas concernientes a la Walquiria, que restablezca los contactos normales con la O.K.W., las regiones militares y los estados-mayores de los diversos frentes y que organice un servicio de escuchas sobre todo en lo concerniente a las comunicaciones a larga distancia. No puedo, sin embargo, comunicar con la O.K.W. por teléfono. Me doy cuenta, que desde hace diez horas, entre el complot y el anticomplot, han olvidado trabajar. Me parece que lo más urgente es volver a poner en funcionamiento las enormes máquinas. Convoco a los principales jefes de servicio y les digo: «Lo más esencial en primer lugar es anular todas las órdenes enviadas en relación con Walquiria. Millones de camaradas nuestros están ahora luchando. Piensen en ellos. En todos los frentes, tienen necesidad de víveres, municiones y refuerzos. Que cada uno intente esta noche recobrar el tiempo perdido.» Un coronel me hace ver entonces que numerosas decisiones urgentes concernientes al abastecimiento de víveres debían ser tomadas por el coronel von Stauffenberg. —«Yo tomo la responsabilidad de firmar y enviar las órdenes urgentes. Encárguense ustedes de las suyas. ¡Al trabajo señores!» Me instalo en el despacho de Stauffenberg. En uno de los cajones del escritorio delante del que estoy sentado, encuentro el plan verdadero de

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Walquiria, dos dados, y una especie de juego de la oca impreso en cuatro colores. Representa el recorrido de un cuerpo de los ejércitos del sur, en Rusia. Lo que puede leerse en las diferentes casillas del recorrido es de un cinismo, una grosería y una bajeza tales, que verdaderamente me asquean. Es visible que se ha utilizado mucho el juego de la oca. ¡Imagino lo que debían pensar los ordenanzas y los camareros del cuartel, en Rusia, cuando veían a los señores oficiales de estado-mayor pasando el tiempo con ese juego! ¡Me siento verdaderamente indignado! Hacia la una de la madrugada, el Führer se dirige —¡por fin!— al pueblo alemán. Explica que está ileso «a pesar de que la bomba colocada por el coronel conde von Stauffenberg explotó a dos metros de él». Y añade: «Lo que hubiera sido de Alemania, de haber salido bien el atentado, muy poca gente puede imaginárselo. Doy gracias a la Providencia y a mi Creador, no por haberme salvado —mi vida no es sino preocupación y trabajo por mi pueblo—, pero les doy gracias por darme la posibilidad de continuar llevando estas preocupaciones, y poder proseguir mi trabajo lo mejor posible, con plena conciencia… Quisiera, sobre todo, saludaros con alegría, a vosotros antiguos camaradas míos de combate: una vez más, he escapado de algo que no significa nada terrible para mí, pero que hubiera sumergido al pueblo alemán en el terror y en el caos. Aquí veo yo un signo de la Providencia. Tengo que proseguir mi obra y la proseguiré.» Hitler había deseado hablar a partir de las nueve de la noche. Pero fue imposible, ya que hubo que esperar la llegada del material registrador que se hallaba en… Koenisgbberg. Dos horas después de ese 21 de julio puedo, al fin, comunicar por teléfono con el estado mayor del general Jodl. Tiene una herida en la cabeza y el coronel von Below en el cuello. Dos generales, Korten y Schmundt, se encuentran gravemente heridos, y el coronel Brand ha muerto. Pido ser relevado por un general competente. Oigo responder que va a hacerse lo necesario esa misma mañana, pero que, mientras, debo seguir en mi puesto. Me quedaré más de treinta horas, cabeceando de vez en cuando algunos minutos en mi sillón, a pesar de los litros de café que me preparan y me traen las secretarias. El resto del tiempo tengo que recibir informes, leer telegramas, dictar a las secretarias de Olbricht y de Stauffenberg y firmar «por delegación de poder» en su lugar. Hacia el mediodía, el general Jodl, en persona, me llama desde Rasbenbourg y me ordena el continuar todavía algunas horas más. Debo alertar a la O.K.W., si una decisión «particularmente importante», debe ser tomada. Respondo que no puedo juzgar, a veces, si una decisión es o no importante.

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«Skorzeny —me dice Jodl—, ya sé que le horroriza la rutina de estadomayor; sin embargo, ahora se trata de eso. Continúe: será relevado esta noche, o mañana por la mañana a lo más tardar.» Durante las primeras horas de mi presencia en Bendlerstrasse, cuando los ánimos estaban aún alterados, Foelkersam, que se hallaba entonces en el segundo piso, me telefonea diciendo que se busca a cierto general de la Luftwaffe. Este estaba frente a mí, delante de la mesa sobre la que yo estaba escribiendo: acababa de ponerse a disposición mía. —«Le ruego —le dije— que me dé su pistola.» Tomo el revólver que me da y lo dejo sobre la mesa y salgo del cuarto. Me entero que hay que arrestar a ese hombre. Espero un minuto o dos. Un capitán del Ejército me pregunta dónde se halla el general. —«¡Quédese delante de esta puerta!, le digo. Entro, la pistola sigue en su sitio. El general me dice: —«Se lo agradezco, pero mis creencias religiosas me prohíben suicidarme.» —Comprendo. Abro la puerta y entra el capitán. Se van. He olvidado el nombre de este general. El 22 de julio por la mañana, Himmler y el general Jüttner llegan a Bendlerstrasse. ¡El Führer había tenido la original idea de nombrar al Reichsführer jefe del Ejército del interior en sustitución de Fromm! En realidad, es Jüttner quien carga con todas las responsabilidades, ya que Himmler era incapaz de comprender algo de los problemas militares. Foelkersam, Ostafel y yo pudimos regresar a Friedenthal, donde, muertos de cansancio, dormimos quince horas sin interrupción. Fue, pues, el día 23, sin duda, cuando me llamó Schellenberg por teléfono. Me pareció que estaba muy nervioso y me anunció que acababa de recibir dos comunicaciones telefónicas, una del Reichsführer Himmler, y la otra del Heinrich Müller, jefe de la Gestapo. El almirante Canaris parecía hallarse seriamente comprometido en el complot y Schellenberg debía encontrarse dispuesto a asegurarse de él. «Mi posición es delicada —me dijo Schellenberg—. El Reichsführer, que actúa por orden superior, de que el almirante sea tratado con consideración. Por otra parte, tal y como están las cosas, me parece conveniente disponer de un destacamento de su unidad. Quedará a disposición mía, a fin de servir de escolta si debo llevar a cabo una misión que por mi gusto no haría.» Respondí a Schellenberg que si se trataba solamente de asegurarse de la persona del almirante Canaris, un oficial y su chófer serían suficientes. En 1916, Schellenberg me dijo que me estaría eternamente agradecido, si yo atestiguaba que, durante esta triste historia del 20 de julio él estaba del lado de los conspiradores. Rehusé hacerlo. ¿Por qué tenía que hacer un falso

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testimonio? Seguramente era más fácil resistir en 1946, que en julio de 1944. Creo que fue el antiguo ministro del trabajo, Franz Seldte, quien extendió un certificado de «resistencia» a Schellenberg; lo cual le permitía, a la vez, probar que él mismo era «resistente». Lo que acababa de conocer concerniente al almirante Canaris era a la vez muy grave y muy revelador para ocultárselo a Foelkersam. Como ya he dicho, él había pertenecido a la Brandebourg, donde había trabajado lealmente distinguiéndose enseguida. Desde que se hallaba en Friedenthal me había confiado a menudo sus dudas concernientes al funcionamiento de ciertos servicios de la Abwehr. Algunos comandos habían caído en emboscadas inexplicables. Además, el empleo de la-división Brandebourg como unidad ordinaria del Ejército parecía increíble. Por mi parte, yo ya me había formado una opinión sobre Canaris. Su informe sobre «la firme voluntad del Gobierno real italiano de continuar la guerra a nuestro lado» (30 de julio de 1943), era de una gravedad excepcional, y estaba feliz de que el mariscal Kesselring no lo hubiera creído. Este bravo almirante había intentado enviarnos a un islote cerca del Elba a buscar al Duce, cuando éste se encontraba en la isla de la Madalena. ¡Keitel y el mismo Hitler le habían creído entonces! «¿Es posible —me dijo Foelkersam, ganar una guerra moderna cuando el jefe de los servicios de información le hace el juego al enemigo?» Es lo que yo me preguntaba a mí mismo. Y me hacía, además, esta pregunta: ¿qué hubiera ocurrido de hallarse otra persona que no fuese yo, un conspirador bien camuflado, por ejemplo, en mi puesto en Bandlerstrasse?» Los conspiradores habían dado muestras de una extraña incapacidad. Hubieran tenido que poner en marcha Walquiria desde las dos de la tarde, después de haberse asegurado que disponían de una tropa comprometida. Pero habiendo ordenado Olbricht al coronel Fritz Jager arrestar a Goebbels, buscó en vano policías dóciles. El mayor Remer no había querido saber nada. Jäger se dirigió a tropas territoriales que se desentendieron, después a los alumnos pirotécnicos… I que rehusaron! El desgraciado de Hoepner, intentaba mientras tanto arrestar a 300.000 personas. ¿Por quién? ¿Por los pirotécnicos? Nosotros, los Waffen SS, debíamos ser «integrados» en el ejército de Tierra, es decir colocados «bajo el mando supremo» del mariscal von Witzleben. Cualquier oficial o soldado, que rehusase obedecer las órdenes de los oficiales superiores que no tenían ya ningún mando, debían ser declarados «traidores» y pasados por las armas inmediatamente, probablemente por los alumnos pirotécnicos. Karl Goerdeber se había proclamado canciller del Reich y Stauffenberg general y secretario de Estado de la Guerra. Dos ministros de Asuntos

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Exteriores en hallaban en filas. Si se pactaba con el Oeste, el encargado sería Ubrich von Hassel; si era con el Este, nuestro brillante conde von der Schulenburg, embajador en paro, tendría la cartera. ¡Seguramente no se había oído hablar nunca de capitulación sin condiciones! Era evidente que la muerte de Hitler no podía originar sino desconcierto. Esta fue la opinión del gran-almirante Doenitz, de los mariscales von Rundstedt y von Manstein, y del general Guderian. Después del 20 de julio, el almirante Heye me dijo: «Como usted sabe, soy monárquico tradicional. Sin embargo, he prestado juramente al Führer. Además, en la marina si un navío encalla no tenemos la costumbre de arrojar al capitán al mar. Sigue al mando de su barco, después de Dios, hasta que la tripulación está a salvo. Es después, solamente, cuando es juzgado por un tribunal pertinente. Y además no se da el caso de tener que matar a 23 personas para llegar hasta una: son costumbres de bandidos, no de oficiales. Los hombres del 20 de julio, que actuaron sin segundas intenciones y con el solo fin (completamente utópico) de salvar a Alemania, merecen ciertamente el respeto, ya que pusieron su vida en peligro. Pero el resultado de su acción fue catastrófico. Por otro lado, hay que reconocer que Himmler, a pesar de todos sus policías estaba muy mal informado. No comprendió, sino cuando era ya tarde, que el atentado era la señal para un golpe de Estado. Creía que los que trabajaban reforzando el bunker tocado por el bombardeo en la noche del 19 al 20 de julio, podían muy bien ser los autores. No era esta la opinión del Führer. Este había ordenado después de la explosión que buscasen a Stauffenberg, no para interrogarle o arrestarle, sino por temor a que el coronel estuviese herido, inanimado en cualquier parte. Fue de esta manera como sus hechos y gestos fueron conocidos y encontrados sospechosos hacia las tres de la tarde. Se creyó entonces que había conseguido llegar a las líneas soviéticas, a cien kilómetros, al este de Rastenbourg, y Himmler ordenó sin gran convicción, a Müller, jefe de la Gestapo, que enviase al doctor Piffrader al aeródromo de Rangsdorf para arrestar al coronel a su descenso del avión. Pero el coche en el que iban Stauffenberg y Haeften, y el de Piffrader se cruzaron en la carretera del aeródromo a Berlín. Muchos conspiradores fueron arrastrados a este siniestro asunto sin conocer incluso los objetivos y a los verdaderos jefes de la conspiración. Quiero citar aquí el caso del coronel-barón von Freytag-Loringhoven, ex jefe de la sección II de la Abwehr (sabotaje y subversión) que pasó bajo mis órdenes al convertirse en la sección B de la Amt. Mil.

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Descendiente de una antigua y noble familia, Wassel von FreytagLoringhoven, a quien conocí entonces, se dejó engañar por los conspiradores. Fue probablemente Canaris quien le ordenó suministrar el explosivo, y los detonadores de fabricación inglesa a Olbricht y a Stauffenberg, hacia finales de 1943. Loringhoven ignoraba para qué estaban destinados. Se suicidó el 22 de julio. Los jefes de la conspiración tomaban sus deseos por realidades, afirmando que una vez desaparecido Hitler, sería posible pactar con el Oeste. El comandante conde Ludwigvon Leonard, perteneciente también a una antigua y gloriosa familia, dejó esta carta antes de morir: No soy digno de ser un Leonard. Mi esperanza está en que mi nombre sea borrado de la historia de nuestra familia: lo mancharía. ¡Ojalá pueda mi hermano defender mejor el honor de nuestra familia y mostrarse menos ingenuo que yo! Lo más grande es que se dejó a Olbricht enviar órdenes al frente, tanto al Este como al Oeste, los cuales se añadieron a la confusión reinante y desmoralizaron a los combatientes. Catorce oficiales, que se habían dejado embaucar en este siniestro asunto, se suicidaron, y entre ellos los mariscales Erwin Rommel, Gunther von Klufe y el general Heinich von Stülpnagel, en Francia. Fue un tribunal de honor de la O.K.W., el que decidió si los oficiales acusados de haber participado en el complot, debían o no conservar su graduación. Este tribunal estuvo presidido por el mariscal Gerd von Rundstedt y compuesto por el mariscal Keitel, los generales Guderian, Schrodt, Kriebel y Kirchheim. Solamente los oficiales degradados fueron citados ante el tribunal del pueblo. Se ha hablado de millares de ejecuciones. Hubo exactamente 140, según el Gobierno de la República Federal Alemana. Sin embargo, el estudio del atentado del 20 de julio de 1944 debía revelar que la conspiración estaba secretamente dirigida por oficiales pertenecientes a la red de la orquesta roja. Tal fue en 1966, la conclusión a la que llegó el doctor Wilhelm Rittler von Schramm, profesor de historia en la Escuela Superior Politécnica de Munich. El profesor von Schramm y Walter Goerlitz, del periódico Die Welt de Hamburgo, pudieron afirmar que los generales Fritz Thiele, Helmuth Streff, Hermann Foertsch, Rudolf Gercke, eran todos ellos colaboradores de la red suiza de Rado-Roessler. Al Führer le afectó mucho el atentado, no físicamente, si no moralmente. La desconfianza que le inspiraban algunos generales se trocó en franca hostilidad, incluso contra hombres que cometían errores de buena fe. Comprendió que Canaris, Oster y Lahousen le traicionaban desde hacía mucho tiempo. El hecho de que el mariscal Rommel hubiera estado ligado a los conspiradores le impresionó. El pensar en los traidores que aún estarían 288

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trabajando en cargos superiores de la Weharmacht le obsesionaba. Y no era precisamente el tratamiento que le recetaba su médico, el charlatán de Morell, lo que podía apaciguarlo. Al contrario. Cada día sufrió más y más la desastrosa influencia de Martín Bormann. Si recibí siempre del Führer una calurosa acogida, no les sucedió lo mismo a otros oficiales, que, sin embargo, no habían hecho nada para desmerecer. El general Guderian, que había ocupado el puesto del general Zeitler como jefe de Estado Mayor General del Ejército, me lo diría: «El atentado tuvo sobre la moral del Führer los más funestos efectos. Se volvió susceptible en extremo. Las discusiones con él se hicieron cada vez más difíciles. Los resultados de lo sucedido el 20 de julio fueron desastrosos desde cualquier punto de vista. En fin, y sobre todo, un soldado que traiciona su juramento no es ya un soldado.» Hay que reconocer que los esfuerzos que hizo Hitler para superar su estado de ánimo y forzar el destino fueron verdaderamente extraordinarios. Desde finales de julio de 1944, la nación y el pueblo alemán corrieron el peligro de ser totalmente aniquilados. Estoy convencido de que Hitler se hubiera suprimido asimismo, si hubiera creído por un momento que su muerte permitiría al pueblo, que le había llevado al Poder, terminar la guerra de forma honrosa. Pero según las declaraciones de Roosevelt y de Morgenthau, Alemania después de una «rendición sin condiciones» en todos los frentes, tendría que «convertirse en una nación agrícola» y, según las afirmaciones del propagandista soviético Ilia Ehrenbourg en «un desierto de cenizas». No teníamos otra salida, sino la de continuar luchando.

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5. Operación Panzerfaust Un conspirador víctima de Stauffenberg: Heusinger.—Los partisanos soviéticos ponen manos a la obra: 12.000 sabotajes los días 19 y 20 de junio de 1944.—El comando de Walter Girg en los Cárpatos.—Amenazas a Hungría.—En el C.C.G. apenas reconozco al Führer.—Está seguro de que el regente Horthy va a pactar con Stalin.— Mi misión en Budapest.— MICKY MOUSE enrollado en una alfombra.—BachZelewski y Thor.—PANZERFAUST: objetivos y fuerzas a la vista.— Asalto a Burgberg como en la maniobra.—Se rinde el general.—El regente Horthy refugiado en casa del general SS von Pféffer-Wildenbruch. —Siete muertos.—Todos los oficiales húngaros, voluntarios para seguir luchando.—El partido de las «Cruces gamadas» en el Poder.—El archiduque José y sus caballos.—En Nuremberg con el almirante Horthy, que niega la evidencia—Pruebas de sus negociaciones con Stalin.—La cruz de oro alemana.—Hitler: «Voy a encomendarle la misión más importante de su vida de soldado.» Cuando fue llamado a la Wolfsschanze el 10 de septiembre de 1944, los ejércitos alemanes se encontraban, en los dos grandes frentes del Este y del Oeste, en una crítica situación. Las causas verdaderas de tal situación no eran solamente materiales, como se afirma, eran, sobre todo, intelectuales y morales. Pero para ver esto hay que remontarse un poco. En mayo de 1944, el mariscal Keitel, los generales Jodl, jefe de estado mayor del mando de la Wehrmacht (O.K.W.) y Zeitzler, jefe de estado-mayor del ejército (O.K.H.) se interrogaban: ¿dónde y cuándo atacarían los ejércitos soviéticos? El general Heusinger, jefe de la sección «Operaciones de la O.K.H.» tenía una idea, que era la siguiente: Stalin continuaría en el Sur la ofensiva comenzada por Joukov en primavera. Los ejércitos soviéticos avanzarían entre los Cárpatos y los pantanos del Pripet en dirección a Varsovia y al Vístula. El general Jodl titubeaba, pero Hitler se dejó convencer por la demostración del jefe de la sección de Operaciones. Así, pues, era en el centro donde la Stavka había decidido dar el golpe. En su libro, Tierra Quemada (Berlín, 1966), Paul Carell escribe: No puede uno sorprenderse de que las disposiciones generales del alto mando soviético, hayan quedado desconocidas. Los alemanes no disponían de ninguna «fuente»

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de información en el seno de los grandes estados-mayores soviéticos. Ni de un doctor Sorge, ni de un «Werther». Por el contario, nuestro dispositivo del frente central era perfectamente conocidos por la Stavka. Los historiadores militares trazan del teniente-general Heusinger, una silueta bastante vaga. El 20 de julio de 1944, en la Guarida del Lobo, 24 personas, una de ellas Hitler, rodeaban la gran mesa rectangular. El general Heusinger se encontraba a la derecha del Führer. Conocía muy bien a Stauffenberg, ahora veremos el por qué. El coronel, por tanto, no titubeó: colocó la cartera que contenía la bomba y se fue. Heusinger, por suerte, salió bien parado. Pero el hecho de que Stauffenberg colocase la bomba a pesar de la presencia del general Heusinger prueba que se trataba de un atentado completamente improvisado. En efecto, el 15 de diciembre de 1966 fueron publicados en Washington ciertos Documentos Diplomáticos entre otros «El informe del general Magruder», jefe de los servicios de información del ejército U.S., sobre las Proposiciones de la Resistencia Alemana. Estas proposiciones hechas, en mayo de 1944 a Dulles, que se hallaba en Suiza, trataban de un putsch contra Hitler. El general Magruder señala que «Zeitler, jefe del estado mayor general de la O.K.H. acaba de ser ganado a la causa de los conspiradores por los generales Heusinger y Olbricht». Estos últimos proponían a Dulles «que tuviese lugar una operación aérea aliada sobre Berlín, con el apoyo del Ejército del interior». A lo que Dulle respondió también según los Documentos Diplomáticos americanos, que no pensaba que «la Gran Bretaña y los EE.UU. pudieran obrar sin consultar a la URSS». El general Heusinger, herido ligeramente por la bomba de su cómplice y amigo, fue arrestado el 24 de julio. El general Guderian, sucesor del general Zeitler a la cabeza de la O.K.H., le remplazó por el general Wenck. Pero he aquí una prueba más de la inutilidad de los esfuerzos de nuestros conspiradores en el Oeste. Por mi parte, siempre temí una operación aérea bien planeada sobre Berlín. Desde comienzos del año 1944, sin conocer nada de los proyectos de los señores conspiradores hice partícipe de mis temores a los miembros de mi estado-mayor, al almirante Heye, al general Jüttner, y aún a algunos otros más. En Nuremberg, el general Adolfo Heusinge, se manifestó en una declaración, bajo juramento, contra «los métodos de luchas contra los partisanos». Ciertamente, esas operaciones de policía degeneraron muy a menudo. Estaban llevadas a cabo por unidades que según fue oficialmente reconocido, usurpaban la categoría de Waffen SS. También es verdad que la catástrofe que siguió al ataque de las 200 divisiones soviéticas contra las 34 divisiones del mariscal Busch, jefe del grupo de ejército del Centro, en el frente 291

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del Este, el 22 de junio de 1944, fue preparado por los partisanos y por los comandos especiales del Ejército Rojo. Los días 19 y 20 de junio de 1944, más de 12.000 sabotajes tuvieron lugar tras las líneas de Busch. Los puentes, las vías férreas, las centrales eléctricas, fueron volados con dinamita y los cables telefónicos y telegráficos cortados. Fue la mayor operación de guerra subversiva conocida hasta entonces. Tuvo como resultado el aislamiento casi completo de nuestras unidades, durante el formidable ataque enemigo. Desde el doble punto de vista estratégico y táctico, los partisanos y comandos especiales rusos, consiguieron una victoria total, que los historiadores militares hacen mal en callar. La sincronización de las ofensivas enemigas al Oeste, al Este y en el frente interior fue admirable: el 6 de junio de 1944, americanos e ingleses desembarcaron en Normandía y el 22 de junio se adueñaron de Valognes. El mismo día tuvo lugar el ataque soviético en nuestro frente central. Pink cae el 16 de julio; el 20 de julio en la Wolfsschanze, la bomba de Stauffenberg explota a dos metros de Hitler; el 30 de julio, en Bretaña, los americanos se abren paso hacia Avranches, mientras que en el Este, los rusos entran en Brest-Litovsk. Los ejércitos soviéticos han avanzado casi tan rápido como nosotros en 1941: 700 kilómetros en cinco semanas. La frontera de Prusia-Oriental es alcanzada en el Norte. En el Sur, la situación es casi igual de mala. El 22 de agosto Turquía ha roto sus relaciones diplomáticas con el Reich. Rumania se encuentra invadida por los ejércitos soviéticos que entran en Bucarest el 31 de agosto. A petición del Q.G., había enviado a Rumania en avión, dos secciones de mis comandos de caza, alrededor de unos 105 hombres, al mando de un oficial de una valentía y audacia extraordinarias, el alférez Walter Girg. Este había entrado en la Jazdverband 502 cuatro meses antes, al salir de la Escuela de Aspirantes de Bad-Tolz. El aire vivo, aventurero y atrevido, ¡tenía sólo veinte años! En unión con el 5.° cuerpo de montaña de los Waffen SS, el cuerpo del ejército Phleps (Waffen SS rumanos), los hombres de Girg divididos en tres comandos, consiguieron abrirse camino hasta los desfiladeros de Kronstadt, Hermannstadt y Karlstadt, en los Cárpatos. Se adueñaron primeramente de estos desfiladeros y después los inutilizaron haciendo volar la carretera. Su acción permitió el repliegue de las unidades alemanas y de los numerosos civiles de nuestras aldeas que vivían en esta región. Las observaciones de Girg nos permitieron, además, el socorrer uno de los cuerpos de ejército del grupo F, amenazado de cerco en el sector de Guergyoti. Fue la operación Landfried. Cumplida su misión, Girg y los hombres de su comando particular, disfrazados de soldados rumanos, entraron en Kronstadt (Brasov), con las tropas soviéticas. Descubiertos cuando intentaban atravesar las líneas

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avanzadas rusas, fueron hechos prisioneros y molidos a golpes. Cuando se disponían a pasarles por las armas, Girg saltó hacia un lado y se puso a correr en zigzag. Aunque herido en la cabeza de un culatazo y alcanzado por una bala en el talón izquierdo, consiguió llegar a un pantano donde se escondió. Durante la noche, alcanzó las líneas alemanas en Morovasharley. Sus otros dos comandos tuvieron más suerte y represaron sin grandes pérdidas. Durante su raid entre las líneas soviéticas, los comandos de Girg encontraron a una de nuestras unidades D C A, con unos 2.000 hombres, completamente rodeada destinada al cautiverio. Trescientos de estos desgraciados, ayudados por los hombres de Girg, consiguieron llegar combatiendo hasta nuestras líneas. ¿Pero, y los otros? A principios de septiembre de 1944, a continuación de la entrada de tropas soviéticas —rusas y rumanas— en Transilvania, Hungría se había declarado en estado de guerra con Rumania. Sin embargo, los diversos cambios ministeriales ordenados por el almirante Horthy, regente de Hungría, auguraban un cambio en la política, de tendencia pro soviética, que si ciertamente no era aprobada por la mayoría del Ejército húngaro, el Hoved, no por eso era menos peligrosa. En Rumania regimientos aliados, la víspera, se habían vuelto bruscamente contra nosotros. El 23 de agosto de 1944, el mariscal Antonesco había sido arrestado y el general Zanatesco pidió inmediatamente el armisticio con los rusos, cuyas divisiones, que venían de Polonia, se desplegaban por el momento sobre Hungría. El 10 de septiembre por la mañana, el general Jodl me encargó el asistir durante algunos días «al informe de situación» del Führer, cuando los problemas concernientes al Sud-Este fueran discutidos. —«Es posible —me dijo— que una operación importante le sea confiada por el Führer en este sector movido y borrascoso del frente. Es necesario que conozca perfectamente los problemas estratégicos, y tácticos, concernientes a Hungría. Le ruego, pues, que esté presente dentro de un rato en la "situación del mediodía".» En el G.Q.G. había cada día dos informes de situación, el de mediodía, que tenía lugar hacia las dos de la tarde, y el de la noche, a las diez. Estos informes reunían a los principales jefes de los ejércitos de tierra, mar y aire, o a sus representantes, y a los del alto mando de las fuerzas armadas (Wehrmacht). Se sabe que este alto mando comprendía la O.K.W., cuyo jefe supremo de estadomayor era el mariscal Keitel, y el jefe de estado-mayor de mando, el general Jodl. La O.K.H., supremo estado-mayor del Ejército de tierra (Heer), dirigía solamente las operaciones del frente Este: durante el tiempo a que me estoy refiriendo, el jefe de estado-mayor general, era Heinz Guderian.

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Los Balkanes estaban bajo la autoridad de Jodl, aunque se encontraban invadidos, sobre todo, por los ejércitos soviéticos. Por encima de Keitel, Jodl y Guderian, así como de Goering, jefe de la Luftwaffe, y del gran almirante Doenitz, jefe de la marina de guerra, estaba, el Führer, mando supremo de las fuerzas armadas (Wehrmacht) y de los ejércitos de tierra, entre otros los Waffen SS. La gran sala de conferencias se encontraba en un barracón a unos cincuenta metros del refugio del Führer que acababa apenas de ser terminado. Se obligaba a Hitler a vivir bajo siete metros de espesor de cemento armado. Un sistema de ventilación bastante complicado aseguraba la aireación de este refugio, en el cual la atmósfera se había vuelto insalubre, por el hecho de que el hormigón húmedo todavía desprendía un calor químico. En la sala de conferencias, sobre una gran mesa iluminada por los ventanales de una pared de doce metros, estaba extendido un mapa de todos los frentes. Las fuerzas allí presentes estaban marcadas con un lápiz de colores. A ambos extremos de la mesa se en 1942 que todas las discusiones fueran tomadas por escrito. Al final, estas hojas escritas a máquina, sumaban alrededor de 103.000 hojas que fueron transportadas a Berchtesgaden y desgraciadamente quemadas. El servicio de información de la 101 división U.S. de transporte aéreo no pudo salvar, sino la centésima parte (Los papeles salvados de la destrucción se encuentran hoy en la biblioteca de la Universidad de Pensilvania.). Este 10 de septiembre de 1944, cuando entré en la sala de conferencias, me presenté a los generales y oficiales presentes, muchos de los cuales me eran desconocidos. Desde el 20 de julio, y por razones fáciles de comprender, se había «renovado el personal». Estábamos todos de pie. Delante de la mesa un taburete, y sobre una bandeja lápices de diferentes colores, una lupa y unas gafas. Resonó una breve orden. Entró el Führer y sentí que se me oprimía el corazón. Apenas le reconocí. No era ya el hombre que yo había visto el otoño anterior; encorvado, arrastrando la pierna, estaba obligado a veces a sujetar con la mano derecha, la mano izquierda que se agitaba presa de un temblor convulsivo. Su misma voz sonaba cascada, rota. Saludó a algunos generales y al divisarme tuvo para mí algunas frases amables recomendándome: —«Esté presente, Skorzeny, en todas las conferencias concernientes a los Balkanes.» El mariscal Keitel estaba de pie a la izquierda del Führer, el general Jodl, que se hallaba a su derecha, comenzó una exposición general de la situación, que podía fácilmente seguirse en el mapa. Después del informe de Jodl habló Hitler. Su voz había tomado cierto vigor y sus comentarios fueron de una claridad y de una fuerza que hacían imposible creer que este hombre tuviese —como se ha pretendido— la

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enfermedad de Parkinson. Su vivacidad intelectual y sus reacciones siempre tan apasionadas, no concordaban con los síntomas de esta enfermedad, ni con los de ninguna afección degenerativa. El 20 de julio, Hitler tuvo los dos tímpanos reventados y resultó herido en el brazo y en la espalda, pero el choque moral fue más duro que el choque físico. El doctor Morel le administraba —lo he sabido por el profesor doctor Brandt— dosis masivas de glucosa, de Vitamultine conteniendo cafeína y Pervitine, de lo cual la Luftwaffe daba a sus pilotos para mantenerlos despiertos. Y otras «drogas —milagrosas—». Las píldoras contra los calambres del estómago, de la que el Führer abusaba, contenían arsénico. Hoy se sabe que Morell redactaba algunas peticiones de medicamentos raros o peligrosos en papel encabezado por «Führer y Canciller del Reich», que le entregaba Bormann, de tal manera que estas recetas se convertían en «órdenes del Führer». Un médico, el profesor Ernest Günther Schenk, a su regreso de las cárceles soviéticas en 1955, precisó que había puesto sobre alerta en 1943 al doctor Conti, jefe del servicio de Sanidad del Reich: en su opinión, Morell dopaba de manera peligrosa a Hitler; el equilibrio del hombre, del que dependía el destino de decenas de millones de hombres, se había roto. En 1966, otro médico, el doctor Hans-Dietrich Rohrs en su libro «Hitler, la destrucción de una personalidad» demuestra que sólo la constitución excepcionalmente robusta del Führer le permitía resistir al «envenenamiento sistemático y progresivo que Morell le hacía soportar». Estuve, durante esos tres días, asombrado no solamente por la prodigiosa memoria de Hitler y por su precisión, sino también por el sentido que tenía de la situación militar y política, de las posibilidades de acción y de las posibles soluciones, en relación con esta situación. ¡Bien sabe Dios si el Generaloberst Jodl, tenía alguna idea sobre como presentar una situación militar! Pero con Hitler todo aparecía claro y luminoso. De hecho si hubiera estado siempre fiel y exactamente informado desde agosto de 1941, estoy hoy convencido de que las grandes catástrofes, y la de Stalingrado en particular, hubieran podido ser evitadas. En la segunda parte de este libro» en el capítulo 5, evoco la cólera del Führer cuando se le confesó el efectivo real de algunas divisiones. Quiero precisar que se le ocultó la verdad, acerca de la insurrección desencadenada por el ejército clandestino del general Hor-Komorowsky, en Varsovia, sobre el honor de las luchas calleras y sobre la precaria situación de algunas de nuestras unidades I el Sur de la ciudad. En cuanto a la situación en Bulgaria, Rumania, Yugoslavia y Hungría, evolucionaba hacia el desastre. Hitler se daba cuenta perfectamente. El petróleo rumano estaba perdido definitivamente y los puentes sobre el Danubio habiendo sido ocupados por las tropas rumanas a las órdenes de los Soviets.

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Acabábamos de perder, en esa emboscada, 15 divisiones. Bulgaria se pasaba al enemigo con los tanques y los cañones de asalto que acabábamos de enligarle. En Yugoslavia los partisanos de Tito ascendiendo hacia el norte, iban a entrar pronto en contacto con las tropas soviéticas. Quedaba Hungría. A finales de agosto, el Führer envió al general Guderian en misión especial junto al regente Horthy. Portador de una carta personal de Hitler, Guderian recibió una calurosa acogida, pero su impresión fue muy mala. El tercer día después del informe de la noche, el general Jodl me pidió que me quedase en la sala. Hitler había convocado además a esta reunión extraordinaria a Keitel, Jodl, Ribbentrop y Himmler. El Führer tomó la palabra y declaró, que no se hacía ya ninguna ilusión: el almirante-regente se disponía a pactar no solamente con los Aliados del Oeste, sino probablemente incluso con Stalin. Sin prevenirnos, naturalmente. El frente había sido difícilmente estabilizado a lo largo de la frontera húngara. Si el Honved cambiaba también, su fusil de hombro, 30 divisiones —alrededor de 400.000 de nuestros soldados— caerían en una emboscada. En cuanto a los soldados que combatían en Italia, peligraban también encontrarse en muy mala posición, si una ofensiva soviética se desarrollaba a partir del Sur de Hungría, a través de Yugoslavia, en dirección de Trieste y Udine. «¡Esto no sucederá! Dijo Hitler con firmeza. El regente cree ser un gran político, sin darse cuenta de que actuando de la forma que lo está haciendo, prepara el regreso a un Karoly.27 ¡Parece ser que son muy cortos de memoria en Budapest! Sin duda ya han olvidado que el 25 de noviembre de 1941, renovamos por 5 años el pacto anti-Komintern. ¿Pero se puede olvidar que usted —se volvió hacia Ribbentrop— ha devuelto a Viena, el 29 de agosto de 1940, una cierta sentencia arbitral? Esta sentencia ha permitido a Hungría recuperar la mayor parte de Transilvania, que le había sido arrebatada en 1920 por el tratado de Trianon: 45.000 kilómetros y 2.380.000 habitantes, que están hoy amenazados de bolchevismo. Brevemente, von Ribbentrop, indicó que la situación política en Budapest era cada vez más negra. Dos fieles amigos del Reich habían tenido que dimitir: el vicepresidente del consejo Reasch y el ministro de Economía, M. de Inredy, mientras que un nuevo gabinete, presidido por el general Geza Lakatos, había tomado el poder. Pero Hitler continuaba.

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Idealista y de natural generoso, el conde Miguel Karoly perteneciente a la antigua nobleza húngara, creyó en las ideas democráticas y llegó a ser presidente de la República húngara en 1918-1919. Se instaló en Buda en el palacio de los Habsburgo del cual se habla más adelante. Pero pronto fue expulsado por la sangrienta revolución bolchevique de Belakuhn. Hitler fue un buen profeta: el conde Karoly volvió efectivamente a Hungría «liberada» (en 1946); pero la sovietización de su país le obligó a marcharse por segunda vez. Murió en el exilio en Francia, en Vence, en la Costa Azul en 1955.

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«¡El poder! Es Stalin quien se hará cargo del poder en Budapest si por desgracia nos vemos obligados a abandonar Hungría. ¿Puede olvidar el regente las solemnes palabras que pronunció el 16 de abril de este año: «Lucharemos codo a codo con el ejército alemán, hasta que salgamos victoriosos de esta tormenta?» Ahora, le dice de manera astuta al general Guderian: «Querido camarada, en política, hay que tener siempre numerosos hierros al fuego.» Este es el lenguaje del regente. ¡No es el de un aliado fiel, sino el de un hombre que cree poder dar la vuelta a la tortilla y traicionar impunemente sus promesas más solemnes! ¡Esto es lo que no estoy dispuesto a tolerar, ya que es también el suelo húngaro lo que defienden nuestros soldados.» Se volvió hacia mí y me dijo: «Skorzeny, le he pedido que asistiera a los informes de situación relativos al frente Sud-Este, Usted conoce Hungría y especialmente Budapest. No quiero un Badogli en Hungría de ninguna manera. Si el regente traiciona su palabra, tendrá usted que apoderarse del Burgberg, con todos los que se encuentren en el palacio real y en los Ministerios; rodee todo entonces y ocúpelo militarmente. Comience inmediatamente sus preparativos, de acuerdo con el Generaloberst Jodl. Podrían presentarse ciertas dificultades en su relación con los otros ejércitos: estará enteramente a cubierto con esta orden escrita que voy a firmar. Algunos consideraban la posibilidad de una operación de paracaidistas o de transporte aéreo: a usted le toca el tomar la decisión final.» La orden que el Führer firmó delante de mí, no está ya en mi poder, pero más o menos he retenido los términos: El Stürmbanführér de los Waffen SS, Otto Skorzeny, actúa en cumplimiento de una orden personal mía, estrictamente secreta y de la mayor importancia. En consecuencia, requiero de todas las autoridades civiles y militares que presten ayuda a Skorzeny en todas las circunstancias y que atiendan sus peticiones. Adolfo Hitler Ya veremos luego cómo utilicé esta orden, equivalente a una firma en blanco del Führer. Me fue sustraída cuando me hallaba prisionero de las tropas U.S.A. junto con el reloj que me había regalado el Duce. Si tal y como espero, el o los coleccionistas que me han cogido estos objetos —y algunos más— leen estas líneas, les estaría muy reconocido si quisieran enviármelos. De todas las maneras, la orden del Führer está a mi nombre, es muy tarde para que puedan utilizarla, y puedo garantizarles que no tengo intención de servirme de ella. No me atrevo, no obstante, a ofrecerles una recompensa, pero puedo garantizarles mi discreción. Fui a Budapest, vía Viena bajo la identidad, de un tal doctor Wolff. Recibimos Karl Radl y yo la hospitalidad de uno de nuestros amigos más fervientes, un germano-húngaro, que puso su casa con mayordomo, ayuda de 297

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cámara y cocinera, a disposición nuestra. Siento cierta vergüenza al confesar que nunca he vivido mejor, que durante mi estancia de tres semanas en Budapest. Radl fue llamado urgentemente a Friedenthal antes de la acción, pero Adrián von Foelkersan estaba conmigo, así como la mayoría de mis compañeros del Gran Sasso. Nuestro anfitrión que nos recibió como un verdadero Magyar, se hallaba completamente al corriente de todo lo que pasaba en la corte y alrededor del regente. Horthy, almirante sin flota, y regente sin reino ni rey, se había opuesto vivamente en 1920 al regreso de los Habsburgo a Hungría: tenía evidentes pretensiones dinásticas. El 19 de febrero de 1942, había hecho reconocer por el Parlamento a su hijo mayor, Stefan Horthy, como viceregente, con derecho de sucesión. Este hijo, por lo demás muy capaz, había luchado contra los Soviets. Oficial de aviación del cuerpo de cazas, encontró la muerte el 19 de agosto de 1942, en un accidente aéreo. Su joven hermano, Niklas Horthy, tenía una manera de ser muy diferente. Asiduo de los clubs nocturnos de Budapest, fue la desesperación del almirante, hasta el día en que, presa de la fiebre progresista, se lanzó a la alta política. La discreción no era su punto fuerte, y cuando llegamos a Budapest, los iniciados sabían muy bien que Niklas hacía de enlace, no solamente con los corresponsales de Londres, sino también con los emisarios de Tito y de Stalin, todo ello con la bendición paterna. Es muy sencillo, el general de nuestra política en Budapest, Wihkelmann, se hallaba al corriente de los peligrosos enlaces de «Nicky»: este era su nombre de guerra. Foelkersam entendió mal y comprendió «Micky». Desde ese día, Niklas Horthy se convirtió para nosotros en un personaje de Walt-Disney: Michy Mouse. La policía alemana se enteró de que Nicky iba a celebrar una entrevista, con un enviado de Tito, primeramente, el 10 de octubre, después otra el domingo 15, en el centro de Budapest, en un edificio comercial cercano al muelle del Danubio. Winkelmann decidió cazar al ratón en fragante delito y preparó para eso una ratonera. Me pidió asegurar su protección desde el punto de vista militar, contra una posible intervención del Honved. El joven Horthy, desconfiaba. Ese 15 de octubre, hacia las 10 de la mañana, había llegado a la cita en coche, bien protegido por algunos oficiales del Honved disimulados en un gran jeep entoldado, estacionado delante de su coche, justo delante de la entrada del inmueble comercial. A mi vez, llegué en coche y vestido de civil. Aparentando tener una avería en el motor, hago parar mi coche delante del de Micky a fin de bloquearlo. En el jeep, se produce cierto movimiento. En frente se encuentra una plaza por donde

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deambulan dos oficiales del Honved mientras que uno de mis oficiales y dos sub-oficiales sentados en un banco de la misma plaza, leen el periódico. En ese momento —son las 10,10 horas— surgen dos comisarios de Winkelmann y se precipitan a la entrada del inmueble. Una ráfaga de metralleta disparada desde el jeep, hiere a uno; los dos oficiales húngaros de la plaza disparan también; ruedo detrás de mi coche, transformado en colador, mientras mis oficiales acuden en nuestra ayuda. Difícilmente nos defendemos con el revolver —mi chofer está herido en el muslo— cuando Foelkersam y su destacamento, camuflados en una calle contigua aparecen a paso de carga. Pero Micky está muy protegido: una sólida sección de la Honved se encuentra atrincherada en la casa contigua al inmueble donde tiene lugar la conferencia. Una carga de explosivos dispuesta rápidamente, hace volar la entrada de la casa e impide al guardián del joven Horthy actuar. La cosa no ha durado más de cinco minutos. Del piso superior del inmueble donde, desde por la mañana esperaban los conspiradores, no han tenido los policías, sino que bajar para coger a todo el mundo. Son cuatro: Niklas Horthy, su amigo Bornemisza, y dos más. Por comodidad, y para evitar que pueda ser reconocido por transeúntes eventuales, Micky es enrollado y atado dentro de un tapiz, del cual dos inspectores sostienen los extremos. Se ha escrito en todas partes que el tapiz era Persa. No vi sino el revés: por lo que puedo recordar era un tapiz ordinario. Izamos el tapiz y a los tres hombres a un camión de la policía, aparecido puntualmente. Antes de que Foelkersam acabase de agrupar a toda su gente para desaparecer con rapidez, una especie de instinto me empuja a seguir al camión. A la altura del puente Elizabeth, hay tres compañías del Honved que acuden, a paso ligero. Foelkersam no ha tenido tiempo aún de reaccionar: hay que hacer algo, ganar algunos minutos. Salto del coche y me precipito delante de un oficial, chillando: —«¡Alto!… ¿Dónde va? ¡Déjeme hablar con su jefe!… ¿No está aquí? ¿Quién ocupa el mando? No vayan hacia allá, no está nada claro…!» Se aproxima el jefe, comprende el alemán. «¡Es una lucha fratricida que parece tomar un cariz peligroso, muy peligroso!». Cinco o seis minutos ganados, es bastante Foelkersam ha tenido tiempo para subir en los camiones a nuestros hombres y a los heridos. Salgo de estampida dejando perplejos a los húngaros. Llego a bordo de un avión militar, que instantes después volará hacia Viena. Así fue cogido el joven Horthy en flagrante delito. Era poco popular y su rapto no suscitó gran emoción. Pero la reacción del regente no se hizo esperar. Yo fui inmediatamente al estado mayor del cuerpo del ejército donde tuve el placer de encontrar al general Wenck, llegado especialmente de Berlín algunos

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días antes. Hacia el mediodía, recibimos una llamada telefónica del agregado militar de nuestra embajada instalada en un pequeño palacio del recinto de Burgberg: nos informó que el Burg estaba en estado de sitio. Nuestro agregado militar había visto prohibida su salida del recinto. Poco tiempo después, las comunicaciones telefónicas eran cortadas. A las dos de la tarde, la radio húngara difundió una orden del día, del regente precisando que «Hungría había pedido un armisticio con la U.R.S.S.». Sin embargo, añadía un comunicado del jefe de estado mayor del Honved, Vitez Vócrdes, sólo se trataba por el momento de «negociaciones de armisticio». Lenguaje que no podía engañar a nadie. Nos pusimos de acuerdo con Wenck para poner en práctica lo que yo he llamado la operación Panzerfaust. Antes de hablar del plan y de la realización de esta operación, que consistía en adueñarnos del Burgberg y ocuparlo militarmente, debo señalar, que había habido antes del 15 de octubre, numerosas conferencias. Habíamos visto tomar parte en la discusión al general de la policía von dem BachZelewski, llegado directamente desde Varsovia, acompañado de Thor. No se trataba de esa divinidad nórdica, hijo de Odín y dios del trueno, sino de un mortero de 650 cuyos obuses perforantes pesaban 2.200 kilos. Atravesaban «todos los espesores de hormigón conocidos»: Thor no había sido empleado más que en dos ocasiones: contra las murallas de Sebastopol y recientemente en Varsovia, a petición del mismo Bach-Zelewski. Bach, era una especie de espantapájaros con gafas, que no me impresionó, aunque si a algunos de nuestros oficiales. Propuso «el acabar de una vez por todas con el Burgberg» y hacer aplastar por Thor el palacio real con todos los que se encontrasen en el interior. No creo portarme mal con la memoria del pobre Bach-Zelewski diciendo que parecía querer identificarse con su monstruoso mortero. Era completamente inútil el explicar a ese desgraciado lo que significaba para mí, Austríaco y Europeo, Buda y esa colina donde los Anjou, Hunyadi, el Caballero Blanco habían defendido a Occidente con tanta valentía. Le dije sencillamente que yo estaba al mando de la operación, y que creía poder obedecer las órdenes de la O.K.W. «de manera menos sangrienta y brutal que lo hacían en otras partes». No tuve necesidad de sacar la letra del Führer. Además Wenck delegado por la O.K.W. como consejero-experto, me dio la razón, y Thor se fue con sus obuses de 2.200 kilos. En el estado mayor del cuerpo, un poco antes de la medianoche de ese 15 de octubre, recibimos la visita de un coronel del ministerio del Honved. Nos mostró los poderes que acababa de otorgarle el ministro de guerra para negociar con el mando alemán. No había otra respuesta a darle sino la siguiente:

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«Sólo era posible una negociación si el regente se retractaba y declaraba públicamente que cualquier idea de concluir un armisticio con el enemigo común había sido abandonada. Además, nuestros diplomáticos estaban detenidos prisioneros en el Burgberg. Era este un acto de hostilidad característico». Acerca de mi propuesta se notificó al gobierno húngaro un ultimátum: «Si antes de las 6 de la mañana del 16 de octubre, las empalizadas y minas que inhabilitaban el libre acceso a la Wienerstrasse conduciendo a nuestra embajada, no eran quitadas, estaríamos obligados, sintiéndolo mucho, a sacar las consecuencias que se imponían». Tuvimos la neta impresión de que ese portavoz del regente no estaba de acuerdo con el brusco cambio de opinión del regente. Y no era el único que pensaba así. Desde junio de 1941, los soldados húngaros luchaban codo a codo con los nuestros, contra un enemigo común que en 1920-1921 había sumido a Hungría con sangre y fuego. Frente al peligro comunista, un partido de activistas, las Cruces Gamadas de Szalassy, se movía mucho y contaba dentro del Honved entre los jóvenes oficiales, con partidarios decididos. El clima no estaba en Hungría como para una capitulación con los Rojos. Por mi parte, yo había decidido adueñarme del Burgberg era de los más serios. La colina del Burgberg, vasto recinto fortificado de más de 3 kilómetros de largo sobre, al menos 600 metros de ancho, domina el Danubio. Yo sabía que su guarnición había sido reforzada. El regente se hallaba protegido por 3.000 hombres en estado de alerta. Primeramente, después de atravesar la puerta de Viena, un cuartel dónde se encontraba un regimiento con unidades atrincheradas con sacos de arena, con morteros y ametralladoras pesadas en batería. En el extremo sur de la colina, en los jardines en pendiente del palacio, por encima del Danubio, cinco sólidos puntos de apoyo, con casamatas y nidos de ametralladoras: delante del palacio tropas blindadas atrincheradas, tres tanques pesados y un muro; detrás del muro y del portalón, en el patio, seis cañones antitanques. El palacio estaba también ocupado por una guarnición con ametralladoras en batería y armas automáticas. Antes de llegar al palacio, era necesario pasar por delante de los ministerios del Honved y del Interior, defendidos por dos batallones, con morteros y ametralladoras. Debo decir que no conocimos este dispositivo por completo hasta que nos hicimos los amos del recinto. Además, del muelle del Danubio, orilla derecha, salía un subterráneo que desembocaba debajo del ministerio de Guerra, con el que comunicaba a través de una escalera secreta. Hacia la mitad de la escalera se encontraba la famosa Cámara del Tesoro, donde estaban guardadas las joyas de la corona de

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Hungría. Este pasaje estaba defendido por numerosas puertas blindadas, pero había que apoderarse de él. En el G.Q.G. se había pensado, como ya he dicho, en una operación de paracaidistas o de transporte aéreo: el intentarla hubiera sido una locura. El único terreno propicio para un aterrizaje era el Blutfeld, o a «Campo de Sangre», que una vez más hubiera merecido su nombre. En caso de resistencia húngara, esta plaza de armas, dominada por el Burgberg hubiera sido enseguida alcanzada por los disparos de las unidades que defendían el palacio real. Desde las murallas, nos hubieran disparado como a conejos. Era absolutamente necesario encontrar otra solución. Bien es verdad que tenía bajo mi mando las fuerzas siguientes: Primeramente y allí mismo, la división 22 de caballería de los Waffen SS, María-Teresa, con el nombre de la emperatriz de Alemania y reina de Hungría. Esta división en formación comprendía entonces alrededor de 8.000 Volksdeutsche —Húngaros de etnia alemana que al final de la tarde del 15 de octubre comenzaron ya a tomar posiciones, alrededor del recinto fortificado del Burgberg: el cerco se completó por la noche. La división María-Teresa estaba apoyada por un regimiento húngaro al mando de un valiente, el tenientecoronel doctor Ney; posteriormente este regimiento constituyó el armazón de la 25.ªdivisión Waffen SS, Juan Hunyadi, una de las dos divisiones de los Waffen SS cuya insignia era la cruz gamada.28 El Führer había puesto, también a mi disposición un sólido batallón de aspirantes de la escuela de oficiales de Wiener-Neustadt: un millar de voluntarios de soberbia apariencia; dos compañías de tanques Tigre y una sección de Goliath, tanques pequeños teledirigidos, cargados de explosivos. Naturalmente, también se encontraban allí mis cazadores especiales de la Jagdverdand Mitte, así como el batallón de paracaidistas a los Waffen SS que por supuesto mandaba yo. Una sección de unos sesenta especialistas de transmisiones y un pequeño estado-mayor, con Adrián von Foelkersam completaban el total. Habíamos preparado Foelkersam y yo, el plan de ataque sin preocuparnos de las numerosas conferencias que habían tenido lugar y, había sido suficiente para mí que el general Wenck lo aprobase. Hacia las 3 de la madrugada, convoqué a todos los oficiales en el «Campo de sangre» y di las últimas instrucciones. El Burgberg debía ser invadido simultáneamente por los cuatro costados. Al Sur, el 1er batallón de aspirantes de la escuela de Wiener-Neustadt debía penetrar en los jardines del palacio después de haber hecho volar la verja de hierro forjado, y fijar las fuerzas 28

Juan Hunyadi (1387-1456), general húngaro, se distinguió pronto contra los turcos de Mahomet II. La segunda división de las Cruces Gamadas (25 división de Waffen SS Gttmbfe) combatió, también hasta el final. Una tercera división de voluntarios húngaros estaba en formación en marzo de 1945.

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húngaras atrincheradas. Al oeste, los cazadores especiales mandados por el capitán Fucker, asistido por Hunke, atravesarían el recinto fortificado y avanzarían por la fachada sur-oeste del palacio, de manera a adueñarse de esta fachada y poder coger por detrás a las tropas del Honved atrincheradas en los jardines. Al este, el batallón de paracaidistas se apoderaría del túnel que empezaba en el muelle del Danubio y forzaría la entrada que conducía al Ministerio del Honved. Durante este tiempo, con el grueso de nuestras fuerzas motorizadas y blindadas, como una compañía de la Jagverband Mittle, atravesaría yo la puerta de Viena y subiría directamente al palacio. Recomendé que esta última operación se realizase como en la maniobra. En los camiones, todas las armas de las secciones de combate debían hallarse con el seguro puesto. No debía hacerse ningún disparo. Prohibición absoluta de responder a disparos aislados. Yo esperaba que la carretera que llevaba a la puerta de Viena y las otras dos paralelas que se reunían en el terraplén delante del palacio, estarían sin minas. Después de haber dado mis últimas recomendaciones, envío un enlace al estado mayor del cuerpo: ninguna novedad. Cada oficial ocupa su puesto. Son las seis menos un minuto. El alba, tímidamente empieza a despertar. Levanto el brazo: «¡Adelante!». Me pongo al frente de la comitiva, de pie en el gran coche de mando. Cerca de mí se han colocado Foelkersam, Ostafel y cinco suboficiales, compañeros del gran Sasso. Cada uno de ellos está armado de una metralleta, de algunas granadas de espoleta colocadas en el cinturón y de un Panzerfaust, arma antitanque con proyectil de carga hueca, recientemente puesto a punto. Es mi equipo de choque. Detrás de mí, cuatro tanques Tigre, después el escuadrón de tanques Goliath, y por fin los camiones, en los cuales están sentados mis cazadores, por así decir, en posición de firmes, como si se tratara de un ejercicio. Al salir de Blutfekd, subimos hacia la puerta de Viena, en medio del estruendo ensordecedor de los motores y el chischás de las orugas. Para alcanzar y divisar la Wiener Tor, debemos atravesar más de dos kilómetros. Pongo el oído atento. Ni una deflagración. A nuestra derecha, en la grisalla de la aurora, aparece la puerta: ha sido despejado un pasaje. Nos precipitamos por él, a la vista de unos soldados húngaros en el colmo del asombro, sobre todo al saludarles yo militarmente. A nuestra derecha se encuentra ahora el cuartel. Divisamos las ametralladoras en batería. Sigo saludando y pasamos. En ese momento, estamos subiendo en línea recta al palacio, que se encuentra aún a dos kilómetros. El destacamento ha presentado minutos antes su costado derecho a las armas en batería; Ahora pueden dispararnos por la espalda. Una mina puede explotar, el sencillo disparo de un centinela o una ráfaga de metralleta pueden dar la señal para un sangriento combate.

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«¡Acelera!» digo a mi conductor. El convoy sube a 35-40 kilómetros por hora. He cogido la carretera de la derecha, a fin de pasar por delante de la embajada Alemana. Por la carretera de la izquierda avanza la otra mitad del convoy. Mil metros todavía. Nada. Aquí está, a nuestra, derecha el ministerio de la guerra. En ese momento retumban dos fuertes explosiones: nuestros paracaidistas subterráneos han volado el acceso a la escalera secreta que conduce al ministerio de Guerra. ¡Cuidado! Dentro de breves instantes desembocaremos en la plaza del palacio real. Aquí están delante de nosotros, tres tanques húngaros: los cinco Panzerfaust se quedan quietos. ¡Qué blanco tan magnífico ofrecemos! Pero no: el primer tanque levanta su cañón hacia el cielo para indicar que no tiene intención de disparar. Delante de nosotros, se encuentra la entrada del palacio, protegido por un muro de piedra de cerca de 2 metros de altura. Todo sucede entonces rápidamente. Ordeno al chófer estacionar mi Kübelwagen a la derecha y hago señas al Tigre que me sigue. Se abalanza sobre el muro destruyéndolo. Nosotros, que hemos bajado del coche, nos lanzamos bajo la bóveda del portalón a través de la brecha; el comando detrás de mí, con el Panzerfaust en la mano. Se da la alarma; un oficial se interpone delante de nosotros empuñando un revólver y chillando no se sabe el qué. Foelkersam le desarma y envía a danzar la pistola. En el patio, vemos los seis cañones antitanques en batería: pero ya han entrado otros dos Tigres. Otro oficial me hace frente. Le grito: —«¡Condúzcame al comandante del Burg!». ¡No hay un minuto que perder! —¡Por aquí». Me muestra una escalera de mármol, recubierta de un magnífico tapiz rojo. La subimos a paso de carga, acompañados por el oficial húngaro que se mantiene obsequiosamente a mi altura. Un pasillo. Una antecámara. Delante de la ventana abierta, han empujado una mesa sobre la cual se encuentra una ametralladora en batería, con la correa ajustada. Tumbado sobre la mesa, el ametrallador fija él punto de mira y va a disparar. El sargento Holzer, hace oscilar el aparato por la ventana y el ametrallador cae de la mesa, aturdido. A mi derecha, una doble-puerta. Llamo y entro. Hay un gran escritorio, y un general detrás. Se levanta: —«¿Tengo el honor de dirigirme al general al mando del Burg? —En persona. Pero… —Exijo la inmediata rendición de su guarnición. Hay disparos. ¡Escuche! ¿Quiere usted ser responsable de un derramamiento de sangre entre aliados? ¿Ya tenemos cogidos todos sus puntos de apoyo. Créame, cualquier tipo de resistencia, inútil además, sería peligrosa para usted y sus tropas».

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Fuera, se escuchan cortas ráfagas de metralleta y de armas automáticas. Es el momento escogido por el capitán Hunke —nuestro «Chino»— para hacer su entrada. Me saluda y me dice brevemente: —«El patio y las principales salidas han sido ocupadas. ¡A sus órdenes!». Saluda al general, que se vuelve hacia mí: —«Voy a enviar oficiales de enlace para hacer cesar el fuego. ¿Debe considerarme prisionero suyo? —Como le parezca, mi general. Pero estamos de acuerdo. Todos sus oficiales conservaran su revolver». Se acordó que el cese el fuego sería ordenado por distintas delegaciones conjuntas, compuestas por un oficial superior húngaro y uno de mis oficiales. Al salir del despacho del general, al que dejo en compañía de Ostafel, encuentro en la antecámara a un grupo de oficiales muy agitados, hostiles. Diviso a dos mandos del Honved que parecen estar particularmente nervioso: los tomo conmigo como oficiales de enlace y acompañado del capitán von Foelkersam y de algunos hombres fieles del cuerpo de cazadores de Friedenthal, me dirijo hacia las dependencias del regente. El palacio parece estar aún completamente amueblado. Inmensos salones se suceden unos a otros, con sus tapices, sus tapicerías, sus cuadros de batallas y sus retratos. Habíamos estudiado cuidadosamente el plan del Burg y yo había colocado a media docena de suboficiales, provistos de Panzerfaust en las principales esquinas de estas lujosas dependencias. Montaban guardia desde que entré en el despacho del general. Me declaro resueltamente contra el empleo del Panzerfaust en un salón, a menos que su utilización no sea absolutamente necesaria. Pero esta arma, no es solamente muy eficaz contra los tanques, tiene también un uso muy espectacular. Un solo disparo de Panzerfaust hecho en el punto de convergencia de cuatro o cinco salones, hubiera dado mucho que pensar, y lo mismo un proyectil de Panzerfaust, disparado en un tramo de pasillos, hubiera ocasionado bastantes estragos e impresionado a los eventuales agresores. Tuvimos que rendirnos a la evidencia: el regente había salido… Me enteré de que, hacia las 5,45 horas, había buscado refugio en el domicilio del general de la SS Generale conde Karl von Pfeffer Wildenbruch, íntimo amigo del emperador Guillermo II, al cual, se parecía además de manera sorprendente. Horthy no había dejado ningún tipo de órdenes al general al mando de la defensa del Burgberg. Éramos dueños de la colina, es decir, de la sede del gobierno. Algunos disparos de Panzerfaust hechos desde las ventanas del palacio hicieron que las unidades húngaras que todavía oponían resistencia en los jardines depusieran las armas. Eran las seis y media. Habíamos perdido 16 hombres —4 muertos y

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12 heridos—. Las pérdidas húngaras eran también ligeras: 3 muertos y 15 heridos. Actué de manera que las tropas húngaras del regimiento de Honved del batallón de guardia y de la Guardia de la corona depusieron sus armas con orden. Después hacia las 9,30 horas, reuní a todos los oficiales húngaros en el Salón del Trono, y les hice la siguiente alocución: —«En este lugar histórico, quiero recordar en primer lugar que los alemanes desde hace siglos, no han combatido nunca contra los húngaros y que, vienés yo mismo, no puedo olvidar nuestra común liberación de 1718.29 El momento es demasiado grave para que todos los combatientes europeos, sea cual sea su creencia y su ideología política, no formen bloque voluntariamente, sobre todo cuando se trata de húngaros y de alemanes. Desde mañana, cada uno de vosotros podrá elegir su regimiento, su batallón, su compañía, si lo desea. Ya que nadie tiene derecho, a obligar a un hombre a combatir contra su voluntad y sus convicciones. Es de forma voluntaria que debemos luchar; es por esto por lo que quiero pedir a todos los que deseen continuar combatiendo a nuestro lado, que den un paso hacia adelante». Todos los oficiales húngaros avanzaron un paso, y a todos les estreché la mano. He olvidado relatar en que ocasión me serví del «papel» que me había dado Hitler. A principios de octubre, en Viena, la motorización de nuestras unidades me creó serios problemas que pude resolver, finalmente en compañía de un coronel de intendencia, dotado de un temperamento algo puntilloso. Era tarde y yo tenía hambre. Fuimos al comedor de oficiales donde pedí dos salchichas. Me di cuenta entonces, de que había olvidado mis tickets de alimentación. —«No hay nada que hacer —me dijo el coronel. Aquí, ya ve usted, el reglamento es el reglamento. Sería necesario que usted fuese el Führer en persona para ser servido sin dar tickets». Este buen intendente empezaba aburrirme de firme y yo tenía verdaderamente hambre. Con una repentina inspiración» saqué mi «papel» y se lo entregué al coronel que lo leyó muy asombrado. Era hombre de espíritu práctico: —«¡Pero hombre, como no lo ha dicho usted antes!». Dio órdenes enseguida, y nos trajeron cuatro salchichas. Fue con una satisfacción sin disimulo que las comimos, pero también con todo el respeto conveniente. No tuve que enseñar nunca más mi «precioso papel», pues mis interlocutores habían sido siempre prevenidos directamente por la O.K.W. 29

Fue bajo el mando del príncipe Eugenio de Saboya-Carignan cuando los austríacos socorrieron a los húngaros y batieron los turcos en Zenta; de aquí la paz de Passarowitz (1718).

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En Budapest, después del asalto y durante dos días me encontré de buen o mal grado siendo gobernador militar del Burgberg. Estas efímeras funciones me permitieron pasar —!¡al fin!— dos noches excelentes en la confortable cama dónde anteriormente había dormido el Emperador Francisco-José, tomar un baño en su fabulosa bañera de cobre, que media alrededor de 2,5 metros por 1,5, y conocer a un ilustre y pintoresco personaje. Desde el día 16, el partido de las Cruces Gamadas del conde Szallassy se había hecho cargo del poder, sin ninguna oposición. Se había formado un gobierno de coalición con el antiguo ministro Imredy y el presidente Bereghfy, que vino a darme las gracias por haber evitado que el palacio real fuese dañado. Se alegraba de que las pérdidas hubiesen sido tan ligeras y me declaró que el gobierno de unión social y nacional haría exequias comunes y solemnes a los muertos húngaros y alemanes. Tuve que volver a Budapest, el 20 de octubre, para asistir a esta emotiva ceremonia que tuvo lugar en la plaza, delante del palacio real. Momentos después de mi entrevista con el presidente Bereghfy un anciano señor muy distinguido, vestido con el antiguo uniforme de mariscal de campo del Ejército imperial y real se hizo anunciar! —«¡Servas, servus!»— me dijo a la antigua usanza. Cuando me han dado a conocer que tú eras vienés, no me ha sorprendido. Me decía a mí mismo: «¡Solamente un vienés puede hacer con éxito una hazaña semejante!» ¡Espléndido! ¡Estoy muy contento de conocerte! ¡Maravilloso!». Parecía haber salido de uno de los cuadros que decoraban los grandes salones rococó, donde la víspera nuestros bufones, jugaban a las cuatro esquinas con sus Panzerfaust. Foelkersam, al pasar por detrás de mí, murmuró rápidamente: «Es el archiduque José de Habsburgo». Rogué al archiduque que tomase asiento y le pregunté en que podía serle útil. —«Justamente, tú podrías prestarme un gran servicio. Mis caballos están en las caballerizas del Burg. ¿Piensas que pueden seguir allí? —Pero naturalmente Alteza. Todo seguirá como antes. Me gustaría mucho ver sus caballos. —¡Servus! Ven conmigo, voy a enseñártelos, y ya verás lo magníficos que son. Ciertamente eran unos soberbios animales. El archiduque quiso regalarme uno como recuerdo. Tuve que explicarle que no sabría qué hacer con él: yo estaba al mando de unidades motorizadas. —«Es verdad, me dijo con tristeza. La guerra de ahora no se parece a las de antaño. Sin embargo ayer, tú manejaste la operación a la antigua usanza,

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como un verdadero caballero. Sobre todo, cuando vuelvas a Buda, no te olvides de venir a verme. ¡Servus! El Burg con sus salones y sus caballerizas, fue enteramente arrasado en 1945 por la aviación y la artillería enemiga. Acababa de ser reconstruido en 1956 cuando la artillería soviética, le destrozó cuando la insurrección anticomunista que fue aplastada con sangre: 12.000 muertos. El regente Horthy dejó su palacio y se instaló en el espléndido castillo de Hirschberg en la Alta Baviera. Le volvería a ver en Nuremberg. Cuando poco antes de la Navidad de 1945, fue trasladado del ala de los detenidos aislados, a la de los testigos, Horthy protestó. Había tenido con él, sin embargo, una entrevista breve pero cortes, en el tren que le llevaba a Baviera con su familia y su montón de equipajes. Pero en Nuremberg rehusaba sentirse obligado a verme cada día. El mariscal Kesselring, que era nuestro portavoz ante los americanos, explicó al ex-regente que sus protestas, completamente inadmisibles, no eran acertadas además por las autoridades ¿liadas. Pero si lo deseaba, podía ocupar mi puesto en la celda que yo iba a dejar, y en la que estaría solo. Habiendo rehusado al ex-regente, él mariscal arregló una entrevista entre nosotros y fui a ver al almirante a su celda. Me afirmó que había ignorado todo lo referente a la actividad política de su hijo y que era inexacto creer que su intención verdadera hubiese sido alguna vez la de pactar con los Soviets y traicionar a Alemania. Negaba la evidencia pero hubiera sido descortés por mi parte el desmentir al almirante en ese momento en que los dos nos hallábamos prisioneros. Puesto enseguida en libertad, Horthy vivió exiliado en Portugal y desde Estoril escribió, el 3 de noviembre de 1945, al canciller Conrad Adenauer, afirmando una vez más que nunca quiso el traicionar a Alemania y pactar con Moscú. Verdaderamente Horthy se había obstinado en la astucia. Quiero precisar hoy, que si el S.D. no arrestó a Micky el 10 de octubre de 1944, cuando tuvo la cita precedente con los emisarios de Tito, fue porque estaba acompañado ese día por su padre el regente —lo que vi con mis propios ojos— y que las órdenes de la O.K.W. entonces eran las de arrestar únicamente al hijo de Horthy. El manifiesto del regente difundido el 15 de octubre por la radio húngara no era tampoco tina invención alemana. Precisaba que «Hungría había pedido el armisticio a los Soviets». Después de lo cual, el comandante en jefe de las tropas húngaras en los Cárpatos, el general Milas, se pasó al enemigo con algunos oficiales del estado mayor. En su Historia de la Diplomacia Secreta, J. de Launay cita, que el 18 de marzo de 1944, en Klessheim, Horthy había declarado al Führer.

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«Hungría no ha traicionado nunca a nadie. Si las circunstancias nos obligasen un día a pedir el armisticio, le aseguro que le informaría con franqueza de esta intención.» Hizo lo contrario. Mientras que el Führer al que algunos juzgaban muy desconfiado, creía en una próxima traición, ésta había sido ya consumada. El regente en efecto, había enviado el 5 de Octubre de 1944 a Moscú, una delegación dirigida por el general Faragho, inspector general de la policía. Durante la noche del 11 al 12 de octubre, Faragho recibió por radio la orden de firmar los preliminares-del armisticio, lo cual tuvo lugar el 12 de octubre. En su libro, J. de Launay, cita la fecha del 11 de octubre. El general Faragho formó parte más adelante del primer gobierno de coalición bajo la ocupación soviética. He sabido después de la guerra que en los subterráneos del Burg, un aparato secreto de radio permitía comunicar directamente con Moscú. Cuando nos adueñamos del Burgberg, el oficial húngaro responsable de este puesto de radio, se suicidó. En fin, en 1954, recibí de un oficial húngaro el coronel en excedencia A. Gatkiewicz, una carta con fecha del 15 de enero, en la cual atestiguaba, que el 12 de octubre de 1944 había acompañado a su superior inmediato, el coronel Roland von Utassy, a una toma de contacto-ordenada directamente por el regente— con el alto mando soviético. En la mañana del día 13 de octubre, después de un alto el fuego acordado por ambas partes, los dos hombres, dejando atrás sus líneas, pasaron a las de los rusos, situadas en la otra orilla del Theiss, sector de Szeged. Cito la carta de Gatkiewicz: «Poco antes de las 10 de la noche, nos anunciaron que el Mariscal Malinowski había llegado. No tardó en entrar en la habitación en la que nos encontrábamos, acompañado de un pequeño estado mayor. Era un hombre de unos cincuenta años, rubio, de tipo hercúleo, y manos como aspas; aunque de cara ajada, poseía ésta unos trazos regulares y unos ojos azules inteligentes y astutos. Se le hubiera tomado más bien por un próspero carnicero que por un oficial superior. Vino hacia nosotros con las manos extendidas y nos saludó cordialmente». Por medio de un intérprete, Malinowski interrogó en primer lugar a los dos parlamentarios sobre la situación en el frente germano-húngaro. Habiendo dado el coronel von Utassy falsas indicaciones, Malinowski se extrañó y puso ante los ojos del asombrado coronel un informe de posición detallado— y perfectamente exacto. «El mariscal nos comunicó entonces las condiciones principales para una eventual paz por separado: Retroceso de nuestras tropas hacia el sector de Debreczen. Suspensión de hostilidades en todo el frente, y en unión con las fuerzas soviéticas, un avance por la retaguardia de las tropas alemanas, a fin de obligarlas a rendirse. Desgraciadamente he olvidado los detalles. Cuando le preguntamos sobre la suerte reservada a Hungría, hizo un gesto desdeñoso: "De Hungría no exigiremos nada. Pero a los alemanes —un rictus de odio contrajo su cara— a los alemanes los aniquilaremos».

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Los parlamentarios tenían cuarenta y ocho horas para aceptar estas condiciones y Malinowski, a modo de despedida, declaró a los dos oficiales que «esperaba tener pronto el placer de poder acogerles como amigos y camaradas de combate». La entrevista —según precisa Gatkiewicz— había sido preparada en el sector húngaro por el general del ejército Miklossy. Este documento prueba que Rodion Malinowski, que mandaba el segundo frente de Ucrania, deseaba que el ejército húngaro se volviese contra nosotros, tal y como ya lo había hecho el ejército rumano y lo cual nos había costado, como se sabe, quince divisiones. Después se ha visto que en efecto la U.R.S.S. no pedía nada a Hungría: simplemente el no seguir existiendo como estado soberano. Al regresar a las líneas húngaras, Gatkiewicz y su jefe, las encontraron ya evacuadas: tuvieron que recorrer diez kilómetros a pie por terrenos enlodados, para encontrar el P.M. del batallón de donde habían marchado. Llegados a Budapest en la mañana del día 14, se fueron a informar al Burgberg. El día 16 al alba, hice prisionero al coronel von Utassy, que estaba de uniforme y en zapatillas: sus pies, hinchados por la dificultosa marcha, no entraban ya en sus botas de maniobra. En cuanto a Gatkiewicz, se eclipsó por los jardines antes de nuestra llegada. En la carta que tengo de él, precisa que dio cuenta de su misión al estado-mayor general húngaro y después a la S.D. cuando fue interrogado por uno de sus miembros. Estos hechos y testimonios, no dejan en cualquier caso ninguna duda sobra las verdaderas intenciones del regente Horthy y de su gobierno. La actitud del mariscal Mannerheim, elegido presidente de la República finlandesa, el 4 de agosto de 1944, fue muy diferente. Ribbentrop y nuestro alto mando fueron prevenidos de que a partir de ese momento, Finlandia no podía continuar la guerra a nuestro lado, bajo pena de un aniquilamiento total por los Soviets. A principios de septiembre, comenzaron nuestras tropas a retirarse, y la evacuación total pudo ser terminada el 14 de septiembre de 1944. Los finlandeses firmaron el armisticio con la U.R.S.S. sólo cinco días después. Quiero precisar solamente una cosa: hoy Finlandia no es tratada por los rusos peor que Rumania. Al contrario. El 20 de octubre me enteré de que el Führer deseaba que le informase personalmente de la operación Panzerfaust. Lleve conmigo a Adrián von Foelkersam, sabiendo que así realizaría uno de sus mayores deseos. Cuando se lo presentó a Hitler, este le dijo que conocía bien sus acciones de guerra y le interrogó sobre las atrevidas hazañas realizadas en la U.R.S.S. mientras servía cómo alférez en la Brandergbour. El Führer citó detalles precisos, sobre todo en lo concerniente a la ocupación por el comando Foelkersam del centro petrolífero

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de Maíkop, en el Cáucaso, en agosto de 1942, por lo que le había sido otorgada la Cruz de Caballero, Foelkersam quedó vivamente impresionado. —«Es extraño —me dijo después— ¡parece como si hubiese estado con nosotros! —Sin duda estaba —le respondí— pero vosotros no os disteis cuenta.» La víspera, habíamos ido a Birkemwald, C.G. de Himmler situado a unos treinta kilómetros al noreste de Rastenburgo. Girg se hallaba también con nosotros: Himmler quería escuchar su opinión respecto a Rumania. El Reichsführer se trasladaba, ya que los rusos se acercaban cada vez más. Nos invitó a cenar en su tren especial y causó en Foelkersam y Girg una impresión muy mediocre. Regresamos a Birkemwald que estaba totalmente desierto. Las barracas abandonadas en medio del bosque ofrecían un aspecto un poco lúgubre. —Señores —nos dijo Foelkersam— nos estamos volviendo muy difíciles. ¿De qué nos quejamos? El sitio no es ciertamente muy atractivo, pero de todas formas es más alegre que cuando estaba el Reichsführer. El Führer había hecho saber al general Jodl que quería verme a solas. La calurosa acogida que me dispensó, me llegó al corazón. —«De aquí en adelante —me dijo— es usted Obersturmbannführer (teniente-coronel) de los Waffen SS y le otorgo la Cruz de Oro Alemana. ¡No me lo agradezca! Todas las recompensas que quiera solicitar para sus soldados, le son concedidas de antemano. Trate eso con Günche mi ayudante de campo y ahora cuénteme como sucedieron las cosas en Budapest». Nos encontrábamos sentados en una pequeña habitación de su bunker, en la que se respiraba mal. No obstante, le encontré más tranquilo que la última vez que le vi y el temblor de su mano izquierda había cesado. Me escuchó sin interrumpirme. La aparición del archiduque José con el uniforme del ejército imperial y real, le divirtió mucho. Iba ya a despedirme cuando me retuvo. Fue entonces cuando me expuso detalladamente el plan de lo que hoy se conoce con el nombre de «la ofensiva de las Arden as». «Es quizás la misión más importante de su vida de soldado, la que voy a confiarle. En el transcurso de la ofensiva de la que vengo de entregarle el plan —supongo que no es necesario que le diga que es ultra-secreto— deberá con sus tropas especiales, adueñarse de uno o varios puentes sobre el Mosa, entre Lieja y Namur. Sus hombres atravesarán las líneas enemigas con uniformes ingleses o americanos, para combatir finalmente con uniforme alemán. Acabo de enterarme de que los americanos han empleado esa estratagema en Aix-La Chapelle. Por otro lado algunos de sus comandos deberán conservar su disfraz dentro de las líneas enemigas, sembrando allí la confusión y el pánico y si es posible hasta en los estados-mayores. Ya sé que dispone usted de poco tiempo

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para preparar tamaña operación pero también sé que hará usted todo lo que pueda. Para todas las pequeñas cuestiones, podrá ponerse en contacto con el general Jodl: no quiero que se encuentre usted nunca en la línea de fuego. En el transcurso de la ofensiva su presencia en el frente será necesaria. Sería desastroso que en esos momentos resultase usted herido o cayese prisionero. Tengo completa confianza en usted querido Skorzeny. Por lo demás, espero que nos volvamos a ver». Cuando volví a ver al Führer, se hallaba en cama con gripe y, brevemente, cuento la entrevista en este mismo libro. Así es como fui encargado de realizar la operación Grifo nombre un fabuloso animal con cuerpo de león y cabeza y alas de águila. Las Ardenas, ofensiva política.—Los objetivos de la operación Grifo y la opinión de Sir Basil Liddell Hart.—Una trampa de la O.K.W. y una «adivinación».—La ofensiva se dificulta. Lanzo 8 comandos especiales y ataco con la brigada blindada 150, Malmédy, sin éxito.—El siniestro asunto de la encrucijada de Baugnez.—El coronel Willis M. Everett: diez años en defensa de la verdad.—La tragedia de Malmédy.—Telegrama del mariscal Montgomery: «Esta vez no podemos reembarcar en Dunkerque…».—Churchill pide ayuda a Stalin.—Caza a los «nazis disfrazados».—Bradley arrestado e interrogado.—La mitad del ejército USA busca a Skorzeny.—El general Eisenhower, prisionero en el S.H.A.E.F.—Redada en el Café de la Paz.—El doble de Eisenhower, o las ilusiones perdidas.—La operación Grifo estudiada en el curso superior de los oficiales USA.—Comentarios del Führer.—El juego de Stalin. En el otoño de 1943, el general Eisenhower, comandante del teatro de operaciones en Europa, había apostado cinco libras esterlinas con el General Montgomery, a que Alemania habría capitulado antes de la Navidad de 1944. El 15 de diciembre de este mismo año, Montgomery, nombrado mariscal, escribía a Eisenhower para decirle que pasaría la Navidad en Inglaterra, y reclamarle las cinco libras. Se encontraba jugando al golf, el día 16 de diciembre, cuando se enteró de que esa misma mañana habíamos desencadenado una ofensiva sorpresa desde Monschau a Echternach, en la frontera luxemburguesa. La ofensiva de las Ardenas es llamada también ofensiva Rundstedt. En realidad, el mariscal, que iba a cumplir setenta años y había tomado el mando del frente Oeste después de los suicidios de los Mariscales Von Kluge y Rommel, recibió los planes del Führer. Rundstedt, totalmente incapaz de comprender los objetivos políticos de la ofensiva proyectada, era partidario de una acción limitada en el Sector de Aixla-Chapelle, para despejar esta ciudad. Se trataba de otra cosa. Montgomery y Eisenhower, jefes respectivos de las fuerzas británicas y americanas, a pesar, de tener contactos aparentemente cordiales, estaban enemistados. En su libro, «My Three years with Eisenhower», el ayudante de campo del Comandante en jefe aliado, el capitán de navío Butcher, reveló que el 1 de diciembre de 1944, Montgomery había enviado al general americano «una 312

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carta muy dura, criticando violentamente sus concepciones estratégicas y tácticas, y sugiriéndole «amistosamente» que dimitiese cuanto antes. Aunque el Führer no se hallaba al corriente de estos detalles, estaba seguro de que nada marchaba ya entre los aliados del Oeste; que Churchill —y en consecuencia Montgomery— se daban cuenta que Roosevelt se obstinaba en hacer el juego a Stalin en Europa. Algunos generales americanos como Patton, no comprendían ya la actitud de Eisenhower. La ofensiva, tenía pues, como objetivo estratégico, el adueñarse del puerto de Amberes, y separar en dos el grupo de ejército —U.S.Q. de Bradley así como las fuerzas británicas y canadienses de las fuerzas americanas. En el Norte, el 6.° ejército blindado de Sepp Dietrich debía alcanzar el río Mosa, en dirección a Lieja, atravesarlo y seguir hasta Lovaina, Malinas y Amberes. Más al sur, el 5.° ejército blindado, al mando del general Hasso von Mateuffel, debía precipitarse sobre Dinant, alcanzar Brabante y dirigirse a Bruselas y a Malinas. Este ambicioso plan se basaba, en primer lugar, en la sorpresa, es decir, en la rapidez. Para aumentar el efecto de sorpresa, Hitler concibió la operación Gribo (Greif) y me encargó realizarla, con la ayuda de una unidad especialmente constituida que recibió el nombre de brigada blindada 150. Dos misiones muy distintas me habían sido confiadas: 1. ° La brigada blindada 150 debía aprovecharse de la brecha hecha por el 6.° ejército blindado de Sepp Dietrich, pasar rápidamente a la vanguardia y adueñarse de los puentes de Hy y Engis sobre el Mosa, entre Namur y Lieja. Estos puentes debían de ser conservados intactos para permitir a nuestros cuerpos blindados precipitarse sobre Amberes. Hasta el Mosa, los oficiales y soldados de la brigada, llevarían el uniforme americano; a partir del río, combatirían con el uniforme alemán. 2. ° Pequeños equipos, vestidos igualmente con el uniforme americano, debían infiltrarse detrás de las líneas enemigas, cortar las líneas telefónicas, propagar órdenes falsas y hacer todo lo posible por sembrar la confusión en el campo enemigo. Estos equipos no deberían de utilizar sus armas sino en caso de absoluta necesidad y a condición de hallarse entonces con el uniforme alemán. Ha pasado ya el tiempo en que los cronistas consideraron esta ofensiva como «un intento absurdo y completamente utópico», o «la manifestación delirante de un cerebro perturbado». Podía muy bien lograr éxito y Patton fue el primero en darse cuenta, cuando declaró el 18 de diciembre de 1944: «Todavía podemos perder la guerra». Sir Basil Liddell Hart, en su Historia de la Segunda Guerra Mundial (op. cit.), expresa también esta opinión:

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«La idea, la decisión y el plan estratégico deben ser atribuidos a Hitler en persona. Todo estaba —brillantemente concebido y hubiera podido constituir un gran éxito». Liddell Hart, después de elogiar las cualidades de maniobra de Hasso von Mateuffel, recientemente promovido general del 5.° ejército blindado, concede una particular importancia a la operación Grifo, cuyo jefe, escribe, era «Otto Skorzeny, otro descubrimiento de Hitler». Y añade Sir Basil que no se me dio ni el tiempo ni los medios necesarios para realizar Grifo. Voy a mostrar hasta que punto tenía razón. De pleno acuerdo con el general Jodl, a quién yo había sometido todos los planes elaborados con Foelkersam, la brigada 150 se componía de: · 2 compañías blindadas, dotadas cada una de ellas de 10 tanques Sherman, · 3 compañías blindadas de reconocimiento equipadas cada una de 10 coches americanos blindados, · 2 compañías blindadas de cazadores de tanques, · 3 batallones de infantería motorizada (con camiones americanos), y que comprendían 2 compañías de soldados-fusileros y una compañía de apoyo. · 1 compañía de comando especial. · 1 compañía ligera de D.C.A. · 1 compañía de transmisiones, · 1 estado-mayor de brigada y secciones de mando para cada batallón. Un efectivo total de 3.300 hombres, voluntarios todos naturalmente. En teoría, todos deberían llevar el uniforme americano encima de su uniforme alemán. Este uniforme americano les serviría para atravesar las líneas y deberían quitárselo para combatir. Los juristas del estado-mayor del general Winter de la sección de Operaciones de la O.K.W., me habían precisado efectivamente los puntos siguientes: «En principio, las estratagemas o astucias de guerra no están prohibidas entre beligerantes. El general en jefe debe protegerse contra la astucia, igual que contra la fuerza. Si la estratagema consiste en aproximarse al enemigo usurpando su uniforme, la regla absoluta es que esto solo es lícito antes de la batalla. En el momento de llegar a las armas, cada beligerante debe enarbolar lealmente sus colores y manifestar su verdadera nacionalidad.» Esto es lo que puede aún leerse en los manuales clásicos sobre las leyes de guerra. La Convención de La Haya, del 10 de octubre de 1907, declara también en su artículo 23 (f): «Están prohibidos los usos impropios de la bandera blanca, de la bandera nacional y de las insignias o uniformes del enemigo. Pero, tal y como hará notar Max Koessler, del Ministerio Fiscal del Ejército U.S. en «Los procesos por crímenes de guerra» (Missouri Law Review), enero de 1959:

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«Durante el juicio en que fue absuelto Otto Skorzeny, el artículo 23 (f), era el más oportuno para el Ministerio fiscal. Desgraciadamente, no prohíbe sino el uso «impropio» del uniforme enemigo, sin precisar los casos en los cuales tal uso es "impropio» Y añadiré que, en muchos casos, los enemigos del Reich, habían utilizado uniformes alemanes, bastante antes de 1944, y tanto en el Este como en el Oeste. Hasta ese día, esa forma de combate era prácticamente desconocida. En Dachau, durante el proceso que se nos hizo a mis camaradas y a mí, nuestro abogado defensor americano, el coronel Durst, no tenía a su disposición, evidentemente, los archivos de los ejércitos americanos, rusos y británicos. Señaló, sin embargo, que «todas las potencias combatientes habían empleado métodos discutibles en el transcurso del último gran conflicto». Pudo citar como ejemplo, la operación ejecutada en septiembre de 1942 sobre Tobrouk, y los raids de los rangers americanos sobre Aix-la-Chapelle y el puente de Sarrelouis. Hoy conocemos al detalle estas tres operaciones, así como muchas otras realizadas en todos los frentes. En septiembre de 1942, durante la ocupación de Tobrouk por el África Korps, una unidad del Long Range Desert Group, mandada por el israelitapalestino Katz-Grünfeld, teniente del ejército británico, fue encargada de hacer volar las defensas y ciertas instalaciones de la ciudad, mientras que otra unidad, bajo la dirección del coronel Stirling en persona, atacaría el puerto desde el mar. Un tercer grupo de voluntarios, dirigidos por el mayor Crewe y revestidos con uniformes alemanes, debía aprovecharse del desorden para atacar nuestro Cuartel General y raptar al mariscal Rommel. Era ya la segunda intentona de este tipo contra el jefe del África Korps. La operación, preparada estupendamente con numerosos y variados medios, fracasó a consecuencia de una de esas circunstancias que ni el organizador más prudente puede prever. La víspera del triple raid, un miembro del comando Katz-Grünfeld, el israelita alemán emigrado Grossmann, fue reconocido por un teniente del Afrika Korps, quien se asombró al encontrarle en Tobruk con uniforme alemán. Arrestado, Grossmann habló. El raid fracasó. Ningún miembro de las unidades Stirling, Katz-Grünfeld, o Crewe, fue fusilado. Todos fueron tratados como prisioneros de guerra. En octubre de 1944, Aix-la-Chapelle se encontraba completamente rodeada por el ejército U.S.A. Solamente un pasaje de unos seis kilómetros de ancho quedaba abierto al este. Para adueñarse de los puestos fortificados que defendían la entrada al pasaje, los americanos introdujeron en la ciudad varios comandos de rangers disfrazados de alemanes con uniformes, armas e identidades falsas. El 13 de octubre, estos falsos alemanes atacaron los puestos por detrás y los destruyeron. El primer ejército U.S.A pudo entonces ocupar el corredor. La

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ciudad resistió hasta el 21 de octubre. Ningún miembro de los diversos grupos se despojó de su uniforme alemán para combatir. Fue este mismo raid el que dio a Hitler la idea de la operación Grifo. Los rangers U.S. dependían de la O.S.S. del general «Bill» Donovan, lo mismo que división Branderbourg dependía del almirante Canaris. Cuando me hallaba prisionero en Nuremberg, el general Donovan pidió —¿como decirlo?— que yo le fuese presentado. La entrevista fue muy cordial: ya no había ni vencedor ni vencido; sólo dos soldados algo astutos e ingeniosos que habían servido a su patria lo mejor posible. El general Donovan debía de ser uno de los magistrados del Ministerio Público en el proceso; pero fue llamado a los Estados Unidos en octubre de 1945 y remplazado por Justice Jackson como abogado general. Desde 1967, Werner Brockdorff, en su libro Die Geheimkommandos des zweiten Weltrieges (Los comandos secretos de la Segunda Guerra Mundial), demostraría, basándose en documentos británicos o americanos, que la existencia de los Rangers del lado americano, de los comandos y de las unidades S.A.S. del lado británico, era tan cierta como la de la división Brandemburgo y la de mis propias unidades del lado alemán. Los tribunales militares aliados, con sede en Alemania, aceptaron, finalmente, después de la guerra, una modificación del artículo 23 de la Convención de La Haya de 1907. El nuevo texto precisa: «El papel de los comandos no debe ser el de realizar con uniforme enemigo operaciones ofensivas, sino el de ocupar y adueñarse sin combate, detrás de las líneas enemigas, de objetivos importantes como puentes, desfiladeros, refinerías de petróleo, etcétera…, defenderlas contra cualquier ataque del enemigo e impedir su destrucción. Los comandos no deben utilizar el uniforme enemigo sino para empresas sin lucha y para aproximarse a sus objetivos detrás de las líneas enemigas. Si se encuentran obligados a combatir, deben, antes de abrir fuego, hacerse reconocer por el enemigo como soldados de las otras fuerzas combatientes. Los comandos que actúan según estos principios no violan el derecho internacional. Cualquier miembro de comando hecho prisionero con uniforme enemigo será considerado como espía si ha buscado y obtenido informaciones con este uniforme. Si ha tomado parte en el combate, o sencillamente ha abierto fuego, con el uniforme enemigo, es culpable de crimen de guerra y puede, en consecuencia, ser condenado.» No obstante, esta enmienda al artículo 23 de la Convención de la Haya de 1907, no fue sino circunstancial y provisional. La misma ley no ha sido aún modificada. Quiero recordar que en su artículo 31, se precisa que cualquier espía que haya logrado reunirse con su ejército y sea capturado posteriormente por el enemigo, debe ser considerado como prisionero de guerra y no puede hacérsele

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responsable por sus actos anteriores de espionaje. Este párrafo es aplicable naturalmente a cualquier miembro de comando que haya logrado penetrar detrás de las líneas enemigas y alcanzar las suyas después, puesto que ha podido traer informaciones sobre lo que ha visto. Para este nuevo caballo de Troya, bautizado con el nombre de Grifo, el alto mando me había prometido 20 tanques Sherman. Recibí 2, de los cuales sólo uno era utilizable. Camuflamos con bastante torpeza 12 de nuestros Panther, los cuales, de lejos y a la caída de la noche, quizás pudiesen engañar a los jóvenes reclutas enemigos. Tuvimos que vencer las mismas dificultades en lo concerniente a las 23 auto-ametralladoras, los 247 jeeps, los 32 vehículos blindados con orugas y los 193 camiones que yo había pedido. Tuvimos que improvisar todo con un material de azar, esperando que en el transcurso de la ofensiva pudiéramos utilizar tanques y vehículos capturados por nosotros mismos. También debo señalar que lo concerniente a la búsqueda de los 3.300 voluntarios de habla inglesa, fue ya el colmo. Estaba yo en Friedenthal cuando recibí por teletipo una orden, firmada por uno de los jefes de estado mayor de la Wehrmacht y que decía lo siguiente: «OKW/WFST/op (H) West la n.° 00127 59/44 Secreto Operación 25.10.1944. Todas las unidades del frente Oeste señalarán antes del día X de octubre, los oficiales, suboficiales y soldados voluntarios para una misión especial en el frente de operaciones del Oeste. Estos voluntarios deberán hallarse en perfectas condiciones de salud, estar entrenados para luchar cuerpo a cuerpo y sobre todo hablar normalmente el inglés. Deberán dirigirse a Friedenthal a fin de ponerse a disposición del Obersturmbannführer Skorzeny». Podía tenerse la seguridad de que esta orden iba a ser tirada a ciclostil en los estados mayores divisionarios y enviada a los regimientos, batallones y compañías. De hecho, los servicios de información U.S.A. estuvieron en posesión de ella ocho días después de su difusión. Los americanos no sacaron, de momento, ninguna conclusión particular, pero, posteriormente, la orden de la O.K.W. les puso sobre alerta y ya veremos luego cuales fueron los resultados de su alarma tardía. En cuanto a mí, estuve a punto de explotar de rabia. Una tontería de tal calibre me pareció imposible al principio y pensé en un sabotaje. Hoy pienso que se trataba de una estupidez, más temible, a veces, que la traición. Imaginando a nuestros adversarios más inteligentes que nosotros, juzgué irrealizable ya la operación Grifo y me pareció conveniente que el Führer supiese el por qué. Aquí es cuando interviene Gegelein, general de los Waffen SS, delegado de Himmler junto a Hitler. Era éste un tigre de salón, de una vanidad tal que rayaba en el ridículo. Iba a casarse en breve con una de las hermanas de Eva Braun. Durante la noche del 26 de abril de 1945, abandonó su 317

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puesto y fue arrestado en un barrio de Berlín cuando se disponía a huir, vestido de civil, y con una maleta conteniendo una cantidad muy grande dinero en divisas extranjeras. Dos días más tarde fue pasado por las armas en un patio de la Cancillería. Fue Fegelein quien confiscó mi informe, declarándome que de ninguna manera podía ponerse en conocimiento del Führer, «ese desagradable incidente». El general Jodl, muy apenado, me dijo también que era necesario continuar. ¡Esta fue también la opinión de Himmler, quien entonces quería bombardear Nueva York con V-I! Es significativo que ni el Reichsffihrer, ni el general de policía von dem Bach-Zelewski fuesen, a decir verdad, combatientes. ¿Quién había enviado a Bach-Zelewski a Budapest con el monstruoso Thor? Fegelein, al menos, no quería bombardear nada. Seiscientos voluntarios fueron puestos a prueba por especialistas: encontramos 10 hablando inglés normalmente, 40 bastante bien, 150 eran capaces de hacerse entender, 200 lo chapurreaban y otros 200 podían justo responder yes o no. Imposible pues, el constituir «una brigada de lengua inglesa». La O.K.W. lo admitió así y se acordó que la brigada no actuaría con uniforme americano, sino cuando el enemigo estuviese en plena derrota. Esto me permitió guardar a los mejores anglófilos para la compañía de comando que debía, en pequeños equipos, llevar a cabo la misión número 2. La coloqué al mando del capitán Stielau. Para la primera misión, pedía a la O.K.W. unidades suplementarias constituidas que, junto con dos batallones de mis Jagdverbande y el resto de los 600 voluntarios, constituyeron un efectivo total de alrededor de 2.000 hombres. La brigada fue enviada para entrenarse al campo de maniobras de Grafenwoehr, al mando del teniente-coronel de los Waffen SS, Hardieck. Después, los últimos días a Wahn, cerca de Colonia. Ciento veinte voluntarios fueron designados finalmente como «speaKers». A todos los demás se les advirtió que no hablasen, y que no tomasen parte en las eventuales conversaciones sino con gruñidos y monosílabos. Todos siguieron cursos de «americanización» intensiva. Ni los 600 voluntarios que se presentaron en Friedenthal, ni los oficiales y soldados de mis propias unidades y de las unidades complementarias, tenían idea de los objetivos de la operación Grifo. El general Sepp Dietrich, que mandaba el 6.° ejército blindado, no fue informado de la operación Grifo hasta finales de noviembre. Al comandante del primer cuerpo de Panzers SS se le advirtió algunos días antes de la ofensiva. Como es natural, acerca de la misión de la compañía especial, corrían los comentarios más fantásticos. Durante una inspección a principios de diciembre de 1944, el capitán Stielau pidió verme:

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«Ya sé, me dijo, cuál es en realidad nuestra misión: ¡debemos raptar al general Eisenhower!». Inmediatamente, me acerqué con pasos sigilosos hasta la puerta del despacho, la abrí bruscamente, asegurándome de que no había nadie detrás, ni tampoco en el pasillo. «Querido amigo, le dije al capitán, le pido por favor que hable más bajo. Sobre todo, sea discreto. Hemos prohibido aquí toda clase de contactos con el exterior. Sin embargo, el teniente coronel Hardieck me ha dicho que uno de nuestros hombres ha logrado enviar una carta a su novia. ¡Ya ve el peligro que estamos corriendo! —Lo sé, mi coronel. Puede usted contar con mi absoluta discreción. Pero permítame señalarle que conozco Paris y sus alrededores como el fondo de mi bolsillo y que, de ser preciso, podría serle verdaderamente útil… —No lo dudo. ¿Pero ha pensado en todos los riegos que comporta una expedición semejante? —Desde luego, mi coronel. No pienso sino en eso. En mi opinión, es completamente realizable». Me expuso su plan con todo detalle: tal y como estaba pensado, las posibilidades de éxito podían ser de una sobre mil. Le dejé seguir con todas sus ilusionas. «Querido amigo, le dije, creo que cuando llegue el momento, no dejaré de llamarle». Pero Stielau había hablado de Eisenhower y de París mucho antes de hacerme sus confidencias. Estoy seguro de que después de nuestra entrevista fue de una discreción ejemplar, respondiendo a los que le preguntaban: «Comprenderlo, no puedo decir nada. Sin embargo, el coronel ha prometido llevarme con él. Vamos a llevar a cabo una misión muy importante en este asunto, etc.». Todo esto con un aire de suficiencia que no podía engañar a nadie. El resto de la brigada 150 estaba articulada en tres grupos de combate, X, Y y Z, mandados respectivamente por el capitán Scherff y el teniente-coronel Wolf, ambos del Ejército, y del teniente coronel de los Waffen S.S. Hardieck, quien cayó durante los primeros momentos del combate y fue reemplazado por Foelkersam. Cada uno de los tres grupos debía apoderarse y ocupar uno de los tres puentes sobre el Mosa. Evidentemente, estos grupos no podrían alcanzar sus objetivos más que si durante la noche siguiente al primer día de ofensiva, conseguíamos hallarnos a una distancia razonable del río. De hecho, era el mariscal Model quien estaba encargado de la dirección general de la ofensiva, y hablando con su jefe de estado mayor, el general Krebs, tuve la certeza de que estaba convencido del éxito. Atraje la atención de Krebs hacia la obra maestra de los servicios de ingeniería de nuestros adversarios: los dos oleoductos que saliendo uno del Havre y el otro de Bolonia, constituían las arterías vitales de los ejércitos americanos e ingleses. El éxito de

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la operación Grifo podría permitirnos el dejarlos inutilizables durante un período de tiempo. Lucharíamos entonces en condiciones menos desiguales, ya que cada vez echábamos más en falta la ausencia de carburante. La ofensiva, que tenía que empezar el 20 de noviembre y después el 1 de diciembre, fue postergada por razones materiales y meteorológicas al 16 de diciembre. Antes del día. Y, asistí a numerosos informes de situación en el C.G. de Hitler. El 22 de octubre me había afirmado que «tendríamos en el cielo 2.000 cazas de reacción». Esto era lo que Goering le había prometido. A principios de diciembre, oí muy extrañado que ¡sólo podríamos contar con 250! Me vino entonces a la memoria la larga conversación que sostuve en el C. General en septiembre, antes de la operación Panzerfaust, con el general de la Luftwaffe Chevalier von Greim, al cual me presentó Anna Reitsch. Greim se lamentaba ya amargamente, de que los aviones a reacción, puestos a punto en 1942, no estuviesen funcionando en todos los frentes. Hitler tenía entonces la intención de nombrar a Greim en el puesto de Goering, lo que hizo únicamente en abril de 1945, cuando Berlín se encontraba rodeado por los Rojos. Durante el último informe, Hitler me preguntó si había examinado las fotografías aéreas de los puentes de Huy, Amay y Engis. Me sentí obligado a confesarle que aún no las tenía en mi poder. El Führer se volvió entonces hacia el Reichsmarschall y le abrumó de reproches, ciertamente justificados. Pero yo hubiera querido en esos momentos hallarme a mil metros bajo tierra. Hitler se calmó rápidamente y a petición suya, hice mi último informe sobre la operación Grifo. —«Estoy seguro de que hará usted todo lo mejor que pueda, —me dijo cuando hube terminado—. También sé que tiene la costumbre de ponerse a la cabeza de sus hombres, Le prohíbo formalmente atravesar nuestras líneas y participar personalmente en la operación. Acabo de hacer responsable de la ejecución de esta orden al jefe del 6.° ejército blindado de los Waffen SS., usted no abandonará su P.M. y dirigirá por radio la operación Grifo. No quiero de ninguna manera que se arriesgue a ser hecho prisionero. ¡Le necesito aún!». Estas palabras me cayeron como una ducha de agua helada. Adrián von Foelkersam que estaba conmigo, comprendió mi abatimiento. Puse en conocimiento de los tres jefes de los grupos de combate de la brigada, la decisión del Führer, precisando que: «Si la situación de un grupo llegaba a un estado crítico me reuniría con él inmediatamente. ¡No tenía, en absoluto, la intención de quedarse en el C.G. del 6.° ejército!». El capitán Radl fue quien me acompañó al último informe de situación antes del día 16 de diciembre. Nunca había sido presentado al Führer. Este le estrechó la mano dedicándole algunas calurosas frases, pero nuestro Radl se impresionó hasta el punto de quedar en posición de firmes, como petrificado. 320

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Durante la noche del 15 al 16 instalé mi P.M. en Schmidtheim. Nadie durmió esa noche. A las 5 de la mañana de ese sábado 16 de diciembre, entró en acción nuestra artillería. Nuestros grupos X, Y y Z están en primera línea, junto con el primer cuerpo blindado de los Waffen SS, en el sector de LosheimGraben, donde los efectos de la artillería han sido mediocres. Mis radios señalan duros combates, después, una catástrofe: el teniente-coronel Hardieck, que se hallaba al mando del grupo Z, acaba de matarse: saltó sobre una mina en el transcurso de un reconocimiento. Foelkersam, que hacía de enlace entre los tres grupos, toma el mando del Z. Por la tarde, me dirijo hacia Losheim para enterarme allí mismo y comprendo el porqué de la lentitud de nuestra ofensiva: las carreteras estrechas están abarrotadas de los más validados vehículos y debo hacer 10 kilómetros a pie para llegar a Losheim. Al día siguiente es aún peor. Es evidente que nuestros grupos no pueden arrancar. No obstante, decido esperar hasta el día siguiente: si nuestros blindados consiguen atravesar los AltosFagnes, podremos llegar hasta el Mosa. En la espera, lanzo dos o tres equipos de la compañía especial en el sector sur del frente con orden de infiltrarse en las líneas. Llegan los primeros prisioneros americanos y trabo conversación con un teniente: se quedaron completamente sorprendidos, se creían en reposo total. El mal tiempo y la niebla han impedido intervenir a su aviación. Hacia medianoche me entero de que el primer regimiento blindado de la Leibstandarte, a las órdenes del astuto Joahan Peiper, ha pasado al ataque. Es él quien debe abrir la brecha» con nuestros grupos de combate. Algunas horas más tarde los elementos blindados de las líneas avanzadas señalan: «Acabamos de tomar Ronsfeld. Gran resistencia del enemigo.» Uno de nuestros equipos llega cori informaciones que son inmediatamente comunicadas al P.M. del primer cuerpo blindado SS. El día 17 por la mañana, voy al frente a visitar la compañía de comando. En las carreteras, los embotellamientos acrecientan el desorden: El primer cuerpo blindado, en vanguardia, no ha sido socorrido y se encuentra el 18 por la mañana sin apenas carburante ¡Imposible ya el pensar en alcanzar los puentes sobre el río Mosa! Pongo pues mi brigada a disposición del primer cuerpo blindado, después de haber avisado al estado mayor de mando de la Wehrmacht (Jodl) que da su conformidad. Las mejores carreteras de esta región están todas orientadas de este a oeste, lo que explica en cierta medida las dificultades encontradas por el 6.° ejército, que debía ir del este al norte. A nuestra izquierda teníamos al 5.° ejército blindado del general Hasso von Manteuffel, futuro diputado de la República Federal. También él había creído en un éxito estratégico. Me lo había encontrado antes de la ofensiva en el G.C.G. A raíz de una larga conversación

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con Hitler, obtuvo una importante modificación táctica de los planes que le habían sido confiados. Los batallones de asalto, que precedían a sus divisiones, atravesarían las líneas por la noche, antes que nuestra preparación de artillería hubiese dado la alerta al enemigo. La acción de esas unidades de élite permitiría enseguida una penetración más profunda y más rápida de sus divisiones. Hitler aceptó esta excelente sugestión. De hecho, ésta trataba de la utilización, bajo una forma convencional, de la táctica, puesta a punto de la manera más avanzada con la brigada blindada 150: se explotaba el elemento sorpresa, gracias a la infiltración de tropas resueltas en el dispositivo enemigo. Más al sur aún, el 47 cuerpo blindado del general von Lüttwitz tenía por misión el adueñarse del importante cruce de Bastogne, gracias a la división Panzer Lehr. Pero, habiendo sido atrapada en un embotellamiento enorme los días 16 y 17, esta división blindada no pudo atravesar el Our sino el lunes 18 hacia las 9 de la mañana, más de cuarenta y ocho horas después de la hora H, ¡mientras que la división 26 de Volksgrenadier, que la sostenía, avanzaba a pie por falta de camiones, ausentes o atascados! El general Fritz Bayerlein, que mandaba la Panzer Lehr hubiera debido estar en Bastogne en la tarde del 16 de diciembre: ¡no cortó la carretera de Clervaux a Bastogne sino el martes 19 hacia las 2 de la madrugada! Los americanos tuvieron tiempo de enviar a Bastogne la 10.ªdivisión blindada del ejército Patton, que subió del sur y liberó al general Mac Auliffe, el valiente jefe de la 101.ªdivisión aerotransportada U.S.A. Esta división había defendido Bastogne sólo por azar: ¡subía hacia Verbomont y había sido desviada para evitar un atasco! Verdaderamente la suerte estaba en contra nuestra! El miércoles 20 de diciembre, decidí atacar Malmedy con diez tanques el 21 muy de mañana. Se trataba —¿es necesario precisarlo?— de un combate y nadie llevaba uniforme americanos. Disparos violentos de la artillería y una potente contra-ofensiva de los cuerpos blindados americanos, hicieron fracasar todos nuestros intentos. El 23, el cielo estaba despejado y la aviación americana intervino en masa sobre… Malmedy, cogida por las tropas americanas. No comprendía nada ya, y aún menos teniendo en cuenta que los bombardeos U.S.A. se ensañaron tanto los días 23 y 24 que llegué a pensar: ¿Qué unidad alemana se habrá apoderado de Malmedy? Sabía que la ciudad no había sido evacuada. En efecto, durante la jornada del 19 de diciembre, uno de nuestros equipos especiales cuyo jefe era un antiguo oficial de marina, el barón von Behr, se encontraba en Malmedy. Nuestro marino, con un abrigo de cuero negro, se vio abordado por un grupo de civiles que le preguntaron «si era verdad que regresaban los Alemanes». Asintió, naturalmente, e invitó a la gente a evacuar en masa la ciudad, a fin de

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aumentar el desorden. Yo esperaba que mucha gente de Malmedy hubiese seguido este consejo. Este equipo representó su papel con mucha naturalidad, sobre todo porque ignoraba que se encontraban detrás de las líneas enemigas. «No tenía ni idea de donde estaba —me confesó su jefe—. Una cosa semejante no me hubiera ocurrido nunca en el mar». Le aconsejé proveerse de una brújula y de un sextante. Nuestro ataque sobre Malmedy nos había costado bastantes bajas. El teniente Scmidthüber resultó herido siete veces, Foelkersam pudo justo evacuar, herido también él. Nos vimos obligados a mantenernos a la defensiva. Yo recibí también lo mío un poco más tarde y fui herido superficialmente en la pierna y más seriamente encima del ojo derecho, que en ese momento creí perdido. Curado en el P.M. de la división, quisieron evacuarme, ¡ni hablar de eso! Nuestros heridos, aunque numerosos no habían sido gravemente alcanzados, salvo el valiente teniente Lochner, adjunto de Foelkersam, que había recibido una bala en el vientre. Tumbado en una camilla, había perdido el conocimiento. Le llamé suavemente. Abrió los ojos y me reconoció «¿también usted está herido?», —me preguntó—. Le tranquilicé. Murió antes de que pudiese ser operado. Lo que nos hacía falta, eran armas pesadas. El 24 de diciembre nos enviaron por fin, una batería de 8 lanzallamas, pero con un total de… ¡veinte proyectiles! Nuestros tanques estaban destruidos en su mayor parte. Era imposible otro ataque. El 25 de diciembre, hice una visita a Foelkersam que había instalado su P.M. a 300 metros de la línea principal de fuego. Encontré una patrulla americana que acababa de ser cogida por nuestros hombres. El suboficial que la mandaba estaba equipado de un aparato de radio del tipo talkie-wallde y uno de nuestros anglófilos sostuvo con el P.M. de la Unidad americana, una conversación que nos divirtió mucho. Nuestro camarada empezó por señalar al noroeste enormes concentraciones de blindados, que marchaban a toda velocidad en dirección a Verviers, al parecer, y después toda clase de visiones insólitas. Cuando al fin declaró que llegaban en apretada formación submarinos volantes, el oficial americano, se decidió: «You're drunk! Get back here inmediately! It's an order!». (Usted está borracho! ¡Le ordeno que regrese inmediatamente! ¡Es una orden!). Pasamos entonces el aparato al suboficial USA que declaró: «Sorry, but I have to go to Germany now!» (¡Lo siento, pero tengo que ir ahora a Alemania!). El 28 de diciembre fuimos relevados por una división de infantería que aseguraba la cobertura del flanco norte del primer cuerpo blindado de los Waffen SS. Era evidente que nuestra ofensiva había fracasado y con ella Grifo. 323

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No habíamos podido llegar hasta los puentes del Mosa. En cuanto a la labor de nuestros equipos del comando especial, su importancia real se nos escapaba, aunque algunos parecían haber efectuado un buen trabajo detrás de las líneas. Solamente ocho equipos, cada uno de ellos compuestos por 4 falsos Americanos, es decir, 32 hombres en total, habían penetrado profundamente detrás de las líneas enemigas, 24 habían regresado, 8 fueron considerados como desaparecidos el 29 de diciembre de 1944, fecha en la cual los restos de la brigada 150 fueron enviados a descansar a Schleierbach, al este de San-Vith. La brigada debía ser disuelta pronto. Más tarde hablaré de los informes que me hicieron los que lograron escapar del comando especial. Quiero señalar en primer lugar dos informaciones dadas por Radio-Calais, puesto de la propaganda enemiga. El speaker de este puesto de radio declaró —debía de ser sobre el 20 de septiembre— que «una potente columna de sabotaje, dirigida personalmente por el coronel Skorzeny, secuestrador (sic) de Mussolini, había sido descubierta y que más de un centenar de miembros de esta columna habían sido desenmascarados y arrestados». Ya veremos luego lo que puede pensarse de esta primera información, que me abrió entonces un poco el horizonte sobre la acción de nuestro comando especial. La segunda información de Radio-Calais, hecha posteriormente, concernía a «las ejecuciones de soldados americanos prisioneros y civiles belgas por las tropas SS alemanas». Los prisioneros americanos habían sido, al parecer «fusilados el 17 de diciembre en un cruce de carretera al sureste de Malmedy». El estado-mayor del 6.° ejército blindado pidió a todos los mandos de las unidades que «presentasen un informe con toda clase de información sobre una supuesta ejecución de prisioneros americanos y civiles en el transcurso de la ofensiva». La brigada 150 presentó un informe negativo. En mayo de 1946, después de la guerra, Jochen Reiper y 72 miembros de su unidad comparecieron ante un tribunal de guerra americano. Estaban acusados de haber asesinado a sangre fría a 308 soldados americanos y a 111 civiles belgas. Poco después, la acusación concerniente al asesinato de los civiles tuvo que ser abandonada. Sólo se sostuvo la acusación de homicidio de 71 soldados del 285 batallón de artillería de campo americano, en el cruce de Baugnez, al sureste de Malmedy. La acusación podía resumirse de la siguiente manera: Un pequeño encuentro había tenido lugar el 17 de diciembre de 1944 poco antes de las 13 horas, entre los primeros tanques del primer regimiento blindado de Peiper y esta compañía americana, mandada por el teniente Virgil T. Lary. Los americanos se habían rendido y habían sido asesinados a continuación, hacia las 14 horas. El principal acusador fue, en mayo de 1946, el

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teniente Lary. La mayoría de los acusados habían hecho confesiones completas y concordantes. El tribunal americano pronunció 42 condenas a muerte —una de ellas la del teniente-coronel Peiper quien, el 17 de diciembre a las 14 horas, había dejado atrás ya Ligneuville y no estaba además acusado ni de haber participado en la matanza, ni de haberla ordenado— 23 condenados a perpetuidad, 2 a veinte años, 1 a quince y 5 a diez años. Este veredicto indignó al coronel Willis M. Everett, de Atlanta (Georgia), abogado defensor de los condenados. Convencido de que se trataba de un error judicial pasó diez años de su vida dedicado a hacer brillar la verdad. En efecto, Everett, había adquirido la certeza de que después de los breves instantes del combate, Peiper había dado personalmente la orden de hacer cesar el fuego, antes de continuar su ruta. Un coronel americano —del cual no se menciona el nombre—, que había hecho prisionero y que se encontraba con él en su coche de mando, le había hecho saber que un estado-mayor americano se encontraba a tres kilómetros al sur, en Ligneuville, y Peiper esperaba cogerlo por sorpresa. Se probó que las pretendidas «confesiones» de los acusados les habían sido arrancadas a base golpes, torturas y amenazas sobre ellos y sus familias, les hicieron, además, comparecer ante un falso tribunal de guerra, con un falso abogado y un falso sacerdote. Paso sobre ciertos detalles. Fueron constituidas dos comisiones de investigación americanas, una militar y otra del Senado. Estas comisiones investigaron hasta en Alemania, aunque las penas habían sido reducidas desde el mes de marzo de 1948. Al año siguiente fueron anuladas todas las condenas a muerte. En el informe de contra-investigación del juez americano Von Hoden, podía leerse, entre otros esclarecimientos, que el tribunal militar había aducido como pruebas el principio de las declaraciones arrancadas a un joven Waffen SS, de dieciocho años, después de una serie de torturas que no había podido soportar: se había colgado en su celda. Al menos sus verdugos lo habían encontrado colgado. El 22 de diciembre de 1956 —casi doce años, día tras día, después de la batalla—, todos los condenados en el proceso de Malmedy se encontraban en libertad. Ni una sentencia de muerte fue ejecutada, por falta de pruebas. Los más extraño era que el primer regimiento blindado de Peiper, habiendo proseguido su ruta del oeste, hubiese hecho prisioneros, el 21 de diciembre en Stoumont, a 131 soldados y oficiales americanos de la 30 división de infantería U.S.A., entre ellos al mayor Hal Me Cown. Mi amigo John Toland, en «The Story of the Bulge» (New York, 1959), precisa que el comandante Me Cown y Peiper conversaron largamente, que el comandante americano, al corriente de la supuesta matanza del día 17, se quedó asombrado de hallar en

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su interlocutor un hombre cultivado, razonable y tranquilo. Como se inquietase por la suerte de los 130 prisioneros retenidos en la Gleize, Peiper le tranquilizó y le dio su palabra de soldado de que las leyes de guerra serían respetadas por su unidad. Después Peiper, cuando se encontró sin apenas gasolina, decidió batirse en retirada. Se hizo entonces un acuerdo entre los dos oficiales: los 130 prisioneros americanos serían liberados y los Waffen SS heridos podrían batirse en retirada. Lo que fue hecho. Me Cown, que quedó sólo como prisionero de Peiper, se evadió el 24 de diciembre, en el transcurso de la retirada que efectuó con Peiper. Al coronel Willis M. Everett le costó bastante que Me Cown fuese aceptado como testigo en el proceso de la «matanza de Malmedy», aunque hubiesen sido también acusados los Waffen SS de Peiper de haber asesinado a los 131 prisioneros de La Gleize, así como a unos cuantos civiles y a 250 niños refugiados, junto a americanos y a alemanes heridos, en el sótano de un sanatorio. El coronel Everett lo logró, sin embargo, y Me Cown pudo atestiguar que no había sucedido nada de eso. «Su testimonio, escribe I. Toland, probó que las presuntas atrocidades cometidas por los Alemanes en ese pueblo (La Gleize), no eran sino puras invenciones y provocó la duda sobre una gran parte de la acusación, lo que no impidió que 42 de los Waffen SS acusados fuesen condenados a muerte y 23 a cadena perpetua.» Sin embargo, la presunta «matanza de Malmedy» tuvo otras consecuencias, más inmediatas y no menos trágicas. Conocida enseguida por el alto mando americano, provocó la cólera y un deseo de venganza. Este quedó expresado en varias órdenes, tal como la que fue publicada el 21 de diciembre por el estado-mayor del 328° de infantería U.S.A., conminando a los miembros de esta unidad a no hacer prisioneros entre las tropas Waffen SS y de paracaidistas, sino a «disparar al verlos». Igual en Chegnogne, 21 alemanes, de los cuales algunos estaban heridos y que se habían rendido, fueron aniquilados sobre el umbral de la casa de la cual salían, con los brazos levantados y con una bandera de la Cruz Roja por delante. Pienso que hubo aquí una especie de falta de sangre fría por parte del mando americano. Víctima de su propia propaganda, creyó, antes de cualquier investigación, en la culpabilidad de las tropas de la Waffen SS, porque estaba dispuesto a creerlo así. No se trataba en absoluto de hacer aquí la apología de la Waffen SS. Una tropa europea de 840.000 soldados, de los cuales 360.000 caídos en el campo de honor, y 42.000 dados por desaparecidos —y no menciono los heridos— no necesita en absoluto de apología alguna: los números hablan por sí mismos. Las faltas cometidas por algunas tropas de los Waffen SS, o que usurpaban este título, no pueden ser imputados a toda la Waffen SS, en nombre de «la responsabilidad colectiva». 326

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El general Guderian, que hizo siempre una guerra caballeresca, se vio obligado a escribir, como prefacio del libro del general Hausser «Waffen SS en el combate» (Waffen SS im Einsatz, 1953). «Nuestro honor es lealtad: tal era la divisa según la cual fue instruida la Waffen SS, y tal fue la divisa según la cual combatió. Cualquiera que haya observado a sus unidades en el campo de batalla no puede sino confirmar este hecho. Después de la capitulación, esta formación ha sido objeto de calumnias y acusaciones, excepcionalmente graves e injustificadas.» Y el general Guderian designa al fundador de la Waffen SS, el que supo darle su «espíritu de cuerpo», Paul Hausser, como «uno de los más eminentes jefes de guerra que ha conocido». En un discurso pronunciado en agosto de 1953 en Hanover, el canciller Conrad Adenauer declaró firmemente que «los combatientes de la Waffen SS eran soldados como los demás». El general Hasso von Manteuffel hizo también justicia a ciertas calumnias particularmente odiosas y estúpidas. Después de la guerra, durante varios años, la mayoría de los Waffen SS se hallaban prisioneros. Estábamos atados de pies y manos y amordazados. El cronista americano George H. Stein, en su libro «The Waffen SS», (New York, 1966), aunque parcial muy a menudo, se ve obligado a reconocer que un 99 por 100 de estos hombres reteñí os cautivos, habían hecho una guerra correcta: así lo decidieron los tribunales de «desnazaficación», después de interminables investigaciones, realizadas de pleno acuerdo con las potencias victoriosas y ocupantes. No obstante, y sin duda alguna, 71 soldados fueron matados en el cruce de Baugnez. ¿Cómo? La mayoría de los relatos publicados a este respecto son confusos y contradictorios. Sin embargo, los más detallados me han permitido, a base de estudiarlos y componerlos, el dar la siguiente explicación: Los artilleros U.S.A. fueron hechos prisioneros durante el encuentro con la vanguardia de Peiper: 3 pequeños vehículos blindados y tres tanques. Con prisas por seguir su ruta, esta unidad llevó a los 125 prisioneros a un campo. Según Toland y algunos otros, el primer disparo —hecho con pistola— sobre uno de los prisioneros, se hizo bastante más tarde desde uno de los vehículos blindados del grueso de la columna. La idea que me viene a la cabeza es que los G.I., dejados a ellos mismos, habían recogido sus armas, o que al menos algunos de entre ellos lo habían hecho. El grueso de la columna al llegar al cruce, ve un grupo de soldados americanos, de los cuales algunos están armados: dispara. Según eso, en 1974, los fascículos ingleses «After the Battle» ha publicado, en su número 4, que trata de la batalla de las Ardenas, una fotografía, tomada por el ejército americano antes de que se retirasen los cuerpos, se encuentra en la página 18 de esta revista, y entre los cuerpos extendidos en el campo cubierto de nieve, se ve —a uno que tiene todavía un arma, un fusil o más bien una 327

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metralleta. Un prisionero no está armado. Este hombre ha caído combatiendo sin duda alguna. Ha habido, probablemente, a continuación de un atroz malentendido, un segundo combate. ¡Cuanto peores fueron las consecuencias de un error del estado mayor del general Hodges, jefe del primer ejército U.S.A.! En 1969, aparecía en París el libro de un joven historiador belga, Michel Georis, titulado ¡Nuts! Es decir: ¡Un rábano! o ¡Ni hablar! Tal es en efecto la respuesta dada por el general Mac Auliffe al parlamentario alemán de la 26 división de Volksgrenadier que ofrecía a los americanos una «capitulación honrosa» en Bastogne. Uno de los capítulos del libro se titula «Tragedia en Malmedy». ¿De qué tragedia se trata? Georis señala, primeramente, que al intentar tomar Malmedy, el 21 de diciembre, yo «había trabajado mucho para nada», ya que añade él, dos días después, el 23 de diciembre fue la aviación americana quien bombardeó Malmedy, «matando a más de 300 soldados americanos y a un buen centenar de civiles belgas». Este bombardeo fue efectuado por la 9ª Air Forcé, y Toland cuenta que los G.I. llamaban a esta unidad «La Luftwaffe americana». Un comunicado del primer ejército U.S.A. precisaba que Malmedy había sido bombardeada porque «los alemanes habían entrado en la ciudad». «La realidad es muy distinta, escribe Georis, aparte de la corta incursión del destacamento de Foelkersam, que ya se ha visto que se replegó enseguida, Malmedy quedó durante tres días ocupada solamente por los americanos. Lo que no impidió a la aviación americana el volver a bombardearla al día siguiente y al otro día de Navidad matando de nuevo a centenares de civiles y a soldados de la guarnición americana.» En una nota, el historiador belga afirma que, si el número de soldados americanos matados por las bombas americanas no es conocido con exactitud, «el número de 700 es probable» ¿Pero cuál es el número probable de las víctimas civiles de esta inútil matanza? Georis no lo dice.30 Aplastar obstinadamente bajo las bombas a sus propios soldados y a poblaciones de gente sin defensa, no correspondía, en absoluto, «a una evidente necesidad estratégica». Tal es, a mi modo de ver, la verdadera «tragedia de Malmedy» que ha sido ignorada durante largo tiempo. Veamos ahora lo que puede haber de verdad en la primera información de Radio-Calais, respecto a ese centenar de miembros de la brigada 150 y de la compañía de comando hechos prisioneros. El fascículo número 4 de «After the battle» (op. cit.) pretende también que el número de nuestros equipos especiales capturados en las líneas enemigas es de 30

Según las estadísticas oficiales publicadas por Ceré y Rousseau en su «Cronología del conflicto mundial»» (París 1946), los bombarderos anglo americanos ocasionaron en Bélgica, desde el 5 de abril de 1943 al 22 de julio de 1944, alrededor de 4.700 muertos entre la población civil, de los cuales 2.007 en Amberes, 674 en Malinas, 425 en Bruselas. El número de heridos se desconoce. Después del 22 de julio de 1944, las estadísticas son mudas.

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17. Este número no es más verídico que los dados por Radio-Calais, por la sencilla razón de que solamente 8 equipos penetraron bastante lejos detrás de las líneas enemigas para poder cumplir la misión que tenían encomendada. No cuenta los numerosos equipos —unos veinte quizás— que, hasta alrededor del 15 de enero, efectuaron, a petición del grupo de ejércitos, o de un cuerpo, misiones de reconocimiento, a 2 ó 3 kilómetros detrás de las líneas americanas. Estas misiones no tuvieron nada que ver con la operación Grifo y aunque, efectuadas con uniforme americano, no comportaron ningún acto de sabotaje. Algunos de estos equipos atravesaron las líneas varias veces. Todos regresaron. De los ocho equipos de la operación Grifo, seis regresaron y solamente 2 fueron dados por desaparecidos. Uno de los jeeps, visto en el momento en que dejaba el sector americano, fue ametrallado por el enemigo que creyó en una deserción. El hecho nos fue señalado más tarde por la división alemana que se encontraba enfrente. Recibí los informes de actuación de seis equipos. Dos de ellos me hicieron unos relatos que me dejaron un poco incrédulos, pero la actuación de los otros cuatro me fue descrita con mucha precisión. Uno de los que fue más lejos consiguió llegar hasta Huy, cerca del Mosa, en donde la brigada 150 debía apoderarse del puente. El capitán de este equipo, instalado en un cruce de carreteras, envió a una columna blindada americana al campo. Nuestro servicio de escucha confirmó que el estado-mayor del primer ejército americano buscó en vano a esta unidad durante casi dos días. Se la creyó aniquilada y capturada durante una misteriosa batalla. Ese mismo equipo cortó los cables telefónicos y cambió los postes indicadores de las unidades de apoyo logístico americanas. Otro coche comando había atravesado el Mosa sin dificultad cerca de Amay. Sus ocupantes señalaron por medio de lazos rojos que las carreteras que conducían al frente estaban minadas —lo que obligó a las columnas de refuerzo enemigas a dar marcha atrás y hacer grandes rodeos— y destruyeron también los cables telefónicos. Otro «equipo» hizo retroceder a una unidad de infantería americana entre Poteaux y Gran Halleux, asegurando que «los alemanes se encontraban ya más hacia el oeste, del lado de Lierneux». Los oficiales americanos dieron las gracias antes de marcharse. Ningún equipo acertó a pasar desgraciadamente, por el inmenso depósito de gasolina que se hallaba entre Stavelot y Francorchamps, igual que le pasó a la columna de Peiper al ir hacia La Gleize, pero uno de nuestros comandos divisó un depósito de municiones, que voló por la noche.

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El octavo de nuestros comandos fue víctima de un accidente en las siguientes circunstancias: Sin apenas gasolina, el chófer del jeep se paró delante de un puesto de abastecimiento americano, y con aire desenfadado pidió: «¡Petrol, please!» El G.I. encargado de la cisterna abrió unos ojos como platos y miró a nuestros cuatro camaradas con aire de desconfianza. En el ejército U.S.A. no se pide «petrol», sino «gas». Y no se dice please, sobre todo cuando se tiene prisa. «A ver —preguntó el encargado, ¿de dónde salís vosotros?» Creyéndose descubierto, el chófer arrancó deprisa, y perdiendo el control del jeep sobre la carretera que estaba con escarcha, fue a estrellarse contra el primer camión de un convoy que llegaba en dirección contraria. El coche volcó y cuando se socorrió a los accidentados se dieron cuenta de que debajo del uniforme americano, llevaban el uniforme alemán. Uno de nuestros camaradas, severamente interrogado «confesó» lo que él creía era verdad: una unidad especial a mi mando tenía como misión especial la de secuestrar al general Eisenhower y hacer desaparecer a los jefes americanosbritánicos, así como a los jefes de estado-mayor. El jefe de los servicios de información del grupo de ejércitos U.S.A., estaba considerado como «alarmista». No se lo creyó cuando señaló hacia el 10 de diciembre, al jefe de información del general Hodges, que nuevas divisiones alemanas, parecían estar apareciendo al este de San Vith. Sacó de sus dossiers la decisión 0012759 de la O.K.W., concluyó que numerosos millares de falsos americanos se encontraban mezclados con los verdaderos y lanzó en el frente una alerta general sobre los alemanes disfrazados. A partir del 18 de diciembre se produjo entre el enemigo un verdadero caos, que ha sido descrito con todos sus detalles por el general Ornar Bradley, jefe del 12 grupo de ejércitos U.S.A., el mariscal Montgomery y sir Basil Liddell Hart, por no citar más que dos de los más eminentes memorialistas y uno de los historiadores más famosos de la última gran guerra. Consideremos, primero, la ofensiva desde el punto de vista táctico. Hay que hacer constar que, el día 17 por la mañana, el 12 grupo de ejército U.S.A. se hallaba seccionado en tres partes y que en el S.H.A.E.F. (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Forces G.C.G. del cuerpo aliado de expedición) reinó el pánico durante tres días. Bradley, cuyo C.G. se hallaba en Luxemburgo, no comprendía nada de lo que ocurría y daba en el vacío órdenes contradictorias. Eisenhower dio la alerta con dificultad a los generales Hodges, Simpson y Collins que, el 20 de diciembre, no habían visto aún ni a Bradley ni a ningún miembro de su estadomayor. El teléfono no funcionaba o funcionaba en vano. Resultó imposible durante varios días comunicar con el general Hodges, jefe el primer ejército

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U.S.A., que el 16 de diciembre tenía su C.G. en Spa. Se había replegado rápidamente en Chaudfontaine, sin que ni Eisenhower ni Bradley estuviesen al corriente. Además, había instalado un C.G. clandestino en Tongres. Cuando el 23 de diciembre, Manteuffel se vio obligado a pararse a seis kilómetros de Dinant, por falta de gasolina, no tenía delante de él más que a la 29 brigada blindada británica. Eisenhower, que temía de verdad que Montgomery rompiese el contacto con el enemigo, le empujó a seguir adelante, poniendo bajo su mando todas las fuerzas americanas del flanco norte del saliente, es decir, el 9º ejército de Simpson y el primero de Hodges, «que luchaba desesperadamente». Pero el 30 cuerpo británico se quedó en la orilla occidental del Mosa hasta el 3 de enero de 1945, mientras que Bradley, al sur, hacía lo que podía con los hombres que quedaban de los 3º y 8º cuerpos U.S.A. En sus «Memorias», Montgomery nos dice que había tomado sus precauciones para todo lo que pudiera ocurrir, colocando el 30 cuerpo británico, el 20 de diciembre, del otro lado del río. La única división de tanques estaba desembarcando y se llegó a pensar en volverla a reembarcar. El cuerpo expedicionario británico estaba «preparado para cualquier eventualidad». Montgomery envió a Churchill ese mismo día 20 de diciembre, un telegrama en el que describía la situación como «particularmente inquietante». La prueba de que pensaba en una retirada general del cuerpo de expedición, exactamente igual que en junio de 1940, se encuentra en sus Memorias. Cita en ellas una frase de su telegrama, jamás publicada hasta entonces: «Esta vez —telegrafía— no podemos pasar por Dunkerque, pues los alemanes se encuentran ahí todavía.» En efecto, el Führer había ordenado que nuestras tropas tuviesen bien acogidas ciertas ciudades claves: Dunkerque, Lonient Saint Nazaire, La Rochelle y Royan. Esta última sería inútilmente arrasada en abril de 1945 por la aviación americana. El 6 de enero de 1945, Winston Churchill, que seguía muy inquieto, pidió ayuda a Stalin: «Los combates en el Oeste son muy duros, le telegrafió. Le estaré muy reconocido de que me haga saber, si podemos contar en enero, con una ofensiva rusa en el frente del Vístula o en otro sitio.» Si los resultados tácticos y estratégicos de esta ofensiva fueron al principio de bastante importancia, la resonancia política no lo fue menos. La llamada de socorro de Churchill a Stalin traiciona una angustia real y el miedo de ver realizarse en el Este un acuerdo imprevisto, como en agosto de 1939. Los ingleses tenían a una gran parte de la opinión americana contra ellos. Durante dos años, la prensa del otro lado del Atlántico se ensañó con Montgomery, cuya actitud y pretensiones parecían insoportables, sobre todo

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después de su cruento fracaso de Arnhem. Pero la prensa británica no trataba con muchos miramientos a Eisenhower, acusado de imprevisión y hasta de impericia. Fue, pues, a petición de Churchill, que a mediados de enero, Montgomery hizo su célebre conferencia de prensa y lanzó «una ferviente llamada a la solidaridad américo-británica». Después de haber reconocido que el enemigo acababa de dar un duro golpe «que había trastornado a los ejércitos aliados», se dirigió a los periodistas: —«Sepan que el capitán de nuestro equipo es Eisenhower. Estoy totalmente entregado a Ike, somos muy amigos. Leo con mucha pena en la prensa británica, artículos poco halagadores para él… Querría pedirles que hiciesen lo posible para que terminase este estado de cosas.» Sin embargo, imagino que los periodistas presentes se quedaron algo sorprendidos, cuando oyeron al mariscal decir: —«Me ha sido entregado un carnet de identidad americano. Por tanto, estoy asimilado a los miembros del ejército U.S.A. Mis huellas digitales han sido tomadas en el Departamento de Guerra de Washington, lo que vale más que si lo hubieran sido por Scotland Yard.» Tales frases no podían sino tener un deplorable efecto y Montgomery, en sus Memorias, reconoce que hubiera hecho mejor en callarse. «Me presentaba como un vencedor, no de los alemanes, sino de los americanos», concluye. En fin, el mariscal británico había calificado la batalla como «interesante». ¿Cómo Eisenhower, Bradley, Hodges, Gerrow, Simpson, que acababan de perder 80.000 hombres, hubieran podido estar de acuerdo? De 1945 a 1960, numerosos escritores consideraron esta ofensiva de las Ardenas como una intentona estúpida de Hitler, «predestinada a un fracaso seguro incluso antes de ser emprendida». Diez años después, Liddell Hart — entre otros— no solamente reconoce que el plan de esta ofensiva «estaba brillantemente concebido». Escribe, como conclusión, que «los Aliados rozaron el desastre al principio de la batalla.» Ciertamente, la operación Grifo le impresionó profundamente. En lo concerniente a la acción de la brigada 150, considera las numerosas dificultades que tuvimos para equiparla y camuflarla. Ese pequeño camuflaje hacía necesaria la prudencia, escribe. No habiendo sido abierta ninguna brecha importante en el sector norte, el avance de la brigada fue dejado para posteriormente y abandonado después. Pero la otra parte de la operación estuvo coronada por un éxito fantástico, superior incluso a lo que se esperaba. Decenas de millares de M.P. pusieron manos a la obra para descubrir enseguida a los «nazis disfrazados», e hicieron una buena caza. Liddell Hart puede hablar de una «gigantesca y alarmante superchería», de la que el general 332

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Ornar Bradley fue una de las primeras víctimas. En «A Soldier Story», Bradley traza el cuadro «de medio millón de G.I. que jugaban al ratón y al gato cada vez que se encontraban». Era imposible el que no acabasen encontrándose, lo que según el mismo Bradley, tuvo como resultado el siguiente: «Ni el grado, ni los documentos de identidad, ni las protestas impedían a los combatientes que se hallaban en movimiento, el ser interrogados en cada cruce.» El mismo Bradley tuvo que «probar» por tres veces que era realmente americano, indicando la capital de Illinois, designando a los jugadores de un famoso equipo de football americano, la tercera vez fue «suspendido» al ignorar el nombre del último esposo de Betty Grable, pero el G.I. le dejó pasar. Bradley se hallaba prevenido, sin embargo. Había recibido aviso de los oficiales de información U.S.A., de esperar a que hiciese buen tiempo y coger el avión. En ningún caso, «debía aventurarse por carretera, a causa de los alemanes disfrazados». Charles Foley estudia este gran miedo en su «Commando Extraordinary». «Se ven enemigos y espías en todas partes, escribe. La mitad del ejército americano busca a Skorzeny en sus filas.» El general Emile Wanty, en su Arte de la Guerra (op. cit.), cita que «el mismo Montgomery es arrestado varias veces», a pesar de que «siniestros rumores circulan por todas partes». En cuanto a Eisenhower, se halla totalmente prisionero, pero de su propia guardia. Habiendo sucedido al mariscal von Rudstedt como huesped del castillo de Saint Germain en Laye, se vio secuestrado por la Military Pólice y encerrado en Versalles en un recinto fortificado. Es que los servicios especiales han hecho un retrato de mí según las costumbres e ideas de los policías de Chicago. El general Wanty, que es belga, escribe que soy un condottiero, palabra que los sabuesos americanos, que no han visto nunca en Venecia el Colleoni de Verrochio, traducen con toda naturalidad por gánster. Primeramente soy el «secuestrador» de Benito Mussolini, siendo por tanto Víctor Manuel y Badoglio los «libertadores». Un cartel en un estilo purísimo del western de la «belle epoque», me representa en uniforme de teniente coronel de los Waffen SS. WANTED SKORZENY SPY Saboteador Asesino Pueden leerse debajo de la foto mis señas personales y: «Este hombre es extremadamente inteligente (¡aduladores!) y muy peligroso. Bigote a lo Hitler o afeitado. Puede llevar uniforme americano, británico o ir con traje de paisano, etc. Para que esta filiación fuese completa sólo le faltaba la barba postiza.

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Algunos periodistas franceses veían en mí la reencarnación de Fantomas, aunque yo no llevase antifaz, sin duda para pasar más desapercibido. Charles Foley cita también el Diario de la secretaria y fiel colaboradora de Eisenhower, Kay Summersby, que tenía el cargo de teniente. Sus revelaciones parecen hoy inverosímiles: corresponden, no obstante, a la estricta verdad. Desde que el informe secreto sobre mi presunta «llegada inminente a París», fue conocido por el estado-mayor de Eisenhower, «los servicios de seguridad transformaron el recinto del S.H.A.E.F. en fortaleza con hilos espinosos y carros de combate». Se cuadriplicó la guardia y «la palabra orden llegó a ser una cuestión de vida o muerte». «La simple detonación de un tubo de escape, escribe ella, es suficiente para parar el trabajo en todos los despachos y desencadenar una avalancha de telefonazos. ¿"Está todavía ahí el bos?".» Todavía está. Pero las noches son largas, espantosas. La señorita teniente se lamenta: «¡Qué vida!… Me quedo despierta durante horas. Preveo la muerte, y lo que es peor aún, la muerte por los SS. ¡Una pesadilla! De repente, por encima de la cabeza de la desafortunada ¡ruidos de pasos!… ¡Ya están aquí los feroces SS sedientos de sangre! No. Son pasos amigos, los de los policías americanos que hacen rondas en los tejados de plomo. Falsa alarma. Es difícil imaginar tanta bobada y, sin embargo, la teniente Summersby no inventa nada: con fecha del 22 de diciembre anota en su agenda que los Servicios Secretos del S.H.A.E.F. han enviado un informe precisando que «los saboteadores-asesinos» han llegado a París. Felizmente se conoce su lugar de cita: «El Café de la Paz.» Naturalmente, hubo una buena refriega en la Plaza de la Opera y un buen número de oficiales americanos y británicos, que habían tenido la brillante idea de citarse en el Café de la Paz, fueron arrestados a pesar de sus protestas. Tranquilos parisinos, cuyo aspecto pareció sospechoso, fueron víctimas también de este delirio policíaco. No obstante, Eisenhower debía de trasladarle. Se le encontró un doble, el teniente coronel Baldwin B. Smith, que representó el papel de comandante supremo y «sirvió de cebo a Skorzeny», expuso su vida todos los días, circulando en coche y saludando «a lo Ike». Había repetido muchas veces este saludo y representó su papel con tanta convicción, que al final creía ser el gran jefe. Después de la guerra, algunos amigos americanos me afirmaron que el coronel perdió sus ilusiones con gran tristeza por su parte. Se me veía en todos los lugares de Francia, lo cual no es nada sorprendente: mi fotografía había sido distribuida en millares de ejemplares. Un

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farmacéutico de Troyes me había vendido tabletas de aspirinas, había comprado latas de conservas en un economato de Saint-Etienne, se me había visto y reconocido en París, no en el Café de la Paz, sino en un bar, en la avenida de los Campos Elíseos, con uniforme de comandante de la R.A.F. Esto sucedía a principios de febrero de 1945, mientras nosotros estábamos luchando contra los rojos en Schwedt-sur-Oder. La operación Grifo ha sido estudiada por numerosos juristas militares, en primer lugar por los que nos absolvieron en Dachau en septiembre de 1947. Ya he citado a M. Koessler, a «Horney» del Ministerio del Ejército U.S.A. en los procesos por crímenes de guerra, de 1946 a 1949. Su estudio, basado en las leyes existentes, es decir, en la Convención número IV de La Haya, del 18 de octubre de 1907, concluye así: «El asunto Skorzeny demuestra claramente que la ley internacional sobre el uso de uniformes enemigos como estratagema debe der precisado y clarificado. Las palabras «uso impropio» del articulo 12 (f) deben ser explicadas a fin de que pueda saberse cuáles son los tipos de usos prohibidos. Esperamos que el presente artículo incitará al Comité de Derecho Internacional de las Naciones Unidas a buscar un acuerdo sobre definiciones nuevas.» Este acuerdo no se ha realizado todavía a finales del año 1974. El capitán Steven J. Abdalla ha estudiado Greif (Grifo) en un informe destinado al curso superior para oficiales de la escuela de infantería del ejército U.S.A de Fort Benning (Georgia). Este informe titulado: «El papel del coronel Otto Skorzeny y la operación Grifo durante la Segunda Guerra Mundial», data del 3 de marzo de 1972. El capitán Abdalla, que ha tomado precauciones pidiéndome ciertos informes, hace interesantes observaciones respecto a la operación Grifo. Sobre la cuestión de derecho cita que, del lado alemán: «Se discutió para saber si los comandos violarían la Convención de La Haya de 1907. Pero Skorzeny recibió la seguridad de que mientras se llevase el uniforme alemán bajo el uniforme americano y sus hombres no tomasen parte en ningún combate, no habría violación. Las leyes de la guerra hecha en tierra firme son muy poco claras en este punto y en cualquier conflicto futuro, este tipo de estratagema probablemente plantearía los mismos problemas.» En el capítulo de los «Efectos, condiciones y recomendaciones», el capitán señala: «Las operaciones especiales como Grifo merecen ser estudiadas cuidadosamente. Los conflictos militares serán en el futuro, tan complejos como lo permitan el uso de los calculadores electrónicos y el avance tecnológico. No obstante, y como siempre, la actual doctrina militar exige que las fuerzas de infantería lleguen finalmente a tomar conciencia de ello. Por consiguiente, toda táctica «de sorpresa» innovadora debe lograr un cierto éxito.» 335

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Insiste en conclusión sobre «el efecto psicológico»: «El efecto psicológico de Grifo fue enorme en comparación con los pocos efectivos puestos en juego. Imagínense un campo de batalla en el cual uno de los ejércitos no sabe ya con quien contar, quien es amigo y quien enemigo. Los beneficios psicológicos de una operación semejante sobrepasan de lejos en interés a los que pueden obtenerse en el dominio de las operaciones y de la información. Es suficiente el remitirse a los periódicos (americanos) de la época para medir la fuerza de la impresión producida por Skorzeny y Greif sobre los Aliados.» Como prólogo de este informe, el capitán Abdalla publicó la carta que yo le había enviado el 28 de febrero de 1972, y de la cual he aquí el trozo principal: «Solamente dieciséis de mis hombres actuaron detrás de las líneas enemigas y regresaron… Se sabe que únicamente otros cuatro fueron capturados y pasados por las armas llevando el uniforme del enemigo… Sin embargo, en enero de 1945 conocí a través de Radio-Calais que más de cien miembros de la brigada 150 hablan sido hechos prisioneros. No obstante, el balance de pérdidas indicó que solo faltaban ocho en la compañía de comando: los cuatro que fueron tomados prisioneros cerca de Bruselas y fusilados, y los otros cuatro que chocaron con su jeep. Si Radio-Calais dijo la verdad, es necesario, pues, sacar las conclusiones de que los Aliados hicieron prisioneros a numerosos soldados ingleses y americanos auténticos.» Durante mis estancias en los campos de prisioneros de Darmstadt y de Dachau, recibí, en efecto, la visita de varios oficiales americanos que habían sido arrestados como sospechosos de ser «nazis disfrazados». Una última observación. Es evidente que nunca tuvimos intención de capturar ni de asesinar al general Eisenhower. Al contrario, el comando británico desembarcado en Beda Littoria en noviembre de 1941, cuyos jefes eran el coronel Laycock y el mayor Keyes, tenía como objetivo declarado el secuestrar o suprimir al general Rommel. Los numerosos miembros de este comando que consiguieron escapar no fueron, sin embargo, ni juzgados, ni condenados, ni fusilados, sino considerados como prisioneros de guerra, cuidados y tratados como tales. Cualquier comentario a este respecto me parece inútil. Adolfo Hitler me convocó el 31 de diciembre de 1944. Su Cuartel General se encontraba todavía en el frente Oeste, en Ziegenheim. Desde el momento en que me vio con la cabeza vendada no quiso saber nada de nuestra acción antes de que hubiera sido examinado por uno de sus médicos, el doctor Stumfegger. Encontraron infectada mi herida y fui convenientemente curado. El Führer se alegró de saber que mi ojo estaba a salvo y me retuvo durante media hora. Sintió que la ofensiva no hubiera alcanzado sus objetivos. Nuestros tanques, bloqueados los dos primeros días, mientras que el mal tiempo cegaba a la aviación enemiga, no habían podido avanzar lo bastante deprisa sobre las carreteras que además estaban intransitables. ¡Divisiones de infantería a pie

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habían progresado con tanta rapidez como algunas de nuestras divisiones blindadas! No obstante, el adversario había sufrido graves pérdidas y, sobre todo, esta ofensiva había sido un golpe muy duro para su moral. —«Eso es lo importante, me dijo Hitler. El soldado americano o británico pensaba que sólo era cuestión ya de un paseo militar. Sus Jefes se lo habían asegurado. ¡Pero he aquí el moribundo que se yergue y toma la ofensiva! Solamente en Schnee Eiffel hemos arramblado de ocho a diez mil prisioneros, el día 17…! ¡No podemos esperar a que vengan a estrangularnos Skorzeny! La única solución para Alemania es el combate victorioso. No hay otra.» Desgraciadamente, yo pensaba que no habían sido alcanzados ninguno de los dos objetivos de la operación Grifo. Se lo dije con franqueza al Führer, quien continuó asombrándome: «No tengo ningún reproche que hacerle Skorzeny. Ha tenido usted que improvisarlo todo, con medios muy raquíticos, y su brigada blindada no ha podido cumplir su cometido con el 6° ejército. Usted lo hubiera logrado si le hubiera colocado a la cabeza de la 5ª. Le hubiera sido ciertamente muy posible el atravesar Dinant. ¡Quizás hubiera alcanzado el Brabante, y sólo Dios sabe lo que hubiera podido ocurrir! En cuanto a sus comandos, tengo la impresión, ya ve usted, de que su efecto psicológico ha sido quizás mucho más importante de lo que usted puede suponer. Eso lo sabremos más tarde.» Se mostró satisfecho de la acción de nuestros tres grupos de combate en Malmedy a partir del 20 de diciembre y concedió el broche de honor del ejército a los jefes de los tres grupos X, Y y Z y a mí mismo, es decir, al teniente coronel Wolf, al capitán Scherff, al capitán von Foelkersam y a su predecesor, el teniente-coronel Hardieck, a título póstumo. Además, era a este título, que esta distinción o citación en la orden del Día del Ejército (Ehrenblattspange des Heeres) era concedida generalmente. Cuando me estaba despidiendo del Führer, me dijo que «esa noche, una ofensiva de menor envergadura, sería desencadenada más al Sur, en el AltoRhin, a lo largo de la frontera del Palatinado». Sabemos, gracias a las taquimecanógrafas de su alocución del 28 de diciembre de 1944, por la que informaba a los jefes de cuerpos de esta operación que a propósito de la ofensiva de las Ardenas declaró: «En suma, es la primera vez desde otoño de 1939, es decir, desde que estamos en guerra, que hemos logrado mantener en secreto una operación.» Se equivocaba. Stalin lo sabía. Había sido prevenido por la «Orquesta» y por Roessler, al que los suizos habían puesto en libertad en septiembre de 1944. Generalmente se pretende que Roessler no pudo reemprender sus emisiones. En esta fecha, Roesler no necesitaba más a los suizos para informar a «Direktor» en Moscú, «rado» pudo enviar las informaciones de «Werther» por un emisario —quizás Rachel Duebendorfer— a la embajada de la U.R.S.S. en París. Esta es al

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menos la tesis que defiende con mucha lógica R.B. Pitkin en «The American Legión Magazine» de enero de 1968. Es necesario considerar el juego de Stalin. Los Aliados del Oeste desembarcaron en Normandía el 6 de junio de 1944; no hace empezar su propia ofensiva en el Este sino el 24 de junio en el Norte, el 26 en el centro y después el 20 de julio en Rumania. Teme qué los Aliados occidentales alcancen enseguida la frontera alemana. Pero tranquilizado rápidamente, Stalin cesa sus ataques, en el norte y en el centro, desde mediados de agosto hasta mediados de diciembre: esto es lo que permite a Hitler preparar su ofensiva de las Ardenas —y a Stalin la suya—, Eisenhower y Churchill protestaron en vano. Cuando hubimos perdido, los unos y los otros —americanos, británicos, alemanes y los otros europeos—, más de 200.000 hombres en Las Ardenas, entonces el 11 de febrero de 1945, Stalin lanzó sus ejércitos al asalto de Berlín. Se había guardado muy bien de prevenir a sus «Aliados» de lo que preparábamos en el Oeste. A principios de febrero de 1945, en Yalta, Stalin mostró un plan de ocupación y aniquilación de Alemania, que se parecía extrañamente al plan Morgenthau, alegremente aceptado en Quebec en septiembre de 1944 por Roosevelt y Churchill. En realidad, los dos planes habían sido redactados por Stalin. El primero el de Quebec, el comunista Harry Dexter White, miembro de la poderosa red de espionaje soviética dirigida por el matrimonio Wilvermaster. Cuando Cordell Hull aterrorizado por este plan «de venganza ciega» preguntó a Roosevelt: —«¿Por qué ha firmado usted este documento que reduce a Alemania al estado de nación agrícola?» —«Estaba cansado —respondió Roosevelt—, y he firmado sin darme cuenta de lo que había escrito Morgenthau.» Morgenthau no. Stalin.

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1. Vlassov y Bandera. Nicolai Canaris y Gehlen Nuevo «frente a frente» con el general Vlasov.—Su programa, sus ideas europeas.—Peligro de la utilización en masa de los voluntarios rusos.—En Praga, en majo de 1945, se vuelven contra nosotros.—Los cosacos del atamán von Pannwitz entregados a Stalin por los ingleses Rosenberg y Koch.—La operación Oso Pardo sobre Ukrania.—Esta nación en guerra contra el bolchevismo desde 1918.—Los feroces combates de la U.P.A. de 1945 a 1952.—Asesinato de Bandera en Munich por la K.G.B.—El asunto de la pistola de cianuro.—«Una bala en el círculo rojo».—La saco de mi bolsillo delante del tribunal. Un aparecido me hace una visita: Walter Nicolai, antiguo jefe del S.R. alemán.— Schellenberg rehúsa utilizar sus servicios.— El carácter de Nicolai en contraste absoluto con el de Canaris.—Conversaciones con el general Reinhardt Gehlen.—El bombardeo de ZEPPELIN.—Gehlen, Bormann y el misterio «Werther». «¡No disparen!» El hombre que acababa de gritar estas dos palabras en un alemán no muy bueno, salió el granero con las manos en alto. Era muy alto, delgado y velludo, se hallaba con el uniforme de oficial y llevaba gafas. El capitán von Schwerdtner, oficial de información del 38 cuerpo del ejército, reconoció enseguida al hombre que buscaba desde hacía un mes en los pantanos del Volkhov, cerca del lago limen. Hizo una seña al intérprete, quien lentamente dijo en ruso: «General Andrei Andreievitch Vlassov, está usted prisionero. El capitán von Schwerdtner quiere que usted le entregue sus armas y sus papeles militares.» El gigante, con una señal con la cabeza, mostró la puerta del granero y dijo muy deprisa en ruso: «Las armas están ahí dentro. No me quedan más municiones.» Así fue hecho prisionero el general Vlassov, jefe del 2º ejército de choque: nueve divisiones de tiradores, una brigada de carros de combate, y dos regimientos de artillería. Los combates, encarnizados, habían durado desde marzo hasta finales de mayo en los bosques cenagosos. Cuando se rindió Vlassov, era el 11 de julio de 1942.

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Yo no lo conocí hasta dos años después, antes de emprender la operación Panzerfaust. Adrián von Foelkersam, que como se sabe hablaba ruso perfectamente, le invitó a Friedenthal con algunos miembros de su estado mayor. Se ha escrito mucho sobre Vlassov y su actividad y raros son los juicios sobre su acción que corresponden a la realidad. Hay que considerar, primeramente, que Vlassov (con el que mantuve largas conversaciones, bien en alemán, que lo hablaba bastante mal, o bien por intermedio de mis oficiales de origen báltico) era un militar profesional. De origen campesino, había nacido en 1900 y servido en la infantería antes de obtener el certificado de la Academia Frounzé —Escuela de Guerra Soviética— hacia 1930. Sin duda, hubiese sido liquidado en 1937, cuando el arresto y la condena a muerte de los mariscales Toukhatchevsky y Blücher y de 30.000 oficiales considerados como traidores, si no hubiera combatido en el Extremo Oriente, en 1937-1938, precisamente a las órdenes de Blücher, de origen campesino también, y del que era amigo. Puede suponerse que Blücher le dio la señal de alarma cuando aún había tiempo. Conocía también a Constantin Rokossowsky, antiguo aspirante del Ejército Imperial, y cuyo origen no tenía ningún misterio para él: Rokossowsky era de una antigua y noble familia y no «nacido en Varsovia de una familia de ferroviarios». Habíamos luchado frente a frente en noviembre y diciembre de 1941 delante de Moscú: Vlassov mandaba el 2º ejército, el cual nos había impedido entrar en la ciudad después de habernos adueñado de Ystra y Vysokovo. Me dio detalles muy interesantes sobre la huida precipitada de Stalin, el pánico que reinó entonces en el Kremlin y la manifestación obrera aplastada por las unidades de la policía de Beria. Se llamaba entonces a Vlassov «el salvador de Moscú». En realidad, y según me afirmó en el transcurso de este nuevo «frente a frente», el mariscal Toukhatchevsky era el único que hubiera podido en 1936, acabar con el régimen staliniano. Deseaba un buen acuerdo con Alemania. Pero según Vlassov, los documentos que el doble agente Skobline entregó a Heydrich en 1936, y que probaban la culpabilidad de Toukhatchwsky, procedía directamente del Kremlin. Fue Karl Redeck, quien durante el proceso de la Antigua Guardia bolchevique, el 24 de enero de 1936, denunció al mariscal así como al general Poutna, ex jefe de las misiones militares soviéticas en Berlín y en Londres, y al procurador Vichinsky, para salvar su pellejo: no lo consiguió. Después de haber liquidado a su rival Toukhatchevsky, Stalin se había apresurado a firmar el pacto germano-soviético, a la vez que reforzaba al máximo la capacidad ofensiva del Ejército Rojo. Así, permitía al Führer ofrecerle la mitad de Polonia y entrar en guerra con el Oeste. Esperaba,

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efectivamente, que la resistencia de los ejércitos belgas, holandeses, franceses, así como la del cuerpo expedicionario británico, se prolongase hasta la primavera de 1941 por lo menos. Entonces, y no habiendo participado en la lucha, Stalin sería el árbitro y el amo de Europa. Todo esto estaba muy hábilmente concebido desde el punto de vista político, sin embargo, Stalin había subestimado la fuerza de la Wehrmacht y, desde el punto de vista militar, había probado ya en 1920, ante Varsovia, que el Ejército Rojo era muy mediocre. Foelkersam me había entregado el manifiesto del movimiento Vlassov, que el general redactó en 1943. Este es: «El Comité Roso proclama los principios siguientes para la reorganización de Rusia: · Aniquilamiento del bolchevismo, de Stalin y de su grupo. · Conclusión de una paz honrosa con Alemania. · Creación, en colaboración con Alemania y con los otros pueblos de la nueva Europa, de una Rusia nueva, sin bolchevismo ni capitalismo. Para la reconstrucción de Rusia, el Comité propone el programa siguiente: 1. Abolición de los trabajos forzados, libertad de derecho para el trabajo y la defensa sindicalista. 2. Abolición de las cooperativas agrícolas de producción y restitución de la tierra a los campesinos. 3. Restablecimiento del comercio, del artesanado y de la pequeña industria. 4. Derecho de los Intelectuales para obrar por el bien del pueblo. 5. Justicia social y protección de todos los trabajadores contra 6. la explotación. 7. Derecho a la instrucción y a la seguridad social para todos los trabadores. 8. Abolición del terror y restablecimiento de los derechos del hombre. 9. Garantía de libertad para todos los pueblos que componen Rusia. 10. Amnistía a los presos políticos. Retorno a su hogar de todos los presos políticos. 11. Reconstrucción de todos los pueblos y ciudades según un plan de Estado. 12. Reconstrucción de las fábricas según un plan de Estado. 13. Anulación de todas las deudas contraídas por Rusia» después de los acuerdos de Stalin con los anglo-americanos.

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14. Garantía de un mínimo vital para todos los mutilados de guerra y para sus familias.» Este «manifiesto de Smolensk» fue algo modificado en Praga el 14 de noviembre de 1944. Vlassov me dio la impresión de ser uno de los que deseaban que Rusia cesase de considerarse como un país asiático, y que participase en la construcción de una Europa, más grande y más poderosa. Había estado en Siberia y había comprendido qué fuerza tan enorme y qué peligro representaba para su patria y para todos los europeos, China, que aún estaba adormecida. Esta teoría no podía cuadrar en absoluto con ciertas ideas racistas defendidas por el Reichsführer Himmler y que me parecieron siempre peligrosamente utópicas. Vlassov me hacía notar que los oficiales y soldados de los regimientos de la guardia del Zar medían tradicionalmente 1,80 metros por lo menos, que tenían los ojos azules y la nariz respingona. Y, desde luego, no se les hacía venir de Prusia. Según Vlassov, solamente los mismos rusos podían vencer el bolchevismo. Entonces finalizaría la maldición lanzada por Dostoievski, a finales del siglo anterior. Cuando Foelkersamy yo, le vimos, no tenía ya la mentalidad del Gran Ruso, y comprendía —aunque con dificultad— que un país como Ucrania, por ejemplo, que tenía una cultura propia y muy antigua, tenía derecho a gobernarse a sí mismo. ¡Que los países bálticos no eran rusos! La idea «socialista» del pueblo cosaco debía ser particular. Una nueva distribución de las tierras planteaba problemas muy difíciles de resolver. Estábamos en guerra. La Wehrmacht empleaba más de 500.000 prisioneros rusos, Hitfswillige o Hiwis, que en la retaguardia nos prestaban un gran servicio. Vlassov había, primeramente, deseado que todas las fuerzas rusas, los Hiwis también, estuviesen subordinados a él. Hubiera podido hacer unas treinta divisiones, lo cual representaba un peligro considerable, no sólo para Alemania, sino para Europa. Era prudente el contentarse con objetivos más modestos. Creo que Vlassov se había quedado muy impresionado de los elogios que le habían prodigado Stalin y toda la prensa rusa y británica. Su estado-mayor le hacía creer que era a la vez un gran político, un táctico y un estratega fuera de lo normal. Una propaganda bastante grande había sido hecha en favor de su R.O.A. (Russkáia Osvoboditelnai'a Armla), es decir, Ejército ruso de liberación, y numerosos desertores rusos se habían alistado en nuestras tropas o en los batallones de Vlassov. Pero entre estos desertores se encontraban agentes de Stalin que, naturalmente, eran los que más se ensañaban en sus críticas contra el

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régimen bolchevique. En Praga se fundó un nuevo Comité, el K.O.N.R. (Komitet Osvoboajdenla Narodov Rossii) o Comité de Liberación de los pueblos de Rusia: este plural era necesario. Sin embargo, había en las previsiones futuristas de Vlassov un aspecto positivo, muy europeo, que era extraordinariamente interesante. Además, reconocía gustosamente que, desde el punto de vista social, la doctrina del marxismo-leninismo, estaba ya verdaderamente desfasada. Los esencial para Vlassov, era el acabar con Stalin y con un régimen que mantenía al pueblo ruso en una esclavitud mucho más feroz que durante los tiempos de los zares. Su ejército tenía que ser «un ejército de liberación socialista». Reconozco con franqueza que Vlassov, que exponía sus argumentos con orden y precisión, me impresionó muy favorablemente. Su aspecto no era ni el de un mercenario, ni el de un fanático cegado por el odio. Era un realista. «Les necesitamos, me dijo, porque ustedes son los que poseen las armas y los que atacan a Stalin, pero de todas las maneras, ustedes nos necesitan.» Su juicio acerca de Stalin era muy duro. Sabía que la «Stavka» disponía de informaciones de primera categoría provenientes de sus poderosas redes de espionaje. «No han sido capaces siquiera —nos dijo— de sacar partido a todas estas informaciones. Stalin, Vorochilov, Boudienny y los que les rodean son unos tácticos ruines. Stalin ha elegido a Boris Chapochnikov como Jefe de estado-mayor general, porque éste había mandado condenar a muerte a Toukhatchevsky. Pero éste, con su certificado de estado-mayor de 1910, es un general de la vieja escuela zarista. Para Stalin, el regimiento, la división, el «ejército son máquinas que deben ser trituradas para que el enemigo se desgaste. Únicamente cuenta el «politrovk», que está detrás y empuja al rebaño hacia delante. Siempre se trata de una matanza en masa. Nuestro pueblo se encuentra agotado. No solamente mis compatriotas prisioneros no están protegidos por las convenciones de la Cruz Roja —que Stalin no ha querido firmar nunca—, sino que, además, están considerados como traidores por el partido.» El problema de los prisioneros rusos —hicimos unos cinco millones aproximadamente— era en muchos casos insoluble. Era muy difícil para la administración militar alemana, el alimentarlos a todos en el frente, cuando el avituallamiento de nuestras tropas no podía asegurarse regularmente. Sabíamos, además, que nuestros prisioneros eran tratados en la U.R.S.S. con una brutalidad y una crueldad sistemáticas, lo cual lamentaba sinceramente Vlassov. Se quejaba de que no se confiara en él, que se había ofrecido espontáneamente a luchar contra Stalin.

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Después de esta larga conversación, continué recibiendo a veces noticias de Vlassov. De hecho mis actividades no tenían nada que ver con las suyas y no le volví a ver. A mi parecer, hubieran debido de utilizarse, a partir del verano de 1941, los prisioneros rusos antiestalinianos —¡y sabe Dios todos los que había!— como combatientes, formando compañías y batallones. Pero a partir de la unidad de batallón, la utilización de los voluntarios rusos presentaba peligros muy graves. Finalmente, Vlassov consiguió el mando de dos divisiones, al norte de Checoslovaquia. La 1ª división estaba mandada por el general Bouniatchenko, y la otra por el general Trouchine. Una escuadrilla de cazadores rusos tenía como jefe al coronel Maltsev. Es conocida la manera de cómo se volvieron brutalmente contra nosotros estas dos divisiones en Praga, el 1 de mayo de 1945. Los rusos hicieron lo mismo que habían hecho el año anterior los Rumanos, y el asunto hubiera tomado muy mal cariz si Ferdinand Schoerner, que acababa de ser nombrado mariscal, no hubiese tomado enérgicas medidas. No creo que Vlassov, muy realista, pensase que esta vuelta contra nosotros «in extremis» podía salvarle. Conocía demasiado a Stalin. En la confusión que siguió quiso ganar algunos días a fin de permitir a sus unidades marcharse al Oeste. Fui puesto al corriente de todo el asunto de Praga ya que, a petición del mariscal Schoerner, al cual había visto el 10 de abril de 1945 en su C.G. al norte de Olmutz, había enviado lo que me quedaba de mi Jagdverband Este II —un centenar de hombres— con la misión de volar un puente, que estaba ya en manos del enemigo, situado en la autopista de Breslau a Nuremberg. Una vez cumplida su misión, el comando tuvo que abrirse paso entre los soviéticos. Nuestros cazadores, comprometidos así, lucharon inmejorablemente, desde el 15 de abril al 15 de mayo y estuvieron entre los últimos combatientes de esta gran guerra. Batiéndose en retirada día y noche, hicieron aún combates antitanques cuatro o cinco días después de la capitulación de la Wehrmacht, a fin de cubrir la retirada de un convoy de refugiados perseguidos por los soldados soviéticos que no daban tregua, ni en esta región ni en las demás. Durante esta retirada hasta el Eger y la frontera checo-alemana, nuestros voluntarios vieron a los hombres de Vlassov, que con el uniforme alemán se salvaban en pequeños grupos hacia el Oeste. Algunos de ellos lo consiguieron y no sufrieron la extradición. Pero Vlassov y su estado-mayor fueron entregados por los americanos a los Soviets, bajo orden personal de Eisenhower que había consultado con Washington, después de que el general Patton hubo concedido a Vlassov un

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salvo conducto. El 12 de agosto de 1946, Stalin les hizo ahorcar. Una gran parte de los soldados de Vlassov fueron enviados a campos de concentración y algunos de ellos fueron los compañeros de cautiverio de Alexander Soljenitsyne, quien, en su «Archipiélago de Gulag» muestra el pesar de estos hombres que habían querido acabar con el stalinismo. Soljenitsyne se ve obligado a recordar que las deportaciones y exterminio en masa fueron emprendidas a partir de 1920 por Lenin, continuadas por Stalin después de la guerra y que todavía existen campos de concentración en la U.R.S.S. ¿Quién se preocupa de esto hoy? —Los cosacos, bien fueran de Kouban, de Terek, de Don o del Ural, eran tradicionalmente anti-soviéticos. Ya en mayo de 1918, los cosacos del Don habían pedido protección a los Imperios centrales que habían reconocido la independencia de Ucrania. El mariscal von Eichlorn había constituido allí un protectorado militar que combatía contra las banderas bolcheviques. El coronel von Kress ocupaba entonces la vía férrea Batoum-Tiflis-Bakú, que hacía el trayecto de la cuenca petrolífera del Cáucaso. El pueblo cosaco vivía en comunidades, en «stans» o clanes, y los guerreros estaban siempre acompañados por sus familias. Treinta mil de ellos, durante la Segunda Guerra Mundial, sirvieron a las órdenes del general Helmuth von Pannwitz, al que libremente habían ellos elegido «ataman». Los británicos engañaron por completo a estas buenas gentes después de la capitulación. Se dejaron desarmar, creyendo que iban a ser enviados a Italia. Cincuenta mil personas del stan cosacos fueron entregados a los Soviets a finales de mayo de 1945. Los ingleses se quedaron con los caballos. El general von Pannwitz y los jefes cosacos fueron juzgados poco después que Vlassov y su estado-mayor. El 16 de enero de 1947, Moscú anunciaba que habían sido ejecutados los generales T. I. Domanov, S. N. Krashov, el teniente general A. B. Skuro, el ataman P. N. Krasnow, jefe ya de las unidades de la guardia blanca durante la guerra civil de 1918 a 1921 y el general Girej Klytsch, comandante de la «división salvaje». Así fue como los ingleses acabaron lo que las tropas de la Checa habían empezado en 1919-1920, cuando los cosacos, desde el Don hasta el Ural, habían sido diezmados, torturados y deportados. Alrededor de unos 130.000 originarios de diferentes etnias «rusas» combatieron en las filas de la Waffen SS: ucranianos, rusos, bielorusos, georgianos, turcomanos, tártaros, kirguises, crimeos, uzbecks, etc… Pero Vlassov no fue nunca considerado por los combatientes de las diversas etnias rusas, como su jefe militar. Sin duda se ha reprochado a Hitler, con razón, el no haber dado a Ukrania su independencia. Hubiera hecho falta, de todas las maneras, que un gobierno

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ucraniano serio fuese constituido. Mientras estaba yo en Kiev, en 1941, unos diez pequeños grupos rivales se manifestaban: cada uno de ellos pretendía gobernar sólo y contra los otros. Unos querían una monarquía y un Romanov, otros una «república fuerte», los terceros una democracia, etc… Entre los emigrantes llegados del Oeste se encontraban buenos cabecillas políticos, pero eran desconocidos en Ukrania, donde un hombre como Koch, ayudado por Bormann, pudo causar estragos. Alfred Rosenberg, partidario de un Estado ucraniano, deseaba establecer la lengua ucraniana, proscrita en los libros, los periódicos y la enseñanza desde un edicto de Alejandro II, con fecha de 1876. Himmler, Bormann y Koch se opusieron a ello. El Reichsführer, tras haber meditado largo tiempo, propuso que Sebastopol se llamase en adelante Theodoricshafen, ¡nombre del rey de los ostrogodos! A finales de 1943, Foelkersam me pidió que hablase con Rosenberg, de origen báltico, ministro del Reich para la administración de los territorios del Este. Este era el que debía soportar el peso de los errores y de las faltas cometidas allí por Koch y algunos otros. Fue ahorcado en Nuremberg y sus cenizas fueron arrojadas al Isar. Foelkersam y yo hicimos ver a Rosenberg que el verdadero instigador de los guerreros soviéticos del maquis, no era sino Koch: ¡había requisado en su comisario de Ucrania central (Kiev, Dniepropetrosvk) a más de 200.000 obreros y 300.000 trabajadores agrícolas! Igualmente, en los países bálticos, la administración alemana no comprendía la mentalidad de las poblaciones. Rosenberg era un hombre de buena voluntad. Nos pidió que le indicásemos las anomalías y los errores que nosotros conocíamos, lo cual hicimos. Desgraciadamente, era de todo, menos organizador y, su libro, el Mythus, demuestra bastante que no tenía un espíritu realista. Fue una falta muy grave el haber enviado a Koch, ex Gauleiter de Prusia Oriental, a Ucrania Central. Cosa extraña, fue juzgado en Polonia y debió ser ejecutado en 1959. Ucrania, país esencialmente agrícola con 601.000 kilómetros cuadrados y 49 millones de habitantes, había sufrido mucho durante la sovietización llamada «colectivización» de las tierras. Sucesivamente, la Checa de Dzenjinski con Lenin, después la G.P.U. de Yagoda y de Yejov habían liquidado a millones de Koulaks o pequeños propietarios. Soljenitsyne habla de 15 millones de campesinos expulsados durante el tiempo de la «colectivización». Durante el periodo de hambre de 1932-1933, alrededor de unos cuatro millones de campesinos murieron de hambre en Ucrania. Desde 1917, los ucranianos no han cesado nunca de luchar por su independencia contra las fuerzas bolcheviques. Como en 1918, pidieron en 1934 ayuda a Alemania, quien apoyó entonces a la Organización Ucraniana Nacional

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(O.U.N.), que dirigía el coronel Konovalets. Este ardiente patriota, en mi opinión, hizo muy mal fiándose de Canaris. Fue asesinado con una bomba, preparada en un paquete que le fue entregado el 23 de mayo de 1938 en Rotterdam por «un agente secreto alemán», que no era sino un agente soviético. En noviembre de 1939, habíamos liberado a unos jóvenes nacionalistas ucranianos, prisioneros en Polonia, y entre los cuales figuraba Stepan Bandera, primeramente condenado a muerte y después a cadena perpetua por el Gobierno polaco. De unos treinta años de edad, Bandera se puso enseguida al frente de la Secreta Ukrainska Povstanka Armia, o Ejército de Insurrección de Ucrania. Era natural que las exigencias de Koch no fuesen de su agrado. Fue arrestado en compañía de sus camaradas por la policía alemana en julio de 1941, transferido a Berlín, y después a Sachsenshausen. Es sin razón que se ha escrito que Bandera era un adicto de Canaris y de Lahousen. De hecho, no fue puesto en libertad sino en 1944, cuando Canaris y Lahousen habían sido ya desenmascarados. Bandera volvió entonces a tomar el mando de U.P.A. y llevó a cabo un combate sin tregua contra los ejércitos soviéticos. Durante el verano de 1944, cuando todo el frente central del Este se hundió en las circunstancias que ya conocemos, fuimos informados en Friedenthal de que durante el desastre algunas pequeñas y medianas unidades de la Wehrmacht no habían tenido la posibilidad de retirarse. La mayoría de ellas, con escasez de municiones y de avituallamientos, fueron exterminadas o capturadas. Solamente algunos pequeños grupos de decididos combatientes llegaron a alcanzar nuestras líneas unos 1.000 de los 12.000 ó 15.000 que eran. El grupo que logró hacer el mejor raid fue el del sargento Johannes Diercks, del 36 regimiento de infantería, unidad que apoyaba los restos de la 20 de Panzer. Diercks, que salió de Beresina el 27 de junio de 1944 con diversos grupos, uno de ellos el de la tripulación de un He-111 derribado y una sección del 52 regimiento de morteros, se escondió en los bosques y pantanos, combatiendo desesperadamente contra las tropas soviéticas. Cuando el sargento Diercks logró alcanzar el sector de la 107 división de infantería alemana, en Prusia Oriental, no quedaban más que cuatro supervivientes. Los cinco estaban heridos, pero habían conservado sus armas. Era el 14 de agosto de 1944. Hacia estas fechas, el Generaloberst Jodl me notificó que una importante unidad alemana luchaba aún en un bosque al noroeste del Minsk, aunque la ciudad había caído el 3 de julio. Hablaré de esta unidad en el capítulo próximo. El grupo de ejércitos de Ucrania del Norte estaba al mando del mariscal Walter Model, a quien el Führer había confiado, además, el mando del grupo de los ejércitos del Centro, a principios de julio de 1944. Conocí a Model durante la ofensiva de las Ardenas. El mismo pondría fin a sus días, para no tener que rendirse personalmente a las tropas americanas, permitiendo a la vez a sus oficiales y soldados, rodeados en la región del Rhur a finales de marzo de 1945, terminar de forma honrosa el combate.

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Model era excelente en la defensiva, que sabía improvisar aún en las peores condiciones. Pero no podía impedir que la ola roja sumergiese totalmente a Ucrania. Al comienzo del otoño de 1944, supinos en Friedenthal que ciertos grupos de soldados alemanes, aislados durante la retirada, se habían reunidos con los partisanos de Bandera. Entre estos hombres que lograron escapar se encontraban algunos voluntarios de la 14 división de los Waffen SS Galizlen, formada en 1943 por los ucranianos de Galizia y de Ruthenia. Tenían como insignia el león de tres coronas de Galizia —el tridente de San Vladimir—. La división Galizien había luchado valerosamente en agosto de 1944, en el acceso de Tarnow, al lado de la división de los Waffen SS Horst Wessel y de un grupo de combate francés de la división Chariemagiie de los Waffen SS. que cumplió con bravura su deber.31 Decidí organizar un comando que tendría como misión la de negociar con Bandera. Los combatientes alemanes estarían organizados en pequeños grupos, y harían lo imposible para alcanzar nuestras líneas. En cualquier caso, medicamentos, armas y municiones serían enviadas al U.P.A., y habiendo señalizado los bosques por medio de pistas, los heridos graves serían repatriados en avión. Escogí como jefe del comando al capitán Kern, que venía del Ejército y había servido en la división Brandemburgo. Kern hablaba el ruso y el polaco. Su equipo estaba constituido por diez suboficiales y soldados alemanes y veinte rusos, probados antistalinianos, de mi Jagdverband Ost. En total, treinta voluntarios muy entrenados, decididos, provistos de uniformes, botas, armas, tabaco y falsos papales rusos. Con las cabezas rapadas y las barbas de quince días, estaban muy presentables. Dimos a esta operación el nombre de Braun BMr: Oso pardo. El comando Kern atravesó nuestras líneas en diciembre de 1944, por el último extremo de la frontera Este de Checoslovaquia. Dos semanas después tuve con el capitán Kern el primer contacto emitido en clave. Había visto a Bandera, que tenía sólidamente tomado un territorio bastante amplio de bosque y de montaña, de cerca de unos 50 kilómetros por 20. Había organizado rápidamente su maquis, gracias a los mandos que había formado —donde figuraban varios oficiales de la división Galizie— y gracias a la simpatía de la que gozaba entre la población, ferozmente antirusa y aún más, anticomunista. Entre estos oficiales, tenía yo un amigo vienés, jefe de batallón de la 31

Las pérdidas del grupo de combate de la división Charlemagne, que llegaba del campo de entrenamiento de Neweklau, en Bohemia, y combatió del 15 al 25 de agosto, fueron los siguientes: 7 oficiales muertos y 9 heridos sobre 19, de los otros 1.112 combatientes, 132 muertos, 601 heridos, 59 dados por desaparecidos. Prisioneros: 41. En junio de 1944, las últimas unidades de la legión de los voluntarios franceses (L.V.F.), que habían sobresalido en noviembre y diciembre de 1941 delante de Moscú, combatieron en Mohilev, retirándose hasta Borissow, en Beresina, lugar donde ciento treinta y dos años antes, los soldados de Napoleón habían librado una trágica batalla, durante su famosa retirada. Fue el 2.° batallón de la L.V.F., el que contribuyó en la defensa del puente de Borissow, sobre el que se encontraban en confuso montón, refugiados, heridos y soldados retirados. Naturalmente, la artillería y la aviación soviéticas habían tomado Borissow como blanco. Cumpliendo órdenes, este 2.° batallón voló el puente así como dos depósitos de municiones. Consiguió unirse con el resto de la L.V.F. y abrirse camino en las calles de Minsk donde las vanguardias soviéticas habían hecho su aparición. Después de librar encarnecidos combates, día y noche, la L.V.F. consiguió llegar a Greifenber, en Prusia Oriental. Sus pérdidas fueron muy grandes.

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división Galizie, con el que desgraciadamente Kern no pudo entrar en contacto e ignoro cuál fue su suerte. Bandera rehusó categóricamente el dejar a nuestros soldados probar suerte, intentando abrirse paso hacia el oeste para alcanzar nuestras líneas: los necesitaba. El Consejo Supremo Ucraniano de Liberación (Ucrainska Holovna Vyzvolna Rada), que agrupaba 25 miembros representantes de las diversas tendencias políticas ucranianas, había decidido, a partir de junio de 1944, que funcionasen campos de entrenamiento y escuelas de aspirantes bajo la dirección de nuestros oficiales. En cuanto a nuestros suboficiales, la mayor parte de ellos habían recibido el mando de una Sotnia o compañía. No obstante, Bandera estaba de acuerdo en que nuestros heridos fuesen evacuados. Sus hombres trazaron una pista en el bosque. Pero cuando estuvo acabada, la Kampfgeschwader 200, unidad de la Luftwaffe que estaba a mi disposición, ¡no tenía más gasolina! Todo lo que pudimos hacer fue lanzar en paracaídas a médicos con material sanitario, así como medicamentos, armas y municiones. Ordené regresar a Kern y a su comando. El regreso de Braun Bär tuvo lugar a mediados de marzo de 1945, en condiciones muy difíciles, ya que el comando tuvo que atravesar el frente, tomado por los ejércitos de Petrov. Sin embargo, Kern perdió solamente cinco hombres. Ni un ruso desertó. Naturalmente, todos estos falsos extranjeros, fueron provistos a continuación de documentación falsa como trabajadores reclamados, a fin de que no estuviesen expuestos a represalias. ¿Quién podrá un día escribir la historia de la U.P.A. y de Stepan Bandera? A mi parecer, la U.P.A. tuvo una tarea difícil de manera diferente a la emprendida por Tito en Yugoslavia. Este último estaba materialmente sostenido por los anglo-americanos. Bandera tuvo, en el apogeo de su movimiento, en 1946-48, más de 80.000 combatientes a sus órdenes, de los cuales unos 10.000 ó 12.000 eran alemanes. Pero se hallaban completamente aislados. Las armas, los medicamentos, las municiones que les habíamos enviado, no existían ya. La U.P.A., se procuró otras atacando convoys soviéticos. Este verdadero ejército luchó hasta 1952. Los campesinos ucranianos trabajaban una tierra muy fértil, que va desde los Cárpatos al Ural y que contenía alrededor de 1,50 metros de mantillo, el tchernozion, Es lo que se llama las «tierras negras», formadas por los aluviones amontonados a lo largo de los glaciares desaparecidos. Convertidos en funcionarios de Kolkjozes,32 los campesinos ucranianos, después de las sangrientas represiones ejercidas contra ellos de 1932 a 1937, habían encontrado

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Kolkjozes. Miembros de las Cooperativas de producción agrícola en la URSS. Todos los miembros del Koljos tienen iguales derechos, los trabajos son dispuestos conforme a las líneas trazadas por el plan del estado, según las características de la región, el Comité distribuye la tarea por brigadas y equipos, al terminar cada campaña se reparten los beneficios proporcionalmente a la tarea realizada por cada uno. La labor de los Koljoses es orientada por las granjas, oficiales del estado o sovkjoses.

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alguna libertad bajo nuestra ocupación, incluso en el centro, bajo la administración de Koch. Una verdadera reforma agraria era inimaginable en tiempo de guerra, pues los problemas no eran únicamente agrícolas. De todas las maneras, en Bukovine del Norte y Ucrania del Sur (Odessa), bajo la administración rumana, en Ucrania occidental (Lvov), incorporada al Gobierno general de Polonia bajo Frank y, sobre todo, en Ucrania Oriental (Kharkov), gracias a nuestra administración militar, habían sido encontradas soluciones razonables, allí donde la autoridad de Koch no podía ejercerse, y donde no llegaban las ideas de Himmler —que no sabía absolutamente nada de Ucrania. La horrible quiebra del sistema de los Kolkjozes sigue siendo evidente: los Estados Unidos, por ejemplo, con sus siete millones de explotadores agrícolas, producen más que los 40 millones de campesinos —funcionarios de la U.R.S.S. Es un hecho el que los primeros deben a veces cimentar a los pueblos de la U.R.S.S. Sigue siendo también un hecho que el campesino funcionario soviético tiene derecho «para sus necesidades personales», a un pequeño trozo de tierra. Hoy en día, es gracias a la producción de estos trozos que las grandes ciudades como Kiev, Kharkov, Moscú, etc., pueden ser abastecidas de alimentos de primera necesidad que son mandados por avión. Los ucranianos querían conquistar la tierra que habían trabajado desde varias generaciones y que les perteneció en parte, durante la monarquía austrohúngara y durante el imperio de los Romanov. Este era su crimen. Querían tener derecho a hablar su lengua y practicar su religión y sus costumbres. El pueblo ucraniano sólo podía sobrevivir independiente. Luchaba, pues, para sobrevivir, sabiendo que bajo los gobiernos soviético y polaco sería despiadadamente destrozado y oprimido. Esto es lo que sucedió. La lucha de Bandera y sus partisanos, que es uno de los episodios más emotivos y terribles de la guerra desconocida, no se comprende si se quieren ignorar estas verdades. Bandera tuvo más de 200.000 partisanos en 1946-1947. Si no combatían todos, es porque faltaban armas y municiones. Pero muchos hombres, e incluso mujeres, preferían la lucha armada a la prisión o al campo de concentración. La prensa de las potencias occidentales, apenas dedicó unas líneas a los asesinatos en masa de las poblaciones rurales ucranianas por las divisiones especiales de la policía soviética, o polaca, a los pueblos arrasados, a las granjas incendiadas y a todos los horrores de los que las tropas soviéticas se hicieron responsables desde mayo de 1945 a agosto de 1951. Son destrucciones y asesinatos que explican también la resistencia desesperada de la U.P.A. Los que no han luchado contra el comunismo, difícilmente pueden comprender. Hubo que esperar hasta 1954, para que se conociese parte de la verdad, gracias al Comité, que publicó en Nueva York un primer documento: The

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Ucranian Insurgent Army in Fight for Freedom (El ejército de insurrección ucraniano en la lucha por la libertad). Las persecuciones contra la Iglesia ruthena, católica, alcanzaron su punto culminante en mayo y junio de 1946, después de un sínodo falso que decidió la unión a la Iglesia ortodoxa por votación de 216 sacerdotes… sobre un total de 2.774. Los otros 2.498 habían sido arrestados, condenados a muerte o habían tomado el maquis con Bandera. El 29 de enero de 1944, una sólida unidad de la U.P.A. atacó audazmente a un convoy blindado soviético, cerca de Kiev. En el transcurso del combate, resultó muerto el general Vatoutine, jefe de la región militar. Vatoutine fue reemplazado por Jovkov. Otro general soviético, Swierczewski, adjunto del mariscal Roskossowsky en el Ministerio de la Guerra, polaco y desgraciadamente famoso por la represión que ejercía en Polonia, resultó muerto también el 28 de marzo de 1947. Swierczewski, durante la guerra civil española, había mandado las brigadas internacionales bajo el nombre de «general Walter». Tenía como adjunto al francés Marty alias «el carnicero de Albacete». La crueldad de estos dos hombres, no solamente fue ejercida contra las tropas franquistas y contra los nacionales civiles españoles, sino también contra los milicianos de las brigadas y los republicanos que no estaban «en la línea» de Moscú. La U.P.A. luchaba no solamente contra las tropas soviéticas rusas, sino también, contra las fuerzas militares y de la policía del Gobierno comunista polaco, que envió contra Bandera a la 7ª, 8ª y 9ª divisiones de infantería, una división de policía de la K.B.W., tanques y aviación. Sin gran éxito (julio, 1947). Stalin intervino ya a finales de 1945 con nueve divisiones de infantería, una brigada de tanques y una división motorizada del N.K.V.D. De mayo a septiembre de 1945, la U.P.A. libró unas 80 batallas, perdiendo 5.000 hombres, heridos y muertos, mientras que las pérdidas de los soviéticos eran de 7.400 muertos y más de 9.000 heridos. Durante la noche del 31 de octubre de 1945, la U.P.A. se adueñó de la antigua capital de la Volhynia, Stanislavov. Desde el día de Navidad ucraniana (7 de enero) hasta el mes de octubre de 1946, la U.P.A. libró más de mil pequeños combates: las pérdidas de los bolcheviques pasaban entonces de los 15.000 muertos. En 1947, Stalin envió dos nuevas divisiones de la policía contra Bandera. La situación llegó a tal extremo de gravedad, qué el 12 de mayo de 1947, se hizo un acuerdo entre los tres gobiernos soviéticos, el ruso, el polaco y el checo, contra el movimiento de Bandera. Se decidió una lucha en común para aplastar definitivamente a estos valerosos combatientes que rehusaban aceptar el bolchevismo. Los últimos combates de la U.P.A. tuvieron lugar en julio de 1952 en los pantanos de

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Polesia: Stalin había enviado también dos divisiones de la policía y una brigada de lanza-llamas. El 15 de octubre de 1959, hacías las tres de la tarde, el inquilino del número 7 de la Krehmarystrasse en Munich sube la escalera que conduce a su apartamento del primer piso. Es el señor Stefan Popel, un hombre muy tranquilo. Cuando está intentado abrir la puerta, se da cuenta de que la llave no entra en la cerradura. Un individuo que sube detrás de él la escalera, llega entonces al descansillo y le dice: —«¡Sería mejor que fuese usted a buscar un cerrajero!» El señor Popel se vuelve, rápidamente el hombre coloca una especie de pistola debajo de su nariz. Se oye una especie de silbido y Popel, que no ha tenido tiempo de hacer ni un gesto de defensa, cae en la escalera. Se le encontrará muerto una hora después. El cuerpo no presentaba ninguna herida aparente y el médico forense dictaminó muerte por embolia. Pero la policía sabía que Stefan Popel no era sino el refugiado político Stepan Bandera. Se habló de envenenamiento e incluso de suicidio, hasta 1961. Ese año, un agente de la K.G.B. (Comité de Seguridad del Estado) soviético, «escogió la libertad». Se llamaba Stachinsky y confesó que había asesinado por lo menos a dos jefes nacionalistas ucranianos, Lev Rebet y Bandera, los cuales sufrieron la misma suerte que Konovaletz. Stachinsky había utilizado una pistola de cianuro. Juzgado por el Tribunal Criminal de Kalsruhe, aclaró «haber actuado bajo orden» y fue condenado a ocho años de reclusión. Numerosos alemanes, que también habían actuado bajo órdenes, fueron condenados y ejecutados en Nuremberg. Su fallo era que no pertenecían a la K.G.B. Los soviéticos, después de siete años de lucha militar y policial contra la U.P.A. han aplastado a los patriotas ucranianos. Han hecho asesinar a Konovaletz y a Bandera. Sin embargo, no han podido exterminar al pueblo de Ucrania. Ciertamente, la prensa se calla, pero cada año desde 1952, millares de ucranianos son arrestados y deportados. En junio y septiembre de 1972, tienen lugar en Ucrania del sur varias sangrientas revueltas. En junio, en Dnienodserzhinsk, varios miles de obreros se declaran en huelga. Atacan las sedes del partido, del Komsomol (juventudes comunistas), del K.G.B. (policía secreta), del M.V.D. (fuerzas de seguridad) y los incendian. —La muchedumbre canta el himno de la U.P.A. En septiembre y octubre del mismo año, tienen lugar nuevas manifestaciones, sumamente violentas en Dniepropetrovsk, uno de los más importantes centros industriales de Ucrania central. Los manifestantes ocuparon numerosos barrios de la ciudad, las tropas de la policía dispararon: más de 50 muertos. Los policías auxiliares reclutados en el seno del Komsomol, los Droujnilds, deben ser movilizados.

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En 1973, nuevas manifestaciones, esta vez campesinas, en las cooperativas agrícolas de producción del sur de Ucrania. La prensa se calla. Sin embargo, en 1963, la prensa comunista me acusó de haber tenido en mi poder durante la guerra «una pistola con silenciador que disparaba una especie —de aguja envenenada». Según se dijo, yo había tenido la intención de utilizarla «para asesinar a Stalin». Decenas de periódicos llegaron incluso a afirmar que yo había «ensayado» esta pistola contra los detenidos del campo de concentración de Sachsenhausen. ¿A qué categoría moral pertenecen estas gentes, capaces de creer que mis camaradas y yo éramos capaces de disparar sobre un hombre indefenso? Durante la guerra no convencional que he hecho, me he esforzado en no disparar y en no dar la orden de hacerlo. En el frente, al igual que mis camaradas, he afrontado al enemigo frente a frente. Lo repito nuestros adversarios eran valerosos: los partisanos de Tito y los soldados rusos y americanos eran unos valientes. ¿Es posible que estas gentes que se atreven a acusarme de actos tan despreciables, no comprendan que así están mostrando su propia ignominia? ¿Han luchado estas gentes? ¿Han visto la muerte de frente en el campo de batalla? No lo creo. En realidad, los periodistas habían recogido con dieciséis años de retraso, las acusaciones formuladas contra mí por el buen señor Rossenfeld, procurador americano que en Dachau hizo todo lo posible para que se me condenase y no lo logró. Este excelente señor Rossenfeld había interrogado de manera particularmente persuasiva a un soldado muy joven que había servido en mis unidades y que finalmente «confesó»: «Se nos habían entregado también municiones envenenadas.» Pedí a mi abogado defensor, el coronel americano Durst, que hiciese precisar al testigo, de qué manera había podido reconocer esas municiones envenenadas. «Es muy fácil, respondió el joven soldado, entre la vaina y el proyectil había un círculo rojo.» Después de haber conversado breves momentos conmigo, el coronel Durst declaró al tribunal que se reservaba el derecho de interrogar al testigo al día siguiente. Yo conocía muy bien esas balas con el círculo rojo. No podía estar resentido contra ese joven muchacho, que ciertamente no se daba cuenta de la gravedad de su declaración y de las consecuencias que podía tener para mis camaradas y para mí. Sin embargo, me tocaba a mí, acusado, el aportar la prueba de que la acusación del bueno de Rosenfeld era falsa. Había que actuar con rapidez. En Dachau algunos detenidos salían del campo bien escoltados para efectuar tareas

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cotidianas. Entre mis amigos se pasaron ciertas consignas. Al día siguiente, en la audiencia, el coronel Durst hizo comparecer al joven soldado. Saqué entonces de mi bolsillo una bala con el círculo rojo, que yo había recibido en un trozo de pan. Hubo unos instantes de estupor y de preguntas escandalizadas por parte del señor Rosenfeld. El coronel Durst intervino: «Poco importa la manera acerca de cómo este proyectil está en nuestras manos. Lo esencial es que se aclare al tribunal sobre la naturaleza de esta bala. Ruego al tribunal que el testigo pueda examinarla con la mayor atención y que nos diga si efectivamente se trata de uno de los proyectiles que eran entregados a veces a los oficiales y a los soldados, que combatían bajo las órdenes del corone? Skorzeny.» El testigo afirmó inmediatamente. —«Se trata con toda seguridad de una de las balas envenenadas que nos fueron entregadas en Friedenthal. —Testigo, siguió el coronel Durst, su declaración es de gran importancia. Vuelva a examinar nuevamente este proyectil y díganos si está usted completamente seguro de no equivocarse. ¿Es ésta una de las balas especiales, de las que usted ha afirmado que estaban envenenadas, y que les eran entregadas? —Estoy completamente seguro. —Muy bien. Se lo agradezco. Con la venia del tribunal, pido al acusado que nos dé ahora algunas aclaraciones.» Expliqué entonces que ese tipo de bala no estaba en absoluto envenenada. Se trataba de un cartucho llamado «waterproof», rigurosamente impermeable al agua y que entregábamos, en efecto, a algunos miembros de ciertos comandos, que se arriesgaban a mojarse completamente. Esto fue lo que el análisis pedido por mi abogado defensor y el tribunal confirmó plenamente. El círculo rojo servía para evitar que se confundiesen estas municiones con las otras. Quiero precisar que ninguna unidad de la Werhrmacht ha utilizado nunca «pistolas de cianuro» ni otras armas de ese tipo. Fue en 1941-42 cuando encontramos entre las municiones soviéticas, balas de cianuro. Se trataba de balas de revólver, hendidas en cuatro en el vértice y que contenían cianuro. Los politrouks y las unidades especiales enemigas utilizaban estos proyectiles, disparados por pistolas ordinarias, para las ejecuciones. Arthur Nebe, al que ya conocemos, hizo fabricar varios centenares de ellas en los laboratorios de la Kripo y yo recibí alrededor de doscientas. Mis oficiales en el cumplimiento de ciertas misiones en las cuales se arriesgaban a ser capturados y torturados, recibían una, fácilmente reconocible, no por llevar un círculo de color, sino porque la misma bala estaba señalada por una cruz en el extremo. Yo mismo tenía una, la última de un cargador. Cuando me entregué al ejército U.S.A., el 22 de mayo de 1945 y puse el revólver sobre la mesa del oficial americano que estaba enfrente de mí, le previne: ¡Cuidado! Está cargado y la última bala es peligrosa.

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Le expliqué el por qué. Es imposible detener el progreso. Fue después de la guerra, cuando los soviéticos fabricaron y perfeccionaron una pistola con silenciador, accionada por una pila eléctrica y que disparaba a fuerte presión una carga pulverizada de veneno a base de cianuro. Absorbido por las mucosas y los poros de la piel, el veneno se propaga en la sangre al cabo de algunos minutos, y la contracción de los vasos produce la muerte. Así fue asesinado Bandera. Stachinsky había tomado la precaución de ingerir, antes de matar, comprimidos de atropina, antídoto recomendado. Desgraciadamente no estamos en Ian Fleming. Los servicios especiales de los Soviets, empleaban desde hacía largo tiempo un procedimiento que empieza ya a ser un poco demasiado conocido. Primeramente, se da la noticia de que la víctima se ha suicidado, pero es todavía más hábil el explicar que ha sido asesinada por un adversario político. Está completamente demostrado desde 1942 que los oficiales polacos ejecutados en masa en Katyn fueron abatidos por los Soviets. Sin embargo, en Nuremberg, los magistrados soviéticos no cesaron de acusar a los alemanes de ese crimen en masa, y hasta estos últimos años, ciertos cronistas, que probablemente no han querido leer los informes oficiales —en particular los documentos polacos, americanos, ingleses y suizos33— sobre esta matanza, han expresado «dudas». Después del asesinato de Bandera y antes de que Stachinsky confesase, se acusó del crimen a las fuerzas del general Reinhardt Gehlen, jefe del Bundesnachnichtendiest (B.N.D.) del Gobierno de la República Federal Alemana. Era demasiado fuerte la acusación y no se la tomó demasiado en cuenta. Hace ya bastante tiempo que no he visto al general Gehlen, que se jubiló hace seis años. Pero antes de evocar ciertos recuerdos al respecto, quisiera hablar de una sorprendente visita que recibí en Friedenthal en enero de 1944: la del general del cuadro de reserva Walter Nicolai. Cuando me anunciaron la visita del «general Nicolai» no comprendí de momento que se trataba del coronel Nicolai, antiguo jefe de los servicios de contra-espionaje del ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial. Creía que había muerto. Pero no había muerto. No era un fantasma, sino un aparecido. Aún me parece estar viéndolo, vestido con un traje azul marino, el pelo blanco ya, cortado a cepillo, la mirada Viva. Cuando se sentó enfrente de mí, un detalle me 33

En julio de 1972, pasó de los archivos del Estado británico a la opinión pública el informe confidencial enviado desde Moscú a Churchill por el embajador de Gran Bretaña, en URSS, sir Owen O'Malley, el 24 de mayo de 1943. En este informe se especifica claramente que el asesinato de los oficiales polacos en Katyn, fue cometido, con seguridad absoluta, por los rusos. Al margen del informe y trazadas a mano por Anthony Edén, pueden leerse estas letras: «K.C.D.». Es decir, que el informe de sir Owen debía de ser comunicado al rey, al Gabinete de guerra y a los Dominios. Estos últimos no tuvieron jamás conocimiento de ello y los demás actuaron como si no lo hubieran leído.

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asombró: estaba calzado con botines de gomas a la antigua usanza, igual que los de mi padre. Hablamos sobre la liberación de Mussolini. —«Creo, me dijo, que una de las dificultades que tuvo usted que superar antes de liberar al Duce, fue la de saber dónde se hallaba. He dicho muchas veces que le habían despistado a usted un poco» Tuve que reconocer que, en efecto, me había visto en la obligación de convencer al Führer, al que habían dado erróneas informaciones. «Recibir falsas informaciones —me dijo sonriente—, son cosas que suceden. Pero es necesario que no sucedan a menudo…» Me mostré completamente de acuerdo con él, sin comprender: Canaris no había sido aún desenmascarado. Le expuse lo que queríamos conseguir en Friedenthal: ingeniosas y sorprendentes operaciones, dentro del cuadro de las leyes de guerra. Nicolai, que debía tener entonces unos setenta y cinco años, siguió mi relato con apasionada atención y señaló que nuestra acción debía basarse en informaciones muy exactas y, con gran sorpresa por mi parte, me dijo que se sentiría muy feliz de poder serme útil. Hablé de ello con Schellenberg, que expresó su disgusto: «Se ve enseguida, me dijo, que es usted todavía un neófito. ¡Nicolai es un pez muy gordo! El almirante Canaris no puede ni verle, lo mismo que el Reichsführer tampoco. Sabe demasiado sobre el Oeste, y sobre todo del Este. —¡Razón de más, le dije, para no privarse de los servicios de un hombre como él! ¿Por qué no utilizar su experiencia? —Sus antiguos contactos con el Este, durante la paz de BrestLitovisk, le hacen algo sospechoso.» A petición mía, el general Nicolai pronunció dos o tres conferencias para los oficiales de Friedenthal. Rememoró sus recuerdos y con mucho entusiasmo sus experiencias, dio su opinión sobre la importancia de la información estratégica, de naturaleza militar, política, económica y psicológica y la necesidad de la información táctica respecto a toda operación elegida, para repercutir sobre la estrategia general. Pero esta información debía ser la síntesis de un montón de datos e informes de diversa índole, síntesis realizada de la manera más rápida y precisa posible. Naturalmente consideraba la información como el motor principal de la guerra moderna. Para él, el principal valor de un informe residía en su veracidad y claridad. Pero no podía ser utilizado más que durante cierto tiempo y en un espacio determinado. Era más peligroso el utilizar informaciones falsas que el carecer de ellas por completo. Nicolai señaló que una hazaña sorprendente, que daba al pensamiento y a la imaginación el lugar que perdían durante la guerra de masas, tenía una repercusión extraordinaria hasta en el adversario. Era ésta una forma completamente nueva de la guerra, que no había sido estudiada sino accesoriamente por los estados-mayores. 357

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Cuando leo, hoy en día, que Nicolai estimaba a Canaris, no puedo sino encogerme de hombros. Era demasiado distinguido para hacer una acusación personal. Pero en el transcurso de una conversación me dijo: «Mire, Skorzeny, un oficial no sirve a un régimen. Sirve a su Patria, sea cual sea su expresión política. Atacar este régimen en tiempo de guerra, constituye una traición pura y simple.» Era esto para mí tan evidente que no acertaba a comprender, por qué en enero de 1944, Nicolai me hacía tales afirmaciones. Puedo asegurar que no he tenido nunca la impresión de que sintiese la menor simpatía por el comunismo, sino más bien todo lo contrario. Era un militar irreprochable, de la vieja escuela. Siempre encontré en él un carácter recto que contrastaba singularmente con la manera de ser huidiza y turbia de Canaris y con Schellenberg, que siempre se andaba por las ramas. En las Memorias (apócrifas) de Schellenberg, que se puso por completo al servicio de los ingleses, puede leerse que «el pequeño despacho de Nicolai, en Potsdamerplatz, era uno de los centros más importantes que trabajaban para el servicio de información soviética». ¡Esto en 1943! En el transcurso de las tres o cuatro conversaciones que mantuve con el general Nicolai, pude enseguida darme cuenta de que estaba dotado de bastante inteligencia. En cuanto a su fama concerniente a la información militar, creo poder decir que estaba mundialmente establecida y que era superior a la de Canaris. Tuve otras cosas que hacer durante la guerra que ocuparme de los espías y los contraespías. Puedo, no obstante, hacer una constatación: que un Schellenberg nos afirme que Nicolai había organizado durante la guerra y en pleno Potsdamerplatz, un centro de información prosoviético, es absurdo. Pero cuando Schellenberg añade, que Müller, el jefe de la Gestapo vigilaba a Nicolai y a su centro de información prosoviético, la cosa es de lo más risible. Creo que era más bien a Müller al que era necesario vigilar. Zeppelin no designaba solamente la investigación llevada a cabo por la sección C de la Amt VI del R.S.H.A. entre los cinco millones de prisioneros rusos, tal y como se precisaba en el capítulo 6 de la segunda parte de ese libro: sino que designaba también, a finales de 1944, un lugar, sede del servicio central del estado mayor del Ejército (O.K.H.) en Zossen, a 20 kilómetros, aproximadamente, del sur de Berlín. Era ésta una pequeña ciudad camuflada, compuesta de construcciones uniformes de cemento, separadas por césped y jardines. Cada edificio estaba construido según un mismo modelo: una serie de cuartos salín de una y otra parte de un pasillo central, que conducía a un refugio subterráneo. En Zeppelin, unos 3.000 oficiales trabajaban bajo la dirección del general Krebs, adjunto del Generaloberst Guderian, al que Hitler había nombrado jefe de estado mayor de la O.K.H., después del atentado del 20 de julio.

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Los servicios de Krebs ocupaban un extremo de Zeppelin y Gehlen el otro: varios centenares de oficiales trabajaban bajo su dirección en la sección de información del frente del Este, o Fremde Heere Ost. Reinhardt Gehlen no era un nacional-socialista convencido. Pero, aunque había servido en los estados mayores de Haider y de Heusinger, no había tomado en serio sus veleidades sediciosas y sus actividades de conspiradores. El general Guderian, tenía muy en cuenta, y con razón, sus informaciones correspondientes al frente del Este. Se convirtió, sin embargo, en sospechoso para Hitler —sumamente desconfiado después del 20 de julio— no solamente porque había hecho carrera gracias a Franz Halder y a Heusinger, sino también porque se había casado, en 1937, con Herta von Seydlitz Kurbach, pariente del general von Seydlitz. Conocemos la conducta en Stalingrado de este general, que llegó a ser, junto con von Paulus, uno de los jefes del Comité para la Alemania libre, cuya sede estaba en Moscú. Durante la preparación de todas las operaciones que llevamos a cabo en el Este, consulté siempre al futuro jefe de la B.N.D. de Alemania Occidental, y no puedo sino felicitarme por nuestros contactos. Quiero referir aquí una sola anécdota. El 15 de marzo de 1945, había ido yo a Zeppelín, en compañía del tenientecoronel Walther, sucesor de Foelkersam. No me acuerdo ya cuál era el comando desaparecido detrás (le las líneas soviéticas que nos preocupaba, si uno de «Oso Pardo» o uno de los de «Freischutz». Nos encontrábamos en la gran sala del estado-mayor del general Gehlen solos con él. Era una amplia habitación que dejaba pasar mucha luz por sus grandes ventanales. Estábamos, los tres inclinados sobre la mesa, donde se hallaba extendido un mapa detallado del frente del Este, y probablemente por eso no oímos las sirenas anunciando la alarma aérea. Era mediodía, aproximadamente. La primera bomba cayó a un centenar de metros del edificio, y nos encontramos los tres debajo de mesa. Algunos minutos después otra bomba arrancó la ventana, haciendo volar los vidrios en fragmentos. —«Esta no ha caído muy lejos, dijo Walther.» En ese instante, el general se levantó de un salto, y sin decir palabra, abrió la puerta y desapareció. Nosotros nos levantamos a nuestra vez, y ya en el pasillo, encontramos la puerta blindada del refugio cerrada. Las bombas continuaron cayendo en torno al edificio. Golpeamos la puerta con bastante firmeza y finalmente un soldado se acercó a abrirnos. Encontramos en el refugio al general Geheln, muy tranquilo, quien se asombró: «¿Dónde estaban ustedes, señores?»

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—Pero mi general, le dijo Walther, ¡estábamos muy inquietos por usted! Le hemos buscado por todas partes y nos alegramos de encontrarle sano y salvo!» He podido observar que los oficiales de estado-mayor detestan de forma especial los bombardeos. Para ser sinceros, tengo que confesar que a mí tampoco me gustan. No se trata de que el diplomado de estado-mayor se más miedoso que el común de los mortales, y ciertamente el general Gehlen era muy valeroso. Lo que quiero decir es que un oficial de estado mayor se siente ofendido en cierto modo, de ser elegido como blanco igual que un vulgar combatiente. Optamos por reírnos de este incidente. En el otro extremo de Zeppelin, el bombardeo produjo, no obstante, algunas víctimas, como el general Krebs, que resultó herido. En 1971, Reinhardt Gehlen publicó un libro de recuerdos titulado Der Dienst (El Servicio), en el cual afirma que el misterioso)Werther de la Orquesta Roja no era otro que… el Reichsleiter Martin Bormann, jefe de la cancillería del partido. Esta tesis es materialmente insostenible. Bormann no podía tener la comunicación de las decisiones militares del Führer lo bastante rápidamente para transmitírselas a Roessler en el tiempo querido. La Stavka empleaba ciertamente a un militar cualificado para hacer un trabajo que costó la vida a centenares de millares de nuestros soldados, sin hablar de la población civil asesinada o deportada. Cuando Gehlen escribió su libro —muy decepcionante, por cierto—, era seguro que Bormann había muerto, aunque se le siguiese buscando en América del Sur y hasta entre los indígenas del Amazonas. Hoy en día, los tribunales de la República Federal reconocen que el antiguo Gauleiter no pertenece a este mundo desde mayo de 1945. Yo le he considerado siempre como uno de los personajes más nefastos que rodeaban al Führer. Descansen en paz sus restos. Lo que me pregunto es por qué Feinhardt Gehlen pretende que Bormann era el jefe de la Orquesta en la O.K.W.

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2. Freischütz La ofensiva soviética del verano de 1944.—Por qué Rokossowsky avanzó 270 kilómetros en nueve días.—Veintiún generales alemanes prisioneros.—El teniente coronel Scherhorn rehúsa entregarme y reúne a 2.000 hombres.—«En un bosque, al noroeste de Minsk…».—Los cuatro grupos de paracaidistas de la operación FREISCHUTZ.—¡Scherhorn es encontrado!—El ayudante R… cena en el comedor de los oficiales soviéticos.—Los raids de la escuadrilla 200.—El alférez Linder, condecorado con la Cruz de Caballero.—La larga marcha de la legión perdida.—Último mensaje de Linder: «Quiero aún oír vuestras voces…».—Mis temores.—Precisiones del doctor Zoltan de Toth, fugitivo de los campos soviéticos.—El crimen de llevar el nombre de Skorzeny: diez años en el campo de concentración. Otra operación especial detrás de las líneas soviéticas había precedido a «Oso Pardo». Hacia finales del mes de agosto de 1944, fui llamado urgentemente por teletipo al G.Q.G., donde el general Jodl me presentó a dos oficiales de estadomayor, especialistas en el frente Oriental. Me hicieron un breve resumen del drama que se había desarrollado entre Minsk y Beresina, en el frente tomado por nuestros grupos de ejércitos del Centro y que ya conocemos. El general Jodl no llegaba a explicarse cómo las tropas blindadas y motorizadas de los 1º y 2º frente bielorusos de Zakharov y de Rokossowsky, que marchaban hacia el norte de los pantanos del Pripet, justo detrás de los 4º y 9º ejércitos alemanes, habían conseguido llegar el 2 de julio a Stolbsty, es decir a 65 kilómetros al oeste de Minsk, que no cayó hasta el día siguiente. ¡Las tropas motorizadas de Rokossowsky habían avanzado 170 kilómetros en nueve días! Este avance no tiene nada de misterioso hoy en día. Sabemos que en efecto, los conspiradores Witzleben, Beck y Halden habían esperado a que von Paulus diese la orden de rebelión en Stalingrado desde 1942. También sabemos que el grupo de ejércitos del Centro, mandado hasta el comienzo de la primavera por el general von Kluge y después —antes de la llegada de Model— por el mariscal Busch, tenía como jefe de estado-mayor al general Henning von Tresckow, uno de los conspiradores principales del 20 de julio y partidario de una capitulación en el Este. Kluge cerró los ojos sobre los preparativos de Tresckow, que quería mandar a los Soviets, a nuestro antiguo embajador en

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Moscú, Werner von der Schulenburg, para negociar una capitulación en el Este (ef. Karl Balzer: Der 20 Juli und der Landesverrat, Gottingen, 1967). Liddel Hart, en su Historia de la Segunda Guerra Mundial (op. cit.) constata, además, que habían sido dadas ciertas informaciones y órdenes contradictorias, por los conspiradores del C.G. y que «los acontecimientos del 20 de julio habían tenido repercusiones muy importantes, tanto en el Frente del Este, como en el del Oeste». Por otra parte, la «Orquesta Roja» de Rado-Roessler, no había cesado de informar a la Stavka, que en 1944, tenía en su poder el plan detallado de nuestro dispositivo central. Era completamente imposible, además, el no darse cuenta de que la carrera de los blindados enemigos, terminada por las tenaces maniobras de los generales soviéticos que atacaban con seguridad absoluta los puntos más débiles de nuestro dispositivo central, tenía un extraño parecido con la que Hitler había ordenado en junio 1941 en sentido contrario. Era el mismo plan, pero dado la vuelta. En febrero de 1943, en Führer había enviado a Model al frente Oriental, a fin de salvar las 22 divisiones de los ejércitos 4º y 9º, amenazados de ser rodeados en el saliente de Rjev. Desde el 1 al 22 de febrero, el mariscal les había hecho retirarse combatiendo a la vez, de tal manera que las pérdidas se redujeron al mínimo a pesar de los ataques sin tregua de los diez ejércitos soviéticos. Esta fue la operación «Búfalo». Aun esta vez, tuvo el mariscal Model la misión de salvar todo lo que fuera aún posible de esos dos ejércitos, y restablecer el frente. Pero la situación era entonces muy diferente. El mariscal se encontró con un caos inmenso, sobre todo moral, después del 20 de julio. La traición aparecía a los ojos de los combatientes, en todo su horror. Vuelvo a insistir, no había más solución que la de seguir luchando. La desaparición del Führer, y del régimen nacional-socialista, no podía cambiar nada —y no cambió nada— en la audacia de los enemigos. Las reflexiones de los cronistas respecto a las órdenes de «resistencia a ultranza» dadas por Hitler, calificados siempre como «criminales y absurdas», no tienen ningún sentido. Cualquier jefe de Estado alemán, consciente de su responsabilidad ante la Historia, hubiera dado las mismas órdenes en presencia de la unconditional surrender de la voluntad enemiga. Los «historiadores» que critican la resistencia de la nación alemana, amenazada de aniquilamiento total si los Soviets llegaban hasta el Rhin, demuestran que no piensan en aquello de lo que hablan. En el G.Q.G., fui informado de que parte del 4º ejército alemán, rodeado al principio alrededor de Minsk, había logrado salir de ahí. Se logró captar en un mensaje radiado, proveniente de uno de nuestros agentes que se encontraban

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tras las líneas enemigas: «En el bosque, al noroeste de Minsk existen varias unidades alemanas que aún no se han entregado.» La información había podido ser confirmada por varios de los que lograron salir del cerco de Minsk. También pudimos ampliar nuestras informaciones al respecto gracias a un pequeño comando del ejército, que había regresado por Vilna: «Un grupo de combate de unos 2.000 hombres, al mando probablemente del Oberstleutnant Scherhorn, se había refugiado en el bosque, decidido a ir avanzando hasta alcanzar nuestras líneas.» —«Skorzeny, me dijo el general Jodl, desgraciadamente no sabemos el lugar exacto donde se halla el coronel Scherhorn con su grupo. ¿Cree usted posible el localizarlo y socorrerlo? —Mi general, le respondí, puedo afirmarle que haremos todo lo humanamente posible con los medios de que disponemos.» y puede hacerse uno idea de la amplitud de la catástrofe, sabiendo, que de 48 generales de los ejércitos 4º y 9º y del tercer ejército blindado, 14 resultaron muertos —uno de ellos, el general Pfeiffer, jefe del VI cuerpo— 2 se habían suicidado, 1 había desaparecido y 21 se hallaban prisioneros. Pero Sherhorn no se había rendido. Jefes de su temple, capaces de reunir con ellos y en pleno caos a 2.000 hombres decididos a vender muy cara su vida, merecen que se rinda honores a su valentía, no sólo con palabras. Por aquella época, tuve ocasión de conversar con un general, que después de una marcha de 700 kilómetros había conseguido alcanzar nuestras líneas en Prusia Oriental, con el resto de su división: 70 hombres. Me dijo que su división y otras dos más habían sido rodeadas al suroeste de Smolensk. El general de más alto rango señaló muy a las claras que en su opinión «era necesario capitular y rendirse inmediatamente a los Soviets». Durante todo un día, los otros dos generales intentaron disuadirle de ello. Resultado: el intento de retirada se hizo cuando ya era tarde, y no fue hecho con la fuerza y la convicción necesarias para lograrlo. Así, pues, solamente algunas pequeñas unidades pudieron evadirse de la gigantesca emboscada. Sin duda, Scherhorn y sus hombres habían sido víctimas de las indecisiones y cambios de opinión de sus superiores. ¿Cuántas posibilidades sobre cien teníamos de encontrar a estos valientes que llevaban luchando dos meses ya «en un bosque cerca de Minsk»? Quince o veinte, quizás. Pero debían intentadas. Me puse a trabajar en ello inmediatamente y di a esta operación el nombre en clave de Freischütz (Francotirador). Todo el mundo en Friedenthal puso tanto energía y entusiasmo en la

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preparación de esta misión como la que se encuentra en el Preludio de la famosa ópera de Cari María von Weber.34 Se encarga la ejecución de este plan, al batallón Jagdverband Ost I creado recientemente. Se constituyen grupos formados cada uno de ellos por cinco hombres, dos alemanes de la sección especial de cazas y tres rusos, probablemente antistalinianos. Los ocho voluntarios alemanes hablan el ruso. Vestidos con el uniforme de paracaidistas del ejército soviético, se les provee de todos los víveres de reserva, armas, municiones y documentación rusa. Llevaban también cigarrillos Machorka y tienen la cabeza completamente rapada, como en el ejército ruso. Cada grupo está equipado con un aparato de radio emisor-receptor. El primer grupo, mandado por el Oberscharführer de la Waffen SS, P…, se lanza en paracaídas a finales de agosto de 1944, desde un He-111, de la escuadrilla de combate 200, que está a mi disposición, después de un vuelo de 500 kilómetros detrás de las líneas soviéticas al este de Minsk, cerca de Borissow y Gevenj. Tiene como misión el avanzar hacia el oeste a la búsqueda de Scherhorn. Durante esa misma noche, logramos entrar en contacto por radio con P…, quien nos «comunica»: «Aterrizaje difícil… Estamos reuniéndonos ahora… Nos dispararon con ametralladoras…» Después cesa la llamada de radio y ya no sabemos más. Solamente seis u ocho semanas después, me enteraré en Budapest, mientras me ocupo de la operación Panzerfaust, que P… ha logrado reunirse con Scherhorn, pero que su aparato de radio quedó inutilizado desde el primer día. El segundo grupo fue lanzado en la misma región, a principios de septiembre. Estaba al mando del alférez Linder y tenía la misma misión que el grupo número 1: avanzar hacia el oeste. Durante la cuarta noche, respondió a nuestra llamada. Después de intercambiarse la contraseña, Linder comunicó: «Buen aterrizaje—. Hemos encontrado el grupo de Scherhorn.» Es fácil imaginar nuestra alegría entonces, que fue completa al día siguiente cuando el coronel Scherhorn nos envió personalmente un mensaje de agradecimiento. A continuación fueron lanzados en paracaídas los grupos 3 y 4, en la región de Dzersinky y Witejka. Tenían la misión de marchar en forma concéntrica hacia Minsk. Del grupo número 3, mandado por M…, no supinos nada. Nuestras llamadas no recibieron nunca respuesta. El grupo M había desaparecido en el inmenso país ruso.

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El Freischütz de C. M. von Weber fue presentado por primera vez en Berlín en 1822, y con igual éxito en París en 1824 con el título de Robin des Bois (Robín de los bosques).

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El destino del grupo 4, cuyo jefe era el joven ayudante R…, fue tan imprevisto como sensacional. Al principio, las noticias que recibimos eran buenas: el aterrizaje había sido excelente y R… nos comunicó que los cinco componentes del grupo se hallaban juntos. Después nos señaló que habían encontrado a algunos desertores rusos que los consideraban como de los suyos. Se llevaban perfectamente con sus nuevos compañeros. De este modo pudo enterarse R… que ciertas unidades especiales de la policía militar soviética operaban en la región del Minsk. A partir del segundo día, nos previno, pues, que se veía obligado a modificar su itinerario y le dimos nuestro consentimiento. Un nuevo contacto tuvo lugar durante el tercer día: había recibido ayuda de los campesinos y de la población de esta parte de la Rusia blanca, que cansada de la guerra, favorecía su empresa. El cuarto día, no recibimos ninguna noticia. Adrián von Foelkersam, que de origen báltico, como ya sabemos, se había tomado muy a pecho la operación Frelschütz, temía lo peor y yo participaba de su angustia, teniendo cuidado de esconder mi inquietud. No fue sino al cabo de 15 días, hacia finales de septiembre, cuando recibimos una llamada telefónica de una unidad del ejército en línea en Lituania: «Grupo R… ha alcanzado nuestras líneas sin bajas.» El grupo número 4 no había encontrado a Scherhorn, pero las informaciones que aportó R… eran de gran importancia. Había recorrido más de 300 kilómetros en territorios ocupado por un enemigo en plena organización ofensiva. La lectura del informe de R… mostraba que aún teníamos nosotros mucho que aprender de los rusos: su esfuerzo guerrero era verdaderamente total y encarnizado. No solamente disponían de un inmenso material que les entregaban los americanos, sino que todo el pueblo ruso se hallaba movilizado. Así era fácil ver a las mujeres y a los niños de la zona del frente, llevar rodando bidones de gasolina, y formar cadena para pasarse las granadas de mano en mano hasta las posiciones de artillería. Vestido con el uniforme del Ejército Rojo, R… había aceptado cenar en un comedor de oficiales. El comedor o casino de oficiales había sido restituido, como antaño en el Ejército Imperial, que no era el del proletariado, sino el de la nación rusa. El Himno soviético no era ya La Internacional. De vuelta en Friedenthal, debía yo colaborar muy activamente en la preparación de los raids de socorro para Sherhorn y su grupo. Lo más urgente era el facilitar al coronel los medios para curar a los numerosos heridos y enfermos. El primer salto de un médico voluntario, tuvo un triste final: el médico se rompió las dos piernas al aterrizar. Algunos días después recibimos un mensaje comunicándonos su muerte. Un segundo médico logró reunirse en el grupo, llevando, además, material sanitario.

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A partir de entonces, cada dos o tres días, un avión de la escuadrilla 2VO voló hacia el este para lanzar víveres, medicamentos y municiones ara armas individuales. Estos raids eran siempre nocturnos y generalmente tenían lugar cuando el cielo se hallaba cubierto. Los pilotos tenían que escudriñar en la oscuridad para encontrar las débiles señales luminosas, que en tierra, representaban ya un riesgo tremendo. No nos sorprendía saber que muchos de los envíos no llegaban a su destino. Durante este tiempo, preparábamos con la ayuda de especialistas de la escuadrilla 200, un plan de evacuación. El único medio consistía en construir una pista, no lejos del bosque donde se encontraban nuestros camaradas, a fin de que los He-111 pudiesen aterrizar y repatriar gradualmente a los enfermos, heridos y a los hombres válidos. Un voluntario, ingeniero de la Luftwaffe, saltó en paracaídas para dirigir los trabajos de construcción. Hubo algunos días de entusiasmo y esperanzas comunes, brutalmente enfriados por la triste nueva de que el principio de la pista había sido descubierto por los rusos y que ataques sin tregua habían causado varios muertos y heridos. Convinimos entonces en poner en práctica un nuevo plan: Scherhorn intentaría alcanzar la región de los lagos, junto a la frontera ruso-lituana, cerca de Dünsburgo, aproximadamente a unos 250 kilómetros al norte. Si conseguía llegar hasta allí a principios de diciembre, los lagos helados servirían de pista. Se hicieron nuevos envíos de ropas de invierno, víveres y más municiones — ¡para 2.000 hombres!—. Nueve operadores rusos se ofrecieron voluntarios para reunirse con Scherhorn, llevando cada uno de ellos un aparato emisor-receptor. Fue a finales de noviembre de 1944, cuando tuve la alegría de comunicar a Linder que acababa de ser ascendido a sub-teniente y de recibir la Cruz de Caballero que yo había pedido para él. Era evidente que la ascensión hacia el norte, en país enemigo, de una unidad de 2.000 hombres, sería fatalmente descubierta. Se acordó que Scherhorn dividiese su «legión» en dos. Los enfermos y heridos debían de ser transportados en carromatos de campesinos; avanzarían más lentamente y serían más vulnerables. Formarían, pues, la retaguardia bajo la dirección del ayudante P…, que después de andar errante varias semanas, había logrado encontrar al coronel y a nuestros camaradas, y había tomado contacto con nosotros. El coronel y el sub-teniente Lindel estarían al mando del grupo de soldados válidos, y avanzarían lo más rápidamente posible. El invierno se había echado encima, y fue con más angustia que esperanza, que continuamos al tanto de la larga marcha de nuestros valientes camaradas. Las dos columnas comenzaron su marcha en noviembre. Descubiertos y acosados varias veces por las unidades especiales soviéticas, tuvieron que combatir, desaparecer después, cambiar de dirección, camuflarse durante el día

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y avanzar por la noche. Era siempre por las noches y a una hora convenida, que la escuadrilla 200 les enviaba víveres. Al principio, intentamos fijar en un plano un cuadrado en el interior del cual debía tener lugar el lanzamiento, pero las columnas se desplazaban como podían, cambiaban la ruta prevista y era a veces difícil el volver a encontrarlas. Muchos cargamentos completos, que cada vez nos costaba más reunir, se perdieron de nuevo. Durante esa marcha a través de bosques y de zonas pantanosas, apenas se avanzaba una media de cuatro o cinco kilómetros diarios. Seguíamos ansiosamente este avance, con la horrible sensación de que nuestros camaradas no volverían a ver nunca Alemania. Nos indignábamos contra esa idea; hombres como ellos merecían seguir viviendo. Durante ocho meses hicimos lo imposible para hacer más llevadero su calvario y encontrar a cualquier precio la gasolina necesaria para poder llevarles alimentos. Pero pronto no pudo hacerse más que un vuelo a la semana. Después, se cernió sobre nosotros la catástrofe y los envíos tuvieron que cesar, con gran desesperación por nuestra parte. En febrero de 1945, recibimos del sub-teniente Linder el mensaje siguiente: «He llegado a los lagos con el primer grupo. Sin víveres. Expuestos a perecer de hambre. ¿Podéis venir a recogernos?» Desgraciadamente no podíamos hacerlo. No teníamos ya ni Heinkels ni carburante. Por aquel entonces me encontraba yo al mando de una división de fortuna en Schwedt, junto al Oder. Rabiaba al pensar en la cantidad de carburante y de víveres que caían, casi a diario, entre las manos de nuestros enemigos en el Este y en el Oeste, o que eran destruidos sin provecho para nadie. En Friedenthal, nuestros camaradas radiotelegrafistas se quedaban sentados, noche tras noche, detrás de sus aparatos, para tener noticias, únicamente para tener noticias: ni siquiera teníamos ya ninguna esperanza que darles. Más tarde hubo que dejar Friedenthal y alejarse hacia el centro y hacia el sur de Alemania: los radiotelegrafistas seguían a la escucha, estuviesen donde estuviesen: los mensajes de la legión perdida nos llegaban cada vez más débiles. El último mensaje de Linder, fue el más desgarrador: no pedía nada más que un poco de gasolina para recargar los acumuladores para la radio: «Únicamente quiero seguir en contacto con vosotros… Oír vuestras voces…» Estábamos en abril de 1945. Después, fue el silencio. En abril y mayo de 1945, y cuando me hallaba prisionero, mis pensamientos se dirigían frecuentemente a Scherhorn, a sus valientes soldados y a nuestros voluntarios que se habían sacrificado para intentar salvar a sus 2.000 camaradas. ¿Qué había sido de todos ellos? La duda me atormentaba. Los mensajes enviados por Scherhorn y nuestros radiotelegrafistas estaban siempre precedidos por las contraseñas convenidas que cambiaban continuamente,

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según como íbamos conviniendo. En todos los mensajes captados, incluso en los últimos, la palabra clave exacta había sido utilizada. No obstante, en la prisión yo había aprendido mucho sobre los métodos de interrogatorio empleados por los vencedores y me preguntaba a mí mismo si no nos habíamos dejado engañar por los servicios especiales comunistas. Posteriormente, cuando la prensa comunista alemana publicó, a propósito de Scherhorn, grandes reportajes titulados Sowjets blufften Skorzeny (Los Soviets han engañado a Skorzeny), conociendo los métodos soviéticos, llegué a la conclusión de que mis temores eran infundados. A principios de enero de 1973, recibí de un médico militar húngaro, el doctor Zoltan de Toth, una carta que voy a resumir aquí: Hecho prisionero en Budapest, el 14 de febrero de 1945, y condenado a veinticinco años de trabajos forzados después de un juicio sumario, el doctor Zoltan de Toht, había sido enviado por los Soviets a varios campos de concentración, y por último en febrero de 1946 al de Pechora, situado a unos 200 kilómetros al sur de Workuta, en Siberia. En este campo, en el cual vivían alrededor de 30.000 cautivos —alemanes, húngaros, búlgaros, etc.—, el doctor Zoltan de Toth, «cuidaba» en un barracón a unos 600 enfermos graves, condenados en su mayoría a morir, ya que no disponía de ningún medicamento. «Entre ellos —me escribía el médico— me acuerdo perfectamente de haber cuidado de un aspirante de las Waffen SS, Will Linder, de Magdeburgo. Tenía unos veintiséis años y padecía una tuberculosis pulmonar aguda. En las condiciones en las que nos encontrábamos, era un caso perdido. Era un muchacho muy inteligente y valeroso.» Antes de morir en Péchora, Linder hizo un relato al médico, que Toth me cuenta en su carta y del cual he aquí lo esencial. Era realmente con el teniente coronel Scherhorn, con quien nosotros comunicamos hasta abril de 1945 y a quien suministramos víveres y municiones. Linder había formado parte de la primera columna, la de Scherhorn, con la cual llegó a un lago cerca de Dünsburgo. La segunda columna, «al mando de uno de los jefes de vuestros grupos parachutados, y del que he olvidado el nombre», escribe el médico, había llegado poco después. Esto sucedía en febrero de 1945 y de toda la columna Scherhorn no quedaban más que 800 hombres. Hombres que esperaron en vano al principio que fuese posible ir a recogerles, después solamente que se les alimentase, por último que se les hablase… Hacia finales del mes de abril de 1945, los 800 oficiales y soldados fueron rodeados y atacados por las fuerzas rusas de la policía. Los combates duraron varios días, con grandes pérdidas en los dos lados. El coronel Scherhorn resultó herido. Los supervivientes que se rindieron fueron tratados bien el principio, pero después se les condenó sin ninguna clase de distinción, a los veinticinco 368

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años de trabajos forzados habituales. Fueron distribuidos por diversos campos de concentración. Scherhorn sobrevivió a pesar de las heridas recibidas durante los últimos combates. Como se ve, este relato corresponde bastante a lo que nosotros nos habíamos ido enterando a través de los mensajes. El doctor Zoltan de Thot, concluye así su carta: «Le interesará saber también, quizás, que en 1955, encontré al Generalmajor Lombart, también prisionero. Le había visto por primera vez el 15 de octubre de 1944, en Budapest. Había servido al comienzo de la guerra como tenientecoronel del estado mayor del ejército en el Q.G. del Führer. Fue él quien anunció a Hitler la marcha de Rudolf Hess para Inglaterra. El general Lombart había encontrado a Scherhorn durante su cautiverio en uno de los numerosos campos de prisioneros en los que había estado. El general Lombart regresó a Alemania en 1955-1956 y es de suponer que el coronel Scherhorn haya regresado también si ha logrado sobrevivir a las duras pruebas de su cautiverio. También es posible que viva en Alemania del Este. Le autorizo, querido coronel Skorzeny, a utilizar estos recuerdos…» Estuve con el doctor Toth, quien finalmente fue puesto en libertad en… de 1955. Me volvió a hablar de Will Linder, de la legión perdida y del horrible cautiverio que había compartido con tantos valerosos soldados, de los cuales muchos murieron delante de él, a causa de los malos tratos, del hambre y del frío. «Lo que ha sucedido, me dijo, en los campos de prisioneros en U.R.S.S., durante más de diez años, no puede describirse. Es verdad que un año o dos después de la muerte de Stalin (1953), se ensañaron menos en exterminar a aquellos que habían sobrevivido a esos horribles años. Quedaba, aproximadamente, un 20 por 100.» Algunos soldados europeos, en lucha contra el bolchevismo, se hallaban cautivos desde 1941. Mi hermano, por la sencilla razón de que llevaba el nombre de Skorzeny, estuvo diez años prisionero en la U.R.S.S. Cuando fue puesto en libertad —al mismo tiempo que otros supervivientes de los campos de exterminación del archipiélago de Goulac— había perdido treinta kilos y apenas podía tenerse en pie. No era conveniente que apareciese así en Viena. Por razones de propaganda, los soviéticos le enviaron, pues, al principio a Yugoslavia, donde en estado de semi-libertad, fue cuidado y alimentado de forma conveniente. El doctor de Toth y yo, hablamos mucho acerca de la insurrección húngara de Budapest de octubre y noviembre de 1956. ¡Los Soviets habían tenido que enviar tropas siberianas, que creían estar luchando en el Próximo Oriente, y tomaban el Danubio por el Canal de Suez! Hubo 25.000 muertos en Budapest

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durante el levantamiento popular de 1956, entre ellos 8.000 soldados del Ejército Rojo; varias docenas de millares de húngaros fueron arrestados y deportados en nombre de la «democracia progresista». Sin embargo, Stalin hacía ya tres meses que había muerto. Pero aquellos que parecen tener el privilegio de hablar en nombre de «la conciencia humana», olvidan el martirio de Hungría bajo el yugo bolchevique.

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3. Adrian von Foelkersam desaparece. El último raid de Walter Girg Cómo ganó Foelkersam la Cruz de Caballero. La misión de su comando en Maikop. Su discurso. Ejecución simulada de los Cosacos «… ¡Por fin han llegado ustedes! Con el general de la N.K.V.D. Salta la central de comunicaciones del ejército. Un general incrédulo. El gran juego en la central de enlace Cáucaso-Norte. La 13.ª Panzer llega a Maikop. En el cerco de Hohensalza. «Escápense esta noche». Walter Girg y sus rusos. 1.500 kilómetros detrás de las líneas enemigas, con la cruz de caballero debajo de un «foulard», «Ustedes es un espía soviético». Uno de los más asombrosos episodios de esta guerra. La ruleta rusa con cinco balas en el tambor. Me gustaría hablar ahora sobre Adrián von Foelkersam. Cuando fue disuelta la brigada 150 —en la que había estado al mando del grupo de combate Z— Adrián von Foelkersam me pidió insistentemente que le confiase el mando del batallón Jagdverband Est. Le hice ver que entonces me quedaba sin jefe de estado mayor, justo en el mismo momento en que podíamos vernos obligados a organizar operaciones difíciles. Se mostró de acuerdo conmigo. Pero no pude seguir empleando ese argumento después que pasaron por Friedenthal 1.800 voluntarios, oficiales y soldados de la división Brandeburgo, entre los cuales estaba el teniente-coronel Walther, un buen oficial de estado-mayor. Hacia el 12 de enero de 1945 tuve que dejar a Foelkersam tomar el mando de la Jagdverband Est. Esta unidad no podía encontrar otro jefe mejor. Pero yo estaba obsesionado con un funesto presentimiento y firmé este nombramiento de muy mal grado. A principios del año 1945, no nos hacíamos ya ilusiones —a no ser que sucediese un milagro— sobre el resultado de la guerra. La ofensiva de las Ardenas, seguida de un ataque sobre el Sarre y la Alsacia (1-26 enero) no había dado los resultados previstos. Al menos el frente del Oeste estuvo equilibrado durante varias semanas: sesenta y ocho divisiones alemanas contra 69 de los aliados debilitadas unas y otras. Como ya se sabe las fuerzas americanas no atravesaron el Rhin, por el puente de Remagen que no voló hasta el 8 de marzo.

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En aquel entonces la superioridad enemiga en el Oeste, y sobre todo por aire, era aplastante y sus 79 divisiones no encontraron delante de ellas más que a unas 30 divisiones alemanas, material y moralmente incapaces de combatir con alguna posibilidad de éxito. Pero a partir del 8 de enero de 1945, supimos todos que las batallas más terribles iban a tener lugar en el Este. A pesar de la proclamación de la Unconditional surrender y los imperativos del plan Morgenthau, (agravados más aún por las «Ordenes del Führer», redactadas y firmadas por Martín Bormann y que ordenaban grandes destrucciones) nosotros teníamos la esperanza de que la tierra alemana del Oeste seguiría con vida. Sabíamos que no sucedería igual en la parte Este. Se había logrado parar la ofensiva soviética sobre el Vístula de julio de 1944. Después de la cual, los soviéticos no habían cesado de acumular grandes fuerzas y una cantidad enorme de material que les entregaban los aliados del Oeste. Se acordó entre Roosevelt y Stalin, que una doble-ofensiva Este-Oeste tuviera lugar a partir de enero de 1945. Ya hemos visto como Churchill pidió a Stalin que adelantase su ataque, cuando los planes americanos y británicos se trastocaron a consecuencia de la ofensiva alemana de las Ardenas. Stalin no atacó hasta el 12 de enero con 225 divisiones de infantería y 22 cuerpos acorazados del ejército. La superioridad soviética ha sido señalada así por el general Guderian: · Once contra uno en infantería. · Siete contra uno en carros de combate. · Veinte contra uno en artillería. · Veinte contra uno en aviación. No obstante, era necesario luchar. Era cuestión de vida o muerte. En su libro «Recuerdos de un soldado» Heinz Guderian, entonces jefe del estado-mayor del ejército para el teatro de operaciones del Este, señala que las primeras incursiones soviéticas en Prusia oriental, habían señalado ya cual sería el destino del pueblo alemán si no se lograba contener la avalancha. Setecientos años de trabajo y de civilización estaban en juego. Concluye diciendo: «El que se pudiese exigir del pueblo alemán una capitulación sin condiciones, constituyó un crimen contra la humanidad y un deshonor.» El comandante barón von Fodkersam se hallaba precisamente el 18 de enero de 1945 en Hohersalza,35 Inowclaw, al noroeste de Poznan, fue allí mismo donde recibió el choque, en el centro mismo de un frente de 75 kilómetros entre 35

Hermán von Salza fue gran maestro de la orden de los Caballeros Teutónicos que en el siglo XVIII, había cristianizado a los idólatras de esta región.

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el Vístula y la región del Warte. Sobre este frente atacaron con ahínco 31 divisiones de infantería y 5 cuerpos blindados del ejército enemigo, apoyados por una aviación y una artillería prácticamente invencible. En Friedenthal seguía ansiosamente por radio el desarrollo de las operaciones. A falta de refuerzos, envié a Foelkersam 20 camiones coa municiones y víveres, que él había reclamado ya desde el 18 de enero. El día 20, cuando supe que la ciudad se hallaba sitiada, hice lo que pude para seguir de cerca la batalla de Hohensalza. Tenía confianza en la habilidad de Foelkersam, que había tomado el mando de todas las unidades alemanas rodeadas en la plaza. Pero las informaciones que recibía del resto del frente, me demostraban que la avalancha era realmente aplastante. No eran sino un puñado contra una horda: La Jagdverband Este y los restos de diversas unidades. Estaba totalmente decidido a tomar yo solo la responsabilidad de un acto de insubordinación, dando la orden de repliegue a la Jagdverband Est, en cuanto hubiese recibido la señal de alarma. Adrián von Foelkersam era el más distinguido y flemático de los aventureros de guerra. En 1945, iba a cumplir veintisiete años. Era un muchacho alto y delgado, con los ojos grises. Pero para trazar su fiel retrato, es suficiente con que transcriba yo aquí lo mejor posible, el relato que un día me hizo en Friedenthal, de la hazaña que le valió la Cruz de Caballero. Es él quien habla ahora: «Era en el Cáucaso, en julio de 1942. Aunque sub-teniente de la división Branderburgo, yo era el «mayor Truchín» del N.K.V.D., llegado directamente de Stalingrado con instrucciones especiales —que tuve buen cuidado de rodear de misterio— y un destacamento de 62 hombres. En su mayoría "eran Bálticos, que hablaban el ruso perfectamente, y Sudetes que había escogido yo personalmente. No estábamos demasiado orgullosos de llevar el uniforme de la N.K.V.D., pero la necesidad hace la ley, sobre todo cuando el enemigo no acepta las leyes de guerra. Estábamos en cabeza del 17 ejército del general Ruoff, y precisamente con el 13 blindado del general Heer, que acababa de alcanzar en Armavir, el oleoducto Rostov-KalaBalov. Nos soltaron en plena naturaleza antes de llegar a Bieloretchenskaia que está a unos 50 kilómetros al noroeste del gran Centro petrolífero de Maikop. Teníamos encomendadas dos misiones: facilitar al máximo la toma de Maikop por nuestros blindados, y proteger lo más posible de la destrucción, las instalaciones petrolíferas. Yo era el jefe del comando, en el que cada uno de nosotros estamos vestidos y armados a lo N.K.V.D. «Un equipo de reconocimiento me informa que soldados de las unidades soviéticas en retirada, se encuentran acampando en un pueblo cercano. Están totalmente incomunicados de sus unidades y el más completo desacuerdo reina

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entre los diferentes grupos. Hay allí Cosacos del Kuban —región que nosotros acabamos de atravesar —Ucranianos, tropas de Kirguises, Turcomanos y Tcherkeses, musulmanes todos ellos, georgianos, rusos y siberianos. En total unos siete u ocho mil hombres. Solamente los rusos y los siberianos desean reunirse con sus unidades, pero están en minoría y sus oficiales se hallan muy inquietos. Lo que me parece muy interesante es que además de camellos y caballos, tienen camiones y gasolina. Urdo un plan rápidamente. «Al amanecer, rodeamos el pueblo y le atacamos mientras disparábamos en el aire, despertando y desarmando a la gente y empujando a todo el mundo —¡Dawai, Dawai!— hacia la gran plaza. Allí, me encaramo sobre el capó de un camión y mientras mis fieles camaradas de la N.K.V.D. rodean el auditorio y me protegen, improviso un discurso.» «Después de señalar que hemos encontrado a todo el mundo durmiendo cuando la patria soviética exige la vigilancia de cada uno de sus defensores, grito: «¿Qué pasa aquí? ¡Se quiere desertar! ¡Se quiere traicionar! ¿No comprendéis camaradas, que nuestro gran camarada Stalin, gran padre de los pueblos, ha previsto todo? ¿Por qué los fascistas han logrado llegar hasta el Cáucaso? ¡Voy a decíroslo! ¡Para morir todos, hasta el último de ellos! ¡Estas montañas serán su tumba!». En ese momento, algunos soldados se permiten reflexiones sarcásticas que hacen reír a uno de ellos. A una señal mía, dos de mis M.K.V.D. le sujetan: «¿Le liquidamos aquí, camarada comandante? Más tarde camaradas. No pierde nada con esperar un poco. ¡Qué se lo lleven!». «Continúo mi discurso y como conclusión, doy órdenes: «¿Le liquidamos aquí, camarada? Más tarde camaradas. No pierde nada con esperar un poco. ¡Que se lo lleven!» «Continúo mi discurso y como conclusión, doy órdenes: «¡La mayoría de vosotros merecen la muerte! Quiero pensar que muchos se han dejado arrastrar por algunas víboras venenosas: las conozco, pues estamos muy bien informados. ¡Debéis de estarnos agradecidos de que hayamos impedido aquí el horrible crimen de traición que ibais a cometer contra la patria soviética! ¡Los cosacos todos a la derecha! ¡Los turcomanos, georgianos y demás a la izquierda! Los ucranianos, por aquí. Todos los demás que permanezcan en su sitio hasta mi regreso. ¡Que avancen los cosacos! Mis fieles N.K.V.D. proceden enseguida a la separación de los grupos. Dejó allí a treinta de mis hombres y después de haber embarcado a los otros N.K.V.D. en los camiones y de apropiarme de les coches, empico a los cosacos delante de mí. Después de tres cuartos de hora de marcha forzada llegamos a un barranco. Desciendo del coche y llamo al atamán. «Tú quieres unirte a los alemanes —le digo—, lo sé. No ignoras que ciertas unidades cosacas están ya con ellos. Dime la verdad.

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—¿Por qué me dices eso, camarada mayor? —¿Tú crees que tus hombres te seguirán? «No hay respuesta.» «Escúchame. Quédate aquí escondido una o dos horas. Solamente los ucranianos estarán todavía en el pueblo. Marcha entonces en dirección a Añapa. Deslízate entre los fugitivos del Ejército Rojo y encontrarás a los alemanes. —¿Cuál es vuestro juego? —Dentro de un momento oirás, cerca de aquí, una descarga de fusilería. ¡No debes de moverte! Debes pensar únicamente: «Anda, la N.K.V.D. nos está fusilando. «¿Has comprendido ya?» «Regreso al pueblo, donde han oído ya la «descarga de fusilería». Explico a los oficiales rusos y siberianos que es conveniente dejar allí mismo a los caucasianos y a los ucranianos: otra unidad de la N.K.V.D. va a llegar de un momento a otro «y se hará cargo de ellos». Los rusos y siberianos suben a los camiones y les sigo con mi comando que ya está motorizado. «En la mañana del 2 de agosto, mi propio convoy alcanza la carretera principal y se integra en la gran fila de vehículos que se dirigen velozmente hacia el Sur. ¡Es la desbandada! En el cruce de la carretera y de la vía férrea Armavir-Touapse, «unidades de verdad» de la N.K.V.D. se esfuerzan en dominar el pánico. Me presento a su jefe, un ti ¿lente coronel de muy mal genio: «¿Quién es usted?, me pregunta. —Mayor Truchin, de la brigada Idanov, camarada coronel. —¿De dónde vienen? ¿Cuál es su misión? — Venimos de Stalingrado con órdenes especiales, camarada coronel. Brigada 124. «El rostro del camarada coronel se ilumina. No ha oído hablar nunca de la brigada 124 ni de sus órdenes especiales, pero la experiencia le recomienda prudencia. «¡Ah! ¡Por fin han llegado! Les esperábamos ayer. Como verán, estamos enviando la caballería y los tanques hada Touapse, y los vehículos hacia Maükop. La infantería será también agrupada de ese lado. Váyase a Maikop con su convoy y ¡por favor!, mantenga bien abiertos los ojos con los soldados de infantería! Es muy posible que entre ellos anden metidos algunos espías fascistas. ¡Cuento con usted! «¡Puede usted contar conmigo, camarada coronel!» «En MáKkop, mando estacionar mi convoy delante del Cuartel General del N.K.V.D. En la escalera me cruzo con uno de los oficiales rusos, que salieron del pueblo los primeros. «Ya he hecho mi informe sobre el asunto» —me dice al pasar—. «Le están esperando.» El general de la N.K.V.D. me recibe, pues, muy calurosamente. Tan grande es mi fama que ni me pide mis papeles ni mi orden de misión. No obstante, se los enseño. Con un gesto, me hace ver que no merece la pena.

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«Ha tenido usted razón, me dice, esos cosacos son de natural traicioneros. El ejemplo que ha dado usted es muy saludable. Esta noche es usted mi invitado, y desde luego ahora mismo voy a encargarme de que sea alejado convenientemente.» «Al oír esas palabras, me creo descubierto. ¡Pero no! El general nos consigue una villa grande y confortable y un garaje. ¡Una gran suerte, pues no hay ni un sitio libre en Maikop, que está atiborrado de refugiados. Así fue como pudimos hacer nosotros los planes, en el centro mismo de la plaza enemiga. ¡Teníamos seis o siete días delante de nosotros, antes de la llegada de nuestros tanques. ¡Convenía sacar el máximo partido posible de la situación! «Un minucioso examen de la villa nos convenció de que no había ninguna clase de micros, pero hablábamos de nuestros asuntos mientras que funcionaba el aparato de radio. Mis dos adjuntos, el ayudante Franz Kovdele, alias teniente Protoff, y el sargento Lando wsky, alias teniente Oktschakow, eran perfectos. Maikop era presa de un desorden total. Estando considerados como temibles, no se ocupaban en absoluto de nosotros, sin embargo, la menor imprudencia por parte de uno de nuestros hombres podía comprometer todo. Los dos primeros días tuve que reunir y hablar a algunos de nuestros camaradas, que no se vigilaban lo suficiente. «¿Han olvidado ya lo que aprendieron en la escuela especial de Allenstein? ¡Camarada Uvichkine, a ver si abandona usted de una vez y para siempre ese aire bonachón que puede ser su perdición y la de todos nosotros! ¡Es usted miembros del Narodny Kommissaria Vnoutremy Diel¡ ¡Procure no olvidarlo en ninguna circunstancia! Camarada Lebedev, a ver si deja ya de hacer el tonto con las dependientas de los grandes almacenes Univermag, que están ahora en liquidación: {esa no es su misión! Camarada Bakhmontov, le he repetido mil veces que siempre que emplee la palabra fascista, debe usted hacerlo seguido de una frase como «rata asquerosa» u otra por el estilo. ¡No tienen ustedes cuidado con el vocabulario! Exceptuando a algunos, ustedes dicen fascistas como podrían decir zapatero o mecánico. ¡Eso no puede ser! Cuando empleen la palabra fascista, deberán, primeramente, reírse de manera malvada. Después, fijarán los ojos en su interlocutor, mirándole a la vez de forma sospechosa. Seguramente se pondrá a temblar, ya que ignorando a ciencia cierta lo que es un fascista, se creerá culpable y se largará rápidamente.» «Después de dos recepciones nocturnas en casa del general Persholl, y tras haber bebido juntos una buena cantidad de vasos de Vodka, su estima hacia mí va en aumento. Visitamos el dispositivo de la defensa. El único punto peligroso se halla justamente en el cruce de la carretera y la vía férrea. Han acumulado allí toda la artillería, en profundidad, sobre tres líneas, y están construyendo zaitfas antitanques. El general me pide mi sincera opinión. «Camarada general, la defensa es excelente, a condición de que los tanques fascistas se presenten en la carretera, según un eje inmutable y en fila india. ¡Pero supongamos que aparecen en abanico entre estos campos de girasoles, y por allí, detrás de esa colina!»

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«El general reflexiona y me dice: «¡Es exactamente la misma objeción que he hecho a los camaradas especialistas de la defensa anti-tanques! —¡Los fascistas han logrado pasar en Taganov y en Rostov, precisamente porque se les esperaba en un solo punto, ¡camarada general! ¿Y qué ha pasado? Los fascistas han atacado avanzando en forma de estrella. ¡Como también podrían hacerlo ahora: un grupo por aquí; otro, por allá; otro, por detrás, para atacarnos por la espalda! Es necesario prever todo camarada general! El ataque por varios puntos presenta siempre grandes peligros. —Tiene usted razón. Ahora que tengo su opinión, voy a poder defender con ahínco mi punto de vista. Es necesario que, esta misma noche, tomemos las disposiciones convenientes.» «El general está visiblemente satisfecho de no tener que cargar solo con cualquier responsabilidad. Nosotros también tomamos las disposiciones convenientes. Hasta el 7 por la mañana, recogemos todas las informaciones útiles y hacemos nuestros planes. En la jornada del 7, tenemos ya todo preparado. «Voy a la sede del N.K.V.D.: Persholl no está ya allí —yo no lo volvería a ver más— y se han llevado los archivos. El pillaje ha empezado. En la ciudad reina el más completo desorden. Nos dividimos en tres grupos. El primero y más seguro al mando del sargento Landowsky y cuja misión consiste en impedir, dentro de lo posible, la destrucción de las instalaciones petrolíferas. Aún no ha sido desmontado nada: faltan camiones y la línea férrea Armavir-Tovapse constituye la línea de frente. «Encargo el mando del grupo segundo a Kovdele-Protoff, que debe quedarse en la ciudad, y destruir la central del teléfono y del telégrafo de enlace Cáucaso-Norte.» «Yo quería haber tomado el mando del primer grupo, pero durante la noche del 8 al 9 de agosto me entero que acaban de llegar de Tiflis y de Bakov dos brigadas de la guardia roja y que han tomado posiciones en el cruce famoso. Al amanecer del día 9, me informan que las unidades de cabeza de la 13.ª Panzer están a 20 kilómetros y que no tardarán en atacar el cruce. Movilizo, pues, cuatro coches, con hombres armados en los estribos y me abro camino en las calles como puedo, a contracorriente de la masa de fugitivos que huye. Por fin logro salir de la ciudad y hago estacionar mis vehículos cerca de un edificio aislado, vigilado militarmente: la central de comunicaciones del ejército. Por aquí y por allá empiezan a caer los obuses de calibre mediano de nuestra artillería. En la carretera hay menos gente ya. Se oyen los primeros cañonazos de la artillería rusa. Seis de mis hombres han logrado deslizarse hasta la central con paquetes bajo el brazo. Regresan corriendo y nos lanzamos rápidamente en dirección al frente, en medio de la caída de los obuses. Tres minutos después, oímos una gran explosión: acaba de saltar la Central de Comunicaciones. «Me llego hasta la artillería y aviso a su jefe, un teniente coronel al que Persholl me presentó, cuando hicimos nuestra «ronda de inspección». Le pregunto sobre qué y sobre quién piensa él que están disparando sus cañones.»

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«¡Pues sobre los Germanyi, naturalmente!» —¡Los fascistas han dado la vuelta esta mañana y la línea del frente pasa ahora por detrás de Maíkop! ¡Intente, pues, telefonear!» «Lo intenta, pero sin éxito, naturalmente, y da orden enseguida de hacer cesar el fuego y de replegarse con rapidez, con todas las municiones.» «¿Viene usted conmigo?, me pregunta.» —El deber ante todo, camarada coronel. Voy a ir a prevenir a nuestros valientes soldados de infantería, antes de que sea tarde y caigan en la trampa. —Camarada mayor, ¿sabe usted a lo que se arriesga? —Soy plenamente consciente de ello, desde hace algún tiempo ya. «Nos acercamos a las posiciones defendidas por una división de infantería de la guardia roja. Me presento al general y le informo de que va a encontrarse bloqueado, pues los fascistas han pasado ya Máikop. Era un general suspicaz y puntilloso, que no debía de tener mucho aprecio al N.K.V.D. Le sugiero que llame por teléfono y le informo que la artillería se ha marchado ya. Intenta en vano telefonear y se pone a hacerme preguntas embarazosas. Se hace un silencio. No me gustaría tener que disparar el revólver. ¡En ese momento, aparece un agente de enlace y anuncia, sin aliento, que la artillería se ha replegado ya! Me vuelvo y solamente entonces el general da a su división la orden de repliegue. Las unidades vecinas, al darse cuenta del movimiento, envían enseguida correos al general de la guardia, lo que me evita discusiones delicadas, susceptibles de tomar un rumbo imprevisto.» «Durante este tiempo, a la hora H convenida, Kovdele-Protoff se h| presentado con sus hombres en la central de enlace Cáucaso-Norte. Al principio atareados, vociferantes después, se tropiezan con un comandante que les mira por encima del hombro: ¡El que la N.K.V.D. se haya largado, dice el mayor de transmisiones, no implica que yo deba hacer lo mismo!» «¡Cómo!, ruge Protoff-Kovdele. Soy teniente del N.K.V.D. y le ruego, camarada mayor, que retire inmediatamente sus inaceptables palabras. «El camarada mayor toma un aire menos altanero y declara que no ha recibido ninguna orden de repliegue.» «Pues no recibirá usted ninguna. Ahora se está organizando el frente en la línea de Apchetousk. Puede informarse de ello. «Llamada de teléfono a la central del ejército. Naturalmente, no hay respuesta.» «Tengo orden de hacer saltar este edificio, declara Koudele.» —Yo tengo la misma orden, en el caso de que… —Entonces quédese aquí si eso le gusta y volará usted por los aires junto con su personal. En menos de un cuarto de hora, no quedará nada de la Central de enlace Cáucaso-Norte. ¡Los fascistas pueden presentarse aquí de un momento a otro! «El comandante y todo su personal se marcharon con una celeridad sorprendente. Entonces vino el gran juego: Koudele y sus hombres ocuparon el puesto de los técnicos de transmisiones y a todas las preguntas respondían: Imposible de darles línea con X, Y

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o Z. La ciudad está evacuada y las tropas se repliegan en dirección a Touapse. Tenemos orden de volar la central dentro de algunos minutos.» «Todos los servicios que aún se encontraban en Maikop salieron pitando hacia el Sur. Koudele y su pequeño comando tuvieron la central del Norte-Cáucaso tanto tiempo como pudieron, en esa mañana del 9 de agosto. Pero les llegaban comunicaciones en clave a las que no podían responder. Les preguntaron quiénes eran. Lo mejor era hacer saltar todo y tuvieron que decidirse a ello, lo cual debía de molestar bastante al comando Landowsky en el cumplimiento de su misión. «Estaba prevista la irrupción de las tropas alemanas en Maikop y todas las precauciones habían sido tomadas, incluso para el caso de que hubiese raid de paracaidistas. Landowsky, que disponía del comando más numeroso, había constituido pequeños grupos de falsos N.K.V.D. Utilizando un teléfono de campaña e interviniendo la línea, llamó a la central del ejército. Cuando ésta no respondió más, por radio, lanzó a todos los acimuts, sus grupos, hacia las instalaciones petrolíferas dispersas. Estos procedían de la manera siguiente: llegaban a paso de carga y se hacían conducir al puesto de las unidades de seguridad. Allí, pretendían estar encargados, «por orden superior», de reemplazar a los especialistas y de hacer saltar ellos mismos las instalaciones.» «No lo lograron en todos los casos. A Makdse, llegaron demasiado tarde: el jefe de la guardia de seguridad había llamado a la central del ejército, después a la central del Norte-Cáucaso. No consiguiendo respuesta, hizo saltar inmediatamente la instalación. La nube de humo dio la alerta a otras unidades de seguridad, que siguieron su ejemplo. «No obstante, la vanguardia de la 13.ªde Panzer, que ataco el norte de Máikop, no encontró más que una débil resistencia por parte de las pequeñas unidades de infantería de la retaguardia. Los primeros tanques del general Heer entraron en los arrabales de Maikop ese mismo 9 de agosto de 1942, al mediodía.» Así era Adrián von Foelkersam. Por eso hazaña recibió la Cruz de Caballero. Había estado conmigo cuando el ataque del Burgo en Budapest, y lo había visto durante el combate de las Ardenas. ¿De qué iba a servir la muerte de un hombre como él en Hohensalza? El jefe que tiene el honor de mandar una unidad en el combate ha hecho una apuesta: la de alcanzar el objetivo que le ha sido asignado. Pero es necesario que tenga una posibilidad, por pequeña que sea, de forzar la suerte. Sí, desde el simple punto de vista táctico, las posibilidades del adversario son infinitas, la apuesta carece de sentido. En el transcurso de los últimos meses de guerra, tanto en el Este, como en el Oeste, la inteligencia y el ingenio del soldado no jugaron un papel sino cuando éste pudo actuar antes de ser cogido por la avalancha. El comandante Foelkersam, como tantos otros, se encontró proyectado en medio del torrente, a la cabeza de un sencillo batallón y de restos de unidades. Las noticias que recibía yo del frente me demostraban muy a las claras, que era

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para él imposible, fuese cual fuese su habilidad y su valor, contener la avalancha enemiga. En los alrededore